Marcas de nacimiento, Nancy Huston


Cuando regreso a casa del colegio voy a mi habitación hace un calor de cuidado no soporto que haga tanto calor quiero explotar quiero que todo explote empiezo a dar vueltas por la habitación con los brazos extendidos igual que un avión que girase como loco diciendo: «rosh, rosh, rosh hashaná», y en esta actividad «Rosh» significa cabeza y «Hashaná» significa explota porque tengo la sensación de que la cabeza me va a explotar, no puedo entender las cosas y me está angustiando mucho.
Cenamos en silencio.
Vuelvo a mi cuarto y dibujo personas sin estómago luego sin cabeza luego sin brazos luego sin piernas; les pongo las piernas en el cuello y los brazos en el estómago, dibujo pechos sin cuerpo que vuelan por el aire y el ataléf de mi marca de nacimiento dice: «¡Guau! ¡Cuidado, Randall!», pero no me dice de qué debo tener cuidado y no sé a quién recurrir.
Sueño que papá se va y da portazos sin parar. La puerta golpea una y otra vez en mi sueño y entonces caigo en la cuenta de que nadie puede dar portazos tan rápido así que deben de ser disparos. Tanques. Bombas.
Me despierto por la mañana y voy a la cocina descalzo y veo algo que no había visto nunca, a mi padre llorando. Está hundido sobre el Herald Tribune encima de la mesa de la cocina y solloza ruidosamente. Ni siquiera me atrevo a preguntarle qué pasa pero cuando me acerco y me quedo a su lado me coge y se aferra a mí como si necesitara que lo protegiese cuando por lo general son los padres los que deben proteger a sus hijos, así que no sé qué hacer. Tiene la cara tan congestionada y los ojos tan enrojecidos que apenas lo reconozco: debe de llevar ya un buen rato sollozando.

El moco nacional, Juan Marsé

Le hemos salvado la vida, no sé de qué se queja, comentó el inspector Ros con voz cansina. Le estaban dando una buena manta de hostias. Si no lo sacamos de allí, lo despellejan.
Dejó el informe que acababa de redactar sobre la mesa del comisario y añadió: El vaina se sonó las narices con las banderas de los manifestantes, y claro, le zurraron a base de bien. Hay testigos de uno y otro bando, y todos coinciden en que el desmadre lo provocó él.
El detenido estaba de pie ante el comisario con las manos en la espalda.
Yo no he hecho nada malo, señor comisario. Yo…
Siéntese.
Con su permiso.
Se sentó cautelosamente, tanteándose la enrojecida nariz con el dedo. Su rostro caballuno y tristón mostraba algunos hematomas. Era un hombre bajito, canijo, con la espalda doblada y una expresión de permanente perplejidad.
Vamos a ver, explíquese.
Verá usted, señor comisario, yo no iba en la manifestación. Se me echó encima en Vía Laietana. Todo ha sido por culpa del viento, creo yo, y de este puñetero catarro que no se me va…
El comisario consultaba el informe. Sin levantar la vista le cortó, enfurruñado:
¿Le parece bonito sonarse las narices con la enseña nacional, dejando los mocos colgando en la tela para que todo el mundo lo viera? Y encima exhibía usted una gran pancarta que decía Torra está torrat, otra que decía Torracollons y otra Movistar me la chupa. ¿Qué coño significa esto último? ¿Qué especie de provocación buscaba usted?
A mí que me registren…
¿Lo niega?
El detenido enarcó las cejas, apenado y confuso.
Yo soy barrendero municipal, señor comisario, yo estaba allí por un casual y no llevaba ninguna pancarta. A mí no se me ha perdido nada en estas manifestaciones. Yo lo que hice fue recoger del suelo algunas pancartas que estaban rotas y pisoteadas, porque, ya le digo, yo soy barrendero, yo limpio la mierda de las calles, mayormente papeles y plásticos, latas vacías de refrescos y cacas de perro.
Pues le vieron sonarse en la enseña nacional.
Mentira, señor comisario.
Negarlo no le servirá de nada. A ver, cabeceó el comisario pacientemente. Lo que usted hizo fue pasarse la bandera por el forro de los cojones, porque le dio por ahí, y con ello provocó graves altercados. ¿Sabe usted que podría caerle un buen paquete por desórdenes en la vía pública y resistencia a la autoridad?
El detenido estornudó dos veces. El comisario le acercó una caja de clínex que tenía sobre la mesa, y, de pronto, él se levantó encogiéndose aún más y con mirada implorante.
Perdone, señor comisario, pero tengo que ir…
Usted no irá a ninguna parte. Siéntese.
Es que tengo que ir…
¡Le digo que se siente!
… de vientre. No puedo aguantar más.
El comisario lo miró muy serio durante unos segundos. ¿Estará pitorreándose de mí este sujeto? Después, con expresión enfurruñada y un leve movimiento de la cabeza, indicó al inspector Ros que acompañara al detenido al lavabo.
Mientras esperaba examinó el informe presentado por el inspector. Se saltó los preámbulos y pasó a los hechos: “El detenido niega que participara y mucho menos encabezara ninguna manifestación callejera por el derecho a decidir o por la libertad de presos políticos o por la Constitución o lo que sea; declara que desde las ocho horas de la mañana de hoy se encontraba barriendo la acera en el cruce de la calle Manresa con Vía Laietana, como suele hacer cada día, y que de pronto se vio rodeado por una riada de gente que subía por dicha Vía Laietana con cánticos y gritos; que exhibían banderas esteladas y grandes lazos amarillos y pancartas que decían Llibertat presos polítics, Espanya ens roba, Fem República, Volem votar, Catalunya no té Rei, y cosas así; y que de pronto, de manera también imprevista y sorpresiva, cuando él se encontraba encerrado en la cabecera de la manifestación, otro grupo les salió al paso en el cruce con la calle Manresa portando banderas españolas en la espalda a modo de capa y otras cosidas a la senyera catalana, de manera que con las dos banderas hacían una; y que gritaban Som catalans/somos españoles, Visca la Constituciò del 78, Puigdemont, pentina’t y cosas así, y que ambos bandos empezaron a discutir y a insultarse y entonces se produjo una tangana de mucho cuidado, arrojándose unos a otros las papeleras de las farolas y su contenido; y que la enseña nacional objeto del mocoso agravio, o sea, presuntamente portadora de sus mocos, y por lo que se le acusa injustamente, el detenido insiste en que ni siquiera la vio ni la tocó. Al parecer, la susodicha bandera nacional se perdió en medio del tumulto y no pudo ser recuperada, y la otra bandera tampoco, leyó el comisario, porque hay testigos que afirman que el detenido se sonó las narices dos veces, una con la nacional y otra con la estelada separatista, ya que detectaron claramente mucosidades verdosas colgando en ambas susodichas enseñas…”.
El comisario interrumpió la lectura al ver al detenido nuevamente de pie ante él, encorvado, compungido y con las manos a la espalda. Le ordenó sentarse y con un gesto de la cabeza sugirió al inspector Ros que les dejara solos. Salió del despacho el inspector y el comisario encendió un escuálido purito mientras rumiaba si la aparente urgencia de ir de vientre por parte del detenido podía haber sido fingida, una treta para suscitar lástima y propiciar un dictamen exculpatorio, así que decidió rebajarle los humos repitiendo el interrogatorio desde el principio en un tono autoritario y poco amistoso:
Veamos. Nombre y apellidos, venga.
Justino Bofill y Bonfill, para servirle.
¿Ah sí? Muy gracioso. ¿Pretende tomarme el pelo?
¡De ningún modo, señor comisario! Mis padres eran catalanes, pero yo nací en Huércal-Overa, provincia de Almería. Soy hijo adoptivo. Esbozó una tímida sonrisa de complicidad. Verá, soy catalán, pero un poco charnego, ¿sabe usted?, para qué voy a negarlo…
Ya, muy bien. Pero no se confunda usted conmigo. Porque nosotros aquí no somos los Mossos d’Esquadra, somos la Policía Nacional, así que no espere ningún trato de favor. ¿Entendido?
Claro, claro.
¿Había sido arrestado anteriormente por alguna causa?
No, no señor.
¿Perteneció usted a alguna agrupación o entidad de carácter político durante la dictadura?
No, yo he sido barrendero toda mi vida.
El comisario, que tenía una mirada algo estrábica, guardó silencio durante un rato. Finalmente dijo:
Bien, vamos a lo que importa. ¿En qué bandera tuvo usted la puñetera idea de sonarse las narices? ¿En la nacional o en la estelada? ¿O en las dos, como afirman algunos testigos?
El detenido volvió a estornudar ruidosamente.
No lo sé, de verdad, señor comisario, estaba rodeado de pancartas y de gritos y consignas y me caían palos de todas partes. Estaba en medio de una batalla campal. No veía nada.
Volvió a estornudar, se llevó la mano a la espalda y tanteó el bolsillo trasero del pantalón. Sonrió y dijo:
¿Lo ve? Todavía creo que el pañuelo sigue ahí, tonto de mí. Porque yo pensaba que me estaba sonando con mi pañuelo…
¿Qué pañuelo? Se le ha registrado y usted no lleva ningún pañuelo, ni limpio ni mocoso.
Es que se me debió caer de las manos, porque ya me estaban zurrando. Y lo perdí. Con su permiso, dijo arrancando un clínex de la caja. Se sonó aparatosamente y se quedó un rato pensativo mirando el clínex entre sus manos. El comisario le escrutaba receloso. Creo que ya sé lo que ha pasado, añadió el detenido. Cabeceó tristemente. ¿Permite usted que se lo cuente?
El comisario amagó una sonrisa irónica.
Adelante, masculló con aire aburrido.
Pues verá usted, ahora recuerdo que, en medio de aquel merdé de banderas, cuando me encontraba allí sin poder salir, todo el rato anduvo bailoteando a mi alrededor un chaval que gritaba consignas con una bandera colgada a la espalda, y pienso ahora que cuando yo empecé a estornudar y llevé la mano a la trasera del pantalón para coger el pañuelo, donde suelo llevarlo con la punta fuera para sacarlo enseguida, el maldito pañuelo ya no estaba allí, de modo que, tal vez con la ayudita de un golpe de viento, quién sabe, lo que se me vino a la mano sería la bandera del chico y me soné la nariz con ella, con los ojos cerrados y sin darme cuenta. Ahora que lo pienso, me parece recordar que era una tela muy fina… Total, saqué una cantidad de mocos que para qué le digo… Pero no me pregunte usted si la bandera que pillé a mi espalda sin querer era la estelada o la enseña nacional, que eso a mí, aunque las respeto todas, que conste, pues qué quiere usted que le diga, la verdad, me la trae bastante floja, y perdone la expresión… Me doy cuenta de que está mal lo que he hecho, pero le juro por mi madre que sólo me soné una vez. Lo que seguramente pasó fue que esa bandera, fuera la que fuese, debió chocar o rozar otra bandera que andaba cerca y le pegó parte de la mucosidad, vaya, que se engancharon y se repartieron los mocos, digamos. Y por eso de pronto me cayeron insultos y palos de todos lados, unos y otros me culparon por creer que me estaba pitorreando de su bandera… Digo yo que debió pasar eso, señor comisario. Debe usted creerme. Es la verdad verdadera…
El comisario fumaba su purito con parsimonia, sin quitarle ojo al detenido. Éste se hizo con otro clínex y se sonó. Dejó otra vez la caja sobre la mesa, el comisario la cogió y durante unos segundos la miró en sus manos como si descifrara un enigma. El fulano no es un jeta ni parece un alborotador, pensó vagamente, es un cateto, un pobre diablo. Levantó la cabeza y dijo:
Aclaremos algo que usted parece no haber entendido bien. A usted le han traído aquí, no por ultrajar la bandera nacional, o la que sea, usted está aquí por provocar desórdenes públicos al no controlar, digámoslo así, sus mucosidades. Esa es la cuestión… Su comportamiento irresponsable propició un choque violento entre dos manifestaciones de signo distinto, pero ambas legales, resultando varias personas contusionadas… En fin, añadió en un tono más resignado que disgustado, de todos modos parece que hoy en día, eso de ultrajar banderas, quemarlas o mearse en ellas, ya no constituye delito. Si de mí dependiera… Pero acabemos.
Dio un fuerte golpe sobre la mesa con la mano.
Venga, coja sus cosas y váyase a casa. Y espero no volver a verle por aquí. ¡Andando! ¡Lárguese!
El detenido se levantó presto y el comisario añadió:
Y llévese los clínex, hombre. Por si acaso.
Justino Bofill y Bonfill dio las gracias, cogió la caja de clínex y salió del despacho. En la puerta de la Jefatura le entregaron sus utensilios de trabajo, la escoba, el capacho y el carrito de la basura con el lema Barcelona posa’t neta pintado en los costados. Iba despacio Vía Laietana abajo cuando, al llegar al cruce con la calle Manresa, donde habían ocurrido los hechos, vio sobre la acera dos cacas de perro resecas y separadas por un par de metros, una en forma de pequeña salchicha de color rojizo y la otra amarillenta y en forma de pirulí. Dedujo por experiencia profesional que allí se habían cagado dos perros, cada uno a su gusto y manera. Recogió la mierda con la escoba y el capacho, la depositó en el carrito de la basura y siguió su camino

El sur en mis ventanas, Rosa Espinoza

No miro televisión. Prefiero las ventanas. La mía es grande y voltea al sur. La gente piensa que cuando uno las abre, salen cosas y no, entran. En realidad son puertas. El sol peina sus cristales, remueve la flojera de mis ojos, luego vienen los pichones y el día se desata. Los recuerdos son ventanas. Una mosca gruesa golpea contra el cristal duramente. Insiste, insiste, insiste hasta que se derrumba y muere. Solía esperar a mi madre, nadie me dijo que no regresaría. Las ventanas son espera. Una piedra atraviesa los cristales y su música es una alegoría, un sueño, una expectativa. Nunca una tragedia. Por mi ventana atraviesan sueños, damas elegantes, gatos pulgosos, arañas trasnochadas. Cuando miro por la ventana de los otros, armo sueños sin dormir. A veces, me miro pasar y hago que no me veo, pero me detengo y encuentro visajes que no me conocía. A las moscas verdes les gusta mirar por la ventana. El eco del zumbido les excita. Un horizonte morado se asoma, deja ver el ocaso cansado de la ciudad. Mi madre nunca llegó, pero está ahí, prendada del alféizar, entre las cortinas y el sopor. Una ventana es inicio y fin.

Palomas negras, Dashiell León Reyes


A veces, en la madrugada, me despierto con ganas de ser yo. Entonces saldría desnudo a la calle, correría gritando cosas que muchos no desearían oír. A las mujeres hermosas las colmaría de oprobios mientras cruzo la calle estando la luz verde. Comería con mucha grasa y tomaría helados hasta reventar. Entonces cogería un pico para acabarle con el césped a mi vecino o sacar de raíz los rosales de su esposa. Bebería alcohol, tanto que no podría moverme en días. Rompería los cestos de basura y con su contenido inundaría las aceras. Apedrearía cuanto cristal encontrara a mi paso, sobre todo, los de aquellas tiendas que hacen a unos creerse mejores que los otros.
Entonces, haría una gran hoguera para quemar todos los periódicos que hablan de la guerra y suciedades por el estilo, y las revistas que nos obligan a vestirnos de una forma o a peinarnos de otra. También prendería fuego a la hipocresía, la envidia y la mentira. Entonces, tomaría mis esprays y saldría a la calle a hacer graffitis. No quedaría un muro sin una de mis obras. Pintaría corazones verdes para demostrar mi amor y un montón de palomas negras que simbolicen mi libertad.
Entonces, entonces me duermo y despierto en la mañana, siendo yo. Salgo a la calle, con ropa y, si hablo, apenas subo el tono de mi voz. Espero en la acera el cambio del semáforo y miro de reojo a las mujeres hermosas. Como algo ligero y con gran hipocresía elogio el horrendo jardín de mis vecinos. Siempre estoy sobrio, en ocasiones paso días sin beber ni un trago. Entonces viajo con las manos llenas de papeles o latas, hasta encontrar un cesto dónde verterlos. Voy de vidriera en vidriera buscando objetos caros que demuestren cuán importante soy. Entonces, contemplo extasiado la belleza de los muros sin dibujos. Me siento en el parque para hojear una revista y comprobar si estoy a la moda. Mientras paso las hojas, alimento a las palomas, pero no a todas, sólo a las negras, a esas palomas negras que simbolizan mi libertad.
(Nota de prensa y otros minicuentos)

Esquizofrenia, María Teresa Balen

 

Querido psiquiatra:

Como usted me dijo que cuando tuviera un problema se lo hiciera saber, así lo hago. Se lo tengo que explicar por carta, pues cuando le conté a mamá que lo iba a llamar por teléfono para preguntarle, me lo prohibió, diciéndome que lo debía resolver yo solo y que no tenía por qué molestarlo a usted con estas cosas. Así que si lo llamo, ella se entera, ¿comprende?

El problema es el siguiente: me han pedido en el colegio que escriba sobre un tema específico, el cual debo leer en voz alta y con gran seguridad. Las ideas deben ser claras y manifestar mi pensamiento al respecto. El tema es la Esquizofrenia. Le pregunté a papá qué quería decir, y me dijo que era un problema mental que tenían las personas que no vivían en hogares felices.

Mamá me mandó directo al diccionario, busqué, pero le juro que no entendí la definición. Tato, mi hermano mayor —quien es universitario— me dijo que eso era una enfermedad producida por el mundo capitalista en que vivimos. El día de mi exposición se acerca, y aún no sé qué decir ni cómo empezar; estoy hecho un lío, cada vez entiendo menos. Espero que el jueves me explique qué debo hacer.

Hablando de otra cosa, le cuento que he seguido fielmente sus instrucciones y creo que la cosa en mi casa está funcionando bien. La solución tardó en llegar, es personal como usted sugirió, y ha dado sus frutos. Ya no digo lo que pienso, sino lo que quieren que diga; en cuanto a hacer lo que quiero, para no molestar a nadie y poderme dar gusto, lo hago a escondidas. Creo que he dado en el clavo, pues mi casa es ahora como todas; ya no hay hijo problema. ¡Ah!, oí a mamá comentándole a una amiga por teléfono, que estaba feliz con usted pues yo ahora sí era un muchacho normal. Así que, según dijo ella, el jueves me acompañará a su consultorio para cancelarle lo que le debe, y darle las gracias en nombre de todos. Papá está feliz. Nos vemos el jueves.

Gracias.

De lo que pasó al cuerdo con el loco, Don Juan Manuel

Un buen hombre tenía instalada una casa de baños con una excelente pileta. Más he aquí que en la misma ciudad vivía un loco, el cual iba todos los días a la pileta; y cuando la gente se bañaba, golpeábales con piedras y palos, obligándolos a huir asustados.

Corrió la voz por toda la ciudad y llegó un momento en que nadie se atrevía a ir a la casa de baños, con lo cual el propietario perdía sus ingresos.

Viendo que las cosas iban mal y no llevaban trazas de arreglarse, decidió el dueño del negocio poner remedio al asunto. Madrugó un día, y tomando una maza y un balde de agua hirviendo, se dispuso a esperar la llegada del loco.

Vino éste como todas las mañanas, y quiso golpear a los que se bañaban, según tenía por costumbre. Pero el dueño, apenas lo vio entrar, dirigióse hacia él sin la menor vacilación, lanzóle a la cabeza el contenido del balde de agua hirviendo, y, empuñando luego la maza, empezó a dar con ella tantos y tan fuertes golpes al demente, que creyó éste que había llegado su hora postrera.

Sin embargo, no se quedó a recibir la paliza. Echó a correr con todas sus fuerzas, gritando desaforadamente y quejándose a gritos.

Quienes lo encontraron por la calle mostrábanse sorprendidos, y le preguntaron la razón de tan extraña conducta. Y el loco contestaba:

—Cuidado, amigos, que en la casa de baños hay otro loco.

Estimada Greta Garbo, William Saroyan

Espero haya tenido la oportunidad de verme en el noticiero de los recientes tumultos de Detroit, donde me rompieron la cabeza. Nunca trabajé para Ford pero un amigo me habló de la huelga, y como no tenía nada qué hacer ese día, fui con él para ver el escenario de los disturbios y anduvimos merodeando entre pequeños grupos que criticaban diversas cosas, haciendo gala de frases bastante radicales, pero no les presté mucha atención.

No creí que fuera a suceder nada, pero al ver los automóviles de los noticieros, me dije: “Bueno, he aquí llegada mi hora de aparecer en el cine, como siempre he deseado”. En consecuencia, me quedé por allí a la espera de mi oportunidad. Siempre estuve seguro de tener rostro fotogénico. Y me agradó mi aventura, aunque el leve accidente me retuvo en el hospital una semana.

Sin embargo, tan pronto como lo abandoné me fui a un cine del barrio, donde vi que estaban exhibiendo el noticiero en que tomaba parte y saqué una entrada para contemplarme en la pantalla. Sin duda que era magnífico y, si usted prestó atención a la película, no pudo dejar de fijarse en mí, porque soy el joven del traje azul que pierde el sombrero al empezar la estampida. ¿Se acuerda? Volví la cabeza a propósito tres o cuatro veces a fin de que la cámara captara mi rostro y creo que me habrá visto sonreír. Quería ver cómo era mi sonrisa en la cinta, y, aunque me esté mal el decirlo, me parece bastante aceptable.

Me llamo Félix Otría, descendiente de italianos. Me he recibido en una Escuela Superior y hablo el inglés como un nativo, a la par que el italiano. Me parezco algo a Rodolfo Valentino y a Ronald Colman y con seguridad que me gustaría saber que Cecil B. de Mille o alguno de esos personajes me ha visto y ha declarado que en mí hay buena pasta para actor de cine.

Vi en el noticiero la parte del tumulto que no pude presenciar por haber perdido el conocimiento y debo confesar que fue bastante serio, con mangueras, bombas lacrimógenas y demás. He visto el noticiero once veces en tres días y puedo decir con seguridad que ningún otro hombre, ni civil ni policía, sobresale de la multitud como yo, y me pregunto si usted llevará el asunto ante la Empresa para la cual trabaja y ver si me toman una prueba.

Me consta que lo haré bien y se lo agradeceré mientras viva, señorita Garbo. Tengo la voz potente y puedo representar muy bien el papel de galán, por lo que espero me hará usted este pequeño favor. Y hasta me atrevo a confiar en que, un día no lejano, pueda tener a mi cargo el papel de héroe en una película suya, ¿quién sabe?

La saludo respetuosamente,

Félix Otría

Respuesta al Coronel, Orlando Mejía Rivera

Respetado Coronel:

En mi calidad de funcionario del ministerio me permito responder, reconociendo cierta tardanza y pidiéndole disculpas de antemano, a su solicitud de pensión de veterano de la guerra de los Mil días. Pero antes de informarle, de manera detallada, en que van los trámites de su petición número mil ochocientos veintitrés, permítame felicitarlo en nombre de todo el Estado porque nos hemos enterado de su espíritu patriótico, digno de imitar por las nuevas generaciones, al comprender que la resignación y la paciencia son grandes virtudes ciudadanas y que, como lo ha dicho usted mismo: “El que espera lo mucho espera lo poco”.

La célebre máxima “la justicia cojea, pero llega” es uno de los principios filosóficos de nuestro ministerio y debo mencionarle, entonces, que su pensión no ha salido todavía, porque sus documentos se traspapelaron desde el siglo pasado. Sin embargo, hemos decidido otorgarle, en compensación y mientras tanto, una hermosa medalla de reconocimiento a su valor, como el valiente combatiente que fue en las gloriosas gestas guerreras del pasado de la nación.

Además, le quiero comunicar una última y grata sorpresa: El Estado, que siempre está pendiente de las necesidades y los intereses de su pueblo, ha tomado la determinación institucional de poner en práctica su brillante idea de manutención en tiempos difíciles. Estamos seguros de que, con esa peculiar y olorosa dieta, con la que usted ha sobrevivido todos estos años, implementada al ochenta por ciento de la población del país, lograremos mejorar los índices nutricionales y, en especial, nos constituiremos en un ejemplo natural y ecológico de “reciclaje alimenticio”, merecedor de ser replicado por el resto de gobiernos del continente.

Atentamente,
Pedro Pérez.
Asistente auxiliar
Archivo de documentos extraviados.

La consecuencia de los semáforos, António Lobo Antunes

Odio los semáforos. En primer lugar porque están siempre en rojo cuando tengo prisa y en verde cuando no tengo ninguna, sin hablar del amarillo que me provoca una indecisión horrible: ¿freno o acelero? ¿Freno o acelero? ¿Freno o acelero? Acelero, después freno, vuelvo a acelerar y al frenar de nuevo ya me ha entrado una furgoneta por la puerta, ya se ha juntado un montón de gente con la ilusión de la sangre, ya un tipo empuñando una llave inglesa ha salido de la furgoneta llamándome Pedazo de imbécil, ya la compañía de seguros me propone calurosamente que la cambie por una cualquiera de la competencia, ya no tengo auto por una semana, ya me sitúo en el bordillo de la acera haciendo señales de náufrago a los taxis, ya pago un dineral por cada viaje y para colmo tengo que aguantar la luciérnaga mágica y la virgen de aluminio del salpicadero, el esqueleto de plástico colgado del retrovisor, el autoadhesivo de la chica de pelo largo y sombrero al lado de la advertencia «No fume que soy asmático», proximidad que me lleva a suponer que los problemas respiratorios se acentuaron debido a alguna perfidia secreta de la chica que no consigo saber cuál es.

La segunda y principal razón que me lleva a odiar los semáforos es que cada vez que paro aparecen junto al cristal de la ventanilla criaturas inverosímiles: vendedores de periódicos, vendedores de tiritas, las señoras virtuosas con una caja de metal al pecho que nos pegan autoritariamente en el corazón el cangrejo de Cáncer, los vagabundos de la Liga de los Ciegos João de Deus cerca de un altavoz sobre una camioneta con un espadón nuevo con la hoja hacia arriba, el tipo digno a quien le robaron la billetera y necesita dinero para el tren de Oporto, el tuberculoso con su certificado como prueba, toda la casta de minusvalías (microcéfalos, macrocéfalos, cojos, jorobados, estrábicos divergentes y convergentes, bocios, brazos raquíticos, manos con seis dedos, manos sin ningún dedo, mongoloides, dirigentes de partidos políticos, etc.) sin contar el grupo de Bomberos Voluntarios que necesita una ambulancia, los estudiantes de la última promoción de Coimbra, con capa y toga, que decidieron hacer un viaje de fin de curso a Birmania y la panda de heroinómanos que no ha logrado robar ningún radiocasete ese día.

Resultado: en el primer semáforo ya no tengo calderilla. En el segundo no tengo chaqueta. En el tercero no tengo zapatos. En el quinto estoy desnudo. En el sexto he entregado el Volkswagen. En el séptimo espero que la luz se ponga en rojo para asaltar a mi vez, junto con una multitud de bomberos, de estudiantes, de drogadictos y de microcéfalos al primer automóvil que aparece. De media cambio cinco veces de ropa y de auto hasta llegar a mi destino y, cuando llego, al volante de un camión TIR, bailando en unos pantalones enormes, mis amigos se quejan de que no soy puntual.

Carta para Suecia, Slawomir Mrozek

Distinguido señor Nobel:

Solicito humildemente que me sea concedido el premio que lleva su nombre.

Mis motivos son los siguientes:

Trabajo como contable en una oficina estatal y, en el ejercicio de mis funciones, he escrito unos cuantos libros, a saber: el Libro de entradas y salidas, el Libro de balances y el Libro mayor. Además, en colaboración con el almacenero, escrito una novela fantástica titulada Inventario.

Creo que le gustarían, porque son libros escritos con imaginación y tienen mucha gracia (son auténticas sátiras). Si deseara leerlos, podría prestárselos, aunque por poco tiempo, porque están muy solicitados. Quien tiene más interés es el inspector de Hacienda, ya puedo oír su voz en el despacho de al lado.

Hablando del inspector, preveo que tendré ciertos gastos, porque me temo que los libros no van a ser de su agrado. Precisamente le escribo a usted esta carta para que el premio me permita sufragarlos. Por favor, mande el giro a mi domicilio. Dejaré una autorización a nombre de mi mujer, por si yo no estuviera ya en casa el día que venga el cartero. En tal caso, el dinero servirá para pagar al abogado o… Espere un momento, señor Nobel, acaba de entrar el inspector.
Ya se ha marchado. ¿Sabe qué le digo, señor Nobel? Mándeme mejor dos premios. No tiene usted idea de cómo se han disparado los precios.

El equilibrio del mundo, Gines Cutillas


Del único hijo que estaba seguro era del pelirrojo. A los otros dos no los había visto en mi vida. Tras mucho pensar, llegué a la conclusión de que al salir del hipermercado, con la confusión del gentío, me los habían cambiado. No me importó. Los cuidé durante tres años, confiando que otros harían lo mismo con los míos. Hasta el día del parque de atracciones, que con tanto crío me cambiaron al pelirrojo y al mayor de los extraños por una niña y un mulatillo. A éstos los crié durante casi diez años pero un día, al volver de la universidad me llegaron transformados. La chica por un joven que hablaba inglés y el que más tiempo había pasado conmigo por otro con gafas que parecía autista. Aún así, y pensando que la vida era esto, consentí pagarles los estudios hasta el final.

El día que se casaba el inglés, los padrinos –que iban a ser su pseudohermanos- fueron sustituidos por dos chicas gemelas. Nada feas a decir verdad.

Ahora, ya en el lecho de muerte, espero cada vez que se abre la puerta de la habitación y entran tres jóvenes extraños, que sean mis hijos, los de verdad, los primeros, para poder despedirme de ellos y de este mundo que ya no entiendo.

Miedo a la eternidad, Clarice Lispector


Cuando era pequeña, todavía no había probado los chicles y en Recife se hablaba poco de ellos. ¿De qué tipo de caramelo se trataba? El dinero que tenía no alcanzaba para comprarlos, y con esa misma cantidad podría conseguir un montón de dulces. Finalmente, mi hermana reunió el dinero, los compró y, al salir hacia la escuela, me explicó:
—Ten cuidado de no perderlo, porque este caramelo nunca se acaba. Dura toda la vida.
Yo estaba atónita: había sido transportada al reino de las historias de príncipes y de hadas. Cogí el pequeño chicle rosa que representaba el elixir del largo placer. Lo examiné. Casi no podía creer en el milagro. Con delicadeza, acabé por metérmelo en la boca.
—Y ahora, ¿qué hago? —pregunté, para no equivocarme en el ritual que seguramente había.
—Chupa para ir notando el azúcar y, cuando se acabe, empiezas a masticarlo. Y entonces sigues masticando toda la vida. A no ser que lo pierdas, yo ya he perdido varios.
Perder la eternidad. Nunca. El azúcar del chicle era bueno, pero no muy bueno. En cierto momento, se acabó el azúcar.
—Y ahora ¿qué?
—Ahora mastica para siempre.
Me asusté, no sabría decir por qué. Masticaba y masticaba aquella cosa pegajosa que no sabía a nada. Me sentí decepcionada: no me gustaba el sabor y la ventaja de que fuese eterno me daba miedo. No quise confesar que no estaba a la altura de la eternidad, que me producía angustia. No aguanté más y, al cruzar el portón de la escuela, me las arreglé para que el chicle se cayera.
—¡Mira qué me ha pasado! —dije con fingido asombro y fingida tristeza.
—Ya te dije —repitió mi hermana— que no se acaba nunca. Pero a veces los perdemos. Hasta de noche podemos ir masticando, pero para no tragárselo durante el sueño hay que pegarlo a la cama. No te pongas triste: un día te daré otro, y ése no lo perderás.
Yo estaba avergonzada ante la bondad de mi hermana, avergonzada de la mentira que le había soltado, pero aliviada, sin el peso de la eternidad sobre mí.

Misiones profanas, Bob Kaufman

Quiero que me entierren en un cráter anónimo en la Luna.
Quiero construir minigolfs en todas las estrellas.
Quiero probar que la Atlántida fue un sitio de veraneo para el hombre de las cavernas.
Quiero probar que la ciudad de Los Ángeles es una broma que nos gastaron los seres superiores de un planeta simpático.
Quiero denunciar al Cielo, un sanatorio exclusivo, repleto de ricos psicópatas que creen poder volar.
Quiero demostrar que la Biblia se publicó en una revista romana para niños.
Quiero probar que el sol nació cuando Dios se quedó dormido con un cigarro encendido, exhausto tras una dura noche como juez.
Quiero probar de una vez por todas que no estoy loco

La nieve, Inger Christensen

Hoy todos los pacientes nos hemos puesto de acuerdo para decir que nevaba. Nos colocamos todos junto a las ventanas, pegamos las caras contra los cristales y nos regocijamos con la nieve; la describíamos y soñábamos con lo maravilloso que sería ponernos a jugar con ella. Entretanto el sol resplandecía y los médicos estaban confusos sobre nuestro acuerdo y no sabían si debían actuar como si estuvieran locos y decir que nevaba o actuar como si estuvieran locos y decir que no nevaba. Mientras tanto, vimos que el personal salía al jardín y allí se ponían a dar vueltas corriendo y hacía como si todo estuviese lleno de nieve. No sé si fue nuestra agitación lo que había ayudado o si ellos estaban aprovechando la confusión general para tomarse un descanso y salir y retozar y gozar del sol. Pero ahora eso no tiene importancia. Porque la prensa llegó y fotografió al personal que corría por todas partes tirando bolas de nieve y patinando y hacían muñecos de nieve y se revolcaban unos contra otros en la nieve. En los periódicos escribieron que todo el personal se había vuelto loco

Marta y María, Agustín Yañez

Huérfanas, desde muy chicas las recogió su tío don Dionisio, cuando estaba destinado en Moyahua. La madre de las niñas era hermana del eclesiástico; el quebranto de la viudez y el clima del cañón la mataron en breve, y aquéllas quedaron al amparo de la abuela, que tampoco les duró mucho, pues al venir al pueblo el asma de la anciana se recrudeció y la condujo al sepulcro. Fue grave crisis para don Dionisio el de su personal orfandad —siempre se sintió niño junto a su madre—, agravada con el problema de aquellas muchachitas, no sólo incapaces para hacerle casa, sino urgidas de cuidados especiales, de educación y de ternura. Sólo Dios sabe cómo ha ido saliendo de tal apuro, los esfuerzos de delicadeza y rigor, el equilibrio de circunspección y asistencia en todos los órdenes. Marta tiene ahora veintisiete años y María veintiuno. El alma de Marta está tocada de penumbra; la de María es radiante, sin que la común inhibición la haya opacado en modo alguno. Marta es pálida, esbelta, la cara ovalada, las cejas nutridas, grandes las pestañas, los ojos hondos, la boca exangüe, la nariz afilada, sin relieve los pechos, el andar silencioso y lenta la voz; María es morena, la cara redonda y sanguínea, la boca carnosa y coronada de ligerísimo bozo, los ojos grandes y glaucos, de rápidos movimientos, el timbre de la voz grave y juguetón. Enérgicas una y otra, serena es la mayor, impaciente la pequeña. Nunca han salido del pueblo; pero la secreta, cada vez más íntima e imposible ambición de María es conocer siquiera Teocaltiche; antes gozaba —todavía, sí, recónditamente, muy a solas, todavía, sin que nadie lo sepa ni lo imagine—, goza figurándose cómo será una ciudad: León, Aguascalientes, Guadalajara, Los Ángeles (donde vivió su padre), San Francisco (donde murió), Madrid, Barcelona, París, Nápoles, Roma, Constantinopla; le gusta leer: casi sabe de memoria el Itinerario a Tierra Santa y la novela Staurofila; como no acierta a conocer lo que disguste a su tío, y han sido frecuentes, duras, las reprimendas por ese vicio, lee a hurtadillas; tenía pasión por los libros de geografía, pero tanto la exaltaban y con tantas preguntas colmaba la paciencia de don Dionisio, a quien importunaba para que la llevara a alguna de las peregrinaciones, que éste acabó por quitárselos y prohibírselos; cuando llegan cartas, anuncios y periódicos destinados a su tío, se le van los ojos tras de los sellos postales que dicen claramente: Guadalajara, México, Barcelona, París; en los calendarios que anuncian vinos de consagrar, velas, artículos religiosos, etcétera, no se cansa de leer las direcciones: Madrid, calle fulana, número tantos; y los periódicos; quién sabe si por ella su tío no reciba más que revistas religiosas y La Chispa; dejó la suscripción de El País, que traía bonitos figurines y noticias interesantes; el Padre Reyes todavía la recibe y le presta algunos números al señor cura, que María lee a la descuidada; últimamente estaba leyendo Los tres mosqueteros; pero ya no ha podido ir a casa de Micaela Rodríguez, que trajo el libro, de México. Micaela era su íntima amiga; desde chicas congeniaron; ahora que volvió de México no hallaba dónde ponerla para que le platicara todo, todo lo que había visto; ¡qué admiración y hasta envidia! ¡qué vestidos! Volvió medio cambiada, medio chocante, orgullosa y media; todo se le podía pasar por haber estado donde estuvo y haber conocido tantísimas cosas de milagro: el cine, los teatros, los restaurantes, el tren, los tranvías; pero sucedió que a don Dionisio no le parecieron bien ciertas pláticas de Micaela y menos sus modas dizque indecentes, prohibió a María que siquiera la saludara y amenazó con despedir a la amiga si volvía a poner el pie en el curato. En general no le gusta a su tío que tengan amistad con nadie; cada día es más retraído con ellas, apenas les habla lo indispensable, se da a entender con los ojos, con la actitud; cualquiera diría que no les tiene ningún afecto, a no ser por algunos detalles elocuentes: el año pasado, por ejemplo, María estuvo gravemente postrada con una fiebre intestinal y don Dionisio anduvo como loco, más que si fuera su padre.
María y Marta son, en efecto, las cuerdas sensibles del viejo cura: la violencia con que trata de disimular el cariño que les profesa es el mejor testimonio de la profundidad con que las quiere. En lo íntimo, la predilecta es María, que vino a su amparo pequeñita, de unos cuantos meses, a quien enseñó a hablar, a rezar, a leer (qué íntima ternura cuando lo recuerda); quizá también por su genio difícil que tan frecuentes dolores de cabeza le proporciona. Marta es la sobrina de las confianzas: lleva las cuentas de la casa y de la parroquia, guarda y distribuye el dinero, es el ama del hogar. ¿Qué haría humanamente si le faltaran aquellos retoños de su sangre, casi criaturas suyas, qué haría sin ellas el anciano?

Jubilación anticipada, Ramón Asís Alonso

Siempre he tenido admiración por Chaplin. Un hombre que crea un personaje como Charlot debería haber sido indultado por Dios para que viviera siempre. Pero no hay Dios (en la mente de muchos sí) y eso Chaplin lo sabía, se le notaba. Por eso en sus películas administraba piedad, amor y patadas en el culo, para que sus personajes de ficción se fueran de esa vida con lo que habían merecido. Todo esto lo pensé después de ver su película A Dog´s Life, sentado en mí sofá, al comenzar la noche, acompañado de una botella de Johnnie Walker etiqueta negra, medio vacía o medio llena, según se mire. Era mi primera noche después de haber dejado mi profesión por jubilación anticipada, a los cincuenta y cinco años.

Vivía por entonces solo. Fernanda, mi mujer y madre de mis dos hijos, Julio y Susana, se había cansado de mí. Eso dijo ella en la nota que dejó cuando se fue de casa. Pasaron los años y yo no experimentaba el menor deseo de tener una nueva pareja.  De vez en cuando me hacía compañía, en mi cama, alguna amiga que no tuviera el peligro de quererse enredar en una madeja que luego cuesta deshacer.

El día de mi despedida de la oficina, en plenas navidades, brindamos con cava por mi futuro, futuro que a nadie importaba. La sala de reuniones estaba adornada de guirnaldas y otros adornos con motivo de las fiestas, lo que hizo el momento más alegre en general pero triste para mí en particular. El director me entregó, en nombre de la empresa, el clásico reloj de pulsera como recuerdo de mi estancia en ella. Mis compañeros me gastaron bromas dándome a entender que me iban a echar de menos. Recibí abrazos y besos. La cara de algunas compañeras, sobre todo con las que más había intimidado, trataban de disimular –sin éxito– cierta tristeza. Solo Silvia, al darme un abrazo y un beso sentido, me dijo al oído que si no había contraorden iría a mi casa a las diez, para despedirnos de verdad.  Ella también se despedía de su soltería porque se iba a casar a la semana siguiente.

Y así fue.

–¿Cuándo la has comprado? –me preguntó Silvia cuando llegó, mirando la botella de Whisky.

–Hace días, pero si me preguntas cuándo me he bebido lo que falta te diré que la pasada noche, durante la película.

Silvia se quitó la blusa y los ajustados pantalones. Comenzó a besarme y me pidió que atenuara la luz. Me pregunté qué habría hecho Chaplin con esos dos espíritus: uno de doce años con una etiqueta negra con sabor a madera de roble, y otro de veinticuatro que portaba una única etiqueta, sus braguitas, también negras, con aroma a mujer. Habría dado gracias al dios en el que no creía. El revolcón de esa noche fue más sentido. Hubo voluntad de prolongación por parte de ambos.

Todo lo importante en esta vida dura una hora y tres cuartos, más o menos: El nacimiento de un hijo, el entierro con funeral de un padre, un buen polvo, una buena película, una comida con amigos, una deseada soledad… Pensando todas esas cosas mientras Silvia dormía a mi lado, medité qué haría con mi vida a partir de entonces. No tenía que trabajar. Tendría mucho tiempo libre. No tenía ataduras sentimentales con ninguna mujer. Mis hijos tenían su vida fuera de Madrid y tan solo coincidíamos de vez en cuando. Estaba solo.

Miré a Silvia detenidamente en la penumbra. Su olor era especial. Embriagaba, sobre todo en las noches de amor. Nunca usaba perfumes. A sus veinticuatro años poseía un cuerpo maravilloso. Era alta y su piel, morena, poseía una suavidad poco común. Observé su cara, tan cerca de mí. Sus labios eran gruesos, casi infantiles, con pómulos que destacaban en su rostro sereno. Pensé que sería la última vez que contemplaba a esa mujer que me había hecho tan feliz con su eterna y sincera alegría. Era una niña rica, hija de papá, que no dejaba de exprimir la vida con sus deseos. Yo era una pequeña parte de su vida, quizá un capricho. También un amigo al que solo ella pedía compañía y cariño. Ella también me jubilaba.

Todo termina, concluí.

La última palabra, Liliana Savoia

Sra. madura vistiendo a un cuerpo masculino inerte. En un murmullo se habla a sí misma.
Claro, no ibas a dejar tu lugar a último momento. Era imposible que me dieras el gusto, después de todo, quien soy yo para que vos me otorgaras una oportunidad. Tenías que tener la última palabra como siempre. Treinta años cerrando toda conversación sin importar de qué se tratara, vos siempre teniendo la razón y pontificando. El broche final siempre era tuyo.
Pero ahora, yo tenía la ocasión de resarcirme de tanta soberbia.
Era mi momento y lo tendría que haber disfrutado. No me importaba esperar. Me sentía como si los Dioses me hubieran tocado con sus dedos.
Vos, siempre vos, encontrando las palabras justas para dar por terminado cualquier diálogo. Cuánto esperé por este momento. Treinta años, treinta largos y callados años, en donde saboreé palabras que se me pegaban al paladar sin poder encontrar el camino de salida. Me sentía flotar disfrutando de antemano el manjar de cerrar con una frase el capítulo final. Este era mi momento. Pero no, vos siempre ganás, aunque sea lo último que hagas en tu vida. Y esa estúpida enfermera mirándome al entrar en la habitación, diciéndome cuánto lo lamentaba, que había ocurrido de improviso. Pero pobrecito, sus últimas palabras fueron para usted.
Tus últimas palabras, siempre igual, vos dando la última palabra, y otra vez me guardo las frases que tenía preparadas, y me las trago porque vos, como siempre, cerrás todas las puertas. Pero esta vez no voy a darte el gusto, me daré la ocasión de ser la protagonista.
Como viuda flamante en que me has convertido, me pondré ropa oscura para que contraste con la palidez de mi rostro, que tengo demacrado después de tantas semanas de no dormir bien y lloraré sin descanso, todos me saludarán para darme las condolencias y yo, en un gesto de dolor por la pérdida, diré las última palabras ¡Pobrecito, cuanto te voy a extrañar!

TELÓN

 

Casa de citas, Guillermo Cabrera Infante

Pasamos a nuestra habitación, los cuatro acomodados en una cama, incómodos. Por lo menos en el cuarto del solar dormíamos en dos camas. Pero como ya no era un niño, no había manera de quejarme. Así decidí dormirme. No bien lo intenté, fui despertado (mejor dicho, no llegué a dormirme, no que padeciera de insomnio —ese mal es un hábito adquirido de adulto— sino que nos habíamos acostado demasiado temprano) por unos extraños ruidos, difíciles de definir. Eran humanos pero parecían animales, como de grandes gatos. Los maullidos se disolvían en improbables sollozos, luego volvían a surgir por otra parte: estábamos rodeados de gritos. Más bien de gritones, aunque tengo que decir que en un momento logré identificarlos específicamente como gritonas. Eran mujeres las que ululaban, pero a veces los maullidos de las mujeres eran acompañados por mugidos de hombres. También oía palabras sueltas, frases que no podía identificar, dichas tal vez en otro idioma. Los mugidos y los maullidos duraron la mayor parte de la noche que estuve despierto. Recordé la horrorosa película mexicana La llorona, en la que un alma en pena viene a perturbar a los vivos y a aterrorizar a los espectadores. Pensé en el zoológico que había visto frente al parque Maceo, con sus animales exóticos. Pero ni recuerdo ni pensamiento pudieron explicarme la serie de sonidos oídos esa noche. ¿Sería el viento? Al otro día abandonamos el hotel bien temprano. Mi padre estaba contrariado pero mi madre parecía divertida. Es más, se estaba riendo. Ambos sentimientos y reacciones de mis padres estaban dirigidos no uno al otro sino al edificio: mi madre se reía del hotel, mi padre estaba molesto con la fachada. Años después vine a enterarme de que habíamos pasado esa noche en lo que se llama en La Habana una posada: en un hotel de paso, un hotelito, una casa de citas. Mi padre estaba amoscado, contrariado por su elección: era evidente que la noche y la premura lo confundieron y lo hicieron elegir un hotelito como hotel para familias, confusión explicable, no sólo porque los términos son cercanos y las arquitecturas similares, sino porque mi padre no conoció nunca una posada: no era hombre de citas en casa de citas por razones marxistas, es decir económicas.

Carta a los directores de asilos de locos, Antonin Artaud

 

Señores:

Las leyes, las costumbres, les conceden el derecho de medir el espíritu. Esta jurisdicción soberana y terrible, ustedes la ejercen con su entendimiento. No nos hagan reír. La credulidad de los pueblos civilizados, de los especialistas, de los gobernantes, reviste a la psiquiatría de inexplicables luces sobrenaturales. La profesión que ustedes ejercen está juzgada de antemano. No pensamos discutir aquí el valor de esa ciencia, ni la dudosa realidad de las enfermedades mentales. Pero por cada cien pretendidas patogenias, donde se desencadena la confusión de la materia y del espíritu, por cada cien clasificaciones donde las más vagas son también las únicas utilizables, ¿cuántas nobles tentativas se han hecho para acercarse al mundo cerebral en el que viven todos aquellos que ustedes han encerrado? ¿Cuántos de ustedes, por ejemplo, consideran que el sueño del demente precoz o las imágenes que lo acosan, son algo más que una ensalada de palabras?

No nos sorprende ver hasta qué punto ustedes están por debajo de una tarea para la que sólo hay muy pocos predestinados. Pero nos rebelamos contra el derecho concedido a ciertos hombres -incapacitados o no- de dar por terminadas sus investigaciones en el campo del espíritu con un veredicto de encarcelamiento perpetuo.

¡Y qué encarcelamiento! Se sabe -nunca se sabrá lo suficiente- que los asilos, lejos de ser “asilos”, son cárceles horrendas donde los recluidos proveen mano de obra gratuita y cómoda, y donde la brutalidad es norma. Y ustedes toleran todo esto. El hospicio de alienados, bajo el amparo de la ciencia y de la justicia, es comparable a los cuarteles, a las cárceles, a los penales.

No nos referimos aquí a las internaciones arbitrarias, para evitarles la molestia de un fácil desmentido. Afirmamos que gran parte de sus internados -completamente locos según la definición oficial- están también recluídos arbitrariamente. Y no podemos admitir que se impida el libre desenvolvimiento de un delirio, tan legitimo y lógico como cualquier otra serie de ideas y de actos humanos. La represión de las reacciones antisociales es tan quimérica como inaceptable en principio. Todos los actos individuales son antisociales. Los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social. Y en nombre de esa individualidad, que es patrimonio del hombre, reclamamos la libertad de esos galeotes de la sensibilidad, ya que no está dentro de las facultades de la ley el condenar a encierro a todos aquellos que piensan y obran.

Sin insistir en el carácter verdaderamente genial de las manifestaciones de ciertos locos, en la medida de nuestra aptitud para estimarlas, afirmamos la legitimidad absoluta de su concepción de la realidad y de todos los actos que de ella se derivan.

Esperamos que mañana por la mañana, a la hora de la visita médica, recuerden esto, cuando traten de conversar sin léxico con esos hombres sobre los cuales, reconózcanlo, sólo tienen la superioridad que da la fuerza