Las Pelusas Calientes, Claude Steiner

Érase una vez, hace mucho tiempo, dos personas muy felices que se llamaban Tim y Maggi y tenían dos hijos, llamados Juan y Lucy. Para comprender cuán felices eran, hay que explicar cómo eran las cosas entonces.

En aquellos días felices se les regalaba a todos, nada más nacer, una pequeña y suave Bolsa de Pelusa. Cada vez que una persona metía la mano en su bolsa podía sacar una Pelusa Caliente. Había mucha demanda de Pelusas Calientes porque cada vez que alguien recibía una, ésta le hacía sentirse muy contento y abrigado. La gente que, por alguna circunstancia, no recibía Pelusas Calientes con regularidad, corría el peligro de contraer una enfermedad en la espalda que los encogía y, a veces, podían incluso morir.

Entonces era muy fácil obtener Pelusas Calientes. Cada vez que a alguien le apetecía, podía ir a tu encuentro y decirte: “Me gustaría recibir una Pelusa Caliente”; entonces uno metía la mano en su bolsa y sacaba una Pelusa del tamaño de la mano de una niñita. Con la luz del día, la Pelusa sonreía y florecía, transformándose en una Pelusa Caliente amplia y acogedora. Entonces se colocaba encima del hombro, la cabeza o las piernas de la persona, y la pelusa se acomodaba perfectamente, deshaciéndose contra su piel y haciéndola sentir llena de alegría. La gente siempre se estaba pidiendo mutuamente Pelusas Calientes y, puesto que eran gratis, no había problemas para conseguir suficientes. Al haber para todos, las personas se sentían muy cómodas y abrigadas la mayor parte del tiempo.

Pero un día un brujo malo se enfadó porque todos eran felices y no le compraban pociones y ungüentos. El brujo era muy listo e ideó un plan perverso. Una hermosa mañana se acercó cautelosamente a Tim, mientras Maggi jugaba con su hijita, y le susurró al oído: -“Mira Tim, fíjate en todas las pelusas que Maggi le da a Lucy: Si continúa así va a agotarlas y no quedará ninguna para ti.”

Tim se quedó estupefacto. Se volvió al brujo y le dijo: “¿Quieres decir que no siempre encontraremos una Pelusa Caliente en la bolsa cuando la busquemos?” Y el brujo contestó: -“Por supuesto que no; cuando las agotes ya no tendrás más”. Y dicho esto, se fue volando, riendo y cacareando.

Tim se lo tomó muy a pecho y comenzó a controlar cada vez que Maggi le daba una Pelusa Cliente a alguien. Acabó por sentirse muy preocupado, porque a él le gustaban mucho las Pelusas Calientes de Maggi y no quería que se las diera a los demás. Realmente creía que Maggi no tenía derecho a gastar todas sus Pelusas Calientes con los niños y otras personas. Empezó a quejarse cada vez que veía a Maggi dar una Pelusa Caliente a alguien, y como Maggi lo quería mucho, dejó de dar Pelusas Calientes con tanta frecuencia y las reservó para él.

Al ver esto, los niños pensaron que era malo regalar Pelusas Calientes cada vez que se las pedían o les apetecía hacerlo. También ellos se volvieron muy cuidadosos: vigilaban estrechamente a sus padres y cuando les parecía que daban demasiadas Pelusas Calientes a alguien, protestaban. Poco a poco comenzaron a preocuparse por las Pelusas Calientes que daban ellos mismos. Aunque ciertamente encontraban Pelusas cada vez que las buscaban en su bolsa, cada vez metían menos la mano dentro y se hicieron más y más tacaños. Muy pronto la gente notó una escasez de Pelusas Calientes y comenzaron a sentirse menos contentos y abrigados. Empezaron a encogerse y, de vez en cuando, alguno moría por falta de Pelusas Calientes.

Así, más y más personas iban a comprarle pociones y ungüentos al brujo, aunque no parecían muy efectivos. Y sucedió que la situación comenzó a ponerse muy difícil. El brujo malvado no quería que la gente muriera, entre otras cosas porque los muertos no pueden comprar pociones ni emplastos, así que desarrolló un nuevo plan: le dio a cada uno una bolsa muy similar a la Bolsa de Pelusas, excepto que éstas nuevas eran frías, mientras que, como es sabido, las auténticas Bolsas de Pelusas eran calientes. Dentro de las bolsas del brujo había Espinas Frías. Estas Espinas Frías no hacían que la gente se sintiera contenta y abrigada sino, por el contrario, fría y pinchada, pero evitaban que a la gente se le encogiera la espalda y muriera. Por lo que, desde entonces, cada vez que alguien decía: “Quiero una Pelusa Caliente”, le contestaban: “No puedo darte una Pelusa Caliente pero, ¿quieres una Espina Fría?”

A veces se acercaban dos personas pensando obtener una Pelusa Caliente, pero uno u otro cambiaban de opinión y terminaban dándose Espinas Frías. Así sucedió que, aunque muy pocas personas morían, muchas seguían desdichadas y sintiéndose frías y pinchadas. La situación se complicó muchísimo, pues las Pelusas Calientes, que antes solían ser gratuitas como el aire, ahora eran extremadamente raras y muy caras. Eso ocasionó que la gente hiciera cualquier cosa para conseguirlas.

Antes de que el brujo apareciera, la gente acostumbraba a reunirse en grupos de tres, cuatro o cinco personas, sin importarle demasiado quién daba Pelusas Calientes a quién. Después de que llegara el brujo, la gente empezó a emparejarse y a reservar todas sus Pelusas Calientes para sus parejas. Las que se descuidaban y daban una Pelusa a alguien más se sentían culpables, porque sabían que su pareja seguramente notaría la pérdida. Y los que no encontraban una pareja generosa tenían que comprar sus Pelusas y trabajar muchas horas para poder pagarlas.

También sucedió que algunas personas cogían Espinas Frías (habían muchas y eran gratis), las cubrían de un material blanco y esponjoso, y las hacían pasar como Pelusas Clientes. Estas Pelusas Calientes falsificadas eran realmente Pelusas de Plástico y aún ocasionaron más dificultades: si, por ejemplo, dos personas intercambiaban libremente Pelusas de Plástico, se suponía que tenían que sentirse bien por ello, pero en cambio se separaban sintiéndose mal. Y como pensaban que lo que se habían estado dando eran Pelusas Calientes, se quedaban muy confundidos, sin darse cuenta de que esos sentimientos fríos e hirientes que tenían eran el resultado de haberse dado un montón de Pelusas de Plástico.

De esta manera, las cosas se pusieron muy, muy tristes desde la llegada del brujo que hizo que la gente creyera que algún día, cuado menos lo esperaran, no encontrarían más Pelusas Calientes en sus Bolsas.

No hace mucho tiempo, una adorable y robusta mujer de anchas caderas y feliz sonrisa, llegó a ese país entristecido. Parecía no haber oído hablar del brujo, y no le preocupaba que se acabaran sus Pelusas Calientes. Las daba libremente, incluso cuando no se las pedían. Algunos no la aceptaban, porque hacía que los niños se despreocuparan de que se les acabaran las Pelusas Calientes. En cambio a los niños les gustaba mucho, porque se sentían bien con ella. Y pronto volvieron a dar Pelusas Calientes siempre que les apetecía.

Las personas mayores comenzaron a preocuparse y decidieron utilizar la Ley para proteger a los niños del derroche de sus reservas de Pelusas Calientes. La Ley convirtió en una actividad criminal dar Pelusas Calientes de manera descuidada, sin licencia. Sin embargo, muchos niños parecían no enterarse y a pesar de la Ley, continuaron dándose Pelusas Calientes unos a otros siempre que les apetecía y siempre que se las pedían. Y como había muchos niños, casi tantos como personas mayores, parecía que podrían salirse con la suya.

Hoy por hoy es difícil adivinar qué sucederá. ¿Podrán las fuerzas de la ley y el orden detener a los niños? ¿Irán las personas mayores a unirse a aquella mujer y a los niños para darse cuenta de que siempre habrá tantas Pelusas Calientes como se necesiten? ¿Recordarán Tim y Maggi aquellos días en los que eran tan felices, sabiendo que había Pelusas Calientes en cantidad ilimitada? ¿Las volverán a dar libremente?

Este asunto se extiende por toda la tierra y probablemente la lucha esté llegando a donde tú vives. Si lo deseas, y ojalá así sea, puedes unirte dando y pidiendo libremente Pelusas Calientes, y siendo todo lo amoroso/a y sano/a que puedas.

El tesoro de Scheherezada, Leopoldo Lugones

 

  Después que la elocuente princesa hubo salvado su vida con sus historias, en aquellas famosas mil y una noches de esplendor y de peligro, las cascadas de oro y pedrería, de sedas y de perfumes, las adolescentes bellas como lunas, los jardines milagrosos, las ciudades extraordinarias, los animales estupendos, los duendes de la tierra, del aire y del agua, las aventuras que trama el destino para hacer un rey de un gañán, y un asno o un gamo silvestre del gallardo hechizado; todo ese poema absolutamente único, porque agotó los prodigios de la imaginación a los pies del sultán magnífico y celoso, constituyó la herencia de la princesa: la herencia con que la princesa Scheherezada dotó a su pueblo, fundiendo todos aquellos tesoros en la maravilla divinamente impar de una esmeralda: la esperanza.

El lado bueno de la desgracia y el lado malo de la felicidad, Cuento chino

En cierto ocasión un campesino chino acudió a un mercado de primavera y se decidió a comprar una espléndida potranca en la que gastó todos sus ahorros. Por desgracia, aunque la encerró en el cercado, apenas llegó la noche el animal saltó la valla y escapó en dirección a la frontera de los mogoles, que en esa época eran enemigos acérrimos de los chinos. El campesino no podía plantearse siquiera correr en busca de la potranca. Todos los vecinos acudieron a ofrecerle consuelo, pero el campesino era un hombre sabio y sabía afrontar la adversidad con filosofía.

Las nubes en el cielo a veces traen lluvia, que es beneficiosa para los cultivos. De una desgracia a veces nace la felicidad. ¡Dejemos que la vida actúe! ¿Quién sabe qué ocurrirá?

Efectivamente, unos días más tarde, la potranca regresó acompañada de un soberbio semental mogol. Todo el pueblo desfiló para admirarlo y felicitar al campesino por su buena suerte.

¿Suerte? ¡A lo mejor sí! Pero ¿quién conoce el sentido profundo de las cosas? El sol que nos ilumina también puede quemarnos.

El porvenir, por desgracia, le dio la razón. Su hijo se encaprichó del semental y se propuso domesticarlo para montarlo. Pero el animal era fogoso y de una coz lo arrojó al suelo y con la caída el hijo se rompió una pierna. Los vecinos acudieron a visitar a padre e hijo. Y se hicieron muchos comentarios sobre la mala suerte del campesino. La cosecha se avecinaba y no podría contar con la ayuda de su hijo por su pierna rota. Pero el campesino les respondió con su sabiduría de siempre.

Este mundo es un perpetuo cambio. ¿Quién sabe si las calamidades no se convertirán en bendiciones? Pensad en la lava de los volcanes que todo lo devasta pero da un limo fértil.

Antes de que llegara el tiempo de la cosecha, estalló la guerra con los mogoles, y todos los hombres jóvenes fueron movilizados, salvo el hijo del campesino, que yacía en la cama con su pierna quebrada. Fue uno de los pocos jóvenes que salvó su vida de las matanzas de la guerra… ¡Una pierna rota le salvó la vida!

De un cuento chino

En el país de las tinieblas, Leyenda japonesa

El dios Izanagi añoraba tanto a su fallecida esposa que decidió partir en su busca. Se dirigió, por tanto, al País de las Tinieblas llamado Yomi. Cuando llegó, al ver que su esposa le abría las puertas del palacio de ese país, le dijo:

¡Ah, mi bella y amada esposa! El país que construimos juntos todavía no está del todo terminado. Vamos, regresa conmigo al mundo de los vivos.

Su esposa, Izanami, le respondió:

¡Qué pena que no hubieras podido venir antes…! Pero ya he probado la comida de esta regió tenebrosa. Aun así, me siento agradecida de que mi amado esposo haya venido a visitarme hasta aquí. Por eso, aunque mi deseo es regresar contigo, voy a consultar a los dioses de este mundo de las tinieblas. Mientras vuelvo, no se te ocurra mirarme.

Con estas palabras, la diosa desapareció tras las puertas. Pero tardaba tanto en volver que el dios Izanagi no pudo esperar más. Rompió un diente grueso de la peineta con que se sujetaba su augusta coleta izquierda y le prendió fuego para alumbrarse. Cuando entró en el palacio, vio el cuerpo putrefacto de la diosa que rezumaba gusanos y despedía truenos.

De su cabeza había nacido el Gran Trueno.

De sus pechos, el Trueno del Fuego.

De su vientre, el Trueno Negro.

De sus genitales, el Trueno Hendidor.

De su mano izquierda, el Trueno Joven.

De su mano derecha, el Trueno de Tierra.

De su pie izquierdo, el Trueno Retumbante.

De su pie derecho, el Trueno Doblegador.

En total, pues, habían nacido, ocho deidades de truenos.

Cuando Izanagi vio a su esposa en tal estado, tuvo mucho miedo y emprendió la huida. Por su parte, Izanami le dijo:

¿Cómo te has atrevido a avergonzarme?

E, inmediatamente, ordenó a las furias del País de las Tinieblas que lo persiguieran. Al verse perseguido, Izanagi se quitó la cinta negra, hecha de sarmientos, con que se sujetaba su augusto cabello, y la tiró. La cinta se transformó en racimos de uvas silvestres ante las cuales las furias se detuvieron para devorarlas. Así, el dios pudo seguir huyendo. Pero no tardaron sus perseguidoras en continuar tras él. Entonces, el dios rompió un diente de la pequeña peineta que llevaba en la coleta derecha de su augusto cabello, y lo tiró. El diente se transformó en un tallo de raíz de brotes de bambú ante los cuales las furias se detuvieron para devorarlos. Así, el dios pudo seguir huyendo.

Tras eso, la diosa Izanami ordenó también a las Ocho Deidades de los Truenos y a los Mil Quinientos Guerreros del País de las Tinieblas que persiguieran a Izanagi. Éste, entonces, desenvainó la espada de diez palmos de larga que llevaba y siguió huyendo mientras la blandía con el brazo extendido hacia atrás. Pero como los seres tenebrosos no cejaban en la persecución, al llegar a la cuesta de Yomo-tsu-hira, situada en la frontera entre el mundo de los vivos y el País de las Tinieblas, tomó tres melocotones que había por allí y, cuando se acercaron sus perseguidores, se los lanzó. El ejército del País de las Tinieblas se retiró y huyó.

Izanagi dijo entonces a los melocotones:

Así como vosotros me habéis salvado la vida, así yo os pido que cuando los mortales moradores del País Central de Ashihara sufran adversidades y conozcan momentos de dolor, los ayudéis del mismo modo.

Y concedió a los melocotones el nombre de Oo-kamu-zu-mi-no-mikoto.

Finalmente, la misma diosa Izanami en persona emprendió la persecución de Izanagi. El dios, al ver cómo se le acercaba, colocó una enorme roca, que sólo podían mover mil hombres, en medio de la cuesta de Yomo-tsu-hira, tapando así la entrada al País de las Tinieblas. Los dos dioses se quedaron, por lo tanto, uno a cada lado de la roca. Ahí intercambiaron las palabras de disolución del vínculo matrimonial. La diosa dijo:

¡Mi amado esposo! Si tú me haces esto, yo me encargaré de acabar cada día con mil personas del mundo de los vivos.

¡Mi amada esposa! Si tú me haces esto, yo me encargaré de construir cada día mil quinientas cabañas de parto.

Fue así como por cada mil personas que mueren a diario, nacen el mismo día mil quinientas más.

A Izanami se la llama también diosa Yomo-tsu. Es, además, conocida como [la diosa] Chi-shiki-no-o-kami, por haber perseguido al dios Izanagi. En cuanto a la gran roca que tapaba la entrada al País de las Tinieblas, recibió el nombre de [dios] Chi-gahesi-no-o-kami o también el de [dios] Yomi-do-no-o-kami. En cuanto a la cuesta de Yomo-tsu-hira, es la actual cuesta Ifuya situada en el país de Izumo.

Dios y sus escribas, Jacques Ferron

Dios era muy inteligente; en todo caso, su amor propio se lo había demostrado. Creó al mundo y no se contentó con eso; contrató a unos escribas para describir su proeza. Los tomó así como eran, no muy versados en cosmogonía. Les dijo: “¡Vayan!, hagan lo mejor que puedan”. Y describieron una tierra plana en los siguientes términos, dando a entender que existen dos clases de aguas, las aguas de arriba, las aguas de abajo. Omnipotente como son todos los megalómanos en su soledad, no por ello Dios era pretencioso. Es incluso la cualidad más bella que le reconozco. Es más hasta puede decirse que era un artista, inclinado al borrador y al retoque, y que desde el Edén, antes del pecado original, del cual él sería el primer culpable, gracias a su tierra plana y a su sistema hidráulico, ya había previsto el diluvio.

Dios dijo: que haya un firmamento en medio de las aguas y que separe las aguas de las aguas. Así dijo y así sucedió. Dios hizo el firmamento que separó las aguas que se encuentran bajo el firmamento de las aguas que están por encima del firmamento y Dios llamo cielo al firmamento. Y hubo una noche y hubo una mañana. Así fue el segundo día de la creación.

Lo que el divino creador se cuidó bien de revelar a sus escribas es que acababa de fabricarse, como quien no quiere la cosa, una estupenda esclusa, y que un día o el otro, con un pretexto o con otro, le asaltarían las ganas de probarla. No desaprovechó la ocasión y si entonces ahogó a no poca gente, incluyendo a mujeres y niños pequeños, como un viejo bribón, como un verdadero gringo, inventó la navegación; con ella mejoraba su creación. Entonces Dios, a pesar de todos sus talentos, no dejó de ser un gran salvaje del mismo calibre que Papa Boss, su doble en Vietnam, con la ganancia de Pentecostés.

Había creado al hombre como un simulacro, moldeándolo con arcilla, y cuando sopló en él, el sorprendente bípedo, sin cola que lo sostuviera, se puso a caminar —un progreso respecto al canguro—. En este caso, no olvidemos constatar que lo hizo en lo exterior y no en lo interior, igual que cuando se fabrica a un autómata; y este hombre visto del exterior por Dios, con la diferencia de algunos pelos, de algunos detalles de color, apenas si se distinguía de los demás primates desnudos, a cuya serie pertenecía.

Y Diosito se sintió dichoso como un imbécil durante todo el Antiguo Testamento. A pesar de todo, gracias a su talento de inventor, le entró la curiosidad de saber lo que sucedía en el interior de la criatura de su elección, y con una aguja muy fina se introdujo en ella, por un estrecho virginal, y allí permaneció nueve meses, cinco más que en el arca de Noé, luego vino al mundo como cualquier homínido, con una sola diferencia, a saber que para ocultar su nacimiento, se apresuró a recoser a su pobre madre para que las matronas más experimentadas, las parteras, las papisas y los papas, todos sin excepción, la declararan virgen. Pero todos esos remilgos, más bien musulmanes, no cambiaron gran cosa: el famoso Dios, el Creador, el Todopoderoso, el Muy Alto, el Gringo superequipado, el Papa Boss, el Sin-Corazón, el Asesino felicitado, se hallaba cautivo dentro de un niño, encerrado en las entrañas de un hombre, único entre los demás primates y destinado, después de algunos éxitos como predicador, a la pasión y a la muerte. Ése es el Nuevo Testamento, el del yo crucificado, el del Padre que expira en su Hijo.

Con el perdón del cardenal McLuhan, del pequeño papa de matraca que está en el aparador, de todos los frenéticos del audiovisual, o Cristo eléctrico, de la panza de vaca y del boato superestrella de los fantoches pueblerinos, fueron los escribas quienes escribieron el Nuevo Testamento después de haberse entrenado con el Antiguo. Es más, esta Biblia que no es la Biblia de Jerusalén, un libro entre tantos otros, está tejida con los hilos de toda la biblioteca del mundo. A pesar de los mugidos, de los violines, nuevos libros se añaden a los antiguos y la verdadera Biblia nunca será terminada.

Al desdoblarse, Dios marcó los dos polos de Pascal; por un lado, gracias al Padre, reina en el Paraíso mediante la proliferación de la especie, por el otro, al vivir su agonía en el huerto de los Olivos, le imprime sentido a la vida que para todos y cada uno no es sino perdición; además, al participar en el uno y en el otro, se convierte en el lenguaje común a través del cual lo irreconciliable y único en el mundo se encuentra, aquello que la muerte corroe por el interior, que comunica con todos los demás, que la vida multiplica por el exterior. Principio del verbo, suprema expresión lingüística, Dios no se contenta con ese papel intermediador; en una conversación en la que las palabras se deslizan una tras otra en una secuencia lineal donde el lugar ocupado por cada una le asigna un papel, que la matiza y la precisa, dentro de la frase, primera instancia del discurso, un lugar de sujeto, de verbo o de complemento, lo que la reduce, antes de cualquier comprensión, a ser sólo un instante, casi intemporal, como el segundo que saltando marca la manecilla en el reloj, entre el pasado de las horas, de los días, de los años y de los siglos, y por delante un futuro tan largo, por lo menos así se desearía, Dios deja en el presente su evidencia, su fonema, su palabra, y compone la frase, el párrafo, el libro en una duración más larga, que incluye el pasado y el futuro; es más, cada palabra que pasa no lo restringe; es el aval de todas las demás palabras inutilizadas, guardadas en los diccionarios cerebrales, de la enorme y tenebrosa masa sin consideración de la que el inconsciente sólo es una pequeña bodega; se le califica de Eterno debido a esa perennidad, a esos tres tiempos que domina y al ave, del tipo de la gaviota, que cuida en el cielo por encima de un vasto espacio existencial, que, con el nombre de Espíritu Santo, no deja de volar y que, de tiempo en tiempo, se hunde en el mar y en el olvido para ir al encuentro de la palabra que falta en la secuencia del discurso y correría el riesgo de interrumpir monólogos y conversaciones en los que el verbo se complace y continúa su proceso de engendramiento iniciado con san Juan para el mayor provecho del hombre.

Se sigue conversando, pero desde hace algún tiempo parecería que se habla menos de Dios. Las vedettes tienen altibajos. En este caso, sin embargo, se trataría de algo más que de una fluctuación de renombre. En un hangar de Toronto y en los sótanos del Vaticano querrían transformarlo un poco con el fin de volverlo tan famoso y rentable como antaño. Según parece están reduciendo considerablemente el personal de escribas. Se le suprimirá el silbato y un buen pedazo de verbo. En cambio, podrá gesticular mejor, se lanzará en los contoneos y en los guiños. Está estudiando su nuevo personaje. En cuanto se sienta dueño de él, ni duda cabe de que volverá a encontrar sus antiguos talentos, su popularidad y sin duda tampoco Marshall McLuhan, que está entrenándolo en un hangarcito de Toronto, será nombrado cardenal con un sombrero de cowboy teñido de púrpura.

 

La actriz, Guillermo Bustamante Zamudio

Caperucita estaba aburrida: cada vez que un lector toma el libro y lee, termina primero baboseada y después tragada por el lobo, saliendo finalmente a través de una chapucera autopsia de cazador. Para acabar con este ciclo infernal, convenció a una amiguita de hacer sus veces y presentarse en la escena de marras con la canastilla munida de manjares. La abuela estaba muy viejita y no notaría la diferencia; le prometió cierto favor como recompensa, una vez la sencilla misión fuese cumplida.

Quiso verificar personalmente el desarrollo de los acontecimientos. En su momento, oyó los infantiles gritos que en el libreto marcaban, primero, la infructuosa negativa de la niña a dejarse comer por el lobo y, luego, su disposición en bocados convenientes a las costumbres de mesa de estos carnívoros.

Sólo entonces, contenta, Caperucita cogió su propio rumbo, con la deriva que suele caracterizar a un actor desempleado.

 

 

El diablo que iba a misa

Yo sé la historia de un diablo que iba a misa.

Una vez, un diablo que iba a misa se encontró por el camino un haba, la cogió y se fue a la primera casa que se encontró.

Buena mujer —le dijo—, ¿puedes guardarme esta haba una hora que yo tengo que ir a misa?

Nunca se había visto un diablo que fuera a misa, así que la mujer en seguida le dijo que sí.

El diablo dejó el haba en el alféizar de la ventana y se fue a la iglesia. Una hora más tarde volvió y pidió que le devolvieran el haba. Pero la mujer le respondió apenada:

No puedo devolverte el haba, porque una gallina se subió al alféizar de la ventana y se la comió.

O me das el haba o me das la gallina —exclamó el diablo con mirada torva. Y la mujer tuvo que darle la gallina.

El diablo cogió la gallina y se fue a la casa de otra vecina.

Buena mujer, ¿me puedes guardar esta gallina un rato que yo tengo que ir a misa?

Nunca se había visto un diablo que fuera a dos misas seguidas, así que la segunda mujer le dijo que sí.

Déjala en el huerto —le respondió.

El diablo dejó a la gallina en el huerto y se fue a misa. Cuando volvió, la gallina ya no estaba.

Se la ha comido el cerdo —le dijo la mujer apenada.

O me das la gallina o me das el cerdo —exclamó el diablo, decidido. Y la mujer tuvo que darle el cerdo.

El diablo ató al cerdo y se fue a otra casa.

Buena mujer, ¿me puedes guardar un rato este cerdo, que tengo que ir a misa.

Pues claro, buen diablo, mételo en la cuadra.

Y el diablo metió el cerdo en la cuadra y se fue a escuchar su tercera misa. Cuando volvió, la mujer le dijo apenada:

No puedo devolverte el cerdo porque el caballo le ha dado una coz y lo ha matado.

O me das el cerdo o me das el caballo replicó el diablo con los ojos de fuego.

Y la mujer tuvo que darle el caballo.

El diablo se fue a otra casa.

Buena mujer, ¿me puedes guardar un rato este caballo, que yo tengo que ir a misa?

Y el diablo se fue otra vez a misa, pero cuando volvió el caballo había desaparecido.

¡Qué desgracia! —le dijo la mujer—. Mi hija se ha llevado tu caballo a pastar, pero un moscón no le dejaba en paz y el caballo se ha escapado.

O me das el caballo o me das a tu hija —rugió el diablo con los ojos llameantes.

Y la pobre mujer tuvo que darle a su hija. El diablo la metió dentro de un saco, se lo echó a la espalda y se fue otra vez a la iglesia. Cuando llegó, apoyó el saco en la pila de agua bendita y se puso a escuchar devotatamente la misa.

Pero un diablo que va tantas veces a misa siempre despierta sospechas. Su comportamiento llamó la atención de una mujer que vivía cerca de la iglesia. La mujer, curiosa, se acercó en silencio al saco y miró dentro a través de un agujero.

Pero bueno —murmuró sorprendida cuando vio el contenido del saco—. Esta es mi ahijada.

Entonces, sin decir una palabra, llevó el saco fuera de la iglesia, lo abrió y dejó salir a su ahijada.

Madrina, qué miedo, el diablo quería llevarme.

Calla, que esto lo arreglo yo —respondió la madrina. Y dicho y hecho, volvió a su casa, desató dos perros muy feroces que tenía y los metió dentro del saco. Luego lo dejó apoyado en la pila del agua bendita.

Cuando terminó la misa, el diablo devoto se echó el saco a la espalda y salió de la iglesia.

Pues sí que pesas —se quejó el diablo, mientras se disponía a irse del pueblo.

Guau, guau— ladraron los dos perros, agitándose dentro del saco. El diablo, extrañado de la respuesta, abrió el saco y se encontró con dos perros rabiosos que salieron como dos furias desbocadas. Al pobre diablo no le quedó otra que escapar a toda prisa para huir de los mordiscos feroces de aquellas bestias. Y hay quien dice que todavía sigue corriendo.

Otra lección, Barón de Teive

469771_gladiator_voin_gladius_shlem_stil_dospexi_plot_met_1680x1050_www-gdefon-ruEl gladiador en la arena, donde lo puso el destino que de esclavo lo expuso condenado, saluda, sin que tiemble el César que está en el circo, rodeado de estrellas. Saluda de frente, sin orgullo, pues el esclavo no puede tenerlo; sin alegría, pues no puede fingirla el condenado. Saluda para que no falte a la ley aquel a quien toda la ley falta. Pero, tras acabar de saludar, se clava en el pecho la daga que no le servirá en el combate. Si el vencido es el que muere, y el vencedor quien mata, con esto, confesándose vencido, se declara vencedor.

Otori Sama, Leyenda japonesa

torii-en-el-santuario-kasugaMuchos años atrás, en el pequeño barrio pesquero de Yui, vivía un comerciante adinerado llamado Fujiwara no Kamatari. El hombre, de edad avanzada, tenía una hija pequeña que quería más que a nada en el mundo.

Cierto día, cuando la nodriza la llevó a jugar a la playa cercana, una enorme águila se la arrebató en un momento de distracción y se la llevó por los cielos hasta su nido en algún lugar de las montañas.

Al enterarse de la noticia, el hombre movilizó a todo el pueblo para buscar el águila, recorriendo palmo por palmo las colinas y montañas para descubrir el paradero de su hija.

Pocos días después encontraron, al pie de una pared rocosa, en la parte trasera del templo Myoho-ji, retazos del kimono y algunos huesos que indicaban el trágico fin de la pequeña.

El padre, enloquecido de tristeza, ordenó a sus hombres que se apostaran en el recinto del templo y derribaran al animal con flechas. Sin embargo, todas las tentativas fueron en vano y el águila escapó ilesa una y otra vez.

Entonces el anciano monje llamó a Kamatari y le dijo:

Entiendo tu dolor por la muerte de la niña. Pero matar al águila, un animal inocente que sólo buscaba su sustento, no te la devolverá…

Después de una larga conversación, Kamatari accedió a perdonar al águila y aceptó la sugerencia del monje de construir un pequeño santuario para consolar el espíritu de la pequeña. Se llamó Otori-sama, el santuario del gran pájaro, y todavía existe en el recinto del Myoho-ji.

Los restos de la niña fueron enterrados en una minúscula tumba en el templo y, según cuentan, el águila de alguna manera comprendió el infortunio causado, por lo que nunca más atrapó a ninguna criatura humana.

Kamatari se consoló de la pérdida construyendo pequeños santuarios y monumentos de piedra en Yui, que han mantenido viva esta leyenda hasta nuestros días.

Dominar la ira, Tim Bowley

el-ermitano-de-pancorvoTodos los días, los aldeanos dejaban comida para el ermitaño que vivía en una cueva cercana al pueblo. Al cabo de treinta años, una tarde se oyó un retumbar como de trueno y por la boca de la cueva salió un vivo resplandor.

Los aldeanos se congregaron rápidamente en el lugar y esperaron con reverencia. Al cabo de un rato apareció el ermitaño, rodeado de un resplandor sobrenatural y envuelto en un coro de voces celestiales perfectamente audible. Sobrecogidos, los aldeanos aguardaron humildemente a que el ermitaño les hablara.

He dominado la ira –dijo el monje al fin, con una beatífica sonrisa. Los aldeanos aplaudieron espontáneamente, pero enseguida volvieron a guardar silencio para escuchar qué más tenía el ermitaño que contarles. Él siguió mirándolos con su sonrisa esplendorosa, pero no dijo nada más.

Al fin, uno de los congregados se atrevió a hablar.

¿Y qué más? -preguntó humildemente.

Una expresión de perplejidad enturbió momentáneamente el rostro del monje. Luego, adoptando de nuevo la sonrisa de antes, carraspeó y contestó:

He dominado la ira.

Sí, sí -dijeron los aldeanos-, eso ya lo sabemos. Nos parece estupendo y estamos muy impresionados; pero ¿qué más has hecho?

El ermitaño pareció contraer ligeramente el ceño durante un brevísimo instante, no obstante enseguida volvió a su radiante sonrisa.

Creo que no lo habéis entendido bien –repuso–. He dominado la ira; se trata de un logro excepcional.

Sí, lo es –asintieron sabiamente los aldeanos–. Pero llevas treinta años metido en esa cueva. ¿Seguro que no has hecho nada más?

El monje cambió el peso de su cuerpo de una pierna a otra y carraspeó; su sonrisa parecía ahora un tanto forzada.

He dominado la ira. No tengo nada más que decir.

Venga, hombre -dijo uno de los aldeanos-, a nosotros nos lo puedes contar. Al fin y al cabo, llevamos años manteniéndote. ¿Qué más has logrado?

¡Palurdos estúpidos! -chilló el monje-. ¡No hay nada más que decir! ¿Es que sois tan tontos que no os cabe en la mollera? Tras años de duro trabajo, privaciones y disciplina, he logrado la tarea sobrehumana de dominar la ira, pero ¡ya veo que es algo demasiado complicado para que lo comprendan unos idiotas como vosotros! ¡Marchaos a hacer puñetas, hatajo de mastuerzos!

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Un hombre que se parecía a Orestes, Álvaro Cunqueiro

800px-bernardino_mei¿Quién vio el cadáver? —insistía Eumón.

Nadie. No lo vio nadie. Terminaron de envolverlo en el cortinón rojo y lo metieron en el ataúd. Por cierto que no servía ninguno de los ataúdes que había en la funeraria, que eran pequeños para aquel envoltorio, y hubo que hacer un ataúd como para un gigante antiguo. Ya me dijo Clitemnestra, al saberlo, que no fuese en el entierro de duelo, que haría el ridículo, yo de mediana talla y en la caja mi antecesor, enorme como un buey.

¿Nadie le vio la cara?

¡Nadie! ¡Solamente yo, que no lo había visto nunca!

¿Había dicho alguna vez Agamenón que se afeitaría?

¡Nunca! Solía jurar por su barba rubia, y en las iras se arrancaba pelos de la parte izquierda, en el mentón, con lo cual siempre tenía allí un campo ralo. ¡Hay ficha de la policía!

Querido Egisto, dame la mano derecha, que te voy a hacer partícipe de mis secretos pensamientos. Yo me imagino ser Orestes, el príncipe. Mi padre está ausente, en la guerra. Mi madre, la blanda Clitemnestra, está en brazos de un hombre de sociedad, venido a menos, famoso cazador, llamado Egisto. Los augures, arrodillados delante de las tripas, ven, como yo veo ahora el farol de la puerta de la posada columpiarse en el espejo de tus ojos, el futuro de la polis: regresará el rey, y tú, el amante real, matarás. Queda un hijo, que es una espada vagabunda, esperando el momento de la venganza. Egisto debe morir, y morirá. La espada de Orestes es infalible. Se asegura que la hermana fugitiva, Electra, se le ha metido en la cama al hermano para impedirle dormir, y por tener un hijo en cuya sangre vaya doblada la intención de la venganza. En palacio, la otra hermana vela con una luz junto a las almenas. Fíjate en que todo está escrito. Todo lo que está escrito en un libro, eso va pasando, vive al mismo tiempo. Estás leyendo que Eumón sale de Tracia una mañana de lluvia, y lo ves cabalgar por aquel camino que va entre tojales, y pasas de repente veinte hojas, y ya está Eumón en una nave, y otras veinte, y Eumón pasea por Constantinopla con un quitasol, y otras cincuenta, y Eumón, anciano, en su lecho de muerte, se despide de sus perros favoritos, al tiempo que vuelve a la página primera, recordando la dulce lluvia de su primer viaje. Pues bien, Orestes se sale de página. Orestes está impaciente. No quiere estar en la página ciento cincuenta esperando a que llegue la hora de la venganza. Se va a adelantar. No quiere perder sus años de mocedad en la espera de la hora propicia. Está cansado de escuchar a Electra. No quiere estar atado de por vida al vaticinio fatal. Quiere vivir la libertad de la tierra y de los mares, está enamorado de una princesa de una isla, tiene naves y caballos, recibe cartas de emperadores que quieren alquilarlo por general en jefe, le gusta escuchar música o jugar al polo, o a las cartas. Y decide ir a buscarte y darte muerte.

Pero no tenía todavía motivos. Yo no había rematado a Agamenón.

¡Ni le importa! Tú tienes que matar a Agamenón el día en que el rey regrese. Orestes tiene que ir a matarte a ti, porque tú has dado muerte a Agamenón. Pero, para Orestes, su intervención se reduce a matar a Egisto. Muerto Egisto, se acabó su papel. Hace mutis y se va a sus vagancias. Si se adelanta y te mata, evita la muerte de su padre, lo que no le importa, y finiquita su obligación. Además, que le da asco que te acuestes con su madre.

¡No hay otro más higiénico que yo! —se asombró Egisto.

¡El asco no es por lo físico! Orestes quiere salir de la rueda, vivir libre. Y finge ser Agamenón que regresa. Se disfraza, disfraza a sus criados, imita el rugido paterno.

¿Yo maté a Orestes? —pregunta Egisto poniéndose de pie, cruzando los brazos sobre el pecho.

¡Casi seguro!

Cuestión de amistad, Paulo Coelho

el-paraiso-12Un hombre, su caballo y su perro iban por una carretera. Cuando pasaban cerca de un árbol enorme cayó un rayo y los tres murieron fulminados.

Pero el hombre no se dio cuenta de que ya había abandonado este mundo, y prosiguió su camino con sus dos animales (a veces los muertos tardan un cierto tiempo antes de ser conscientes de su nueva condición…)

La carretera era muy larga, colina arriba, el sol era muy intenso, y ellos estaban sudados y sedientos.

En una curva del camino vieron un magnifico portal de mármol, que conducía a una plaza pavimentada con adoquines de oro, en el centro de la cual había una fuente de donde manaba agua cristalina.

El caminante se dirigió al hombre que custodiaba la entrada.

– Buenos días.

– Buenos días – Respondió el guardián.

– ¿Cómo se llama este lugar tan bonito?

– Esto es el Cielo.

– Qué bien que hayamos llegado al Cielo, porque estamos sedientos

– Usted puede entrar y beber tanta agua como quiera. Y el guardián señaló la fuente.

– Pero mi caballo y mi perro también tienen sed…

– Lo siento mucho – Dijo el guardián-pero aquí no se permite la entrada a los animales.

– El hombre se levantó con gran disgusto, puesto que tenía muchisima sed, pero no pensaba beber solo; dio las gracias al guardián y siguió adelante.

– Después de caminar un buen rato cuesta arriba, ya exhaustos, llegaron a otro sitio, cuya entrada estaba marcada por una puertecita vieja que daba a un camino de tierra rodeado de árboles.

A la sombra de uno de los árboles había un hombre echado, con la cabeza cubierta por un sombrero. Posiblemente dormía.

– Buenos días – dijo el caminante.

El hombre respondió con un gesto de la cabeza.

– Tenemos mucha sed, yo, mi caballo y mi perro.

– Hay una fuente entre aquellas rocas – dijo el hombre, indicando el lugar. – Podéis beber tanta agua como queráis.

El hombre, el caballo y el perro fueron a la fuente y calmaron su sed.

El caminante volvió atrás para dar las gracias al hombre.

– Podéis volver siempre que queráis – Le respondió

– A propósito ¿Cómo se llama este lugar?

– Cielo !

– ¿El Cielo? ¿Sí? Pero si el guardián del portal de mármol me ha dicho que aquello era el Cielo!

– Aquello no era el Cielo, era el Infierno, contestó el guardián.

El caminante quedó perplejo.

– ¡Deberíais prohibir que utilicen vuestro nombre! ¡Esta información falsa debe de provocar grandes confusiones!

– ¡De ninguna manera! En realidad, nos hacen un gran favor, Porque allí se quedan todos los que son capaces de abandonar a sus mejores amigos…

 

El secreto de la muerta, Lafcadio Hearn

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David Esteban

Hace mucho tiempo, en la provincia de Tamba, vivía un rico mercader llamado Inamuraya Gensuké. Tenía una hija llamada O-Sono. Como ésta era muy bonita y sagaz, el mercader juzgó inoportuno brindarle sólo la exigua educación que podían ofrecerle los maestros rurales; la confió, pues, a unos servidores fieles y la envió a Kyõto, para que allí adquiriera las gráciles virtudes que suelen exhibir las damas de la capital. En cuanto la muchacha completó su educación, fue cedida en matrimonio a un amigo de la familia paterna, un mercader llamado Nagaraya, y con él compartió una dicha que duró casi cuatro años. Sólo tuvieron un hijo, un varón, pues O-Sono cayó enferma y murió después del cuarto año de matrimonio.

En la noche siguiente al funeral de O-Sono, su hijito dijo que la madre había vuelto y que estaba en el cuarto de arriba. Le había sonreído, pero sin dirigirle la palabra: el niño se había asustado y había emprendido la fuga. Algunos miembros de la familia subieron al cuarto que había pertenecido a O-Sono, y no poco se asombraron al ver, a la luz de una pequeña lámpara que ardía ante un altar en el cuarto, la imagen de la muerta. Parecía estar de pie ante un tansu, o cómoda, que aún contenía sus joyas y atuendos. La cabeza y los hombros eran nítidamente visibles, pero de la cintura para abajo la imagen se esfumaba hasta tornarse invisible; semejaba un imperfecto reflejo, transparente como una sombra en el agua.

Todos se asustaron y abandonaron la habitación. Abajo se consultaron entre sí; y la madre del esposo de O-Sono declaró:

-Toda mujer siente predilección por sus pequeñas cosas, y O-Sono le tenía gran afecto a sus pertenencias. Acaso haya vuelto para contemplarlas. Muchos muertos suelen hacerlo… a menos que las cosas se donen al templo de la zona. Si le regalamos al templo las ropas y adornos de O-Sono, es probable que su espíritu guarde sosiego.

Todos estuvieron de acuerdo en hacerlo tan pronto como fuera posible. A la mañana siguiente, por tanto, vaciaron los cajones y llevaron al templo las ropas y los adornos. Pero O-Sono regresó la próxima noche y contempló el tansu tal como la vez anterior. Y también volvió la noche siguiente, y todas las noches se repitió su visita, que transformó esa casa en una morada del temor.

La madre del esposo de O-Sono acudió entonces al templo y le contó al sumo sacerdote lo que había sucedido, pidiéndole que la aconsejara al respecto. El templo pertenecía a la secta Zen, y el sumo sacerdote era un docto anciano, conocido como Daigen Oshõ.

Dijo el sacerdote:

-Debe haber algo que le causa ansiedad, dentro o cerca del tansu.

-Pero vaciamos todos los cajones -replicó la anciana-; no hay nada en el tansu.

-Bien -dijo Daigen Oshõ-, esta noche iré a la casa y montaré guardia en el cuarto para ver qué puede hacerse. Den órdenes de que nadie entre a la habitación mientras monto guardia, a menos que yo lo requiera.

Después del crepúsculo, Daigen Oshõ fue a la casa y comprobó que el cuarto estaba listo para él. Permaneció allí a solas, leyendo los sûtras; y nada apareció hasta la Hora de la Rata. Entonces la imagen de O-Sono surgió súbitamente ante el tansu. Su rostro denotaba ansiedad, y permaneció con los ojos fijos en el tansu.

El sacerdote pronunció la fórmula sagrada prescrita para tales casos, y luego, dirigiéndose a la imagen por el kaimyõ de O-Sono le dijo:

-Vine aquí para ayudarte. Quizá haya en ese tansu algo que despierta tu ansiedad. ¿Quieres que te ayude a buscarlo?

La sombra pareció asentir mediante un leve movimiento de cabeza; el sacerdote se incorporó y abrió el cajón de arriba. Estaba vacío. A continuación, abrió el segundo, el tercero y el cuarto cajón; hurgó detrás y encima de cada uno de ellos; examinó con cuidado el interior de la cómoda. No halló nada. Pero la imagen permanecía erguida, con tanta ansiedad como antes. “¿Qué querrá?”, pensó el sacerdote. De pronto se le ocurrió que acaso hubiera algo oculto debajo del papel que revestía los cajones. Levantó el forro del primer cajón: ¡nada! Pero debajo del forro del cajón inferior halló algo: una carta.

-¿Era esto lo que te inquietaba? -preguntó.

La sombra de la mujer se volvió hacia él, con su lánguida mirada en la cara.

-¿Quieres que la queme? -preguntó Daigen Oshõ.

Ella se inclinó ante él.

-Esta misma mañana será quemada en el templo -prometió el sacerdote-, y nadie la leerá salvo yo.

La imagen sonrió y se disipó.

Rompía el alba cuando el sacerdote bajó las escaleras, a cuyo pie la familia lo aguardaba expectante.

-Cálmense -les dijo-, no volverá a aparecer.

Y la sombra, en efecto, jamás regresó.

La carta fue quemada. Era una carta de amor redactada por O-Sono en la época de sus estudios en Kyõto. Pero sólo el sacerdote se enteró de su contenido, y el secreto murió con él.

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La historia según Pao Cheng, Salvador Elizondo

thaysanglawcinEn un día de verano, hace más de tres mil quinientos años, el filósofo Pao Cheng se sentó a la orilla de un arroyo a adivinar su destino en el caparazón de una tortuga. El calor y el murmullo del agua pronto hicieron, sin embargo, vagar sus pensamientos y olvidándose poco a poco de las manchas del carey, Pao Cheng comenzó a inferir la historia del mundo a partir de ese momento. “Como las ondas de este arroyuelo, así corre el tiempo. Este pequeño cauce crece conforme fluye, pronto se convierte en un caudal hasta que desemboca en el mar, cruza el océano, asciende en forma de vapor hacia las nubes, vuelve a caer sobre la montaña con la lluvia y baja, finalmente, otra vez convertido en el mismo arroyo…” Este era, más o menos, el curso de su pensamiento y así, después de haber intuido la redondez de la tierra, su movimiento en torno al sol, la traslación de los demás astros y la propia rotación de la galaxia y del mundo, “¡Bah! –exclamó- este modo de pensar me aleja de la Tierra de Han y de sus hombres que son el centro inamovible y el eje en torno al que giran todas la humanidades que en él habitan…” Y pensando nuevamente en el hombre, Pao Cheng pensó en la Historia. Desentrañó, como si estuvieran escritos en el caparazón de la tortuga, los grandes acontecimientos futuros, las guerras, las migraciones, las pestes y las epopeyas de todos los pueblos a lo largo de varios milenios. Ante los ojos de su imaginación caían las grandes naciones y nacían las pequeñas que después se hacían grandes y poderosas antes de ser abatidas a su vez. Surgieron también todas las razas y las ciudades habitadas por ellas que se alzaban un instante majestuosas y luego caían por tierra para confundirse con la ruina y la escoria de innumerables generaciones. Una de estas ciudades entre todas las que existían en ese futuro imaginado por Pao Cheng llamó poderosamente su atención y su divagación se hizo más precisa en cuanto a los detalles que la componían, como si en ella estuviera encerrado un enigma relacionado con su persona. Aguzó su mirada interior y trató de penetrar en los resquicios de esa topografía increada. La fuerza de su imaginación era tal que se sentía caminar por sus calles, levantando la vista azorado ante la grandeza de las construcciones y la belleza de los monumentos. Largo rato paseó Pao Cheng por aquella ciudad mezclándose a los hombres ataviados con extrañas vestiduras y que hablaban una lengua lentísima, incomprensible, hasta que pronto se detuvo ante una casa en cuya fachada parecían estar inscritos los signos indescifrables de un misterio que lo atraía irresistiblemente. A través de una de las ventanas pudo vislumbrar a un hombre que estaba escribiendo. En ese mismo momento Pao Cheng sintió que allí se dirimía una cuestión que lo atañía íntimamente. Cerró los ojos y acariciándose la frente perlada de sudor con las puntas de sus dedos alargados trató de penetrar, con el pensamiento, en el interior de la habitación en la que el hombre estaba escribiendo. Se elevó volando del pavimento y su imaginación traspuso el reborde de la ventana que estaba abierta y por la que se colaba una ráfaga fresca que hacía temblar las cuartillas, cubiertas de incomprensibles caracteres, que yacían sobre la mesa. Pao Cheng se acercó cautelosamente al hombre y miró por encima de sus hombros, conteniendo la respiración para que éste no notara su presencia. El hombre no lo hubiera notado pues parecía absorto en su tarea de cubrir aquellas hojas de papel con esos signos cuyo contenido todavía escapaba al entendimiento de Pao Cheng. De vez en cuando el hombre se detenía, miraba pensativo por la ventana, aspiraba un pequeño cilindro blanco y arrojaba una bocanada de humo azulado por la boca y por las narices; luego volvía a escribir. Pao Cheng miró las cuartillas terminadas que yacían en desorden sobre un extremo de la mesa y conforme pudo ir descifrando el significado de las palabras que estaban escritas en ellas, su rostro se fue nublando y un escalofrío de terror cruzó, como la reptación de una serpiente venenosa, el fondo de su cuerpo. ”Este hombre está escribiendo un cuento”, se dijo. Pao Cheng volvió a leer las palabras escritas sobre las cuartillas. “El cuento se llama La Historia según Pao Cheng y trata de un filósofo de la antigüedad que un día se sentó a la orilla de un arroyo y se puso a pensar en… ¡Luego yo soy un recuerdo de ese hombre y si ese hombre me olvida moriré…!”El hombre, no bien había escrito sobre el papel las palabras “…si ese hombre me olvida moriré”, se detuvo, volvió a aspirar el cigarrillo y mientras dejaba escapar el humo por la boca, su mirada se ensombreció como si ante él cruzara una nube cargada de lluvia. Comprendió, en ese momento, que se había condenado a sí mismo, para toda la eternidad, a seguir escribiendo la historia de Pao Cheng, pues si su personaje era olvidado y moría, él que no era más que un pensamiento de Pao Cheng, también desaparecería

Decreto Imperial, Isar Hasim Otazo

838El hombre cometió un crimen atroz. Mis gendarmes lo aprehendieron caminando plácidamente por la plaza principal, cubierto de sangre de pies a cabeza. No huía: sencillamente caminaba. Cuando lo interrogaron, contó sin emoción lo acaecido. Una viuda le había dado posada y cuando le servía el almuerzo derramó por equivocación un tazón de sopa caliente en sus ropas. En venganza por haberle arruinado el sayo, el hombre empuñó un cuchillo y la despanzurró como a un puerco. Luego, al ver que los cinco hijos de la mujer lo miraban con horror, procedió a hacer lo mismo con ellos, todos menores de diez años.

Cuando lo trajeron ante mi presencia y expusieron el caso, el hombre admitió haber sido el autor de los hechos, pero no se excusó ni expresó remordimiento. Para intimidarlo, le planteé las formas de ejecución: desangramiento por corte abdominal, decapitación con hacha de piedra, crucifixión inversa, empalamiento… pero él sólo asentía, sin entender la dimensión del castigo.

Yo, el emperador, domador de dragones, comandante en jefe del ejército que expulsó a esa raza nefasta de los grifos, juez supremo que ajustició a los temibles nigromantes, autor del libro en que hablo de la batalla que por cinco años libramos contra las execrables sierpes que devastaban nuestras tierras, yo, el hijo del Sol y de la Luna, no lograba entender a este maldito hombre.

Así que ordené que le suspendieran la pena. Le obsequié a la más bella de mis concubinas, con la que tuvo dos hijos. Al cabo de los años, cuando supe a través de mis espías que era feliz, que soñaba con ver crecer a sus descendientes, que le temía a la muerte, lo hice comparecer ante mí y le recordé el juicio que tenía pendiente. Cayó de rodillas y expresó horror por su nefasto pasado y, por fin, asumió su culpa y pidió clemencia.

Entonces dicté su sentencia: sería decapitado, no sin antes ser testigo de la ejecución de sus hijos y su esposa.

El roble inútil, Tchoang-Tze

oak-tree2El maestro carpintero Cheu, en su viaje en el país de Tsí pasó junto al roble que daba sombra al cerro del Genio del lugar, en Koiu-yuan. Era tan grande que en el tronco de este árbol podía esconderse un buey. Se elevaba a ochenta pies de altura y su copa la formaban unas tan gruesas que en cada una de ella hubiera podido tallarse una barca. La gente acudía por decenas para admirarlo.

El carpintero pasó junto a él sin echarle ninguna mirada. Asombrado, su aprendiz le dijo: “Pero, ¡mirad!, desde que manejo el hacha jamás he visto una pieza de madera tan hermosa. ¡Y vos ni os dignáis mirarla!” “La he visto, dijo el maestro, inadecuada para hacer una barca, un ataúd, un mueble, una puerta, una columna. Madera sin utilidad práctica. Vivirá mucho tiempo”.

Cuando el maestro carpintero Cheu volvió de Tsí, pernoctó en Koiu-yuan. El árbol se le apareció en sueños y le dijo: “Es cierto, los árboles de madera hermosa son talados jóvenes. A los árboles frutales se les rompen las ramas con el frenesí de robarles los frutos. A todos ellos, su utilidad les resulta fatal. Así, yo soy feliz de ser inútil. A los árboles, nos ocurre lo mismo que a los hombres. Si eres un hombre útil, no llegarás a viejo”.

A la mañana siguiente el maestro le contó su sueño al aprendiz y éste le preguntó: “Si este gran árbol es feliz siendo inútil, ¿por qué permitió que le hicieran el Genio del lugar?” Su maestro le respondió: “Lo plantaron allí sin preguntarle su parecer y, además, el hecho de ser el genio del lugar le importa un comino. No es la veneración popular lo que protege su existencia, sino su incapacidad para las utilidades comunes. Su acción tutelar se reduce a no hacer nada. Así sucede con el sabio taoísta, que es colocado en un lugar a pesar suyo y se abstiene de actuar.

 

Caperucita Roja políticamente correcta, James Finn Garner

brooke-shadenÉrase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representa un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.

Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana. De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.

Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es -respondió.

No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques. Respondió Caperucita:

Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial (en tu caso propia y globalmente válida) que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.

Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro. A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho. Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:

Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.

Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.

¡Oh! -repuso Caperucita. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo.

Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!

Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.

Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes! (relativamente hablando, claro está, y, a su modo, indudablemente atractiva).

Y… ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes!

Respondió el lobo:

Soy feliz de ser quien soy y lo que soy…Y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla. Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal. Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnicos en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente…

¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió Caperucita. El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.

¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! -prosiguió Caperucita. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre. Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.

Creación, Brihad Āraniaka Upanishád

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En el principio, este universo no era sino el Yo en la forma de un hombre. Miró a su alrededor y no vio nada excepto a sí mismo. Por tanto, su primer grito fue «Soy Yo», y así surgió el concepto Yo. Esta es la razón por la que, incluso hoy, cuando nos llaman, primero contestamos: «Soy yo» y después damos el otro nombre que tenemos…

Tuvo miedo. Por eso la gente no se siente feliz cuando está sola. Pensó: No hay nada aquí excepto yo mismo, ¿de qué tengo miedo? Y el miedo desapareció. Pues ¿de qué podría tener miedo? El miedo solo se refiere a un segundo.

Se sintió infeliz. Por eso no sentimos placer cuando estamos solos. Quiso un compañero. Se agrandó hasta ser del tamaño de un hombre y una mujer abrazados. Este Yo se dividió a sí mismo en dos partes y así fueron un hombre y una mujer. Por tanto, como afirma el sabio Yajnavalkya, este cuerpo, por él mismo, es como la mitad de un guisante partido. Esa es la razón por la que, en verdad, este espacio lo llena una mujer.

El hombre abrazó a la mujer y así surgió la humanidad.

Ella reflexionó: « ¿Cómo puede él unirse conmigo, que he surgido de él? ¡Me ocultaré! » Ella se convirtió en vaca, él en toro y se unió con ella, y así surgió el ganado. Ella se convirtió en yegua, él en semental; ella en burra, él en burro y se unió con ella, y así surgieron los animales de pezuña dura. Ella se convirtió en cabra, él en un macho cabrío; ella en oveja, él en carnero y se unió con ella, y así nacieron las cabras y las ovejas. Y así crearon todo lo que existe en parejas hasta las hormigas.

Entonces él supo: «Yo soy la creación, porque he generado el mundo entero » Por lo tanto fue llamado Creación.

El que comprende esto se convierte, él mismo, en creador en esta creación.

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Huellas, Eduardo Galeano

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Una pareja venía caminando por la sabana, en el oriente del África, mientras nacía la estación de las lluvias. Aquella mujer y aquel hombre todavía se parecían bastante a los monos, la verdad sea dicha, aunque ya andaban erguidos y no tenían rabo. Un volcán cercano, ahora llamado Sadiman, estaba echando cenizas por la boca. El cenizal guardó los pasos de la pareja, desde aquel tiempo, a través de todos los tiempos. Bajo el manto gris han quedado, intactas, las huellas. Y esos pies nos dicen, ahora, que aquella Eva y aquel Adán venían caminando juntos, cuando a cierta altura ella se detuvo, se desvió y caminó unos pasos por su cuenta. Después, volvió al camino compartido.

Las huellas humanas más antiguas han dejado la marca de una duda.

Algunos añitos han pasado.

La duda sigue.

El gallo de Sócrates, Leopoldo Alas (Clarín)

1Critón, después de cerrar la boca y los ojos al maestro, dejó a los demás discípulos en torno del cadáver, y salió de la cárcel, dispuesto a cumplir lo más pronto posible el último encargo que Sócrates le había hecho, tal vez burla burlando, pero que él tomaba al pie de la letra en la duda de si era serio o no era serio. Sócrates, al espirar, descubriéndose, pues ya estaba cubierto para esconder a sus discípulos, el espectáculo vulgar y triste de la agonía, había dicho, y fueron sus últimas palabras:

-Critón, debemos un gallo a Esculapio, no te olvides de pagar esta deuda. -Y no habló más.

Para Critón aquella recomendación era sagrada: no quería analizar, no quería examinar si era más verosímil que Sócrates sólo hubiera querido decir un chiste, algo irónico tal vez, o si se trataba de la última voluntad del maestro, de su último deseo. ¿No había sido siempre Sócrates, pese a la calumnia de Anito y Melito, respetuoso para con el culto popular, la religión oficial? Cierto que les daba a los mitos (que Critón no llamaba así, por supuesto) un carácter simbólico, filosófico muy sublime o ideal; pero entre poéticas y trascendentales paráfrasis, ello era que respetaba la fe de los griegos, la religión positiva, el culto del Estado. Bien lo demostraba un hermoso episodio de su último discurso, (pues Critón notaba que Sócrates a veces, a pesar de su sistema de preguntas y respuestas se olvidaba de los interlocutores, y hablaba largo y tendido y muy por lo florido).

Había pintado las maravillas del otro mundo con pormenores topográficos que más tenían de tradicional imaginación que de rigurosa dialéctica y austera filosofía.

Y Sócrates no había dicho que él no creyese en todo aquello, aunque tampoco afirmaba la realidad de lo descrito con la obstinada seguridad de un fanático; pero esto no era de extrañar en quien, aun respecto de las propias ideas, como las que había expuesto para defender la inmortalidad del alma, admitía con abnegación de las ilusiones y del orgullo, la posibilidad metafísica de que las cosas no fueran como él se las figuraba. En fin, que Critón no creía contradecir el sistema ni la conducta del maestro, buscando cuanto antes un gallo para ofrecérselo al dios de la Medicina.

Como si la Providencia anduviera en el ajo, en cuanto Critón se alejó unos cien pasos de la prisión de Sócrates, vio, sobre una tapia, en una especie de plazuela solitaria, un gallo rozagante, de espléndido plumaje. Acababa de saltar desde un huerto al caballete de aquel muro, y se preparaba a saltar a la calle. Era un gallo que huía; un gallo que se emancipaba de alguna triste esclavitud.

Conoció Critón el intento del ave de corral, y esperó a que saltase a la plazuela para perseguirle y cogerle. Se le había metido en la cabeza (porque el hombre, en empezando a transigir con ideas y sentimientos religiosos que no encuentra racionales, no para hasta la superstición más pueril) que el gallo aquel, y no otro, era el que Esculapio, o sea Asclepies, quería que se le sacrificase. La casualidad del encuentro ya lo achacaba Critón a voluntad de los dioses.

Al parecer, el gallo no era del mismo modo de pensar; porque en cuanto notó que un hombre le perseguía comenzó a correr batiendo las alas y cacareando por lo bajo, muy incomodado sin duda.

Conocía el bípedo perfectamente al que le perseguía de haberle visto no pocas veces en el huerto de su amo discutiendo sin fin acerca del amor, la elocuencia, la belleza, etc., etc.; mientras él, el gallo, seducía cien gallinas en cinco minutos, sin tanta filosofía.

«Pero buena cosa es, iba pensando el gallo, mientras corría y se disponía a volar, lo que pudiera, si el peligro arreciaba; buena cosa es que estos sabios que aborrezco se han de empeñar en tenerme por suyo, contra todas las leyes naturales, que ellos debieran conocer. Bonito fuera que después de librarme de la inaguantable esclavitud en que me tenía Gorgias, cayera inmediatamente en poder de este pobre diablo, pensador de segunda mano y mucho menos divertido que el parlanchín de mi amo».

Corría el gallo y le iba a los alcances el filósofo. Cuando ya iba a echarle mano, el gallo batió las alas, y, dígase de un vuelo, dígase de un brinco, se puso, por esfuerzo supremo del pánico, encima de la cabeza de una estatua que representaba nada menos que Atenea.

-¡Oh, gallo irreverente! -gritó el filósofo, ya fanático inquisitorial, y perdónese el anacronismo. Y acallando con un sofisma pseudo-piadoso los gritos de la honrada conciencia natural que le decía: «no robes ese gallo», pensó: «Ahora sí que, por el sacrilegio, mereces la muerte. Serás mío, irás al sacrificio».

Y el filósofo se ponía de puntillas; se estiraba cuanto podía, daba saltos cortos, ridículos; pero todo en vano.

-¡Oh, filósofo idealista, de imitación! -dijo el gallo en griego digno del mismo Gorgias; -no te molestes, no volarás ni lo que vuela un gallo. ¿Qué? ¿Te espanta que yo sepa hablar? Pues ¿no me conoces? Soy el gallo del corral de Gorgias. Yo te conozco a ti. Eres una sombra. La sombra de un muerto. Es el destino de los discípulos que sobreviven a los maestros. Quedan acá, a manera de larvas, para asustar a la gente menuda. Muere el soñador inspirado y quedan los discípulos alicortos que hacen de la poética idealidad del sublime vidente una causa más del miedo, una tristeza más para el mundo, una superstición que se petrifica.

-«¡Silencio, gallo! En nombre de la Idea de tu género, la naturaleza te manda que calles».

-Yo hablo, y tú cacareas la Idea. Oye, hablo sin permiso de la Idea de mi género y por habilidad de mi individuo. De tanto oír hablar de Retórica, es decir, del arte de hablar por hablar, aprendí algo del oficio.

-¿Y pagas al maestro huyendo de su lado, dejando su casa, renegando de su poder?

-Gorgias es tan loco, si bien más ameno, como tú. No se puede vivir junto a semejante hombre. Todo lo prueba; y eso aturde, cansa. El que demuestra toda la vida, la deja hueca. Saber el porqué de todo es quedarse con la geometría de las cosas y sin la substancia de nada. Reducir el mundo a una ecuación es dejarlo sin pies ni cabeza. Mira, vete, porque puedo estar diciendo cosas así setenta días con setenta noches: recuerda que soy el gallo de Gorgias, el sofista.

-Bueno, pues por sofista, por sacrílego y porque Zeus lo quiere, vas a morir. ¡Date!

-¡Nones! No ha nacido el idealista de segunda mesa que me ponga la mano encima. Pero, ¿a qué viene esto? ¿Qué crueldad es esta? ¿Por qué me persigues?

-Porque Sócrates al morir me encargó que sacrificara un gallo a Esculapio, en acción de gracias porque le daba la salud verdadera, librándole por la muerte, de todos los males.

-¿Dijo Sócrates todo eso?

-No; dijo que debíamos un gallo a Esculapio.

-De modo que lo demás te lo figuras tú.

-¿Y qué otro sentido, pueden tener esas palabras?

-El más benéfico. El que no cueste sangre ni cueste errores. Matarme a mí para contentar a un dios, en que Sócrates no creía, es ofender a Sócrates, insultar a los Dioses verdaderos… y hacerme a mí, que sí existo, y soy inocente, un daño inconmensurable; pues no sabemos ni todo el dolor ni todo el perjuicio que puede haber en la misteriosa muerte.

-Pues Sócrates y Zeus quieren tu sacrificio.

-Repara que Sócrates habló con ironía, con la ironía serena y sin hiel del genio. Su alma grande podía, sin peligro, divertirse con el juego sublime de imaginar armónicos la razón y los ensueños populares. Sócrates, y todos los creadores de vida nueva espiritual, hablan por símbolos, son retóricos, cuando, familiarizados con el misterio, respetando en él lo inefable, le dan figura poética en formas. El amor divino de lo absoluto tiene ese modo de besar su alma. Pero, repara cuando dejan este juego sublime, y dan lecciones al mundo, cuán austeras, lacónicas, desligadas de toda inútil imagen con sus máximas y sus preceptos de moral.

-Gallo de Gorgias, calla y muere.

-Discípulo indigno, vete y calla; calla siempre. Eres indigno de los de tu ralea. Todos iguales. Discípulos del genio, testigos sordos y ciegos del sublime soliloquio de una conciencia superior; por ilusión suya y vuestra, creéis inmortalizar el perfume de su alma, cuando embalsamáis con drogas y por recetas su doctrina. Hacéis del muerto una momia para tener un ídolo. Petrificáis la idea, y el sutil pensamiento lo utilizáis como filo que hace correr la sangre. Sí; eres símbolo de la triste humanidad sectaria. De las últimas palabras de un santo y de un sabio sacas por primera consecuencia la sangre de un gallo. Si Sócrates hubiera nacido para confirmar las supersticiones de su pueblo, ni hubiera muerto por lo que murió, ni hubiera sido el santo de la filosofía. Sócrates no creía en Esculapio, ni era capaz de matar una mosca, y menos un gallo, por seguirle el humor al vulgo.

-Yo a las palabras me atengo. Date…

Critón buscó una piedra, apuntó a la cabeza, y de la cresta del gallo salió la sangre…

El gallo de Gorgias perdió el sentido, y al caer cantó por el aire, diciendo:

-¡Quiquiriquí! Cúmplase el destino; hágase en mí según la voluntad de los imbéciles.

Por la frente de jaspe de Palas Atenea resbalaba la sangre del gallo.