Rigor Mortis, Pablo Martín Sánchez

Llevaba unos tejanos rotos y una camiseta naranja con un dibujo del Pato Donald. Por eso me sorprendió cuando apareció en mi cuarto y me dijo:

Hola, soy la Muerte.

Había que ganar tiempo como fuese, así que respondí lo primero que me pasó por la cabeza:

Perdona, pero estás muy equivocada: la Muerte soy yo.

Se quedó de piedra, desconcertada, como intentando evaluar si a ella también le habría llegado la hora. Posó su mirada sobre mi pijama azul con dibujos del Tío Gilito y pareció entenderlo todo, porque inmediatamente respondió:

Lo siento, lo siento de veras… Debe de tratarse de algún error. Revisaré mis archivos…

No importa, no importa —le dije con una amplia sonrisa mientras la acompañaba tranquilamente hacia la puerta de salida—. Otra vez será.

Musitó una nueva excusa y desapareció por el hueco de la escalera. Entonces cerré rápidamente la puerta y corrí hacia el armario de mi cuarto. Saqué la escopeta de caza y me aposté en la ventana que daba a la calle. En cuanto vila camiseta naranja salir del portal disparé dos veces. Y antes de que cayera al suelo le grité:

¡Nunca me han gustado los cargos vitalicios!

Jódete”, pensé mientras cerraba la ventana. “Por lo de mi tío Anselmo.” Entonces volví tranquilamente al armario, dejé la escopeta y empecé a buscar entre mis ropas. Una camisa floreada y unas bermudas a rayas me parecieron la combinación ideal para mi nuevo cargo. “Lo importante es pasar desapercibida”— me dije observándome en el espejo.

Salí a la calle y me puse a trabajar, pensando ya en las vacaciones.

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