El diablo que iba a misa

Yo sé la historia de un diablo que iba a misa.

Una vez, un diablo que iba a misa se encontró por el camino un haba, la cogió y se fue a la primera casa que se encontró.

Buena mujer —le dijo—, ¿puedes guardarme esta haba una hora que yo tengo que ir a misa?

Nunca se había visto un diablo que fuera a misa, así que la mujer en seguida le dijo que sí.

El diablo dejó el haba en el alféizar de la ventana y se fue a la iglesia. Una hora más tarde volvió y pidió que le devolvieran el haba. Pero la mujer le respondió apenada:

No puedo devolverte el haba, porque una gallina se subió al alféizar de la ventana y se la comió.

O me das el haba o me das la gallina —exclamó el diablo con mirada torva. Y la mujer tuvo que darle la gallina.

El diablo cogió la gallina y se fue a la casa de otra vecina.

Buena mujer, ¿me puedes guardar esta gallina un rato que yo tengo que ir a misa?

Nunca se había visto un diablo que fuera a dos misas seguidas, así que la segunda mujer le dijo que sí.

Déjala en el huerto —le respondió.

El diablo dejó a la gallina en el huerto y se fue a misa. Cuando volvió, la gallina ya no estaba.

Se la ha comido el cerdo —le dijo la mujer apenada.

O me das la gallina o me das el cerdo —exclamó el diablo, decidido. Y la mujer tuvo que darle el cerdo.

El diablo ató al cerdo y se fue a otra casa.

Buena mujer, ¿me puedes guardar un rato este cerdo, que tengo que ir a misa.

Pues claro, buen diablo, mételo en la cuadra.

Y el diablo metió el cerdo en la cuadra y se fue a escuchar su tercera misa. Cuando volvió, la mujer le dijo apenada:

No puedo devolverte el cerdo porque el caballo le ha dado una coz y lo ha matado.

O me das el cerdo o me das el caballo replicó el diablo con los ojos de fuego.

Y la mujer tuvo que darle el caballo.

El diablo se fue a otra casa.

Buena mujer, ¿me puedes guardar un rato este caballo, que yo tengo que ir a misa?

Y el diablo se fue otra vez a misa, pero cuando volvió el caballo había desaparecido.

¡Qué desgracia! —le dijo la mujer—. Mi hija se ha llevado tu caballo a pastar, pero un moscón no le dejaba en paz y el caballo se ha escapado.

O me das el caballo o me das a tu hija —rugió el diablo con los ojos llameantes.

Y la pobre mujer tuvo que darle a su hija. El diablo la metió dentro de un saco, se lo echó a la espalda y se fue otra vez a la iglesia. Cuando llegó, apoyó el saco en la pila de agua bendita y se puso a escuchar devotatamente la misa.

Pero un diablo que va tantas veces a misa siempre despierta sospechas. Su comportamiento llamó la atención de una mujer que vivía cerca de la iglesia. La mujer, curiosa, se acercó en silencio al saco y miró dentro a través de un agujero.

Pero bueno —murmuró sorprendida cuando vio el contenido del saco—. Esta es mi ahijada.

Entonces, sin decir una palabra, llevó el saco fuera de la iglesia, lo abrió y dejó salir a su ahijada.

Madrina, qué miedo, el diablo quería llevarme.

Calla, que esto lo arreglo yo —respondió la madrina. Y dicho y hecho, volvió a su casa, desató dos perros muy feroces que tenía y los metió dentro del saco. Luego lo dejó apoyado en la pila del agua bendita.

Cuando terminó la misa, el diablo devoto se echó el saco a la espalda y salió de la iglesia.

Pues sí que pesas —se quejó el diablo, mientras se disponía a irse del pueblo.

Guau, guau— ladraron los dos perros, agitándose dentro del saco. El diablo, extrañado de la respuesta, abrió el saco y se encontró con dos perros rabiosos que salieron como dos furias desbocadas. Al pobre diablo no le quedó otra que escapar a toda prisa para huir de los mordiscos feroces de aquellas bestias. Y hay quien dice que todavía sigue corriendo.