Anton de Cidrán, Anxel Fole

Aunque les parezca mentira, el señor de Sabarei hablaba muchas veces conmigo, mano a mano, como si fuera mi igual. Era el hombre más cumplido del mundo. Me contó esto en Lugo, en una tasca de la Mosquera. Le gustaba mucho andar por las tascas, por muy bien trajeado que fuese. Muy plantado él, robusto y sanguíneo. Siempre venía a Lugo montado en un caballo blanco.

Antón de Cidrán era un labrador de O Páramo que también trataba en maderas. El señor de Sabarei me dijo que era un hombre muy echado para adelante y que se arreglaba muy bien en su casa.

Una vez vino a Lugo con su compadre Pedro. Vinieron los dos a caballo. Era por San Froilán y el tiempo estaba muy húmedo. Todavía no se había hecho el ferial que hay hoy. Ya sabéis que todos los labradores en tres leguas a la redonda van a Lugo por las fiestas de San Froilán. Aunque no vayan a comprar ni vender. Tan sólo por ver los fuegos y por comer el pulpo. Pero ellos habían ido a Lugo para rematar un contrato de traviesas para la vía del tren.

Por la mañana habían hecho el contrato. Los dos estaban muy contentos, pues les quedaban libres más de siete mil reales. Se llevaban muy bien y hacía buenos negocios. Nunca habían reñido por sus asuntos. Eran hombres muy cabales, y no andaban uno ni otro con dimes y diretes, ni con bobadas. Tanto cuesta, tanto te doy. Compraron algunas cosas para las mujeres y se fueron a comer el pulpo a una taberna de la calle del Miño. Comieron y bebieron de buten, como dos curas. Y después se fueron al café Español y tomaron sus cafés y sus copas. Y otra vez a dar una vuelta por la feria para ver las barracas.

Como las cosas les habían ido bien también había que merendar. Dejaron las caballerías en casa Cosme, en la misma plaza de la feria, que se llamaba la plazuela da Herba. Nadie como Cosme para preparar en seguida una merienda. ¡Y qué buen vino de Chantada tenía! Allí estuvieron otro buen rato bebiendo y charlando… El caso es que cuando llegaron a Canturín ya era noche cerrada.

Camina que te camina, pronto llegaron a Paradela. Antón le proponía a su compañero que compraran una serrería que se vendía en la Puebla. Pedro le decía que era mejor tomar en aparcería el molino de Moscán. ¿Por qué no la serrería y el molino? Ganarían mucho más, que es de lo que se trataba. Los dos veían llover onzas del cielo.

Tenían que atravesar la campa de Juan de la Cruz, ya que habían decidido dejar la carretera e ir por el atajo para estar más pronto en casa. Aquella campa es muy grande. Allí se remansa mucho el agua por el tiempo de las lluvias de otoño.

Pedro le hablaba a Antón de los buenos duros que iban a ganar con el molino y la aparcería. El vino le hacía ver todo muy fácil. Ya estaban frente a la campa. Su compañero no le contestaba. Le tuvo que gritar:

¿Qué te pasa, hombre, que no dices nada?

Para —le respondió Antón.

Pedro le notó algo muy raro en la voz. Como si tuviese miedo, vamos.

Tiró de las riendas a la mula y le preguntó:

¿Acaso nos salen al camino? Llevo un buen revólver en la culera del pantalón.

¿No ves unas luces frente a nosotros, por la campa adelante? —le dijo a su compañero—. Por entre los robles llevan una caja de muerto en un carro.

Yo no veo luces ni nada —le contestó Pedro—. Ya te dije que no bebiéramos tanto. Tú tuviste la culpa.

Juraría que vi un entierro —le dijo Antón—. Ahora ya no veo nada. Aunque me diesen cuanto vale el mundo, no atravesaría la campa. Vamos por el camino de la Encomienda, aunque tengamos que dar un rodeo.

Y diciendo esto, metió espuelas. Su compañero tuvo que seguirlo. Una hora después lo dejaba en casa.

Al día siguiente Antón fue a varear castañas por la mañana temprano. Cuando estaba en la cima del castaño resbaló y se cayó. Debajo había un carro lleno de erizos. Se clavó uno de los teleras por la barriga y la punta le salió por la espalda. Lo llevaron a casa. Pero ya llegó muerto.

Todo aquel día había llovido a mares. La campa de Juan de la Cruz estaba en el camino del cementerio. Se había inundado. Tuvieron que llevar la caja en un carro de bueyes.

Es bien cierto que quien ve su entierro en vida ya está con un pie en el otro mundo.