Rayo de sol, Ednodio Quintero

Mentiría si afirmo que el recuerdo evocado en aquella oportunidad es el primero que mi memoria logró registrar. De cualquier manera, debe de haber sido uno de los primeros. Pues el punto de vista del observador se corresponde con el de un niño que gatea por el piso, que se desliza con pasos de reptil, que todavía no ha aprendido a caminar. A la altura de mis ojos se abría un inmenso territorio surcado por una red de líneas entrecruzadas, que un observador adulto reconocería como la sala enladrillada del caserón donde trascurrieron los años iniciales de mi existencia aciaga, tal vez feliz. Yo avanzaba, a cuatro patas, en una paciente y laboriosa exploración. Y me detenía frente a la ranura que servía de frontera a cada par de ladrillos, la estudiaba con atención exagerada, como si el único propósito de mi arribo a este planeta desconocido donde mi nave averiada había venido a parar, consistiera en aprenderme de memoria el más mínimo detalle de aquellas zanjas diminutas, llenas de polvo y suciedad, tan parecidas a los surcos dejados por los fragmentos de rocas calientes en el espacio estelar. Mi observación atenta no se limitaba a lo visual; abarcaba, por así decirlo, el conjunto de mis sentidos, que luego de un letargo amniótico comenzaban a activarse como una planta amante del sol expuesta a la intemperie luego de haber permanecido guardada en un desván. Las membranas finas y sensibles de mis oídos registraban el ruido que producían mis rodillas al desplazarse sobre aquella superficie áspera; y el crujido de las telas que me cubrían resonaba como el crepitante incendio de un cañaveral que, por momentos, lograba opacar los golpes de tambor de mi corazón. Mi lengua saboreaba el aire repleto de esencias minerales, y a veces se asomaba como un animalito juguetón entre mis encías rosadas y sin dientes para absorber entre sus papilas saturadas de humedad algún resto de polvo guardado en los intersticios de aquel piso ajedrezado, que desde la atalaya de mi cuna verde de madera solía contemplar con una mezcla de terror y fascinación y que se me aparecía como un mar de piedra, liso y ferzo. Pero tal vez la sensación más acuciante que experimentaba era el cosquilleo que nacía en las palmas de mis manos al contacto con las diversas texturas que iba distinguiendo en mi morosa travesía, y que se transformaba en una serie de sacudidas eléctricas que recorrían mi columna vertebral, ramificándose luego en chispazos aislados que endulzaban mis labios y la piel blanda de mi paladar.

Estando en estos menesteres fui sorprendido por un raro fenómeno que paró en seco mis avances de reptil. Un círculo color leche y del tamaño de una moneda se interponía entre mi mano de explorador y la próxima ranura a sortear. La presencia de aquel pequeño lago me fascinó y lo estuve acechando como si se tratara de una presa entrevista a través de la maleza por un alucinado cazador. Quizá un parpadeo me hizo creer que el círculo se desplazaba con lentitud, y temiendo que acelerara su marcha hasta quedar fuera de mi alcance me dispuse a capturarlo. Avancé las rodillas y alargué mi mano, con un movimiento veloz, hasta cubrirlo por completo. Apoyé mi mejilla contra el piso frío a fin de observar de cerca el precioso objeto que creía haber atrapado entre mi garra diminuta de mono extraviado en una selva hostil, y bajo aquel montículo de carne tierna apenas divisé un trozo de oscuridad. ¿Qué sucede, viajero de las estrellas, príncipe de la Vía Láctea, cosmonauta errante y contumaz? ¿Qué ha sido de tus habilidades de guerrero e infalible cazador? Un pequeño círculo, pálido como la tiza, se burla de ti. Como si hubiera rozado la superficie viscosa de una alimaña retiré mi mano con prontitud, y el porfiado círculo reapareció en el mismo lugar. Probé de nuevo, adoptando precauciones quizá exageradas, como la de mantener la vista fija en los bordes relucientes de aquella moneda hechizada, y la burla se repitió. Lo intenté con la otra mano y fracasé. No sé por cuánto tiempo estuve jugando al gato y el ratón. Pero en algún momento, cuando expresaba mi impotencia a viva voz, los brazos de un gigante se hundieron en el aire para rescatarme. Y más tarde, un aroma a leche fresca acompañado de una melodía anestesiante me adormeció. Quisiera creer que mis sucesivos yerros no hicieron mella en mi voluntad, y que siempre mantuve la esperanza de atrapar aquel esquivo rayo de sol.