Un tal Alonso de cuyo apellido no me puedo acordar, JCPozo

Cada quien lo suyo, eso es lo que yo digo.

El pequeñín Alonso le tomó un terror cerval a los molinos de viento desde el día que, ignorando la advertencia de su padre, se acercó más de lo debido a uno que ya empezaba a acelerar sus giros. En eso, y estando distraído el niño, un aspa del molino se metió groseramente dentro de su playerita deshilachada, elevándolo a las alturas y dándole varias vueltas de auténtico pavor antes que su padre, al oír los gritos, fuera rápido al rescate.

Desde entonces, el muchacho vivió, por años, terribles pesadillas. Por las ventanas de su subconsciente habían entrado esos molinos como monstruos ansiosos por someterlo; para revolcarlo en un vértigo infernal; para abrumarlo con gruñidos de engranajes y grandes navajazos al viento.

El pequeño Alonso quedó traumado.

El impacto de ese momento sucedió, además, en una época marcada por el surco de la calamidad: sus padres, por sendas infidelidades, se habían decidido separar; el niño había quedado entre sus “estira y afloja” en calidad de carnada de extorsión; para acabarla, una sequía jamás vista, había destruido las cosechas de la hacienda y hubo que embargar la mitad del terreno para sopesar las pérdidas; y para cubrir aún más los precarios tiempos con lúgubre manto, Alonsito fue fuertemente atacado por la Difteria, lo cual le hizo más vívidas, intensas y quemantes sus pesadillas.

Así que después de muchos años de luchas internas, de fiebres nocturnas, de sumisiones al miedo, de prolongados e incontables desvelos, Alonso se ocupó obsesivamente en instruirse sobre las artes que utilizaron otros para luchar contra los engendros del mal.

Y una noche sumamente callada lo presenció:

Acabar el último capítulo de su último libro, cerrarlo, aspirar el polvo, levantarse del lecho, ponerse la bata, correr derecho, abrir la puerta y salir al mundo, fue una y la misma cosa. El siempre in crescendo rebelde y osado caballero tomó sus armas y salió tras sus enemigos. Había llegado el momento de saldar cuentas que tenía pendientes desde la infancia. Era tiempo de darse una oportunidad y empezar a vivir.

Una tarde clarísima, de las que habían abundado durante su noble odisea, más propicia para declamar églogas que para degollar dragones, Alonso por fin dio rienda suelta al momento que tanto había esperado. Estaba decidido a enfrentar sus propios demonios. Era una oportunidad única de cambiar los papeles de rutina que actuaban en sus pesadillas, de liberarse del encierro que lo tenía preso tras los barrotes de un capítulo en su propia novela. Y lo hizo como todo un valiente:

Los vio primero a lo lejos; luego, se aceleró su pulso; después, le hirvió la sangre y, al final, se llenó de determinación embistiendo a los gigantes de frente y empujando con toda su humanidad (lo mismo hubiera hecho cualquier hombre que se precie de ser honesto).

Sí, eran los mismos demonios que le torturaron por tanto tiempo, no cabía duda. Era su momento glorioso, por el que había dedicado noches enteras, el reencuentro con su esencia. Mas cuando finalmente decide vengarse de su némesis de la infancia y se apronta a regresar la vieja agresión, sacando astillas a una de sus rígidas extremidades con su lanza, resulta que sus íntimos (típico) lo llaman loco, que nadie le cree, que le cambian el nombre, que le dibujan otro destino por donde dizque debería de cabalgar; Y que claro, se abalanzan en secreto a la idea de regresarlo a sus antiguos cabales, cuando era respetado en su papel de patrón, de hacendado; los hace temblar la idea de que si al buen Alonso, la ley lo considera demente, su herencia se invalida y vaya lío que se arma entre los que le profesan amor e interés.

Pobre tío,” se oye a alguien decir, “ha perdido el juicio”.

Lo que nadie puede ni quiere ver, es que siendo así fuera de casa, ha recuperado la alegría perdida de tantas noches que no vivió; de tensas luchas donde de noche moría y renacía al salir el sol. Entonces se bañaba de esperanza, ante la posibilidad de liberarse de sus temores.

En la antesala de la muerte, el buen Alonso cayó enfermo de desilusión. En sus últimos momentos, frente a todos, aseguraba estar cuerdo y profesaba sinceridad al arrepentirse de su locura pasada y de sus pretensiones de paladín de la justicia.

Pidió que lo recordaran como aquel personaje que moría en las noches, que se desvelaba para no soñar infiernos; al señor serio y responsable que cuidaba bien de su hacienda y no al loco que decidió cumplir un propósito en la vida, que lo había encontrado y se sintió feliz.

¡Vaya ironía!: arrepentirse de haber sido feliz en el filo de la agonía. ¡Qué locura!

Al morir, todos sus seres más cercanos recibieron,a través de sus actos y palabras, un pedazo de la alegría que una vez llegó a tener Alonso “el bueno” por voluntad propia. Ojalá se hayan dado cuenta y hayan sembrado esa gracia en sus corazones.

Total, ¿qué sabe la gente de los motivos que hacen latir aceleradamente el corazón?

¿Qué sabe de las artimañas propias que utilizamos para ser felices?

Por eso yo digo… cada quien a lo suyo, ¿no?