Enfazado, JCPozo

Se viaja mucho más lejos cuando el cuerpo no tiene conciencia de ello. Al menos eso sucede conmigo, que soy el que habita por dentro. Un dejarse a la inclemencia de la vida y yo me salgo a viajar. Quiero asegurarles que soy uno de esos personajes que se meten en los sueños de otros. Unas veces como amantes, otras como presagio de un infortunio o como esperpentos de una pesadilla, el caso es que me desconecto de mí y acabo saltando oníricamente de tejado en tejado, a distancias que me son muy extrañas.

Lo que más le envidio a los soñadores con masa es su capacidad de voluntad, esa habilidad de saber cuando empezar a soñar y cuando, a veces, terminar, no va conmigo. Yo no la tengo. Me aparezco de manera espontánea, sin planear. De repente soy un río y de repente se acaba su caudal. Estoy sintiendo, estoy vivo, y en un parpadeo se acaba mi realidad.

Hoy me he metido en un sueño imposible, me encontré en los deseos de mi cuerpo. Vaya, qué de cosas me vine a enterar. Me vi el rostro por primera vez, claro que desde la perspectiva que se tiene por dentro. Pero me vi y eso complica mis futuras salidas. ¿Cómo adaptarse a la idea de que aunque se pretenda, uno ya no puede tener otro rostro? ¿Cómo salir ahora de la rutina si los multifacéticos juegos divertidos que me hacían la existencia tan feliz, los que siempre me daban un perfil diferente y me llenaba de infinitas sustancias, no volverán? ¿Cómo evitar que ahora me convierta, con mi propio rostro, en un personaje acartonado? Tener forma para un personaje como yo es una auténtica tragedia.

Habrá posibilidad de ser transferido al sueño de otro, ¿me preguntó? Mmm. Me dedicaré mejor a hacer una religión.

¡Taxi! ¡Taxi!, JCPozo

Dialbures y otras Diabluras


¡Taxi! ¡Taxi!
“Ah, por fin un taxi en esta maldita ciudad!” , pensó. Se subió al taxi y saludó.
– Buenas,
– Buenas las tenga, joven.
– Dura y tardada es aquí la espera, caballero, pero ya, por fin. Lléveme al centro, por favor.
– Como no, joven. ¿Por dónde le doy?
– Mire, agarre esta misma hasta abajo y en los dos topes le dobla a la izquierda; ahí le da todo derecho hasta el fondo.
– Claro que si, por ahí le doy con gusto, joven.
– Chico broncón que se traen estos marchistas, ¿no? Mire nomás .
– Lanzan protestas contra la reforma educativa. Es el sindicatos de maestros.
– Uy, tengo limitado el tiempo, esa cola me lo va a parar y tengo que venirme pronto.
– No se apure joven, puedo meterme por atrás y así cortamos tiempo.
– ¿Y si toma la avenida después de la parada del metro?
– No, esa ahorita la toma ya muy congestionada. No mire, por aquí entro mejor al centro.
– Usted es el que sabe, agarre por donde lo sienta más seguro.
– Ah, le tocan a uno tanto toda clase de embotellamientos, que a manera de sobre vivencia uno se aprende todas las entradas y salidas.
– Me imagino que con ese trajeteo diario en la ciudad, ha aprendido a abrirse toda clase de espacios.
– No se crea, es tan grande, que nadie la conoce de pies a cabeza..
– Y usted sentado tantas horas paseándose en ella y corriendo toda clase de peligros.
– Uno tiene sus remedios y mañas, joven. Todo quien se sube aquí, representa un riesgo, la verdad, pero hay que seguir dándole y estar bien prevenidos.
– De repente hay quienes le han de dejar embarrado todo por dentro ¿no?
– No crea, yo veo alguien medio mal y no lo recojo, apenas veo señal de arcadas y lo saco, ya si de plano no aguanta y se le sale por la boca, lo hago limpiarlo o le aumento la cuota.
– ¿Y en las noches me imagino que hasta le andan arrimando una pistola, no?
– Por eso meto a cada rato lo que voy ganando a una caja fuerte.
– Así solo le sacan el miedo, sin llevarse nada.
– Y en blanco se van los pobres. Pero, dígame, a ¿que se dedica usted?
– Ah, yo soy plomero, mi amigo, y aunque le hago a todo, la plomería es lo mío ; ahí por si algún día quiere que le revise alguna tubería, le hago precio de amigos.
– Uy, me imagino que en esta ciudad tiene usted cualquier cantidad de caños por destapar.
– Si, claro, ¿Sabe? Trabajo no me falta, siempre hay alguien que necesita de mis servicios, ya sea que les destape el caño, revise las tuberías o les haga una instalación; además, déjeme decirle que yo saco el trabajo rápido y bien hecho.
– Mire qué coincidencia, precisamente yo necesito un trabajito en mi casa. Es la bomba, ¿sabe? No levanta el chorro con fuerza, necesita más presión. Y ahora que andamos por aquí, por cierto, le digo que curiosamente estos son mis rumbos. Yo vivo muy cerca de aquí fíjese. ¿No me echa una mano con mi bomba?
– Pues mire. Dentro de un momento, precisamente, voy a hacer un trabajito a una dama que me pidió le arreglara también su bomba de agua; además su lavabo lleva mucho tiempo tapado y una manguera vieja necesita repuesto nuevo. Yo siempre tengo una lista en caso que se necesite, es lo que más se estropea. Así que acabo ahí y si quiere luego puedo ir a revisársela a su mujer.
– Gracias, ya lleva tiempo parada. Pero dígame. Me vengo en usted fijando y no parece que vaya usted a trabajar… con ese elegante saco café y esa casaca blanca, más bien juraría que…tiene una movidita por ahí.
– Y eso que no ha visto mis botas de pitón con suelas hechas a mano.
– Meto la mano al fuego, si usted ahora no va a ver a su morena.
– ¡Ah, mi querido pitoniso!, ¿qué come que adivina? En efecto…aunque eso es solo un trozo de la verdad, yo se la daré completa. Voy a trabajar en la clienta, usted sabe. Ya le arreglé ayer su desagüe, hoy le doy a la bomba de agua y le ajustaré algún otro problemita que pueda surgir, usted me entiende. Aquí a la izquierda, por favor.
– ¿Por aquí?
– “A. Prieto”. Sí esa es la calle, joven, ya casi estamos ahí .
– ¿Esta?
“Esta es la mía…mmm”. “Bomba? Lavabo? Trabajar en la clienta? Misma calle..”. El taxista bajó un poco la velocidad distraído por la llegada de estos pensamientos envenenados.
¡Honk, honk! Sonaba el claxon del auto de atrás, despertándolo de su letargo.
– ¡No me toque el pito porque me irrito! – se dijo a sí mismo el taxista.
– A ver, a ver. Acláremelo. ¿A qué número me dijo que lo llevará? – le preguntó al plomero imprimiendo seriedad en el tono de la voz y con la mirada de frente fija en el horizonte.
El cliente de inmediato reaccionó, se sintió atrapado; empezó a contestar pero el instinto de sobrevivencia lo detuvo.
– Al sesenta y…
El taxista echó una mirada fugaz al espejo retrovisor. El elegante caballero buscaba abrir la puerta del taxi para escapar. Todo quedaba claro.
¡Scriiich!
El taxi frenó abruptamente y se hizo a la orilla.
– Así que usted viene arreglarle la bomba a mi mujer ¿no?
– No. Bueno creo que sí. Está ya muy deteriorada y…
– Mire. No se haga una chaqueta antes de coserse unos pantalones.
– Espere, hágame el favor de escucharme; ¿yo que iba a saber que ella….
– Usted no, pero yo sí. Ahora es el momento de decírselo. ¿Usted cree que la recogida que le di fue accidental? Lo estuve esperando.
– ¿No me diga que me aguardó parado hasta que saliera?
– Si. Un buen rato por cierto. Y una vez aquí dentro le iba y le voy a desparramar toda la verdad.
– Sáqueme de la duda, de una vez, por favor..
– Mire, y ahora que lo pienso, no me voy a quedar aquí como el naranjero, pelando para que otro chupe, ¿verdad?.
– ¡Bueno ya! Deme una explicación, por favor, estoy muy confundido.
– Se la dejo ir derecha. Su mujer y yo nos queremos. Pensamos escapar juntos. Vine a decírselo. Lo esperé a la salida para confesárselo, pero no contaba con esta sorpresa que me ha dado usted.
– ¡Qué dice! ¿Sorpresa? La mía. Esa es más dura. Se la pongo así: Usted sabía que mi mujer estaba casada, en cambio yo, qué iba a saber que la señora del 69 era su m……
– ¡Espere! ¿Dijo usted del 69?
– Sí, 69, se lo puse bien claro.
– ¡No le haga!… Este… ¿69 eh?.. Mmm… Bueno… Entonces, mire, cuando acabe de trabajar ahí, ¿puede venir al número 62 para arreglarle la bomba a mi mujer?

Corriendo, JCPozo

Se hizo de papel
mi cuerpo de tanto correr
ligero, cuando me perdí
entre la gente que llegó
igual que yo a esta tierra,
con la pena
de dejar atrás el cora…

Son que me movió
a ver la vida cual canción,
que cuando me toca llorar
lanzo mis cantos hacia el mar
y fluyo con el viento,
si contento,
le hago frente a la adversidad.

Y claro que uno tiene que tener
valor para enfrentar  una nueva realidad;
ser firme y defender la verdad y la razón
poniéndolas de ejemplo.

Solo condenamos nuestra causa si no actuamos con respeto y nuestros actos no señalan todo el tiempo, lo mejor que poseemos desde el fondo de nuestro corazón.

Una mujer que me quiera;
nuevos amigos con quien cantar;
y correr,
lo más veloz que se pueda correr;
como va el viento, así poder correr;
libre de ir corriendo.
y correr,
lo más veloz que se pueda correr;
como va el viento, así poder correr;
libre de ir corriendo.

El duelo, JCPozo

En el oeste de los tiempos, se encontraron en una avenida desierta tres pistoleros:  El Presente, que había viajado por el tiempo dos días al pasado; el Pasado, que también había viajado por el tiempo dos días al futuro; y el Futuro, que había retrocedido varios días y que llegaba de procedencia incierta a través de una máquina del tiempo, igual a la que usaron los otros dos mal encarados vaqueros.

Apegados a su naturaleza beligerante, producto de su humanidad, los tres jinetes del tiempo se retaron a un duelo.

En la avenida decidieron posicionarse a manera de un triángulo equilátero y cada quien usaría dos pistolas, una en cada mano, para tratar de contrarrestar los embates de los otros dos.

Antes de los diez pasos de rigor y cuando aún se encontraban frente a frente, se detuvieron un segundo a meditar. Si el Futuro era el vencedor, pues al mismo tiempo se moriría el también. En caso que el Pasado ganara, se harían polvo inmediatamente los otros dos. El Presente era el único que tenía esperanzas de vivir, aunque le quedarían acaso pocos días, eso era el tremendo albur que tendría que  correr.

Decidieron, por lo pronto, mejor no jugarle al destino y abordaron una misma máquina los tres, no sin antes haberse asegurado de la destrucción de las otras dos. En el viaje, la máquina que eligieron sufrió una avería irreparable y aterrizaron de manera forzada llegando a un futuro muy lejano.

Ahí, dieron un vistazo alrededor  y rápidamente y sin pensarlo, los tres sacaron sus armas y, al unísono, se pegaron un tiro en la sien.

Es el mezcal, la migra y algo más, JCPozo

Hallábame yo frente a la barra de un ahumado tugurio californiano echándome unos buenos mezcalitos, cuando junto a mí se sentó un señor de rostro cansado y agradable que al verme me preguntó sonriente qué era lo que yo tan gustoso tomaba. Le contesté que “¿qué más, amigo? Pues mezcal, mi buen”, y me comentó emocionado su gran afición también a tan maravillosa bebida.
-¡Ah, mezcal- declamaba el recién llegado -sangre de la tierra!
Le pidió al cantinero lo mismo que estaba tomando yo y claro, (el mezcal no falla) a los primeros dos tragos, empezó a desanudar una pena que tenía atorada en la garganta y estaba a punto de reventar.
– Mire amigo. Vivir con decoro tres décadas, ¿para qué? –me decía muy afligido.  -¿Para que  sin decoro ahora vengan y me quieran sacar de aquí, de donde con mis manos he construido no solo el mío sino varios otros futuros?
Yo sabía perfectamente lo que él quería decir.
– Vivir todos los días dando el ejemplo de frente a tus hijos y que los inocentes te vean petrificado por el miedo de salir a trabajar, a ser deportado. ¡Qué crueldad!, ¿no, cree? En cambio… ¡qué diferencia de otros tiempos, ¿no?! ¡Qué bonita es la libertad! ¡Salud por ella.
– Sin duda, don, sin duda. Salucita. – le dije.
– Si viera, amigo –prosiguió mi acompañante – qué nostalgia me da: vivir sin temor a la vida; jugar toreando carros en las esquinas y con los amigos vagar por las calles platicando acerca de cambiar el mundo o de lo que sea, con tal de convivir con ellos. ¡Qué lindo era ese sentido de despreocupación, ¿no?! cuando que más nos angustiaba era que se escondiera rápido el sol y no pudiéramos seguir jugando el partido.
– Sí, por supuesto -le digo -Quizás por ser tan libres, es que nos dura tan poco la niñez.
Ahora que yo lo veía de cerca, advertía en mi interlocutor una mirada profunda y de vidrio soplado: un reflejo desigual que irradiaba melancólica resignación y se proyectaba en todas direcciones desde las ventanas de esa mente que parecía tan despierta.
– Ahora tiemblo de que la vida se me vaya, de que me tenga que esconder por siempre detrás de las paredes, en las rendijas de un rincón familiar para que no me agarren. La condena de ese enclaustro es brutal, amigo, francamente brutal.
– Lo entiendo perfectamente, no crea, don –le dije, mientras chocábamos los vasos diciéndonos “salud”. -Pero ¿sabe usted que es igual o más brutal?
– ¿A ver, qué puede ser peor, amigo?
– El odio, mi buen; el rencor ignorante, una bestia que causa miedo, que manipula las opiniones. No amigo, a ese animal le provocamos indigestión.
– Tiene usted razón, ese odio arruina una y con ellas miles de vidas más. ¿Qué hago si a donde quiera que voy tengo que esconder la palabra y el color?
– Es como quedarse plantado en la tierra sin poderse mover, don,  y solo nos quede ver pasar las aves ¿no?
– ¡Ándele, usted si sabe! – me dice brindando -.  Algo así como un árbol cuyo ciclo ha terminado y  espera, envejeciendo, el momento de morir.
– ¡Caramba, don!, parece que la pena lo ha hecho poeta.
– No crea, mi amigo. Es el mezcal.
– Jajaja. Ni duda cabe. Ambrosia de Dioses. ¡Salud!
– ¡Salud!
Luego bajó la vista y se puso serio.
– ¿Sabe?… Pues… los niños, verdad… ¿me entiende? … ellos son las verdaderas víctimas, ¿no?; ellos  entienden muy poco de esto… y pues… pobres ¿no?… ellos ¿qué?
Estas palabras entrecortadas le sacaron un par de lágrimas.
–  ¿Le digo algo? – ya repuesto me dijo -. De pronto me hago el valiente, ¿sabe?  Salgo a la calle hinchando el pecho, hago las compras con seguridad y hasta saludo recio a mis vecinos y en inglés; Pero luego me entero; saco la oreja a la vida y vuelven los rumores, las historias, los tantos y tantos desaparecidos; y mis pensamientos se infestan de esos presagios que me doblan de nuevo la espina, que me regresan a mi espacio reducido y poblado, desde donde solo queda ver la vida pasar y a los hijos crecer.
-Mejor acuérdese de los buenos tiempos, mi buen – traté de animarlo pues gradualmente se me iba achicopalando.
– Eso, sí, mi amigo. ¡Salud por ellos! – me dijo haciendo un esfuerzo por animarse.
– Así mero. ¡Salud!
El mezcal, por supuesto lo animó:
– Y no se crea, así me mira ahora que ando de mata en mata; pero, he tenido mi buena ración de buenos tiempos; trabajando duro, claro, siempre trabajando sin parar; de ahí mi gran pena. Mire, le cuento: Un recuerdo de esos primeros aires, todavía lo puedo oír clarito: “Oye tú, compa, te vas a matar trabajando tanto, ¿eh?, relax, man”.  Yo solo sonreía y seguía mi tarea, como abejita. Y le hice prácticamente de todo. Y todo quedaba bien hecho, ¿eh?, terminaba a tiempo el trabajo y sin verle la cara a nadie, créame caballero, siempre he caminado derecho; quizás ese haya sido mi error. Mire, no falté a trabajar más de un par de veces en todo lo que llevo viviendo aquí y ni al doctor he ido a visitar. No; no será el trabajo lo que vaya a acabar conmigo, amigo; al contrario, ése es el que me ha mantenido tan fuerte y correoso por tanto tiempo; lo que me va a venir matando, es el vivir viendo a cada rato por atrás de mis espaldas; no saber si al día siguiente vivo bajo el mismo techo, duermo sobre la misma cama, saludo a los que quiero, a los que amo, todos los días de cada mañana. Eso, aunque diga el Papa, que no existe… es el infierno, mi amigo…
Se quedó un rato pensativo, le robó el último traguito al caballito y continuó:
– Y como todo lo bueno en esta tierra rápido se termina, a pesar del gran disfrute yo me tengo que retirar; así que deséeme suerte que ya no lo agobio más con mis problemas.
– No diga eso, don – con energía le digo -.  Al contrario, no solo fue un placer, sino que sus problemas son los problemas de todos.
Quiso pagar su mezcal, pero se lo impedí. Me agradeció sinceramente y me dijo con un guiño de ojo que realmente deseaba que nos volviéramos a ver.
– Seguro de ello, don – le dije, sin aún haberlo podido constatar.
Lo vi alejarse, caminando con paso cauteloso, encogido de hombros y tapándose la cabeza con la capucha de su suéter.

 

Árbol de la vida, JCPozo

Arrastrada por el viento, una semilla errante caía, enterrando el cascarón dentro de una maceta que solo tierra tenía.

Con el tiempo y como era el esperar de la ciencia, le fueron creciendo rasgos vitales. El sol y la nube con paternal sentimiento ayudaban en el proceso. Pronto, saliendo a la superficie, apareció lo que parecía ser una humilde y temblorosa vainita de frijol que luchaba arduamente por enderezar su tallo. La cobija de la noche tapó y destapó a un cielo que por primera vez se abría en presencia de un testigo.

La Nada empezó a temblar, temía el ocaso de su reinado.

Por fin, con ayuda de una hojita, logró enderezar su tallo que orgulloso lucía su primera ramita.

Una mañana al levantarse, la plantita notó que de su rama se asomaba un bulto pequeño. No le dolía nada, pero sentía un gran hormigueo por dentro, como si bajo esa burbujita opaca de párpados verdes, se amontonaran millones de seres ávidos por salir; por correr libres al viento como ríos de lava saliendo por la boca de un volcán. Era un aviso de lo enorme que venía creciendo su raíz. Para entonces, la maceta ya le había servido de alimento a las raíces que crecían como tsunami multi furcados. La protuberancia en la rama creció y creció llegando a ser un gigantesco capullo. Lentamente el botón se fue abriendo y lo primero que salió de él fue una hermosa flor cuyo orgullo y esplendor iluminaron la bóveda celeste. Símbolo divino, salía llena de tanta vida que de vida llenaba hasta a los huesos de la muerte. Valiente por ser la primera, se aventuró a aparecer como una especie de mensajera para todos aquellos que esperaban el turno de salir. Revisó el espacio, respiró su aire, constató el clima. Todo era perfecto. Todo le sentaba bien. Se llenó de vida despidiendo vida y terminando así, la larga sequía de la tierra. Esa semilla que apenas iba germinando, se convertiría en el árbol, más frondoso, más sabio; en una fuente de vida para todo lo que germina, para todo aquello que llega a ser. Tronco de vida que atraviesa el cielo, ramas sin bordes, hojas de ideas que al caer son recuerdos, huecos profundos de profundos latidos, frutos, flores y el color de los sentidos

Pasó épocas de gran esplendor y paz; pero también pasó por tiempos trágicos y epidemias de altas fiebres; sin embargo, a pesar de las adversidades y marchitamientos se había mostrado siempre fuerte, invencible, generador prolijo de infinitos frutos…

Hasta ahora…

Se le ha detenido la savia; se le han ido las fuerzas; ha caído enfermo de excesos y lo que es peor, ya no cabe en la tierra. Su conciencia le ha alertado que es tiempo de un último poema:

Me encuentro abrumado”, se dijo,

por todo lo que al final ha sucedido.

Todo lo que he parido me ha dejado agotado.

Presiento el fin de mis amigos,

de mis hermanos,

de mis fértiles nidos,

de la brisa de mis océanos

de la vibración de mis sentidos

en la guerra o entre enamorados;

se me fueron las ramas,

brotaban y brotaban y no las pude parar.

Ya no quepo en mi tierra; crecí de más.

Así es la vida. Ayer naciste, mañana morirás.

Se acerca el momento en que termine la mía

y con ella, todo lo que de mí haya podido emerger.

Pero yo le aseguro a la Vida, que algún día he de volver”.

En eso, tembló la tierra…

Después de un fuerte tronido, el cielo fue una sola nube negra que al disiparse descubrió el vacío. Paso el tiempo infinito. La nada de nuevo descansaba serena en el frío.

Hasta que una mañana, un conocido sentimiento de angustia la atacó…

Arrastrada por el viento, una semilla errante caía, enterrando el cascarón dentro de una maceta que solo tierra tenía…

Alacrán, JCPozo

Al momento de verla en la playa, a don Alacrán Cavador se le puso la cola bien en alto y el aguijón, fijo e inclinado al horizonte, a punto de reventar. No eran rumbos que él acostumbraba a frecuentar, pero lo habían traído hasta allá unas viejas cobijas apiladas detrás de un camión de redilas. Al parecer, sin embargo, no fue el único inquilino a bordo que había encontrado el mismo paraíso marino. Ahí, frente a sus ojos, iba caminando una escorpión de ensueño, que movía, casi imperceptiblemente, su cuerpo dorado bajo un cielo muy claro y la brisa del mar. El vientecito marino acarreaba los humos del celo, lo cual le trajo a Alacrán una sensación que hasta entonces había estado enterrada en el instinto, pues era la primera vez que un aroma le provocaba tanto delirio.

Llegó el preámbulo al cortejo de amor. Alacrán de inmediato levantó el aguijón, cuya bolsa se hinchó más de orgullo al ver a la distancia que su objetivo, la visión más divina de la tierra, una verdadera diosa antrópoda sensual y dispuesta, le señalaba a su vez, sumisión y querencia. Se fueron arrastrando lentamente uno hacia el otro por una fuerza inexorable y un instinto clarividente. Así que mientras los amantes se acercaban, ya iban previniendo lo que sería un baile sensual entre pinzas y dagas. Alacrán preparaba la enorme punta seductora; su enamorada, iba relajando el lomo para recibir el incitante empellón.

Don Alacrán tenía tiempo soñando con salir de su innata soledad y ahora se le abría la posibilidad de que, con el mar y el cielo de testigos, se pudiera aparear cuantas veces le diera la gana… y sin competencia alguna. ¡Vaya una sensación de absoluta dicha! Pero tanta felicidad siempre es sospechosa.

Alacrán acechaba con la serenidad de un camaleón, midiendo cada movimiento, cada impulso, como si su vida dependiera de ello; mas no eran movimientos manejados por el miedo, sino por un creciente y delicioso delirio…

…largo y excitante reconocimiento primero; luego, giros, vueltas, apretones, coletazos, escaladas y resbalones. La danza fue ardua hasta donde ella quiso; ofrecía resistencia un rato y luego soltaba tensión; de esa manera, ella iba provocando en Alacrán un vértigo que al pobre incauto le hacía perder la noción de la realidad. Y así, en el éxtasis máximo, felizmente terminaba la dulce batalla de amor. Alacrán había plantado su semilla en tierra fértil.

Pero la alegría es sospechosa

Tan pronto Alacrán bajó sus pies en la arena, pasó de ser remedio para volverse enfermedad. Ella volvió su abatido cuerpo hacia él y empezó de pronto a sentir un terrible malestar, un incontrolable deseo de deshacerse de su amante, de no volverlo a ver jamás. Fue una mezcla de remordimiento y aversión que le urgía a borrar como fuera todo indicio de su seductor; un instinto del que nada ni nadie la podía salvar. Una escorpión, por instintiva que fuera, qué iba a saber de las extrañezas de carácter que de repente sufren las de su especie. Así que, fiel a su naturaleza, primero paralizó con su veneno al sorprendido amante; y luego, una vez que lo tuvo completamente sereno y aún con vida, lo empezó a devorar poco a poco hasta el último bocado.

El ritual fue largo y escabroso.

Después de ese par de tan intensas experiencias y antes de caer completamente rendida, la futura madre todavía cavó un agujero en la arena, se tapó con la arenisca suelta y por fin se durmió profundamente por largo, largo tiempo…

y cuando despertó, Alacrán seguía ahí.

Pues entonces se lo digo y se acabó, JCPozo

Yo quiero decirle que lo siento para que pueda quedar feliz.
Y yo por decirlo se lo digo, que el decir nada me cuesta.
De sentirlo, no se lo aseguro, lo que siento no se ha fingir.
Pero si le digo que lo siento y eso mismo nos acerca pues lo digo y se acabó.

La pasión se cuela entre las voces
que truenan feroces como fuego artificial;
los ojos dejan de mirar, y el pecho se desangra…
si eso salva,
entonces se lo digo y se acabó.

Muchas veces contrario al sentido la razón pone distancias.
Y de pronto hay que salvar el lio sin importar quien tenga la razón.
Uno tiene que ceder un poco, para dar espacio a la verdad.

En la vida de dos almas juntas y revueltas es mejor buscar la paz.
Y el corazón se sale por las venas
que saltan muy seguras de tener autoridad.

La mente deja de pensar y el ego nos aleja…
si me acerca,
pues entonces se lo digo y se acabó.

Los efectos del orgullo casi siempre nos espantan.
Muy bien sabes que el decirlo va arreglar la situación.
Te apasionas tanto con tu idea, sin que hubieras escuchado dos.
Si un lo siento cura los efectos del enredo pues lo digo y se acabó
Y los fuegos que antes estallaban,
enfriándose las brasas, se serenan como el mar.

El encuentro se hace tan amable y yo le agradezco,
el momento,
que entonces se lo dije y se acabó.

Su telenovela: El más normal de los hombres, JCPozo

Hay trivialidades que nos siguen asombrando”.

El más normal de los hombres llega una noche a su casa ansioso por compartir buenas noticias con su mujer. El ascenso esperado. Llevan apenas un par de años de casados, pero él sigue tan embelesado de ella como siempre, viviendo una perpetua luna de miel. Con frecuencia el hombre se vanagloria con los demás de lo increíblemente afortunado que es por haber encontrado, y que en él se hubiese fijado, tan hermosa e inteligente esposa.

Pero esa noche, lo que nunca antes, su mujer le rechazó el saludo y el beso con un ademán por demás hostil.

– ¿Qué te pasa?

– Nada.

– ¡Cómo que nada! ¿Por qué me rechazas así?

– ¿Cómo?

– Como si fuera un desconocido a quien le tuvieras asco.

– No exageres.

– ¿Entonces?

– No sé.

– ¿Cómo que no sabes?

– Es solo que… la verdad ni yo misma lo sé.

– ¿Te hice algo malo?

– No es eso. Es que…. Me imagino que muchas parejas pasan por lo mismo.

– ¿De qué hablas?

– De lo que llaman amor.

– ¿Qué… ya no me amas?

Silencio…

… y de nuevo…

– ¿No crees en nuestro amor?

– ¿Amor?

– Sí. Amor.

– ¿Qué es eso, en realidad?

– Lo que yo siento por ti, sabes. Porque yo sí te amo.

– Pues yo no sé si el amor exista.

– Claro que existe. Yo soy feliz a tu lado. ¿No te casaste conmigo acaso por amor?

– Eso pensé, pero ahora te puedo decir que no soy feliz; que ya no siento nada de lo que sentía en un principio. Supongo que la llamarada inicial se apaga y luego, ya todo cuesta trabajo encender.

– Pues a mí no se me ha apagado nada y mi pasión por ti es cada día más intensa. No sé el porqué de tus dudas. ¿Acaso, me has sido infiel? ¡Eso! ¡Eso debe ser! Tú andas con otro, ¿verdad?

– ¡Ay, dios, mira no empieces a inventar! ¡No, no es eso! Ahí puedes estar tranquilo. – ¿Y tú?

– ¿Yo qué?

– ¿Me has engañado?

– Yo… tampoco, en realidad… pero, no cambies de tema. Eres tú la que estás rara, la que viene con esas tonterías y la que tiene que decirme la verdad…de menos eso me merezco, ¿no? Debe de haber alguien más, ¡dímelo ya!

– Nadie.

– Entonces, ¿Por qué ya no sientes nada por mí?

– Ya te dije que no sé.

– Se me hace que… Mira que en situaciones como ésta, siempre hay alguien.

– Pues no, en este caso no.

– O sea que de repente se te ocurre que ya no me quieres y nomás no sabes la razón. ¡Por favor!

– Ya no quiero que vivamos juntos. Quiero vivir sola. Así de simple.

– ¿Qué cosas dices?

– ¿Quieres la verdad?, pues aquí te va la verdad: ya no aguanto vivir contigo; es más, ni siquiera tolero tenerte cerca, que me alcance tu olor, tu respiración atosiga mi bienestar. Es mejor darnos un espacio a que acabe yo de una vez por odiarte.

– No puedo creer lo que estoy oyendo. Estoy estupefacto. Y tú. ¿Sabes cómo me siento yo por todo esto que me estás diciendo?

– Sí. Creo que sí.

– ¿Y te importa?

– ¿Qué quieres hacer?

– Quiero que me dejes sola. Necesito un tiempo para pensar.

– ¿Para pensar en qué?

– En mí. Para pensar en mí, por una vez en mi vida. Quiero alejarme de todo esto que me abruma y no me deja ser yo.

– Yo te doy todo el tiempo del mundo, si quieres, pero no me dejes. Yo te amo.

– Si me amas y me quieres complacer, lo que más quiero en la vida es separarme de ti. Ya no quiero que despertemos un día más en la misma cama ni bajo el mismo techo.

El más normal de los hombres le dijo que esa noche reflexionaría sobre eso y que en la mañana se mudaría y la dejaría sola para darle el tiempo que ella necesitaba.

Pero él se quedó.

Al principio, con su semblante mustio, le dio su espacio y cortó comunicación con ella; sin embargo, los espacios compartidos a veces asfixian y una noche, al calor de unos tragos, llegaron los inevitables roces y reproches salvajes, insalvables; él se hubo quedado a dormir su borrachera y al despertar se dio cuenta que ya no vivía con su esposa, sino con una persona de mirar desconocido.

Desde entonces, fueron noches de puros gritos y peleas.

El más normal de los hombres se había transformado en un ser que a ella solo le inspiraba aversión, odio; tenerlo cerca le erizaba la piel y su voz le crispaban los nervios; todo lo que viniera de él, a ella le causaba repulsión; y él, por su parte, era incapaz de contener su ira contra quien lo odiaba y no le sabía decir por qué. Fueron tiempos espinosos. El marido solo se levantaba para reprocharle; y le reprochaba al irse a dormir.

Y es que la incertidumbre que le había provocado la falta de una respuesta sobre el desamor de su esposa, aunado a su obsesión por mantenerla a su lado, empujó al más normal de los hombres a perder completamente la razón. Así que contra sus deseos y para conservar la sanidad mental de ambos, cedió al acuerdo de separarse temporalmente, aunque él nunca paró de seguir cada paso que ella daba. Fueron días de fiebres, píldoras, tragos, merodeadas, psicosis y al último, por supuesto, de muerte.

Otra vez el histórico manto de la tragedia envuelve a dos corazones que en sus buenos días sintieron un dulce calor el uno por el otro.

Una noche, el marido, el más normal de los hombres, la mató.

Habían quedado por fin de verse para conversar sobre su futuro. Él llegaba con su sonrisa nerviosa y perfume de esperanza; ella, envuelta en primavera, resuelta al para siempre y tan anhelado adiós.

Engalanado en su mejor atuendo, el marido llegó temprano a la cita. Ella abrió la puerta y él tuvo que hacer un gran esfuerzo por no demostrar asombro ante la hermosísima figura de su mujer. Se dieron un beso helado. Ella lo pasó a la barra; él le pidió ron con coca- cola. Ella se lo sirvió como siempre, con una rodaja de limón que ella ahí mismo había cortado. Brindaron por la felicidad y de inmediato el esposo le preguntó, tratando vanamente de esconder la ansiedad en su semblante, que cómo había estado, que si había pensado en su relación o que si tuvo tiempo de pensar en ella misma. Ella, más radiante y bella que nunca, le dijo con una sonrisa de cascada que sí. Que ahora era feliz, que no recordaba haberse sentido jamás tan llena de vida y que estaba convencida que amaba su independencia y soledad, que lo de ellos, aunque tuvo dulces y románticos momentos y fue una buena experiencia, ya estaba completamente muerto, que ella jamás volvería a la vida de antes y que le estaba agradecida por haber sido tan comprensivo con sus deseos.

Él la empezó a oír en medio de otras voces que se atropellaban en su conciencia. Y luego le hirvió la sangre cuando, recargado en la pared, observó a medio tapar, el marco de un lienzo empezado con la figura de una persona desnuda.

Él le preguntó, fingiendo con dificultad la calma:

– ¿Y ese? ¿Quién es? ¿Estás ahora pintando?

La mujer le dijo que había vuelto a la escuela de pintura, que ese día les tocó dibujar a un apuesto muchacho desnudo y que todos en el taller habían notado como ella, no acostumbrada a tales tareas, se había puesto muy roja de la pena. Los dos soltaron unas risitas de contenidos inciertos al momento que él estiraba la mano para cortar otra rodaja de limón para su segunda cuba.

Y antes de que ella le empezara entusiasmadamente a contar de todos sus proyectos a futuro, en los cuales no incluía para nada al marido, él no pudo más: le gritó ¡Puta! y le clavó en el vientre el cuchillo limonero que tomó del mostrador mientras le repetía al oído que la amaba más que a nada en el mundo.

El más normal de los hombres, había encontrado respuestas a sus propias disyuntivas. En la cárcel ahora le dan la razón, pues dicen que todo hombre enamorado debe cobrarse la afrenta de una traición (aunque no haya existido) por su propia mano.

Dentro de lo normal, la calamidad es rutinaria.

Un tal Alonso de cuyo apellido no me puedo acordar, JCPozo

Cada quien lo suyo, eso es lo que yo digo.

El pequeñín Alonso le tomó un terror cerval a los molinos de viento desde el día que, ignorando la advertencia de su padre, se acercó más de lo debido a uno que ya empezaba a acelerar sus giros. En eso, y estando distraído el niño, un aspa del molino se metió groseramente dentro de su playerita deshilachada, elevándolo a las alturas y dándole varias vueltas de auténtico pavor antes que su padre, al oír los gritos, fuera rápido al rescate.

Desde entonces, el muchacho vivió, por años, terribles pesadillas. Por las ventanas de su subconsciente habían entrado esos molinos como monstruos ansiosos por someterlo; para revolcarlo en un vértigo infernal; para abrumarlo con gruñidos de engranajes y grandes navajazos al viento.

El pequeño Alonso quedó traumado.

El impacto de ese momento sucedió, además, en una época marcada por el surco de la calamidad: sus padres, por sendas infidelidades, se habían decidido separar; el niño había quedado entre sus “estira y afloja” en calidad de carnada de extorsión; para acabarla, una sequía jamás vista, había destruido las cosechas de la hacienda y hubo que embargar la mitad del terreno para sopesar las pérdidas; y para cubrir aún más los precarios tiempos con lúgubre manto, Alonsito fue fuertemente atacado por la Difteria, lo cual le hizo más vívidas, intensas y quemantes sus pesadillas.

Así que después de muchos años de luchas internas, de fiebres nocturnas, de sumisiones al miedo, de prolongados e incontables desvelos, Alonso se ocupó obsesivamente en instruirse sobre las artes que utilizaron otros para luchar contra los engendros del mal.

Y una noche sumamente callada lo presenció:

Acabar el último capítulo de su último libro, cerrarlo, aspirar el polvo, levantarse del lecho, ponerse la bata, correr derecho, abrir la puerta y salir al mundo, fue una y la misma cosa. El siempre in crescendo rebelde y osado caballero tomó sus armas y salió tras sus enemigos. Había llegado el momento de saldar cuentas que tenía pendientes desde la infancia. Era tiempo de darse una oportunidad y empezar a vivir.

Una tarde clarísima, de las que habían abundado durante su noble odisea, más propicia para declamar églogas que para degollar dragones, Alonso por fin dio rienda suelta al momento que tanto había esperado. Estaba decidido a enfrentar sus propios demonios. Era una oportunidad única de cambiar los papeles de rutina que actuaban en sus pesadillas, de liberarse del encierro que lo tenía preso tras los barrotes de un capítulo en su propia novela. Y lo hizo como todo un valiente:

Los vio primero a lo lejos; luego, se aceleró su pulso; después, le hirvió la sangre y, al final, se llenó de determinación embistiendo a los gigantes de frente y empujando con toda su humanidad (lo mismo hubiera hecho cualquier hombre que se precie de ser honesto).

Sí, eran los mismos demonios que le torturaron por tanto tiempo, no cabía duda. Era su momento glorioso, por el que había dedicado noches enteras, el reencuentro con su esencia. Mas cuando finalmente decide vengarse de su némesis de la infancia y se apronta a regresar la vieja agresión, sacando astillas a una de sus rígidas extremidades con su lanza, resulta que sus íntimos (típico) lo llaman loco, que nadie le cree, que le cambian el nombre, que le dibujan otro destino por donde dizque debería de cabalgar; Y que claro, se abalanzan en secreto a la idea de regresarlo a sus antiguos cabales, cuando era respetado en su papel de patrón, de hacendado; los hace temblar la idea de que si al buen Alonso, la ley lo considera demente, su herencia se invalida y vaya lío que se arma entre los que le profesan amor e interés.

Pobre tío,” se oye a alguien decir, “ha perdido el juicio”.

Lo que nadie puede ni quiere ver, es que siendo así fuera de casa, ha recuperado la alegría perdida de tantas noches que no vivió; de tensas luchas donde de noche moría y renacía al salir el sol. Entonces se bañaba de esperanza, ante la posibilidad de liberarse de sus temores.

En la antesala de la muerte, el buen Alonso cayó enfermo de desilusión. En sus últimos momentos, frente a todos, aseguraba estar cuerdo y profesaba sinceridad al arrepentirse de su locura pasada y de sus pretensiones de paladín de la justicia.

Pidió que lo recordaran como aquel personaje que moría en las noches, que se desvelaba para no soñar infiernos; al señor serio y responsable que cuidaba bien de su hacienda y no al loco que decidió cumplir un propósito en la vida, que lo había encontrado y se sintió feliz.

¡Vaya ironía!: arrepentirse de haber sido feliz en el filo de la agonía. ¡Qué locura!

Al morir, todos sus seres más cercanos recibieron,a través de sus actos y palabras, un pedazo de la alegría que una vez llegó a tener Alonso “el bueno” por voluntad propia. Ojalá se hayan dado cuenta y hayan sembrado esa gracia en sus corazones.

Total, ¿qué sabe la gente de los motivos que hacen latir aceleradamente el corazón?

¿Qué sabe de las artimañas propias que utilizamos para ser felices?

Por eso yo digo… cada quien a lo suyo, ¿no?

El tiempo, Juan José Millás

Entró en el dormitorio y vió a su mujer doblando el año 1997. «¿Qué haces?», preguntó. «Lo he rescatado de la basura», respondió ella, «por si nos hiciera falta más adelante». Dicho esto, lo introdujo en una bolsa y lo guardó en el armario. Él llevaba puesto el 98 desde hacía dos semanas, pero tenía manchas de aniversarios y de desastres coloniales, así que no acababa de encontrarse cómodo dentro de él. «Si te queda muy bien», aseguró su esposa, «con los rostros de la generación del 98 adornando las semanas igual que los dibujos de topos las corbatas de Aznar». «Pues no me gusta», contestó él; «saca otra vez el 97, por favor».

Se pusieron los dos el año viejo y durante la cena hablaron como si el tiempo no hubiera transcurrido. Los días tenían las mangas deshilachadas y brillos en los codos, pero eran familiares y suaves lo mismo que unas zapatillas de andar por casa. A los postres recordaron el accidente de la bañera que en septiembre les había obligado a pintar el techo de los vecinos. Pese a todo, habían sido muy felices, especialmente teniendo en consideración que el gato no se murió hasta agosto, y para eso faltaba más de medio año.

Ya en la cama, ella dijo que habría que ir pensando en recoger el siglo, pues era enorme y si lo dejaban para última hora no serían capaces de doblarlo. Al hombre le pareció mejor desprenderse de él cuando se terminara. Pero la mujer insistió en que le había cogido cariño. Entonces lo repasaron juntos, y aunque tenía algunas partes destrozadas, había otras, como el psicoanálisis, las vanguardias o el movimiento obrero, prácticamente sin usar. Hicieron el amor igual que antes, y esa noche decidieron que el primer día del 2000 volverían a ponerse el siglo XX hasta que se les cayera a trozos. El XXI estaba nuevo, pero tenía un corte espeluznante.

La Inconclusa, JCPozo

Apenas cayó solitaria la esferita de cristal del último escalón, no sin antes haber alertado a todos los demás escalones con suaves golpecitos armoniosos en sus filos, y se desató por completo la avalancha: Canicas verdes, blancas, azules, transparentes y rojas; ágatas, tréboles, agüitas, ponches y pericos corrían en estampida cuesta abajo con ritmo presto y melodía poli tonal.

De todos tamaños y tonalidades, las esferas iban tocando, bien intencionadas aunque con firmeza, cada escalón de mármol, creando una sinfonía salvaje y a la vez grácil de sonido y color. Un cuadro de Calder con la alegría de Vivaldi.

La escena, que era de una ligereza de mariposas melódicas, contrastaba fuertemente con la grotesca visión que corría paralelamente a ese carnaval de brillos y armonías cristalinas: un cuerpo vestido de negro, ancho, pesado y uniforme volaba apenas arribita de los balines de cristal. En el rostro de ese bulto se dibujaba el gesto de los que ven acercarse a la muerte y la empiezan a saborear; dos malditos zapatos de tacón alzaban sus puntas al cielo como invocando justicia o perdón.

A mitad de un grito, que invadió de drama a cada nota musical, el tiempo jugó su última carta: A los instantes de repente les da por congelarse…

En plena interrupción del tiempo, lo oscuro y pesado con lo libre y ligero presagiaban un final cruel y violento.

¿A qué cadencia o a qué tiempo tendría que terminar el último movimiento de esta pieza? Quizás sea una sinfonía para una sola vez, enterrada de inmediato y para siempre por ser dos imágenes que se repelen: por un lado, el color y la alegría; por otro, la negada resignación a la muerte. Un final que ni el humor ni la compasión pueden salvar de lo burdo y lo grotesco.

Así que mejor dejo a la inconclusa en el silencio de ese instante congelado y que cada quien le busque su propio final.

Seducción, JCPozo

elene Usdin
elene Usdin

Una mujer hermosa al pasar rociaba de aroma de rosas el jardín de las miradas. Un joven apuesto y tuerto se le acercó diciendo que el otro ojo daría con tal de tenerla cerca, de respirar su aroma cada mañana de todos sus días.

El aroma sensual, – le dijo ella, – el que tanto te sublima, viene precisamente del baño de felicidad que brota de esa profunda pupila; que es el lucero más brillante, la luna que más alumbra y que le da vida a todo el jardín cuando me ves pasar.

El joven tuerto le respondió, siempre galante:

– Celebro que mi felicidad te provoque. El reflejo que incita a que se desaten tus sentidos, es tan solo lo que ves de mí por afuera, mi expresión ordinaria, un gesto de felicidad cualquiera; si así te inspira la luz de uno de mis más averiados sentidos, imagina qué podrías sentir de los que están más fuertes, pero escondidos.

– No dudo que guardes tesoros dentro que enciendan el color de mi piel. Pero para qué arriesgar alguno si en el amor no existe la necesidad; conserva tu mirada, buen mozo, que es algo que ya se acostumbró a amar. Yo seguiré alegrando esa pupila cuando su luz me refleje y su calor encienda los humos de mi perfume, ese aroma que tanto te ha llegado a sublimar.

El apuesto joven tuerto había cambiado ligeramente su visión.

Amada mía, – le dijo, siempre galante – ahora que he escuchado la melodía salir de tu aterciopelada garganta, ha crecido en mi pecho otra ilusión: que este otro ojo te doy, con tal de tenerte cerca y escuchar cada día un saludo de tu voz, que me llame por mi nombre, que pregunte cómo estoy.

Siguieron conversando bajo el brillo de la luna; la noche se tornó negra… y sucedió.

Collage: Justicia a la mexicana, JCPozo

Desmet Patrick
Desmet Patrick

Extra:

¡Los quemaron en medio de una noche de lluvia torrencial; no se han hallado los restos!

¡Seis puñaladas en la espalda y se cree que fue suicidio!

¡La levantaron fuera de su escuela y el comandante asegura que se fue con el novio!

¡Grupos de choque quemaron las instalaciones y varios maestros detenidos!

¡Alcalde que roba poquito traerá a los “tigres del norte” a su fiesta privada!

¡Otro periodista asesinado y otra vez la justicia culpa al narco!

¡Se comprueba que todo fue un montaje. Nadie es responsable!

¡Me sacaron el sí a fuerza de tortura!

¡Otras tres cabezas más con mensajes rodaron por la iglesia!

¡Hallaron otra fosa común a poca distancia de donde se desenterraron a trescientos centroamericanos!

¿Y las víctimas?

Me entregó un hueso seco de perro diciéndome que esa era mi hija. Yo soy su madre, le respondí y déjeme decirle que esa no es mi hija.

Mamá ya no aguanto más. Me decidí a separarme. Hoy lo voy a dejar. Ya no soporto la vida que me da. Hoy se lo voy a decir, te lo juro.

Desde esa noche, el recuerdo de aquel juramento fue el único recuerdo de su hija que le quedó a la madre; pero la sigue buscando.

Ni porque tengo toda la cara deforme me hizo caso. Eso háblelo con su marido señora, me dijo, diciendo que tenía miles de casos más importantes que atender.

¿Y la autoridad?

No señoras, hasta ahora no sabemos nada de sus hijas. Estamos usando todos los recursos a la mano para poderlas encontrar.

Pues también que faldita tan corta se ponen, a eso se exponen ellas por vestirse tan provocativamente.

Eso pasa por andar con hombres de malos pasos, quién la manda a meterse ahí.

Creo que hasta era prostituta – (como si eso fuera justificación para un crimen)- o andaba en esos ambientes.

¿Y el gobernador?

Esas son calumnias, mitos que se perpetúan para querernos desestabilizar. En mi estado no pasa nada. Aquí somos un lugar seguro y apegado a las leyes del derecho.

¿Y las cabezas colgadas y los colgados en los puentes?

Casos aislados, les aseguro que este es un centro turístico familiar, completamente seguro. No pasa nada.

¿Y los periodistas asesinados y las fosas clandestinas?

Los reporteros se lo buscaron por estar involucrados con el narco. Eso son solo peleas entre mismos grupos criminales alejadas de la población. Aquí no pasa nada.

¿Y las desaparecidas?

Eso es cosa del pasado, hoy esto es un paraíso. No pasa nada.

¿Y los levantones, las mochadas mensuales, las extorsiones, los secuestros y grupos delictivos que azotan a todo el país?

Eso ya se acabó. A esos grupos ya los sacamos de aquí. En este estado ya no queda nada de ellos. Hoy las calles de día o de noche son seguras. Uno puede caminar como antes, sin preocuparse de nada.No pasa nada.

Y…y…y…

¿Y en el ministerio?

– Oiga jefe aquí está otra vez esa señora, la de su hija desaparecida y dice que no se va hasta encontrar respuestas.

– ¡Ah como chinga esa vieja, de veras! Será ese el único pinche caso que tenemos, ¿no? Mándala a la chingada. Mira, llévale esta osamenta y le dices que ya la mataron, que estas son las muestras que pudimos sacar y ya están identificadas.

– ¿Y si no me cree?

– Mira, tú arréglalo, no me jodas, yo no quiero oír más de ese maldito asunto, ¿entendiste?

– Sí jefe. Por cierto, el chavo de anoche ya declaró.

– ¿Firmó la declaración, por fin, el pendejo ése?

– Sí, uff, pero cuánto nos costó el cabrón.

– Bien. Déjame solo.

¿Y el recuento?

Peritajes hechos por fantasmas y fechorías de todo tipo al cobijo de una cínica “justicia”. Montajes noticiosos y fugas con consentimiento de la autoridad. El pueblo se arma contra los bandidos y la ley castiga al pueblo, defendiendo a sus amigos.

¿Quiénes son los buenos?, ¿quiénes son los malos? La confusión es brutal, el terror a la desprotección se refleja en el andar de la gente, en el constante giro de cabezas. Se pudre la infraestructura moral y social de una nación.

¿Y todo esto?

Es solo la definición: Justicia a la mexicana.

¡Ah!, pero hoy hay fútbol.

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¿Tengo que cambiar?, JCPozo

jack Delano
jack Delano

Tengo que cambiar” se dijo el hombre ancestral.

Ya no puedo andar de aquí para allá y dejarme arrastrar por donde me lleve el viento; ya me cansé de siempre dejar la vida a merced de las inclemencias del tiempo; habrá que procurar una guarida, donde sea mi hogar y me de alimento. Tengo pegada el hambre en las costillas, sufro de un eterno desvelo y tengo los nervios a punto de tronar.

¿Qué no habrá otra salida para que no me vaya tan mal?”

Llegó el agua divina y el buen hombre vio parir la tierra. Ahí, hizo su casa, cosechó su comida y formó un hogar. Y como abundante crecía calor, agua y alimento, llegaron otros corriendo a querer, de su trabajo, gozar. Se podrán imaginar en que resultó el desacuerdo.

La injusticia, sin duda, es la azuzadora del odio; y éste, trepando en el alma del buen hombre, empezó su naturaleza a cambiar. Así, el que pudo ser hermano, se volvió rival.

Tengo que cambiar”, se dijo un buen hombre moderno.

Ya no puedo estar impasible mientras me dejo llevar inconsciente por el tornado de azufre que despide el mundo. Me están saliendo unas como explosiones en el ijar izquierdo, sufro de un calentamiento cerebral y padezco del síndrome de inmunidad ante el dolor ajeno.

¿Qué fue lo que pasó, que me ha puesto tan enfermo?”

El pobre hombre moderno se angustia al ver cómo lo va cubriendo una naturaleza diferente, una actitud de la que no se puede librar; una mística engendrada por los turbios valores de su tiempo. El rito al rencor lo ha tornado sordo e inconsciente a las voces que claman respeto y dignidad; y él empieza a flaquear por dentro, a alejarse de su propia identidad que nació para ayudar al otro, a su hermano, al que le tocó la suerte de ir por esta ruta de alegrías y llantos.

Sin embargo, hay un aliento, ya dio ese paso que cuesta tanto: primero, reconocerlo, para luego poderlo cambiar.

De más allá del mar, llegó el hombre sin tiempo y nos dijo:

Para conocerse el alma hay que olvidarse del cuerpo”; y supo que no era cuestión de cambiar, sino de acercarse al que siempre hemos sido por dentro, al que simplemente es y desde siglos se ha sometido al entierro, por noble, por divino. Una esencia que el mundo abortó por quererla cambiar.

¿Cómo una luz tan brillante puede caer víctima de la penumbra?

A veces hay eclipses y ni el sol con su poder los puede evitar; pero aunque temporalmente pierde el brillo, hay ciencia cierta en que siempre lo vuelve a recuperar. Así también nuestra luz se apaga cuando nos alejamos de su bien para ir a buscar otro brillo que afuera no existe, que es, con nosotros y en nosotros, los portadores galácticos de su luminosidad.

El hombre sin tiempo sabe que su brillo es el de todos; y que si los demás descubren esto, no hay necesidad de cambiar.

 

Metamorfosis, JCPozo

7110360-mdEn un lánguido solo y cabalgando sobre un trino, entré en los umbrales de mi flauta. Los haces de oro que se filtraban por cada uno de los siete tragaluces fueron los primeros en saludar. Los veía yo turnarse en su abrir y cerrar de cortinas al ritmo de un compás cadenciosamente encendido. Esos aerolitos de luz se precipitaban al condensarse cada nota; vibración que nacía cuando se cortaba el aire, cuando cada caricia le reafirmaba al instrumento el cumplimiento de su deseo mayor:

Que cada nota nazca y muera con la misma intensidad.

Crucé hasta el otro extremo del túnel psicodélico y me senté a asolearme un poco en el último tragaluz. Ese oasis de aire rara vez se cubre, especialmente, con esa sonata en si menor.

Absorto me quedé contemplando los cambios de tonos y matices de luz, mientras mi alma se cimbraba con el golpear del viento en las paredes y de las voces al pasar los huecos.

Una experiencia maravillosa que borra la conciencia de existir.

De pronto, la humedad constante a la que se sometía ese lugar, provocó una grieta de donde emergieron mil raíces que me abrazaron por doquier.

Sentí un fuerte jalón cromático por ellas y bajé en caída libre. Al sumergirme me encontré navegando por una pradera de carrizos. Poco a poco me fui mezclando con ellos hasta tornarme completamente en una hebra de bambú.

Y al momento preciso de cuando se es viento y a la vez madera; flauta y a la vez, melodía; de cuando se vive desde dentro una historia ancestral de alturas divinas y de cimas cercanas a dios… un aplauso viene a romper el hechizo y me regresa afuera del instrumento, desde donde veo como mis manos, del primero al último tragaluz, han cerrado las cortinas.

Carta de una rosa a una mariposa, JCPozo

wojtek-siudmak-idylleAmada Mariposa,

Entre tantos aromas, solitaria estoy.

¿Cómo poder hacer resaltar mi color y mi perfume, entre miles que se ven igual que yo, para que en mí te fijes y bajes a besar el néctar de mis pistilos que , erguidos te ofrecen todo mi amor?

Mira que llevo mi destino enraizado en el suelo y solo en mis sueños logro volar. Te lanzo mis perfumes, te enciendo mis colores, me divido en el viento, pero no me es posible, vuelas muy alto; no te puedo alcanzar.

Imagina mi frustración.

Veo con angustia, que reprimo para no perder la gracia, cómo los mensajes que te mando en achicorias se deshacen en el viento antes de llegar a ti. Y yo, sin poder acercarme para decirte que te quiero, me consumo en fiebre bajo la noche gris; mi esperanza se hace vieja y se marchita mi ilusión.

Yo sé que desde las alturas nos ves a todas iguales, pues solo bajas, fecundas y te vas; no reparas en ilusiones perdidas o en las penas que tu indiferencia nos cause. Y aunque para nosotras puedas ser mariposa, un hada blanca o hasta un verde dragón, para mí no; desde la primera vez que te vi, supe quien eras; te di de comer de mí. Te vi romper tu prisión de seda y como alzabas vuelo por todo el jardín.

Daría mi aroma porque me oyeras.

¡Detén tu vuelo, pasajera, te lo ruego, bájate de ahí! ¡Hagamos parir a la tierra seres de colores , aromas y terciopelo.

Te amo orgullosa, siempre has sido y serás parte de mí.

¡Ven a sentirme bajo los rayos del sol!

¡Sabrás que soy alma de tu alma,

cuerpo de tu cuerpo,

la seda que te arrulló!

Baja y sabrás en un beso que soy

simplemente,

Tu flor.

 

 

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Sin palabras, JCPozo

ImageProxy.mvcQuisiera tener medios para escribir lo que siento como para dejar un recuerdo que pudiera leer; pero con palabras no alcanza; son solo etiquetas, metáforas de paloma que nunca pudieron volar, superfluas maquetas del bosque profundo del corazón, cuyo sentir nos dice verdades, que las palabras no.

De pronto se agranda el espacio y sube el silencio: un abejorro pasa zumbando en el alma la nota que anuncia el milagro de una palabra perfecta… “¡por fin, tendré respuesta!” dice mi noble esperanza; pero la palabra nomás no llega, se queda corta, no alcanza a explicar el fondo de lo que siento yo.

Los expectantes e ilusos sentidos que murmuran, esperan sus respuestas de un equivocado canal. No es la lengua, con su mar de infinitas inferencias, la indicada portavoz del hablar de los sentidos. Explicarlo sin las palabras pero con el sonido, sin una significancia lingüística sino esencial, es labor contemplativa; es un dejarse bañar por las luces que vienen del cielo y anidan el alma; un rendirse ante el fuego que surge antes de amar; un renacer interno, para el que no hay letra que sirva. Para decirles que siento, la palabra no me alcanza, es al canto, a quien recurro, para podérselos contar.

La Flor y el Escarabajo, JCPozo

Martin Amm

Vio por primera vez el cielo. ¡Por fin¡ Ahí estaba el azul. El profundo azul.
Volaba ligero hasta lo alto de un abedul. Observaba todo, nada se le escapaba: los cuatro puntos cardinales, jardines, lagos, manantiales y el resplandor verdoso de unos valles en cuyos aires flotaba. Luego, pura celebración: chupamirtos entre la bruma les cantaban al oído a las rosas purpúreas; y al ritmo de la música, dos libélulas, hadas con donaire, pintaban partituras en el aire con las notas de una flauta rústica; la pista de colores marinos emanaban perfumes de inocencia que subían místicos hasta la trémula cúspide donde él se elevaba arrebatado. Y de tanta vida embriagado, reía como nunca pensó reír… reía de amor y alegría, extasiado ante el encantado jardín.

La Flor y el Escarabajo

Mejillas de terciopelo, aroma de primavera,
Abres tus alas costeras y yo te canto porque te quiero.

Subiste al escarabajo, a tu tallo con nobleza
y su vida con entereza te la da por salir de abajo.

Sube que sube y baja un poquito y sigue subiendo;
ya sólo una hoja le falta para poder ver el cielo.

Sigue y persigue baja y se sube y sigue hasta arriba,
se encuentra una espina y sigue aunque le cueste la vida.

Viniste de tierra firme donde no se ven las nubes,
por eso es que ahora subes a ver si alegras tu alma triste.

Llegaste por fin al lecho, donde se aman las abejas,
ahí viste el azul del cielo y las lucecitas de las estrellas.

Sube y que sube y llega hasta arriba y se le abre el cielo,
no baja el escarabajo, no vuelve a vivir en el suelo.

Se echa en tus labios de cara al cielo y mira la lluvia,
Se pierde en un remolino de dicha y de locura.

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La partida, JCPozo

picasso-viejo-guitarristaOtra vez el guitarrista dejó de tocar.

Como ya es costumbre, deja a la guitarra tocando sola y se sale a recorrer el mundo.

El camino que él se sabe tan bien, vereda de poetas y trotamundos, va rodeado de notas frutales y cadenciosos ríos. Le gusta el tropical clima de tambores y el viento politonal que se filtra en sus huesos haciendo de todo su cuerpo un ritual, una selva de canciones.

No lo puede evitar, apenas siente el impulso y se va.

La guitarra, desde su soledad, ora y se da golpes al final de un rasgueo y un rehilete fiero la hace, del brazo al cuerpo, temblar; Él, recostado en su playa, siente en su pecho la explosión del mar y brisa de espuma sobre su cara.

Cuando los colores del atardecer se dibujan en el rostro del artista, es que la guitarra va tejiendo sutiles arpegios que dan vida a un cielo a punto de perder su color. De pronto, cobra vida el silencio y despide en el horizonte al sol.

Al caer la noche, el viajero se olvida del frío frente a una fogata que él mismo enciende con la fricción de sus dedos; a la distancia, la guitarra, envía cromáticas señales que salpican el horizonte de luceros. La serenidad les llega a los dos cuando hipnotizados miran el cielo; cuando escuchan retumbar la tierra; cuando se olvidan de ser y se funden en el viento, cuando el abrazo es tormenta en la noche serena.

Entre el crujido de palmas y tronidos de madera en el pulgar, de pronto del aire surge un estrépito triunfante. ¡Es un aplauso!, relámpago que se estrella en el firmamento y que rompe con el trance.

Esa es la señal.

Regresa el guitarrista a la velocidad del último acorde, con unas ansias enormes de contarle a su guitarra los encantos de su viaje. Ella, una vez más, guardará todo en su memoria canora para poderlo expresar en la próxima función.