Agujeros, Isabel Bono

A veces, si no hace viento, baja a leer el periódico al chiringuito de la playa. Shorts, gafas de sol para recogerse el pelo y unas chanclas, se ata una pulsera de cuero en el tobillo izquierdo. Es su disfraz de turista.

Eh, gitano, ¿qué es hacienda?, pregunta el alemán de pelo largo mientras acaricia a su perro. Yo no soy gitano, soy moro que bastante es. También cuenta que ha perdido los sesenta euros que le dieron por trabajar todo el día. Hoy no me llevo a casa más que el cansancio, dice. Ahora estoy cabreado, pero si duermo media hora se me olvida. Creo que estamos hablando demasiado alto, dice dedicándole una sonrisa. Ella niega con la cabeza y también sonríe.

De repente se siente guapa. Se pone nerviosa, dobla el periódico, deja el dinero de la cerveza sobre la mesa y se marcha sin despedirse.

Mamá, ¿dónde estabas?, llevo un rato llamando, ya me iba. Le da un beso a su hija y abre el portal. Vengo de nadar un rato, el médico me ha dicho que es lo mejor para los dolores de espalda, dice, tú también deberías nadar, mamá.

Bajan a la piscina, sólo hay una vecina aprovechando los últimos rayos de sol. Se sienta en el césped de espaldas a las terrazas y mira cómo su hija se tira de cabeza sin pensárselo dos veces. Ni siquiera se ha enjuagado los pies, piensa. Se quita las chanclas y estira las piernas. Abre el periódico y piensa en aquel chico, en sus sesenta euros en otro bolsillo, en su sonrisa. Se pregunta si algún vecino estará asomado mirándole las piernas.

Cuando vuelven, intenta que no se le vea la cara para que el supuesto espía no vea que aquellas piernas pertenecen a una mujer mayor. Se cubre con el periódico como si el sol le molestara en los ojos, pero sol ya no hay.

Su hija se viste y se va. Ella se tumba en la cama a leer.

Oye la puerta y se mira el tobillo. Oye como él deja las llaves sobre la mesa. Qué silencio, pensé que no estabas, dice al verla. Se sienta al borde de la cama y se descalza. Se tumba boca arriba a su lado. Bonitas piernas, piensa. Siente ganas de tocarlas. Ella nota que él le ha mirado la pulsera del tobillo y pasa página sin haber acabado de leerla. Se siente estúpida, pero no se atreve a volver a la página anterior. Tampoco quiere dejar el libro sobre la mesa de noche porque ya no tendría motivos para seguir allí tumbada. Pasa los ojos sobre las frases, calcula cuánto tiempo tardaría en leerlas, y pasa página. Cada vez se siente más estúpida.

Ël le pone una mano sobre el muslo. Piensa que si sigue tocándola podrían acabar haciéndolo. Demasiada luz, antes tendría que levantarme a bajar la persiana, piensa. Se acuerda de la hija de la vecina. Han subido juntos en el ascensor. Lo ha mirado a los ojos, le ha sonreído y no ha dicho nada, ni un saludo, ni un comentario tonto sobre el tiempo o el tráfico, nada, sólo ha sonreído y ha hecho tintinear las llaves contra la carpeta llena de apuntes. La imagina desnuda montada sobre su cuerpo, esa piel tan joven iluminada por toda esa luz. Aparta la mano del muslo de su mujer.

Ella pasa página. El calor le sube a la cara cuando advierte que ha pasado dos en vez de una. ¿Qué es hacienda?, sesenta euros, demasiado alto, deberías nadar, qué silencio.

Tu hija acaba de irse, ha estado nadando, dice. Cierra el libro y se levanta.

Sentada en la cocina, se desata la pulsera del tobillo y la esconde en un cajón bajo las servilletas. Trata de recordar la sonrisa de aquel chico, pero sólo le viene a la memoria la imagen de unos niños llenando sin descanso un agujero en la arena con cubos de agua que traen y llevan desde la orilla. Quiero para mí esa voluntad, esa fe, esa terca ignorancia, piensa.

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