Hierba mala, JCPozo

La muerte se encontró por accidente a un muerto al que se le había olvidado llevar; y de eso ya hacía mucho tiempo. El muerto había muerto de viejo, pero cosas del azar, ni su conciencia ni la muerte se habían enterado de ello..

Así que sin notarlo mucho, el muerto siguió viviendo, y viviendo, y viviendo.

Con su aparente y temporal inmortalidad, pues tarde o temprano la señora de negro te encuentra y te lleva, no se exponía al principio a grandes peligros, pues a su edad no tenía mucha movilidad. Comúnmente veía el pasar de los días echado en su mecedora. Con el tiempo, empezó a aburrirse de estar viejo y muerto. Se acostumbró a que todo le pasara aunque nada le doliera, y claro, ya estaba muerto, cómo le iba a doler. Pero al saberse invencible, gradualmente se hizo más y más cruel; le divertía tener el control de sus circunstancias y el destino de la gente. Su presencia cobró más fuerza con el vértigo que da el poder y entonces le dio por gobernar. Arrasó pueblos, separó familias, quemó villas, dobló voluntades y rompió esperanzas. Pero de eso también se aburrió.

Había ya decidido tomar medidas drásticas para acabar con su tedio, y tenía la esperanza de volver a morir, acaso, de encontrarse a quien se olvidó de él.
Cuando por fin se encontró, de casualidad con la muerte, la inexorable mensajera le preguntó que dónde había estado, que dónde se había metido.

“Estabas tan ocupada en tu trabajo”, le dijo el viejo, “que nunca viste quién era quién te lo daba.Y yo, invocándote con mis muertes para que me vinieras a rescatar. Ahora que, asumo, me llevas, conmigo te llevarás también a todos los demás .”
Se quiso asegurar el viejo, que esta vez le había llegado el momento.

En eso se oyó un fuerte estallido, bañó al cielo una luz cegadora y luego… tierra, una lluvia de tierra; por todos lados, solo tierra; pasó un tiempo inexistente cuando finalmente el humo que dejó la tierra se disipó. La muerte se enfocó en la apocalíptica escena que quedó y se encontró con que le esperaba una muy ardua tarea, esta vez serían tantos desfilando en su barca que jamás terminaría su labor.

Y tan hundida en esa reflexión estaba, que mientras cargaba con los primeros pasajeros, a la muerte de nuevo ese muerto se le olvidó.

El carpintero, Norah Lange

Frente a nuestra quinta existían varias casas y un rancho, cuyas paredes de barro, deshilachadas y llenas de parches, apenas lograban mantenerlo en pie. A ese rancho llegó un matrimonio tan sumido en la miseria que, al refugiarse en él, ni siquiera tenía dónde sentarse, hasta que madre le envió ropa, comida y dos hamacas de mimbre. La mujer rara vez salía. En ocasiones, la divisábamos desde lejos, agachada, los hombros siempre cubiertos por una vieja pañoleta. Después nos enteramos de que se hallaba tuberculosa y que el marido apenas conseguía juntar uno centavos haciendo pequeños trabajos de carpintería.

Una tarde supimos que Andrea agonizaba, y cuando circuló la noticia de que había muerto, vimos que el marido llamaba a la puerta del jardín. Supusimos que querría alguna ayuda para el entierro o algunas flores más, pero sólo venía a pedir un alfiler de gancho para abrocharse el cuello de la camisa. Le parecía indecente velarla con la garganta descubierta y era el único cambio de indumentaria que podía costearse frente a la muerte de su mujer.
Nos pareció terrible que sólo pidiera un alfiler de gancho.

Cuando mi padre fue a verlo, lo encontró sólo en la pieza, de pie ante el cadáver que él mismo había envuelto en una sábana y acostado dentro de su cajón. Dos velas ordinarias iluminaban la cabecera. La luz salía a la calle por la ventana derruida y se llenaba de polvo.

A la mañana siguiente, muy temprano, oímos unos martillazos. Era el hombre del rancho, que cerraba el cajón. Lo imaginamos solo en el cuarto, trabajando como de costumbre, poniéndose algunos clavos en la boca, mientras colocaba la tabla sobre el cuerpo tan conocido y miserable.

Antes del mediodía, un carro de la municipalidad se llevó el cajón.

Madre de Dios, David Arce

A la luz mortecina del candil, el abuelo extendía las manos y con voz clara y pausada nos contaba a todos sus nietos historias increíbles de un pasado que él creía reciente. Decía que cuando se juntó con nuestra querida abuela, que en paz descanse, todas estas arenas resecas por el sol, eran tierras fértiles donde crecían enormes árboles donde se mecían y descansaban todo tipo de animales. Que era tan densa la selva que nunca se podía ver este sol ardiente cuando se caminaba dentro del bosque.
Mis hermanitos abrían sus ojos enormes cuando hablaba de seres mitológicos como osos perezosos que se columpiaban de las ramas de los árboles, de enormes hormigas que eran cazadas por los niños para luego tostarlas y comerlas, de pequeños pájaros multicolores cantando cada uno por su cuenta y que juntos entonaban hermosas melodías.
Ríos serpenteantes preñados de peces grandes y pequeños, de la yacumama la serpiente con orejas, madre del agua, que cuidaba la laguna, y de antiguos delfines rosados.
Así era nuestra Selva de Madre de Dios, antes de que vinieran las mineras, hijitos —dijo y se le quebró la voz, carraspeó un poco y se secó las lágrimas con el dorso de las manos.
De todas estas cosas maravillosas nos contaba.
Y nosotros, niños, emocionados por sus palabras, nos íbamos a dormir creyendo en sus historias imaginarias, aunque algunas noches sofocantes, por algún lado, lejos, muy lejos, taladraba la noche el grito de algún pájaro salvaje.
El abuelo suspiraba y decía: debe ser una lechuza viuda y solitaria como yo, que recuerda con nostalgia algún pasado esplendoroso.
Aquellas noches nos íbamos a dormir con miedo.

Puma, Manuel Moya

Cuando desperté…
Augusto Monterroso

Desperté.

Tomé inmediatamente de la mesilla el cuaderno donde había esbozado a lápiz el retrato de Puma, mi cócker irlandés, temiéndome lo peor. Como presentí, el perro había desaparecido y no era la primera vez que algo así me sucedía. Durante meses, todos los animales que dibujé sobre el cuaderno egipcio desaparecían en la noche y no había manera de volverlos al cuaderno. Lo de Puma era algo distinto, pues había tenido la precaución de atarlo con cadena a una de las esquinas de la hoja, donde tracé un sólido pivote de hormigón. Pero me sentía mal. Era la cabeza, el estómago, la respiración…

Llamé al recepcionista que, de inmediato, se presentó con un médico joven y resolutivo. Pronto me vi rodeado por el típico grupo de curiosos que se hacía sus cábalas sobre la naturaleza exacta del mal, al tiempo que el médico se encogía de hombros, no explicándose lo de las convulsiones, lo del ahogo y finalmente lo de los vómitos de sangre.

Una hora más tarde, tanto el escenario como el reparto parecían ser los de otra película. Conducido en una camilla a toda velocidad por un largo y complicado corredor de hospital me temí lo peor.

En algún momento, mientras el camillero sorteaba los cientos de curiosos que nos salían al paso, perdí la conciencia.

Parece ser que la operación tuvo más complicaciones de las esperadas. Extrajeron un par de ponis que hacía meses me habían encargado para ilustrar la carátula de un video de zoofilia y que creí haber extraviado, un dinosaurio que me habían pedido para un especial sobre Monterroso, dos jerbos azules, regalo para mis sobrinos, una pantera que parecía dispuesta a abalanzarse sobre un recién nacido, la inquietante sombra del caimán encerrada en una botella, la conocida ardilla de una marca de galletas, un traje de visón colgado de la percha en el que encontrarían el sobre que finalmente aclararía el misterio de la cripta, encargo para una colección de novela negra, una colonia de cucarachas que, en su desmedido crecimiento, amenazaba con taponar ciertas arterias, un par de boas de las que sólo supe que… Pero lo peor, según dicen, fue rescatar a Puma, que expiraba muy cerca del corazón, con el cuello enredado, bien enredado en la cadena.

Un Mensaje Imperial, Franz Kafka

El Emperador –así dicen– te ha enviado a ti, el solitario, el más miserable de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más distante lejanía, microscópica ante el sol imperial; justamente a ti, el Emperador te ha enviado un mensaje desde su lecho de muerte. Hizo arrodillar al mensajero junto a su cama y le susurró el mensaje al oído; tan importante le parecía, que se lo hizo repetir. Asintiendo con la cabeza, corroboró la exactitud de la repetición. Y ante la muchedumbre reunida para contemplar su muerte –todas las paredes que interceptaban la vista habían sido derribadas, y sobre la amplia y alta curva de la gran escalinata formaban un círculo los grandes del Imperio–, ante todos, ordenó al mensajero que partiera. El mensajero partió en el acto; un hombre robusto e incansable; extendiendo primero un brazo, luego el otro, se abre paso a través de la multitud; cuando encuentra un obstáculo, se señala sobre el pecho el signo del sol; adelanta mucho más fácilmente que ningún otro. Pero la multitud es muy grande; sus alojamientos son infinitos. Si ante él se abriera el campo libre, cómo volaría, qué pronto oirías el glorioso sonido de sus puños contra tu puerta. Pero, en cambio, qué vanos son sus esfuerzos; todavía está abriéndose paso a través de las cámaras del palacio central; no acabará de atravesarlas nunca; y si terminara, no habría adelantado mucho; todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras; y si lo consiguiera, no habría adelantado mucho; tendría que cruzar los patios; y después de los patios el segundo palacio circundante; y nuevamente las escaleras y los patios; y nuevamente un palacio; y así durante miles de años; y cuando finalmente atravesara la última puerta –pero esto nunca, nunca podría suceder–, todavía le faltaría cruzar la capital, el centro del mundo, donde su escoria se amontona prodigiosamente. Nadie podría abrirse paso a través de ella, y menos aún con el mensaje de un muerto. Pero tú te sientas junto a tu ventana, y te lo imaginas, cuando cae la noche

Centro de ayuda al suicida, Ángel Balzarino

El estridente sonido del teléfono logró disipar el sopor que ya empezaba a gobernarme debido a los tediosos programas televisivos con los que pretendía sobrellevar las tres horas de turno. De manera automática levanté el tubo y pronuncié la ya tradicional consigna:
-Centro de ayuda al suicida.
No recibí ninguna respuesta durante unos segundos. Sólo llegué a percibir el ritmo de una respiración agitada, como de alguien que ha efectuado una larga carrera o se encuentra muy nervioso y no logra articular una palabra. Al fin surgió la voz de una mujer, débil y neutra:
-Voy a suicidarme.
Estuve a punto de exteriorizar una señal de triunfo o de íntimo regocijo porque al fin, primera vez, me tocaba atender el llamado de alguien dispuesto a tomar tan crucial decisión.
-¿Cuál es el medio que ha elegido?
Comprendí que el largo silencio obedecía a la sorpresa o perplejidad por la inesperada pregunta. La que sin duda jamás llegaron a formular mi hermano y sus cuatro amigos -entre los que había un sacerdote y un psicólogo- al decidir, con la mejor buena voluntad y en un gesto de generosidad y altruismo, instalar un Centro de ayuda al suicida. Las veces que habían requerido mis servicios -casi siempre desde la medianoche hasta las tres de la mañana, al parecer el turno más difícil de cubrir-, nunca el timbre del teléfono me posibilitó establecer comunicación con algún potencial suicida, por lo cual llegué a reflexionar que, para el caso de confeccionar datos estadísticos, debía ser el horario menos tentador y, por ello, el que reflejaba un grado de mayor euforia y vitalidad en la gente.
-¿Cómo…?
Creí que ya había mordido el anzuelo. La voz algo más firme y el atisbo de interés en la pregunta parecieron abrir la puerta para alcanzar mi propósito. Marqué cada palabra como si le hablara a un chico.
-Le pregunto qué medio piensa utilizar para suicidarse.
-No sé todavía… -titubeó, desolada, como si hubiera indagado sobre algo demasiado recóndito que no estaba dispuesta a develar, y tras una breve pausa, quizá urgida por el único motivo de su llamado, inquirió con brusquedad-: Quiero hablar con Danilo, por favor.
-No se encuentra en este momento -en seguida comprendí que no era la primera vez que llamaba sino que ya conocía a mi hermano y sin duda, por la infinita paciencia que lo caracterizaba y su deseo de contagiar un invariable optimismo a los demás, debía ser alguien de permanente consulta-. Yo ocupo su turno y trataré de ayudarla como podría hacerlo él. Tenga confianza.
-Danilo es muy especial -la voz llegó a ser un susurro casi sensual-. Gracias a él pude sobreponerme dos veces, pero ahora de nuevo siento hundirme…
-¿Quiere decir que por tercera vez va a intentar suicidarse? -formulé la obvia pregunta con el beneplácito de estar frente a un caso ideal para desarrollar mi teoría sobre la verdadera función que debía cumplir el Centro-. Podría decirme qué método ha empleado anteriormente.
-¿Método…? -de nuevo pareció quedar con la mente en blanco al plantearle algo que no figuraba en sus planes; al fin, como si recuperara algún fragmento del pasado, continuó-: La primera vez con una hoja de afeitar. Fue lo primero que encontré. Pero cuando la sangre…
Se calló de pronto. Presentí que el recuerdo de la sangre manando de sus muñecas aún la estremecía y sin duda, superado el propósito homicida por efecto del horror o por el natural e imperioso deseo de supervivencia, debió buscar el auxilio de un chorro de agua fría o una toalla absorbente.
-Apeló a un recurso probadamente ineficaz -procuré exhibir la seguridad de quien da una cátedra sobre una materia que domina a la perfección-. Demasiado lento. Otorga tiempo para el arrepentimiento y la búsqueda de algún paliativo salvador. Estadísticamente es el medio con menor resultado positivo.
-Sin embargo Danilo me dijo que había sido casi una bendición. Me repitió muchas veces que haberme salvado era un signo positivo y debía tomarlo como algo providencial para poder seguir…
-Pero lo intentó por segunda vez -la interrumpí en un reproche casi agresivo, tratando de apartar la sombra pertinaz de Danilo-. Eso demuestra que no había superado el estado de confusión y desequilibrio.
-Sí, lo mismo me dijo Danilo -la reiteración del nombre de mi hermano me dio la certeza de estar bregando contra un adversario poderoso y tal vez invencible-. Durante cinco meses estuvimos hablando casi todas las noches…
-Hasta que volvió a intentarlo -recalqué con firmeza-. Evidentemente los consejos de Danilo no lograron el efecto esperado.
-Traté de cumplir todo lo que él me decía: apartar las ideas pesimistas, ocupar el tiempo con alguna tarea, mirar todas las cosas con mucha fe y esperanza… -el sentido de culpa fue apagándole la voz-. Pero no pude. La soledad, esta casa tan grande, las noches interminables y vacías. Entonces…
-Otra vez quiso liberarse.
-Sí.
-¿A través de qué recurso?
-Una soga. Estaba en el cuarto del patio. Creí que era lo único que podría salvarme de tanta angustia. La até al ventilador del techo y…
Aunque de inmediato presentí el modo como pudo concluir esa operación, la impulsé a dar detalles, con un regodeo casi morboso:
-Por favor, cuénteme qué pasó.
-Me paré sobre una silla, hice un lazo con la soga, traté de imitar lo que vi en muchas películas -trasuntó cierta vergüenza al revivir la escena que había servido para demostrar su torpeza e inexperiencia-. Pero no resistió. El techo. Apenas aparté la silla y quedé en el aire, el ventilador se descolgó y…
Se detuvo, ahogada por un acceso de llanto. Con el incentivo de notarla tan frágil y desarmada, comprendí que era el momento oportuno para acometer la jugada final.
-¿Se da cuenta de que tantas tentativas fallidas sólo han contribuido a otorgarle mayor hueco y desorientación a su existencia?
-Sí… -con extrema debilidad admitió la sádica acusación-. Por eso quiero hablar con Danilo. Él es el único que…
-Olvídese de Danilo -inflexible, traté de quebrar el último vestigio de resistencia-. Debe aceptar que no le ha dado el asesoramiento adecuado. Ahora yo le brindaré la ayuda que usted necesita. Tenga confianza en mí.
Presentí que la demora en responder obedecía a la necesidad de asimilar una situación completamente diferente a la de tantas otras noches.
-Está bien. Si usted…
-¿Cuál es el medio que piensa utilizar ahora?
-Aquí tengo un sobre con insecticida, un cuchillo… -imaginé que debía estar frente a una mesa cubierta con elementos de acción destructiva-. Y también una pistola, que ha sido de mi padre.
-Elija la pistola, sin la menor duda -no procuré disimular una manifestación de alborozo-. ¿Ya comprobó si está cargada?
-Sí. Tiene tres balas.
-Perfecto -creí innecesario hacerle notar que una bala sería suficiente-. Ahora debe actuar con mucha serenidad. Es un momento fundamental. Al fin tiene la oportunidad de superar el bochorno y la ignominia que está sufriendo por causa de las malas experiencias anteriores. ¿Estamos de acuerdo?
-Sí -más que su voz percibí la respiración, fuerte y alterada, que revelaba una postura de tensión, a la expectativa.
-Apóyela contra el pecho, a la altura del corazón. No debe tener miedo ni vacilación. Será sólo un segundo. ¿Preparada?
-Sí…
-Apriete el gatillo -le ordené, cortante-. ¡Ahora!
No tuve tiempo de analizar si habían sido claras y suficientes mis indicaciones. La contundencia del disparo pareció perforarme el oído y, de manera instintiva, aparté el auricular. Luego de unos segundos, al verificar el total silencio del otro lado de la línea, no pude dejar de sentir un legítimo orgullo por haber cumplido con solvencia una ardua tarea.
El ruido de la puerta de calle me hizo colgar el tubo con rapidez. Adopté una posición relajada en el sillón y procuré mostrar la cara más apacible cuando entró mi hermano. La sonrisa y la voz cantarina reflejaron el habitual buen ánimo de Danilo.
-Hola. ¿Qué tal? ¿Cómo anduvieron las cosas?
-Muy bien -pretendí jactarme de la eficacia con que había ocupado mi turno-. Podría decirte sin temor a equivocarme que esta noche ha sido la más fructífera desde que funciona este Centro.

La capacidad de pensar, Martin Amis

Ellas están allí y yo aquí –ellas son inertes, yo estoy vivo–, y sin embargo me producen ganas de vomitar, me revuelven el estómago; me siento como si un hijo mío hubiera estado fuera de casa mucho tiempo y comenzara a oscurecer. Es una práctica buena y apropiada. Porque lo haré montones de veces, vomitaré muchísimo, si las armas caen y yo sobrevivo. Todas las mañanas, seis días a la semana, salgo de mi casa y recorro en coche una milla hasta el apartamento donde trabajo. Durante siete u ocho horas estoy solo. Cada vez que oigo en el aire un gemido súbito o uno de los más atroces impactos de la vida ciudadana, o sirvo de huésped a cierto tipo de pensamientos indeseados, no puedo evitar preguntarme cómo sería. Supongamos que sobrevivo. Supongamos que no se me derriten los ojos en la cara, que no me toca el huracán de misiles secundarios en que hormigón, metal y cristal se han convertido bruscamente; supongamos todo esto. Me veré obligado (y es lo último que tendré ganas de hacer) a desandar la larga milla que me separa de mi hogar a través de la tormenta de fuego, los restos de los vientos de mil millas por hora, los átomos descarriados, los muertos envilecidos. Luego –Dios mediante, en caso de que todavía me queden fuerzas y, por supuesto, de que aún estén vivos– tendré que encontrar a mi mujer y mis hijos y tendré que matarlos.

Recomendaciones a Sebastián para la compra de un espejo, Eduardo Gudiño Kieffer

Mire, Sebastián, es en la calle Juncal. Venga, acérquese; voy a decirle el número al oído -es mejor que nadie lo sepa, hay secretos que conviene guardar muy bien-. Bueno. Usted entra en la boutique y pregunta por la señora Hipólita. Le dirán que no está. Pero no se aflija, Sebastián. Sugiera que va de parte de mistress Murphy y ponga cara de inteligente. Le harán un gesto de complicidad y lo llevarán a la trastienda. Abrirán una puertecita escondida entre los brillantes vestidos que cuelgan, inmóviles pero vivos, de una increíble cantidad de perchas doradas. Podrá entonces ingresar al cuarto de los espejos. La señora Hipólita, que adora a los muchachos desgarbados como usted, le ofrecerá un cigarrillo. Acéptelo, Sebastián, acéptelo y aspírelo con delectación, porque sin duda será un cigarrillo egipcio con una pizquita de opio. Después contemple atentamente la colección de espejos, emitiendo de vez en cuando una interjección oportuna y discreta. Nada de exclamaciones altisonantes, a pesar del asombro. Y tenga en cuenta que en ningún momento hay que pronunciar la palabra “mágico”, porque se supone que usted ya sabe que todos los espejos lo son, y en especial los de la señora Hipólita.

Fíjese en ése, Sebastián. Sí, en ése, el ovalado con marco de plata. Todos los días, a las seis de la tarde, refleja a Rachel en su estupenda interpretación de “Phédre”. Es magnífico, ¿eh? O aquel otro, tan profundo en el misterio de si azogue, tan rico en las volutas rococó que lo rodean. No niego que es maravilloso. Pero no se lo aconsejo, porque al sonar las doce campanadas de la medianoche muestra a un oficial de húsares de Grodno asesinado por su novia vampiro. ¡Brrr! Mejor es el que está a su derecha; menos morboso y sumamente eficiente. Hasta educativo: imagínese: a las seis de la mañana deja ver a las damas mendocinas bordando una bandera. Es un espejo quizás demasiado madrugador, claro, pero tan patriótico como un discurso de fiesta cívica. En fin… hay que reconocer que la señora Hipólita tiene una colección fabulosa. Espejos teatrales, pasionales, históricos… También tiene los que reflejan el futuro, pero solo los muestra previa presentación del certificado de buena salud, porque una vez tuvo problemas con el profesor N. El pobre era cardíaco y… bueno, usted sabe el resto, salió en todos los diarios.

Lo importante es que usted, Sebastián, puede comprar el espejo que más le interese. Los precios son exorbitantes, es cierto, pero no cualquiera puede darse el lujo de poseer cosas así. Además, si sonríe usted como lo está haciendo justamente ahora, no dudo que la señora Hipólita le hará una rebaja o le dará felicidades. Es una mujer muy tierna, muy sensible, muy maternal a veces. Aunque tan arrugada que… pero eso no viene al caso. Elija el espejo que prefiera. Deje su dirección, y mañana mismo lo enviarán a su casa. ¿Un consejo? No lo coloque en el living ni en el escritorio ni en ningún lugar por donde pase mucha gente, porque sus amigos son muy convencionales, muy burgueses, y el espejo puede reflejar algo irritante, impropio para la gente decente. Suponga que se le ocurra comprar el espejo de Paolo y Francesca…

¿Qué diría su abuelita materna, Sebastián, que va a misa todos los domingos? No, hay que tener cuidado, hay que ser respetuoso de las convicciones y de la moral de los demás. Yo le sugeriría (y perdóneme el atrevimiento), que ponga el espejo en el altillo, con otros trastos viejos. Más todavía: que lo cubra con algún paño opaco. Y otra cosa aún, la más importante de todas: con los espejos de la señora Hipólita es imprescindible ser puntual. Puntualísimo. Si no llega usted a la hora exacta, no verá el espectáculo. Ni Rachel declamando, ni húsar sangrando, ni damas mendocinas bordando, ni Paolo y Francesca fornicando (perdón otra vez, hay palabras que realmente no suenan muy bien). Si llega tarde sólo verá su propia cara, la misma de siempre, Sebastián, tan angulosa, tan mística. Pero eso es lo de menos. Lo grave sucede cuando la curiosidad lo impulsa a apurarse y lo obliga a llegar demasiado temprano, para averiguar cómo prepara el espejo su “mise en scène”. Eso puede ser fatal, porque los espejos no toleran la curiosidad. Y sucederá que, al arrancar el paño que lo cubre y enfrentarlo, se encontrará usted con que está vacío, con que no refleja nada, con que su imagen en el espejo no existe y por lo tanto, claro, usted tampoco. Es una platónica verdad. Al no verse en el espejo, sin duda se llevará usted las manos a la cabeza, en un gesto de terror y asombro. Pero como usted no existe, descubrirá que no tiene manos ni cabeza. Intentará salir corriendo pero tampoco le será posible, pobre Sebastián, pues tampoco tendrá piernas. Y se quedará por siempre allí, atrapado en un espejo vacío que alguna vez retornará a la colección de la eterna señora Hipólita y reflejará, para otro cliente como usted, joven y desgarbado, la imagen ascética de Sebastián, oh Sebastián pálido de terror, sólo durante un minuto y a la hora en que se pone el sol.

Todo tan secreto, Carlos Castán

En todos los entierros hay un desconocido, alguien de aire grave en quien nadie se fija demasiado, que no es de la familia y permanece todo el tiempo con las manos atrás. Siempre me había preguntado por estos seres, de dónde salían, cuál sería su vida. En los viejos álbumes de fotos de la casa de Ágata los encontré a todos retratados, uno por uno, adheridos a aquellas páginas negras. Muchas veces iba a verla. Yo era joven, ella no. Y además estaba enferma, pero su pelo olía siempre a pétalos morados y la casa entera tenía el perfume de los libros salvados de un incendio. Todo ese verano fue mi oasis de sombra. Nos acostábamos en una alcoba oscura y luego ella preparaba café. Me gustaba ir allí, era todo tan secreto… Por las ventanas, a través de una maraña de ramas muertas, podía divisarse toda una posguerra detenida. Apenas hablaba, Ágata. Me enseñaba tesoros que escondía en los cajones de sus mil armarios: óleos diminutos, soldados de oro, azucareros chinos, pero sobre todo aquellas fotografias de desconocidos.

Era todo tan secreto que cuando murió nadie pudo decirme nada, y una tarde en que fui a verla a principios del otoño me encontré en el patio de la casa con una mesita de faldas negras llena de condolencias y tarjetas de visita con una esquina doblada. Me esforcé en sentir dolor, pero la sorpresa y el deseo reventado como un globo pesaban de momento mucho más.

Tras dudar un poco, decidí subir al velatorio. Quise ser el desconocido de turno en ese entierro, quizá porque estuve seguro de repente que, de ese modo, por un extraño mecanismo que nunca perseguí entender, mi imagen pasaría a formar parte de aquellos álbumes oscuros en la estantería de la sala, como una mariposa muerta. Y mi alma entonces, o algo parecido, se quedaría a descansar para siempre cerca de la alcoba, en aquella penumbra fresca con olor a agua de rosas.

A veces notaba cómo alguno de los familiares de Agata me miraba de reojo, pero nadie se decidió a hacerme preguntas, de manera que toda la tarde pude permanecer allí, como un centinela que guarda los restos de un general acribillado, con aire grave, los ojos llorosos, las manos atrás.

La elección tardía , Eduardo Liendo

A los veinte años decidió rebelarse contra la fatalidad del azar. Comprendió que la casualidad era una maldición, la negación de toda verdadera libertad. Había meditado intensamente en una terrible reflexión de Séneca: “La casualidad cuenta mucho en nuestras vidas porque vivimos por casualidad”. Alguien –pensó con suficiencia- debe enfrentarse al caos, no debo ceder a la arbitrariedad, ninguna fuerza ajena a mi propia determinación regirá mi destino.

Entró en su habitación y durante días y noches de intensa creación, escribió el futuro Diario de su vida; en sus páginas no dejó espacio para lo fortuito, llenó las horas, y los minutos de las horas y los segundos de los minutos y las fracciones de los segundos. Escogió minuciosamente sus hábitos, expectativas, sobresaltos, satisfacciones, nostalgias, sueños, coitos, sorpresas, gestos, viajes, accidentes, pesadillas, enemigos, visiones; nada olvidó, ni siquiera su postre predilecto. Sólo vaciló ante su muerte, ningún fin le parecía justo para un hombre libre, para quien se atrevía a desafiar resueltamente cualquier intromisión del azar. Por eso, dejó en blanco la última página del Diario hasta encontrar la justa solución.

Así venció al caos, metódica, inexorablemente, se cumplió su existencia de acuerdo a la suerte que se había señalado. Ningún hombre, por elevado que fuese su rango o la grandeza de sus hazañas, fue más soberano. Sólo él había derrotado a los caprichosos dioses, sus egoísmos, sus cíclicos humores, sus insoportables injerencias.

Fue infinitamente libre para escoger su muerte, pudo sumirse en una meditación eterna sobre el dejar de ser, el ser otro, el no ser ya. Repasó todas las posibles formas de la cesación de la vida, las malas y las buenas muertes, las dulces, las neutras y las insufribles.

Entonces, asumió la tardía determinación, abrió el Diario y escribió en la página vacía: “Me muero de fastidio”. Sobre la silla quedó un esqueleto ensimismado.

El entierro de Henri Christophe, Alejo Carpentier

El gobernador entreabrió la hamaca para contemplar el rostro de Su Majestad. De una cuchillada cercenó uno de sus dedos meñiques, entregándolo a la reina, que lo guardó en el escote, sintiendo cómo descendía hasta su vientre, con fría retorcedura de gusano. Después, obedeciendo a una orden, los pajes colocaron el cadáver sobre el montón de argamasa, en el que empezó a hundirse lentamente, de espaldas, como halado por manos viscosas. El cadáver se había arqueado un poco en la subida, al haber sido recogido, tibio aún, por los servidores. Por ello desaparecieron primero su vientre y sus muslos. Los brazos y las botas siguieron flotando, como indecisos, en la grisura movediza de la mezcla. Luego solo quedó el rostro, soportado por el dosel del bicornio, atravesado de oreja a oreja. Temiendo que el mortero se endureciera sin haber sorbido totalmente la cabeza, el gobernador apoyó su mano en la frente del rey, para hundirla más pronto, con gesto de quien toma la temperatura a un enfermo. Por fin, se cerró la argamasa sobre los ojos de Henri Christophe, que proseguía, ahora, su lento viaje en descenso, en la entraña misma de una humedad que se iba haciendo menos envolvente. Al fin, el cadáver se detuvo, hecho uno con la piedra que lo apresaba. Después de haber escogido su propia muerte, Henri Christophe ignoraría la podredumbre de su carne confundida con la materia misma de la fortaleza, inscrita dentro de su arquitectura, integrada con su cuerpo haldado de contrafuerte. La Montaña del Gorro del Obispo, toda entera, se había transformado en el mausoleo del primer rey de Haití.

La muerte del Delfín, Alphonse Daudet

El pequeño Delfín está enfermo, el pequeño Delfín va a morir…

En todas las iglesias del reino el Santo Sacramento permanece expuesto día y noche, y grandes cirios arden permanentemente en pos de la curación del Real Infante.

Las calles de la vieja Residencia están tristes y silenciosas; las campanas ya no suenan, los carruajes van al paso…

En los accesos al palacio los burgueses observan, curiosos a través de las verjas, a los Guardas Suizos de doradas panzas conversando, en los patios, con gesto solemne.

Todo el Palacio está consternado…

Chambelanes y Mayordomos suben y bajan corriendo las escaleras de mármol…

Las galerías están repletas de Pajes y Cortesanos, vestidos de seda, que van de un grupo a otro buscando noticias, en voz baja…

Sobre las anchas escalinatas las afligidas Damas de Honor se hacen elaboradas reverencias, mientras secan sus ojos con hermosos pañuelos bordados.

En el Invernadero se han dado cita, en asamblea, multitud de médicos con largas togas.

Los vemos, a través de los cristales, agitar sus anchas y negras mangas e inclinar doctoralmente sus pelucas de rulos…

El Gobernador y el Mozo de Cuadras del pequeño Delfín se pasean delante de la puerta, esperando las decisiones de la Facultad.

Algunos Pinches de Cocina pasan junto a ellos sin saludarles.

El Mozo de Cuadras jura como un pagano, el Gobernador recita versos de Horacio…

Y mientras tanto, de allá, del lado de las cuadras, puede oírse un prolongado y lastimero relincho.

Es el alazán del pequeño Delfín del que parecen haberse olvidado y quien se agita tristemente ante su comedero vacío.

¿Y el Rey? ¿Adónde está Su Majestad el Rey?…

El Rey se encerró en una habitación, a solas, al otro lado del edificio…

A las Majestades no les gusta que les vean llorar…

Para la reina, es otra cosa…

Sentada junto a la cabecera del pequeño Delfín, con su bello rostro bañado en lágrimas, solloza muy alto y en presencia de todos, tal y como haría una verdulera.

En su litera de encajes, el pequeño Delfín, más blanco que los cojines que le dan reposo, mantiene los ojos cerrados.

Creemos que duerme; pero no.

El pequeño Delfín no duerme…

Se vuelve hacia su madre, y al ver que ésta llora, le dice:

– ¿Señora Reina, por qué lloráis? ¿Acaso consideráis seriamente que me voy a morir? La reina quiere responder.

Los sollozos le impiden hablar…

– ¡Ea pues! No lloréis, Señora Reina; olvidáis que soy el Delfín, y que los Delfines no pueden morir así…

La Reina solloza todavía más alto, y el pequeño Delfín comienza a asustarse.

– ¡Venga pues!, dice, no quiero que la muerte venga a cogerme, y sabré impedirle que llegue hasta aquí…

¡Que se haga venir sin demora a cuarenta lanceros muy fuertes, y que monten guardia alrededor de nuestra cama!…

¡Que cien gruesos cañones velen noche y día, mecha encendida, bajo nuestras ventanas! Y…

¡Ay de la muerte, si osa acercársenos!…

Para complacerlo, la reina hace un signo.

Enseguida, podemos oír los gruesos cañones rodando en el patio; y cuarenta grandes lanceros, arma en mano, vienen a situarse alrededor de la cámara.

Son veteranos soldadotes, de largos mostachos grises.

El pequeño Delfín aplaude viéndolos.

Reconoce a uno de ellos y le llama: -¡Lorrain!, ¡Lorrain! El soldado da un paso hacia la cama.

– Te quiero mucho, mi viejo Lorrain, déjame ver un poco tu gran sable…

Si la muerte quisiera llevarme, habríamos de matarla ¿no?.

Lorrain responde:

– Sí, mi Señor…

Mientras dos gruesas lágrimas fluyen por sus curtidas mejillas.

En ese momento, el capellán se acerca al pequeño Delfín y le habla mucho tiempo en voz baja, mostrándole un crucifijo.

El pequeño Delfín le escucha un tanto asombrado.

De pronto le interrumpe y dice:

– Comprendo bien lo que usted me cuenta, señor Abad: pero ¿no podría mi amigo Beppo morir en mi lugar, dándole mucho dinero?…

El capellán continúa hablándole en voz baja, el aspecto del pequeño Delfín luce cada vez más contrariado…

Cuando el capellán pareció haber terminado, el pequeño Delfín respondió con un largo suspiro: – Todo lo que usted me dice ahora es muy triste, señor Abad; pero una cosa me consuela, y es que allá arriba, en el paraíso de las estrellas, seré todavía el Delfín…

Sé que el buen Dios es mi primo y que sabrá tratarme como corresponde a la altura de mi rango.

Luego añade, volviéndose hacia su madre: – ¡Que me traigan mis más bellos vestidos, mi jubón de armiño blanco y mis escarpines de terciopelo! Quiero hacerme fuerte ante los ángeles y entrar en el paraíso vestido de Delfín.

Por tercera vez, el capellán se inclina hacia el pequeño Delfín y le habla nuevamente en voz baja…

En medio de su discurso, el niño le interrumpe con cólera:

– ¿¡Pero entonces, grita, esto de ser Delfín, no sirve absolutamente para nada!? …

Y, sin querer atender a nada más, el pequeño Delfín se vuelve hacia la pared, y llora amargamente.

Novia de azúcar, Ana García Bergua

A Rosenda la atraje con unos cirios rodeados de grandes rosas que había colocado en el altar de muertos. Ese año se me ocurrió adornarlo sin incienso ni calaveras; más bien parecía, me dijeron los vecinos, un arreglo de boda, debido al pastel, a la botella de champaña en vez del clásico tequila o la cerveza. En medio acomodé el retrato de Rosenda, otro más que encontré en el baúl de mi abuela. Supuse que había sido pariente nuestra, y que por algo merecería regresar.

Me metí a la cama y fingí dormir durante varias horas. De repente, en la madrugada, escuché ruidos como de ratón. Junto al altar me encontré a Rosenda comiendo con glotonería el pastel de bodas. Su sayo blanco, algo raído ya, ceñido a la cintura y escotado de acuerdo con la moda que le tocó vivir, estaba manchado de crema y migajas. Nadie la había traído jamás, me dijo, desde su muerte; siglos creía llevar sumida en una oscuridad con olor a tierra. ¿Cuánto tiempo ha pasado?, me preguntó sorprendida. No demasiado, le respondí, sin aclararle cuánto. Era una mujer muy bella, de carne generosa, con una llama de temor en la pupila. Contra su pecho estrujaba unos crisantemos de tela. Le preocupaba que éste fuera el Juicio Final, que nadie la fuera a perdonar por sus muchos pecados. No te apures, susurré, quitándole el ramo, yo te perdono. La ceñí por la cintura y descorchamos la champaña. A cambio de que me escuchara y de poder tocarla, le ofrecí saciar la sed y el hambre de tantos años. Con eso basta, me dijo ahíta, cuando pasadas las horas empezó a clarear el día. Luego se dispuso a regresar a su tierra ignota, pero yo la encerré con llave en el armario, sin hacer caso de sus gritos ahogados y sus lamentos. Me convertiré en polvo, lo queramos o no, gritaba entre sollozos.

Dejé pasar el día completo, hasta que el armario quedó en silencio otra vez. Mientras, me ocupé de desmontar el altar con cierta ceremonia. Al ocaso, dispuesta ya la cena en la mesa y descorchado un tinto que recordaba a sangre, decidí sacar a mi muerta del armario, seguro de encontrarla dormida y hambrienta. Pero cuál no fue mi decepción: entre los chales de seda blanca de mi abuela yacía tirada, como empujada por el aire, una calavera de azúcar que llevaba el nombre de Rosenda en la frente de papel plateado, y que se me deshizo en polvo entre los dedos.

La muerte de las aves, Virgilio Piñera

De la reciente hecatombe de las aves existen dos versiones: una, la del suicidio en masa; la otra, la súbita rarificacion de la atmósfera.

La primera versión es insostenible. Que todas las aves —del cóndor al colibrí— levantaran el vuelo —con las consiguientes diferencias de altura— a la misma hora —las doce meridiano—, deja ver dos cosas: o bien obedecieron a una intimidación, o bien tomaron el acuerdo de cernirse en los aires para precipitarse en tierra. La lógica mas elemental nos advierte que no está en poder del hombre obrar tal intimidación; en cuanto a las aves, dotarlas de razón es todo un desatino de la razón. La segunda versión tendrá que ser desechada. De haber estado rarificada la atmósfera, habrían muerto sólo las aves que volaban en ese momento.

Todavía hay una tercera versión, pero tan falaz que no resiste el análisis; una epizootia, de origen desconocido, las habría hecho más pesadas que el aire.

Toda versión es inefable y todo hecho es tangible. En el escoliasta hay un eterno aspirante a demiurgo. Su soberbia es castigada con la tautología. El único modo de escapar al hecho ineluctable de la muerte en masa de las aves, sería imaginar que hemos presenciado la hecatombe durante un sueño verdadero.

Sólo nos queda el hecho consumado. Con nuestros ojos las miramos muertas sobre la tierra. Más que el terror que el terror que nos procura la hecatombe, nos llena de pavor la imposibilidad de hallar una explicación a tan monstruoso hecho. Nuestros pies se enredan entre el abatido plumaje de tantos millones de aves. De pronto todas ellas, como en un crepitar de llamas, levantan el vuelo. La ficción del escritor, al borrar el hecho, les devuelve la vida. Y sólo con la muerte de la literatura volverían a caer abatidas en tierra.

 

 

 

Matar a un Niño, Stig Dagerman

Es un día suave y el sol esta oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los 3 pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo y abrochan sus blusas. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día un niño será muerto, en el tercer pueblo, por un hombre feliz. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy harán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina, y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado de la bomba de bencina roja, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira en una cámara, y en el cristal ve un pequeño carro azul, y a su lado a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de bencina ajusta la tapa del tanque y asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el carro, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, oye la muchacha, en el asiento delantero, lo que él habla; ella cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el carro se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y se goza del brillo y del olor de bencina y de ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el carro, y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.

Pero, al mismo tiempo que, en el primer pueblo, el hombre cierra la puerta izquierda del carro y tira el botón de arranque, en el tercer pueblo, la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que ha abrochado su camisa y que ha amarrado los cordones de sus zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos, y el negro bote que está medio varado sobre el pasto. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la crema y las moscas. Sólo el azúcar falta, y la madre ordena a su hijo que corra donde los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, le grita el padre que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan 8 minutos para vivir y que el bote permanecerá allí donde está todo el día y muchos otros días. No es lejos lo de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño carro azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en su cocina con las tazas de café levantadas y observan al carro venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre en el carro ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El carro se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los muelles tumbos del carro, sueña en lo terso que estará.

¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar en el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos ?

Después, todo es demasiado tarde. Después, está un carro azul al sesgo en el camino, y una mujer que grita retira la mano de la boca, y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beber su café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.

-Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas-. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e igualmente, mal cura la congoja del hombre feliz, que lo mató..

Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un Niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a tener que necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero sabe que esto es mentira, y en sus sueños de las noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para “hacer este solo minuto diferente”.

Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.

Ritmo, Charles Chaplin

Tan sólo el alba se movía en la quietud de aquel pequeño patio de la prisión española -un alba anunciadora de muerte- mientras aquel joven gubernamental se erguía frente a un piquete de Ejecución. Los preliminares habían terminado. El grupito de las autoridades se había situado a un lado para asistir a la ejecución y ahora la escena se cuajaba en un penoso silencio.

Desde el primero hasta el último, los rebeldes habían conservado la esperanza de que su Estado Mayor enviaría la orden para sobreseer la ejecución. Pues el condenado era adversario de su causa, pero había sido popular en España. Era un brillante escritor humorístico que había sabido regocijar ampliamente a sus compatriotas.

El oficial que mandaba el piquete de ejecución lo conocía personalmente. Eran amigos antes de la guerra civil. Juntos habían obtenido sus títulos en la universidad de Madrid. Juntos habían luchado para derribar la monarquía y el poder de la iglesia. Juntos hablan bebido, habían pasado noches enteras en las mesas de los cafés, reído, bromeado y dedicado largas veladas a discusiones de orden metafísico. De cuando en cuando, se habían peleado por culpa de los diversos modos de gobierno. Sus divergencias de criterio eran entonces amistosas; pero por fin, habían provocado la desdicha y el trastorno de toda España.

Y habían llevado a su amigo ante un piquete de ejecución.

Pero ¿para qué evocar el pasado? ¿Para qué razonar? Desde la guerra civil, ¿para que servía el razonamiento? En el silencio del patio de la cárcel Todas aquellas preguntas se agolpaban, febriles, en la mente del oficial. No. Había que hacer tabla rasa del pasado. Sólo contaba el porvenir. ¿El porvenir? Un mundo que le privaría de muchos antiguos amigos.

Aquella mañana era la primera vez que habían vuelto a encontrarse desde la guerra. No habían dicho nada. Habían cambiado solamente una sonrisa mientras se preparaban a entrar en el patio de la prisión.

El trágico alborear dibujaba unas rayas plateadas y rojas en el muro de la cárcel y todo respiraba una quietud, un descanso cuyo ritmo se unía al sosiego del patio, un ritmo de latidos silenciosos como los de un corazón. En aquel silencio, la voz del oficial que mandaba el pelotón retumbó contra los muros de la cárcel: “¡Firmes!”.

Al oír esta orden, seis subordinados apretaron sus fusiles y se irguieron: la unidad de su movimiento fue seguida de una pausa en cuyo transcurso hubiera debido darse la segunda orden.

Pero algo sucedió durante aquel intervalo, algo que vino a quebrar aquel ritmo. El condenado tosió, se aclaró la garganta, y aquella interrupción trastocó el encadenarse de los acontecimientos.

El oficial se volvió hacia el prisionero. Espera oírle hablar. Pero ni una palabra vino de él. Entonces, volviéndose de nuevo hacia sus hombres se dispuso a dar la orden siguiente. Pero una repentina rebeldía se adueño de su espíritu. Una amnesia psíquica que convirtió su cerebro en un espacio vacío. Aturdido, permaneció mudo ante sus hombres. ¿Qué sucedía? Aquella escena del patio de la cárcel no significaba nada. No vio ya, objetivamente, más que un hombre, de espaldas contra el muro, frente a otros seis hombres. Y aquellos otros de allí al lado, ¡qué aire tan estúpido tenían y como se parecían a unos relojes cuyo tic-tac se hubiera detenido de repente! Nadie se movía. Nada tenía sentido. Había allí algo anormal. Todo aquello no era más que un sueño y el oficial debía evadirse de él,

Oscuramente le volvió poco a poco la memoria. ¿Desde cuándo estaba él allí? ¿Que había sucedido? ¡Ah, sí! Él había dado una orden. Pero… ¿Cuál era la orden siguiente?

Después de ¡firmes!, venía ¡carguen!-, luego ¡apunten! y por fin, ¡fuego! En su inconciencia, conservaba una vaga idea de ello. Pero las palabras que debía pronunciar parecían lejanas, vagas y ajenas a él mismo.

En su azoramiento gritó de un modo incoherente, con una confusión de palabras carentes de sentido. Pero quedó aliviado al ver que sus hombres cargaban las armas. El ritmo de su movimiento reanimó el ritmo de su cerebro. Y volvió a gritar. Los hombres apuntaron. Pero durante la pausa que siguió, unos pasos apresurados se dejaron oír en el patio de la prisión. El oficial lo sabía: era el indulto. Recobró inmediatamente la conciencia.

-Alto- gritó frenéticamente al piquete de ejecución.

Pero seis hombres tenían el fusil. Seis hombres fueron arrastrados por el ritmo, y seis hombres, al oír el grito de «¡alto!» dispararon.

Caja de Pandora, Esteban Couto

No podíamos decir nada. Lo que pasó debía quedar entre nosotras dos: nadie más debía saberlo. Todo estaría bien, siempre y cuando mantuviéramos la boca cerrada. Aquel montículo de tierra sólo habla con palabras de viento y rojo-sangre en los labios. Y todo se reduce a la celda impenetrable que sella los nuestros. Nunca estuvimos en el río: nunca hemos paseado en bote a través de sus aguas: Carlos nunca nos acompañó. No sabemos nada, ni del tiempo ni de su sombra, por más que éstos nos torturen con los malos recuerdos. Debemos hacer lo posible por guardar en un baúl aquel episodio, y jamás dejarlo salir. A partir de aquel instante hemos tratado de fabricar una nueva vida. Atrás dejamos a Carlos y sus palabras cargadas de un tono persuasivo; atrás los paseos en el río y su afán por ocultar el bote entre la vegetación; atrás su manía por desnudarse frente a nosotras y llevar a cabo sus oscuros juegos. Todo lo vivido hasta entonces debía desaparecer. Ésa fue la promesa, de esa manera giraríamos las manijas del reloj a favor nuestro. No teníamos idea de cómo reaccionarían los adultos si se llegasen a enterar de lo ocurrido. Si queríamos comenzar de cero, era necesario guardar este secreto: aquél día viernes quedaría extirpado para siempre de nuestra memoria, así como el montículo de tierra que cubría el dolor y el deseo. Estaba decidido: lo descubrieran o no, jamás diríamos nada; al menos hasta dentro de seis o siete años, cuando cumpliéramos la mayoría de edad y tengamos las fuerzas suficientes para superarlo por completo.

Hoy, ningún recuerdo afín es real. Nuestra mente parece ser una cinta en blanco. Ahora sólo podemos evocar cómo respirábamos hondo, cómo nos tomábamos de la mano, cómo contemplábamos en silencio con qué esfuerzo los policías buscaban infructuosamente el cadáver.

El canto de las sirenas, Mario Arregui

Cierta noche Juan soñó un sueño. Soñó que él y once hombres más habían sido condenados a muerte. Los doce fueron alineados a lo largo de un paredón altísimo, con las manos atadas a la espalda y bien amarrados a unos postes provistos de argollas de hierro. Juan quedó colocado en cuarto lugar a contar desde su derecha. Era tal vez el amanecer y había una luz quieta y sin origen, una extraña luz verdosa, submarina. El verdugo, armado de un gran espadón curvo, comenzó su tarea desde la izquierda de Juan. Con un único y repetido y preciso golpe seco, fue cercenando una a una las cabezas de los condenados. Estas caían al suelo, sin sangrar, y a veces rebotaban y rodaban pero siempre quedaban verticales, bien plantadas sobre el corte del cuello, y movían los ojos y más aún los labios. La verdad es que movían apasionadamente los labios pero ninguna voz se oía: todo acaecía en un mundo sin sonido, en un silencio tan extraño y submarino como la luz. Ocho cabezas cayeron; el verdugo se enfrentó a Juan y levantó su espadón; Juan tembló de miedo y el miedo lo despertó.

La mano de Juan encontró el interruptor de la lámpara y sacó de la oscuridad las paredes y los muebles del dormitorio. Estaba sentado en la cama, sudoroso de un sudor que rápidamente se enfriaba. Respiró muy hondo, con un grandísimo alivio, y casi sonrió. Su mujer dormía a su lado, un tanto impersonal y con esa inocencia tan sexuada con que suelen dormir las mujeres. Otra vez respiró hondo, paseando por la habitación una mirada recuperadora. En seguida irguió un poco el torso y logró ver su cara en el espejo del ropero, y entonces, cariñosamente, se saludó con una sonrisa ahora abierta. Después apagó la lámpara, se apretó contra el cuerpo de la mujer, volvió a dormirse.

A la mañana siguiente despertó como todos los días, y luego, cuando canturreaba bajo la ducha, recordó de golpe su pesadilla. El recuerdo lo asaltó con una prodigiosa nitidez, tanto más asombrosa cuanto que normalmente no era de los capaces de reconstruir sus sueños. Dejó de canturrear y quedó mirando las baldosas del piso, como si esperara ver las cabezas cortadas entre los minúsculos arroyitos de agua jabonosa. Al asombro se unían, asociadas, la sensación de haber sido invadido a traición por alguien o algo que jugaba con él y una angustia que nacía en su pecho pero apenas era suya. Esa angustia rarísima le preguntaba (o hacía que se preguntara, acuciosamente) por qué recordaba así y qué decían las cabezas gesticulantes. Nada podía contestar o contestarse, y seguía quieto, como ahuecado, como sin tiempo propio, mirando el agua que corría con mansedumbre, sintiéndose víctima caída en una trampa. Ocasionalmente creyó ver en la movilidad del agua fugaces bocetos de cabezas que hablaban, incluso llegó a inclinarse y a aguzar el oído para escuchar las voces imposibles… Mucho le costó salir de aquel trance.

Mientras se vestía, se propuso -sin saber por qué, sin preguntárselo- no contar a nadie lo que acababa de ocurrirle. Le dijo un casi distante “Hasta luego” a la mujer y salió a la calle; caminando hacia la parada del ómnibus, pensó que muy pronto olvidaría todo y que podría seguir viviendo con la despreocupada semifelicidad de siempre.

Pero pasaban los días sin que se borrara en lo más mínimo el recuerdo, la obsesión, de las cabezas caídas. Y se fue convirtiendo, casi, en dos hombres: uno, el que cursaba lo cotidiano con una cara que fingía ser la de antes; el otro, el reciente que se ensimismaba y a menudo se perdía en un hermético y recurrente soliloquio. ¿Qué decían las cabezas? ¿Eran en verdad inaudibles? ¿Eran inaudibles siempre y para todos? No ignoraba que el mundo de los sueños es infinitamente más vasto que el de la vigilia y que un despertar puede ser un vertiginoso empobrecimiento, y se decía que aquel despertar que tanto lo alegrara había sido algo del orden de un robo, una estafa, un escamoteo. De no haber despertado, se decía, el verdugo lo hubiera decapitado y su cabeza erguida a sus pies hubiera hablado lo mismo que las otras y él hubiera oído su voz de muerto o la voz de su muerte; y su muerte, o mejor dicho la muerte, o mejor dicho desde la muerte… Sí, su cabeza ya en la eternidad hubiera pronunciado, con boca más suya que nunca, los nombres o las metáforas de las cosas que solamente un Dios, si lo hay, puede saber, y él, un pobre ser hecho de tiempo y de interrogación en el tiempo, hubiera podido escuchar -más acá o más allá de aquel silencio que sin duda no era tal- las palabras de aquella cabeza, ¡tan ajena y tan suya!, instalada en el centro mismo de las sabidurías. Si, sí y otra vez sí: de no haber despertado hubiera tenido las claves de mil y un secretos…o la clave de un solitario y severo secreto padre de todos los secretos.

Noche a noche esperó Juan que los demiurgos de sus sueños retomaran la historia de las cabezas cortadas. Fue una espera en vano: el verdugo y su espadón no volvieron a visitarlo. Despertaba defraudado, siempre. Un día cualquiera comenzó a decirse que sólo en la muerte podría perseguir la continuación de su aventura, que sólo siendo un muerto podría alcanzar la revelación que falazmente le había prometido la más tentadora de las pesadillas.

No importan las vacilaciones de su nuevo soliloquio y tampoco importa el número de los sellos para dormir. Baste saber que hay una noche en que finalmente decide tomarlos. Esa noche se acuesta como todas las noches y duerme y tal vez sueña. Duerme profundamente y en algún momento deja de soñar. Su mujer, hacia el alba, lo notará frío y saltará, aullando, de la cama.

Bala en el cerebro, Tobias Wolff

Anders llegó al banco poco antes de la hora de cierre, así que por supuesto la cola era interminable y quedó ubicado detrás de dos mujeres que, con su estridente y estúpida conversación, lo pusieron de un humor asesino. De cualquier manera nunca estaba del mejor humor, Anders—un crítico literario conocido por el cansado y elegante salvajismo con el que despachaba casi todo lo que reseñaba.

Aunque la cola serpenteaba siguiendo la cuerda, una de las cajeras puso un cartel de “caja cerrada” en su ventanilla, caminó hacia la parte de atrás del banco, se apoyó contra un escritorio y empezó a hacer tiempo con un hombre que ordenaba papeles. Las mujeres delante de Anders interrumpieron su conversación y observaron a la cajera con odio. “Ah, qué bien”, dijo una de ellas. Se volvió hacia Anders y agregó, confiada en su complicidad, “Uno de esos toquecitos humanos que nos hacen volver por más.”

Anders había acumulado ya su propio odio contra la cajera, pero inmediatamente lo desvió hacia la quejosa presumida que tenía delante. “Es tan injusto”, dijo. “Trágico, realmente. Si no están amputando la pierna equivocada o bombardeando un pueblo ancestral, están cerrando una ventanilla.”

Ella defendió su posición. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Sólo creo que es una pésima manera de tratar a los clientes.”

Imperdonable—dijo Anders.—El cielo tomará nota.

Ella aspiró y ahuecó sus mejillas, miró más allá de él y no dijo nada. Anders vio que la otra mujer, su amiga, miraba en la misma dirección. Y entonces los cajeros dejaron de hacer lo que hacían y los clientes giraron lentamente y un silencio invadió el banco. Dos hombres con pasamontañas negros y trajes azules estaban parados al lado de la puerta.

Uno de ellos apretaba una pistola contra el cuello del guardia. Los ojos del guardia estaban cerrados y sus labios se movían. El otro hombre tenía una escopeta recortada.

¡Todos callados la boca!”, dijo el hombre con la pistola, aunque nadie había dicho una sola palabra. “Si alguno de los cajeros acciona la alarma son todos boleta.

¿Entendieron?”

Los cajeros asintieron.

Bravo—dijo Anders.—Boleta—. Giró hacia la mujer que tenía delante.—Excelente guión, eh. La inexorable y aguerrida poesía de las clases peligrosas.

Ella lo miró con los ojos húmedos. El hombre de la escopeta empujó al guardia hasta hacerlo arrodillar. Le dio la escopeta a su compañero, tomó con firmeza las muñecas del guardia y le esposó las manos en la espalda. Lo derribó al piso con una patada entre los omóplatos. Luego tomó la escopeta otra vez y fue hacia la puerta de seguridad ubicada al final de la hilera de cajas. Era petiso y pesado y se movía con una peculiar lentitud, casi con apatía. “Ábranle”, dijo su compañero. El hombre con la escopeta abrió la puerta y avanzó despacio por detrás de los cajeros, entregando a cada uno una bolsa de plástico. Cuando encontró la ventanilla vacía miró al hombre de la pistola, que dijo, “¿De quién es esta caja?”

Anders miró a la cajera. Ella puso una mano en su garganta y giró hacia el hombre con el que hablaba. El hombre asintió. “Mía”, dijo ella.

Entonces mové ese culo feo y llená esta bolsa.

Ahí tiene—le dijo Anders a la mujer que tenía delante.—Se hace justicia.

¡Vos, genio! ¿Te di permiso para que hables?

No—dijo Anders.

Entonces cerrá el pico.

¿Escucharon eso? —dijo Anders.—Genio. Parece sacado de Los asesinos.

Por favor, cállese—dijo la mujer.

¿Sos sordo?—El hombre con la pistola fue hasta donde estaba Anders. Le clavó la punta de la pistola en el estómago.—¿Te pensás que estoy jugando?

No—dijo Anders. Pero el caño le hizo cosquillas como un dedo rígido y tuvo que esforzarse para no reír. Para aguantarse se forzó a mirar al hombre a los ojos, que eran claramente visibles detrás del pasamontañas de la máscara: celestes, y con los bordes rojizos. El párpado del ojo izquierdo temblaba. El hombre suspiró y exhaló un penetrante olor a amoníaco que sacudió a Anders más que todo lo que había sucedido hasta ese momento, e hizo que comenzara a desarrollar un sentimiento de incomodidad cuando de pronto el hombre lo aguijoneó otra vez con la pistola.

¿Te gusto, genio? —dijo.—¿Querés chuparme la pija?

No—dijo Anders.

Entonces dejá de mirarme.

Anders fijó sus ojos en los mocasines del hombre.

No ahí abajo, acá arriba—. Metió la pistola bajo la pera de Anders y la empujó hacia arriba hasta que lo dejó mirando el techo.

Anders nunca había prestado mucha atención a esa parte del banco, un viejo edificio pomposo con pisos, pilares y mostradores de mármol y arabescos dorados sobre las ventanillas de las cajas. La cúpula en el techo estaba decorada con figuras mitológicas envueltas en togas a cuya fealdad regordeta Anders apenas había echado una mirada hacía muchos años y luego había declinado prestar atención. Ahora no tenía más opción que estudiar el trabajo del pintor. Era peor de lo que recordaba, y todo había sido ejecutado con la mayor seriedad. El artista tenía unos pocos trucos en la manga y los usaba una y otra vez: cierto tono rosado en la parte inferior de las nubes, una tímida mirada hacia atrás en las caras de los cupidos y los faunos. El techo estaba atiborrado con variados dramas, pero el que captó el ojo de Anders era el de Zeus y Europa— retratados, en esta versión, como un toro clavando la mirada en una vaca desde detrás de un montón de heno. Para hacer sexy a la vaca el pintor le había torcido las caderas sugestivamente y la había dotado de unas largas pestañas lánguidas a través de las cuales observaba al toro en una sensual bienvenida. El toro esgrimía una sonrisa afectada y sus cejas estaban arqueadas. De haber existido un globo de historieta saliendo de su boca habría dicho “Cuchi cuchi”.

¿De qué te reís, genio?

De nada.

¿Te parezco gracioso? ¿Te pensás que soy un payaso?

No.

¿Te pensás que podés joder conmigo?

No.

Seguí jodiendo y sos boleta. ¿Capische?

Anders estalló en una carcajada. Tapó su boca con ambas manos y dijo “Lo siento, lo siento”, y luego resopló por la nariz a través de sus dedos y dijo “Capische, oh dios, capische“, y en ese momento el hombre de la pistola levantó la pistola y le disparó a Anders en la cabeza.

La bala impactó en el cráneo de Anders y atravesó su cerebro y salió detrás de su oreja derecha, dispersando astillas de hueso hacia la corteza cerebral, el cuerpo calloso, y más atrás, hacia los ganglios basales y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo esto ocurriera, la primera aparición de la bala en el cerebro desencadenó una cadena chisporroteante de reacciones iónicas y neuro-transmisiones. El peculiar origen de estas reacciones les imprimió un patrón peculiar, reviviendo azarosamente una tarde de verano de hacía cuarenta años, y que hacía mucho tiempo había sido olvidada. Luego de impactar el cráneo, la bala se movía a 300 metros por segundo, una marcha patéticamente lenta y glacial comparada con los relámpagos sinápticos que estallaban a su alrededor. Una vez en el cerebro la bala cayó bajo el control del tiempo cerebral, lo que le dio a Anders tiempo suficiente para contemplar la escena que, en una frase que Anders hubiera aborrecido, “se representó frente a sus ojos”.

Vale la pena notar lo que Anders no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su primera amante, Sherry, o lo que más había amado locamente en ella, antes de que comenzara a irritarlo: su desvergonzada carnalidad, y especialmente la forma cordial que tenía de dirigirse a su miembro, que ella llamaba Mister Mole, como en “Oh, parece que Mister Mole quiere jugar” o “¡Juguemos a la escondida con Mister Mole!” Anders no recordó a su esposa, a quien también había amado hasta que lo cansó con su rutina, o a su hija, ahora una malhumorada profesora de economía en Dartmouth. No recordó estar parado frente a la puerta de la habitación de su hija mientras ella retaba a su oso de peluche diciéndole que se había portado mal y describía los escalofriantes castigos que le esperaban a Garras a menos que cambiara su comportamiento. No recordó una sola línea de los cientos de poemas que había memorizado en su juventud para poder erizarse la piel a voluntad: ni “Silencioso, en la cima de una montaña en Darien”, ni “Oh dios, hoy escuché”, ni “¿Todas las bellas? ¿Dijiste todas? ¡Oh Dios! ¿Todas?” Ninguno de estos versos recordó; ni uno. Anders no recordó a su madre moribunda diciendo de su padre “debería haberlo apuñalado mientras dormía”.

No recordó al profesor Josephs contándole a la clase cómo los prisioneros atenienses en Sicilia podrían haber sido liberados si recitaban Esquilo ni cuando el mismo Josephs recitó Esquilo, a continuación, en griego. Anders no recordó cómo sus ojos habían ardido con esos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero de universidad en la solapa de una novela no mucho tiempo después de la graduación, o el respeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de respetar.

Tampoco recordó Anders ver haber visto a una mujer arrojarse a su muerte desde un edificio enfrente del suyo días después del nacimiento de su hija. No recordó haber gritado “¡Dios, ten piedad!”. No recordó haber chocado el auto de su padre a propósito contra un árbol, o las patadas en las costillas de tres policías en una marcha contra la guerra, o despertarse riendo. No recordó cuando comenzó a mirar los libros apilados en su escritorio con recelo y desdén, o cuando empezó a detestar a los escritores por escribirlos. No recordó cuándo todo empezó a recordarle otra cosa.

Esto es lo que recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el mundo de los insectos, él mismo reclinado contra un árbol mientras los chicos del barrio se reúnen para armar un partido. Él observa mientras los demás discuten el talento relativo de Mantle y de Mays. Han estado preocupados por este tema todo el verano y se ha vuelto tedioso para Anders: una opresión, como el calor.

Entonces llegan los últimos dos muchachos, Coyle y un primo de él de Mississippi.

Anders nunca ha visto al primo de Coyle antes y nunca lo volverá ver. Anders dice hola con los otros y no le presta más atención hasta que han elegido equipo y alguien le pregunta al primo en qué puesto quiere jugar. “Parador en corto”, dice el muchacho.

Parador en corto es la mejor posición que es”. Anders gira y se queda mirándolo.

Quiere escuchar al primo de Coyle repetir lo que acaba de decir, pero sabe que no debe preguntar. Los otros pensarán que es un creído, burlándose del chico por su gramática.

Pero no es eso, no es eso para nada: es que Anders está extrañamente exaltado, iluminado por esas dos palabras finales, su sorpresa y su música. Entra al campo en un trance, repitiendo esas palabras para sí.

La bala ya está en el cerebro; no será demorada por siempre, su avance no se detendrá.

Al final hará su trabajo y dejará el cráneo agujereado, arrastrando una cola de cometa de memoria y esperanza y talento y amor hacia el mármol del salón. Y eso no podrá evitarse. Pero por ahora Anders todavía puede hacer tiempo. Tiempo para que las sombras que se alarguen en el pasto, tiempo para que el perro le ladre a la pelota que vuela, tiempo para que el muchacho en el sector izquierdo del campo golpetee su guante negro de transpiración y suavemente entone, Que es, que es, que es.

 

La elección tardía, Eduardo Liendo

A los veinte años decidió rebelarse contra la fatalidad del azar. Comprendió que la casualidad era una maldición, la negación de toda verdadera libertad. Había meditado intensamente en una terrible reflexión de Séneca: “La casualidad cuenta mucho en nuestras vidas porque vivimos por casualidad”. Alguien –pensó con suficiencia- debe enfrentarse al caos, no debo ceder a la arbitrariedad, ninguna fuerza ajena a mi propia determinación regirá mi destino.

Entró en su habitación y durante días y noches de intensa creación, escribió el futuro Diario de su vida; en sus páginas no dejó espacio para lo fortuito, llenó las horas, y los minutos de las horas y los segundos de los minutos y las fracciones de los segundos. Escogió minuciosamente sus hábitos, expectativas, sobresaltos, satisfacciones, nostalgias, sueños, coitos, sorpresas, gestos, viajes, accidentes, pesadillas, enemigos, visiones; nada olvidó, ni siquiera su postre predilecto. Sólo vaciló ante su muerte, ningún fin le parecía justo para un hombre libre, para quien se atrevía a desafiar resueltamente cualquier intromisión del azar. Por eso, dejó en blanco la última página del Diario hasta encontrar la justa solución.

Así venció al caos, metódica, inexorablemente, se cumplió su existencia de acuerdo a la suerte que se había señalado. Ningún hombre, por elevado que fuese su rango o la grandeza de sus hazañas, fue más soberano. Sólo él había derrotado a los caprichosos dioses, sus egoísmos, sus cíclicos humores, sus insoportables injerencias.

Fue infinitamente libre para escoger su muerte, pudo sumirse en una meditación eterna sobre el dejar de ser, el ser otro, el no ser ya. Repasó todas las posibles formas de la cesación de la vida, las malas y las buenas muertes, las dulces, las neutras y las insufribles.

Entonces, asumió la tardía determinación, abrió el Diario y escribió en la página vacía: “Me muero de fastidio”. Sobre la silla quedó un esqueleto ensimismado.