La nieve, Inger Christensen

Hoy todos los pacientes nos hemos puesto de acuerdo para decir que nevaba. Nos colocamos todos junto a las ventanas, pegamos las caras contra los cristales y nos regocijamos con la nieve; la describíamos y soñábamos con lo maravilloso que sería ponernos a jugar con ella. Entretanto el sol resplandecía y los médicos estaban confusos sobre nuestro acuerdo y no sabían si debían actuar como si estuvieran locos y decir que nevaba o actuar como si estuvieran locos y decir que no nevaba. Mientras tanto, vimos que el personal salía al jardín y allí se ponían a dar vueltas corriendo y hacía como si todo estuviese lleno de nieve. No sé si fue nuestra agitación lo que había ayudado o si ellos estaban aprovechando la confusión general para tomarse un descanso y salir y retozar y gozar del sol. Pero ahora eso no tiene importancia. Porque la prensa llegó y fotografió al personal que corría por todas partes tirando bolas de nieve y patinando y hacían muñecos de nieve y se revolcaban unos contra otros en la nieve. En los periódicos escribieron que todo el personal se había vuelto loco

Marta y María, Agustín Yañez

Huérfanas, desde muy chicas las recogió su tío don Dionisio, cuando estaba destinado en Moyahua. La madre de las niñas era hermana del eclesiástico; el quebranto de la viudez y el clima del cañón la mataron en breve, y aquéllas quedaron al amparo de la abuela, que tampoco les duró mucho, pues al venir al pueblo el asma de la anciana se recrudeció y la condujo al sepulcro. Fue grave crisis para don Dionisio el de su personal orfandad —siempre se sintió niño junto a su madre—, agravada con el problema de aquellas muchachitas, no sólo incapaces para hacerle casa, sino urgidas de cuidados especiales, de educación y de ternura. Sólo Dios sabe cómo ha ido saliendo de tal apuro, los esfuerzos de delicadeza y rigor, el equilibrio de circunspección y asistencia en todos los órdenes. Marta tiene ahora veintisiete años y María veintiuno. El alma de Marta está tocada de penumbra; la de María es radiante, sin que la común inhibición la haya opacado en modo alguno. Marta es pálida, esbelta, la cara ovalada, las cejas nutridas, grandes las pestañas, los ojos hondos, la boca exangüe, la nariz afilada, sin relieve los pechos, el andar silencioso y lenta la voz; María es morena, la cara redonda y sanguínea, la boca carnosa y coronada de ligerísimo bozo, los ojos grandes y glaucos, de rápidos movimientos, el timbre de la voz grave y juguetón. Enérgicas una y otra, serena es la mayor, impaciente la pequeña. Nunca han salido del pueblo; pero la secreta, cada vez más íntima e imposible ambición de María es conocer siquiera Teocaltiche; antes gozaba —todavía, sí, recónditamente, muy a solas, todavía, sin que nadie lo sepa ni lo imagine—, goza figurándose cómo será una ciudad: León, Aguascalientes, Guadalajara, Los Ángeles (donde vivió su padre), San Francisco (donde murió), Madrid, Barcelona, París, Nápoles, Roma, Constantinopla; le gusta leer: casi sabe de memoria el Itinerario a Tierra Santa y la novela Staurofila; como no acierta a conocer lo que disguste a su tío, y han sido frecuentes, duras, las reprimendas por ese vicio, lee a hurtadillas; tenía pasión por los libros de geografía, pero tanto la exaltaban y con tantas preguntas colmaba la paciencia de don Dionisio, a quien importunaba para que la llevara a alguna de las peregrinaciones, que éste acabó por quitárselos y prohibírselos; cuando llegan cartas, anuncios y periódicos destinados a su tío, se le van los ojos tras de los sellos postales que dicen claramente: Guadalajara, México, Barcelona, París; en los calendarios que anuncian vinos de consagrar, velas, artículos religiosos, etcétera, no se cansa de leer las direcciones: Madrid, calle fulana, número tantos; y los periódicos; quién sabe si por ella su tío no reciba más que revistas religiosas y La Chispa; dejó la suscripción de El País, que traía bonitos figurines y noticias interesantes; el Padre Reyes todavía la recibe y le presta algunos números al señor cura, que María lee a la descuidada; últimamente estaba leyendo Los tres mosqueteros; pero ya no ha podido ir a casa de Micaela Rodríguez, que trajo el libro, de México. Micaela era su íntima amiga; desde chicas congeniaron; ahora que volvió de México no hallaba dónde ponerla para que le platicara todo, todo lo que había visto; ¡qué admiración y hasta envidia! ¡qué vestidos! Volvió medio cambiada, medio chocante, orgullosa y media; todo se le podía pasar por haber estado donde estuvo y haber conocido tantísimas cosas de milagro: el cine, los teatros, los restaurantes, el tren, los tranvías; pero sucedió que a don Dionisio no le parecieron bien ciertas pláticas de Micaela y menos sus modas dizque indecentes, prohibió a María que siquiera la saludara y amenazó con despedir a la amiga si volvía a poner el pie en el curato. En general no le gusta a su tío que tengan amistad con nadie; cada día es más retraído con ellas, apenas les habla lo indispensable, se da a entender con los ojos, con la actitud; cualquiera diría que no les tiene ningún afecto, a no ser por algunos detalles elocuentes: el año pasado, por ejemplo, María estuvo gravemente postrada con una fiebre intestinal y don Dionisio anduvo como loco, más que si fuera su padre.
María y Marta son, en efecto, las cuerdas sensibles del viejo cura: la violencia con que trata de disimular el cariño que les profesa es el mejor testimonio de la profundidad con que las quiere. En lo íntimo, la predilecta es María, que vino a su amparo pequeñita, de unos cuantos meses, a quien enseñó a hablar, a rezar, a leer (qué íntima ternura cuando lo recuerda); quizá también por su genio difícil que tan frecuentes dolores de cabeza le proporciona. Marta es la sobrina de las confianzas: lleva las cuentas de la casa y de la parroquia, guarda y distribuye el dinero, es el ama del hogar. ¿Qué haría humanamente si le faltaran aquellos retoños de su sangre, casi criaturas suyas, qué haría sin ellas el anciano?

Jubilación anticipada, Ramón Asís Alonso

Siempre he tenido admiración por Chaplin. Un hombre que crea un personaje como Charlot debería haber sido indultado por Dios para que viviera siempre. Pero no hay Dios (en la mente de muchos sí) y eso Chaplin lo sabía, se le notaba. Por eso en sus películas administraba piedad, amor y patadas en el culo, para que sus personajes de ficción se fueran de esa vida con lo que habían merecido. Todo esto lo pensé después de ver su película A Dog´s Life, sentado en mí sofá, al comenzar la noche, acompañado de una botella de Johnnie Walker etiqueta negra, medio vacía o medio llena, según se mire. Era mi primera noche después de haber dejado mi profesión por jubilación anticipada, a los cincuenta y cinco años.

Vivía por entonces solo. Fernanda, mi mujer y madre de mis dos hijos, Julio y Susana, se había cansado de mí. Eso dijo ella en la nota que dejó cuando se fue de casa. Pasaron los años y yo no experimentaba el menor deseo de tener una nueva pareja.  De vez en cuando me hacía compañía, en mi cama, alguna amiga que no tuviera el peligro de quererse enredar en una madeja que luego cuesta deshacer.

El día de mi despedida de la oficina, en plenas navidades, brindamos con cava por mi futuro, futuro que a nadie importaba. La sala de reuniones estaba adornada de guirnaldas y otros adornos con motivo de las fiestas, lo que hizo el momento más alegre en general pero triste para mí en particular. El director me entregó, en nombre de la empresa, el clásico reloj de pulsera como recuerdo de mi estancia en ella. Mis compañeros me gastaron bromas dándome a entender que me iban a echar de menos. Recibí abrazos y besos. La cara de algunas compañeras, sobre todo con las que más había intimidado, trataban de disimular –sin éxito– cierta tristeza. Solo Silvia, al darme un abrazo y un beso sentido, me dijo al oído que si no había contraorden iría a mi casa a las diez, para despedirnos de verdad.  Ella también se despedía de su soltería porque se iba a casar a la semana siguiente.

Y así fue.

–¿Cuándo la has comprado? –me preguntó Silvia cuando llegó, mirando la botella de Whisky.

–Hace días, pero si me preguntas cuándo me he bebido lo que falta te diré que la pasada noche, durante la película.

Silvia se quitó la blusa y los ajustados pantalones. Comenzó a besarme y me pidió que atenuara la luz. Me pregunté qué habría hecho Chaplin con esos dos espíritus: uno de doce años con una etiqueta negra con sabor a madera de roble, y otro de veinticuatro que portaba una única etiqueta, sus braguitas, también negras, con aroma a mujer. Habría dado gracias al dios en el que no creía. El revolcón de esa noche fue más sentido. Hubo voluntad de prolongación por parte de ambos.

Todo lo importante en esta vida dura una hora y tres cuartos, más o menos: El nacimiento de un hijo, el entierro con funeral de un padre, un buen polvo, una buena película, una comida con amigos, una deseada soledad… Pensando todas esas cosas mientras Silvia dormía a mi lado, medité qué haría con mi vida a partir de entonces. No tenía que trabajar. Tendría mucho tiempo libre. No tenía ataduras sentimentales con ninguna mujer. Mis hijos tenían su vida fuera de Madrid y tan solo coincidíamos de vez en cuando. Estaba solo.

Miré a Silvia detenidamente en la penumbra. Su olor era especial. Embriagaba, sobre todo en las noches de amor. Nunca usaba perfumes. A sus veinticuatro años poseía un cuerpo maravilloso. Era alta y su piel, morena, poseía una suavidad poco común. Observé su cara, tan cerca de mí. Sus labios eran gruesos, casi infantiles, con pómulos que destacaban en su rostro sereno. Pensé que sería la última vez que contemplaba a esa mujer que me había hecho tan feliz con su eterna y sincera alegría. Era una niña rica, hija de papá, que no dejaba de exprimir la vida con sus deseos. Yo era una pequeña parte de su vida, quizá un capricho. También un amigo al que solo ella pedía compañía y cariño. Ella también me jubilaba.

Todo termina, concluí.

La última palabra, Liliana Savoia

Sra. madura vistiendo a un cuerpo masculino inerte. En un murmullo se habla a sí misma.
Claro, no ibas a dejar tu lugar a último momento. Era imposible que me dieras el gusto, después de todo, quien soy yo para que vos me otorgaras una oportunidad. Tenías que tener la última palabra como siempre. Treinta años cerrando toda conversación sin importar de qué se tratara, vos siempre teniendo la razón y pontificando. El broche final siempre era tuyo.
Pero ahora, yo tenía la ocasión de resarcirme de tanta soberbia.
Era mi momento y lo tendría que haber disfrutado. No me importaba esperar. Me sentía como si los Dioses me hubieran tocado con sus dedos.
Vos, siempre vos, encontrando las palabras justas para dar por terminado cualquier diálogo. Cuánto esperé por este momento. Treinta años, treinta largos y callados años, en donde saboreé palabras que se me pegaban al paladar sin poder encontrar el camino de salida. Me sentía flotar disfrutando de antemano el manjar de cerrar con una frase el capítulo final. Este era mi momento. Pero no, vos siempre ganás, aunque sea lo último que hagas en tu vida. Y esa estúpida enfermera mirándome al entrar en la habitación, diciéndome cuánto lo lamentaba, que había ocurrido de improviso. Pero pobrecito, sus últimas palabras fueron para usted.
Tus últimas palabras, siempre igual, vos dando la última palabra, y otra vez me guardo las frases que tenía preparadas, y me las trago porque vos, como siempre, cerrás todas las puertas. Pero esta vez no voy a darte el gusto, me daré la ocasión de ser la protagonista.
Como viuda flamante en que me has convertido, me pondré ropa oscura para que contraste con la palidez de mi rostro, que tengo demacrado después de tantas semanas de no dormir bien y lloraré sin descanso, todos me saludarán para darme las condolencias y yo, en un gesto de dolor por la pérdida, diré las última palabras ¡Pobrecito, cuanto te voy a extrañar!

TELÓN

 

Casa de citas, Guillermo Cabrera Infante

Pasamos a nuestra habitación, los cuatro acomodados en una cama, incómodos. Por lo menos en el cuarto del solar dormíamos en dos camas. Pero como ya no era un niño, no había manera de quejarme. Así decidí dormirme. No bien lo intenté, fui despertado (mejor dicho, no llegué a dormirme, no que padeciera de insomnio —ese mal es un hábito adquirido de adulto— sino que nos habíamos acostado demasiado temprano) por unos extraños ruidos, difíciles de definir. Eran humanos pero parecían animales, como de grandes gatos. Los maullidos se disolvían en improbables sollozos, luego volvían a surgir por otra parte: estábamos rodeados de gritos. Más bien de gritones, aunque tengo que decir que en un momento logré identificarlos específicamente como gritonas. Eran mujeres las que ululaban, pero a veces los maullidos de las mujeres eran acompañados por mugidos de hombres. También oía palabras sueltas, frases que no podía identificar, dichas tal vez en otro idioma. Los mugidos y los maullidos duraron la mayor parte de la noche que estuve despierto. Recordé la horrorosa película mexicana La llorona, en la que un alma en pena viene a perturbar a los vivos y a aterrorizar a los espectadores. Pensé en el zoológico que había visto frente al parque Maceo, con sus animales exóticos. Pero ni recuerdo ni pensamiento pudieron explicarme la serie de sonidos oídos esa noche. ¿Sería el viento? Al otro día abandonamos el hotel bien temprano. Mi padre estaba contrariado pero mi madre parecía divertida. Es más, se estaba riendo. Ambos sentimientos y reacciones de mis padres estaban dirigidos no uno al otro sino al edificio: mi madre se reía del hotel, mi padre estaba molesto con la fachada. Años después vine a enterarme de que habíamos pasado esa noche en lo que se llama en La Habana una posada: en un hotel de paso, un hotelito, una casa de citas. Mi padre estaba amoscado, contrariado por su elección: era evidente que la noche y la premura lo confundieron y lo hicieron elegir un hotelito como hotel para familias, confusión explicable, no sólo porque los términos son cercanos y las arquitecturas similares, sino porque mi padre no conoció nunca una posada: no era hombre de citas en casa de citas por razones marxistas, es decir económicas.

Carta a los directores de asilos de locos, Antonin Artaud

 

Señores:

Las leyes, las costumbres, les conceden el derecho de medir el espíritu. Esta jurisdicción soberana y terrible, ustedes la ejercen con su entendimiento. No nos hagan reír. La credulidad de los pueblos civilizados, de los especialistas, de los gobernantes, reviste a la psiquiatría de inexplicables luces sobrenaturales. La profesión que ustedes ejercen está juzgada de antemano. No pensamos discutir aquí el valor de esa ciencia, ni la dudosa realidad de las enfermedades mentales. Pero por cada cien pretendidas patogenias, donde se desencadena la confusión de la materia y del espíritu, por cada cien clasificaciones donde las más vagas son también las únicas utilizables, ¿cuántas nobles tentativas se han hecho para acercarse al mundo cerebral en el que viven todos aquellos que ustedes han encerrado? ¿Cuántos de ustedes, por ejemplo, consideran que el sueño del demente precoz o las imágenes que lo acosan, son algo más que una ensalada de palabras?

No nos sorprende ver hasta qué punto ustedes están por debajo de una tarea para la que sólo hay muy pocos predestinados. Pero nos rebelamos contra el derecho concedido a ciertos hombres -incapacitados o no- de dar por terminadas sus investigaciones en el campo del espíritu con un veredicto de encarcelamiento perpetuo.

¡Y qué encarcelamiento! Se sabe -nunca se sabrá lo suficiente- que los asilos, lejos de ser “asilos”, son cárceles horrendas donde los recluidos proveen mano de obra gratuita y cómoda, y donde la brutalidad es norma. Y ustedes toleran todo esto. El hospicio de alienados, bajo el amparo de la ciencia y de la justicia, es comparable a los cuarteles, a las cárceles, a los penales.

No nos referimos aquí a las internaciones arbitrarias, para evitarles la molestia de un fácil desmentido. Afirmamos que gran parte de sus internados -completamente locos según la definición oficial- están también recluídos arbitrariamente. Y no podemos admitir que se impida el libre desenvolvimiento de un delirio, tan legitimo y lógico como cualquier otra serie de ideas y de actos humanos. La represión de las reacciones antisociales es tan quimérica como inaceptable en principio. Todos los actos individuales son antisociales. Los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social. Y en nombre de esa individualidad, que es patrimonio del hombre, reclamamos la libertad de esos galeotes de la sensibilidad, ya que no está dentro de las facultades de la ley el condenar a encierro a todos aquellos que piensan y obran.

Sin insistir en el carácter verdaderamente genial de las manifestaciones de ciertos locos, en la medida de nuestra aptitud para estimarlas, afirmamos la legitimidad absoluta de su concepción de la realidad y de todos los actos que de ella se derivan.

Esperamos que mañana por la mañana, a la hora de la visita médica, recuerden esto, cuando traten de conversar sin léxico con esos hombres sobre los cuales, reconózcanlo, sólo tienen la superioridad que da la fuerza

El río, Julio Cortázar

Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.
Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.

Un verdadero profesional, Fabián Vique

Consultorio de un psicoanalista, dos sillones, un perchero. Entra el psicoanalista, se sienta, consulta reloj y agenda. Pasan unos segundos.
 Suena un timbre, abre, entra el paciente, se quita el saco, lo cuelga en el perchero, se sienta. La conversación y los movimientos son exageradamente lentos.

PACIENTE: Ayer tuve ganas de estrangular a un alumno.

PSICOANALISTA: Ajá.

PACIENTE: Un impulso. Un arranque de furia. Le pasa a todo el mundo ¿no? La docencia es tarea ingrata. Normalmente…

PSICOANALISTA: …

PACIENTE: Bueno, no sé si solamente la docencia. A veces me pasa también en los taxis con los taxistas, en la carnicería con los carniceros, en la zapatería. Nunca le di mucha importancia.

PSICOANALISTA: ¿No?

PACIENTE: No.

PSICOANALISTA: Pero ahora le preocupa.

PACIENTE: ¿Qué cosa?

PSICOANALISTA: Las ganas de estrangular un alumno, un taxista o lo que sea.

PACIENTE: No sé.

PSICOANALISTA: ¿No sabe?

El paciente se levanta, se acerca al psicoanalista y lo estrangula. El psicoanalista no ofrece resistencia, la muerte es lenta. El paciente se levanta, mira el cuerpo, toma su saco, se lo pone y sale.

Godot es Dios, Roger Wolfe

Hoy he comido en casa de Benito, que además de ser una excelente persona es un escritor con muy buenas ideas y un gran amigo mío.

Que es lo que importa.

Lubina, creo que al vapor o algo por el estilo, y papas cocidas que luego se supone que había que machacar en el plato, mezcladas con aceite.

Apareció también un actor de teatro, y en la sobremesa acabamos bebiéndonos botella y media de litro de ron venezolano entre mi amigo Benito, el histrión y yo.

Eso, sin contar las cervezas que me había bebido antes de llegar a su casa, los dos litros de vino que nos bajamos comiendo y las dos resacas consecutivas que llevaba ya encima.

Pero creo que la culpa la tuvo el actor.

Se pasó dos horas y media largando anécdotas equinocciales con un acento canario forzado que al principio hacía bastante gracia, pero que como los chistes, cuando alguien se empeña en soltar dos docenas seguidos, acabó produciéndome la incómoda sensación de estar sepultado bajo tierra.

Os juro que me faltaba hasta el aliento. Así que recurrí a mi sistema habitual en estos casos.

Me emborraché como un cerdo y acabé faltando al respeto a mi propia sombra.

Los jodí con la única arma que se me ocurrió, teniendo en cuenta que había gente menuda flotando por ahí: la obscenidad.

Y acabé contando chistes yo también.

De mi propia cosecha, eso sí. Como aquel que dice:

¿Sabéis cuál es la diferencia entre dar po’l culo a un tío y dar po’l culo a una tía?

No.

Pues que un tío te da las gracias y una tía te dice que te has equivocado de agujero.

Ja.

Que se jodan. No soporto la estupidez.

Contra la estupidez, la obscenidad. Por ejemplo.

En fin. Se había hecho de noche, y no habíamos querido encender la luz de la cocina, y el tipo seguía largando entre las sombras.

De modo que cuando alguien sugirió salir a tomar unas cervezas, no me lo pensé dos veces. Creo que hasta él lo agradeció.

Y además: una vez borracho, qué cojones más te da.

Sin embargo, la cosa se disparató más de la cuenta. Acabamos en un bar hablando inglés con dos finlandeses con cara de entrenadores de rugby, y casi nos echan. Del bar. Yo llevaba tres novelas de Juan Madrid debajo del brazo y quise regalárselas al camarero.

Quizá por eso se puso chungo.

No se lo puedo reprochar.

El otro siguió poniéndose cada vez peor, y se cayó al suelo en cuanto salimos a la calle y no quería o no podía levantarse. Luego nos metimos en un taxi y cuando llegamos a donde íbamos, sabe Dios dónde, no quería salir del taxi, y luego salió y nos faltaban cuarenta duros para pagar, y el taxista nos dijo que total no pasaba nada y se largó, aunque yo creo que lo que tenía era miedo. (¿Miedo?)

Y bueno. Yo acabé en otro bar a las tres de la mañana hablando con un chaval de veinte años que dice que es pintor que me contó que estaba enamorado de una tía pero que no conseguía ligársela porque cada vez que la veía estaba borracho y lo que acababa era haciendo el ridículo.

Yo asentía con la cabeza y abría de vez en cuando la boca, pero en vez de voz me salía un pedazo de trapo sucio y lleno de saliva rancia.

No pagamos las últimas cervezas, y cuando llegué a casa me eché en la cama y todo daba vueltas, cosa que nunca me ocurre, y oía risas en la habitación a pesar de estar solo. Eso tampoco me ocurre nunca. Pero supongo que para el delirium tremens, como para cualquier otra cosa, también tiene que haber una primera vez.

Como para asustarse. ¿O no?

Por cierto, al actor no sé ni dónde lo perdí. Lo que sí recuerdo es que Benito le había regalado un libro mío y que se lo metí por el cuello de la camisa en un bar llamado Montana para evitar que lo perdiera.

Que perdiera la cabeza, vale; pero si quería andar perdiendo libros míos que los comprara en la jodida librería.

No lo he vuelto a ver desde ese día.

Pero, por si os interesa, os puedo decir que estaban representando Esperando a Godot en un teatro de Avilés.

Me dijo que Godot era Dios.

Y debe de seguir esperándole.

El barquero, Alvaro Cunqueiro

Felipe de Amancia, cuando yo lo conocí, pasaba ya de los sesenta. Tenía con él, para ayudarle en el oficio, a un nieto que no llegaba a los doce años, y se llamaba Joselín. Amancia, la madre de Felipe, había sido barquera, y se tiene como seguro que no sabía quién fuese el padre de su Felipe, aunque hemos de pensar que fue un señor, por las maneras y fantasías que quitó Felipe en su viaje por este mundo. Felipe, calvo y huesudo, tenía negros ojos, burladores. Todo él era reidor y campechano, aunque le gustase aparentar sequedad, y, por veces, melancolía. Quizás algún seminarista de Mondoñedo que por allí pasó de los de ropón corto y banda colorada, recordando un verso de Horacio le dijo aquello de Caronte melancólico, y como Felipe era muy dado a creer en imaginaciones, tomó ésta para componer su figura. Aún me parece verlo sentado en el padrón con los pies descalzos descansando en la popa de la chalana, liando cigarro y mirando sin ver para el río. Yo era muy rapaz y me tenía por su amigo.

¡Tarde llegas! —me decía—. Aún no hace una hora pasé en la barca al obispo de París, tuve que hacer dos viajes; uno para Su Señoría y su camarero, y otro para una sombrilla que traían, amarilla con vueltas coloradas.

Lo creía todo. Un día vino a pintarle la barca un pintor de Lugo.

Pinto la lancha —me dijo— porque pasó hoy por aquí la infanta Catalina con seis caballeros negros, y cada uno de los caballeros me dio un carolus del rey, que es moneda que sólo corre entre reyes y príncipes. He de ir a cambiarlos por tres onzas a Compostela. La infanta llevaba en la mano un malvis cantador, y en el medio del río pare la barca para que ella tirara una rosa a las aguas, que es costumbre de la Casa Real saludar los ríos que pasan. Agradeció que yo estuviese al tanto de tal cortesía.

Felipe de Amancia sonreía y me daba palmaditas en la espalda. Yo me ponía a caballo de la proa de la barca y allí me estaba viendo correr el agua, alanceándola con la pértiga.

Felipe de Amancia amaneció muerto un día de San Froilán en el patio de la posada. Todos sus ahorros los tenía en oro, en una bolsa de seda carmesí, en la que había mandado bordar una barca con su barquero, navegando unas aguas azules. Debajo de las aguas, un letrero decía: «Oro secreto». Allí estarían el tornés del Delfín, los carolus de los caballeros de doña Catalina, el luis del obispo de París, la libra del príncipe de Gales y las monedas bizantinas de don Leonís. Y también la más hermosa moneda que poseyó nunca Felipe de Amancia: su fantasía, un florín de ley. Lo gastaba cada día.

El regreso, Amaury Reyes Vásquez

El aire estaba como raro y todo había comenzado con el beso de despedida. Terminaba de discutir con ella y se sentía medio tenso. Sobre la acera aún, dio los primeros pasos dispuesto a cruzar la avenida principal, más congestionada que nunca.

Los dolores comenzaron en la tarde, pero aguardaban por la dilatación ideal. Colocaron su cuerpo sobre la mesa de partos y le separaron las piernas mientras disponían los instrumentos estériles.

Algunas frases se mezclaron con el ruido antes de perderse en la avenida, abarrotada por las luces de los autos. El momento le pareció fácil, oportuno. Llegando al separador, farolas apagadas, volteó la vista hacia la acera buscando una mirada de reconciliación. Alcanzó a ver el vestido que le daba la espalda.

Las contracciones venían como sacudidas en la panza. Le ordenaban pujar a cada una. Ella prensaba los dientes y el ceño le tapaba la vista. El bisturí subió y se hundió en la carne. El hilo de sangre que llegaba a la ingle fue interrumpido por un pequeño bulto pálido. Aún no había llanto.

La calle estaba ahí. El paso en la otra senda fue tan corto como su despedida. La vista le giró en redondo. Luces, vidrios. Su cuerpo continuó por encima del vehículo y un segundo después estaba bocabajo, sobre la noche.

Oscuridad y luz. Alzó la cabeza y el llanto ya no fue hermético. Lo izaron por los pies y la tijera cortó el cordón. Las toallas lo envolvieron y escuchó risas. Sintió que lo besaban y empezó a vivir sin recordar.

La mirada de un genio, Carlos Almonte

Desde el frío cuarto del vecino, las hormigas caen lentamente traspasando el orificio hurgado con mis manos. La pared se ha restablecido. No hay escape, ya lo he comprobado. Entre un cuarto y otro su mirada se repite, y el recuerdo de sus labios blandos y calientes.

Con esfuerzo enciendo el cigarrillo que ahí se ve, eso que reposa tristemente entre mis labios. Permanezco inmóvil, como si en aquel acto destructivo me instalara entre su cuerpo de sureña larva cristalina. Sin embargo el ruido de nudillos en la puerta logra contraerme y me permite reflejar la transparencia.

Los demás orates en el patio cantan, bailan y enloquecen cada noche un poco más. Me pregunto si aquel humo viene de mi sexo tenso, o tal vez de un pensamiento, o una palabra.

Me revuelco, hiero y pinto con las uñas y la sangre mezclo en mi saliva y mi cabello. Dejo un signo negro como herencia, como altar enfermo, signo de su hálito y pisada.

Miro el vidrio roto y una mano que saluda hacia adelante.

Miro el rastro de la puerta hecha pedazos.

Miro una mirada obscena entre el polvo de ladrillos.

No saludo.

No controlo.

No la miro.

La energía se concentra en olvidar.

Eso que se diluye en los espejos, Jorge F. Hernandez

Sabes de qué se trata. Has escuchado o leído este tipo de relatos y seguramente conoces cómo se tipifican estos crímenes. Todo lo irás recordando como una vaga imagen del pasado, porque todo esto será como un sueño tranquilo, como una lectura en silencio. En otros tiempos quizá se vuelva una costumbre terriblemente cotidiana, pero aquí y ahora, está muy mal visto. Sabes que tu barrio y tus costumbres son minucias ante la ofi cialidad monumental que te espera. Todo es parte de un silencioso desembarco que aquí se inicia en tu recuerdo.

Las imágenes reflejan su recorrido como si fueran escenas de una película gris y borrosa: una residencia de lujo, las plantas silenciosas y unos espejos que reproducen el choque de copas y la caída accidentada de un collar de perlas. Es como si los espejos guardaran la imagen íntegra de aquella fiesta en tu mente, ¿qué más les queda? Nunca más podrán reproducir las risas ni los secretos. Esa mansión ya quedó clausurada por las autoridades.

El silencio de tus recuerdos se va volviendo cómplice de tu condena. Es un aullido callado, acusador, como los momentos sin un solo ruido que de niño te confirmaban la magia de tus trenecitos y la culpa escondida de tus mentiras. En silencio estas letras van formando visiones que se diluyen en los espejos de tu recuerdo. Te faltan pocos párrafos para ir a entregarte.

Abrirás la puerta como siempre lo has hecho y saldrás con cierta prisa, como saliste ayer, como lo haces a diario. Quizá te convenga afeitarte, procurar la elegancia y lucir tu corbata roja. Al llegar, simplemente entrégate, bien sabes que no es necesario describir los hechos —la prensa ya se encargó de reseñar detalladamente tu hazaña— y son muchos los que, de boca en boca, han memorizado el número de muertos y los enigmas de tu crueldad.

Los recuerdos que quedaron encerrados en esa residencia de lujo la han convertido en la mansión de tu propia mente. Una casona callada y fría que te desconcierta hasta calentarte las sienes. Los pocos muebles que no fueron alcanzados por las balas o salpicados con la sangre de tu noche son ahora los únicos habitantes de esa casona abandonada en tu memoria. Son como fantasmas que encarnan toda tu existencia, residentes de tu mente, inquilinos del recuerdo. Vuelan y desaparecen en los espejos de tus sueños enmarcados en maderas decimonónicas, doradas y colgantes.

De joven, en tus delirios confundías a los espejos con ventanas; los veías como cuadros de agua espectral, estanques poblados de sueños como si fueran paisajes de un túnel que se abrían ante tus ojos como pasajes a lo imposible. Pensabas que al incorporarte al vidrio despertarías en un lago de dimensiones infinitas y en medio de una placidez interminable. Esa noche, que ya es tu noche, veías en los espejos de la casa del crimen las lámparas de mil cristalitos como si fueran las olas de tus lagunas mentales, y en su reflejo escuchabas la música en vivo y sentías correr tu sudor, pero sin nervios.

Dos copas te ambientaron, te redujeron a la plática y abrieron tu apetito. Ese sabor picante del hielo convertido en agua de whisky se mezclaba con tu saliva con la misma amargura que tienen los rencores incomprensibles. Tarareabas un tango mientras te iluminaba un candil con oros; luz tenue que no dejará de ser amarilla, como una luz de madrugada, como la nieve que nunca se derrite en tu memoria. Tarareabas al son de la legítima plata Christophle, mientras tu traje de luto se paseaba entre los exagerados azules de la auténtica cerámica de Talavera, las alfombras ocres y los repetidos destellos de la elegancia que te rodeaba. Formabas una melodía interna al contemplar las imágenes que se deslizaban en tu mirada, reproducidas, multiplicadas en tus espejos.

Alargaste tu tonadita cuando saliste al coche por las metralletas. No tardo, es que dejé en el coche mis cigarros… No, de verdad, no es necesario. En serio, no tardo y además, no hace falta… si dejé mi coche hasta delante, ¡Claro!, fui de los primeros en llegar… No camines todavía, termina de leer. Entiendo que quieras cerrar los ojos, incorpórate y recrear tus pasos al coche. El jardín se ve más grande en tu recuerdo; con estas letras lo imaginas inmenso. Te distrajiste un momento al ver las velitas que fl otaban en la piscina imperial. Si fuera de día, sería una alberca cualquiera, pero de noche es una piscina de residencia de lujo con velas que son reflejos en un espejo acostado que te invitan a sumergirte. Sentiste ganas de nadar, pero no. Tú tenías que cumplir tu sueño. Estaba todo arreglado.

Recuerdas tus manos al abrir la cajuela del coche. Primero levantaste la metralleta más grande; no sentiste el peso hasta cargar con la otra. Ni te molestaste en cerrar el auto; sentías prisa por volver a tu fiesta. Tu paso firme, arrastrando sufi cientes cartuchos como para abatir a un ejército. Subes los escalones de la entrada de mármol, sólo te ha visto un hombre que está en la puerta de la calle. Él piensa que las armas que llevas en brazos son una broma más de la fi esta. Al periódico declaró que en todas las reuniones de esa mansión hacían “loquera y media”.

La primera ráfaga sonó como si las balas fueran tamborazos de la banda de música. Muchos pensaron que eran cohetes del más puro despilfarro. Los espejos se metían a tu vista bamboleantes porque tu cara, tus brazos y todo tu cuerpo vibran como un terremoto. Hacías fuerza para poder pasear tus metralletas de izquierda a derecha, como un regadero de muerte. Sentías cómo las balas perseguían a los gritos y rompían los cristales de tus espejos y esas ventanas que para ti son lo mismo. Veías cómo se teñían de rojo los fracs. Rojo y negro, declarando la vida en huelga. A tus pies rodaban las perlas, oías los gritos… los sigues oyendo con sólo leerlos.

El recibidor y la sala convertidos en una magnífica pintura horrorosa: los meseros vestidos ya de rojo total, boquiabiertos, jadeantes algunos, muertos la mayoría. Montones literales de gente estorban tus pasos, pero sigues firme, rematando. Que no se escape ni uno solo. Te recreas masacrando al pavo que reposaba en la mesa y de un solo golpe rompes los cisnes de hielo que decoraban la escena… los echas a volar… hacia los espejos.

Se te confunden las lociones y los perfumes con los olores de muerte y sangre. Algunos de tus fantasmas quedaron con los ojos fijos, mirándote horrorizados para siempre. Ahora ves los charcos rojos en las alfombras terriblemente persas y uno de los músicos tiene la última osadía de quejarse cuando le atraviesas la garganta con el pico de la chimenea. Recorres la sala pisando manos y caras. Todos reproducidos para siempre en el terrible silencio de tu recuerdo, su propia tragedia en estas páginas.

Escuchas ruidos que vienen de arriba, de alguna habitación. Al subir, los encuentras vistiéndose. El asco que te da ver las canas demasiado blancas del viejo te impulsa a despedazarlos con tus propias manos; la muchacha pelirroja llora inmóvil, intenta huir. Te gusta ver cómo se le empapa la ropa interior con su sangre. Disparas la última ráfaga a las almohadas llenando de plumas la habitación, como si limpiaras las risitas y los quejidos que se vivían aquí hace unos momentos.

Fumando, bajaste la escalera. Tu cuadro de horror sigue inmóvil; ni un solo muerto ha cambiado de lugar. Sales de la cocina tranquilo y sin importarte que te puedan agarrar o que te estuvieran esperando.

Todo lo recuerdas como una visión borrosa, un reflejo en un espejo viejo y manchado. Al leer estas líneas te preguntarás si es simplemente un cuento, un sueño de los que sueles inventarte. Quieres incorporarte y huir, dejar estas hojas y salir corriendo. Sabes que eres culpable. Al leer estas líneas has recreado los gritos y la angustia. Estas hojas se han vuelto un espejo de papel. Con sólo leerlas has recreado los oleajes de tu memoria borrosa. En tu mente has vuelto a leer esas caras espantosas, has recordado los olores y aquella tonadita de tango.

Piensas que no puede ser cierto, pero te intrigan tus nervios. Dudas, como la primera vez que te viste en un espejo. Eres otro. Los planos se intercambian, los lados cambian de sentido. Al afeitarte verás que la navaja en tu mano derecha amenaza con cortar tu mejilla izquierda; los lados se intercalan, todos tus planos son un contrasentido.

Trata de recordar tus actos, todo lo que has hecho desde hace un mes, desde ayer; no puedes, te confundes. Prefieres olvidar. Intuyes que todo salió como en un sueño; nadie te vio ni mucho menos capturó. Sabes que fue de noche, vestido elegante y en una desconocida residencia de lujo ajeno. Nunca has sido sonámbulo, pero no importa, porque da lo mismo si mataste dormido o insistes en el consuelo de olvidarlo. La culpa es la misma. Según crees, llevas una vida normal; tus amigos, tus calles, tus rutinas… Sientes miedo porque ya es inevitable tu entrega y el despertar retrasado de esta pesadilla que creías desconocer.

Tus imágenes se consumirán en pocas líneas y te entregarás sin mucha explicación. No será necesario hablar de estas paginas ni pedir confesor. No te despidas de nadie y procura no pensar. No intentes explicártelo, no lo entenderás; tu recuerdo, aunque lo releas, seguirá siendo vago y casi ausente. Mejor entrégate, deja estas páginas que sólo han servido para intentar reflejarte. Deja de leer; quema, guarda o, mejor aún, regala estas líneas. Apresúrate, después de todo, sabes que sólo entregándote completas las letras que hacen de este reflejo el crimen perfecto.

Franz Kafka y la niña, Joseba Sarrionandia

Imagínate a Franz Kafka en una calle de Praga. No, no es Praga, es otra ciudad. Imagínatelo en una calle de Berlín.
En el noviembre de 1923, él y Dora Dymant cambiaron de casa –Grunewaldstrass, 13- y alquilaron dos habitaciones en casa de un médico.
Imagínate a aquel escritor, afectado ya por la tuberculosis, paseando por la calle en una tarde nublada y tranquila.
Una niña llora en la acera. Franz Kafka se acerca a la niña, que oculta su cara bajo mechones pelirrojos. Llora porque ha perdido su muñeca.
-No, no se ha perdido –le dice Franz Kafka. Que no se ha perdido, que no llore, que la muñeca ha tenido que marcharse de viaje y que no se ha despedido de ella porque los adioses son tristes.
-Hace poco me he encontrado con tu muñeca –dice Franz Kafka-, a la salida de la ciudad. Y me ha dicho que te ha escrito.
Imagínate a la niña secándose las lágrimas con las manitas. La niña, desde la profundidad de sus ojos azules, mira al hombre moreno, al extraño mensajero.
El mensajero, Franz Kafka, sube calle arriba con su traje negro y paso lento, para perderse, como el más misterioso de los mensajeros, tras la esquina de la calle.
La niña, durante las semanas siguientes, recibió las cartas de la muñeca, en las que le contaba un viaje extraordinario, cada vez desde más lejos.

El Pecado, Tadeusz Rozewicz

Somos un solo cuerpo. Mi mano es tu mano; mis ojos, tus ojos. ¿No lo sientes también así? Empiezo a creer que marido y mujer son una persona.

Nada sabemos el uno del otro.

Yo te lo he dicho todo. La vida no es ese conjunto de sucesos extraordinarios. No te aburriré con mis recuerdos de guerra; la verdad es que no son muy interesantes.

Hablame de ti, únicamente de ti.

¿De mí? Muy bien. Voy a contarte la cosa más terrible que me ha ocurrido. Jamás desde entonces he vuelto a sentir tal terror, tal tentación, tal pavor. Recuerdo cada una de las palabras, todos los reflejos de luz, las partículas de polvo. Tenía entonces ocho años… En nuestra casa no eran muchos los objetos bellos. Había un casco de obús en la mesa de la sala. Esa fue la única cosa hermosa que tuvimos. Durante muchos años…

¿Un casco de obús?

Ni siquiera sé cuál es el nombre apropiado… De cualquier modo, era la cubierta o funda de un proyectil de obús. La llamábamos la bomba. Era de cobre, brillantemente pulido; permaneció siempre sobre la mesa. En un extremo tenía una abolladura producida por el disparo. Era el casquillo de una bala de artillería utilizada en la primera Guerra Mundial. En la segunda ya no se fabricaron estas balas hechas con metales no ferrosos. En la anterior se podían dar el lujo de balas costosas; de cualquier manera no se había inventado aún una aleación más barata para sustituir el cobre. Siempre he confundido el cobre con el bronce. Siempre hemos dicho moneditas de cobre, aunque seguramente eran de latón o de estaño. En invierno, mi madre adornaba aquel casco de obús con flores de papel rizado. La vida era difícil después de la primera guerra. Nosotros éramos pobres. Fueron necesarios casi diez años para que mi padre pudiera comprar un gran espejo ovalado. Antes habíamos tenido sólo uno cuadrado, que colgaba en la pared de la cocina. En la habitación siempre sombría, jamás daba el sol. Sé que había árboles frente a la casa, aunque no los recuerdo. Por las noches, mi madre se sentaba en la sala y zurcía. En ocasiones, de vez en cuando, mi padre leía el periódico. Había una lámpara de aceite en la mesa. La mesa quedaba iluminada, pero todos los rincones de la habitación se sumergían en la penumbra. En las paredes se deslizaban las sombras. Enormes manos. Cabezas. Un día, al abrir la puerta, advertí un objeto en la mesa. Era parecido a un gran huevo. No me fijé en el obús, supongo que ya lo había olvidado. Me acerqué a la mesa, y comencé a mirar aquel vaso. Era blanco, luminoso y casi transparente, de cuerpo abultado y brillante. Extendí la mano, pero al escuchar los pasos de mi madre, la retiré inmediatamente. Mi madre me preguntó con una sonrisa:

¿No es verdad que es muy hermoso? Pero no lo toques, no vayas a moverlo. Es un vaso de porcelana. Muy caro. Tu padre seguramente va a enojarse conmigo por haberlo comprado. Pero nuestro cuarto se ve ahora mucho mejor.

¿Para qué es? ¿Es un florero?

No —dijo mi madre—, no es para flores.

¿Para qué, entonces?

Para nada. Sencillamente es hermoso, tiene una forma preciosa. Sirve sólo de adorno; pero no lo toques, por favor.

¿Por qué?

Porque las cosas hermosas no se tocan —dijo mi madre, y salió.

Continué observando el jarrón de porcelana un buen rato. Era la primera cosa hermosa que había en nuestra casa, que no tenía una función especial y que se resumía en su propia forma. Naturalmente había sillas, mesas, utensilios, platos, cucharas, una cubeta, un espejo, un reloj, una plancha, una estufa, un molino de carne… Pero todos aquellos objetos servían, cumplían una función determinada. Aun el casco de obús había sido en otra época un proyectil. En cambio, aquel hermoso vaso no tenía ninguna utilidad. Nunca había sido otra cosa. En realidad no era propiamente un vaso. No se podía llenar de agua y poner flores en él. Era bello por sí mismo. Sin flores. Había aparecido en nuestra casa de repente. Mi madre jamás había hablado de que deseara comprar un vaso. El espejo y la nueva mesa fueron discutidos durante meses: decían que había que comprarlos, que no teníamos suficiente dinero por el momento y cosas por ese estilo. Pero el vaso apareció como por arte de magia. Como un huevo puesto por un ave gigantesca y desconocida. Casi todos los objetos de nuestra casa eran cuadrados, angulares. Un día me encontraba solo en el apartamiento. Me acerqué a la mesa y contemplé el vaso. Luego extendí la mano y lo acaricié. La superficie era fría. Fría, a pesar de qua hacía calor. Lo que mejor recuerdo es la luz del vaso. La luz en la habitación era semejante a la que existe bajo la fronda de un gran árbol. Mortecina, como reflejada en un pozo, verdosa, huidiza. Como si el agua fluyera a través de los muros. El vaso permanecía en medio de este mundo. Lo acaricié suavemente con los dedos. Palpé delicadamente su fría superficie. Puse la mano en él y sentí en la palma su convexidad, su redondez. Era como si estuviese modelando una bella forma. Mantuve la mano sobre el vaso, y después de un buen rato sentí cómo se calentaba la superficie. Retiré la mano y me dirigí a la cocina donde guardaba mis soldados de plomo en un cajón bajo la mesa. Los coloqué en columnas. Pero el juego no logró entretenerme. Los volví a meter en la caja y regresé a la sala. Puse el oído sobre el vaso y lo golpeé delicadamente. Una, dos veces. Ya no me sentía solo en el cuarto. Antes había estado solo, pero ahora estaba con el vaso, aquel objeto extraño en nuestra casa. Adornaba la sala sin servir para ningún propósito especial. Todos los objetos, muebles, cuadros, se relacionaban con nosotros y entre sí por lazos invisibles. Como venas que conducen la sangre. El vaso, en cambio era algo único. Al margen de todo lo existente. ¿Era realmente bello? Ahora ya no lo sé. Pero ni siquiera entonces me parecía bello. Era misterioso, ajeno. Algo no de nuestra casa. Mi sentimiento hacia él era igual al del salvaje que adora un ídolo. Una figura milagrosa llegada del cielo. Y sobre todo, era intocable. Pero debe haber sido bello, pues recuerdo la cara de mi madre cuando dijo:

¿No es verdad que es muy hermoso?

Y hablando con mi padre, le había dicho ese mismo día:

Adorna la sala mejor que el mueble más fino.

Pasaron varias semanas. El calor llegaba de la estufa de carbón, encendida de la mañana a la noche. Era ya invierno. Los charcos estaban cubiertos con capas de hielo. Los rompíamos con piedras o con los clavos de nuestras botas. El hielo se quebraba, y blancas líneas como cabellos aparecían en la superficie. Ampollas de aire fluían en las ventanas como en los tubos de cristal de un alambique. Un día se me inflamó una amígdala y no fui a la escuela. Permanecí en cama, leyendo una historieta ilustrada en papel color de rosa… Bueno, no del todo rosa, pero de un tono bastante parecido. Seguía yo con la mirada las peripecias de La mosca; pero con los ojos de la imaginación contemplaba el vaso en la mesa. Permanecía allí extraño, perfecto e intocable. Aunque no había nadie en casa, me acerqué sigilosamente, de puntillas. Irrumpí en el silencio en que el vaso se envolvía como entre algodones. Tiré del mantel y el vaso se tambaleó. Tiré más fuerte. El vaso cayó de lado. Había algunos periódicos en la mesa. El vaso rodó unos cuantos centímetros y se detuvo en el borde. Desde su interior brillaba el azul. Sabía lo que iba a suceder. Estaba terriblemente, asustado. Comencé entonces a rezar: “Ángel Santo de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”; pero algo me impulsaba, y volví a tirar del mantel. Ahora ya no creo en él, pero entonces fue el demonio quien se me apareció; fue el demonio quien movió mi mano y me hizo tirar del mantel. Yo realmente no quería hacerlo. Pude aún, en el último momento, detener el vaso, pues giró sobre su eje y muy lentamente cayó al suelo. Sí, cayó muy lentamente; pude haberlo detenido en el aire… Pero el demonio me sujetó las manos. Ahora puedo ya reírme. Esa vez fue la única que el “demonio” logró tentarme. A partir de entonces, siempre que he pecado lo he hecho por mi cuenta..

A Tocar, JCPozo

Cada vez la gente se aleja más de la gente; en sus interacciones, ha condenado al olvido a uno de sus más amados sentidos. La gente ya no se toca, ni con las manos, ni con los ojos, ni con la voz. Prefieren estar separados y convivir a distancia. Muy pronto procrear será un proceso esterilizado y tele-concebido:

¡No te me acerques, me puedes pegar algo!” “Hágase pa’lla por favor; soy claustrofóbica”, “Sale, lo hacemos; pero de lejitos.” “Bueno, sí… oye, pero sin lengua, ¿eh?” “¡Ay, no! ¿Qué no sabes cuántos microbios hay en un beso? “Yo, mejor quiero un hijo así y asado, ¿cuánto me sale?”

¡Cuánto significado y cuánta sinceridad está contenida en un abrazo de amigos, en una palmada en el hombro, en unos manos enlazadas o unos labios acariciando un oído.

¿Acaso la confianza entre los seres humanos se ha perdido?

Miren.

Cada amanecer el sol seduce al mar acariciando suavemente su torso dormido. El mar, a su vez, suelta su brisa fresca salpicando la ardiente piel del sol; entonces, todo se vuelve alcoba. En ese paisaje cualquiera se queda enraizado, apasionado por los calores que desinhiben; enamorado de la mujer enamorada de sentir la vida; de la que toca y se deja tocar; mujer pescadora de carnes firmes y vestido untado; mujer sensual que ofrece indiferente sus caderas al empuje de las olas del mar; mujer amante de la espuma que la revuelca; mujer que sale exhausta del delicioso vértigo, se acuesta en la arena y se desparrama de cara al sol, para que el calor de julio la toque, la pinte, la desvista; y ella, finalmente se derrita fascinada en la gloria de dejarse sentir; mujer tocada por la naturaleza y la naturaleza entregada a ella. ¡Qué maravilla! ¿No es acaso un sueño universal y recurrente el perderse en el atardecer, agarrado de su mano y caminando por la orilla?

Nacimos tocando. Tocando al viento con el primer llanto, tocando el tambor de los latidos, tocando el corazón de la madre, tocando la fuente que nos alimentó al nacer. Respiramos el mundo a través de un tejido. Un solo roce y se encienden las hogueras. Una caricia, y toca uno a las estrellas. Un beso… bueno, que les puedo decir, después de un beso de amor, ya uno puede morir.

Mis amigos se asombran que yo no vaya con los tiempos; insisten que es mejor que todo lo haga “online”, por Internet: bancos, compras, pagos y hasta romances.

¿Cómo decirles, si ni siquiera he querido entrar al laberinto de un celular?

¿Qué le voy a hacer, si estoy hecho de sal y palmera, soy rústico, meto mi cuerpo para que lo toque el mar y extiendo mis ramas para que las toque el viento?

¡No hombre!, eso solo lo escribo en un poema; más mundano se los digo. Miren:

Cada vez que recibo mi cheque del trabajo, ni siquiera permito que se deposite directo al banco, sino que, como es rutina, voy y lo recojo en la oficina para darle un buen abrazo a Lupe.

Eso aún no lo encuentro en internet.

Agencia de Viaje, Eugène Ionesco

Personajes: el CLIENTE, el EMPLEADO, la MUJER

CLIENTE.- Buen día, señor. Quisiera dos pasajes de ferrocarril, uno para mí, y uno para mi mujer que me acompaña en el viaje.

EMPLEADO.- Bien, señor. Yo puedo venderle centenas y centenas de pasajes de tren. ¿Segunda clase? ¿Primera clase? ¿Camarotes? ¿Les reservo dos plazas en el vagón comedor?

CLIENTE.- Primera clase, sí, y en coche-cama. Es para ir a Cannes en el expreso de pasado mañana.

EMPLEADO.- Ah… ¿Es para Cannes? Vea usted, yo puedo fácilmente darle los pasajes, tantos como usted quiera, para todas las direcciones en general. Usted solo debe precisar el destino y la fecha, ya que para el tren que usted quiere tomar, eso se vuelve muy complicado.

CLIENTE.- Usted me sorprende, señor. Hay muchos trenes en Francia. Los hay para Cannes. Yo ya los he tomado, ¡yo mismo!

EMPLEADO.- Usted los ha tomado, puede ser, hace veinte años, o treinta, en su juventud. Yo no digo que no hay muchos trenes, sólo que están abarrotados, no hay más plazas libres.

CLIENTE.- Puedo ir la semana próxima.

EMPLEADO.- Está todo vendido.

CLIENTE.-¿Será posible? ¿Y dentro de tres semanas…?

EMPLEADO.- Está todo vendido.

CLIENTE.- ¡Dentro de seis semanas!

EMPLEADO.- Está todo vendido.

CLIENTE.- Entonces, ¿todo el mundo no hace otra cosa más que ir a Niza?

EMPLEADO.- No forzosamente.

CLIENTE.- Tanto peor. Deme entonces dos pasajes para Bayona.

EMPLEADO.- Está todo vendido, hasta el año próximo. Ve usted, señor, que no todo el mundo va a Niza.

CLIENTE.- Entonces, deme dos plazas en el tren que va a Chamonix…

EMPLEADO.- Está todo vendido hasta el 2000…

CLIENTE.- Para Estrasburgo…

EMPLEADO.- Están vendidos.

CLIENTE.- Para Orléans, Lyon, Tolosa, Aviñón, Lila…

EMPLEADO.- Está todo vendido, vendido, vendido, con dos años de anticipación.

CLIENTE.- Entonces, deme dos boletos de avión.

EMPLEADO.- No me queda más ningún lugar para ningún avión.

CLIENTE.- En ese caso, ¿puedo alquilar un auto, con o sin chofer?

EMPLEADO.- Todos los permisos para conducir están anulados, para que las rutas no sean un obstáculo.

CLIENTE.- Que me presten dos caballos.

EMPLEADO.- No hay más caballos. -No quedan más caballos-.

CLIENTE.- (A la MUJER.) ¿Quieres que vayamos a pie, hasta Niza?

MUJER.-Sí, querido. Cuando yo esté cansada tú me llevarás en tus espaldas y viceversa.

CLIENTE.- (Al EMPLEADO.) Denos, señor, dos boletos para ir caminando a Niza.

EMPLEADO.- ¿Escucha usted ese ruido? Oh, la tierra tiembla… En medio del país un lago inmenso…, un mar interior acaba de formarse -de aparecer, de surgir-. Aproveche rápido, apúrese antes que otros pasajeros lo piensen. Yo les ofrezco un camarote de dos plazas en el primer barco que va a Niza.

La lluvia vino del mar, Ana Catalina Burbano

Matt WalkerLo primero que aprendí fue a ver el mar, el cielo y el mar. La casa de mis padres estaba al pie de un faro, de cara al horizonte.

Marinera triste, subía con las olas hasta las nubes y volvía envuelta en aguaceros apocalípticos. Dios no existe, el universo es un lugar sin límites. Sentado en su perezosa de lona roja, mi padre sorbía café y leía los diarios. Mientras la luz del faro se perdía entre buques lejanos, a Baudelaire y el Che podía tocárselos. Aprendí a caminar sobre la arena y mi primer juguete fue la espuma que el mar dejaba en la puerta de mi casa. Ahora sé que esas cosas marcaron mi vida, crecí con los pies en la tierra y la cabeza en el mar. Mis pies se hunden bajo la arena caliente y húmeda y cada paso que doy exige un verdadero esfuerzo. Desde atrás de una roca sale un hombre, me persigue con una cosa negra en la mano. Mientras corre, se la pone sobre los ojos como una máscara. Es el fotógrafo contratado por mis padres.

Los rayos del sol pintan rojos, azules y dorados sobre la espuma del mar, y yo corro para alcanzarla antes que el viento. Pero no lleno con ella mis bolsillos, tampoco la guardo en el borde de mi vestido, como hago con las caracolas marinas. Solo trato de sostenerla entre mis manos. Y cuando al fin creo que lo he logrado, se escapa ante mis ojos, se hace una con el viento. Hago lo mismo una y otra vez. Hago lo mismo uno y otro día. Creo que todavía hago lo mismo. Si ahora cierro los ojos, solo veré a una niña que persigue incansablemente la fugacidad de un instante.

Como a doscientos metros de la casa había unos muros que la marea cubría al atardecer y por cuyos bordes me gustaba andar descalza. Mis manos, mis cabellos, toda yo, adquirían un sabor mariscoso y salado. La superficie de los muros estaba hecha de roca, sobre ella crecía el musgo y unos bichitos se abrían y cerraban bajo mis plantas. Mientras voy despacito por el borde del muro, sumida en las profundidades de mi salada y mariscosa felicidad, oigo a mi madre llamando desde lejos.

Un día desperté en otra casa. El cielo y el mar habían desaparecido. En su lugar estaba la ventana de la casa del frente, un hueco oscuro abierto al vacío que yo observaba todos los días, pues era lo único que alcanzaba a ver. Acostumbrada a las tempestades marinas, la tarde en que descubrí unas rayitas dibujándose en la oscuridad de la ventana, me quedé ahí para siempre. Esperaba que la lluvia creciera y me llevara de vuelta. Después, fue el olor a tierra mojada el signo irremediable de esos días de espera. Unos minutos antes de que empezara, ya sabía que iba a llover. El agua comenzaba a caer y yo estiraba los brazos tratando de alcanzarla. Luego pasaba las manos por mi rostro, entonces un calor húmedo salía de mi cuerpo y yo sentía que tenía toda la lluvia por dentro.

La momia analfabeta, Enrique Jardiel Poncela

PROEMIO

Voy a contar una de las famosas historias en las que el genio de Sherlock Holmes se mostró más esplendoroso.Tan esplendoroso, que en esta ocasión Holmes no tuvo necesidad de moverse de su pisito de Baker Street para dar con la solución del enigma que le presentó míster Horacio Craig, de Ceilán.

Verán ustedes canela.

HOLMES AVERIGUA QUIEN ES CRAIG

A las siete en punto de la tarde, cuando los primeros voceadores del Worker se refugiaban en los bares de Upper Tames Street a jugar al marro, Sherlock Holmes me llamó a su habitación.

Comparecí rápidamente, suponiendo que sucedía algo grave; y, en efecto, el problema era de alivio: Sherlock se había roto en seis trozos los cordones de sus zapatos.

Durante varios minutos le ayudé a luchar contra el Destino, pero ambos fracasamos visiblemente, y, de no haber acudido la señora Padmore en nuestro auxilio, brindándonos la brillante idea de pegar el zapato al calcetín, es posible que Sherlock no hubiera figurado nunca en el tomo de la H de la Enciclopedia Espasa, donde, como se sabe, no figura.

Se retiraba la señora Padmore hacia el pasillo, cuando se abrió de súbito una de las ventanas y un personaje ignoto irrumpió en la estancia, como irrumpen los clavos en la tela de los pantalones el día que estrenamos traje. Era un caballero de unos cincuenta años bisiestos, con aire de perro de trineo.

Nada más entrar, gritó con voz fuerte y derrumbándose en un sillón:

¡Soy Craig!

Y agregó, ya más débilmente:

¡Soy Craig!Y dijo, por fin, con acento desfallecido:

Soy Craig, señor Holmes… Soy Craig. Craig. ¿Sabe usted? Craig…

A continuación se puso amarillo, luego verde, luego morado, y, desplomándose del todo, se desmayó lo mejor que pudo.

Holmes me cogió por un brazo, señaló al visitante, y me dijo gravemente:

Harry… Este señor es Craig.

Pero la cosa no me extrañó en modo alguno; estaba yo muy habituado a la continua perspicacia de Sherlock.

TRABAJOS ARQUEOLÓGICOS

El maestro añadió después:

Acércame el tablero del ajedrez, Harry. Vamos a echar una partidita para esperar sin aburrirnos a que vuelva en sí míster Craig.

Obedecí con cierto temblor nervioso, ya que la sangre fría de Sherlock siempre me producía una emoción indescriptible. Jugamos tres partidas, las cuales ganó Holmes, como siempre, pues su extraordinaria habilidad manual le permitía cambiar las fichas de casilla cuando le daba la gana sin que nadie lo advirtiese, y yo me armaba unos líos como para nombrar abogado y pegarme después un tiro, que es lo que hace la gente en esos casos.

Al final de la partida número tres, Craig se decidió, por fin, a volver del desvanecimiento, y fue entonces cuando Holmes se sepultó en su diván favorito, cerró los ojos y exclamó:

Hable usted, míster Craig. Espero el relato de los tremendos acontecimientos que le hacen acudir a mi auxilio.

Y Horacio Craig, con voz de barítono rumano, contó lo siguiente:

Como usted sabe, señor Holmes, desde los primeros balbuceos infantiles he dedicado mi vida al estudio del arte y de la civilización egipcios. Conozco aquel país mejor que los cocodrilos, y mi entusiasmo de egiptólogo es tan intenso, que me hablan de un faraón nuevo y engordo once kilos. Toda Inglaterra, y casi todo el mundo, conoce al dedillo los viajes que he llevado a cabo por el Bajo Egipto, el Alto Egipto y la provincia de Gerona. He ido desde…

Suprima los detalles kilométricos y cíñase al asunto —le interrumpió Holmes.

Dice usted bien; me ceñiré como un “kalasiri” —replicó Craig—. Pues es el caso que en uno de estos viajes, el año de gracia de mil novecientos trece, descubrí al pie de la Esfinge, y según se va a mano derecha, una antiquísima “mastaba”, y de ella, cual muela putrefacta, extraje una momia magnífica, aunque indudablemente polvorienta. Era, según mis cálculos, la momia de Ramsés Trece, de la veintiuna dinastía, piso segundo. Con la natural alegría y unas parihuelas, transporté aquí, a Londres, la momia, y desde entonces se halla en la sala sexta del Museo egiptológico que lleva mi nombre.

El Craig Museum, situado en el treinta y nueve de Wellington Street —dije yo, para que se viera que poseía cierta cultura.

Eso es —aprobó Craig con un golpe de tos que le obligó a comerse el puro que estaba fumando.Y así que hubo digerido el puro, continuó:

LOS CRÍMENES VESPERTINOS

Nada anormal ha ocurrido en todos esos años, hasta hace dos meses. Pero desde dos meses a esta parte, señor Holmes, están sucediendo tales cosas, relacionadas con la momia, que no he perdido la razón porque la llevo atada con un bramante.

¿Qué cosas son ésas? —inquirió Sherlock lanzando una bocanada de humo a veintitrés yardas de distancia.

Sencillamente: que el espíritu de la momia ronda mi casa; se me aparece por las noches, toca la “Danza macabra” en mi piano y hasta se fríe huevos en mi propia cocina. Aun cuando esto es terrible y me obliga a pagar cuentas de gas crecidísimas, no osaría molestar a usted si no fuera porque la momia ha ido más allá.

¿Y eso? ¿Es que ha empezado a freírse patatas?

No, señor Holmes, sino que asesina por las tardes a los conserjes del Museo que se hallan de servicio en la sala sexta.

¿Que los asesina? ¿La momia?

Sí, señor. Tiene que ser la momia, porque los conserjes fallecen envenenados con el jugo de una planta: la conocida con el nombre de “pastichuela romagueris egipciae”, y esta planta sólo crece en Egipto, pues en cualquier otro lugar se lo prohibirían las autoridades. Es necesario que tan terrible situación concluya. Es preciso que usted me ayude a resolver el misterio que…

Holmes hizo un gesto tajante, y exclamó:

Váyase a hacer gimnasia al pasillo con Harry. Necesito meditar. Ya les llamaré cuando haya acabado.Y sin más explicaciones, Sherlock nos dio dos puntapiés, nos echó al pasillo y se sentó a meditar envuelto en humo. Nosotros le observamos por el ojo de la cerradura, que, por feliz casualidad, atravesaba la puerta de parte a parte.

SHERLOCK LO DESCUBRE TODO

Pasaron seis horas largas como túneles suizos, hasta que oímos una especie de gruñido de foca; era que Sherlock nos llamaba. Entramos, y el maestro exclamó:

Todo está ya resuelto. Hoy no necesito moverme de casa para explicar el fenómeno planteado. Vengan ustedes…Y echó a andar pasillo adelante, seguido por Craig y por mí. Holmes se detuvo de pronto delante de una puerta cerrada, que yo mismo ignoraba a dónde conducía, abrió la puerta con un abrelatas, según la vieja costumbre de los ladrones de hoteles, y, encendiendo una lámpara eléctrica, entró y nos hizo entrar.

Un cuadro verdaderamente cubista se ofreció a nuestros ojos. La estancia aquella era, ni más ni menos, un museo arqueológico. Grandes esqueletos, multitud de cacharros y utensilios históricos e infinidad de momias de todas las épocas llenaban los ámbitos. Los tres esqueletos del almirante Nelson (el esqueleto de Nelson a los once años, a los veinte y a los treinta y dos) constituían por sí solos un tesoro incalculable.

Holmes se detuvo ante una momia egipcia, y habló así:

Este problema era, al parecer, tan absurdo como la persecución a tiros de un “jockey” por los muelles del Támesis. Sin embargo, como yo tengo un cerebro maravilloso, unas horas de meditación me han bastado para resolverlo. El misterio está, señor Craig, en que todas las momias, y, por tanto, también la de Ramsés Trece, son analfabetas.

¿Analfabetas? —dijo Craig.

Completamente analfabetas. Verán ustedes…Y diciendo y haciendo, puso ante el rostro de la momia que teníamos delante un ejemplar abierto del Red Magazine. Efectivamente, la momia no leyó ni una línea.

¿Se convencen ustedes? —exclamó Holmes triunfalmente—. Las momias son analfabetas. Ahora bien, señor Craig, ¿de qué color son los uniformes que llevan los conserjes del Museo?

Negros —repuso Craig.

¿Y todavía no adivina? ¿No cae usted en que a todo analfabeto “le estorba lo negro”? Por eso la momia de usted, analfabeta perdida, mata a los conserjes y seguirá matándolos inexorablemente si todo continuara allí igual. Pero vista usted a los conserjes del Museo de blanco o de color barquillo, y verá cómo nada volverá a suceder. Ni siquiera se le aparecerá a usted el espíritu de la momia, porque no tendrá necesidad de demostrarle a usted su enojo. Y ahora, permítame que me retire a mi despacho, puesto que mis servicios ya no le son necesarios. Tengo que llenar mi estilográfica y el tiempo apremia.

Y Sherlock Holmes se alejó por el pasillo, dejándonos a Craig y a mí conmocionados por la sorpresa y por la admiración.