Amistad, Simone Weil

Existe un amor puro, personal y humano, que contiene un presentimiento y un reflejo del amor divino. Es la amistad, pero a condición de emplear esa palabra en un sentido riguroso.

Sentir una preferencia por un ser humano en particular es, necesariamente, algo distinto a la caridad. La caridad es indiscriminada. Si sólo se encuentra en un lugar determinado es debido al azar de la desdicha, que suscita un intercambio entre la compasión y la gratitud. Está disponible por igual para todos los seres humanos, puesto que la desdicha puede proponer a todos ese intercambio.

La preferencia personal por un ser humano en particular puede tener dos naturalezas. O buscamos en el otro un bien, o buscamos al otro porque lo necesitamos. De forma general, todo tipo de apego posible se reparte entre esas dos especies. Nos acercamos a algo porque buscamos ahí un bien, o porque no podemos vivir sin ello. A veces, ambos móviles coinciden. Pero casi nunca ocurre eso. Son distintos en sí mismos, y completamente independientes. Nos alimentamos de comida repugnante porque no nos queda más remedio, o tan sólo porque no tenemos de otra. Un hombre moderadamente goloso busca los buenos alimentos, pero fácilmente puede vivir sin ellos. Si nos falta el aire, nos ahogamos; luchamos hasta encontrarlo, no porque esperemos un bien, sino porque lo necesitamos. Respiramos el viento del mar sin ser empujados por ninguna necesidad, lo hacemos sólo porque nos gusta. Muchas veces el curso del tiempo hace que el segundo móvil se imponga sobre el primero. Ese es uno de los grandes dolores humanos. Un hombre fuma opio para tener acceso a un estado especial que cree superior; después, en muchas ocasiones, el opio lo lleva a un estado lamentable y degradante; pero ya no puede vivir sin él. Arnolphe compró a Agnès a su madre adoptiva porque le pareció que sería un bien tener en casa a una niña de la que haría, poco a poco, una buena esposa. Más tarde, ella sólo le causaría un dolor atroz y humillante. Pero con el tiempo su apego a ella se convirtió en un vínculo vital que lo llevó a pronunciar el terrible verso: «Sin embargo, siento que debo morir allí dentro…».

Harpagon consideró el oro como un bien. Tiempo después, ya no era sólo el objeto de una obsesión recurrente, sino un objeto cuya privación le provocaría la muerte. Como dice Platón, existe una gran diferencia entre la esencia de lo necesario y la esencia del bien.

No existe ninguna contradicción entre buscar un bien en una persona, y desear el bien a esa persona. Por esta misma razón, cuando el móvil que nos empuja hacia un ser humano es únicamente la búsqueda del bien para uno mismo, no existen las condiciones para que se realice la amistad. La amistad es una armonía sobrenatural, la unión de los contrarios.

Cuando un ser humano nos es necesario en cierto grado, no podemos querer su bien, a menos que dejemos de querer el nuestro propio. Donde existe la necesidad, existe la coacción y la dominación. Nos regimos bajo la voluntad de aquello que necesitamos, excepto si nosotros somos los propietarios. El bien más importante para todo ser humano es la libre disposición de uno mismo. O renunciamos a esa libertad —pero eso es un crimen de idolatría, pues sólo podemos renunciar a ella en favor de Dios—, o deseamos que el ser cuya presencia necesitamos sea privado de su propia libertad.

Hay toda suerte de mecanismos que pueden crear vínculos de afección que tienen la dureza del hierro de la necesidad. El amor maternal tiene, casi siempre, esa naturaleza; a veces el amor paternal, como en El padre Goriot de Balzac; el amor carnal en su forma más intensa, como en La escuela de las mujeres y en Fedra; el amor conyugal, de forma muy frecuente, sobre todo a causa de la costumbre; de forma mucho más rara, el amor filial o fraternal.

Existen diferentes grados de necesidad. Es necesario en cierto grado todo aquello cuya pérdida causa realmente una disminución de la energía vital, en el sentido más preciso, más riguroso que esa palabra puede tener si el estudio de los fenómenos vitales estuviese tan avanzado como el estudio de la gravedad. En el grado más extremo de la necesidad, la privación conlleva la muerte. Eso ocurre cuando toda la energía vital de un ser está ligada a otro a través de un apego. En niveles menores, la privación conlleva una disminución más o menos considerable. Es así como la privación total de alimento implica la muerte, pero la privación parcial sólo implica un debilitamiento. Sin embargo, consideramos necesaria toda comida, sea cual sea la cantidad, pues sin ella el ser humano se debilita.

La causa más frecuente de la necesidad en los vínculos de afección es una cierta combinación de simpatía y de costumbre. Como en la avaricia o en la intoxicación, lo que fue búsqueda de un bien se convierte en necesidad, debido al simple curso del tiempo. Pero la diferencia con la avaricia, la intoxicación y todos sus vicios, es que los dos móviles, en los vínculos de afección, es decir, la búsqueda de un bien y la necesidad, pueden perfectamente coexistir. También pueden estar separados. Cuando el apego a otro ser humano sólo se debe a la necesidad, es algo atroz. Pocas cosas en el mundo pueden alcanzar ese nivel de fealdad y de horror. Siempre, en todas las circunstancias en las que un ser humano busca el bien y encuentra sólo la necesidad, encontramos algo horrible. Los cuentos en los que un ser amado aparece de pronto con una cabeza de muerto son la mejor imagen. El alma humana posee, es verdad, todo un arsenal de mentiras para protegerse contra esa fealdad, y fabricarse así, en la imaginación, falsos bienes donde sólo hay necesidad. Por eso, la fealdad es un mal, porque nos obliga a mentir.

Siempre hay desdicha cuando la necesidad, bajo cualquiera de sus formas, se hace sentir tan fuerte que su dureza sobrepasa la capacidad de mentir de quien recibe el golpe. Por eso, los seres más puros son los más expuestos a la desdicha. Para quien es capaz de impedir la reacción automática de protección que tiende a aumentar en el alma la capacidad de mentir, la desdicha no es un mal, aunque siempre sea una herida y, de cierta forma, una degradación.

Cuando el apego por otro ser humano implica un vínculo de afección en el que existe cierto grado de necesidad, desear que el otro y uno mismo conserven cierto grado de autonomía es imposible. Imposible en virtud del mecanismo mismo de la naturaleza. Pero posible gracias a la intervención milagrosa de lo sobrenatural. Ese milagro es la amistad.

«La amistad es una igualdad hecha de armonía», decían los pitagóricos. Existe la armonía porque existe la unidad sobrenatural entre dos opuestos, la necesidad y la libertad, esos dos contrarios que Dios creó al combinar el mundo y los seres humanos. Existe la igualdad porque se desea la conservación de la libertad en uno mismo y en el otro. Cuando alguien desea subordinar a un ser humano o acepta subordinarse a él, no hay rastro de amistad. El Pílades de Racine no es amigo de Orestes. No existe amistad en la desigualdad.

Es esencial que exista cierta reciprocidad en la amistad. Si en uno de los dos está ausente toda benevolencia, el otro debe suprimir en sí toda afección, por respeto a la libertad del otro, que no debe desear modificar. Si en uno de los dos no existe respeto por la autonomía del otro, éste debe cortar todo vínculo por respeto a su propia libertad. Asimismo, quien acepta ser servil, no puede obtener ningún tipo de amistad. Si la necesidad, oculta en el vínculo de afección, existe sólo en una de las partes, entonces la amistad existe sólo para uno de ellos, si tomamos la palabra en su sentido más preciso y riguroso.

La amistad se ve mancillada en el momento en que la necesidad se impone, aunque sea por un instante, sobre el deseo de conservar la libertad. En todas las cuestiones humanas la necesidad es el principio de la impureza. Toda amistad es impura si en ella existe, aunque sólo sea como un residuo, el deseo de gustar, o el deseo inverso. En una amistad perfecta ninguno de esos dos deseos existe. Los dos amigos aceptan completamente ser dos seres, y no uno, y respetan la distancia que existe entre ellos por el sólo hecho de ser dos criaturas distintas. El ser humano únicamente tiene el derecho de desear ser uno sólo con Dios.

La amistad es el milagro a través del cual un ser humano acepta observar de lejos, y sin acercarse, al otro ser cuya existencia le es tan necesaria como un alimento. Es la fuerza en el alma que Eva no tuvo; y, sin embargo, ella no tenía necesidad del fruto. Si hubiera tenido hambre al momento de mirar el fruto y, si a pesar de ello, se hubiera quedado observándolo, infinitamente, sin acercarse a él, habría acometido un milagro análogo al de la amistad perfecta.

Gracias a la virtud sobrenatural del respeto por la autonomía humana, la amistad es muy semejante a las formas puras de la compasión y de la gratitud suscitadas por la desdicha. En ambos casos, los contrarios, que conducen a la armonía, son la necesidad y la libertad o, aun, la subordinación y la igualdad. Ambas parejas de contrarios son equivalentes.

Debido a que el deseo de gustar y el deseo de disgustar están ausentes en la amistad pura, hay en ella, al mismo tiempo que afección, algo semejante a una completa indiferencia. Aunque sea un vínculo entre dos personas, en ella hay algo impersonal. No impide la imparcialidad. No impide, de ninguna forma, imitar la perfección del Padre celeste que distribuye, por doquier, la luz del sol y la lluvia. Por el contrario, la amistad y la imitación del Padre, son la condición mutua para que una y otra se cumplan, casi siempre. Dado que todo ser humano —o casi todo— está ligado a otros seres a través de vínculos de afección que implican cierto grado de necesidad, entonces sólo puede acercarse a la perfección si transforma esa afección en amistad.

La amistad tiene algo de universal. Consiste en amar a un ser humano de la misma forma en que quisiéramos amar a cada uno de los seres que componen la especie humana. Como un geómetra que observa una figura particular para deducir las propiedades universales del triángulo, aquel que sabe amar entrega a un ser humano en particular un amor universal. Consentir que el otro y uno mismo conserven la autonomía es, por esencia, algo universal. Cuando se desea esa autonomía en más de un ser, entonces se desea en todos los seres; eso ocurre porque dejamos de colocar el orden del mundo alrededor de un centro que está aquí, abajo. Y llevamos ese centro por encima de los cielos.

La amistad no tiene esta virtud si los dos seres que se aman, debido a un uso ilegítimo de la afección, creen ser sólo uno. No existe amistad en el sentido más estricto de la palabra. Es sólo, por así decirlo, una unión adúltera, aun si se produce entre esposos. Sólo existe la amistad ahí donde la distancia se conserva y se respeta.

El simple hecho de sentir placer al pensar de la misma forma que el ser amado, o desear tal concordancia de opiniones, es una forma de herir la pureza de la amistad y la probidad intelectual. Eso es muy frecuente. Es muy rara la amistad pura.

Cuando los vínculos de afección y de necesidad entre seres humanos no se transforman de forma sobrenatural en amistad, no solamente la afección es impura y baja, sino que también se mezcla con odio y repulsión. Eso se ve muy en La escuela de las mujeres y en Fedra. El mecanismo es el mismo en todas las afecciones, aun en aquellas que no implican el amor carnal. Es fácil de comprender. Odiamos aquello de lo que dependemos. Nos disgusta todo aquello que depende de nosotros. A veces la afección no simplemente se debilita, sino que se transforma por completo en odio y en asco. A veces la transformación es casi inmediata, de manera que casi ninguna afección tiene el tiempo de aparecer; es lo que ocurre cuando la necesidad es inmediatamente visible. Cuando la necesidad que vincula a los seres humanos no tiene por origen la afección, cuando ocurre sólo debido a las circunstancias, la hostilidad surge casi siempre desde el inicio.

Cuando el Cristo dijo a sus discípulos: «Amaos los unos a los otros», no les prescribía el apego. Puesto que entre ellos ya existían vínculos debido a sus ideas comunes, a la vida en comunidad, a la costumbre, les pedía transformar esos vínculos en amistad, para así impedir que se transformaran en apegos impuros o en odio.

Porque el Cristo agregó poco antes de su muerte este nuevo mandamiento a los mandamientos del amor al prójimo y del amor a Dios, podemos pensar que la amistad pura, así como la caridad al prójimo, llevan en sí algo como un sacramento. Quizá fue eso lo que el Cristo quiso indicar con respecto a la amistad cristiana cuando dijo: «Cuando dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy en medio de ellos». La amistad pura es la imagen de la amistad original y perfecta, es decir, la Trinidad, que es la esencia misma de Dios. Es imposible que dos seres humanos sean uno, y respeten escrupulosamente la distancia que los separa, si Dios no está presente en cada uno de ellos. El punto de encuentro de las líneas paralelas está en el infinito.