Caja de Pandora, Esteban Couto

No podíamos decir nada. Lo que pasó debía quedar entre nosotras dos: nadie más debía saberlo. Todo estaría bien, siempre y cuando mantuviéramos la boca cerrada. Aquel montículo de tierra sólo habla con palabras de viento y rojo-sangre en los labios. Y todo se reduce a la celda impenetrable que sella los nuestros. Nunca estuvimos en el río: nunca hemos paseado en bote a través de sus aguas: Carlos nunca nos acompañó. No sabemos nada, ni del tiempo ni de su sombra, por más que éstos nos torturen con los malos recuerdos. Debemos hacer lo posible por guardar en un baúl aquel episodio, y jamás dejarlo salir. A partir de aquel instante hemos tratado de fabricar una nueva vida. Atrás dejamos a Carlos y sus palabras cargadas de un tono persuasivo; atrás los paseos en el río y su afán por ocultar el bote entre la vegetación; atrás su manía por desnudarse frente a nosotras y llevar a cabo sus oscuros juegos. Todo lo vivido hasta entonces debía desaparecer. Ésa fue la promesa, de esa manera giraríamos las manijas del reloj a favor nuestro. No teníamos idea de cómo reaccionarían los adultos si se llegasen a enterar de lo ocurrido. Si queríamos comenzar de cero, era necesario guardar este secreto: aquél día viernes quedaría extirpado para siempre de nuestra memoria, así como el montículo de tierra que cubría el dolor y el deseo. Estaba decidido: lo descubrieran o no, jamás diríamos nada; al menos hasta dentro de seis o siete años, cuando cumpliéramos la mayoría de edad y tengamos las fuerzas suficientes para superarlo por completo.

Hoy, ningún recuerdo afín es real. Nuestra mente parece ser una cinta en blanco. Ahora sólo podemos evocar cómo respirábamos hondo, cómo nos tomábamos de la mano, cómo contemplábamos en silencio con qué esfuerzo los policías buscaban infructuosamente el cadáver.