El soliloquio del espejo, Efrén Rebolledo

Mi alma es la luz, sin la luz yo no sería. ¿Qué es sin el alma el cuerpo? Materia sin vida, cadáver, substancia inerte. Y de igual modo que el espíritu es causa del sufrimiento en los seres vivos, la luz que es mi espíritu es el origen de mi atormentada vida. Soy una víctima de la luz.

No digo el hombre, el animal más mezquino, el insecto más vil, pueden evitar el dolor; pues o están provistos de armas para la lucha, o disponen de una coraza para la defensa o. cuentan con instrumentos para la fuga. Yo carezco de todo; de armas, de coraza, y no soy dueño ni de mover mi cuerpo.

Corno el infeliz toco dentro de la camisa de fuerza, yo estoy sujeto en el mareo que me maniata. Semejante al mísero ajusticiado que pende de infamante horca, cuelgo yo de fija escarpia; pero sin recibir la súbita1y bendita liberación, sino agonizando lenta y perennemente.

Soy un paralítico de cuyos miembros ha huido la vida refugiándose en sus ojos donde brilla con persistente y desesperada intensidad. Un mudo que piensa con lucidez y cuyo único recurso de expresión es la mirada. Además, no me dejan tranquilo, sino que me persiguen, me vejan, me arrebatan mi voluntad forzándome a reproducir lo que me ordenan. Soy ludibrio del que se coloca delante de mí, como el hipnotizado el hipnotizador.

Toda mi vida reside en mi mirada. Y bien, no hay ojos que no descansen, no hay ojos que no reposen, todos los ojos se cierran. A mí no se me concede tregua; yo permanezco siempre vigilante, siempre atento, sin gozar nunca del alivio de un parpadeo. ¿Se puede imaginar un terror más grande que unos ojos siempre abiertos, hasta de noche, hasta cuando están dormidos? Los ojos al menos pueden volverse adonde les place, apartar la vista de lo que les disgusta. Yo estoy condenado a ver siempre, siempre, siempre.

No soy por lo menos hijo de la naturaleza, soy una falsificación, una superchería. Soy una copia mal sacada, un burdo desmañado remedo de un original que se me antoja es una fuente o un río que reflejan las frondas y las nubes, las estrellas y el cielo azul, y aljofaran las adorantes cabelleras de las ninfas y ciñen sus formas cándidas, y no son paralíticos ni mudos, sitio cantan, corren y prorrumpen en sollozos.

Soy hijo del artificio y mi cruel padre aumenta mi tortura reanimando mi espíritu por manera artificiosa también, transfundiéndome nueva vida con los destellos que lanzan las temblorosas llamas de las bujías o el sutil cabello incandescente de las lámparas eléctricas.

Alguien querrá argüir que en ocasiones experimento el placer de reflejar caras bellas; que debo de deleitarme viendo despeñarse cascadas de perfumados cabellos; que tengo que iluminarme de regocijo contemplándome en hechiceros ojos; que he de exultar mirando formas divinas; pero éste es el más grande de los errores. El privilegio de la belleza es despertar el amor, y como la que se descubre ante mí no es la belleza tranquila de los mármoles sino belleza palpitante de vida que provoca el deseo, me convierte en el ser más desdichado. ¿Qué es la angustia de Tántalo si con la mía se compara? ¿Cómo alcanzar el fruto que apetezco si soy incapaz de moverme? ¿Cómo rogar si soy afásico? ¿Como dejar de ver si me es imposible desviar mi vista?

Porque nadie osará negar que el amor ha menester del contacto para comunicarse con el ser amado; para satisfacerse y realizarse. Le es necesaria la caricia, lo completa el beso, lo consuma el abrazo. Yo soy el único amante a quien le está vedada toda esperanza; el único a quien no le es dable tocar la fimbria de la mujer que anhela siendo tal miserable que me muero de envidia por cualquier objeto que no tiene alma y por consecuencia no sabe sufrir ni paladear la voluptuosidad ni el deleite. Me cambiaría gustoso por una alfombra, por un anillo por una liga, y cuenta que no menciono a las venturosas sábanas.

Todo ser que alienta un espíritu tiene derecho a morir, y, o lo ejercita, o la próvida naturaleza le proporciona pronto o tarde ese infinito consuelo. A mí, debido a mi parálisis, no me queda el recurso de suicidarme, de hacerme trizas de volverme añicos, sino estoy condenado a vivir luengos y dolorosos años y hasta inacabables siglos.

Pero como todo ser que el dolor tortura poseo una grandeza digna del más elevado espíritu: que soy sincero, que siempre y en todas ocasiones digo la verdad. Inmóvil y todo, soy superior a la lisonja; estoy más alto que la adulación; soy incorruptible; encarno el símbolo de la justicia; pero no de la que comete entuertos y tergiversa razones corno esos espejos espurios de caras convexas o cóncavas que deforman las imágenes; yo soy insobornable, soy terso; este es mi orgullo que me coloca por encima de muchos, ¡oh! sí, de muchos, de innumerables hombres.