El loco enamorado

En una tarde encendida y bajo la sombra de una higuera, echado se hallaba un loco enamorado que venía amarrado a un muy cansado deseo. Se despatarraba en la yerba, exhausto de tanta lucha sin tregua ni cuartel, sin haber podido hacer avance alguno en su ya petrificado objetivo: claro que su obsesión era un amor prohibido, pero no por lo inmoral, sino por lo impositivo.

Otro que muerde el anzuelo y cree que persiguiéndolo lo va a alcanzar.

Pero al menos, esa tarde, el fresco le sentaba bien; el olor a hierba y su contacto con la piel, el clima templado y gentil, el viento vespertino de la tarde; vaya pues, le sentaba de maravilla ese lugar al amigo y decidió ahí mismo ponerse a soñar.

¿Cómo tornar un deseo en un bienestar?

El trance no tardó en llegar.

Penetrado en su concentración onírica, se encontró muy pronto viajando alrededor de su universo, donde poco a poco iba descubriendo infinidad de motivos que alumbraban su cabeza y corazón; y entendió, por algunos de esos momentos que de repente le bajan a uno y lo bañan de una luz de procedencia incierta pero divina, lo desgastante, inútil y paralizador que era cargar con un deseo incumplido que se vuelve obsesión.

De pronto se encontró sumergido en un túnel blanco, denso y profundo. La serenidad en que cayó su ser, le alertó ampliamente y empezó a sentir y escuchar a cada órgano de su cuerpo. Ya no le quedaba ningún sentimiento de ansiedad, solo consciencia, pura e inalterada conciencia. Y filtrándose más adentro aún fue que llegó al amor. Se reconoció en él. Iba portando su sutil aura infantil mientras feliz cabalgaba en su vértigo, navegaba sobre sus aguas, flotaba dentro de su burbuja de bien. Él en él.

El llanto le brotaba cristalino y con afluencia amazónica, mientras el navegaba por la espiral de la bondad pura, substancia de la que está hecha el alma. Fue un instante fugaz en que estuvo en el amor; en que supo amar y se supo amado.

Luego despertó de súbito. Quién sabe por qué. Las obsesiones nos cargan de herramientas para percibir un deseo que se acerca.

Sin saber, pero sabiendo, abrió los párpados y la vio. Ahí frente a sus ojos, su más y único anhelado deseo; no había duda, se dijo, era una señal. Su suerte comenzaba a cambiar. Ella estaba sentada en una banca leyendo una novela de amor. Leía y miraba al cielo y luego leía y volvía a ver hacia el cielo. Nuestro buen enamorado, convencido de ser ya un hombre cambiado a través de un sueño, le sonrió sin que ella lo notara; después de su reciente encuentro interno, tenía la esperanza de que esta vez sí se fijaría en él; pensaba que en cuanto ella lo viera sonreír todo iluminado, correría a sus brazos y juntos se irían abrazaditos a dar un paseo por el malecón. Esa era una visión que cada vez lo atormentaba más.

Primero agitó la mano para saludarla, pero ella, sintiendo quizás otra mirada, apenas si volteó a ver; el saludo le fue tan invisible a ella como el correr mismo del tiempo. La mirada indiferente de la “doncella” pasó como un chiflón helado a través de la sonrisa paralizada del enamorado. Esta vez no podía más e iría él mismo a reclamar lo que por obsesión de amor le pertenecía. Sus pasos se dispararon resueltos hacia donde estaba sentada ella leyendo su propia historia de amor. Al ver que ese extraño se le acercaba tan decidido y vociferando incongruencias, la muchacha le lanzó una mueca entre miedo y aversión e intentó escapar corriendo. Él hizo por detenerla, tomándola del brazo. Ella se zafó de un rápido tirón, se cubrió la cara y empezó a gritar; y entre el coraje del rechazo y el pánico de que alguien pudiera oír los gritos, el loco enamorado no midió su fuerza y el cuello tan delicado de la joven, cedió…

A rastras se la llevó hasta la higuera y cuando lo hallaron, ya de noche, seguía ahí recargado y abrazado a ella.

y así fue que después del juicio, aquí lo trajeron. Desde entonces, cuando le toca salir al patio, se va a aquella higuera y se queda horas como meditando.