La mirada de un genio, Carlos Almonte

Desde el frío cuarto del vecino, las hormigas caen lentamente traspasando el orificio hurgado con mis manos. La pared se ha restablecido. No hay escape, ya lo he comprobado. Entre un cuarto y otro su mirada se repite, y el recuerdo de sus labios blandos y calientes.

Con esfuerzo enciendo el cigarrillo que ahí se ve, eso que reposa tristemente entre mis labios. Permanezco inmóvil, como si en aquel acto destructivo me instalara entre su cuerpo de sureña larva cristalina. Sin embargo el ruido de nudillos en la puerta logra contraerme y me permite reflejar la transparencia.

Los demás orates en el patio cantan, bailan y enloquecen cada noche un poco más. Me pregunto si aquel humo viene de mi sexo tenso, o tal vez de un pensamiento, o una palabra.

Me revuelco, hiero y pinto con las uñas y la sangre mezclo en mi saliva y mi cabello. Dejo un signo negro como herencia, como altar enfermo, signo de su hálito y pisada.

Miro el vidrio roto y una mano que saluda hacia adelante.

Miro el rastro de la puerta hecha pedazos.

Miro una mirada obscena entre el polvo de ladrillos.

No saludo.

No controlo.

No la miro.

La energía se concentra en olvidar.

Eso que se diluye en los espejos, Jorge F. Hernandez

Sabes de qué se trata. Has escuchado o leído este tipo de relatos y seguramente conoces cómo se tipifican estos crímenes. Todo lo irás recordando como una vaga imagen del pasado, porque todo esto será como un sueño tranquilo, como una lectura en silencio. En otros tiempos quizá se vuelva una costumbre terriblemente cotidiana, pero aquí y ahora, está muy mal visto. Sabes que tu barrio y tus costumbres son minucias ante la ofi cialidad monumental que te espera. Todo es parte de un silencioso desembarco que aquí se inicia en tu recuerdo.

Las imágenes reflejan su recorrido como si fueran escenas de una película gris y borrosa: una residencia de lujo, las plantas silenciosas y unos espejos que reproducen el choque de copas y la caída accidentada de un collar de perlas. Es como si los espejos guardaran la imagen íntegra de aquella fiesta en tu mente, ¿qué más les queda? Nunca más podrán reproducir las risas ni los secretos. Esa mansión ya quedó clausurada por las autoridades.

El silencio de tus recuerdos se va volviendo cómplice de tu condena. Es un aullido callado, acusador, como los momentos sin un solo ruido que de niño te confirmaban la magia de tus trenecitos y la culpa escondida de tus mentiras. En silencio estas letras van formando visiones que se diluyen en los espejos de tu recuerdo. Te faltan pocos párrafos para ir a entregarte.

Abrirás la puerta como siempre lo has hecho y saldrás con cierta prisa, como saliste ayer, como lo haces a diario. Quizá te convenga afeitarte, procurar la elegancia y lucir tu corbata roja. Al llegar, simplemente entrégate, bien sabes que no es necesario describir los hechos —la prensa ya se encargó de reseñar detalladamente tu hazaña— y son muchos los que, de boca en boca, han memorizado el número de muertos y los enigmas de tu crueldad.

Los recuerdos que quedaron encerrados en esa residencia de lujo la han convertido en la mansión de tu propia mente. Una casona callada y fría que te desconcierta hasta calentarte las sienes. Los pocos muebles que no fueron alcanzados por las balas o salpicados con la sangre de tu noche son ahora los únicos habitantes de esa casona abandonada en tu memoria. Son como fantasmas que encarnan toda tu existencia, residentes de tu mente, inquilinos del recuerdo. Vuelan y desaparecen en los espejos de tus sueños enmarcados en maderas decimonónicas, doradas y colgantes.

De joven, en tus delirios confundías a los espejos con ventanas; los veías como cuadros de agua espectral, estanques poblados de sueños como si fueran paisajes de un túnel que se abrían ante tus ojos como pasajes a lo imposible. Pensabas que al incorporarte al vidrio despertarías en un lago de dimensiones infinitas y en medio de una placidez interminable. Esa noche, que ya es tu noche, veías en los espejos de la casa del crimen las lámparas de mil cristalitos como si fueran las olas de tus lagunas mentales, y en su reflejo escuchabas la música en vivo y sentías correr tu sudor, pero sin nervios.

Dos copas te ambientaron, te redujeron a la plática y abrieron tu apetito. Ese sabor picante del hielo convertido en agua de whisky se mezclaba con tu saliva con la misma amargura que tienen los rencores incomprensibles. Tarareabas un tango mientras te iluminaba un candil con oros; luz tenue que no dejará de ser amarilla, como una luz de madrugada, como la nieve que nunca se derrite en tu memoria. Tarareabas al son de la legítima plata Christophle, mientras tu traje de luto se paseaba entre los exagerados azules de la auténtica cerámica de Talavera, las alfombras ocres y los repetidos destellos de la elegancia que te rodeaba. Formabas una melodía interna al contemplar las imágenes que se deslizaban en tu mirada, reproducidas, multiplicadas en tus espejos.

Alargaste tu tonadita cuando saliste al coche por las metralletas. No tardo, es que dejé en el coche mis cigarros… No, de verdad, no es necesario. En serio, no tardo y además, no hace falta… si dejé mi coche hasta delante, ¡Claro!, fui de los primeros en llegar… No camines todavía, termina de leer. Entiendo que quieras cerrar los ojos, incorpórate y recrear tus pasos al coche. El jardín se ve más grande en tu recuerdo; con estas letras lo imaginas inmenso. Te distrajiste un momento al ver las velitas que fl otaban en la piscina imperial. Si fuera de día, sería una alberca cualquiera, pero de noche es una piscina de residencia de lujo con velas que son reflejos en un espejo acostado que te invitan a sumergirte. Sentiste ganas de nadar, pero no. Tú tenías que cumplir tu sueño. Estaba todo arreglado.

Recuerdas tus manos al abrir la cajuela del coche. Primero levantaste la metralleta más grande; no sentiste el peso hasta cargar con la otra. Ni te molestaste en cerrar el auto; sentías prisa por volver a tu fiesta. Tu paso firme, arrastrando sufi cientes cartuchos como para abatir a un ejército. Subes los escalones de la entrada de mármol, sólo te ha visto un hombre que está en la puerta de la calle. Él piensa que las armas que llevas en brazos son una broma más de la fi esta. Al periódico declaró que en todas las reuniones de esa mansión hacían “loquera y media”.

La primera ráfaga sonó como si las balas fueran tamborazos de la banda de música. Muchos pensaron que eran cohetes del más puro despilfarro. Los espejos se metían a tu vista bamboleantes porque tu cara, tus brazos y todo tu cuerpo vibran como un terremoto. Hacías fuerza para poder pasear tus metralletas de izquierda a derecha, como un regadero de muerte. Sentías cómo las balas perseguían a los gritos y rompían los cristales de tus espejos y esas ventanas que para ti son lo mismo. Veías cómo se teñían de rojo los fracs. Rojo y negro, declarando la vida en huelga. A tus pies rodaban las perlas, oías los gritos… los sigues oyendo con sólo leerlos.

El recibidor y la sala convertidos en una magnífica pintura horrorosa: los meseros vestidos ya de rojo total, boquiabiertos, jadeantes algunos, muertos la mayoría. Montones literales de gente estorban tus pasos, pero sigues firme, rematando. Que no se escape ni uno solo. Te recreas masacrando al pavo que reposaba en la mesa y de un solo golpe rompes los cisnes de hielo que decoraban la escena… los echas a volar… hacia los espejos.

Se te confunden las lociones y los perfumes con los olores de muerte y sangre. Algunos de tus fantasmas quedaron con los ojos fijos, mirándote horrorizados para siempre. Ahora ves los charcos rojos en las alfombras terriblemente persas y uno de los músicos tiene la última osadía de quejarse cuando le atraviesas la garganta con el pico de la chimenea. Recorres la sala pisando manos y caras. Todos reproducidos para siempre en el terrible silencio de tu recuerdo, su propia tragedia en estas páginas.

Escuchas ruidos que vienen de arriba, de alguna habitación. Al subir, los encuentras vistiéndose. El asco que te da ver las canas demasiado blancas del viejo te impulsa a despedazarlos con tus propias manos; la muchacha pelirroja llora inmóvil, intenta huir. Te gusta ver cómo se le empapa la ropa interior con su sangre. Disparas la última ráfaga a las almohadas llenando de plumas la habitación, como si limpiaras las risitas y los quejidos que se vivían aquí hace unos momentos.

Fumando, bajaste la escalera. Tu cuadro de horror sigue inmóvil; ni un solo muerto ha cambiado de lugar. Sales de la cocina tranquilo y sin importarte que te puedan agarrar o que te estuvieran esperando.

Todo lo recuerdas como una visión borrosa, un reflejo en un espejo viejo y manchado. Al leer estas líneas te preguntarás si es simplemente un cuento, un sueño de los que sueles inventarte. Quieres incorporarte y huir, dejar estas hojas y salir corriendo. Sabes que eres culpable. Al leer estas líneas has recreado los gritos y la angustia. Estas hojas se han vuelto un espejo de papel. Con sólo leerlas has recreado los oleajes de tu memoria borrosa. En tu mente has vuelto a leer esas caras espantosas, has recordado los olores y aquella tonadita de tango.

Piensas que no puede ser cierto, pero te intrigan tus nervios. Dudas, como la primera vez que te viste en un espejo. Eres otro. Los planos se intercambian, los lados cambian de sentido. Al afeitarte verás que la navaja en tu mano derecha amenaza con cortar tu mejilla izquierda; los lados se intercalan, todos tus planos son un contrasentido.

Trata de recordar tus actos, todo lo que has hecho desde hace un mes, desde ayer; no puedes, te confundes. Prefieres olvidar. Intuyes que todo salió como en un sueño; nadie te vio ni mucho menos capturó. Sabes que fue de noche, vestido elegante y en una desconocida residencia de lujo ajeno. Nunca has sido sonámbulo, pero no importa, porque da lo mismo si mataste dormido o insistes en el consuelo de olvidarlo. La culpa es la misma. Según crees, llevas una vida normal; tus amigos, tus calles, tus rutinas… Sientes miedo porque ya es inevitable tu entrega y el despertar retrasado de esta pesadilla que creías desconocer.

Tus imágenes se consumirán en pocas líneas y te entregarás sin mucha explicación. No será necesario hablar de estas paginas ni pedir confesor. No te despidas de nadie y procura no pensar. No intentes explicártelo, no lo entenderás; tu recuerdo, aunque lo releas, seguirá siendo vago y casi ausente. Mejor entrégate, deja estas páginas que sólo han servido para intentar reflejarte. Deja de leer; quema, guarda o, mejor aún, regala estas líneas. Apresúrate, después de todo, sabes que sólo entregándote completas las letras que hacen de este reflejo el crimen perfecto.

Franz Kafka y la niña, Joseba Sarrionandia

Imagínate a Franz Kafka en una calle de Praga. No, no es Praga, es otra ciudad. Imagínatelo en una calle de Berlín.
En el noviembre de 1923, él y Dora Dymant cambiaron de casa –Grunewaldstrass, 13- y alquilaron dos habitaciones en casa de un médico.
Imagínate a aquel escritor, afectado ya por la tuberculosis, paseando por la calle en una tarde nublada y tranquila.
Una niña llora en la acera. Franz Kafka se acerca a la niña, que oculta su cara bajo mechones pelirrojos. Llora porque ha perdido su muñeca.
-No, no se ha perdido –le dice Franz Kafka. Que no se ha perdido, que no llore, que la muñeca ha tenido que marcharse de viaje y que no se ha despedido de ella porque los adioses son tristes.
-Hace poco me he encontrado con tu muñeca –dice Franz Kafka-, a la salida de la ciudad. Y me ha dicho que te ha escrito.
Imagínate a la niña secándose las lágrimas con las manitas. La niña, desde la profundidad de sus ojos azules, mira al hombre moreno, al extraño mensajero.
El mensajero, Franz Kafka, sube calle arriba con su traje negro y paso lento, para perderse, como el más misterioso de los mensajeros, tras la esquina de la calle.
La niña, durante las semanas siguientes, recibió las cartas de la muñeca, en las que le contaba un viaje extraordinario, cada vez desde más lejos.

El Pecado, Tadeusz Rozewicz

Somos un solo cuerpo. Mi mano es tu mano; mis ojos, tus ojos. ¿No lo sientes también así? Empiezo a creer que marido y mujer son una persona.

Nada sabemos el uno del otro.

Yo te lo he dicho todo. La vida no es ese conjunto de sucesos extraordinarios. No te aburriré con mis recuerdos de guerra; la verdad es que no son muy interesantes.

Hablame de ti, únicamente de ti.

¿De mí? Muy bien. Voy a contarte la cosa más terrible que me ha ocurrido. Jamás desde entonces he vuelto a sentir tal terror, tal tentación, tal pavor. Recuerdo cada una de las palabras, todos los reflejos de luz, las partículas de polvo. Tenía entonces ocho años… En nuestra casa no eran muchos los objetos bellos. Había un casco de obús en la mesa de la sala. Esa fue la única cosa hermosa que tuvimos. Durante muchos años…

¿Un casco de obús?

Ni siquiera sé cuál es el nombre apropiado… De cualquier modo, era la cubierta o funda de un proyectil de obús. La llamábamos la bomba. Era de cobre, brillantemente pulido; permaneció siempre sobre la mesa. En un extremo tenía una abolladura producida por el disparo. Era el casquillo de una bala de artillería utilizada en la primera Guerra Mundial. En la segunda ya no se fabricaron estas balas hechas con metales no ferrosos. En la anterior se podían dar el lujo de balas costosas; de cualquier manera no se había inventado aún una aleación más barata para sustituir el cobre. Siempre he confundido el cobre con el bronce. Siempre hemos dicho moneditas de cobre, aunque seguramente eran de latón o de estaño. En invierno, mi madre adornaba aquel casco de obús con flores de papel rizado. La vida era difícil después de la primera guerra. Nosotros éramos pobres. Fueron necesarios casi diez años para que mi padre pudiera comprar un gran espejo ovalado. Antes habíamos tenido sólo uno cuadrado, que colgaba en la pared de la cocina. En la habitación siempre sombría, jamás daba el sol. Sé que había árboles frente a la casa, aunque no los recuerdo. Por las noches, mi madre se sentaba en la sala y zurcía. En ocasiones, de vez en cuando, mi padre leía el periódico. Había una lámpara de aceite en la mesa. La mesa quedaba iluminada, pero todos los rincones de la habitación se sumergían en la penumbra. En las paredes se deslizaban las sombras. Enormes manos. Cabezas. Un día, al abrir la puerta, advertí un objeto en la mesa. Era parecido a un gran huevo. No me fijé en el obús, supongo que ya lo había olvidado. Me acerqué a la mesa, y comencé a mirar aquel vaso. Era blanco, luminoso y casi transparente, de cuerpo abultado y brillante. Extendí la mano, pero al escuchar los pasos de mi madre, la retiré inmediatamente. Mi madre me preguntó con una sonrisa:

¿No es verdad que es muy hermoso? Pero no lo toques, no vayas a moverlo. Es un vaso de porcelana. Muy caro. Tu padre seguramente va a enojarse conmigo por haberlo comprado. Pero nuestro cuarto se ve ahora mucho mejor.

¿Para qué es? ¿Es un florero?

No —dijo mi madre—, no es para flores.

¿Para qué, entonces?

Para nada. Sencillamente es hermoso, tiene una forma preciosa. Sirve sólo de adorno; pero no lo toques, por favor.

¿Por qué?

Porque las cosas hermosas no se tocan —dijo mi madre, y salió.

Continué observando el jarrón de porcelana un buen rato. Era la primera cosa hermosa que había en nuestra casa, que no tenía una función especial y que se resumía en su propia forma. Naturalmente había sillas, mesas, utensilios, platos, cucharas, una cubeta, un espejo, un reloj, una plancha, una estufa, un molino de carne… Pero todos aquellos objetos servían, cumplían una función determinada. Aun el casco de obús había sido en otra época un proyectil. En cambio, aquel hermoso vaso no tenía ninguna utilidad. Nunca había sido otra cosa. En realidad no era propiamente un vaso. No se podía llenar de agua y poner flores en él. Era bello por sí mismo. Sin flores. Había aparecido en nuestra casa de repente. Mi madre jamás había hablado de que deseara comprar un vaso. El espejo y la nueva mesa fueron discutidos durante meses: decían que había que comprarlos, que no teníamos suficiente dinero por el momento y cosas por ese estilo. Pero el vaso apareció como por arte de magia. Como un huevo puesto por un ave gigantesca y desconocida. Casi todos los objetos de nuestra casa eran cuadrados, angulares. Un día me encontraba solo en el apartamiento. Me acerqué a la mesa y contemplé el vaso. Luego extendí la mano y lo acaricié. La superficie era fría. Fría, a pesar de qua hacía calor. Lo que mejor recuerdo es la luz del vaso. La luz en la habitación era semejante a la que existe bajo la fronda de un gran árbol. Mortecina, como reflejada en un pozo, verdosa, huidiza. Como si el agua fluyera a través de los muros. El vaso permanecía en medio de este mundo. Lo acaricié suavemente con los dedos. Palpé delicadamente su fría superficie. Puse la mano en él y sentí en la palma su convexidad, su redondez. Era como si estuviese modelando una bella forma. Mantuve la mano sobre el vaso, y después de un buen rato sentí cómo se calentaba la superficie. Retiré la mano y me dirigí a la cocina donde guardaba mis soldados de plomo en un cajón bajo la mesa. Los coloqué en columnas. Pero el juego no logró entretenerme. Los volví a meter en la caja y regresé a la sala. Puse el oído sobre el vaso y lo golpeé delicadamente. Una, dos veces. Ya no me sentía solo en el cuarto. Antes había estado solo, pero ahora estaba con el vaso, aquel objeto extraño en nuestra casa. Adornaba la sala sin servir para ningún propósito especial. Todos los objetos, muebles, cuadros, se relacionaban con nosotros y entre sí por lazos invisibles. Como venas que conducen la sangre. El vaso, en cambio era algo único. Al margen de todo lo existente. ¿Era realmente bello? Ahora ya no lo sé. Pero ni siquiera entonces me parecía bello. Era misterioso, ajeno. Algo no de nuestra casa. Mi sentimiento hacia él era igual al del salvaje que adora un ídolo. Una figura milagrosa llegada del cielo. Y sobre todo, era intocable. Pero debe haber sido bello, pues recuerdo la cara de mi madre cuando dijo:

¿No es verdad que es muy hermoso?

Y hablando con mi padre, le había dicho ese mismo día:

Adorna la sala mejor que el mueble más fino.

Pasaron varias semanas. El calor llegaba de la estufa de carbón, encendida de la mañana a la noche. Era ya invierno. Los charcos estaban cubiertos con capas de hielo. Los rompíamos con piedras o con los clavos de nuestras botas. El hielo se quebraba, y blancas líneas como cabellos aparecían en la superficie. Ampollas de aire fluían en las ventanas como en los tubos de cristal de un alambique. Un día se me inflamó una amígdala y no fui a la escuela. Permanecí en cama, leyendo una historieta ilustrada en papel color de rosa… Bueno, no del todo rosa, pero de un tono bastante parecido. Seguía yo con la mirada las peripecias de La mosca; pero con los ojos de la imaginación contemplaba el vaso en la mesa. Permanecía allí extraño, perfecto e intocable. Aunque no había nadie en casa, me acerqué sigilosamente, de puntillas. Irrumpí en el silencio en que el vaso se envolvía como entre algodones. Tiré del mantel y el vaso se tambaleó. Tiré más fuerte. El vaso cayó de lado. Había algunos periódicos en la mesa. El vaso rodó unos cuantos centímetros y se detuvo en el borde. Desde su interior brillaba el azul. Sabía lo que iba a suceder. Estaba terriblemente, asustado. Comencé entonces a rezar: “Ángel Santo de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”; pero algo me impulsaba, y volví a tirar del mantel. Ahora ya no creo en él, pero entonces fue el demonio quien se me apareció; fue el demonio quien movió mi mano y me hizo tirar del mantel. Yo realmente no quería hacerlo. Pude aún, en el último momento, detener el vaso, pues giró sobre su eje y muy lentamente cayó al suelo. Sí, cayó muy lentamente; pude haberlo detenido en el aire… Pero el demonio me sujetó las manos. Ahora puedo ya reírme. Esa vez fue la única que el “demonio” logró tentarme. A partir de entonces, siempre que he pecado lo he hecho por mi cuenta..

A Tocar, JCPozo

Cada vez la gente se aleja más de la gente; en sus interacciones, ha condenado al olvido a uno de sus más amados sentidos. La gente ya no se toca, ni con las manos, ni con los ojos, ni con la voz. Prefieren estar separados y convivir a distancia. Muy pronto procrear será un proceso esterilizado y tele-concebido:

¡No te me acerques, me puedes pegar algo!” “Hágase pa’lla por favor; soy claustrofóbica”, “Sale, lo hacemos; pero de lejitos.” “Bueno, sí… oye, pero sin lengua, ¿eh?” “¡Ay, no! ¿Qué no sabes cuántos microbios hay en un beso? “Yo, mejor quiero un hijo así y asado, ¿cuánto me sale?”

¡Cuánto significado y cuánta sinceridad está contenida en un abrazo de amigos, en una palmada en el hombro, en unos manos enlazadas o unos labios acariciando un oído.

¿Acaso la confianza entre los seres humanos se ha perdido?

Miren.

Cada amanecer el sol seduce al mar acariciando suavemente su torso dormido. El mar, a su vez, suelta su brisa fresca salpicando la ardiente piel del sol; entonces, todo se vuelve alcoba. En ese paisaje cualquiera se queda enraizado, apasionado por los calores que desinhiben; enamorado de la mujer enamorada de sentir la vida; de la que toca y se deja tocar; mujer pescadora de carnes firmes y vestido untado; mujer sensual que ofrece indiferente sus caderas al empuje de las olas del mar; mujer amante de la espuma que la revuelca; mujer que sale exhausta del delicioso vértigo, se acuesta en la arena y se desparrama de cara al sol, para que el calor de julio la toque, la pinte, la desvista; y ella, finalmente se derrita fascinada en la gloria de dejarse sentir; mujer tocada por la naturaleza y la naturaleza entregada a ella. ¡Qué maravilla! ¿No es acaso un sueño universal y recurrente el perderse en el atardecer, agarrado de su mano y caminando por la orilla?

Nacimos tocando. Tocando al viento con el primer llanto, tocando el tambor de los latidos, tocando el corazón de la madre, tocando la fuente que nos alimentó al nacer. Respiramos el mundo a través de un tejido. Un solo roce y se encienden las hogueras. Una caricia, y toca uno a las estrellas. Un beso… bueno, que les puedo decir, después de un beso de amor, ya uno puede morir.

Mis amigos se asombran que yo no vaya con los tiempos; insisten que es mejor que todo lo haga “online”, por Internet: bancos, compras, pagos y hasta romances.

¿Cómo decirles, si ni siquiera he querido entrar al laberinto de un celular?

¿Qué le voy a hacer, si estoy hecho de sal y palmera, soy rústico, meto mi cuerpo para que lo toque el mar y extiendo mis ramas para que las toque el viento?

¡No hombre!, eso solo lo escribo en un poema; más mundano se los digo. Miren:

Cada vez que recibo mi cheque del trabajo, ni siquiera permito que se deposite directo al banco, sino que, como es rutina, voy y lo recojo en la oficina para darle un buen abrazo a Lupe.

Eso aún no lo encuentro en internet.

Agencia de Viaje, Eugène Ionesco

Personajes: el CLIENTE, el EMPLEADO, la MUJER

CLIENTE.- Buen día, señor. Quisiera dos pasajes de ferrocarril, uno para mí, y uno para mi mujer que me acompaña en el viaje.

EMPLEADO.- Bien, señor. Yo puedo venderle centenas y centenas de pasajes de tren. ¿Segunda clase? ¿Primera clase? ¿Camarotes? ¿Les reservo dos plazas en el vagón comedor?

CLIENTE.- Primera clase, sí, y en coche-cama. Es para ir a Cannes en el expreso de pasado mañana.

EMPLEADO.- Ah… ¿Es para Cannes? Vea usted, yo puedo fácilmente darle los pasajes, tantos como usted quiera, para todas las direcciones en general. Usted solo debe precisar el destino y la fecha, ya que para el tren que usted quiere tomar, eso se vuelve muy complicado.

CLIENTE.- Usted me sorprende, señor. Hay muchos trenes en Francia. Los hay para Cannes. Yo ya los he tomado, ¡yo mismo!

EMPLEADO.- Usted los ha tomado, puede ser, hace veinte años, o treinta, en su juventud. Yo no digo que no hay muchos trenes, sólo que están abarrotados, no hay más plazas libres.

CLIENTE.- Puedo ir la semana próxima.

EMPLEADO.- Está todo vendido.

CLIENTE.-¿Será posible? ¿Y dentro de tres semanas…?

EMPLEADO.- Está todo vendido.

CLIENTE.- ¡Dentro de seis semanas!

EMPLEADO.- Está todo vendido.

CLIENTE.- Entonces, ¿todo el mundo no hace otra cosa más que ir a Niza?

EMPLEADO.- No forzosamente.

CLIENTE.- Tanto peor. Deme entonces dos pasajes para Bayona.

EMPLEADO.- Está todo vendido, hasta el año próximo. Ve usted, señor, que no todo el mundo va a Niza.

CLIENTE.- Entonces, deme dos plazas en el tren que va a Chamonix…

EMPLEADO.- Está todo vendido hasta el 2000…

CLIENTE.- Para Estrasburgo…

EMPLEADO.- Están vendidos.

CLIENTE.- Para Orléans, Lyon, Tolosa, Aviñón, Lila…

EMPLEADO.- Está todo vendido, vendido, vendido, con dos años de anticipación.

CLIENTE.- Entonces, deme dos boletos de avión.

EMPLEADO.- No me queda más ningún lugar para ningún avión.

CLIENTE.- En ese caso, ¿puedo alquilar un auto, con o sin chofer?

EMPLEADO.- Todos los permisos para conducir están anulados, para que las rutas no sean un obstáculo.

CLIENTE.- Que me presten dos caballos.

EMPLEADO.- No hay más caballos. -No quedan más caballos-.

CLIENTE.- (A la MUJER.) ¿Quieres que vayamos a pie, hasta Niza?

MUJER.-Sí, querido. Cuando yo esté cansada tú me llevarás en tus espaldas y viceversa.

CLIENTE.- (Al EMPLEADO.) Denos, señor, dos boletos para ir caminando a Niza.

EMPLEADO.- ¿Escucha usted ese ruido? Oh, la tierra tiembla… En medio del país un lago inmenso…, un mar interior acaba de formarse -de aparecer, de surgir-. Aproveche rápido, apúrese antes que otros pasajeros lo piensen. Yo les ofrezco un camarote de dos plazas en el primer barco que va a Niza.

La lluvia vino del mar, Ana Catalina Burbano

Matt WalkerLo primero que aprendí fue a ver el mar, el cielo y el mar. La casa de mis padres estaba al pie de un faro, de cara al horizonte.

Marinera triste, subía con las olas hasta las nubes y volvía envuelta en aguaceros apocalípticos. Dios no existe, el universo es un lugar sin límites. Sentado en su perezosa de lona roja, mi padre sorbía café y leía los diarios. Mientras la luz del faro se perdía entre buques lejanos, a Baudelaire y el Che podía tocárselos. Aprendí a caminar sobre la arena y mi primer juguete fue la espuma que el mar dejaba en la puerta de mi casa. Ahora sé que esas cosas marcaron mi vida, crecí con los pies en la tierra y la cabeza en el mar. Mis pies se hunden bajo la arena caliente y húmeda y cada paso que doy exige un verdadero esfuerzo. Desde atrás de una roca sale un hombre, me persigue con una cosa negra en la mano. Mientras corre, se la pone sobre los ojos como una máscara. Es el fotógrafo contratado por mis padres.

Los rayos del sol pintan rojos, azules y dorados sobre la espuma del mar, y yo corro para alcanzarla antes que el viento. Pero no lleno con ella mis bolsillos, tampoco la guardo en el borde de mi vestido, como hago con las caracolas marinas. Solo trato de sostenerla entre mis manos. Y cuando al fin creo que lo he logrado, se escapa ante mis ojos, se hace una con el viento. Hago lo mismo una y otra vez. Hago lo mismo uno y otro día. Creo que todavía hago lo mismo. Si ahora cierro los ojos, solo veré a una niña que persigue incansablemente la fugacidad de un instante.

Como a doscientos metros de la casa había unos muros que la marea cubría al atardecer y por cuyos bordes me gustaba andar descalza. Mis manos, mis cabellos, toda yo, adquirían un sabor mariscoso y salado. La superficie de los muros estaba hecha de roca, sobre ella crecía el musgo y unos bichitos se abrían y cerraban bajo mis plantas. Mientras voy despacito por el borde del muro, sumida en las profundidades de mi salada y mariscosa felicidad, oigo a mi madre llamando desde lejos.

Un día desperté en otra casa. El cielo y el mar habían desaparecido. En su lugar estaba la ventana de la casa del frente, un hueco oscuro abierto al vacío que yo observaba todos los días, pues era lo único que alcanzaba a ver. Acostumbrada a las tempestades marinas, la tarde en que descubrí unas rayitas dibujándose en la oscuridad de la ventana, me quedé ahí para siempre. Esperaba que la lluvia creciera y me llevara de vuelta. Después, fue el olor a tierra mojada el signo irremediable de esos días de espera. Unos minutos antes de que empezara, ya sabía que iba a llover. El agua comenzaba a caer y yo estiraba los brazos tratando de alcanzarla. Luego pasaba las manos por mi rostro, entonces un calor húmedo salía de mi cuerpo y yo sentía que tenía toda la lluvia por dentro.

La momia analfabeta, Enrique Jardiel Poncela

PROEMIO

Voy a contar una de las famosas historias en las que el genio de Sherlock Holmes se mostró más esplendoroso.Tan esplendoroso, que en esta ocasión Holmes no tuvo necesidad de moverse de su pisito de Baker Street para dar con la solución del enigma que le presentó míster Horacio Craig, de Ceilán.

Verán ustedes canela.

HOLMES AVERIGUA QUIEN ES CRAIG

A las siete en punto de la tarde, cuando los primeros voceadores del Worker se refugiaban en los bares de Upper Tames Street a jugar al marro, Sherlock Holmes me llamó a su habitación.

Comparecí rápidamente, suponiendo que sucedía algo grave; y, en efecto, el problema era de alivio: Sherlock se había roto en seis trozos los cordones de sus zapatos.

Durante varios minutos le ayudé a luchar contra el Destino, pero ambos fracasamos visiblemente, y, de no haber acudido la señora Padmore en nuestro auxilio, brindándonos la brillante idea de pegar el zapato al calcetín, es posible que Sherlock no hubiera figurado nunca en el tomo de la H de la Enciclopedia Espasa, donde, como se sabe, no figura.

Se retiraba la señora Padmore hacia el pasillo, cuando se abrió de súbito una de las ventanas y un personaje ignoto irrumpió en la estancia, como irrumpen los clavos en la tela de los pantalones el día que estrenamos traje. Era un caballero de unos cincuenta años bisiestos, con aire de perro de trineo.

Nada más entrar, gritó con voz fuerte y derrumbándose en un sillón:

¡Soy Craig!

Y agregó, ya más débilmente:

¡Soy Craig!Y dijo, por fin, con acento desfallecido:

Soy Craig, señor Holmes… Soy Craig. Craig. ¿Sabe usted? Craig…

A continuación se puso amarillo, luego verde, luego morado, y, desplomándose del todo, se desmayó lo mejor que pudo.

Holmes me cogió por un brazo, señaló al visitante, y me dijo gravemente:

Harry… Este señor es Craig.

Pero la cosa no me extrañó en modo alguno; estaba yo muy habituado a la continua perspicacia de Sherlock.

TRABAJOS ARQUEOLÓGICOS

El maestro añadió después:

Acércame el tablero del ajedrez, Harry. Vamos a echar una partidita para esperar sin aburrirnos a que vuelva en sí míster Craig.

Obedecí con cierto temblor nervioso, ya que la sangre fría de Sherlock siempre me producía una emoción indescriptible. Jugamos tres partidas, las cuales ganó Holmes, como siempre, pues su extraordinaria habilidad manual le permitía cambiar las fichas de casilla cuando le daba la gana sin que nadie lo advirtiese, y yo me armaba unos líos como para nombrar abogado y pegarme después un tiro, que es lo que hace la gente en esos casos.

Al final de la partida número tres, Craig se decidió, por fin, a volver del desvanecimiento, y fue entonces cuando Holmes se sepultó en su diván favorito, cerró los ojos y exclamó:

Hable usted, míster Craig. Espero el relato de los tremendos acontecimientos que le hacen acudir a mi auxilio.

Y Horacio Craig, con voz de barítono rumano, contó lo siguiente:

Como usted sabe, señor Holmes, desde los primeros balbuceos infantiles he dedicado mi vida al estudio del arte y de la civilización egipcios. Conozco aquel país mejor que los cocodrilos, y mi entusiasmo de egiptólogo es tan intenso, que me hablan de un faraón nuevo y engordo once kilos. Toda Inglaterra, y casi todo el mundo, conoce al dedillo los viajes que he llevado a cabo por el Bajo Egipto, el Alto Egipto y la provincia de Gerona. He ido desde…

Suprima los detalles kilométricos y cíñase al asunto —le interrumpió Holmes.

Dice usted bien; me ceñiré como un “kalasiri” —replicó Craig—. Pues es el caso que en uno de estos viajes, el año de gracia de mil novecientos trece, descubrí al pie de la Esfinge, y según se va a mano derecha, una antiquísima “mastaba”, y de ella, cual muela putrefacta, extraje una momia magnífica, aunque indudablemente polvorienta. Era, según mis cálculos, la momia de Ramsés Trece, de la veintiuna dinastía, piso segundo. Con la natural alegría y unas parihuelas, transporté aquí, a Londres, la momia, y desde entonces se halla en la sala sexta del Museo egiptológico que lleva mi nombre.

El Craig Museum, situado en el treinta y nueve de Wellington Street —dije yo, para que se viera que poseía cierta cultura.

Eso es —aprobó Craig con un golpe de tos que le obligó a comerse el puro que estaba fumando.Y así que hubo digerido el puro, continuó:

LOS CRÍMENES VESPERTINOS

Nada anormal ha ocurrido en todos esos años, hasta hace dos meses. Pero desde dos meses a esta parte, señor Holmes, están sucediendo tales cosas, relacionadas con la momia, que no he perdido la razón porque la llevo atada con un bramante.

¿Qué cosas son ésas? —inquirió Sherlock lanzando una bocanada de humo a veintitrés yardas de distancia.

Sencillamente: que el espíritu de la momia ronda mi casa; se me aparece por las noches, toca la “Danza macabra” en mi piano y hasta se fríe huevos en mi propia cocina. Aun cuando esto es terrible y me obliga a pagar cuentas de gas crecidísimas, no osaría molestar a usted si no fuera porque la momia ha ido más allá.

¿Y eso? ¿Es que ha empezado a freírse patatas?

No, señor Holmes, sino que asesina por las tardes a los conserjes del Museo que se hallan de servicio en la sala sexta.

¿Que los asesina? ¿La momia?

Sí, señor. Tiene que ser la momia, porque los conserjes fallecen envenenados con el jugo de una planta: la conocida con el nombre de “pastichuela romagueris egipciae”, y esta planta sólo crece en Egipto, pues en cualquier otro lugar se lo prohibirían las autoridades. Es necesario que tan terrible situación concluya. Es preciso que usted me ayude a resolver el misterio que…

Holmes hizo un gesto tajante, y exclamó:

Váyase a hacer gimnasia al pasillo con Harry. Necesito meditar. Ya les llamaré cuando haya acabado.Y sin más explicaciones, Sherlock nos dio dos puntapiés, nos echó al pasillo y se sentó a meditar envuelto en humo. Nosotros le observamos por el ojo de la cerradura, que, por feliz casualidad, atravesaba la puerta de parte a parte.

SHERLOCK LO DESCUBRE TODO

Pasaron seis horas largas como túneles suizos, hasta que oímos una especie de gruñido de foca; era que Sherlock nos llamaba. Entramos, y el maestro exclamó:

Todo está ya resuelto. Hoy no necesito moverme de casa para explicar el fenómeno planteado. Vengan ustedes…Y echó a andar pasillo adelante, seguido por Craig y por mí. Holmes se detuvo de pronto delante de una puerta cerrada, que yo mismo ignoraba a dónde conducía, abrió la puerta con un abrelatas, según la vieja costumbre de los ladrones de hoteles, y, encendiendo una lámpara eléctrica, entró y nos hizo entrar.

Un cuadro verdaderamente cubista se ofreció a nuestros ojos. La estancia aquella era, ni más ni menos, un museo arqueológico. Grandes esqueletos, multitud de cacharros y utensilios históricos e infinidad de momias de todas las épocas llenaban los ámbitos. Los tres esqueletos del almirante Nelson (el esqueleto de Nelson a los once años, a los veinte y a los treinta y dos) constituían por sí solos un tesoro incalculable.

Holmes se detuvo ante una momia egipcia, y habló así:

Este problema era, al parecer, tan absurdo como la persecución a tiros de un “jockey” por los muelles del Támesis. Sin embargo, como yo tengo un cerebro maravilloso, unas horas de meditación me han bastado para resolverlo. El misterio está, señor Craig, en que todas las momias, y, por tanto, también la de Ramsés Trece, son analfabetas.

¿Analfabetas? —dijo Craig.

Completamente analfabetas. Verán ustedes…Y diciendo y haciendo, puso ante el rostro de la momia que teníamos delante un ejemplar abierto del Red Magazine. Efectivamente, la momia no leyó ni una línea.

¿Se convencen ustedes? —exclamó Holmes triunfalmente—. Las momias son analfabetas. Ahora bien, señor Craig, ¿de qué color son los uniformes que llevan los conserjes del Museo?

Negros —repuso Craig.

¿Y todavía no adivina? ¿No cae usted en que a todo analfabeto “le estorba lo negro”? Por eso la momia de usted, analfabeta perdida, mata a los conserjes y seguirá matándolos inexorablemente si todo continuara allí igual. Pero vista usted a los conserjes del Museo de blanco o de color barquillo, y verá cómo nada volverá a suceder. Ni siquiera se le aparecerá a usted el espíritu de la momia, porque no tendrá necesidad de demostrarle a usted su enojo. Y ahora, permítame que me retire a mi despacho, puesto que mis servicios ya no le son necesarios. Tengo que llenar mi estilográfica y el tiempo apremia.

Y Sherlock Holmes se alejó por el pasillo, dejándonos a Craig y a mí conmocionados por la sorpresa y por la admiración.

Mantis religiosa, Charles Bukowski

Hotel Vista del Angel. Marty pagó al empleado, cogió la llave y subió las escaleras. Lo era todo menos una noche agradable. Habitación 222. ¿El número tendría algún significado? Entró, encendió la luz, y toda una docena de cucarachas salieron del empapelado, masticando y correteando sin tregua. Había teléfono de monedas. Metió una moneda y marcó. Ella contestó.

¿Toni? —preguntó.

Sí, soy yo —dijo ella.

Toni, me estoy volviendo loco.

Te dije que iría a verte. ¿Dónde estás?

En el Vista del Ángel, Seis y Coronado, habitación 222.

Iré a verte dentro de un par de horas.

¿No puedes venir ahora mismo?

Mira, tengo que llevar a los niños a casa de Carl, luego tengo que ir a ver a Jeff y a Helen, hace años que no les veo…

Toni, te quiero, por amor de Dios, ¡necesito verte ahora!

Si te libraras de tu mujer, Marty…

Esas cosas requieren tiempo.

Dentro de dos horas estaré ahí, Marty.

Escucha, Toni…

Pero ella ya había colgado. Marty se sentó al borde de la cama. Aquélla sería su última aventura. Le desbordaba. Las mujeres eran más fuertes que los hombres. Conocían todas las jugadas. Él no conocía ninguna.

Llamaron a la puerta. Fue a abrir. Era una rubia de treinta y tantos años, con una bata azul rota. Llevaba un maquillaje morado y los labios pintados a todo pintar. Desprendía un lejano aroma a ginebra.

Oye, no te importa que ponga la tele, ¿verdad?

No hay problema, ponla si quieres.

Es que el último tipo que tenía esta habitación estaba medio chiflado. En cuanto yo ponía la tele empezaba a aporrear las paredes.

No hay problema. Puedes poner la tele.

Marty cerró la puerta. Sacó el penúltimo cigarrillo de la cajetilla y lo encendió. Toni se le había metido en la sangre y tenía que quitársela de encima. Llamaron otra vez a la puerta. La rubia otra vez. El maquillaje casi hacía juego con las negras ojeras. Era imposible, por supuesto, pero parecía que se hubiera dado otra capa de carmín en los labios.

¿Sí? —preguntó Marty.

Oye —dijo ella—. ¿Sabes qué hace la hembra de la mantis religiosa mientras le da al asunto?

¿Qué asunto?

Joder.

¿Qué?

Le come la cabeza al macho. Mientras le da al asunto, le come la cabeza: En fin, supongo que hay formas peores de morir, ¿no crees?

Sí —dijo Marty—. El cáncer.

La rubia entró en la habitación y cerró la puerta. Se sentó en la única silla. Marty se sentó en la cama.

¿Te calentaste cuando dije «joder»? —preguntó ella.

Sí, un poco.

La rubia se levantó de la silla y se acercó a la cama; puso la cabeza muy cerca de la de Marty. Le miró a los ojos; puso los labios muy cerca de los suyos. Luego dijo: «¡Joder, joder, joder!» Se acercó más, y repitió: «¡JODER!» Entonces se levantó del borde de la cama y regresó a la silla.

¿Cómo te llamas? —preguntó Marty.

Lilly. Lilly LaVell. Hacía estriptis en Butbank.

Yo soy Marty Evans. Encantado de conocerte, Lilly.

Joder —dijo Lilly muy despacio, entreabriendo los labios y enseñando la lengua.

Puedes poner la tele cuando quieras —dijo Marty.

¿Has oído hablar de una araña que se llama la viuda negra? —preguntó ella.

No.

Bueno, te lo contaré. Después de darle al asunto, joder, se come vivo al macho.

Ah —dijo Marty.

Pero hay formas peores de morir, ¿no crees?

Claro, la lepra, quizá.

La rubia se levantó y empezó a pasearse por el cuarto.

La otra noche me emborraché, conduje por la autopista e iba escuchando un concierto de Mozart para trompa y aquella maldita trompa me atravesaba de pies a cabeza. Iba a más de ciento veinte sosteniendo el volante con los codos y escuchando el concierto, ¿me crees?

Claro que te creo.

Lilly dejó de pasear y miró a Marty.

¿Y crees que puedo meterme tu chisme en la boca y hacerte cosas que jamás ha experimentado antes ningún ser humano?

Bueno, no sé qué pensar.

Pues puedo, vaya si puedo…

Eres muy simpática, Lilly, pero estoy esperando a mi novia, más o menos para dentro de una hora.

Bueno, voy a ponerte a punto para ella.

Lilly se le acercó, le bajó la cremallera y le sacó el pene al aire.

¡Oh, qué cosa más guapa!

Entonces se humedeció el índice de la mano derecha y empezó a frotar el capullo, en un masaje por debajo de la cabeza.

¡Qué amoratado está!

Como tu maquillaje…

¡Oh, se está poniendo muy GRANDE!

Marty se echó a reír. Una cucaracha salió del empapelado a contemplar el espectáculo. Luego salió otra. Movieron las antenas. De pronto la boca de Lilly se cerró sobre el pene. Lo sujetó por el borde del capullo y chupó. Tenía la lengua casi como papel de lija. Parecía conocer los puntos sensibles. Marty la contemplo allí abajo y se excitó muchísimo. Empezó a acariciarle el pelo a gemir dulcemente. De pronto, ella mordió con fuerza Le mordía casi por la mitad. Luego, sin soltar la presa, arrancó con los dientes un trozo de capullo. Marty lanzó un alarido, se tiró a la cama y empezó a dar vueltas sobre sí mismo. La rubia se levanto y escupió. Por la alfombra quedaron esparcidos salivazos y pellejos sanguinolentos. Luego, se dirigió a la puerta, la abrió salió, la cerro.

Marty sacó la funda de la almohada y se sujetó el pene con ella. Le daba miedo mirar. Sentía sus latidos palpitándole por todo el cuerpo, sobre todo allá abajo. La sangre empezó a empapar la funda de la almohada. Sonó el teléfono. Logró levantarse llegar hasta el, contestar. «¿Sí?» «¿Marty?» «¿Sí?» «Soy Toni » «¿Si, Toni…?» «Te noto raro…» «Sí, Toni…» «¿No puedes decir otra cosa? Estoy en casa de Jeff y de Helen. Estaré ahí dentro de una hora.» «Bien.» «Oye, ¿qué demonios te pasa? Creí que me querías.» «Ya no lo sé, Toni…» «Está bien», dijo ella furiosa, y colgó.

Marty logró encontrar una moneda y meterla en el teléfono.

Telefonista, quiero una ambulancia. Localícemela, rápido Creo que me estoy muriendo…

¿Ha hablado usted con su médico, señor?

Telefonista, por favor. ¡Llame una ambulancia!

En la habitación contigua la rubia estaba sentada frente al televisor. Se inclinó hacia adelante y lo encendió. Llegaba justo a tiempo para el programa de Dick Cavett.

Un corte, Quim Monzó

Toni entra en clase corriendo, con ojos alarmados y un corte en el cuello. Es un corte profundo y ancho, del cual mana sangre, más que roja, de un granate brillante. A simple vista y sin la verificación oportuna se diría que, como la carne se ha abierto, la incisión —que al principio debía de ser una línea milimétrica— tiene ahora una anchura de dos o tres centímetros. El largo podríamos situarlo en veinte o veinticinco, ya que empieza debajo de la oreja izquierda, baja por el cuello y acaba a la altura del pecho, un poco más a la derecha del esternón.

Me han cortado con una botella rota.

La sangre le chorrea por el cuello y le mancha la camisa blanca del uniforme. También lleva el cuello de la americana empapado en sangre.

A ver. ¿Ésas son maneras de entrar en clase, Toni?

Es que Ferran y Roger, señor, han cogido una botella rota que había cerca de la máquina de bebidas, me la han clavado y…

¿Cómo se entra en clase, Toni? ¿Es así como se entra en clase? ¿De cualquier manera, se entra en clase? ¿Se entra en clase sin decir «buenos días»? ¿Es eso lo que hemos aprendido en la escuela, Toni?

Buenos días —dice Toni mientras se cubre el corte con la mano derecha para intentar parar la sangre.

Hace mucho tiempo que, en general, las costumbres han ido degenerando, y no es culpa vuestra, lo sé. También es culpa nuestra, de las instituciones que no somos capaces de ofrecer una educación que fundamente personalidades educadas en el rigor y la responsabilidad. Pero también es culpa de la sociedad, es culpa de tantos padres que exigen que la escuela supla la autoridad que ellos son incapaces de ejercer. Tú, Toni, sólo eres una muestra, un grano de arena en la playa infinita del desbarajuste universal. ¿Dónde está el rigor de antaño? ¿Dónde están el esfuerzo y el sacrificio? ¿Dónde están los detalles básicos de educación, de urbanidad, que os hemos inculcado día tras día, desde que entrasteis en esta institución? Sé que en muchos otros centros educativos se practica una educación más laxa, y que, siendo imposible ahora un aislamiento total de cada individuo, y conociendo la tendencia que tiene la juventud a mezclarse y confraternizar, sé, por todos estos motivos, que, por más que nuestra institución luche por educaros de manera ejemplar, si nosotros somos los únicos que os inculcamos unas normas, tenéis demasiado al alcance el peligro de contagiaros de la laxitud de los demás.

Es que voy todo lleno de sangre, señor.

Ya lo veo. Y también veo cómo estás poniendo el parquet. Por no hablar de la camisa, y de la americana. Sabes que me gusta que el uniforme esté siempre impecable. Pero de eso hablaremos después. Ahora ve a recepción y pide al señor Manolo la fregona y un cubo de agua, y procura no ir chorreando sangre por todo el pasillo, que también tendrás que limpiarlo.

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El circo, Hugo Hiriart

Damas y caballeros, salgan de esa postración y esa molicie y pasen, por módico precio, al espeluzne nunca visto de Tomasito, el iceberg asesino y chocador que va a la deriva en la pista en su peligrosísimo número de hundimientos mientras el peluquero Sardina, muy sereno y voluntarioso, práctica el corte de pelo a distancia, a ver, a ver, un voluntario entre el público que pase al sillón giratorio. Señor, anímese, dos boletos gratis para el audaz, y le recordamos que Il Signore Pepo Sardina es natural de Palermo, en Sicilia y es un gran estilista, famoso en Nueva York y París…

Y pasen, pasen a ver, traída directamente de la misteriosa isla de Borneo, a Oswalda, la mujer tarántula, siamesa no doble sino triple, con tres cabezas, Rosita, Dora y Alejandrita, que responden cada una a su modo, a todo lo que uno les pregunta, las tres en un solo cuerpo que baila como nadie la conga, ritmo de moda en los tiempos de Xavier Cugat y sus muchachos, desaparecidos casi todos, menos los que sobreviven penosamente en asilos de ancianos.

La función va a dar comienzo y presentamos a Jovita, la contorsionista de hule, de apenas catorce años, haciendo ante ustedes los gustados números del nudo ciego y el chicle mascado, y no se pierdan a los licenciados Tobías Alpuche y Mauricio Mallé, abogados recibidos, payasos y acróbatas que caminan en el aire mientras actúan como asesores jurídicos del respetable público en todo lo que quieran consultar y al mismo tiempo dictan a dúo sus respectivas autobiografías a dos taquígrafas cómodamente instaladas en primera fila de luneta…

Y vea y oiga al payaso Beppo y sus perros sabios que hacen operaciones en la bolsa de valores, y a Mercedes Iturbe, la mujer bala, que vuela a más de cien kilómetros por hora, debidamente protegida por un casco irrompible, y cae en una bañera con leche de burra, lo mejor para el cutis según dicen…

Se agotan los boletos, pasen, pasen a ver a la trouppe voladora de los hermanos Alcántara, de la Huasteca Potosina, casi todos, que juegan al béisbol en los trapecios, a gran altura, sin red ni montículo, cual bandada de loros remontando el vuelo al amanecer, según dice la canción cubana, espectáculo de gran colorido, veinte peloteros uniformados y con gorra, bajo la lona del circo, que deja atrás, pero muy atrás, a los esforzados voladores de Papantla…

Compren un boleto y entren a ver en acción a Leoncio Montiel, el Bobo de Soria, torero a pie y a caballo, en el número jamás presentado en la plaza, y menos en el circo, de los toros bravos amaestrados, la bestia de lidia, media tonelada de furia y músculo haciendo delicadas monerías, y bailarááán en la pista seis toros, seis, al compás que les toca el primer espada en esta corrida ecológica y sin derramamiento de sangre…

No se quede ahí, engarrotado y paradote como pasmado o de plano tonto, y pase, pase, pase a ver el animal ignorado durante siglos, el buey de papada azul, Pseudoryx ghetinhensis, descubierto a la ciencia hace sólo tres años, tres nada más, como prueba de la asombrosa biodiversidad que todavía reina en el planeta ya muy destruido y menoscabado que habitamos; así, damas y caballeros, contemplen ustedes al buey prodigioso, único rumiante que se alimenta de pescado fresco y que adivina el pensamiento, aún el más recóndito, y lo saca a la luz para vergüenza del pensador, anímese, hermosa señorita, discreto caballero, y pasen, pasen…

Acérquese a la taquilla, atribulado entusiasta del creced y multiplicaos, niños pagan medio boleto y, de más de cinco hermanos dos no pagan nada, entren ordenadamente y asistan maravillados a los actos insuperables del mago Silvannus Mabuse, el mago invisible que nadie ha visto nunca y aun se ignora si existe o no, aunque alguien cobra en su nombre puntualmente…

Tercera llamada, pasen, pasen, damas y caballeros, ya toca la banda del maestro Stravinski, el desfile ya va entrando a la pista y la función de triple gala va a comenzar

Perfil de mujer, Rowena Bali

La paciente afirma que un día amaneció pensando, comiendo con cuchara, antes ocurrieron muchas cosas que no vivió, sólo le queda la clara sensación de que en un tiempo anterior a sus dos piernas y su cama con sábanas, era una perra.

Ha indagado mucho sobre esa parte oscura, algunos le han dicho que un mono guió a los hombres en su camino hacia sí mismos, mas niegan que un perro haya cruzado por ahí, otros le hablaron sobre un hombre que en un rapto de éxito rotundo creó todo, incluso a las mujeres, pero nunca a una que se convirtiera en perra.

La explicación más contundente a su génesis le fue expuesta durante un tratamiento psiquiátrico en el cual estuvo a punto de errar su camino esencial.

Se niega a aceptar que la familiaridad con que recuerda aquellos kioscos de noche, las patadas y los trozos de carne, los mordiscos a las extremidades invencibles de los autos, pueda corresponder a la locura.

En lo que respecta a su estructura física posee una estatura promedio, una musculatura cuya firmeza general se acentúa en los muslos y en las pantorrillas, se encuentra varios kilos abajo de su peso ideal, tiene una tendencia a agachar la cabeza y echar la pelvis hacia delante, postura que mantiene la espalda encorvada y las nalgas apretadas. Sus pies no parecen totalmente afirmados al suelo, pues sus talones hacen poco contacto con él. Sus brazos son firmes y las muñecas flexibles y fuertes pero los dedos son torpes y de motilidad escasa. Su piel muestra vello abundante que en la mancha genital se extiende hasta las ingles, en las pantorrillas alcanza una densidad casi masculina.

En la delicadeza de su rostro destaca un mentón saliente y una mandíbula cuya presión constante la hace rechinar los dientes, sus ojos acusan la represión que la ha acompañado desde la adolescencia antes de la cual no tiene recuerdo alguno, salvo el goce que le propinaba la complacencia animal y su choque con lo humano.

Cree que con sus piernas velludas le sería imposible conquistar a los hombres; ha tenido que aprender a usar las trampas que usan las demás mujeres, sabe maquillarse y activar el movimiento de caderas, sabe montar escenas de soledad y carencia en los cafés. Ahí representa ciertos modales que hagan verosímil un pasado humano, la existencia de una madre ocupada en hacerla tomar los cubiertos correctamente, palabras que evidencien un pensamiento inteligente, una conciencia tan acusadamente incierta como todas. Cuando al fin consigue que algún furor confluya con el suyo en un acto funcional, suele marcharse sin solicitar números o direcciones.

Ayer su cuerpo se sintió recuperado, descendió a su plano ideal y salió a la calle sobre sus cuatro extremidades, después hay en su mente un vacío interrumpido por un golpe en la espalda, una muchedumbre de perros escapando entre la jauría de humanos escandalizados e imprecantes.

Hoy amaneció aquí, ha recobrado cierta noción de la realidad, pero está confundida, afirma obsesivamente que al final de su espalda ha empezado a crecer una cola.

Jersey, Luis García Montero

Un jersey es un animal doméstico que veranea dentro de los armarios. Pero sus vacaciones están llenas de ejercicios espirituales, porque los armarios son una cueva familiar en la que se aprenden los secretos de la memoria, las manías y los vicios inconfesables. Junto a la ropa, aunque esté pensada para salir a la calle, respiran mejor que en ningún otro sitio los silencios que componen una intimidad para cada nombre.

Cuando el otoño firma los contratos laborales del frío, el jersey sale del armario tejido por esas sombras volubles que confundimos con nuestros recuerdos. Hay prendas que necesitan una mancha grave, un acontecimiento amoroso o el final de un día para separarse de sus cuerpos. Dependen de un accidente del destino, una inauguración o una clausura. Asuntos importantes. Pero el jersey, desde que existen las calefacciones, sabe que sólo cuenta con un alma de quita y pon. Uno se quita el jersey en medio de una conversación, según aconsejen los humildes cambios climáticos de una cafetería o de una casa. Como un animal doméstico, con más espíritu de perro que de gato, el jersey se deja caer en el brazo de un sofá, en una silla, en cualquier rincón modesto de la vida cotidiana.

Aquello que mejor nos define a primera vista es lo que más cambia, lo que más se mueve. Las definiciones son un pacto con la realidad, una manera de esconder los intereses transitorios. Nos hemos acostumbrado a vivir en una ética cotidianizada. La gente se quita y se pone un jersey con la misma naturalidad con la que asume u olvida una exigencia moral. Y así se va viviendo, entre amores sin sorpresas, adornando el deseo de salvar un escollo, de hacer política o carrera en la oficina. Los recursos de la existencia, del derecho o del revés, por la cara de la humildad o de la ambición, cosen los rotos con la aguja de la necesidad.

Entre los restos arqueológicos de mi armario duerme un jersey de lana gruesa. Domina los estratos en los que mi infancia sacrificó su paz en nombre de la rebeldía juvenil. Cuando era niño, a mi madre, reina de las visitas familiares, le gustaba llevar a sus seis hijos con el mismo modelo de jersey. Componíamos una tribu uniformada, una escalera textil de edades y estaturas ordenadas, que no recuerdo ahora con la congoja de los rebaños, sino con la melancolía del mundo panorámico y no matizado de los años inocentes. Como soy el mayor, me tocó a mí aventurarme en los colores tricotados de la diferencia. En medio de una fiesta colegial, al final del bachillerato, encendí un cigarrillo, me quité el jersey de los domingos y me puse un himno latinoamericano de lana gruesa, un compañero fiel para asistir a las representaciones del teatro independiente o a los conciertos de la canción protesta. Me lo regaló una novia. Pasé con ella tardes y noches en pisos de estudiantes. Esa extraña conspiración que llamamos memoria ha decidido que recuerde poco las escenas en las que me desnudaba con mi viejo amor y vuelva con frecuencia a las horas en las que el jersey permanecía en su puesto de trabajo, en el invierno de la discusión, alejado del reino de las calefacciones. Animal doméstico, sí, pero en una casa prestada.

Luego dejé la naturalidad del torpe aliño indumentario en busca de una incertidumbre cuidada, como un ejercicio de conciencia, un modo de dibujar las fronteras que separan la madurez y el conformismo, el profesor sensato y el poeta rebelde. Y así voy haciendo punto en la negociación electoral de la existencia. Sólo debe regalarnos un jersey la persona que nos conoce de verdad, porque hay que ser prudentes a la hora de inmiscuirse en el futuro de los demás. Aquel jersey era tan ancho, tan generoso, que todavía puedo jugar a ponérmelo. El espejo, que es el único enemigo real de las chapuzas de una ética cotidianizada, murmura que no me sienta mal.

El viejo manuscrito, Franz Kafka

Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan.

Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día.

Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se entretienen en afilar las espadas, en aguzar las flechas, en realizar ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos.

Es imposible hablar con los nómades. No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden como se entienden los grajos. Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto hacer ademanes; no entienden nada y nunca entenderán. Con frecuencia hacen muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede afirmarse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un lado y se las cede.

También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se la llevan y la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero nosotros comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómades se encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra parte, quien sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los días.

Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades se abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara; como ebrios en torno de un tonel de vino, estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey.

Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomado por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.

-¿En qué terminará esto? -nos preguntamos todos-. ¿Hasta cuando soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha traído a los nómadas, pero no sabe cómo hacer para repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina.

El idiota, Gabriel Jiménez Emán

Cuando el sabio señaló la luna, el idiota se quedó mirando el dedo del sabio, y vio que se trataba del índice. Era un dedo arrugado, envuelto en una epidermis desgastada, cuyo tejido anterior se hacía tan fino que el espesor de la sangre, fragmentado en pequeños puntos rojos, se dividía a su vez en forma de tabique, debido a las líneas irregulares que en grupos de cinco separaban a las falanginas de las falangetas. Por la parte posterior, en la superficie de los nudillos, estas líneas eran más numerosas y parecían nervaduras de hoja, pues el sabio era tan viejo que la piel del nudillo era un pellejo de consistencia inerte, y hasta tenía ciertas marcas de los mordiscos leves que el sabio le había dado en los momentos de reflexión.

En los demás dedos del sabio había ciertos vellos que el idiota apenas conseguía registrar con el ojo, tal era su concentración en el índice, distintos de aquellos por ser lampiños, con los poros más grandes y de una uña más pronunciada, curva y de una pátina tenue de amarillo. Su superficie se adivinaba casi tan lisa como la de un cristal, y brillaba. El contorno de la cutícula estaba perfectamente dibujado; no había en su línea cóncava ni el más mínimo desprendimiento. El nacimiento de la próxima uña, blanco y puntiagudo, formaba con la cutícula un óvalo que el sabio miraba a veces, encontrando en él una especie de centro universal cuyo significado desconocía. Se detuvo por fin el idiota en la parte superior de la uña, que coincidía exactamente con el nivel de la yema y cuyo borde se inclinaba hacia abajo. Allí el idiota vio, perfectamente reflejada y redonda, a la luna.

Cuando marque tu número, Rebeca, Fernando Oviedo

La he visto a Rebeca y todo ha sido una gran confusión, porque habíamos convenido no volver a encontrarnos desde la enfermedad de Lucía, desde esas noches de insomnio llevando y trayendo recipientes de agua con hielo y trapos limpios. Lucía delirando una fiebre que nació de saberlo todo, de los restos de tu colonia barata, Rebeca; tus cabellos castaños en el cuello de mi camisa a cuadros, la de algún aniversario. No vernos porque entonces sería peor para los tres, porque así nos iríamos cayendo cuesta abajo indefinidamente, formando una gran bola de nieve que arrastraría al pobre de Juan, a ese tan buen hermano mío, al perfecto esposo tuyo, Rebeca; pensándolo mejor sería peor para los cuatro, mucho peor para los cuatro. Una gran confusión de conciencias remordiéndose ácidamente porque los prejuicios son mucho más fuertes que el amor, y a eso Rebeca tendría que comprenderlo más física que racionalmente. Alejarse de las noches compartidas sin sentido solamente por habernos creído a salvo, porque en los pocos años de nuestros respectivos matrimonios ya habíamos aceptado que los esfuerzos eran inútiles, ahora no pensábamos como antes, casi obsesivamente, en tener hijos. Ya cada uno, Rebeca a su modo y yo al mío, habíamos sabido conformar un amor sin paternidad aunque maldiciendo nuestros destinos, simétricos y esquivos a la vez; porque quizás fuera por eso mismo que nos buscábamos, porque aquel aborto en la adolescencia de Lucía le impediría para siempre hacerme padre, y los inútiles esfuerzos de Juan, mi pobre hermanito, que no supo de su esterilidad hasta mucho después del abandono tácito y compartido de una Rebeca resignada a fuerza de terapia y lágrimas.

Por todo eso la equidistancia trágica nos arrimaba casi con lástima, como a dos barcos de papel en la cuneta, encerrándonos en hoteles baratos y sucios a pensar en ellos dos, en los primeros síntomas de Lucía, dieta rigurosa y paños húmedos de agua helada, porque los casi cuarenta grados y por otra parte la tristeza casi crónica de Juan; mientras aquí, en este cuarto de treinta pesos, vos y yo, Rebeca, nos alejamos del verdadero dolor, dándonos un amor apenas falso, casi físico. Y mucho después, casi siempre pasando por un bar alejado y oscuro, borrándonos las huellas que nos dejamos mutuamente; volver cada uno a su infierno, con Juan ausente, quizás emborrachándose por ahí, o perdido en mujeres baratas; y aquí en casa, yo escribiendo para intentar comprender todo esto, el por qué de toda mi ropa desordenada en el placard, y el lugar en donde tendría que estar la de Lucía completamente vacío, el cuarto excesivamente limpio y la cama impecablemente tendida, porque después he llamado al doctor Luna y me lo ha dicho todo; entonces una reacción en cadena ha comenzado en eso y seguramente terminará cuando marque tu número, Rebeca y entre lágrimas ácidas y sollozos entrecortados, me cuentes de la carta de Juan, de su tímida confesión, de sus flamantes planes junto a Lucía y el hijo por venir.

En el país de las tinieblas, Leyenda japonesa

El dios Izanagi añoraba tanto a su fallecida esposa que decidió partir en su busca. Se dirigió, por tanto, al País de las Tinieblas llamado Yomi. Cuando llegó, al ver que su esposa le abría las puertas del palacio de ese país, le dijo:

¡Ah, mi bella y amada esposa! El país que construimos juntos todavía no está del todo terminado. Vamos, regresa conmigo al mundo de los vivos.

Su esposa, Izanami, le respondió:

¡Qué pena que no hubieras podido venir antes…! Pero ya he probado la comida de esta regió tenebrosa. Aun así, me siento agradecida de que mi amado esposo haya venido a visitarme hasta aquí. Por eso, aunque mi deseo es regresar contigo, voy a consultar a los dioses de este mundo de las tinieblas. Mientras vuelvo, no se te ocurra mirarme.

Con estas palabras, la diosa desapareció tras las puertas. Pero tardaba tanto en volver que el dios Izanagi no pudo esperar más. Rompió un diente grueso de la peineta con que se sujetaba su augusta coleta izquierda y le prendió fuego para alumbrarse. Cuando entró en el palacio, vio el cuerpo putrefacto de la diosa que rezumaba gusanos y despedía truenos.

De su cabeza había nacido el Gran Trueno.

De sus pechos, el Trueno del Fuego.

De su vientre, el Trueno Negro.

De sus genitales, el Trueno Hendidor.

De su mano izquierda, el Trueno Joven.

De su mano derecha, el Trueno de Tierra.

De su pie izquierdo, el Trueno Retumbante.

De su pie derecho, el Trueno Doblegador.

En total, pues, habían nacido, ocho deidades de truenos.

Cuando Izanagi vio a su esposa en tal estado, tuvo mucho miedo y emprendió la huida. Por su parte, Izanami le dijo:

¿Cómo te has atrevido a avergonzarme?

E, inmediatamente, ordenó a las furias del País de las Tinieblas que lo persiguieran. Al verse perseguido, Izanagi se quitó la cinta negra, hecha de sarmientos, con que se sujetaba su augusto cabello, y la tiró. La cinta se transformó en racimos de uvas silvestres ante las cuales las furias se detuvieron para devorarlas. Así, el dios pudo seguir huyendo. Pero no tardaron sus perseguidoras en continuar tras él. Entonces, el dios rompió un diente de la pequeña peineta que llevaba en la coleta derecha de su augusto cabello, y lo tiró. El diente se transformó en un tallo de raíz de brotes de bambú ante los cuales las furias se detuvieron para devorarlos. Así, el dios pudo seguir huyendo.

Tras eso, la diosa Izanami ordenó también a las Ocho Deidades de los Truenos y a los Mil Quinientos Guerreros del País de las Tinieblas que persiguieran a Izanagi. Éste, entonces, desenvainó la espada de diez palmos de larga que llevaba y siguió huyendo mientras la blandía con el brazo extendido hacia atrás. Pero como los seres tenebrosos no cejaban en la persecución, al llegar a la cuesta de Yomo-tsu-hira, situada en la frontera entre el mundo de los vivos y el País de las Tinieblas, tomó tres melocotones que había por allí y, cuando se acercaron sus perseguidores, se los lanzó. El ejército del País de las Tinieblas se retiró y huyó.

Izanagi dijo entonces a los melocotones:

Así como vosotros me habéis salvado la vida, así yo os pido que cuando los mortales moradores del País Central de Ashihara sufran adversidades y conozcan momentos de dolor, los ayudéis del mismo modo.

Y concedió a los melocotones el nombre de Oo-kamu-zu-mi-no-mikoto.

Finalmente, la misma diosa Izanami en persona emprendió la persecución de Izanagi. El dios, al ver cómo se le acercaba, colocó una enorme roca, que sólo podían mover mil hombres, en medio de la cuesta de Yomo-tsu-hira, tapando así la entrada al País de las Tinieblas. Los dos dioses se quedaron, por lo tanto, uno a cada lado de la roca. Ahí intercambiaron las palabras de disolución del vínculo matrimonial. La diosa dijo:

¡Mi amado esposo! Si tú me haces esto, yo me encargaré de acabar cada día con mil personas del mundo de los vivos.

¡Mi amada esposa! Si tú me haces esto, yo me encargaré de construir cada día mil quinientas cabañas de parto.

Fue así como por cada mil personas que mueren a diario, nacen el mismo día mil quinientas más.

A Izanami se la llama también diosa Yomo-tsu. Es, además, conocida como [la diosa] Chi-shiki-no-o-kami, por haber perseguido al dios Izanagi. En cuanto a la gran roca que tapaba la entrada al País de las Tinieblas, recibió el nombre de [dios] Chi-gahesi-no-o-kami o también el de [dios] Yomi-do-no-o-kami. En cuanto a la cuesta de Yomo-tsu-hira, es la actual cuesta Ifuya situada en el país de Izumo.

La música nunca oida, Raúl Renán

En una banca del parque, acomodados los tres hombres, se dicen travesuras de palabras. Ríen por turnos como rondan su cigarrillo de mariguana. Cuando éste se termina en un ascua de papel que mata el viento, el primer hombre inicia un ritmo singular raspando entre sí las palmas de las manos, palmeándose las rodillas y el dorso de las caderas; el segundo hombre enlaza su cadencia taconeando sobre el piso y el tercero, hace como valvas las manos y las golpea emitiendo aire sobre el hueco de la boca que deja abierta una rendija para sacar sonidos. Música de ángeles caídos que con los instrumentos del cuerpo se elevan y encantan; parece que reciben del aire efluvios de misterio, sólo igualados por los enviados de Dios a la Anunciación. Músicos astrosos sin arpas, sin pífanos, sin trompetas. Sus partituras son dignas del mayor genio musical, y como todo verdadero gran arte nacen para que se las lleve el viento.