Basilisca Agustina, Michael Ende

La emperatriz Basilisca emprendió incontables guerras para defender a su imperio de los constantes ataques de los pitos y flautas. Cuando los hubo sometido una vez más, estaba tan irritada por la inacabable molestia que amenazó con exterminarlos, a menos que su rey Xaxotraxolus le cediera su carpa dorada. Había oído, de boca de un viajero, que el rey poseía un pececito que, en cuanto hubiera acabado de crecer, se convertiría en oro puro. Y esa rareza quería poseerla, a cualquier precio, la emperatriz Basilisca.
El rey Xaxotraxolus se rió para sus adentros. Ocultó la carpa dorada que efectivamente poseía, e hizo entregar a la emperatriz, en una sopera, una ballena pequeñita. La emperatriz quedó un tanto sorprendida por el tamaño del animal, aunque “cuanto mayor, mejor” —pensó—, pues tanto más produciría, al final. Pero, por otro lado, la intranquilizaba que el animal no fuera dorado. Entonces, el emisario del rey le aclaró que el pez no se convertiría en oro antes de haber acabado de crecer. Y por eso era muy importante que no se le estorbara en su crecimiento.
El pececito consumía enormes cantidades de comida y crecía día a día, con lo que se hizo grande y gordo. Pronto, la sopera se quedó pequeña. “Cuanto mayor, mejor”, repitió la emperatriz, y lo hizo trasladar a su bañera. Pero, al poco tiempo, tampoco cupo ahí. Entonces, fue trasladado a la piscina imperial, lo cual ya era un transporte bastante complicado, porque en ese momento el pez pesaba tanto como un buey.
Con todo, hasta la piscina imperial resultó demasiado pequeña. Así, Basilisca mandó construir un enorme acuario, totalmente circular, en el que el pez, por fin, podía estirarse a gusto. Sentada al borde del acuario, la emperatriz pasaba horas, viéndolo crecer. No pensaba más que en el oro. Ya no se fiaba de nadie, ni de sus esclavos, ni de sus parientes. Adelgazaba más y más, no pegaba ojo y vigilaba al pez, que nadaba divertido, sin pensar siquiera en convertirse en oro.
Y así, la emperatriz se despreocupó de los asuntos del gobierno. Eso precisamente esperaban los pitos y flautas. Bajo la dirección de su rey Xaxotraxolus, emprendieron una última campaña y conquistaron el imperio en un paseo militar. No encontraron ningún soldado y al pueblo tanto se le daba quién lo gobernara. Para celebrar la victoria, el rey mandó matar la ballena, de modo que todo el pueblo recibió, durante ocho días, filete de pescado asado.

 

La oración del dragón, Julia Otxoa

Todas las noches, cuando llega la hora de las noticias y los políticos empiezan con su verborrea sobre política nacional, entro en la cocina y quito el sonido del televisor, me siento a la mesa y pelo cuatro cabezas de ajos; desgrano luego todos los dientes y los machaco lentamente en un mortero de madera; lo mezclo todo con sal, aceite de oliva y un chorrito de limón y sigo dándole golpes hasta formar una masa compacta; entonces meto el dedo, la pruebo y si está en su justo punto tuesto cuatro rebanadas de pan y las coloco en un plato junto al mortero. Me arrodillo entonces entre el frigorífico y la regadera, y echo a volar todas las pieles de ajo por encima de mi cabeza, como si fueran pétalos de rosa cayendo por todas partes, alegre lluvia sobre un templo iluminado por un fuerte olor a ajos y a pan tostado.

Sólo después de todo esto llega el tiempo de mi gimnasia diaria con saltos y volteretas por el pasillo, la sala y las habitaciones. Los ejercicios gimnásticos duran exactamente el tiempo del telediario, treinta minutos. Luego, sudada y exhausta, me doy una ducha, me pongo ropa limpia y me siento tranquila y feliz en la mesa de la cocina a comerme las rebanadas de pan untadas con ajo, aceite y limón, regándolo todo con una cerveza rubia y helada.

Después de estos aperitivos salgo al balcón a echar unas cuantas llamaradas con mi aliento de ajos. La noche se incendia ante mis ojos. Y así estoy un ratito apoyada en la barandilla, contemplándolo todo, imaginándome que vuelo sobre árboles y tejados, sintiendo dentro de mí música de volcanes, las estrellas parpadeando sobre mi cabeza. En esos instantes pienso que algo así tenían que sentir en un pasado los dragones, cuando en plena ebullición de sus incendiadas fauces miraban el cielo.

Los dragones del trigésimo primer día, Luiz Fernando Emediato

No te desesperes ni mates a tus siete hijos antes de la hora. Los dragones llegarán el trigésimo primer día después de la señal, para matar. Además de tus hijos rebeldes, a las mujeres blancas que no se doblegaron a los deseos de Artaroth, dios de las tinieblas, de la noche y de la muerte.

Primero cortaron sus hermosas cabelleras, porque lo traicionaron. Por cuanto eran dragones, no hubo leyes que les castigaran el crimen. La calva horrible se abrasó bajo el sol de la tortura, pero le prohibieron los gritos, aunque prensaran entre sus dos axilas un pedazo de madera. Por cuanto eran dragones, no hubo leyes.

En el sexto día de martirio, ofreciéronle agua, pero la rechazó: Diéronle hiel, y por cuanto eran dragones, bebieron cerveza y danzaron y rieron en orgías fantásticas, cuya música no pasaba de una bárbara, angustiante y desesperada sinfonía de gemidos. Eran dragones, y por ello siguieron impunes.

En el séptimo día descansaron, mientras en el patio del sol el héroe traicionado cargaba piedras. La ley les aseguraba descanso, y por cuanto eran dragones, disfrutaban sus beneficios.

El héroe murió en la vigésima hora del décimo tercer día, y por cuanto eran dragones, no creían en presagios. Mientras el pueblo bramaba en las torcidas calles, deslizándose por ellas cual formidable ciempiés, dormían bajo los efectos del vino y de los hongos alucinantes. Despertaron con los primeros rayos del sol rojo, y cuando abrieron los ojos, llevaron la mano izquierda, medrosamente, a los coloridos galones de los uniformes.

Nadie acudió a sus llamados, aunque fueran dragones, y uno a uno fueron pasados por las armas blancas. Por cuanto eran dragones, los sepultaron con honores y salvas de veintiún cañonazos.

Después de un torturado hiato de meses y meses de incertidumbre, los líderes del precipitado ciempiés popular fueron diezmados por los ángeles sin alas, uno por uno, en secreto y en silencio, en la intimidad ininvadible de las sábanas.

Los nuevos dragones llegarán el trigésimo primer día, aunque los libres atestigüen que no es cierto, y durante diez años castigarán a los débiles. Ayer sepultaron el último varón antiguo, y ahora, aunque sea de madrugada, todavía podemos oír los gritos de sus siete viudas. Lloran no por él, que ya murió, sino por sus siete hijos menores que serán sacrificados, a hierro y fuego, en la madrugada del trigésimo día después de la noche del aviso, o sea mañana.

Párrafos trocados, Graham Greene

Una vez estaba tendido en la cama del dormitorio, llorando bajo las sábanas porque era la primera semana del trimestre y todavía faltaban doce infinitas semanas para las vacaciones. Y yo tenía miedo de… de todo. Era invierno y de pronto vi que la ventana de mi cuarto se empañaba con un vapor caliente. Limpié el vapor con la mano y miré hacia abajo. Allí estaba el dragón, echado en la calle húmeda y negra, parecía un cocodrilo en un arroyo. Antes nunca había abandonado el ejido porque todos estaban en contra de él… Como también creía que estaban contra mí. Hasta la policía guardaba rifles en un armario para matarlo si se acercaba a la ciudad. Pero allí estaba, tendido e inmóvil, respirándome cálidas nubes de aliento. Se había enterado de que las clases habían vuelto a empezar y sabía que yo era desdichado y estaba solo.

Quizá tú no necesites la ayuda de un dragón, pero yo la necesitaba. Todo el mundo detestaba a mi dragón y querían matarlo. Temían al humo y a las llamas que salían de su boca cuando estaba enfadado. Por las noches yo solía escabullirme de mi dormitorio y llevarle latas de sardinas de mi caja de provisiones. Él las cocinaba dentro de la lata, con su aliento. Le gustaban calientes.

El ciervo vampiro, Javier Tomeo

El ciervo atraviesa lentamente el calvero del bosque en busca del río donde abreva cada mañana. Sabe que su cabeza es un jeroglífico imposible de descifrar y se siente orgulloso de su cornamenta.

«No quiero que pueda traducirme cualquier becario sin talento», piensa.

Se detiene a orillas del río. El agua es roja. Recuerda que ayer noche hubo aguas arriba una batalla entre hombres que no pensaban del mismo modo y que estuvieron degollándose recíprocamente durante un par de horas. Muchos de los combatientes, al saberse heridos de muerte, prefirieron meterse en el agua hasta el cuello y morir desangrados.

El dilema que se le presenta al hermoso ciervo es bastante peliagudo: o renunciar a beber y morir de sed, o arriesgarse a beber agua contaminada de sangre humana y convertirse en hombre.

 

El dragón , Harold Kremer

Cuando el mundo conocido sólo era China, el dragón Han se apareció en sueños al rey Tong y le dijo:

Al despertar sólo tendrás un día más de vida y luego morirás. Podrás seguir viviendo si construyes para mí un castillo que dure mil años.

Cuando despertó, el rey olvidó el sueño. Al anochecer, cuando faltaban apenas seis horas para la sentencia, lo recordó y llamó de prisa a sus ministros, consejeros y magos.

Pronto moriré —concluyó después de contar su sueño—. Si alguno de ustedes tiene una solución quiero oírla.

Divagaron durante horas hasta que uno de los consejeros trajo unas copas de licor. En la del rey echó un fuerte somnífero que lo hizo dormir inmediatamente.

Pero, ¿qué hiciste, siniestro consejero? —clamaron en coro los hombres.

Salvarlo —respondió—. Sólo en sueños podrá construir ese castillo.

Hermano lobo, Manuel Mejía Vallejo

ANIMALIA 2Un día el lobo se dio cuenta de que los hombres lo creían malo.

– Es horrible lo que piensan y escriben – exclamó.

– No todos – dijo un ermitaño desde la entrada de su cueva, y repitió las palabras que inspiró San Francisco. El lobo estuvo triste un momento, quiso comprender.

– ¿Dónde está ese santo?

– En el cielo.

– ¿En el cielo hay lobos?

El ermitaño no pudo contestar.

– ¿Y tú que haces? – preguntó el lobo intrigado por la figura escuálida, los ojos ardidos, los andrajos del ermitaño en su duro aislamiento. El ermitaño explicó todo lo que el lobo deseaba.

– Y cuando mueras ¿irás al cielo?- preguntó el lobo conmovido, alegre de ir entendiendo el bien y el mal.

– Hago lo que puedo por merecer el cielo – dijo apaciblemente el ermitaño.

– Si fueras mártir, ¿irías al cielo?

– En el cielo están todos los mártires.

El lobo se le quedó mirando, húmedos los ojos, casi humanos. Recordó entonces sus mandíbulas, sus garras, sus colmillos poderosos, y de unos saltos devoró al ermitaño. Al terminar se tendió en la entrada de la cueva, miró al cielo limpiamente y se sintió bueno por primera vez.

Guardar

Guardar

La debutante, Leonora Carrington

5772780441_97592db377_oEn la época que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. Era muy inteligente. Le enseñé a hablar francés y a cambio ella me enseñó su lenguaje. Así pasamos muchas horas agradables.
Mi madre había organizado un baile en mi honor para el primero de mayo. ¡Lo qué sufrí durante noches enteras! Siempre he aborrecido los bailes; sobre todo los que se daban en mi honor.
La mañana del uno de mayo de 1934, fui muy temprano a visitar a la hiena.
-¡Qué asco! -le dije-. Esta noche me toca asistir a mi baile.
-Tienes suerte -dijo ella-; a mí me encantaría ir. No sé bailar, pero en cambio sabría mantener una conversación.
-Habrá muchas cosas de comer -dije-. He visto llegar a casa carros repletos de comida.
-Y aún te quejas -replicó la hiena con desaliento-. Mírame a mí: yo sólo como una vez al día, y me tienen jeringada con tanta bazofia.
Se me ocurrió una idea audaz; estuve a punto de echarme a reír.
-No tienes más que ir en mi lugar.
-No nos parecemos lo bastante; si no, con gusto iría -dijo la hiena un poco triste.
–Escucha -dije-, con las luces de la noche no se ve muy bien. Con que te disfraces un poco, nadie se fijará en ti en medio de la multitud. Además, tenemos casi la misma estatura. Eres mi única amiga; anda, hazlo por mí. Por favor.
Se puso a pensar en esta posibilidad. Comprendí que estaba deseosa de aceptar.
-De acuerdo -dijo de repente.
No había muchos guardianes cerca, dado lo temprano de la hora. Abrí rápidamente la jaula, y en un instante estuvimos en la calle. Llamé un taxi. En casa, todo el mundo estaba aún en la cama. Una vez en mi cuarto, saqué el vestido que debía ponerme por la noche. Era un poco largo, y la hiena andaba con dificultad con mis zapatos de tacón alto. Encontré unos guantes con que ocultarle las manos, demasiado peludas para parecerse a las mías. Cuando el sol iluminó mi habitación, la hiena dio varias vueltas alrededor, andando más o menos derecha. Estábamos tan ocupadas que mi madre, que entró a darme los buenos días, estuvo a punto de abrir la puerta antes de que la hiena se escondiera debajo de la cama.
-Esta habitación huele mal -dijo mi madre, abriendo la ventana-; antes de esta noche date un baño con mis nuevas sales.
-Por supuesto -le dije.
No se entretuvo mucho. Creo que el olor era demasiado fuerte para ella.
-No te retrases para el desayuno -dijo al irse.
Lo más difícil fue encontrar un disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba todas mis sugerencias. Por fin dijo:
-Creo que he encontrado la solución. ¿Tenéis criada?
-Sí -dije, perpleja.
-Pues verás: vas a llamar a la criada; cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara esta noche en lugar de la mía.
-No lo veo muy práctico -dije yo-. Probablemente se morirá en cuanto pierda la cara: alguien encontrará su cadáver, y nos meterán en la cárcel.
-Tengo la suficiente hambre como para comérmela -replicó la hiena.
-¿Y los huesos?
-También -dijo-. ¿Te parece bien?
-Sólo si me prometes matarla antes de arrancarle la cara. Si no, le va a doler demasiado.
-Bueno, eso me da igual.
Llamé a Marie, la criada, no sin cierto nerviosismo. Desde luego, no lo habría hecho si no odiara tanto los bailes. Cuando entró Marie, me volví de cara a la pared para no verlo. Debo reconocer que no tardó nada. Un breve grito, y se acabó. Mientras la hiena comía, estuve mirando por la ventana. Unos minutos después, dijo.
-Ya no puedo más; aún me quedan los pies, pero si tienes una bolsa, me los comeré más tarde, a lo largo del día.
-En el armario encontrarás una bolsa bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que tiene y quédatela.
Hizo lo que le había indicado. A continuación, dijo:
-Date la vuelta ahora y mira qué guapa estoy.
Delante del espejo, la hiena se admiraba con el rostro de Marie. Se lo había comido todo cuidadosamente hasta el borde de la cara, de forma que quedaba justo lo que le hacía falta.
-Es verdad -dije-; lo has hecho muy bien.
Hacia el atardecer, cuando la hiena estuvo completamente vestida, declaró:
-Me siento en plena forma. Me da la impresión de que voy a tener un gran éxito esta noche.
Después de oír un rato la música de abajo, le dije:
-Ve ahora, y recuerda que no debes ponerte junto a mi madre: seguramente se daría cuenta de que no soy yo. Aparte de ella, no conozco a nadie. Buena suerte -le di un beso para despedirla, aunque exhalaba un olor muy fuerte.
Se había hecho de noche. Cansada por las emociones del día, cogí un libro y me senté junto a la ventana, entregándome a al paz y el descanso. Recuerdo que estaba leyendo Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Al cabo de una hora, quizá, surgió el primer signo de inquietud. Un murciélago entró por la ventana profiriendo grititos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso. Me escondí detrás de una silla, castañeteándome los dientes. Apenas me había arrodillado, cuando un gran ruido procedente de la puerta sofocó el batir de alas. Entró mi madre, pálida de furia.
-Acabábamos de sentarnos a la mesa -dijo-, cuando el ser ese que ha ocupado tu sitio se ha levantado gritando: “Con que mi olor es un poco fuerte, ¿eh? Pues no como pasteles.” A continuación se ha arrancado la cara y se la ha comido. Después ha dado un gran salto y ha desaparecido por la ventana.


Guardar

El lobo, Bárbara Korun

Tyr_and_Fenrir-John_BauerY me es ajeno, ajeno, éste que es un lobo y carcome mi cuerpo desde abajo, mete su morro en todos los agujeros y lame, es extraño, tan extraño, me escondo, me contraigo en mi cuerpo, me escapo a mi cabeza, a otro lugar, fuera, temo sentir eso, temo sentir mi cuerpo, temo sentir su cuerpo, y él me carcome aún más, su morro es un hocico, tiene dientes afilados y me devora, me devora como una comida suave y jugosa, arranca, se mete entre mis piernas, con la lengua, la nariz, la barbilla, las zarpas, el pelo, con el mazo, cuando logra desprenderse del dulce manjar, y lo clava hasta la raíz, y más y más y otra vez, en este cuerpo que ya no es mío, pura violencia que permito, no me defiendo, pero tampoco me dejo arrastrar, estoy floja, me mueve como a un títere, y pienso, así son estas cosas, él es hombre y yo soy mujer, está bien, así se hacen estas cosas, él me hace más y sutil, sólo una fina membrana, una fina pielcita me separa de, y entonces se abre el paraíso en mi cabeza, el paraíso en mi cuerpo, el paraíso, no, no aquel del cuerpo; sigue hundiéndose en mí, me empuja, me desgarra, se mete, busca, busca, pero yo me siento llena, completa, clara y tranquila, tan llena de un líquido puro que me da lo mismo qué pasa conmigo, me daría lo mismo si corriera sangre, no siento ni dolor ni placer, pero a la vez sé que todo va a estar bien, no confío en el lobo, pero todo va a estar bien, esta fuerza que hay en mí es más fuerte que él, lo transforma, lo cicatriza, me cicatriza, cicatriza la herida.

Baudolino e Hipatia, Umberto Eco

1Adam MartinakisEl le acariciaba casi con violencia los cabellos, ella le había puesto las manos detrás de la nuca, luego había empezado a darle toquecitos en la cara con la lengua, lo estaba lamiendo como si fuera un cabritillo, luego se reía mirándole de cerca a los ojos y decía que sabía a sal. Baudolino nunca había sido un santo, la apretó contra sí y buscó con los labios sus labios. Ella emitió un gemido de susto y sorpresa, intentó retirarse, luego cedió. Su boca sabía a melocotón, a albaricoque, y con su lengua le daba pequeños golpecitos a la de él, que probaba por vez primera.

Baudolino la empujó hacia atrás, no por virtud sino para liberarse de lo que lo cubría, ella le vio el miembro, lo tocó con los dedos, sintió que estaba vivo y dijo que lo quería: estaba claro que no sabía cómo y por qué lo quería, pero alguna potencia de los bosques o de las fuentes le estaba sugiriendo qué tenía que hacer. Baudolino volvió a cubrirla de besos, descendió de los labios al cuello, luego a los hombros, mientras le iba quitando lentamente la ropa; descubrió sus senos, hundió en ellos la cara, y con las manos seguía haciendo que el vestido se deslizara hacia las caderas, sentía el pequeño vientre terso, tocaba su ombligo, notó antes de lo que esperaba lo que debía ser el vello que le ocultaba su bien supremo. Ella susurraba, llamándolo: mi Eón, mi Tirano, mi Abismo, mi Ogdóada, mi Pléoroma…

Baudolino metió las manos bajo el vestido que todavía la velaba, y sintió que aquel vello que parecía anunciar el pubis se tupía, le cubría el principio de las piernas, la parte interior del muslo, se extendía hasta las nalgas…

__ Señor Nicetas, le arranqué la túnica y vi. Desde el vientre para abajo, Hipatia tenía formas caprinas, y sus piernas acababan en dos cascos color marfil. De golpe entendí por qué, cubierta con la túnica hasta el suelo, no parecía caminar, como quien apoya los pies, sino que transcurría ligera, casi como si no tocara el suelo. Y entendí quiénes eran los fecundadores, eran los sátiros-que-no-se-ven-jamás, con la cabeza cornuda y el cuerpo de macho cabrío, los sátiros que desde hace siglos vivían al servicio de las hipatias, dándoles sus hembras y criando a los propios machos, estos con su mismo rostro horrendo, aquellas todavía testimonio de la venustez egipcia de la bella Hipatia, la antigua, y la de sus primeras pupilas.

__ ¡Qué horror!- dijo Nicetas.

__¿Horror? No, no fue eso lo que sentí en aquel momento. Sorpresa sí, pero sólo por un instante. Luego decidí, mi cuerpo decidió por mi alma, o mi alma por mi cuerpo, que lo que veía y tocaba era bellísimo porque aquella era Hipatia, y también su naturaleza animal formaba parte de sus gracias, aquel pelo rizado y sedoso era lo más deseable que nunca hubiera anhelado, tenia un perfume de musgo, aquellas extremidades suyas antes escondidas estaban dibujadas por manos de artista, y yo amaba, quería a aquella criatura olorosa como el bosque, y habría amado a Hipatia aunque hubiera tenido facciones de quimera, de icneumón, de ceraste.

Brillante silencio, Spencer Hols

406246

Dos osos kodiak de Alaska formaban parte de un pequeño circo en que la pareja aparecía todas las noches en un desfile empujando un carro cubierto. A los dos les enseñaron a dar saltos mortales y volteretas, a sostenerse sobre sus cabezas y a danzar sobre sus patas traseras, garra con garra y al mismo compás. Bajo la luz de los focos, los osos bailarines, macho y hembra, fueron pronto los favoritos del público.

El circo se dirigió luego al sur, en una gira desde Canadá hasta California y, bajando por México y atravesando Panamá, entraron en Sudamérica y recorrieron los Andes a lo largo de Chile, hasta alcanzar las islas más meridionales de la Tierra de Fuego. Allí, un jaguar se lanzó sobre el malabarista y, después, destrozó mortalmente al domador. Los conmocionados espectadores huyeron en desbandada, consternados y horrorizados. En medio de la confusión, los osos escaparon. Sin domador, vagaron a sus anchas, adentrándose en la soledad de los espesos bosques y entre los violentos vientos de las islas subantárticas. Totalmente apartados de la gente, en una remota isla deshabitada y en un clima que ellos encontraron ideal, los osos se aparearon, crecieron, se multiplicaron y, después de varias generaciones, poblaron toda la isla. Y aún más, pues los descendientes de los dos primeros osos se trasladaron a media docena de islas contiguas. Setenta años después, cuando finalmente los científicos los encontraron y los estudiaron con entusiasmo, descubrieron que todos ellos, unánimemente, realizaban espléndidos números circenses.

De noche, cuando el cielo brillaba y había luna llena, se juntaban para bailar. Formaban un círculo con los cachorros y otros osos jóvenes, y se reunían todos al abrigo del viento, en el centro de un brillante cráter circular dejado por un meteorito que había caído en un lecho de creta. Sus paredes cristalinas eran de creta blanca, su suelo plano brillaba, cubierto de gravilla blanca, y bien drenado y seco. Dentro de él no crecía vegetación. Cuando se elevaba la luna, su luz, reflejada en las paredes, llenaba el cráter con un torrente de luz lunar, dos veces más brillante en el suelo del cráter que en cualquier otro lugar próximo. Los científicos supusieron que, en principio, la luna llena recordó a los dos osos primigenios la luz de los focos del circo y, por tal razón, bailaban bajo ella. Pero, podríamos preguntarnos, ¿qué música hacía que sus descendientes también bailaran?

Garra con garra, al mismo compás… ¿qué música oirían dentro de sus cabezas mientras bailaban bajo la luna llena en la aurora austral, mientras danzaban en brillante silencio?

Leyenda, Suniti Namjoshi

Frans de GeetereHabía una vez un monstruo hembra. Vivía en el fondo del mar, a seis mil metros de profundidad, y fue solo una leyenda hasta que un día los científicos se reunieron para pescarla. La arrastraron hasta la costa, la cargaron en un camión y finalmente la colocaron en un vasto anfiteatro donde se aprestaron a efectuar su disección. Pronto se vio que estaba embarazada. Alertaron a las fuerzas de seguridad y precintaron todas las puertas, porque eran hombres responsables y no querían correr riesgos con los cachorros del monstruo, pues quién sabe el daño que habrían podido causar si se los hubiera dejado sueltos por el mundo. Pero el monstruo hembra murió con su camada de monstruos enterrada en su seno. Abrieron las puertas. La carne del monstruo empezaba a despedir mal olor. Varios científicos sucumbieron a los gases. No se rindieron. Trabajaban en turnos y con mascarillas. Al final, rascaron los huesos de la criatura hasta que quedaron bien limpios y contemplaron su brillante esqueleto. El esqueleto puede verse en el Museo Nacional. Debajo se puede leer: «El temido monstruo hembra. Los gases de esta criatura son nocivos para los hombres». Y a continuación figuran los nombres de los científicos que dieron su vida para descubrirlo.

El ajolote, Juan Josè Arreola

 

ajolote-mexicano-ambystoma-mexicanum-2120-MLM4781968782_082013-FAcerca de ajolotes sólo dispongo de dos informaciones dignas de confianza. Una: el autor de las Cosas de la Nueva España; otra: la autora de mis días.

¡Simillima mulieribus!, exclamó el atento fraile al examinar detenidamente las partes idóneas en el cuerpecillo de esta sirenita de los charcos mexicanos.

Pequeño lagarto de jalea. Gran gusarapo de cola aplanada y orejas de pólipo coral. Lindos ojos de rubí, el ajolote es un lingam de transparente alusión genital. Tanto, que las mujeres no deben bañarse sin precaución en las aguas donde se deslizan estas imperceptibles y lucias criaturas. (En un pueblo cercano al nuestro, mi madre trató a una señora que estaba mortalmente preñada de ajolotes.)

Y otra vez Bernardino de Sahagún: “…y es carne delgada muy más que el capón y puede ser de vigilia. Pero altera los humores y es mala para la continencia. Dijéronme los viejos que comían axolotl asados que estos pejes venían de una dama principal que estaba con su costumbre, y que un señor de otro lugar la había tomado por fuerza y ella no quiso su descendencia, y que se había lavado luego en la laguna que dicen Axoltitla, y que de allí vienen los acholotes”.

Sólo me queda agregar que Nemilov y Jean Rostand se han puesto de acuerdo y señalan a la ajolota como el cuarto animal que en todo el reino padece el ciclo de las catástrofes biológicas más o menos menstruales.

Los tres restantes son la hembra del murciélago, la mujer, y cierta mona antropoide.

Los esclavos, Jaques Sternberg

JAVIER+PERUCHOEn el comienzo, Dios creó al gato a su imagen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventiva, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar.

Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede que incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música.

Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.

Bienvenidos pájaros, Alexandra Domínguez

pajaros_Tú no has nacido para la muerte, ¡inmortal pájaro!… John Keats

He visto una luz posada sobre la línea en que respira un pájaro y he visto al niño cuya palabra azul nombra el canto en cuya respiración lo que dibujo es pájaro de Persia, pájaro de piedra, pájaro de Perse. He visto a los pájaros que emigran, a los pájaros de tinta que salen de los túneles y vuelan al papel del cielo, y allí a semejanza de su voz permanecen en el entorno de los ángeles. He visto pájaros conmovidos por la irrealidad del blanco entrar en los papeles del invierno donde vive la tempestad de Turner. Y he visto en lo que he visto la misericordia real de lo imaginario, pájaros dibujados por la mano zurda de los naturalistas, pájaros rojos descendiendo sobre el trigal de los concilios, pájaros de las limosnas y pájaros de la importancia sobre los grandes silencios de la duración. He visto pájaros en los lienzos donde permanecen para siempre los gritos, pájaros de Munch en las barandillas de la cabeza de Evardv, pájaros de Goya en la madrugada de los fusilados donde ladran sus lámparas heridas los perros de la consolación. En todo lo que he visto me han visto los pájaros, en Versailles los pájaros que a Versailles llevan una gota de ámbar antiguo, los diminutos pájaros de las constelaciones que encienden fogatas en las islas de Patinir, los que beben las gotas de brea en las alambradas y hacen florecer el laurel de las interrogaciones en los jardines de Klee. He visto a esos pájaros, he pintado esos pájaros hasta adentrarlos en mí, hasta anidarme con ellos en los espacios futuros de lo que ha de ser verdadero. He visto lo que nunca se sabe de un pájaro, el mapa que llevan en el pecho, el silabario de la conversaciones entre los muertos y las estrellas, he visto a todos los pájaros del universo sobre el tejado de albahaca de las sinagogas, a los pájaros durmientes que brotan del violín de nieve de Chagall. He pintado esos pájaros, les he puesto saliva de Ana Karenina para que respiren en el amor, les he dado migas de linterna para que busquen a Mandelstam. La necesidad de los pájaros cruza cada mañana el horizonte de mis bastidores, van hacia La Meca a teñir de amarillo las alcobas de la tiniebla, cruzan las estepas de Mongolia con una pestaña de caballo en el pico. Los pájaros que he visto viven en los lienzos de lino, traen semillas de violetas en el corazón, guían de regreso a la felicidad los trenes con destino a Liberia. Los pájaros que digo dicen palabras al oído, van a Pekín y se acuestan con el emperador, van a Roma y escriben los epitafios de quienes no han nacido para morir. He visto pájaros en el Louvre y he visto pájaros en la aldea donde nació mi padre, pájaros zen y pájaros sufís, pájaros sobre la cruz de Tápies y solitarios pájaros destinados a la salvación por San Juan de la Cruz. He pintado abismos, esferas, laberintos, he dibujado seres y consultado manchas, he visto lo que he visto: adiós naturalezas muertas, bienvenidos pájaros.

Fábula del unicornio, Wilfredo Machado

Aanzicht_éénhoorn_met_schild_-_Unknown_-_20376761_-_RCECuando Noé vio el cuerno que sobresalía de la espesa crin en la frente, no dudó ni un instante sobre la identidad del animal que pedía humildemente ser aceptado en el Arca ante la inminencia del Diluvio.

Jamás había visto a un unicornio, pero los libros antiguos lo describían como un animal más bien pequeño, semejante a una cabra, y de carácter huidizo; con un largo cuerno rematado en una afilada punta, semejante a ciertas especies de caracol no muy abundante en estos días.

Cuenta la tradición que finalizado el Diluvio y agotados los pájaros por el ir y venir a través de la tormenta y de la noche, Noé envió a unicornio a comprobar si había bajado el nivel de las aguas. El animal se arrojó a la oscuridad de las olas y al tocar el líquido comenzó a hundirse. Ante la cercanía de la muerte, rogó a uno de los dioses sempiternos por su vida. Éste lo transformó en un narval, dejándole conservar sólo el cuerno como la viva memoria de un pasado que desaparecía en el océano del tiempo.

En las noches claras, cuando el viento rompe el crepúsculo del agua en ondas oscuras, añora galopar bajo el vientre de una doncella desnuda con la luna como una pecera de fondo.

A veces, atraviesa a algunos bañistas con su afilado cuerno buscando a Noé desde los tiempos más remotos.

La peluda, Jorge Luis Borges

peluda_by_lupuna-d3f5h6kA orillas del Huisne, arroyo de apariencia tranquila, merodeaba durante la Edad Media la Peluda. Este animal habría sobrevivido el Diluvio, sin haber sido recogido en el arca. Era del tamaño de un toro; tenía cabeza de serpiente, un cuerpo esférico cubierto de un pelaje verde, armado de aguijones cuya picadura era mortal. Las patas eran anchísimas, semejantes a las de la tortuga; con la cola, en forma de serpiente, podía matar a las personas y a los animales. Cuando se encolerizaba, lanzaba llamas que destruían las cosechas. De noche, saqueaba los establos. Cuando los campesinos la perseguían, se escondía en las aguas del Huisne que hacía desbordar, inundando toda la zona.

Prefería devorar los seres inocentes, las doncellas y los niños. Elegía a la doncella más virtuosa, a la que llamaban la Corderita. Un día, arrebató a una Corderita y la arrastró desgarrada y ensangrentada al lecho del Huisne. El novio de la víctima cortó con una espada la cola de la Peluda, que era su único lugar vulnerable. El monstruo murió inmediatamente. Lo embalsamaron y festejaron su muerte con tambores, con pífanos y danza

 

Criaturas escritas, Melanie Taylor Herrera

xul solar 9

La sirena nigromante del tamaño de un meñique agita su cola en la cazuela mientras taciturna cavila y urde cómo saltar fuera. A su lado hay una rana dorada con pintas verdes, sumamente venenosa y aficionada a la ópera. Intenta abrir la tapa del frasco de vidrio que la aprisiona, pero la tapa se mantiene herméticamente cerrada. En un florero verde, un gnomo de la Sorbona porta un gorro rojo –de edición limitada– y profiere palabrotas, sentado sobre las últimas migajas de setas silvestres que le quedan. La cocina es un arrumaco laberíntico de ollas y frascos, cada uno con una minúscula creación contranatura. La mayoría intenta liberarse batiendo un par de alas, rugiendo o balando, pero son tan pequeños que todos sus esfuerzos sumados resultan en un zumbido.

El escritor entra a la cocina dando un portazo. Sus pesados pasos resuenan en las almas temerosas de los prisioneros. ¿A quién escogerá esta vez? Su mano atrapa a un murciélago filósofo fosforescente que intenta volar dejando destellos verdosos. El escritor sale de la cocina y se sienta a la mesa. Coloca al murciélago filósofo sobre un papel en blanco y lo sujeta con unos alfileres. Lo observa con cuidado. En la mente del escritor centellean palabras como letreros fluorescentes en la profundidad de un acuario.

El escritor pesca vocablos húmedos, morfemas y lexemas que empapan su imaginación. Toma un bolígrafo y empieza a describir al murciélago. Lo deshace y rehace con sustantivos, lo pinta con adjetivos, lo esclaviza con verbos. El murciélago se desvanece sobre la hoja y ahora reside en las palabras del escritor. Éste, satisfecho de su tarea, coloca la hoja en una abultada carpeta y sonriendo para sí abandona la estancia.

 

El pulpo que no murió, Sakutaro Hagiwara

pulpo1

Un pulpo que agonizaba de hambre fue encerrado en un acuario por muchísimo tiempo. Una pálida luz se filtraba a través del vidrio y se difundía tristemente en la densa sombra de la roca. Todo el mundo se olvidó de este lóbrego acuario. Se podía suponer que el pulpo estaba muerto y sólo se veía el agua podrida iluminada apenas por la luz del crepúsculo. Pero el pulpo no había muerto. Permanecía escondido detrás de la roca. Y cuando despertó de su sueño tuvo que sufrir un hambre terrible, día tras día en esa prisión solitaria, pues no había carnada alguna ni comida para él. Entonces comenzó a comerse sus propios tentáculos. Primero uno, después otro. Cuando ya no tenía tentáculos comenzó a devorar poco a poco sus entrañas, una parte tras otra.

En esta forma el pulpo terminó comiéndose todo su cuerpo, su piel, su cerebro, su estómago; absolutamente todo.

Una mañana llegó un cuidador, miró dentro del acuario y sólo vio el agua sombría y las algas ondulantes. El pulpo prácticamente había desaparecido.

Pero el pulpo no había muerto. Aún estaba vivo en ese acuario mustio y abandonado. Por espacio de siglos, tal vez eternamente, continuaba viva allí una criatura invisible, presa de horrendas escasez e insatisfacción.

Vida de la araña real, Henry Michaux

7253994146_8dfcf16b6f_c

La araña real destruye su ambiente por digestión. ¿Y cuál digestión se preocupa por la historia y las relaciones personales del digerido? ¿Qué digestión pretende consignar todo esto por escrito?

La digestión obtiene virtudes que el mismo digerido ignoraba, y de tal modo esenciales, que sus restos son pura pestilencia. Huellas de corrupción ipso facto ocultadas bajo la tierra.

Por regla general, se aproxima como amiga. No es más que dulzura y tierno deseo de comunicación. Pero tan implacable es su ardor, y su boca inmensa desea tanto auscultar el pecho del prójimo (y su lengua siempre tan inquieta y tan ávida) que finalmente acaba por tragárselo todo.

¡Cuántos forasteros han sido ya devorados!

Sin embargo, la araña se desespera cuando sus brazos no encuentran nada por estrechar. Va pues en busca de una nueva víctima. Aquella que mientras más se debate, más exaspera su afán de conocimiento. Poco a poco la introduce en sí misma, y la coteja con todo lo que en ella puede haber de más importante y valioso. Y nadie podría dudar de que esta confrontación aporta una luz definitiva.

Aunque el confrontado se abisme en una naturaleza de movilidad infinita y la unión se consume a ciegas.