Si tuviera una vagina, Luis Fernández

Kim Sung-Jin

Si yo tuviera una vagina.Y, digamos, esta noche tuviera una cita con “el hombre de mi vida” (forma muy común de etiquetar al sujeto del encuentro cuando se tiene vagina), tendría por ley que hacerme las dos preguntas fundamentales que me definirían como mujer. En primer lugar, tendría que mirarme largo y tendido en el espejo y afirmar: ¡estoy gorda!, y acto seguido abrir las puertas del closet y preguntarme: ¿qué me pongo? Esa noche, él hablaría de temas variados, fingiría estar interesado en conocerme mejor y en su mente rondaría el único objetivo de penetrar mi vagina. Yo tendría que imaginarme teniendo sus hijos y envejeciendo románticamente a su lado. Luego haríamos el “amor” o, al menos, eso tendría yo que creer. Finalizado el acto, y aunque la cosa dure escasos 13 minutos, y tenga que fingir el orgasmo, tendría que hacerle la segunda de las preguntas: ¿papi, tú me quieres? Él respondería con un monosílabo indescifrable, y yo pasaría la noche en vela convenciéndome de que no soy una “perra”. Al día siguiente esperaría ansiosa su llamada, y esperaría, y esperaría. Él nunca llamaría y yo comenzaría a desarrollar ese resentimiento crónico contra el hombre que unifica a toda fémina arrecha. Empezaría a crearme expectativas imposibles y cada día sería más y más difícil dar con nuevos “hombres de mi vida” hasta envejecer conspirando eternamente con otras mujeres arrechas… y solas. Y es que detrás de esas terribles preguntas aparentemente frívolas esta todo. “Estoy gorda” : no sirvo, no doy la talla, no soy lo suficientemente buena para merecer ser amada… “¿Qué me pongo?”: Qué hago para que me quieran, De qué me disfrazo para que me acepte, Cómo lo convenzo de que puedo hacerlo feliz… “¿Papi, tú me quieres?”: Me valoras, Te das cuenta de lo extraordinaria que soy, Puedes apreciar las virtudes que yo misma ignoro, Quiéreme, por el amor de Dios, aunque yo me deteste… Interrogantes que dan pie a consideraciones demasiado profundas y dolorosas para ser comprendidas en toda su dimensión por la mente básica de un macho. De modo que, si en verdad un día amaneciera y tuviera una vagina, y además tuviera la bendita cita (que ya no sería con el hombre de la vida de nadie sino con un carajo al que me provocó “dársela”), me miraría en el espejo y, pesara lo que pesara, me vería estupenda. Comenzaría por valorarme yo y no perdería el tiempo tratando de complacer tanto a terceros. Me pondría lo primero que encontrara en el closet y saldría a la calle sintiéndome divina. Con él, hablaría de fútbol, de cine y un poco de moda. No haríamos el amor, pero “tiraríamos” rico. Por supuesto no le preguntaría si me quiere porque, vamos a sincerarnos, yo a él tampoco lo quiero. Le pediría, eso sí, que no me llamara, que en todo caso yo lo “contactaría”. Al día siguiente habría olvidado su cara, su nombre y su mediocridad, continuaría mis días sin tener ni la más remota necesidad de “realizarme” como mujer, de casarme, de formar un hogar, del nefasto “para toda la vida” y todas esas zoquetadas sociales.

En fin, si tuviera una vagina…

¡sería una mujer cojonuda!

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