Que nada nos separe, Pablo Neruda

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Para que nada nos separe,
que no nos una nada,

Pero mi cuerpo siempre te conocerá,
mi pensamiento siempre te recordará,
cada canción, imagen u olor
a mí te traerá.

Cuando pueblen en tu cabeza las blancas experiencias
verás con otros ojos los pocos
momentos que pude entregar
sólo te pido que intentes ver
las razones por las cuales
compartir los espacios no pude.

Tu amor me hizo volar,
ilusión fue lo que me llenó la vida.

Te devolveré las cartas nunca escritas
te devolveré las rosas marchitas
pero dejaré conmigo tu abrazo
tu beso, tu paciencia
tu sonrisa, tus ojos
tu recuerdo.

Agradecida de tí quedo
agradecida y con un dejo de tristeza
tristeza que sólo el tiempo
transformar podrá
en un recuerdo para mi eternidad

Yo soy el Diego, Diego Armando Maradona

Siempre, siempre, mi mayor orgullo fue jugar en el Seleccionado. Siempre, por más millones de dólares que me pagaran en el club que estuviera. Nada de nada era comparable, nada. Porque el valor del Seleccionado no se compara con la plata, se compara con la gloria. Y esto me encantaría que se lo metieran en la cabeza los chicos de hoy y los chicos de mañana: no podemos regalar la mística del futbolista argentino y la camiseta celeste y blanca. Aunque lamentablemente se esté perdiendo. Porque hubo una Copa América en Paraguay, en 1999, y fue necesario hacer una encuesta para saber quién quería venir, quién no… ¡Quién quería venir! Ahí, en este detalle, está la confirmación de que la mística se rompió. Aunque Grondona diga que no, aunque Bielsa quiera dibujarlo, aunque los jugadores expliquen, aunque los representantes justifiquen, aunque los periodistas interpreten. La mística… la mística se rompió. Y eso me jode, como pocas cosas en mi vida futbolística.

Y así como yo me puedo sentir dolido, lo mismo pueden decir los Ruggeri, los Pumpido, los Olarticoechea, los Giusti, los Goycochea. Con ellos nos reuníamos para luchar por la Selección, y si alguno avisaba que estaba lesionado, o algo, lo llamábamos y le decíamos: “¡Vení igual, vení igual!”. Ojo, no es que somos o éramos ejemplos: simplemente, éramos conscientes de que la Selección nos necesitaba… ¡No hay cansancio, no hay cansancio! Vos estas representando al país, ¡es el orgullo más grande que podes tener! Esto era lo que se decía, lo que se repetía en aquellas reuniones: “¿Te tiró? Vení igual, vení igual”, lo llamábamos entre todos al que sea y lo hacíamos venir igual, aunque no jugara.

Por eso a mí me encantaba ser capitán. Porque me permitía enfrentar, con poder, a quienes nos querían imponer cosas, cosas que iban en contra de los futbolistas. Y no creo que haya un solo jugador, ni un compañero mío, que pueda decirme: Hiciste las cosas mal, no me defendiste bien. Y yo me enfrenté a Grondona, a Blatter, a Havelange, a Macri… Quizás con un vocabulario futbolístico y no político, y eso me costó un montón de cosas. Pero el resultado, el resultado lo vale. Yo creo que hoy me paro en la Torre Eiffel, pego un grito y tengo alrededor mío a todos los jugadores del mundo. Porque me lo dijo Cantona, me lo dijo Weah, me lo dijo Stoitchkov: Nosotros somos parte de la Asociación de Futbolistas Mundiales y vos sos el presidente. Ése es el orgullo más grande que tengo yo.

Y esto es lo que pretendo que se entienda: no puedo aceptar que no se sumen a la Selección porque están cansados, porque están lesionados, porque los clubes que los contrataron les pagan millones de dólares, porque…. ¡Los brasileños juegan setecientos mil partidos por año y están siempre! No sé, me da la impresión que ahora los brasileños agarraron la mística nuestra: Rivaldo juega el domingo para el Barcelona, viaja a Tailandia y hace un gol para Brasil, vuelve y se planta contra el Real Madrid, juega la Copa América, se rompe el culo por sus, ¡por sus! camisetas… O sea, yo digo: ¡Viva Rivaldo! Eso hacíamos antes los argentinos, ¡eso hacía yo!

Algo de eso, ahora, se rompió. Y yo no le echo la culpa a los representantes, ¡no le echemos más la culpa a los representantes! Acá, los únicos culpables somos los jugadores. Y esto mismo lo dije yo en una charla, en Futbolistas Argentinos Agremiados: “Para tomar decisiones no se necesita tener a un Maradona de 20 años… Basta con no transar, ¡no transar y sí unir!”.
Por eso acepto ahora reunirme con Joseph Blatter, el presidente de la FIFA, para defender los principios del jugador de fútbol, ¿eh?, no para entregarme a Blatter. Porque si no estaría entregando veinticinco años de trayectoria, y no sólo adentro de la cancha: veinticinco años pensando que el jugador de fútbol es lo más importante, lejos, en este negocio. Y ésta es una gran verdad que nadie me puede refutar: a los técnicos los hacemos los jugadores, a los dirigentes los hacemos los jugadores.
Pero, por decir cosas como éstas, el poder no me perdonó. Yo lo viví, lo sigo viviendo todavía y lo tengo asumido.

Lo que no lograron fue cambiar mi vida. Que por ahí la hice bien o por ahí la hice mal, pero la hice yo. A mí no me diagramó Menotti, no me diagramó Bilardo, no me diagramó Havelange, no me diagramó Blatter, no me diagramó Menem, no me diagramó De la Rúa. A mí nadie me regaló la plata; me la gané yo, corriendo detrás de la pelota adentro de una cancha. ¿Mucha, demasiado? Por algo me la daban, el poder ganó mucho más gracias a mí. Por eso dependen de nosotros: si los futbolistas nos uniéramos, ¡mataríamos!

Los dirigentes de fútbol no saben nada del juego y nos han desplazado a los jugadores de un lugar muy importante. Están bien asesorados, estudiaron, consiguen los mejores sponsors y piensan más en Coca-Cola y en Hyundai que en los protagonistas. Yo lo sufrí cuando monté el Sindicato de Jugadores. Los Mundiales son riquísimos y los que hacemos el espectáculo recibimos puchitos, el 1 %. Ésta es una fábrica a la que le va cada vez mejor con obreros que aceptan todo.

Porque hoy, los futbolistas ganan mucha plata sin tanto esfuerzo, entonces no les importa tanto. Ganan veinte millones de dólares por nada, Saviola y Aimar valen ochenta millones de dólares, no la tocan en un Preolímpico y siguen valiendo lo mismo, Vieri pasa de un equipo a otro por más y más millones y no festeja un título. Entonces, claro, ¿qué van a pensar en la Selección? ¿Para qué? Si no la necesitan… Y no hay nadie que se les acerque y les diga: Mira, nene que si no jugás en la Selección y después no la tocas en tu club, pasas a ser un desastre, no vas a valer un carajo.
En cualquier momento van a decir que Saviola es un desastre, ¡y el pibe es un fenómeno! Pero tiene que triunfar en la Selección, tiene que aparecer alguien que reafirme las convicciones y que les diga.

Todo esto cambió desde que nos fuimos los viejos. Y no es porque nosotros hayamos sido más inteligentes ni nada, pero sí entendimos que teníamos que ser representantes de la gente, representantes del pueblo. Entonces nosotros, los representantes, cuando salíamos a jugar, pensábamos en la vieja, en el viejo, en el gomía, en el laburante, en todos… Y disfrutábamos como ellos cuando nos enterábamos de que iban a festejar los triunfos al Obelisco.

Yo quisiera que todo esto que digo se hiciera carne en los chicos del fútbol. Me encantaría ponerme al frente de los juveniles y decirles: “¿Vos venís de Rosario, pibe? Vení como sea, en tren, en colectivo, a dedo… Pero vení, después vemos. Jugate por la Selección que así te estás jugando por tu gente”.
Hoy, muchos partidos se definen en los escritorios. Y eso va en contra de los jugadores: yo pagué un precio muy alto por defenderlos, por reclamar que al mediodía no se podía jugar en México, y por denunciar corrupción, como en el ’90, donde la final tenía que ser Alemania-Italia. No tengo problemas en seguir pagando ese precio. Unidos, podríamos combatir las cosas malas que tiene el fútbol. Por ejemplo, los partidos digitados por los arbitros: en el ’90 rompían las pelotas con el Fair Play, con el Fair Play, y en el primer partido los camerunenses nos mataron a patadas. Y después, en la final, vino lo de Codesal, lo del referí… Porque un penal mal dado no tiene nada que ver con el juego limpio, ¿no?, eso creo yo por lo menos. Hay cosas que están digitadas y los arbitros tienen que ver: en un Mundial de fútbol, en lugar de pasar inadvertidos, lo deciden. ¡Y no puede ser! Hay montones de arbitros que han falseado resultados, que han inclinado la cancha para que al fin lleguen a la final los dos equipos que prefiere la FIFA. Como un ejemplo, nada más, basta acordarse de México ’86, cuando anularon aquel gol de Michel, cuando la pelota picó medio metro adentro, para que Brasil siguiera en carrera. El último Mundial, el de Francia ’98, fue un campeonato mediocre y digitado. De la Selección de Francia no me acuerdo de casi ninguno, y no porque no me interese. Pero se sabía, desde la inauguración, que la final tenía que ser Francia-Brasil.

Y en la Argentina, lo que mató a los arbitros fue la soberbia, ¡la soberbia! A mí me echó Javier Castrilli, un referí, nada más que un referí, jugando para Boca, contra Vélez, en el ’95, cuando lo único que fui a decirle fue: “¡Respeta a la gente!”. Y así todos, no te dejaban hablar. Ellos se escudan con eso de que no ganan lo que tienen que ganar. ¡Que se hagan profesionales en serio! Y que no se dejen influenciar, ni con las figuras, pero que tampoco vayan contra la gente, contra el espectáculo. Porque la gente va a ver a Maradona, va a ver a Francescoli, va a ver a Gallardo, y si ellos los echan, van en contra de la gente. Eso sí: se hacen famosos y después trabajan en la televisión. ¿Gracias a quién? Gracias a los jugadores, por supuesto.

Yo me arrepiento de no haber jugado más en la Argentina. Lamento que mi país no me haya podido retener, para batir los records en mi tierra, para jugar más partidos en la Selección y no escucharlos por teléfono desde Italia… Porque así lo hacía: jugaba Boca, jugaba el Seleccionado, y yo me colgaba de la línea para escucharlos. Creo que no es mi culpa, yo me tuve que ir a ganar la plata afuera.
Desde Italia, justamente, yo observaba un fenómeno, algo muy especial: en la Argentina, los maestros de las divisiones inferiores siempre fueron los grandes jugadores del pasado. Nenes como Pedernera, Grillo, Griffa, Gandulla, Pando, Sacchi. A grandes maestros, según mi humilde opinión, grandes alumnos. Bueno, eso en Italia no pasaba. Los ex campeones se volvían diputados, onorevoles, dirigentes, periodistas de radio y televisión, asesores del presidente. Pero ponerse el buzo y llenarse de tierra como lo hizo casi hasta los 80 años don Adolfo Pedernera… No, eso no. Bueno, mi temor es que en estos tiempos hayamos perdido esa mística. Y por eso mi obsesión es trabajar con los futbolistas.

En todo sentido, ¿eh?, en todo sentido. Digo esto porque me jode que todavía haya futbolistas que se nieguen a decir la verdad y no se animen a denunciar, por ejemplo, que hay técnicos que les piden plata para hacerlos jugar. ¡En la Argentina hay entrenadores que les sacan plata a los jugadores! ¡Yo lo sé y yo lo denuncio! Lo sé porque muchos me vinieron a ver a mí, para decírmelo.

Lo lamento, entonces, por aquellos futbolistas a los que yo voy a nombrar si es que me llaman a declarar en el juicio que hay contra Ramón Díaz. Pero sería más grande el castigo de no darle la posibilidad a los futbolistas del futuro de evitar que les sigan metiendo la mano en el bolsillo. Eso es corrupción. Tanta corrupción como cuando un entrenador del Seleccionado pone a un jugador en el equipo, aunque esté lesionado, para después venderlo a Europa. Y yo sé que eso pasó, lamentablemente.
Si volviera a nacer, le pediría a Dios que me dé lo mismo —porque me dio demasiado, realmente— y también la posibilidad de hacer todas las jugadas y los goles que divirtieron a los napolitanos, en mi país, en vivo, para los argentinos…

Estoy orgulloso de haber sido siempre fiel a mis convicciones, a mis virtudes y a mis defectos. Pero llego a los 40 años y puedo mirar de frente a todo el mundo. No cagué a nadie más que a mí mismo, no le debo nada a nadie más que a mi familia. Lucho por mi vida, cada día, y tengo a mis viejos al lado, tengo a mis amigos al lado, tengo a mi mujer, incondicional, tengo dos hijas que son tan alucinantes como siempre las soñé y tengo, con todo eso encima, el respeto del país que amo… Sí, pese a todo, tengo y disfruto el respeto de los argentinos.
Todo lo que cuento en este libro es verdad, lo juro por mis hijas. Traté de ser lo más honesto posible en todo. Conté cosas, seguramente me olvidé de muchas otras, pero el mensaje es uno solo: voy a seguir diciendo la verdad hasta los últimos días. No voy a transar porque no me gusta, no me gusta la injusticia.
Como les digo siempre a los que vienen y se quieren hacer los bananas conmigo: Pero, Diego, si vos… Al Diego, a mí, me sacaron de Villa Fiorito y me revolearon de una patada en el culo a París, a la Torre Eiffel. Yo tenía puesto el pantalón de siempre, el único, el que usaba en el invierno y en el verano, ese de corderoy. Allá caí y me pidieron, me exigieron, que dijera lo que tenía que decir, que actuara como tenía que actuar, que hiciera lo que ellos quisieran.
Y yo hice.
Yo… Yo hice lo que pude, creo que tan mal no me fue.

Sé que no soy nadie para cambiar el mundo, pero no voy a dejar que entre nadie en el mío a digitarlo. A manejarme… el partido, que es como decir digitar mi vida. Nadie me hará creer, nunca, que mis errores con la droga o con los negocios, cambiaron mis sentimientos. Nada. Soy el mismo, el de siempre. Soy yo, Maradona.

Autobiografía, Pablo Neruda

Por mi parte soy o creo ser duro de nariz, mínimo de ojos, escaso de pelos en la cabeza, creciente de abdomen, largo de piernas, ancho de suelas, amarillo de tez, generoso de amores, imposible de cálculos, confuso de palabras, tierno de manos, lento de andar, inoxidable de corazón, aficionado a las estrellas, mareas, maremotos, admirador de escarabajos, caminante de arenas, torpe de instituciones, chileno a perpetuidad, amigo de mis amigos, mudo de enemigos, entrometido entre pájaros, maleducado en casa, tímido en los salones, arrepentido sin objeto, horrendo administrador, navegante de boca y yerbatero de la tinta, discreto entre los animales, afortunado de nubarrones, investigador de mercados, oscuro en las bibliotecas, melancólico en las cordilleras, incansable en los bosques, lentísimo de contestaciones, ocurrente años después, vulgar durante todo el año, resplandeciente con mi cuaderno, monumental de apetito, tigre para dormir, sosegado en la alegría, inspector del cielo nocturno, trabajador invisible, desordenado, persistente, valiente por necesidad, cobarde sin pecado, soñoliento de vocación, amable de mujeres, activo por padecimiento, poeta por maldición y tonto de capirote.

Miedo a la eternidad, Clarice Lispector


Cuando era pequeña, todavía no había probado los chicles y en Recife se hablaba poco de ellos. ¿De qué tipo de caramelo se trataba? El dinero que tenía no alcanzaba para comprarlos, y con esa misma cantidad podría conseguir un montón de dulces. Finalmente, mi hermana reunió el dinero, los compró y, al salir hacia la escuela, me explicó:
—Ten cuidado de no perderlo, porque este caramelo nunca se acaba. Dura toda la vida.
Yo estaba atónita: había sido transportada al reino de las historias de príncipes y de hadas. Cogí el pequeño chicle rosa que representaba el elixir del largo placer. Lo examiné. Casi no podía creer en el milagro. Con delicadeza, acabé por metérmelo en la boca.
—Y ahora, ¿qué hago? —pregunté, para no equivocarme en el ritual que seguramente había.
—Chupa para ir notando el azúcar y, cuando se acabe, empiezas a masticarlo. Y entonces sigues masticando toda la vida. A no ser que lo pierdas, yo ya he perdido varios.
Perder la eternidad. Nunca. El azúcar del chicle era bueno, pero no muy bueno. En cierto momento, se acabó el azúcar.
—Y ahora ¿qué?
—Ahora mastica para siempre.
Me asusté, no sabría decir por qué. Masticaba y masticaba aquella cosa pegajosa que no sabía a nada. Me sentí decepcionada: no me gustaba el sabor y la ventaja de que fuese eterno me daba miedo. No quise confesar que no estaba a la altura de la eternidad, que me producía angustia. No aguanté más y, al cruzar el portón de la escuela, me las arreglé para que el chicle se cayera.
—¡Mira qué me ha pasado! —dije con fingido asombro y fingida tristeza.
—Ya te dije —repitió mi hermana— que no se acaba nunca. Pero a veces los perdemos. Hasta de noche podemos ir masticando, pero para no tragárselo durante el sueño hay que pegarlo a la cama. No te pongas triste: un día te daré otro, y ése no lo perderás.
Yo estaba avergonzada ante la bondad de mi hermana, avergonzada de la mentira que le había soltado, pero aliviada, sin el peso de la eternidad sobre mí.

Por qué me llamo Saramago, José Saramago


Saramago no era el apellido de la familia, sino sólo el apodo. Yendo mi padre a declarar en el registro civil el nacimiento del hijo, sucedió que el empleado (se llamaba Silvino) estaba borracho; por su propia iniciativa, y sin que mi padre se diese cuenta, añadió ‘Saramago’ al simple nombre que yo debía llevar, que era José de Sousa; de esta manera, gracias a un destino de los hados, se preparó el nombre con el que firmo mis libros. Suerte mía, y gran suerte, fue la de no haber nacido en cualquiera de las familias de Azinhaga que, en aquel tiempo y por muchos años más, ostentaban los arrasadores y obscenos apodos de Pichatada, Culorroto y Caralhana…
Más tarde, cuando para matricularme en la instrucción primaria tuve que presentar una partida de nacimiento, el antiguo secreto se descubrió, con gran indignación de mi padre que detestaba el mote. Pero lo peor fue que llamándose mi padre José de Sousa, la Ley quiso saber cómo tenía él un hijo cuyo nombre completo era José de Sousa Saramago. Así intimado y para que todo quedase en lo propio, en lo sano y en lo honesto, mi padre no tuvo más remedio que hacer un nuevo registro de su nombre, por el cual pasó a llamarse también José de Sousa Saramago, como el hijo. Habiendo sobrevivido a tantos sucesos, baldones y desdenes, habría de parecer a cualquiera que el viejo mote, convertido en apellido dos veces registrado y homologado, iría a gozar de una vida larga en las vidas de las generaciones. No será así. Violante se llama mi hija, Ana mi nieta y ambas firman Matos, el apellido del marido y del padre. Adiós pues, Saramago.

El carpintero, Norah Lange

Frente a nuestra quinta existían varias casas y un rancho, cuyas paredes de barro, deshilachadas y llenas de parches, apenas lograban mantenerlo en pie. A ese rancho llegó un matrimonio tan sumido en la miseria que, al refugiarse en él, ni siquiera tenía dónde sentarse, hasta que madre le envió ropa, comida y dos hamacas de mimbre. La mujer rara vez salía. En ocasiones, la divisábamos desde lejos, agachada, los hombros siempre cubiertos por una vieja pañoleta. Después nos enteramos de que se hallaba tuberculosa y que el marido apenas conseguía juntar uno centavos haciendo pequeños trabajos de carpintería.

Una tarde supimos que Andrea agonizaba, y cuando circuló la noticia de que había muerto, vimos que el marido llamaba a la puerta del jardín. Supusimos que querría alguna ayuda para el entierro o algunas flores más, pero sólo venía a pedir un alfiler de gancho para abrocharse el cuello de la camisa. Le parecía indecente velarla con la garganta descubierta y era el único cambio de indumentaria que podía costearse frente a la muerte de su mujer.
Nos pareció terrible que sólo pidiera un alfiler de gancho.

Cuando mi padre fue a verlo, lo encontró sólo en la pieza, de pie ante el cadáver que él mismo había envuelto en una sábana y acostado dentro de su cajón. Dos velas ordinarias iluminaban la cabecera. La luz salía a la calle por la ventana derruida y se llenaba de polvo.

A la mañana siguiente, muy temprano, oímos unos martillazos. Era el hombre del rancho, que cerraba el cajón. Lo imaginamos solo en el cuarto, trabajando como de costumbre, poniéndose algunos clavos en la boca, mientras colocaba la tabla sobre el cuerpo tan conocido y miserable.

Antes del mediodía, un carro de la municipalidad se llevó el cajón.

Pigmalión, Mariana Frenk

Cuando Pigmalión, ardiendo en las llamas de su locura de amor, había pasado muchas noches junto a Galatea, abrazando el frío mármol de la mujer, obra de sus manos y sus sueños, implorando a los dioses que le dieran vida, éstos, conmovidos por la intensidad de su pasión, decidieron cumplirle su deseo. Ya pudo estrechar entre sus brazos a una Galatea de carne, de carne tan blanca como el blanco mármol. Sus días y noches se llenaron de ciega felicidad.

Pero, en cierto momento, se le abrieron los ojos. Galatea no lo amaba. Galatea estaba aburrida. Galatea no le sonreía nunca. Lo insultaba, de su hermosa boca salían palabras como sapos y serpientes. Galatea lo detestaba.

Una onda fría empezó a invadirlo. Una y otra vez hizo esfuerzos por hacerse querer. Inútiles las caricias, inútiles las amenazas. Entonces, como único medio para resucitar su amor, al que había amado más aún que a Galatea, volvió a acudir a los dioses, pidiéndoles —con el mismo fervor de antes— que la convirtieran de nuevo en mármol. Los dioses, siempre misericordiosos, aunque a veces un tanto maléficos, accedieron una vez más a sus ruegos.

Cuando Pigmalión, en una noche nublada, se acercó por primera vez a la marmórea Galatea y ya discernió entre el verdor de los árboles los contornos de su divino cuerpo, estaba temblando de temor y esperanza. En ese momento, un golpe de viento dispersó las nubes que habían ocultado a la luna. Y a la luz de la luna vio el rostro de Galatea. Vio un rostro marcado por el odio, repugnante, atroz. Rostro de furia, que parecía escupir veneno.

Pigmalión tomó un hacha, la levantó, se quedó inmóvil un instante, un largo, largo instante; luego, suavemente la dejó caer en las yerbas. Dio, tropezando, unos pasos inseguros. Sintió un dolor agudo, hachazo de hacha afilada.
Huyó.

Ars sin combinatoria, Raymundo Ramos

Las tradicionales divas de las islas se están extinguiendo. Cada vez se oye menos el chapoteo de sus cuerpos fusiformes (con aleta caudal natatoria no transversa) arrojándose desde las peñas ferruginosas. En algunos pedregales resbalosos de musgo, la pestilencia a marisco en descomposición es insoportable; pudrideros de materia orgánica llegan ahora, en rachas olfativas, a la pituitaria de los navegantes, como otrora la miel de sus cantatas al sentido infundibuliforme de los héroes homéricos.    La razón de su merma biológica es sencilla, son especímenes híbridos y, por lo tanto, estériles: fornican con los grandes peces y desovan un lodo espermático degenerado, que después de unas horas de vibración ciliar en los caldos de los esteros se aquieta y muere. Los manoseos sensuales con náufragos —de las costillas flotantes para arriba— son, evidentemente, lubricidades infecundas; extranjeros de tez comida por la barba y ojos desorbitados dan testimonio de haber succionado el calostro dulzaino de senos ebúrneos, aunque cerebros extraviados por el sol calcinante y la locura de la sal marina hacen increíble el recuerdo de esas glotonerías orales. En cuanto a la vos, ha habido de todo. Infortunadamente resulta imposible precisar las excelencias de sus registros sonoros, como en el caso de algunas virtuosas operáticas anteriores a las grabaciones en acetato: digamos, la Malibrán, pero es indudable que —mitologías aparte— debió haber entre las sirenas tonadilleras y baladistas de pésima cuadratura y vocecillas insignificantes.

Misiones profanas, Bob Kaufman

Quiero que me entierren en un cráter anónimo en la Luna.
Quiero construir minigolfs en todas las estrellas.
Quiero probar que la Atlántida fue un sitio de veraneo para el hombre de las cavernas.
Quiero probar que la ciudad de Los Ángeles es una broma que nos gastaron los seres superiores de un planeta simpático.
Quiero denunciar al Cielo, un sanatorio exclusivo, repleto de ricos psicópatas que creen poder volar.
Quiero demostrar que la Biblia se publicó en una revista romana para niños.
Quiero probar que el sol nació cuando Dios se quedó dormido con un cigarro encendido, exhausto tras una dura noche como juez.
Quiero probar de una vez por todas que no estoy loco

No son invenciones de poetas, Gianni Rodari

Hace milenios, en el planeta acuático Sirénide hubo una guerra. El pueblo vencido, obligado a emigrar, halló refugio en La Tierra, más exactamente en las aguas del Mediterráneo. Antiguos terrestres —como Ulises— vieron a estos inmigrantes, aunque, en realidad, no pudieron ver sus colas de pez, porque no las tenían… pero se las imaginaron. Podían hacer breves salidas al aire, igual que los humanos se pueden zambullir brevemente en el agua.

Después de un par de siglos, Sirénide se volvió lo suficientemente civilizado como para abolir las guerras. Entonces, recordaron a los exiliados y fueron por ellos. Volvieron encantados al planeta, pues de padres a hijos se habían transmitido el amor a la antigua patria.
Por eso, las apariciones de sirenas en La Tierra cesaron en la antigüedad.