Dios y sus escribas, Jacques Ferron

Dios era muy inteligente; en todo caso, su amor propio se lo había demostrado. Creó al mundo y no se contentó con eso; contrató a unos escribas para describir su proeza. Los tomó así como eran, no muy versados en cosmogonía. Les dijo: “¡Vayan!, hagan lo mejor que puedan”. Y describieron una tierra plana en los siguientes términos, dando a entender que existen dos clases de aguas, las aguas de arriba, las aguas de abajo. Omnipotente como son todos los megalómanos en su soledad, no por ello Dios era pretencioso. Es incluso la cualidad más bella que le reconozco. Es más hasta puede decirse que era un artista, inclinado al borrador y al retoque, y que desde el Edén, antes del pecado original, del cual él sería el primer culpable, gracias a su tierra plana y a su sistema hidráulico, ya había previsto el diluvio.

Dios dijo: que haya un firmamento en medio de las aguas y que separe las aguas de las aguas. Así dijo y así sucedió. Dios hizo el firmamento que separó las aguas que se encuentran bajo el firmamento de las aguas que están por encima del firmamento y Dios llamo cielo al firmamento. Y hubo una noche y hubo una mañana. Así fue el segundo día de la creación.

Lo que el divino creador se cuidó bien de revelar a sus escribas es que acababa de fabricarse, como quien no quiere la cosa, una estupenda esclusa, y que un día o el otro, con un pretexto o con otro, le asaltarían las ganas de probarla. No desaprovechó la ocasión y si entonces ahogó a no poca gente, incluyendo a mujeres y niños pequeños, como un viejo bribón, como un verdadero gringo, inventó la navegación; con ella mejoraba su creación. Entonces Dios, a pesar de todos sus talentos, no dejó de ser un gran salvaje del mismo calibre que Papa Boss, su doble en Vietnam, con la ganancia de Pentecostés.

Había creado al hombre como un simulacro, moldeándolo con arcilla, y cuando sopló en él, el sorprendente bípedo, sin cola que lo sostuviera, se puso a caminar —un progreso respecto al canguro—. En este caso, no olvidemos constatar que lo hizo en lo exterior y no en lo interior, igual que cuando se fabrica a un autómata; y este hombre visto del exterior por Dios, con la diferencia de algunos pelos, de algunos detalles de color, apenas si se distinguía de los demás primates desnudos, a cuya serie pertenecía.

Y Diosito se sintió dichoso como un imbécil durante todo el Antiguo Testamento. A pesar de todo, gracias a su talento de inventor, le entró la curiosidad de saber lo que sucedía en el interior de la criatura de su elección, y con una aguja muy fina se introdujo en ella, por un estrecho virginal, y allí permaneció nueve meses, cinco más que en el arca de Noé, luego vino al mundo como cualquier homínido, con una sola diferencia, a saber que para ocultar su nacimiento, se apresuró a recoser a su pobre madre para que las matronas más experimentadas, las parteras, las papisas y los papas, todos sin excepción, la declararan virgen. Pero todos esos remilgos, más bien musulmanes, no cambiaron gran cosa: el famoso Dios, el Creador, el Todopoderoso, el Muy Alto, el Gringo superequipado, el Papa Boss, el Sin-Corazón, el Asesino felicitado, se hallaba cautivo dentro de un niño, encerrado en las entrañas de un hombre, único entre los demás primates y destinado, después de algunos éxitos como predicador, a la pasión y a la muerte. Ése es el Nuevo Testamento, el del yo crucificado, el del Padre que expira en su Hijo.

Con el perdón del cardenal McLuhan, del pequeño papa de matraca que está en el aparador, de todos los frenéticos del audiovisual, o Cristo eléctrico, de la panza de vaca y del boato superestrella de los fantoches pueblerinos, fueron los escribas quienes escribieron el Nuevo Testamento después de haberse entrenado con el Antiguo. Es más, esta Biblia que no es la Biblia de Jerusalén, un libro entre tantos otros, está tejida con los hilos de toda la biblioteca del mundo. A pesar de los mugidos, de los violines, nuevos libros se añaden a los antiguos y la verdadera Biblia nunca será terminada.

Al desdoblarse, Dios marcó los dos polos de Pascal; por un lado, gracias al Padre, reina en el Paraíso mediante la proliferación de la especie, por el otro, al vivir su agonía en el huerto de los Olivos, le imprime sentido a la vida que para todos y cada uno no es sino perdición; además, al participar en el uno y en el otro, se convierte en el lenguaje común a través del cual lo irreconciliable y único en el mundo se encuentra, aquello que la muerte corroe por el interior, que comunica con todos los demás, que la vida multiplica por el exterior. Principio del verbo, suprema expresión lingüística, Dios no se contenta con ese papel intermediador; en una conversación en la que las palabras se deslizan una tras otra en una secuencia lineal donde el lugar ocupado por cada una le asigna un papel, que la matiza y la precisa, dentro de la frase, primera instancia del discurso, un lugar de sujeto, de verbo o de complemento, lo que la reduce, antes de cualquier comprensión, a ser sólo un instante, casi intemporal, como el segundo que saltando marca la manecilla en el reloj, entre el pasado de las horas, de los días, de los años y de los siglos, y por delante un futuro tan largo, por lo menos así se desearía, Dios deja en el presente su evidencia, su fonema, su palabra, y compone la frase, el párrafo, el libro en una duración más larga, que incluye el pasado y el futuro; es más, cada palabra que pasa no lo restringe; es el aval de todas las demás palabras inutilizadas, guardadas en los diccionarios cerebrales, de la enorme y tenebrosa masa sin consideración de la que el inconsciente sólo es una pequeña bodega; se le califica de Eterno debido a esa perennidad, a esos tres tiempos que domina y al ave, del tipo de la gaviota, que cuida en el cielo por encima de un vasto espacio existencial, que, con el nombre de Espíritu Santo, no deja de volar y que, de tiempo en tiempo, se hunde en el mar y en el olvido para ir al encuentro de la palabra que falta en la secuencia del discurso y correría el riesgo de interrumpir monólogos y conversaciones en los que el verbo se complace y continúa su proceso de engendramiento iniciado con san Juan para el mayor provecho del hombre.

Se sigue conversando, pero desde hace algún tiempo parecería que se habla menos de Dios. Las vedettes tienen altibajos. En este caso, sin embargo, se trataría de algo más que de una fluctuación de renombre. En un hangar de Toronto y en los sótanos del Vaticano querrían transformarlo un poco con el fin de volverlo tan famoso y rentable como antaño. Según parece están reduciendo considerablemente el personal de escribas. Se le suprimirá el silbato y un buen pedazo de verbo. En cambio, podrá gesticular mejor, se lanzará en los contoneos y en los guiños. Está estudiando su nuevo personaje. En cuanto se sienta dueño de él, ni duda cabe de que volverá a encontrar sus antiguos talentos, su popularidad y sin duda tampoco Marshall McLuhan, que está entrenándolo en un hangarcito de Toronto, será nombrado cardenal con un sombrero de cowboy teñido de púrpura.