El reloj, Sigrid Victoria Dueñas

Yo vivo en un sitio muy especial. Es el único lugar de Cuba donde cae nieve en invierno y los dependientes son siempre amables. Todo gracias a los Cuentos. Sí, además de personas y animales, en mi Ciudad viven Cuentos. Es culpa de ellos que todo sea tan loco por aquí, y que a veces pasen cosas tan extrañas como cuando se detuvo el tiempo. En el centro de nuestra plaza hay un enorme Reloj de Arena. Según el maestro de historia, el fundador lo construyó primero, y alrededor suyo hizo todo lo demás. Claro, no es el único, para saber la hora hay montones de digitales, relojes de cuerda… Sin embargo, si no cae el granito de arena correspondiente no hay reloj que se atreva a caminar, porque en mi Ciudad las horas, los minutos y los segundos son muy respetuosos de la tradición. Pues bien, un amanecer, el más travieso de los cuentos que aquí viven, el preferido de los niños, decidió intervenir en este orden. Se transformó en un martillo gigante e hizo astillas el cristal del Reloj. Una ola de arena se regó por la Ciudad, y las horas, los minutos y los segundos se lanzaron espantados detrás de los granitos, que saltaban alegremente después de un encierro de siglos. Para cuando se restableció una disciplina en el tiempo, el Sol, indiferente a magias y a cuentos divertidos, ya estaba a punto de irse a dormir. Nuestro Cuento Favorito fue castigado y no lo vimos en una semana completa, pero aquel día memorable no tuvimos que ir a la escuela.

Las ventanas, Charles Baudelaire

259px-Lilith_(John_Collier_painting)Quien mira desde afuera a través de una ventana abierta nunca ve tantas cosas como el que mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fértil, más tenebroso, más deslumbrante que una ventana iluminada por una vela. Lo que se puede ver al sol es siempre menos interesante que lo que ocurre detrás de un vidrio. En ese agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, sufre la vida.

Más allá de las olas de los techos, descubro una mujer madura, arrugada ya, pobre, siempre inclinada sobre algo, y que no sale nunca. Con su rostro, con su ropa, con sus gestos, con casi nada, reconstruí la historia de esta mujer, o más bien su leyenda, y a veces me la cuento a mí mismo llorando.

Si hubiera sido un pobre viejo, hubiese reconstruido la suya con la misma facilidad.

Y me acuesto, orgulloso de haber vivido y sufrido en otros que no son yo.

Quizá me digan ustedes: “¿Estás seguro de que esa leyenda es la verdadera?” ¿Qué importa lo que pueda ser la realidad situada fuera de mí, si me ayudó a vivir, a sentir que soy y lo que soy?

Cimitarra, Ambrose Bierce

Cuando el gran GichiKuktai era Mikado, condenó a la decapitación a Jijiji Ri, alto funcionario de la Corte. Poco después del momento señalado para la ceremonia, ¡cuál no sería la sorpresa de Su Majestad al ver que el hombre que debió morir diez minutos antes, se acercaba tranquilamente al trono!

¡Mil setecientos dragones! —exclamó el enfurecido monarca—. ¿No te condené a presentarte en la plaza del mercado, para que el verdugo público te cortara la cabeza a las tres? ¿Y no son ahora las tres y diez?

Hijo de mil ilustres deidades —respondió el ministro condenado—, todo lo que dices es tan cierto, que en comparación la verdad es mentira. Pero los soleados y vivificantes deseos de Vuestra Majestad han sido pestilentemente descuidados. Con alegría corrí y coloqué mi cuerpo indigno en la plaza del mercado. Apareció el verdugo con su desnuda cimitarra, ostentosamente la floreó en el aire y luego, dándome un suave toquecito en el cuello, se marchó, apedreado por la plebe, de quien siempre he sido un favorito. Vengo a reclamar que caiga la justicia sobre su deshonorable y traicionera cabeza.

¿A qué regimiento de verdugos pertenece ese miserable de negras entrañas?

Al gallardo Nueve mil Ochocientos Treinta y Siete. Lo conozco. Se llama SakkoSamshi.

Que lo traigan ante mí —dijo el Mikado a un ayudante, y media hora después el culpable estaba en su Presencia.

¡Oh, bastardo, hijo de un jorobado de tres patas sin pulgares! —rugió el soberano—. ¿Por qué has dado un suave toquecito al cuello que debiste tener el placer de cercenar?

Señor de las Cigüeñas y de los Cerezos —respondió, inmutable, el verdugo—, ordénale que se suene las narices con los dedos.

Ordenólo el rey. Jijiji Ri sujetóse la nariz y resopló como un elefante. Todos esperaban ver cómo la cabeza cercenada saltaba con violencia, pero nada ocurrió. La ceremonia prosperó pacíficamente hasta su fin. Todos los ojos se volvieron entonces al verdugo, quien se había puesto tan blanco como las nieves que coronan el Fujiyama. Le temblaban las piernas y respiraba con un jadeo de terror.

¡Por mil leones de colas de bronce! —gritó— ¡Soy un espadachín arruinado y deshonrado! ¡Golpeé sin fuerza al villano, porque al florear la cimitarra la hice atravesar por accidente mi propio cuello! Padre de la Luna, renuncio a mi cargo.

Dicho esto, agarró su coleta, levantó su cabeza y avanzando hacia el trono, la depositó humildemente a los pies del Mikado.

Fantasmas de carreteras, Gabriel García Márquez

Dos muchachos y dos muchachas que viajaban en un Renault 5 recogieron a una mujer vestida de blanco que les hizo señas en un cruce de caminos poco después de la medianoche. El tiempo era claro, y los cuatro muchachos -como se comprobó después hasta la saciedad- estaban en su sano juicio. La dama viajó en silencio varios kilómetros, sentada en el centro del asiento posterior, hasta un poco antes del puente de Quatre Canaux. Entonces señaló hacia adelante con un índice aterrorizado, y gritó: “Cuidado, esa curva es peligrosa”, y desapareció en el acto.Esto ocurrió el pasado 20 de mayo en la carretera de París a Montpellier. Él comisario de esa ciudad, a quienes los cuatro muchachos despertaron para contarle el acontecimiento espantoso, llegó hasta admitir que no se trataba de una broma ni una alucinación, pero archivó el caso porque no supo qué hacer con él. Casi toda la prensa de Francia lo comentó en los días siguientes, y numerosos parapsicólogos, ocultistas y reporteros metafísicos concurrieron al lugar de la aparición para estudiar sus circunstancias, y fatigaron con interrogatorios racionalistas a los cuatro elegidos por la dama de blanco. Pero al cabo de pocos días, todo se echó al olvido, y tanto la prensa como los científicos se refugiaron en el análisis de una realidad más fácil; los más comprensivos admitieron que la aparición pudo ser cierta, pero aún ellos prefirieron olvidarla ante la imposibilidad de entenderla.

A mí -que soy un materialista convencido- no me cabe ninguna duda de que aquel fue un episodio más, y de los más hermosos, en la muy rica historia de la materialización de la poesía. La única falla que le encuentro es que ocurrió de noche, y peor aún, al filo de la medianoche, como en las peores películas de terror. Salvo por eso, no hay un solo elemento que no corresponda a esa metafísica de las carreteras que todos hemos sentido pasar tan cerca en el curso de un viaje, pero ante cuya verdad estremecedora nos negamos a rendirnos. Hemos terminado por aceptar la maravilla de los barcos fantasmas que deambulan por todos los mares buscando su identidad perdida, pero les negamos ese derecho a las tantas y pobres ánimas en pena que se quedaron regadas y sin rumbo a la orilla de las carreteras. Sólo en Francia se registraban hasta hace pocos años unos doscientos muertos semanales en los meses más frenéticos del verano, de modo que no hay por qué sorprenderse de un episodio tan comprensible como el de la dama de blanco, que sin duda se seguirá repitiendo hasta el fin de los siglos, en circunstancias que sólo los racionalistas sin corazón son incapaces de entender.

Siempre he pensado, en mis largos viajes por tantas carreteras del mundo, que la mayoría de los seres humanos de estos tiempos somos sobrevivientes de una curva. Cada una es un desafío al azar. Bastaría con que el vehículo que nos precede sufriera un percance después de la curva para que se nos frustrara para siempre la oportunidad de contarlo. En los primeros años del automóvil, los ingleses promulgaron una ley -The Locomotive Act- que obligaba a todo conductor a hacerse preceder de otra persona de a pie, llevando una bandera roja y haciendo sonar una campana, para que los transeúntes tuvieran tiempo de apartarse. Muchas veces, en el momento de acelerar para sumergirme en el misterio insondable de una curva, he lamentado en el fondo de mi alma que aquella disposición sabia de los ingleses haya sido abolida, sobre todo una vez, hace quince años’, en que viajaba de Barcelona a Perpiñán con Mercedes y los niños a cien kilómetros por hora, y tuve de pronto la inspiración incomprensible de disminuir la velocidad antes de tomar la curva. Los coches que me seguían, como ocurre siempre en esos casos, nos rebasaron. No lo olvidaremos nunca: eran una camioneta blanca, un Volkswagen rojo y un Fiat azul. Recuerdo hasta el cabello rizado y luminoso de la holandesa rozagante que conducía la camioneta. Después de rebasarnos en un orden perfecto, los tres coches se perdieron en la curva, pero volvimos a encontrarlos un instante después, los unos encima de los otros, en un montón de chatarra humeante, e incrustados en un camión sin control que encontraron en sentido contrario. El único sobreviviente fue el niño de seis meses del matrimonio holandés.

He vuelto a pasar muchas veces por ese lugar, y siempre he vuelto a pensar en aquella mujer hermosa que quedó reducida a en montículo de carne rosada en mitad de la carretera, desnuda por completo a causa del impacto, y con su bella cabeza de emperador romano dignificada por la muerte. No sería sorprendente que alguien la encontrara un día de estos en el lugar de su desgracia, viva y entera, haciendo las señales convencionales de la dama de blanco de Montpellier, para que la sacaran por un instante de su estupor y le dieran la oportunidad de advertir con el grito que nadie lanzó por ella: “Cuidado, esa curva es peligrosa”.

Los misterios de las carreteras no son más populares que los del mar, porque no hay, nadie más distraído que los conductores aficionados. En cambio, los profesionales -como los antiguos arrieros de mulas- son fuentes infinitas de relatos fantásticos. En las fondas de carreteras, como en las ventas antiguas de los caminos de herradura, los camioneros curtidos, que no parecen creer en nada, relatan sin descanso los episodios sobrenaturales de su oficio, sobre todo los que ocurren a pleno sol, y aún en los tramos más concurridos. En el verano de 1974, viajando con el poeta Alvaro Mutis y su esposa por la misma carretera donde ahora apareció la dama de blanco, vimos un pequeño automóvil que se desprendió de la larga fila embotellada en sentido contrario, y se vino de frente a nosotros a una velocidad desatinada. Apenas si tuve tiempo de esquivarlo, pero nuestro automóvil saltó en el vacío , quedó incrustado en el fondo de una cuneta. Varios testigos alcanzaron a fijar la imagen del automóvil fugitivo: era un Skoda blanco, cuyo número de placas fue anotado por tres personas distintas. Hicimos la denuncia correspondiente en la inspección de policía de Aix-en-Provence, y al cabo de unos meses la policía francesa había comprobado sin ninguna duda que el Skoda blanco con las placas indicadas existía en realidad. Sin embargo, había comprobado también que a la hora de nuestro accidente estaba en el otro extremo de Francia, guardado en su garaje, mientras su dueño y conductor único agonizaba en el hospital cercano.

De estas, y de otras muchas experiencias, he aprendido a tener un respeto casi reverencial por las carreteras. Con todo, el episodio más inquietante que recuerdo me ocurrió en pleno centro de la ciudad de México, hace muchos años. Había esperado un taxi durante casi media hora, a las dos de la tarde, y ya estaba a punto de renunciar cuando vi acercarse uno que a primera vista me pareció vacío y que además llevaba la bandera levantada. Pero ya un poco más cerca vi sin ninguna duda que había una persona junto al conductor. Sólo cuando se detuvo, sin que yo se lo indicara, caí en la cuenta de mi error: no había ningún pasajero junto al chófer. En el trayecto le conté a éste mi ilusión óptica, y él me escuchó con toda naturalidad. “Siempre sucede”, me dijo. “A veces me paso el día entero dando vueltas, sin que nadie me pare, porque casi todos ven a ese pasajero fantasma en el asiento de al lado”. Cuando le conté esta historia a don Luis Buñuel, le pareció tan natural como al chófer. “Es un buen principio para una película”, me dijo.

Gabriel García Márquez

Conversación con la estufa, Hermann Hesse

Está ante mí, corpulenta, panzuda, con las grandes fauces llenas de fuego. Se llama Franklin…

-¿Eres tú Benjamín Franklin?- le pregunté.

-No, sólo Franklin, Francolino. Soy una estufa italiana, una excelente invención. No caliento mucho, pero como invento, como producción de una industria muy desarrollada…

-Sí, ya lo sé. Todas las estufas con nombres hermosos calientan mucho, todas son invenciones excelentes, algunas son productos gloriosos de la industria, como se demuestra en los prospectos. Yo las aprecio mucho, merecen admiración. Pero dime, Franklin, ¿cómo es que una estufa italiana lleva un nombre americano?¿No es esto extraño?

-No, esto es un secreto, ¿sabes? Los pueblos cobardes tienen canciones populares en que se ensalza el valor. Los pueblos sin amor tienen obras teatrales en que se glorifica al amor. Así nos sucede también a nosotras, las estufas. Una estufa italiana tiene, la mayoría de las veces, un nombre americano, como una estufa alemana tiene, casi siempre, un nombre griego. Son alemanas y no son mejores que yo en nada, pero se llaman Eureka o Fénix o Despedida de Héctor. Esto despierta grandes recuerdos. Por eso me llamo Franklín. Soy una estufa, pero también podía ser un estadista. Tengo una gran boca, caliento poco, escupo humo por un tubo, tengo un buen nombre y despierto grandes recuerdos. Así soy.

-Es cierto -dije yo-; siento gran admiración por usted. Puesto que es usted una estufa italiana, ¿podrían asarse castañas en usted, verdad?

-Ciertamente que sí; cualquiera es libre de hacerlo. Es un pasatiempo que a muchos agrada. Otros hacen versos o juegan al ajedrez. Es cierto que se pueden asar castañas en mí. Es verdad que se queman y no hay quien las coma, pero en eso reside el pasatiempo. Los hombres no aman nada tanto como los pasatiempos, y yo soy una obra humana y debo servir al hombre. Cumplimos con nuestro deber, con nuestro sencillo deber; somos monumentos, ni más ni menos.

-¿Monumentos, dice usted? ¿Se consideran ustedes monumentos?

-Todos nosotros somos monumentos. Nosotros, los productos de la industria, somos monumentos de una cualidad que escasea en la Naturaleza y sólo se encuentra en elevada perfección en los hombres.

-¿Qué cualidad es esa, señor Franklin?

-El sentido de lo poco práctico. Yo soy, como muchos de mis semejantes, un monumento de ese sentido. Me llamo Franklin, soy una estufa, tengo una boca grande que devora la madera, y un gran tubo por el que el calor encuentra el camino más rápido para salir al exterior. Tengo, también, lo que no carece de importancia adornos, leones y otras cosas, y tengo algunas llaves que se pueden abrir y cerrar, lo cual causa mucho placer. Esto también sirve de pasatiempo, igual que las llaves de una flauta que el músico puede abrir o cerrar a discreción. -Esto le da la ilusión de que hace algo simbólico, y así es, en efecto.

-Me maravilla usted, Franklin. Es usted la estufa más juiciosa que he visto hasta ahora. Pero acláreme esto ¿Es usted una estufa en realidad o un monumento?

-¡Cuánta pregunta! Ya sabe usted que el hombre es el único ser que da un sentido a las cosas. El hombre es así; yo estoy a su servicio, soy su obra, me limito a señalar los hechos. El hombre es idealista, es un pensador. Para los animales, un roble es un roble, una montaña es una montaña, el viento es viento, y no un hijo del Cielo. Pero para los hombres todo es divino, todo es profundo, todo es simbólico. Todo significa algo enteramente distinto de lo que es. El ser y el parecer están en litigio. La cosa es una antigua invención, creo que se remonta a Platón. Una muerte es una heroicidad, una epidemia es el dedo de Dios, una guerra es una glorificación de Dios, un cáncer de estómago es una evolución. ¿Cómo podría ser una estufa solamente una estufa? No; ella es un símbolo, un monumento, un mensajero. Cierto que parece ser una estufa, y hasta lo es en algún sentido, pero desde su rostro simple le está sonriendo a usted la antiquísima Esfinge. Ella también es portadora de una idea; también es una voz de lo divino. Por eso se la quiere, por eso se la tributa admiración. Por eso calienta poco y sólo accidentalmente. Por eso se llama Franklin.

El niño suicida, Rafael Dieste

Cuando el tabernero acabó de leer aquella noticia inquietante —un niño se había suicidado pegándose un tiro en la sien derecha— habló el vagabundo desconocido que acababa de comer muy pobremente en un rincón de la tasca marinera, y dijo:

Yo sé la historia de ese niño.

Pronunció la palabra niño de un modo muy particular. Así que los cuatro bebedores de aguardiente, los cinco de albariño y el tabernero se callaron y escucharon con gesto inquisidor y atento.

Yo sé la historia de ese niño —repitió el vagabundo. Y tras una sagaz y bien medida pausa, comenzó:

Allá por el mil ochocientos treinta, una beata que después murió de miedo vio salir del camposanto florido y oloroso de su aldea a un viejo muy viejo desnudo. Aquel viejo era un recién nacido. Antes de salir del vientre de la tierra madre había escogido él mismo esa manera de nacer. ¡Cuánto mejor ir de viejo a mozo que de mozo a viejo!, pensó siendo espíritu puro. A Nuestro Señor le chocó la idea. ¿Por qué no hacer la prueba? Y así, con su consentimiento, se formó en el seno de la tierra un esqueleto. Y después con carne de gusano, se hizo la carne del hombre. Y en la carne del hombre hormigueó el calorcillo de la sangre. Y como todo estaba listo, la tierra-madre parió. Parió un viejo desnudo.

Cómo después el viejo encontró ropa y alimento es cosa de mucha risa. Llegó a las puertas de la ciudad y como todavía no sabía hablar, los alguaciles, después de echarle una capa encima, lo llevaron delante del juez, como si hubiesen sido testigos: Aquí le traemos a este pobre viejo que perdió el habla con la paliza que le dieron unos ladrones desaprensivos. No le dejaron ni la ropa.

El juez dio órdenes y el viejo fue llevado a un hospital. Cuando salió, ya bien vestido y alimentado, le decían las monjitas: Va hecho un buen mozo. Hasta parece que perdió años.

Por aquel entonces ya había aprendido a hablar algo y se hizo mendigo. Así anduvo muchas tierras. En Lourdes estuvo dos veces, la segunda tan rejuvenecido que, los que le habían conocido la primera vez, pensaron que había sido un milagro de la Virgen.

Cuando adquirió suficiente experiencia pensó que lo mejor era mantener en secreto aquella extraña condición que lo hacía más joven cuantos más años corriesen. Así, no sabiéndolo nadie —a no ser uno o dos amigos fíeles— podría vivir mejor su verdadera vida.

Trabajó de viejo y se hizo rico para descansar de joven. De los cincuenta a los quince años su vida fue lo más feliz que imaginarse pueda. Cada día gustaba más a las muchachas y anduvo envuelto con muchas y con las más bonitas. Y hasta dicen que una princesa… Pero de eso no estoy seguro.

Cuando llegó a niño comenzó la vida a complicársele. Le daba miedo la sorpresa con que lo veían entrar tan libre en las tiendas a comprar golosinas y juguetes. Algún ratero de visera calada lo había seguido a veces a lo largo de muchas calles tortuosas. Y alguna vez comió sus golosinas temblando de angustia, con las lágrimas en los ojos y el almíbar en los labios. La última vez que lo encontré —tenía ocho años— estaba muy triste. ¡Cuánto pesaban en su espíritu de niño los recuerdos de su vejez!

Luego comenzó a atosigarlo día y noche una obsesión tremenda. Cuando pasaran algunos años lo recogerían en cualquier calleja perdida. Quizá alguna señora rica y sin hijos. Después… ¡Quién sabe lo que pasaría después! La lactancia, los paseos en un carrito, con un sonajero de cascabeles en la tierna manecita. Y al final… ¡Oh! El final daba espanto. Cumplir su destino de hombre que vive al revés y refugiarse en el seno de la señora rica —puede que cuando ella durmiese— para ir allí consumiéndose hasta transformarse primero en una sanguijuela, después en un corpúsculo, y luego en pequeñísima simiente…

El vagabundo se levantó muy pensativo, con las manos en los bolsillos, y comenzó a pasear muy amargado. Finalmente dijo:

Me explico, sí, me explico que se diese un tiro en la sien el pobre muchacho.

Los cuatro bebedores de aguardiente, creían. Los cinco de albariño sonreían y dudaban. El tabernero negaba. Cuando todos discutían más animadamente, el tabernero de pronto se levantó de puntillas y se puso a mirar alrededor con los ojos muy abiertos. El vagabundo había desaparecido sin pagar.

Breve encuentro, Manuel Pastrana Lozano

¿La molesto, si le pregunto… –lo miró sin sorpresa, quién sabe cuántas veces habían viajado juntos siguiendo siempre el mismo trayecto, frente a frente y en el mismo vagón. Era la primera vez que le hablaba. Ahora ella leía–. Tengo curiosidad por saber qué está usted leyendo, debe de ser un relato interesante.

En verdad, eso no era más que un simple pretexto, desde hacía ya un tiempo se había convertido para él en una obsesión porfiada poder acercarse y conocer a esa mujer joven, de una belleza perturbadora, y tal vez iniciar una aventura fascinante que pudiese cambiar su destino.

Le sonrió, estiró su mano fina y le acercó el libro. Era una edición bien cuidada, formato de bolsillo, de pocas páginas, parecía ser un relato corto. En su portada, un título insípido: “Breve encuentro”, que no le impresionó mayormente.

Ya lo he terminado –le dijo con suavidad mirándolo a los ojos–. Puede usted quedárselo, no acostumbro guardar libros, generalmente los regalo después de que los leo. No le contaré la trama, podría ser que no le guste y decida devolvérmelo en otra ocasión.

En ningún caso, por favor – contestó sonriendo complacido, mientras guardaba el libro en un bolsillo de su abrigo.

Antes de bajarse, le preguntó su nombre.

Ana – dijo simplemente.

Andrés –le dijo en voz baja mientras estrechaba su mano–, y escribo cuentos –agregó–. Espero verla en el próximo viaje… tal vez podríamos conversar sobre el libro y…

Le quedaba todavía un buen trecho antes de bajarse y caminar hasta su casa editora. “Aprovecharé para hojearlo” –se dijo. Leyó rápido sus escasas páginas. La historia era muy simple: un breve encuentro de dos desconocidos que viajan en el mismo tren todos los días. De un hombre profundamente atraído por la belleza de esa mujer de rostro amable y ojos azulinos, de su intento amoroso fallido, de una mujer que vuelve a su hogar junto a su marido y de un hombre solitario que se aleja con destino incierto. Andrés dejó el libro en el asiento, bajó del tren, y en vez de dirigirse a la editorial caminó titubeando sin estar seguro de regresar a casa. Nunca más supo de Ana.

El país sin punta, Gianni Rodari

Juanito Pierdedía era un gran viajero. Viaja que te viaja, llegó una vez a un pueblo en que las esquinas de las casas eran redondas y los techos no terminaban en punta, sino en una suave curva. A lo largo de la calle corría un seto de rosas, y a Juanito se le ocurrió ponerse una en el ojal. Mientras cortaba la rosa estaba muy atento para no pincharse con las espinas, pero en seguida se dio cuenta de que las espinas no pinchaban; no tenían punta y parecían de goma, y hacían cosquillas en la mano.

Vaya, vaya —dijo Juanito en voz alta.

De detrás del seto apareció sonriente un guardia municipal.

¿No sabe que está prohibido cortar rosas?

Lo siento, no había pensado en ello.

Entonces pagará sólo media multa — dijo el guardia, que con aquella sonrisa bien habría podido ser el hombrecillo de mantequilla que condujo a Pinocho al País de los Tontos.

Juanito observó que el guardia escribía la multa con un lápiz sin punta, y le dijo sin querer:

Disculpe, ¿me deja ver su espada?

¡Cómo no! —dijo el guardia.

Y, naturalmente, tampoco la espada tenía punta.

¿Pero qué clase de país es éste? — preguntó Juanito.

Es el País sin punta — respondió el guardia, con tanta amabilidad que sus palabras deberían escribirse todas en letra mayúscula.

¿Y cómo hacen los clavos?

Los suprimimos hace tiempo; sólo utilizamos goma de pegar. Y ahora, por favor, déme dos bofetadas. Juanito abrió la boca asombrado, como si hubiera tenido que tragarse un pastel entero.

Por favor, no quiero terminar en la cárcel por ultraje a la autoridad. Si acaso, las dos bofetadas tendría que recibirlas yo, no darlas.

Pero aquí se hace de esta manera — le explicó amablemente el guardia—. Por una multa entera, cuatro bofetadas, por media multa, sólo dos.

¿Al guardia?

Al guardia. — Pero esto no es justo; es terrible.

Claro que no es justo, claro que es terrible — dijo el guardia —. Es algo tan odioso que la gente, para no verse obligada a abofetear a unos pobrecillos inocentes, se mira muy mucho antes de hacer algo contra la ley. Vamos, déme las dos bofetadas, y otra vez vaya con más cuidado.

Pero yo no le quiero dar ni siquiera un soplido en la mejilla; en lugar de las bofetadas le haré una caricia.

Siendo así — concluyó el guardia—, tendré que acompañarle hasta la frontera.

Y Juanito, humilladísimo fue obligado a abandonar el País sin punta. Pero todavía hoy sueña con poder regresar allí algún día, para vivir del modo más cortés, en una bonita casa con un techo sin punta.

El tiempo, Juan José Millás

Entró en el dormitorio y vió a su mujer doblando el año 1997. «¿Qué haces?», preguntó. «Lo he rescatado de la basura», respondió ella, «por si nos hiciera falta más adelante». Dicho esto, lo introdujo en una bolsa y lo guardó en el armario. Él llevaba puesto el 98 desde hacía dos semanas, pero tenía manchas de aniversarios y de desastres coloniales, así que no acababa de encontrarse cómodo dentro de él. «Si te queda muy bien», aseguró su esposa, «con los rostros de la generación del 98 adornando las semanas igual que los dibujos de topos las corbatas de Aznar». «Pues no me gusta», contestó él; «saca otra vez el 97, por favor».

Se pusieron los dos el año viejo y durante la cena hablaron como si el tiempo no hubiera transcurrido. Los días tenían las mangas deshilachadas y brillos en los codos, pero eran familiares y suaves lo mismo que unas zapatillas de andar por casa. A los postres recordaron el accidente de la bañera que en septiembre les había obligado a pintar el techo de los vecinos. Pese a todo, habían sido muy felices, especialmente teniendo en consideración que el gato no se murió hasta agosto, y para eso faltaba más de medio año.

Ya en la cama, ella dijo que habría que ir pensando en recoger el siglo, pues era enorme y si lo dejaban para última hora no serían capaces de doblarlo. Al hombre le pareció mejor desprenderse de él cuando se terminara. Pero la mujer insistió en que le había cogido cariño. Entonces lo repasaron juntos, y aunque tenía algunas partes destrozadas, había otras, como el psicoanálisis, las vanguardias o el movimiento obrero, prácticamente sin usar. Hicieron el amor igual que antes, y esa noche decidieron que el primer día del 2000 volverían a ponerse el siglo XX hasta que se les cayera a trozos. El XXI estaba nuevo, pero tenía un corte espeluznante.

Ante la ley, Franz Kafka

Hay un guardián ante la Ley. A ese guardián llega un hombre de la campaña que pide ser admitido a la Ley. El guardián le responde que ese día no puede permitirle la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si luego podrá entrar. ‘Es posible’, dice el guardián, ‘pero no ahora’. Como la puerta de la Ley sigue abierta y el guardián está a un lado, el hombre se agacha para espiar. El guardián se ríe, y le dice: ‘Fíjate bien: soy muy fuerte. Y soy el más subalterno de los guardianes. Adentro no hay una sala que no esté custodiada por su guardián, cada uno más fuerte que el anterior. Ya el tercero tiene un aspecto que yo mismo no puedo soportar’. El hombre no ha previsto esas trabas. Piensa que la Ley debe ser accesible en todo momento a todos los hombres, pero al fijarse en el guardián con su capa de piel, su gran nariz aguda y su larga y deshilachada barba de tártaro, resuelve que más vale esperar. El guardián le da un banco y lo deja sentarse junto a la puerta. Ahí, pasa los días y los años. Intenta muchas veces ser admitido y fatiga al guardián con sus peticiones. El guardián entabla con él diálogos limitados y lo interroga acerca de su hogar y de otros asuntos, pero de una manera impersonal, como de señor poderoso, y siempre acaba repitiendo que no puede pasar todavía. El hombre, que se había equipado de muchas cosas para su viaje, se va despojando de todas ellas para sobornar al guardián. Éste no las rehusa, pero declara: ‘Acepto para que no te figures que has omitido algún empeño.’ En los muchos años el hombre no le quita los ojos de encima al guardián. Se olvida de los otros y piensa que éste es la única traba que lo separa de la Ley. En los primeros años maldice a gritos su destino perverso; con la vejez, la maldición decae en rezongo. El hombre se vuelve infantil, y como en su vigilia de años ha llegado a reconocer las pulgas en la capa de piel, acaba por pedirles que lo socorran y que intercedan con el guardián. Al cabo se le nublan los ojos y no sabe si éstos lo engañan o si se ha obscurecido el mundo. Apenas si percibe en la sombra una claridad que fluye inmortalmente de la puerta de la Ley. Ya no le queda mucho que vivir. En su agonía los recuerdos forman una sola pregunta, que no ha propuesto aún al guardián. Como no puede incorporarse, tiene que llamarlo por señas. El guardián se agacha profundamente, pues la disparidad de las estaturas ha aumentado muchísimo. ‘¿Qué pretendes ahora?’, dice el guardián; ‘eres insaciable’, ‘Todos se esfuerzan por la Ley’, dice el hombre. ‘¿Será posible que en los años que espero nadie ha querido entrar sino yo?’ El guardián entiende que el hombre se está acabando, y tiene que gritarle para que le oiga: ‘Nadie ha querido entrar por aquí, porque a tí solo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla’.

Rayo de sol, Ednodio Quintero

Mentiría si afirmo que el recuerdo evocado en aquella oportunidad es el primero que mi memoria logró registrar. De cualquier manera, debe de haber sido uno de los primeros. Pues el punto de vista del observador se corresponde con el de un niño que gatea por el piso, que se desliza con pasos de reptil, que todavía no ha aprendido a caminar. A la altura de mis ojos se abría un inmenso territorio surcado por una red de líneas entrecruzadas, que un observador adulto reconocería como la sala enladrillada del caserón donde trascurrieron los años iniciales de mi existencia aciaga, tal vez feliz. Yo avanzaba, a cuatro patas, en una paciente y laboriosa exploración. Y me detenía frente a la ranura que servía de frontera a cada par de ladrillos, la estudiaba con atención exagerada, como si el único propósito de mi arribo a este planeta desconocido donde mi nave averiada había venido a parar, consistiera en aprenderme de memoria el más mínimo detalle de aquellas zanjas diminutas, llenas de polvo y suciedad, tan parecidas a los surcos dejados por los fragmentos de rocas calientes en el espacio estelar. Mi observación atenta no se limitaba a lo visual; abarcaba, por así decirlo, el conjunto de mis sentidos, que luego de un letargo amniótico comenzaban a activarse como una planta amante del sol expuesta a la intemperie luego de haber permanecido guardada en un desván. Las membranas finas y sensibles de mis oídos registraban el ruido que producían mis rodillas al desplazarse sobre aquella superficie áspera; y el crujido de las telas que me cubrían resonaba como el crepitante incendio de un cañaveral que, por momentos, lograba opacar los golpes de tambor de mi corazón. Mi lengua saboreaba el aire repleto de esencias minerales, y a veces se asomaba como un animalito juguetón entre mis encías rosadas y sin dientes para absorber entre sus papilas saturadas de humedad algún resto de polvo guardado en los intersticios de aquel piso ajedrezado, que desde la atalaya de mi cuna verde de madera solía contemplar con una mezcla de terror y fascinación y que se me aparecía como un mar de piedra, liso y ferzo. Pero tal vez la sensación más acuciante que experimentaba era el cosquilleo que nacía en las palmas de mis manos al contacto con las diversas texturas que iba distinguiendo en mi morosa travesía, y que se transformaba en una serie de sacudidas eléctricas que recorrían mi columna vertebral, ramificándose luego en chispazos aislados que endulzaban mis labios y la piel blanda de mi paladar.

Estando en estos menesteres fui sorprendido por un raro fenómeno que paró en seco mis avances de reptil. Un círculo color leche y del tamaño de una moneda se interponía entre mi mano de explorador y la próxima ranura a sortear. La presencia de aquel pequeño lago me fascinó y lo estuve acechando como si se tratara de una presa entrevista a través de la maleza por un alucinado cazador. Quizá un parpadeo me hizo creer que el círculo se desplazaba con lentitud, y temiendo que acelerara su marcha hasta quedar fuera de mi alcance me dispuse a capturarlo. Avancé las rodillas y alargué mi mano, con un movimiento veloz, hasta cubrirlo por completo. Apoyé mi mejilla contra el piso frío a fin de observar de cerca el precioso objeto que creía haber atrapado entre mi garra diminuta de mono extraviado en una selva hostil, y bajo aquel montículo de carne tierna apenas divisé un trozo de oscuridad. ¿Qué sucede, viajero de las estrellas, príncipe de la Vía Láctea, cosmonauta errante y contumaz? ¿Qué ha sido de tus habilidades de guerrero e infalible cazador? Un pequeño círculo, pálido como la tiza, se burla de ti. Como si hubiera rozado la superficie viscosa de una alimaña retiré mi mano con prontitud, y el porfiado círculo reapareció en el mismo lugar. Probé de nuevo, adoptando precauciones quizá exageradas, como la de mantener la vista fija en los bordes relucientes de aquella moneda hechizada, y la burla se repitió. Lo intenté con la otra mano y fracasé. No sé por cuánto tiempo estuve jugando al gato y el ratón. Pero en algún momento, cuando expresaba mi impotencia a viva voz, los brazos de un gigante se hundieron en el aire para rescatarme. Y más tarde, un aroma a leche fresca acompañado de una melodía anestesiante me adormeció. Quisiera creer que mis sucesivos yerros no hicieron mella en mi voluntad, y que siempre mantuve la esperanza de atrapar aquel esquivo rayo de sol.

José Regueira, Álvaro Cunqueiro

Desde los ocho o nueve años, tenía todas las noches el mismo sueño, salvo que cenase castañas cocidas con leche fresca, que entonces tenía otro. El primer sueño consistía en que aparecía junto a su cama un hombre con barba, el cual le hacía levantarse de la cama y lo llevaba a volar con él por encima de Sobrado dos Monxes, y alguna vez sobre Betanzos. Y cuando José Regueira iba más feliz en la máquina voladora del hombre de la barba, este lo empujaba y lo dejaba caer desde lo alto mismo encima de su cama. La caída era verdadera, pensaba José Regueira, porque el ruido que hacía al caer despertaba a sus padres, que dormían en la habitación vecina, y porque en tres ocasiones rompió la cama, con la violencia del aterrizaje. Con el tiempo, José Regueira fue aprendiendo a no caer de golpe, sino planeando, con lo cual entraba muy suavemente en su cama, la que no volvió a romper. Eso sí, el planear le costaba lo suyo, porque después del planeo aparecía sudoroso y casi sin respiración. El otro sueño consistía en que José Regueira escuchaba un silbido y veía que por la puerta de su cuarto entraba una señora cubriéndose con un paraguas, porque estaba lloviendo dentro de la casa como fuera. De pronto escampaba, y la señora cerraba el paraguas. Sin saber cómo, José Regueira se encontraba dentro del paraguas, pugnando por salir, pero no lo lograba mientras no volviese a llover y la señora abriese el paraguas. La señora se iba, y José Regueira aparecía en el suelo, junto a un charquito de agua que había escurrido del paraguas. Los padres decían que José Regueira había orinado en el suelo, y le pegaban. Ya era José Regueira un mozo de veinte años, y seguía teniendo los dos sueños. Había crecido mucho, y era un tipo ensimismado y algo perezoso, muy espigado y preocupado por su pelo rizo. Los padres suyos, previendo que el hijo iba a ir al servicio militar, estaban preocupados con el sueño de la señora del paraguas, que sería una vergüenza que José apareciese en el suelo del dormitorio del cuartel, tumbado sobre un charco de agua. ¿Cómo convencer al coronel del Regimiento de que había una señora con paraguas y que llovía dentro de la sala? José Regueira les decía a los suyos que era difícil que en el servicio tuviese aquel sueño, porque en el cuartel no dan de rancho castañas cocidas con leche, pero los padres lo ofrecieron a San Cosme, y lo llevaron el 27 de septiembre a la romería. José Regueira llevaba como exvoto un paraguas de cera, hecho de encargo en Santiago, y y saliera bastante caro, que hubo que pagar el molde en la cerería. El paraguas fue depositado después de la misa mayor a los pies de San Cosme.

Aquella misma noche, José Regueira cenó castañas cocidas con leche fresca, y se metió en la cama a ver si San Cosme ya se había enterado de su petición y lo libraba de la señora del paraguas. Y así fue. En vez del silbido acostumbrado, golpearon la puerta del cuarto con los nudillos, y entró en la habitación Florita, una vecina muy lucida a la que José solía quedarse mirando, medio embobado. Florita le puso un dedo en los labios recomendándole silencio, y le dijo, cariñosa:

¡Adiós, Pepiño! ¡Aquí te espero comiendo un huevo!

Cuando volvió del servicio, José Regueira enamoró a Florita y se casaron. Ella negó siempre que hubiese ido a la habitación de él a decir eso de «aquí te espero comiendo un huevo». José le ponía un dedo en los labios, y la hacía callar.

El trust de los fantasmas, Giovanni Papini

Hay médiums prodigiosos que consiguen emitir porciones de materia viviente llamada ectoplasma. En el estado de trance crean junto a sí miembros humanos y, a veces, criaturas enteras, de una materia casi fluida, pero observable, que los ignorantes llaman “espectros”. Durante muchos años he estudiado el problema de la conservación de los espectros y lo he conseguido finalmente. Hasta ahora estos fantasmas reales se disolvían al final de la sesión, con grave daño de la ciencia y también de la comodidad humana. Yo he conseguido hacerlos estables, duraderos y prácticamente inmortales. Semejantes criaturas casi irreales, y, sin embargo, vivas e inteligentes, serían buscadísimas en todas partes de la tierra. Tener a su servicio un espectro de materia sutilísima, que puede penetrar donde nos está vedado, que puede ver y oír lo que para nosotros es oscuro y mudo, que puede aterrorizar a nuestros enemigos y ser la compañía de nuestras noches —intermediario anfibio entre este mundo y el otro, entre la vida y la muerte, entre el ser y el no ser—, disponer de un ser no engendrado como todos los demás, un seudoantropo servicial, al cual es permitido lo que a los otros está negado, sería un lujo inaudito, una fortuna indecible y milagrosa. Una sociedad anónima para la fabricación y conservación de los espectros proporcionaría fabulosos beneficios. La industria tiene ahora el dominio y el monopolio de todas las fuerzas de la naturaleza, a excepción de la más admirable de todas: el espíritu. Estas apariciones indecisas y efímeras, que hasta ahora han servido únicamente para satisfacer la curiosidad y la vanidad de los psicólogos y el hambre de misterio y de emoción de los ocultistas, pueden convertirse, con ventaja para todos, en instrumentos de progreso y de bienestar. El pueblo de los fantasmas, hasta ahora refractario, puede entrar a formar parte de la economía mundial. También el alma, para el hombre moderno, es exportable y comerciable.

El androide asesino, Arquímedes González

Yo soy Robocop. Hace poco me detuvieron nueve agentes de la policía en el Callejón de la Muerte en un mercado de Managua y ahora me acusan de cortarle la cabeza a un hombre, violar a tres muchachas y cortarlas en tuquitos y machetear a una pareja de ancianos. Y es cierto. Todo es cierto. Hace pocas semanas llegué a esto que ustedes llaman el presente. Mi primera experiencia fue cortar la cabeza de ese elemento. ¡Yo no sabía que era tan difícil cortarle la cabeza a alguien! Luego mejoré mis habilidades, aunque no sé por qué mi escudo de seguridad falló y me capturaron, no sin antes partirle el brazo derecho a uno de esos agentes y dejar tuerto a otro… Mirá: Todo androide como yo, es un militar que ha sido preparado en las artes marciales, en el manejo de cuchillo, en armas, en métodos de infiltración y conducción de diferentes tipos de transporte. Para mí las sensaciones, deseos y afectos son irrelevantes, aunque tengo la capacidad de aprender de la interacción con los humanos, de mi entorno y de mis errores. Sin embargo, nada ni nadie puede cambiar ni distraer el objetivo primario de mi misión que es: Matar.

Esta envoltura de masa moscular, terminaciones nerviosas, huesos y epidermis cultivada, es capaz de sobrevivir al ataque de armas de fuego de medio y bajo calibre y puede recuperarse rápidamente al impacto físico de golpes y ataques con objetos sólidos o cortantes. Esto es un disfraz para que ustedes me acepten en su presente, pero yo podría tomar otras maneras de presentarme según las necesidades. Dentro de mí, en lo profundo de mis pupilas, hay un perfecto mecanismo especializado en matar. Por eso es que yo no voy a envejecer ni voy a morirme y si me matan, no me matarán por completo porque volveré, siempre voy a volver…

A mí me creó un sistema del futuro que todavía no puedo alcanzar a ver, porque no he completado ni la mitad de la misión que me envió a hacer. Mi misión primaria y primordial, es matar. No sé a quiénes ni por qué, porque eso está definido dentro de mi programa. Yo no decido de antemano matar a una mujer, a aun niño o a un hombre, o a un viejo, es el sistema que tengo programado dentro de mi cabeza el que en el momento en que yo me encuentro con ese ser, se activa y me ordena eliminarlo.

Hasta ahora yo he descubierto que puedo imitar la voz de personas con las que he tenido algún contacto físico y también puedo hablar a la perfección trece idiomas: Español, inglés, francés, alemán, chino, japonés, ruso, árabe, sueco, portugués, italiano, arameo y griego. Hablo en código, hablo el idioma de los muertos, hablo con las paredes, hablo con los animales y así me comunico en este y otros países con los otros miembros de la Sombra Negra, la organización que yo encabezo y que tiene presencia en muchos otros lugares porque esta operación es de alcance global, un trabajo considerado por ustedes en este presente absurdo, como el de un vil y solitario asesino en serie, como un loco violador o un desalmado, pero es una profesión en la que los miembros de la Sombra Negra estamos involucrados y enfocados en cumplir la misión que nos fue encomendada.

Luego que salga de esta celda, continuaré con mi misión porque eso fue lo que me encomendó el sistema que me envió a su presente y para eso fui ensamblado y programado. Y si en este presente me exterminan, no importa, porque el sistema que me envió desde el futuro, volverá a ensamblarme, volverá a programarme y volverá a enviarme, porque yo soy Robocop, el indestructible, el líder de la Sombra Negra.

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Los brazos de Kalim, Gabriel Jiménez Emán

Kalym se arrancó los brazos y los lanzó a un abismo. Al llegar a su casa, su mujer le preguntó sorprendida: “¿Qué has hecho con tus brazos?”.

– Me cansé de ellos y me los arranqué- respondió Kalim.

– Tendrás que ir a buscarlos; vas a necesitarlos para el almuerzo. ¿Dónde están?

– En un abismo, muy lejos de aquí.

– ¿Y cómo has hecho para arrancártelos?

-Me despegué el derecho con el izquierdo y el izquierdo con el derecho.

-No puede ser -respondió su mujer-, pues necesitabas el izquierdo para arrancarte el derecho, pero ya te lo habías arrancado.

– Ya lo sé, mujer; mis brazos son algo muy extraño.

Olvidemos eso por ahora y vayamos a dormir -dijo Kalym abrazando a su mujer-.

El violinista y el verdugo, Fernando Ayala Poveda

Cansado del cielo, Jacob abandonó su castillo y regresó a la tierra. A medianoche penetró en la recámara del sargento Ordax, lo despertó con un golpe de sombra y le dijo:

¿Ya no me recuerda?

No – le respondió el verdugo -. ¿Qué desea de mí?

Recuerde -dijo Jacob con vehemencia-, yo soy el hombre que usted asesinó en el conservatorio de música de Miraflores, en la noche de los coroneles.

No quiero hablar de cuestiones políticas.

Yo era músico, ¿sabe usted? En la noche de mi muerte, daba mi primer concierto. Me preparé durante treinta años para esa gran noche.

Lo que fue ya pasó -dijo el verdugo implacable-. El mundo no ha perdido nada sin su música. Fíjese: todo sigue en su mismo lugar. ¿Por qué se lamenta?

Por mi violín. Usted lo guarda debajo de su cama. Quisiera volver a tocarlo.

Puede tocarlo si quiere. Pero después saldrá inmediatamente de aquí. Tengo que madrugar.

Jacob tomó el violín, lo acarició con amor y el mundo se llenó de música.

Al principio, el verdugo escuchó aquel concierto con mirada cejijunta, pero más tarde, su rostro se transformó. Luego se levantó de su camastro y se aproximó a la ventana. A través de las rejas de hierro contempló la luna de octubre, y entonces comenzó a silbar una balada feliz, que le evocaba los caballos y las mariposas de su niñez.

Cuando Jacob dejó de tocar el violín, el verdugo le dijo:

Su música es bella, muy bella, y saludable. Ahora usted debe irse. Ya ha cumplido su deseo. No es bueno que dos sombras hablen en la oscuridad.

Jacob se marchó al cielo con una tremenda nostalgia por los hombres y por su violín.

Un año después, el sargento Ordax, discretamente, concluyó su primer curso de música en el conservatorio de Miraflores, y desde entonces eligió el violín como el instrumento de su destino

La niebla, Agnieszka Kawecka

iaia-gagliani-1-2Salía de los rincones más oscuros, inundaba el aire. Nuestro jadeo cesó ante la imagen de la lechosa niebla, tan espesa como el bosque que nos rodeaba.
–Hermoso paisaje, ¿no crees? –musitó, y su piel se estremeció por el frío. Se cubrió con el chal de lana, mientras sus largas piernas se movieron en dirección a la ventana.
Miré los contornos de las contraventanas en donde comenzaban a dibujarse las primeras pinceladas de la niebla. Asentí con la cabeza sin gran entusiasmo. Estaba ardiendo y quería tenerla completa, sin las acostumbradas pausas.
Me levanté y me paré tras ella. Rodeé sus caderas con mis manos. Despacio seguí el camino de las curvas hasta llegar a los muslos. En ese momento su cuerpo se tensó y me empujó con suavidad.
–¿Viste eso? –dijo inquieta mientras sus ojos buscaban algo tras el cristal.
–No.
–Creo que alguien está ahí. Mira.
La niebla avanzaba despacio devorando todo lo que había a su paso. Las siluetas de los pinos se perdían en ese mar blanco que pronto llegaría hasta aquí. La estreché y mis labios recorrieron su cuello.
–Ven, ven conmigo –la jalé hacia la cama, pero ella se quedó inmóvil con las cejas arqueadas en un gesto de asombro.
–Estoy segura de que hay alguien ahí.
–No hay nadie en veinte kilómetros a la redonda –encendí un cigarro mientras el fuego consumía mi entrepierna. Estaba harto de hablar o de ver cosas que no existían. Sólo era la niebla y sus malas jugadas, la conocía demasiado bien para caer en sus engaños, y tampoco permitiría que estropeara la noche. Era mi noche.
–No hay nadie ahí –insistí–. Mejor ven conmigo.
Abrió la ventana y un soplo helado castigó mi espalda. Sus desnudos pechos revolotearon con el aire.
–Ahí está. Mira.
Nuevamente me acerqué sin quitar la mirada de sus senos. Los pezones se endurecieron por el frío. Los apretujé mientras mis ojos recorrían el paisaje. No había nadie. Sólo la espesa nata que ahora deslizaba su lengua blanca por la ventana. Cubría sus caderas, penetrando en los lugares que nunca me pertenecieron.
El fuego subió lentamente desde mis genitales hasta la cabeza. Cerré de un empujón las contraventanas hasta escuchar el crujir de la madera.
–¡Que vengas aquí! –procuré medir mi tono de voz, pero la furia logró perfilarse por mi garganta. El resultado fue que emití un gruñido que la volvió a la realidad.
–¿Qué te pasa? No me grites –sacudió su negra melena que cubrió por un momento sus pechos. Las pinceladas de la niebla aún envolvían su vientre, ondulaban entre su vello deslizándose hacia abajo.
–Perdón, no quise gritarte.
–Ahí hay alguien, a lo mejor necesita ayuda, pero tú sólo puedes pensar en sexo.
Suspiré y contuve mi ira. Di una última ojeada a su cuerpo y me puse el pantalón.
–Bueno, si quieres voy a averiguar para que estés más tranquila.
Se sentó en la cama recogiendo sus piernas hasta la barbilla, mientras su sexo se asomaba entre los muslos. Encendió un cigarro con la mirada clavada en el cristal.
Salí y de inmediato el aliento de la niebla entró en mi boca. Enredó su lengua en la mía. Escupí y avancé empujándola con el pecho. Se enredaba en mi vello, jaloneaba mis tetillas mientras yo recorría los alrededores de la cabaña. Tal como lo había dicho, no había nadie.
Regresé. Seguía sentada en la misma posición. Su cigarro estaba por consumirse.
–Lo vi –murmuró sin mirarme–, estaba desnudo y sus ojos eran completamente blancos.
No entendía lo que me decía, pensé que estaba delirando por el frío. Quise cubrirla con la cobija, pero no me lo permitió. Se levantó y con firmeza abrió la puerta. Después extendió los brazos mientras la niebla envolvía su cuerpo. Antes de que pudiera acercarme, ella había desaparecido. La busqué hasta lo profundo del bosque, pero no encontré nada; sólo los jadeos, toda la noche escuché jadeos y risas. Era su voz. La policía tardó dos días en hallar su cuerpo. Sus pechos estaban surcados por las garras de algo que hasta la fecha los expertos no han podido definir, pero yo sé. Aún tengo el sabor de la niebla en mi lengua y los surcos de garras en mi pecho. Por las noches escucho sus jadeos, los gritos de placer que nunca me dio.

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La casa encantada, Anónimo europeo

Edward Dimsdale
Edward Dimsdale

Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a comenzar su conversación con el anciano.

Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a una fiesta de fin de semana. De pronto, tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el auto. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.

Espéreme un momento —suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente.

Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondía a su impaciente llamado.

Dígame —dijo ella—, ¿se vende esta casa?

Sí —respondió el hombre—, pero no le aconsejo que la compre. ¡Un fantasma, hija mía, frecuenta esta casa!

Un fantasma —repitió la muchacha—. Santo Dios, ¿y quién es?

Usted —dijo el anciano, y cerró suavemente la puerta.

Una casa para siempre, Enrique Vila-Matas

Lado Tevdoradze
Lado Tevdoradze

De mi madre siempre supe poco. Alguien la mató en la casa de Barcelona, dos días después de que yo naciera. El crimen fue todo un misterio que creí dar por resuelto el día en que cumplí veinte años, y mi padre, desde su lecho de muerte, reclamó mi presencia y me dijo que, por desconfianza a los adjetivos, estaba aproximándose al momento en que enmudecería radicalmente, pero que antes deseaba contarme algo que juzgaba importante que yo supiera.

-Incluso las palabras nos abandonan -recuerdo que dijo-, y con eso está dicho todo, pero antes debes saber que tu madre murió porque yo así lo dispuse.

Pensé de inmediato en un asesino a sueldo y, pasados los primeros instantes de perplejidad, comencé a dar por cierto lo que mi padre estaba confesando. Cada vez que pensaba en el hacha ensangrentada sentía que el mundo se hundía a mis pies y que atrás quedaban, patéticamente dibujadas para siempre, las escenas de alegría y plenitud que me había hecho idealizar la figura paterna y forjar la imagen mítica de un hombre siempre levantado antes de la aurora, en pijama, con los hombros cubiertos por un chal, el cigarrillo entre los dedos, los ojos fijos en la veleta de una chimenea, mirando nacer el día, entregándose con implacable regularidad y con monstruosa perseverancia al rito solitario de crear su propio lenguaje a través de la escritura de un libro de memorias o inventario de nostalgias que siempre pensé que, a su muerte, pasaría a formar parte de mi tierna aunque pavorosa herencia.

Pero aquel día de cumpleaños, en Port de la Selva, se fugó de esa herencia todo instinto de ternura y tan sólo conocí el pavor, el terror infinito de pensar que, junto al inventario, mi padre me legaba el sorprendente relato de un crimen cuyo origen más remoto, dijo él, debía situarse en los primeros días de abril de 1945, un año antes de que yo naciera, cuando sintiéndose él todavía joven y con ánimos de emprender, tras dos rotundos fracasos, una tercera aventura matrimonial, escribió una carta a una joven ampurdanesa que había conocido casualmente en Figueras y que le había parecido que reunía todas las condiciones para hacerle feliz, pues no sólo era pobre y huérfana, lo que a él le facilitaba las cosas, ya que podía protegerla y ofrecerle una notable fortuna económica, sino que, además, era hermosa, muy dulce, tenía el labio inferior más sensual del universo y, sobre todo, era extraordinariamente ingenua y servil, es decir, que poseía un gran sentido de la subordinación al hombre, algo que él, a causa de sus dos anteriores infiernos conyugales, valoraba muy especialmente.

Había que tener en cuenta que su primera esposa, por ejemplo, le había mutilado, en un insólito ataque de furia, una oreja. Mi padre había sido tan desdichado en sus anteriores matrimonios que a nadie debe sorprenderle que, a la hora de buscar una tercera mujer, quisiera que ésta fuera dulce y servil.

Mi madre reunía esas condiciones, y él sabía que una simple carta, cuidadosamente redactada, podría parla. Y así fue. La carta era tan apasionada y estaba tan hábilmente escrita que mi madre no tardó en sentarse en Barcelona. En el centro de un laberinto de callejuelas del Barrio Gótico llamó a la puerta del viejo y ennegrecido palacio de mi padre, quien al parecer no pudo ni quiso disimular su gran emoción al verla allí en el portal, sosteniendo bajo la lluvia un maletín azul que dejó caer sobre la alfombra al tiempo que, con humilde y temblorosa voz de huérfana, preguntaba si podía pasar.

-Que aquel día llovía en Barcelona -me dijo padre desde su lecho de muerte-, es algo que nunca pude olvidar, porque cuando la vi cruzar el umbral me pareció que la lluvia era salvaje en sus caderas y me sentí dominado por el impulso erótico más intenso de mi vida.

Ese impulso parecía no tener ya límites cuando ella le dijo que era una experta en el arte de bailar la tirana, una danza medieval española en desuso. Seducido por ese ligero anacronismo, mi padre ordenó que de inmediato se ejecutara aquel arte, lo que mi madre, ansiosa de complacerle en todo y con creces, realizó encantada y hasta la extenuación, acabando rendida en los brazos de quien, sin el menor asomo de cualquier duda, le ordenó cariñosamente que se casara cuanto antes con él.

Y aquella misma noche durmieron juntos, y mi padre, dominado por esa suprema cursilería que acompaña a ciertos enamoramientos, tuvo la impresión de que, tal como había imaginado, acostarse con ella era como hacerlo con un pájaro, pues gorjeaba y cantaba en la almohada, y le pareció que ninguna voz cantaba como la de ella y que incluso sus huesos, como su labio inferior y sus cantos, eran frágiles como los de un pájaro.

-Y esa misma noche, bajo el rumor de la lluvia barcelonesa, te engendramos -me dijo de repente mi padre con los ojos muy desorbitados.

Un lento suspiro, siempre tan inquietante en un moribundo, precedió a la exigencia de un vaso de vodka. Me negué a dárselo, pero al amenazar con no proseguir su relato, por pura precaución ante el posible cumplimiento de la amenaza, fui casi corriendo a la cocina y, procurando que tía Consuelo no lo viera, llené de vodka dos vasos. Hoy sé que todas mi precauciones eran absurdas porque en aquellos momentos tía Consuelo sólo vivía para alimentar su intriga ante un cuadro oscuro del salón que representaba la coquetería celestial de unos ángeles al hacer uso de una escalera; sólo vivía para ese cuadro, y muy probablemente esa obsesión le distraía de otra: la constante angustia de saber que su hermano, acosado por aquella suave pero implacable enfermedad, se estaba muriendo. En cuanto a él, en aquellos momentos sólo vivía para alimentar la ilusión de su relato.

Cuando hubo saciado su sed, mi padre pasó a contar que el viaje de miel tuvo dos escenarios, Estambul y El Cairo, y que fue en la ciudad turca donde advirtió la primera anomalía en la conducta de su dulce y servil esposa. Yo, por mi parte, advertí la primera anomalía en el relato de mi padre, ya que estaba confundiendo esas dos ciudades con París y Londres, pero preferí no interrumpirle cuando oí que me decía que la anomalía de mi madre no era exactamente un defecto, sino algo así como una peculiar manía. A ella le gustaba coleccionar panes.

En Estambul, ya desde el primer momento, entrar en las panaderías se convirtió en un extraño deporte. Compraban panes que eran perfectamente inútiles, pues no estaban destinados a ser devorados sino más bien a elevar el peso de la gran bolsa en la que reposaba la colección de mi madre. Muy pronto, él protestó y preguntó con notable crispación a qué obedecía aquella rara adoración al pan.

-Algo tiene que comer la tropa -respondió escuetamente mi madre, sonriéndole como quien le sigue la corriente a un loco.

-Pero Diana, ¿qué clase de broma es ésta? –balbuceó desconcertado mi padre.

-Me parece que eres tú quien está bromeando esas preguntas tan absurdas -contestó ella con cierto aire de ausencia y esbozando la suave y soñadora mirada de los miopes.

Siete días, según mi padre, estuvieron en Estambul, y eran unos cuarenta los panes que mi madre llevaba en su gran bolsa cuando llegaron a El Cairo. Como era hora avanzada de la noche, él marchaba feliz sabiéndose a salvo de las panaderías cairotas, e incluso se ofreció a llevar la bolsa. No sabía que aquéllas iban a ser sus últimas horas de felicidad conyugal.

Cenaron en un barco anclado en el Nilo y acabaron bailando, entre copas de champán rosado ya la luz de la luna, en la terraza de la habitación del hotel. Pero horas después mi padre despertó en mitad de la noche cairota y descubrió con gran sorpresa que mi madre era sonámbula y estaba bailando frenéticas tiranas sobre el sofá. Trató de no perder la calma y aguardó pacientemente a que ella, totalmente extenuada, regresara al lecho y se sumergiera en el sueño más profundo. Pero cuando esto ocurrió, nuevos motivos de alarma se añadieron a los anteriores. De repente mi madre, hablando dormida, se giró hacia él y le dijo algo que, a todas luces, sonó como una tajante e implacable orden:

-A formar.

Mi padre aún no había salido de su asombro cuando oyó:

-Media vuelta. Rompan filas.

No pudo dormir en toda la noche y llegó a sospechar que su mujer, en sueños, le engañaba con un regimiento entero. A la mañana siguiente, afrontar la realidad significaba, por parte de mi padre, aceptar que en el transcurso de las últimas horas ella había bailado tiranas y se había comportado como un general perturbado al que sólo parecía interesarle dar órdenes y repartir panes entre la tropa. Quedaba el consuelo de que, durante el día, su esposa seguía siendo tan dulce y servil como de costumbre. Pero ése no era un gran consuelo, pues si bien en las noches cairotas que siguieron no reapareció el tiránico sonambulismo, lo cierto es que fueron en aumento y, de forma cada vez más enérgica, las órdenes.

-Y el toque de Diana -me dijo mi padre- comenzó a convertirse en un auténtico calvario, pues cada día, minutos antes de despertarse, los resoplidos que seguían a los ronquidos de tu madre parecían imitar el sonido inconfundible de una trompeta al amanecer.

¿Deliraba ya mi padre? Todo lo contrario. Era muy consciente de lo que estaba narrando y, además, resultaba impresionante ver cómo, a las puertas de la muerte, mantenía íntegro su habitual sentido del humor. ¿Inventaba? Tal vez y, por ello, probé a mirarle con ojos incrédulos, pero no pareció nada afectado y siguió, serio e inmutable, con su relato.

Contó que cuando ella despertaba volvía a ser la esposa dulce y servil, aunque de vez en cuando, cerca de una panadería o simplemente paseando por la calle, se le escapaban extrañas miradas melancólicas dirigidas a los militares que, en aquel El Cairo en pie de guerra, hacían guardia tras las barricadas levantadas junto al Nilo. Una mañana incluso ensayó algunos pasos de tirana frente a los soldados.

Más de una vez mi padre se sintió tentado de encarar directamente el problema hablando con ella y diciéndole por ejemplo:

-Tienes como mínimo una doble personalidad. Eres sonámbula y, además de bailar tiranas sobre los sofás, conviertes el lecho conyugal en un campo de instrucción militar.

No le dijo nada porque temió que si hablaba con ella de todo eso tal vez fuera perjudicial y lo único que lograra sería ponerla en la pista de un rasgo oculto de su carácter: ciertas dotes de mando. Pero, un día, paseando en camello junto a las pirámides, mi padre cometió el error de sugerirle el argumento de un relato breve que había proyectado escribir:

-Mira, Diana. Es la historia de un matrimonio muy bien avenido, me atrevería a decir que ejemplar. Como todas las historias felices, no tendría demasiado interés de no ser porque ella, todas las noches, se transforma, en sueños, en un militar.

Aún no había acabado la frase cuando mi madre pidió que la bajaran del camello y, tras lanzarle una mirada de desafío, le ordenó que llevara la bolsa de los panes turcos y egipcios. Mi padre quedó aterrado porque comprendió que, a partir de aquel momento, no sólo estaba condenado a cargar con la pesadilla del trigo extranjero, sino que además recibiría orden tras orden.

En el viaje de regreso a Barcelona mi madre mandaba ya con tal autoridad que él acabó confundiéndola con un general de la Legión Extranjera, y lo más curioso fue que ella pareció, desde el primer momento, identificarse plenamente con ese papel, pues se quedó como ausente y dijo que se sentía perdida en un universo adornado con pesados tapetes argelinos, con filtros para templar el pastís y el ajenjo y narguilés para el kif, escudriñando el horizonte del desierto desde la noche luminosa de la aldea enclavada en el oasis.

Ya su llegada a Barcelona, ya instalados en el viejo palacio del Barrio Gótico, los amigos que fueron a visitarles se llevaron una gran sorpresa al verla a ella fumando como un hombre, con el cigarrillo humeante y pendiente de la comisura de los labios, y verle a él con las facciones embotadas y tersas como los guijarros pulidos por la marejada, medio ciego por el sol del desierto y convertido en un viejo legionario que repasaba trasnochados diarios coloniales.

-Tu madre era un general -concluyó mi padre-, y no tuve más remedio que ganar la batalla contratando a alguien para que la matara. Pero eso sí, aguardé a que nacieras, porque deseaba tener un descendiente. Siempre confié en que, el día en que te confesara el crimen, tú sabrías comprenderme.

Lo único que yo, a esas alturas del relato, comprendía perfectamente era que mi padre, en una actitud admirable en quien está al borde de la muerte, estaba inventando sin cesar, fiel a su constante necesidad de fabular. Ni la proximidad de la muerte le retraía de su gusto por inventar historias. y tuve la impresión de que deseaba legarme la casa de la ficción y la gracia de habitar en ella para siempre. Por eso, subiéndome en marcha a su carruaje de palabras, le dije de repente:

-Sin duda me confunde usted con otro. Yo no soy su hijo. Y en cuanto a tía Consuelo no es más que un personaje inventado por mí.

Me miró con cierta desazón hasta que por fin reaccionó. Vivamente emocionado, me apretó la mano y me dedicó una sonrisa feliz, la de quien está convencido de que su mensaje ha llegado a buen puerto. Junto al inventario de nostalgias, acababa de legarme la casa de las sombras eternas.

Mi padre, que en otros tiempos había creído en tantas y tantas cosas para acabar desconfiando de todas ellas, me dejaba una única y definitiva fe: la de creer en una ficción que se sabe como ficción, saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de una ficción y, sabiéndolo, creer en ella.

Noticias antes de tiempo, Eduardo Berti

andre-kertesz_displaced_peopleAndre Kertesz


Un influyente matutino de Bruselas publicó, a lo largo de tres meses y a ritmo de una por día, una serie de breves informaciones de índole local -siempre arrinconadas en la página ocho-, que al momento de la salida del diario aún no habían ocurrido pero que se cumplían inexorablemente a las seis de la tarde, para salir a la mañana siguiente en los otros periódicos de Bélgica. El fenómeno fue detectado por un ex maestro de escuela que presentó una demanda acusando al director del matutino de “promover hechos desgraciados y/o delictuosos”. Para que estas noticias se realizasen había sido necesario -alegaba el demandante- que alguien allegado a la redacción cometiera el incendio, el secuestro, el robo o el crimen allí profetizados. Nada pudo probarse en tribunales. el director se negó con terquedad a revelar cómo obtenía dichas “primicias”, amparándose en la “confidencialidad de sus fuentes”. El juez fijó, no obstante, una multa abultada contra el matutino por haber divulgado “noticias antes de tiempo”.

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