Breve encuentro, Manuel Pastrana Lozano

¿La molesto, si le pregunto… –lo miró sin sorpresa, quién sabe cuántas veces habían viajado juntos siguiendo siempre el mismo trayecto, frente a frente y en el mismo vagón. Era la primera vez que le hablaba. Ahora ella leía–. Tengo curiosidad por saber qué está usted leyendo, debe de ser un relato interesante.

En verdad, eso no era más que un simple pretexto, desde hacía ya un tiempo se había convertido para él en una obsesión porfiada poder acercarse y conocer a esa mujer joven, de una belleza perturbadora, y tal vez iniciar una aventura fascinante que pudiese cambiar su destino.

Le sonrió, estiró su mano fina y le acercó el libro. Era una edición bien cuidada, formato de bolsillo, de pocas páginas, parecía ser un relato corto. En su portada, un título insípido: “Breve encuentro”, que no le impresionó mayormente.

Ya lo he terminado –le dijo con suavidad mirándolo a los ojos–. Puede usted quedárselo, no acostumbro guardar libros, generalmente los regalo después de que los leo. No le contaré la trama, podría ser que no le guste y decida devolvérmelo en otra ocasión.

En ningún caso, por favor – contestó sonriendo complacido, mientras guardaba el libro en un bolsillo de su abrigo.

Antes de bajarse, le preguntó su nombre.

Ana – dijo simplemente.

Andrés –le dijo en voz baja mientras estrechaba su mano–, y escribo cuentos –agregó–. Espero verla en el próximo viaje… tal vez podríamos conversar sobre el libro y…

Le quedaba todavía un buen trecho antes de bajarse y caminar hasta su casa editora. “Aprovecharé para hojearlo” –se dijo. Leyó rápido sus escasas páginas. La historia era muy simple: un breve encuentro de dos desconocidos que viajan en el mismo tren todos los días. De un hombre profundamente atraído por la belleza de esa mujer de rostro amable y ojos azulinos, de su intento amoroso fallido, de una mujer que vuelve a su hogar junto a su marido y de un hombre solitario que se aleja con destino incierto. Andrés dejó el libro en el asiento, bajó del tren, y en vez de dirigirse a la editorial caminó titubeando sin estar seguro de regresar a casa. Nunca más supo de Ana.

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