La niebla, Miguel Torija Martí

Fred Lyon

Si te pudiera contestar, te contestaría que sí que recuerdo la última vez que estuvimos aquí. Te diría que no he olvidado el día, la noche, que comenzamos por segunda vez. El día, la noche en que conseguiste disipar la niebla que me hacía invisible. Aquella niebla que se formó alrededor de mí en el instante exacto en que me senté, me sentaron, en la silla de ruedas por primera vez.

Recuerdo aquel día, aquella noche, como si fuera hoy. Recuerdo aquel local invadido por el humo en el que nos habíamos citado. Éramos dos ex-novios que mantenían una cordial amistad. Tu figura se difuminaba frente a mí, hubiese querido culpar al humo que irritaba mis ojos, pero sabía que la culpa era de que el vaso que sujetaba en la mano estaba a punto de vaciarse por tercera vez. Tenía que concentrarme para cribar tu voz entre el murmullo y la música. El esfuerzo merecía la pena. Me encantaba, me divertía, me interesaba, me intrigaba. Disfrutaba hablando contigo. ¡Cómo lo añoro! Hubo un tiempo, en aquella noche ya era un tiempo lejano, en que habíamos disfrutado con algo más que las palabras. Durante los dos años que habíamos salido juntos, desperdiciábamos las palabras, limitándonos a utilizarlas para atraer y ser atraídos. Así que, solo cuando dejamos de ser novios, descubrí lo apasionante que podía ser conversar contigo. Llegamos a tal complicidad que en ocasiones bastaba con mirarnos para establecer conversaciones silenciosas. Igual que ahora. La diferencia es que aquéllas eran voluntarias y éstas impuestas por mi enfermedad.

Aquel día, aquella noche me propusiste que saliésemos a dar una vuelta. Yo necesitaba tomar el aire para no terminar vomitando, así que acepté la propuesta. Al comenzar a moverme dejé de notar el humo para sustituirlo por la niebla que sentía alrededor de mi cuerpo. Una niebla que ocultaba mi cuerpo a los demás y solo permitía ver mi silla de ruedas. La clientela del local hizo un pasillo para dejarnos pasar, un pasillo dentro del estrecho pasillo al que se reducía el local. Varias veces, las ruedas hicieron presa en los pies patosos de los clientes, que se disculpaban sin motivo. En las caras vi la palabra que tanto daño me había hecho desde que quedé postrada, “pobre”. Solo había otra que me dolía más pero que, por desgracia, cada vez escuchaba, escucho menos, “pobrecita”.

Habías reaparecido en mi vida unos meses antes de aquella noche. La enfermedad acababa de cobrarse su primera víctima, mis piernas. Viniste a visitarme al hospital -qué sorpresa después de tantos años sin vernos- y también en tus ojos vi reflejada la niebla de compasión. Por suerte aprendiste a atravesarla para poder encontrarme. Te convertiste en uno de los pocos que dejaron de ver la silla de ruedas. No me veías como antes, cuando los chicos se giraban a mi paso -ahora no solo los chicos se giran a mi paso-, pero me veías a mí. Lástima que ahora la niebla se haya solidificado para formar un témpano de hielo, la incomunicación.

Aquella noche, en aquel paseo, el sutil chirriar del eje de las ruedas acompañó al silencio que necesitábamos, yo para disimular mi embriaguez, tú para preparar la pregunta. Llegamos aquí. Supongo que lo hiciste a propósito. “Lucía, hace tiempo que quiero hacerte una pregunta” me dijiste. “Espero que sea fácil, porque me temo que no estoy muy ágil de mente” te contesté. Sonreíste y me diste un beso, en la mejilla. Después te agachaste, me miraste a los ojos y me preguntaste si me acordaba de cuando éramos novios. “Claro que me acuerdo, tonto. Fue divertido” te respondí. Intuí que no era aquella la pregunta que me querías hacer. Acerté. “Es que te quería preguntar una cosa” continuaste. “Dispara de una vez” respondí ansiosa. Por fin hiciste la pregunta “¿Te quieres casar conmigo?”

Como hoy, hubo silencio tras tu pregunta. La borrachera desapareció, la silla desapareció, la niebla desapareció. Sentirme de nuevo, por fin, una mujer. No una mujer en silla de ruedas. Una mujer. Hubiese postergado eternamente la respuesta, quería y necesitaba saborear ese momento. Intenté mirarte a los ojos pero mi mirada se desvió hacia tus mejillas que se habían vuelto anaranjadas por efecto de las primeras luces del amanecer. Pensé en alargar los brazos, cogerte por el cuello y plantarte un beso en los labios, pero temí que todo fuera un sueño provocado por el alcohol. Por fin, contesté.

Hoy, como aquel día, te vuelves a agachar para quedar a mi altura. Me miras, hoy no sonríes. Tu rostro, ajado por el paso del tiempo, muestra tristeza. Estás llorando. Yo, ni eso puedo hacer ya por mí misma. Ni llorar puedo. Hablas y preferiría no escuchar lo que dices. Por momentos temo que no cumplas tu promesa. Cuando acabas tu lamento, me das un beso, en la boca y tiras suavemente de las dos cánulas que se pierden en el interior de mis fosas nasales.

Mi cuerpo comienza a convulsionarse por la ausencia de oxígeno. Siento tal felicidad, por liberarme de la prisión en la que llevo viviendo tantos años, que ni la proximidad de la muerte me inquieta. Dedico los últimos segundos de vida a recordar la respuesta que te di aquella noche cuando en el horizonte se empezaba a intuir el perfil de la sierra. Te respondí que sí, que claro que me quería casar contigo, pero entonces imaginé como sería nuestro futuro y añadí que solo lo haría si antes me prometías una cosa. “¿Qué quieres que te prometa?” me preguntaste. “Cuando llegue el día en que la enfermedad haga imposible que nos comuniquemos, seguir viva no tendrá ningún sentido, así que te pido que me prometas que ese día acabarás con mi vida.”

Hace un mes que los párpados, los únicos que todavía me obedecían, desertaron, haciendo imposible cualquier comunicación contigo. Noto como ahora comienzan a cerrarse mientras en la lejanía las montañas nevadas se sonrojan con la luz de este atardecer invernal.