El Castillo del diablo, Gerárd de Nerval

Ludlow Castle – Rising of the Water-Nymphs, engraved by E. Goodall published 1835 Joseph Mallord William Turner 1775-1851 Transferred from the British Museum 1988 http://www.tate.org.uk/art/work/T06289

Voy a hablarles de uno de los más viejos habitantes de París: se llamó en otro tiempo el diablo Vauvert.

De ahí surgió el proverbio: “¡Eso es en lo del diablo Vauvert! ¡Váyase al demonio Vauvert!” Es decir: Váyase… a pasear por los Champú-Elysées”.

Los porteros dicen generalmente: “Está por lo del diablo verde”, para expresar un lugar muy lejano. Esto significa que es necesario pagar muy cara la comisión que se les encarga. Pero es por otro lado, una frase viciosa y corrompida, como tantas otras familiares al pueblo parisino.

El diablo Vauvert es esencialmente un habitante de París que perdura desde hace siglos, si uno cree en los historiadores. Sauval, Félibien, Sainte-Froix y Dulaure han contado largamente sus escapadas.

Parece que en un principio habitó en el castillo de Vauvert que estaba situado en el lugar ocupado actualmente por el alegre baile de la cartuja, en el extremo del Luxembourg y frente a l´Observatoire, en la rue de l´Enfer.

Este castillo, de triste renombre, fue demolido en parte y las ruinas se convirtieron en una dependencia del convento de los cartujos en la que murió en 1414 Jean de la Lune sobrino del antipapa Benedicto XIII. Jean de la Lunes fue sospechoso de haber tenido relaciones con cierto diablo, que podría haber sido el espíritu familiar del viejo castillo de Vauvert, ya que, como se sabe, cada uno de esos edificios feudales tenía su diablo.

Los historiadores no nos han dejado nada preciso sobre esta fase interesante.

El diablo Vauvert da que hablara nuevamente en la época de Luis XIII.

Durante mucho tiempo se había oído, todas las noches, un gran ruido en una casa hecha con los restos del antiguo convento, cuyos propietarios estaban ausentes desde hacía años, cosa que asustaba mucho a los vecinos.

Avisaron al lugarteniente de policía, que envió varios guardias.

¡Cuál no sería la sorpresa de estos militares al escuchar el tintineo de los vasos mezclados a risas estridentes!

Al principio se creyó que se trataba de monederos falsos entregados a una orgía, y calculando su número por la intensidad del ruido, decidieron buscar refuerzos.

Pero juzgaron, aun entonces, que el escuadrón no era suficiente: ningún sargento se animó a llevar sus hombres a esa morada, donde parecía que había el bochinche de todo un ejército.

Un cuerpo de tropas suficientes llegó finalmente a la mañana: penetraron en la casa. No encontraron nada.

El sol disipó las sombras.

Durante todo el día se hicieron búsquedas, pues se pensó que el ruido provenía de las catacumbas, situadas, como se sabe, bajo ese barrio. Se preparaban para entrar en ellas, pero, mientras la policía tomaba sus disposiciones, la noche volvió nuevamente y el ruido recomenzó más fuerte que nunca.

Esta vez nadie se atrevió a bajar, porque era evidente que en la bodega no había más que botellas y que por lo tanto, era el diablo quién las hacía bailar.

Se contentaron con ocupar los accesos de la calle y pedir al clero que obrase.

El clero hizo una cantidad de oraciones, e incluso se echó agua recién bendecida, por medio de una jeringa, sobre la banderola de la bodega.

El ruido persistió siempre

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