La elección tardía , Eduardo Liendo

A los veinte años decidió rebelarse contra la fatalidad del azar. Comprendió que la casualidad era una maldición, la negación de toda verdadera libertad. Había meditado intensamente en una terrible reflexión de Séneca: “La casualidad cuenta mucho en nuestras vidas porque vivimos por casualidad”. Alguien –pensó con suficiencia- debe enfrentarse al caos, no debo ceder a la arbitrariedad, ninguna fuerza ajena a mi propia determinación regirá mi destino.

Entró en su habitación y durante días y noches de intensa creación, escribió el futuro Diario de su vida; en sus páginas no dejó espacio para lo fortuito, llenó las horas, y los minutos de las horas y los segundos de los minutos y las fracciones de los segundos. Escogió minuciosamente sus hábitos, expectativas, sobresaltos, satisfacciones, nostalgias, sueños, coitos, sorpresas, gestos, viajes, accidentes, pesadillas, enemigos, visiones; nada olvidó, ni siquiera su postre predilecto. Sólo vaciló ante su muerte, ningún fin le parecía justo para un hombre libre, para quien se atrevía a desafiar resueltamente cualquier intromisión del azar. Por eso, dejó en blanco la última página del Diario hasta encontrar la justa solución.

Así venció al caos, metódica, inexorablemente, se cumplió su existencia de acuerdo a la suerte que se había señalado. Ningún hombre, por elevado que fuese su rango o la grandeza de sus hazañas, fue más soberano. Sólo él había derrotado a los caprichosos dioses, sus egoísmos, sus cíclicos humores, sus insoportables injerencias.

Fue infinitamente libre para escoger su muerte, pudo sumirse en una meditación eterna sobre el dejar de ser, el ser otro, el no ser ya. Repasó todas las posibles formas de la cesación de la vida, las malas y las buenas muertes, las dulces, las neutras y las insufribles.

Entonces, asumió la tardía determinación, abrió el Diario y escribió en la página vacía: “Me muero de fastidio”. Sobre la silla quedó un esqueleto ensimismado.

El entierro de Henri Christophe, Alejo Carpentier

El gobernador entreabrió la hamaca para contemplar el rostro de Su Majestad. De una cuchillada cercenó uno de sus dedos meñiques, entregándolo a la reina, que lo guardó en el escote, sintiendo cómo descendía hasta su vientre, con fría retorcedura de gusano. Después, obedeciendo a una orden, los pajes colocaron el cadáver sobre el montón de argamasa, en el que empezó a hundirse lentamente, de espaldas, como halado por manos viscosas. El cadáver se había arqueado un poco en la subida, al haber sido recogido, tibio aún, por los servidores. Por ello desaparecieron primero su vientre y sus muslos. Los brazos y las botas siguieron flotando, como indecisos, en la grisura movediza de la mezcla. Luego solo quedó el rostro, soportado por el dosel del bicornio, atravesado de oreja a oreja. Temiendo que el mortero se endureciera sin haber sorbido totalmente la cabeza, el gobernador apoyó su mano en la frente del rey, para hundirla más pronto, con gesto de quien toma la temperatura a un enfermo. Por fin, se cerró la argamasa sobre los ojos de Henri Christophe, que proseguía, ahora, su lento viaje en descenso, en la entraña misma de una humedad que se iba haciendo menos envolvente. Al fin, el cadáver se detuvo, hecho uno con la piedra que lo apresaba. Después de haber escogido su propia muerte, Henri Christophe ignoraría la podredumbre de su carne confundida con la materia misma de la fortaleza, inscrita dentro de su arquitectura, integrada con su cuerpo haldado de contrafuerte. La Montaña del Gorro del Obispo, toda entera, se había transformado en el mausoleo del primer rey de Haití.

La muerte del Delfín, Alphonse Daudet

El pequeño Delfín está enfermo, el pequeño Delfín va a morir…

En todas las iglesias del reino el Santo Sacramento permanece expuesto día y noche, y grandes cirios arden permanentemente en pos de la curación del Real Infante.

Las calles de la vieja Residencia están tristes y silenciosas; las campanas ya no suenan, los carruajes van al paso…

En los accesos al palacio los burgueses observan, curiosos a través de las verjas, a los Guardas Suizos de doradas panzas conversando, en los patios, con gesto solemne.

Todo el Palacio está consternado…

Chambelanes y Mayordomos suben y bajan corriendo las escaleras de mármol…

Las galerías están repletas de Pajes y Cortesanos, vestidos de seda, que van de un grupo a otro buscando noticias, en voz baja…

Sobre las anchas escalinatas las afligidas Damas de Honor se hacen elaboradas reverencias, mientras secan sus ojos con hermosos pañuelos bordados.

En el Invernadero se han dado cita, en asamblea, multitud de médicos con largas togas.

Los vemos, a través de los cristales, agitar sus anchas y negras mangas e inclinar doctoralmente sus pelucas de rulos…

El Gobernador y el Mozo de Cuadras del pequeño Delfín se pasean delante de la puerta, esperando las decisiones de la Facultad.

Algunos Pinches de Cocina pasan junto a ellos sin saludarles.

El Mozo de Cuadras jura como un pagano, el Gobernador recita versos de Horacio…

Y mientras tanto, de allá, del lado de las cuadras, puede oírse un prolongado y lastimero relincho.

Es el alazán del pequeño Delfín del que parecen haberse olvidado y quien se agita tristemente ante su comedero vacío.

¿Y el Rey? ¿Adónde está Su Majestad el Rey?…

El Rey se encerró en una habitación, a solas, al otro lado del edificio…

A las Majestades no les gusta que les vean llorar…

Para la reina, es otra cosa…

Sentada junto a la cabecera del pequeño Delfín, con su bello rostro bañado en lágrimas, solloza muy alto y en presencia de todos, tal y como haría una verdulera.

En su litera de encajes, el pequeño Delfín, más blanco que los cojines que le dan reposo, mantiene los ojos cerrados.

Creemos que duerme; pero no.

El pequeño Delfín no duerme…

Se vuelve hacia su madre, y al ver que ésta llora, le dice:

– ¿Señora Reina, por qué lloráis? ¿Acaso consideráis seriamente que me voy a morir? La reina quiere responder.

Los sollozos le impiden hablar…

– ¡Ea pues! No lloréis, Señora Reina; olvidáis que soy el Delfín, y que los Delfines no pueden morir así…

La Reina solloza todavía más alto, y el pequeño Delfín comienza a asustarse.

– ¡Venga pues!, dice, no quiero que la muerte venga a cogerme, y sabré impedirle que llegue hasta aquí…

¡Que se haga venir sin demora a cuarenta lanceros muy fuertes, y que monten guardia alrededor de nuestra cama!…

¡Que cien gruesos cañones velen noche y día, mecha encendida, bajo nuestras ventanas! Y…

¡Ay de la muerte, si osa acercársenos!…

Para complacerlo, la reina hace un signo.

Enseguida, podemos oír los gruesos cañones rodando en el patio; y cuarenta grandes lanceros, arma en mano, vienen a situarse alrededor de la cámara.

Son veteranos soldadotes, de largos mostachos grises.

El pequeño Delfín aplaude viéndolos.

Reconoce a uno de ellos y le llama: -¡Lorrain!, ¡Lorrain! El soldado da un paso hacia la cama.

– Te quiero mucho, mi viejo Lorrain, déjame ver un poco tu gran sable…

Si la muerte quisiera llevarme, habríamos de matarla ¿no?.

Lorrain responde:

– Sí, mi Señor…

Mientras dos gruesas lágrimas fluyen por sus curtidas mejillas.

En ese momento, el capellán se acerca al pequeño Delfín y le habla mucho tiempo en voz baja, mostrándole un crucifijo.

El pequeño Delfín le escucha un tanto asombrado.

De pronto le interrumpe y dice:

– Comprendo bien lo que usted me cuenta, señor Abad: pero ¿no podría mi amigo Beppo morir en mi lugar, dándole mucho dinero?…

El capellán continúa hablándole en voz baja, el aspecto del pequeño Delfín luce cada vez más contrariado…

Cuando el capellán pareció haber terminado, el pequeño Delfín respondió con un largo suspiro: – Todo lo que usted me dice ahora es muy triste, señor Abad; pero una cosa me consuela, y es que allá arriba, en el paraíso de las estrellas, seré todavía el Delfín…

Sé que el buen Dios es mi primo y que sabrá tratarme como corresponde a la altura de mi rango.

Luego añade, volviéndose hacia su madre: – ¡Que me traigan mis más bellos vestidos, mi jubón de armiño blanco y mis escarpines de terciopelo! Quiero hacerme fuerte ante los ángeles y entrar en el paraíso vestido de Delfín.

Por tercera vez, el capellán se inclina hacia el pequeño Delfín y le habla nuevamente en voz baja…

En medio de su discurso, el niño le interrumpe con cólera:

– ¿¡Pero entonces, grita, esto de ser Delfín, no sirve absolutamente para nada!? …

Y, sin querer atender a nada más, el pequeño Delfín se vuelve hacia la pared, y llora amargamente.

Novia de azúcar, Ana García Bergua

A Rosenda la atraje con unos cirios rodeados de grandes rosas que había colocado en el altar de muertos. Ese año se me ocurrió adornarlo sin incienso ni calaveras; más bien parecía, me dijeron los vecinos, un arreglo de boda, debido al pastel, a la botella de champaña en vez del clásico tequila o la cerveza. En medio acomodé el retrato de Rosenda, otro más que encontré en el baúl de mi abuela. Supuse que había sido pariente nuestra, y que por algo merecería regresar.

Me metí a la cama y fingí dormir durante varias horas. De repente, en la madrugada, escuché ruidos como de ratón. Junto al altar me encontré a Rosenda comiendo con glotonería el pastel de bodas. Su sayo blanco, algo raído ya, ceñido a la cintura y escotado de acuerdo con la moda que le tocó vivir, estaba manchado de crema y migajas. Nadie la había traído jamás, me dijo, desde su muerte; siglos creía llevar sumida en una oscuridad con olor a tierra. ¿Cuánto tiempo ha pasado?, me preguntó sorprendida. No demasiado, le respondí, sin aclararle cuánto. Era una mujer muy bella, de carne generosa, con una llama de temor en la pupila. Contra su pecho estrujaba unos crisantemos de tela. Le preocupaba que éste fuera el Juicio Final, que nadie la fuera a perdonar por sus muchos pecados. No te apures, susurré, quitándole el ramo, yo te perdono. La ceñí por la cintura y descorchamos la champaña. A cambio de que me escuchara y de poder tocarla, le ofrecí saciar la sed y el hambre de tantos años. Con eso basta, me dijo ahíta, cuando pasadas las horas empezó a clarear el día. Luego se dispuso a regresar a su tierra ignota, pero yo la encerré con llave en el armario, sin hacer caso de sus gritos ahogados y sus lamentos. Me convertiré en polvo, lo queramos o no, gritaba entre sollozos.

Dejé pasar el día completo, hasta que el armario quedó en silencio otra vez. Mientras, me ocupé de desmontar el altar con cierta ceremonia. Al ocaso, dispuesta ya la cena en la mesa y descorchado un tinto que recordaba a sangre, decidí sacar a mi muerta del armario, seguro de encontrarla dormida y hambrienta. Pero cuál no fue mi decepción: entre los chales de seda blanca de mi abuela yacía tirada, como empujada por el aire, una calavera de azúcar que llevaba el nombre de Rosenda en la frente de papel plateado, y que se me deshizo en polvo entre los dedos.

La muerte de las aves, Virgilio Piñera

De la reciente hecatombe de las aves existen dos versiones: una, la del suicidio en masa; la otra, la súbita rarificacion de la atmósfera.

La primera versión es insostenible. Que todas las aves —del cóndor al colibrí— levantaran el vuelo —con las consiguientes diferencias de altura— a la misma hora —las doce meridiano—, deja ver dos cosas: o bien obedecieron a una intimidación, o bien tomaron el acuerdo de cernirse en los aires para precipitarse en tierra. La lógica mas elemental nos advierte que no está en poder del hombre obrar tal intimidación; en cuanto a las aves, dotarlas de razón es todo un desatino de la razón. La segunda versión tendrá que ser desechada. De haber estado rarificada la atmósfera, habrían muerto sólo las aves que volaban en ese momento.

Todavía hay una tercera versión, pero tan falaz que no resiste el análisis; una epizootia, de origen desconocido, las habría hecho más pesadas que el aire.

Toda versión es inefable y todo hecho es tangible. En el escoliasta hay un eterno aspirante a demiurgo. Su soberbia es castigada con la tautología. El único modo de escapar al hecho ineluctable de la muerte en masa de las aves, sería imaginar que hemos presenciado la hecatombe durante un sueño verdadero.

Sólo nos queda el hecho consumado. Con nuestros ojos las miramos muertas sobre la tierra. Más que el terror que el terror que nos procura la hecatombe, nos llena de pavor la imposibilidad de hallar una explicación a tan monstruoso hecho. Nuestros pies se enredan entre el abatido plumaje de tantos millones de aves. De pronto todas ellas, como en un crepitar de llamas, levantan el vuelo. La ficción del escritor, al borrar el hecho, les devuelve la vida. Y sólo con la muerte de la literatura volverían a caer abatidas en tierra.

 

 

 

Matar a un Niño, Stig Dagerman

Es un día suave y el sol esta oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los 3 pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo y abrochan sus blusas. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día un niño será muerto, en el tercer pueblo, por un hombre feliz. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy harán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina, y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado de la bomba de bencina roja, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira en una cámara, y en el cristal ve un pequeño carro azul, y a su lado a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de bencina ajusta la tapa del tanque y asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el carro, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, oye la muchacha, en el asiento delantero, lo que él habla; ella cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el carro se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y se goza del brillo y del olor de bencina y de ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el carro, y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.

Pero, al mismo tiempo que, en el primer pueblo, el hombre cierra la puerta izquierda del carro y tira el botón de arranque, en el tercer pueblo, la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que ha abrochado su camisa y que ha amarrado los cordones de sus zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos, y el negro bote que está medio varado sobre el pasto. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la crema y las moscas. Sólo el azúcar falta, y la madre ordena a su hijo que corra donde los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, le grita el padre que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan 8 minutos para vivir y que el bote permanecerá allí donde está todo el día y muchos otros días. No es lejos lo de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño carro azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en su cocina con las tazas de café levantadas y observan al carro venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre en el carro ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El carro se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los muelles tumbos del carro, sueña en lo terso que estará.

¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar en el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos ?

Después, todo es demasiado tarde. Después, está un carro azul al sesgo en el camino, y una mujer que grita retira la mano de la boca, y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beber su café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.

-Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas-. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e igualmente, mal cura la congoja del hombre feliz, que lo mató..

Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un Niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a tener que necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero sabe que esto es mentira, y en sus sueños de las noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para “hacer este solo minuto diferente”.

Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.

Ritmo, Charles Chaplin

Tan sólo el alba se movía en la quietud de aquel pequeño patio de la prisión española -un alba anunciadora de muerte- mientras aquel joven gubernamental se erguía frente a un piquete de Ejecución. Los preliminares habían terminado. El grupito de las autoridades se había situado a un lado para asistir a la ejecución y ahora la escena se cuajaba en un penoso silencio.

Desde el primero hasta el último, los rebeldes habían conservado la esperanza de que su Estado Mayor enviaría la orden para sobreseer la ejecución. Pues el condenado era adversario de su causa, pero había sido popular en España. Era un brillante escritor humorístico que había sabido regocijar ampliamente a sus compatriotas.

El oficial que mandaba el piquete de ejecución lo conocía personalmente. Eran amigos antes de la guerra civil. Juntos habían obtenido sus títulos en la universidad de Madrid. Juntos habían luchado para derribar la monarquía y el poder de la iglesia. Juntos hablan bebido, habían pasado noches enteras en las mesas de los cafés, reído, bromeado y dedicado largas veladas a discusiones de orden metafísico. De cuando en cuando, se habían peleado por culpa de los diversos modos de gobierno. Sus divergencias de criterio eran entonces amistosas; pero por fin, habían provocado la desdicha y el trastorno de toda España.

Y habían llevado a su amigo ante un piquete de ejecución.

Pero ¿para qué evocar el pasado? ¿Para qué razonar? Desde la guerra civil, ¿para que servía el razonamiento? En el silencio del patio de la cárcel Todas aquellas preguntas se agolpaban, febriles, en la mente del oficial. No. Había que hacer tabla rasa del pasado. Sólo contaba el porvenir. ¿El porvenir? Un mundo que le privaría de muchos antiguos amigos.

Aquella mañana era la primera vez que habían vuelto a encontrarse desde la guerra. No habían dicho nada. Habían cambiado solamente una sonrisa mientras se preparaban a entrar en el patio de la prisión.

El trágico alborear dibujaba unas rayas plateadas y rojas en el muro de la cárcel y todo respiraba una quietud, un descanso cuyo ritmo se unía al sosiego del patio, un ritmo de latidos silenciosos como los de un corazón. En aquel silencio, la voz del oficial que mandaba el pelotón retumbó contra los muros de la cárcel: “¡Firmes!”.

Al oír esta orden, seis subordinados apretaron sus fusiles y se irguieron: la unidad de su movimiento fue seguida de una pausa en cuyo transcurso hubiera debido darse la segunda orden.

Pero algo sucedió durante aquel intervalo, algo que vino a quebrar aquel ritmo. El condenado tosió, se aclaró la garganta, y aquella interrupción trastocó el encadenarse de los acontecimientos.

El oficial se volvió hacia el prisionero. Espera oírle hablar. Pero ni una palabra vino de él. Entonces, volviéndose de nuevo hacia sus hombres se dispuso a dar la orden siguiente. Pero una repentina rebeldía se adueño de su espíritu. Una amnesia psíquica que convirtió su cerebro en un espacio vacío. Aturdido, permaneció mudo ante sus hombres. ¿Qué sucedía? Aquella escena del patio de la cárcel no significaba nada. No vio ya, objetivamente, más que un hombre, de espaldas contra el muro, frente a otros seis hombres. Y aquellos otros de allí al lado, ¡qué aire tan estúpido tenían y como se parecían a unos relojes cuyo tic-tac se hubiera detenido de repente! Nadie se movía. Nada tenía sentido. Había allí algo anormal. Todo aquello no era más que un sueño y el oficial debía evadirse de él,

Oscuramente le volvió poco a poco la memoria. ¿Desde cuándo estaba él allí? ¿Que había sucedido? ¡Ah, sí! Él había dado una orden. Pero… ¿Cuál era la orden siguiente?

Después de ¡firmes!, venía ¡carguen!-, luego ¡apunten! y por fin, ¡fuego! En su inconciencia, conservaba una vaga idea de ello. Pero las palabras que debía pronunciar parecían lejanas, vagas y ajenas a él mismo.

En su azoramiento gritó de un modo incoherente, con una confusión de palabras carentes de sentido. Pero quedó aliviado al ver que sus hombres cargaban las armas. El ritmo de su movimiento reanimó el ritmo de su cerebro. Y volvió a gritar. Los hombres apuntaron. Pero durante la pausa que siguió, unos pasos apresurados se dejaron oír en el patio de la prisión. El oficial lo sabía: era el indulto. Recobró inmediatamente la conciencia.

-Alto- gritó frenéticamente al piquete de ejecución.

Pero seis hombres tenían el fusil. Seis hombres fueron arrastrados por el ritmo, y seis hombres, al oír el grito de «¡alto!» dispararon.

Caja de Pandora, Esteban Couto

No podíamos decir nada. Lo que pasó debía quedar entre nosotras dos: nadie más debía saberlo. Todo estaría bien, siempre y cuando mantuviéramos la boca cerrada. Aquel montículo de tierra sólo habla con palabras de viento y rojo-sangre en los labios. Y todo se reduce a la celda impenetrable que sella los nuestros. Nunca estuvimos en el río: nunca hemos paseado en bote a través de sus aguas: Carlos nunca nos acompañó. No sabemos nada, ni del tiempo ni de su sombra, por más que éstos nos torturen con los malos recuerdos. Debemos hacer lo posible por guardar en un baúl aquel episodio, y jamás dejarlo salir. A partir de aquel instante hemos tratado de fabricar una nueva vida. Atrás dejamos a Carlos y sus palabras cargadas de un tono persuasivo; atrás los paseos en el río y su afán por ocultar el bote entre la vegetación; atrás su manía por desnudarse frente a nosotras y llevar a cabo sus oscuros juegos. Todo lo vivido hasta entonces debía desaparecer. Ésa fue la promesa, de esa manera giraríamos las manijas del reloj a favor nuestro. No teníamos idea de cómo reaccionarían los adultos si se llegasen a enterar de lo ocurrido. Si queríamos comenzar de cero, era necesario guardar este secreto: aquél día viernes quedaría extirpado para siempre de nuestra memoria, así como el montículo de tierra que cubría el dolor y el deseo. Estaba decidido: lo descubrieran o no, jamás diríamos nada; al menos hasta dentro de seis o siete años, cuando cumpliéramos la mayoría de edad y tengamos las fuerzas suficientes para superarlo por completo.

Hoy, ningún recuerdo afín es real. Nuestra mente parece ser una cinta en blanco. Ahora sólo podemos evocar cómo respirábamos hondo, cómo nos tomábamos de la mano, cómo contemplábamos en silencio con qué esfuerzo los policías buscaban infructuosamente el cadáver.

El canto de las sirenas, Mario Arregui

Cierta noche Juan soñó un sueño. Soñó que él y once hombres más habían sido condenados a muerte. Los doce fueron alineados a lo largo de un paredón altísimo, con las manos atadas a la espalda y bien amarrados a unos postes provistos de argollas de hierro. Juan quedó colocado en cuarto lugar a contar desde su derecha. Era tal vez el amanecer y había una luz quieta y sin origen, una extraña luz verdosa, submarina. El verdugo, armado de un gran espadón curvo, comenzó su tarea desde la izquierda de Juan. Con un único y repetido y preciso golpe seco, fue cercenando una a una las cabezas de los condenados. Estas caían al suelo, sin sangrar, y a veces rebotaban y rodaban pero siempre quedaban verticales, bien plantadas sobre el corte del cuello, y movían los ojos y más aún los labios. La verdad es que movían apasionadamente los labios pero ninguna voz se oía: todo acaecía en un mundo sin sonido, en un silencio tan extraño y submarino como la luz. Ocho cabezas cayeron; el verdugo se enfrentó a Juan y levantó su espadón; Juan tembló de miedo y el miedo lo despertó.

La mano de Juan encontró el interruptor de la lámpara y sacó de la oscuridad las paredes y los muebles del dormitorio. Estaba sentado en la cama, sudoroso de un sudor que rápidamente se enfriaba. Respiró muy hondo, con un grandísimo alivio, y casi sonrió. Su mujer dormía a su lado, un tanto impersonal y con esa inocencia tan sexuada con que suelen dormir las mujeres. Otra vez respiró hondo, paseando por la habitación una mirada recuperadora. En seguida irguió un poco el torso y logró ver su cara en el espejo del ropero, y entonces, cariñosamente, se saludó con una sonrisa ahora abierta. Después apagó la lámpara, se apretó contra el cuerpo de la mujer, volvió a dormirse.

A la mañana siguiente despertó como todos los días, y luego, cuando canturreaba bajo la ducha, recordó de golpe su pesadilla. El recuerdo lo asaltó con una prodigiosa nitidez, tanto más asombrosa cuanto que normalmente no era de los capaces de reconstruir sus sueños. Dejó de canturrear y quedó mirando las baldosas del piso, como si esperara ver las cabezas cortadas entre los minúsculos arroyitos de agua jabonosa. Al asombro se unían, asociadas, la sensación de haber sido invadido a traición por alguien o algo que jugaba con él y una angustia que nacía en su pecho pero apenas era suya. Esa angustia rarísima le preguntaba (o hacía que se preguntara, acuciosamente) por qué recordaba así y qué decían las cabezas gesticulantes. Nada podía contestar o contestarse, y seguía quieto, como ahuecado, como sin tiempo propio, mirando el agua que corría con mansedumbre, sintiéndose víctima caída en una trampa. Ocasionalmente creyó ver en la movilidad del agua fugaces bocetos de cabezas que hablaban, incluso llegó a inclinarse y a aguzar el oído para escuchar las voces imposibles… Mucho le costó salir de aquel trance.

Mientras se vestía, se propuso -sin saber por qué, sin preguntárselo- no contar a nadie lo que acababa de ocurrirle. Le dijo un casi distante “Hasta luego” a la mujer y salió a la calle; caminando hacia la parada del ómnibus, pensó que muy pronto olvidaría todo y que podría seguir viviendo con la despreocupada semifelicidad de siempre.

Pero pasaban los días sin que se borrara en lo más mínimo el recuerdo, la obsesión, de las cabezas caídas. Y se fue convirtiendo, casi, en dos hombres: uno, el que cursaba lo cotidiano con una cara que fingía ser la de antes; el otro, el reciente que se ensimismaba y a menudo se perdía en un hermético y recurrente soliloquio. ¿Qué decían las cabezas? ¿Eran en verdad inaudibles? ¿Eran inaudibles siempre y para todos? No ignoraba que el mundo de los sueños es infinitamente más vasto que el de la vigilia y que un despertar puede ser un vertiginoso empobrecimiento, y se decía que aquel despertar que tanto lo alegrara había sido algo del orden de un robo, una estafa, un escamoteo. De no haber despertado, se decía, el verdugo lo hubiera decapitado y su cabeza erguida a sus pies hubiera hablado lo mismo que las otras y él hubiera oído su voz de muerto o la voz de su muerte; y su muerte, o mejor dicho la muerte, o mejor dicho desde la muerte… Sí, su cabeza ya en la eternidad hubiera pronunciado, con boca más suya que nunca, los nombres o las metáforas de las cosas que solamente un Dios, si lo hay, puede saber, y él, un pobre ser hecho de tiempo y de interrogación en el tiempo, hubiera podido escuchar -más acá o más allá de aquel silencio que sin duda no era tal- las palabras de aquella cabeza, ¡tan ajena y tan suya!, instalada en el centro mismo de las sabidurías. Si, sí y otra vez sí: de no haber despertado hubiera tenido las claves de mil y un secretos…o la clave de un solitario y severo secreto padre de todos los secretos.

Noche a noche esperó Juan que los demiurgos de sus sueños retomaran la historia de las cabezas cortadas. Fue una espera en vano: el verdugo y su espadón no volvieron a visitarlo. Despertaba defraudado, siempre. Un día cualquiera comenzó a decirse que sólo en la muerte podría perseguir la continuación de su aventura, que sólo siendo un muerto podría alcanzar la revelación que falazmente le había prometido la más tentadora de las pesadillas.

No importan las vacilaciones de su nuevo soliloquio y tampoco importa el número de los sellos para dormir. Baste saber que hay una noche en que finalmente decide tomarlos. Esa noche se acuesta como todas las noches y duerme y tal vez sueña. Duerme profundamente y en algún momento deja de soñar. Su mujer, hacia el alba, lo notará frío y saltará, aullando, de la cama.

Bala en el cerebro, Tobias Wolff

Anders llegó al banco poco antes de la hora de cierre, así que por supuesto la cola era interminable y quedó ubicado detrás de dos mujeres que, con su estridente y estúpida conversación, lo pusieron de un humor asesino. De cualquier manera nunca estaba del mejor humor, Anders—un crítico literario conocido por el cansado y elegante salvajismo con el que despachaba casi todo lo que reseñaba.

Aunque la cola serpenteaba siguiendo la cuerda, una de las cajeras puso un cartel de “caja cerrada” en su ventanilla, caminó hacia la parte de atrás del banco, se apoyó contra un escritorio y empezó a hacer tiempo con un hombre que ordenaba papeles. Las mujeres delante de Anders interrumpieron su conversación y observaron a la cajera con odio. “Ah, qué bien”, dijo una de ellas. Se volvió hacia Anders y agregó, confiada en su complicidad, “Uno de esos toquecitos humanos que nos hacen volver por más.”

Anders había acumulado ya su propio odio contra la cajera, pero inmediatamente lo desvió hacia la quejosa presumida que tenía delante. “Es tan injusto”, dijo. “Trágico, realmente. Si no están amputando la pierna equivocada o bombardeando un pueblo ancestral, están cerrando una ventanilla.”

Ella defendió su posición. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Sólo creo que es una pésima manera de tratar a los clientes.”

Imperdonable—dijo Anders.—El cielo tomará nota.

Ella aspiró y ahuecó sus mejillas, miró más allá de él y no dijo nada. Anders vio que la otra mujer, su amiga, miraba en la misma dirección. Y entonces los cajeros dejaron de hacer lo que hacían y los clientes giraron lentamente y un silencio invadió el banco. Dos hombres con pasamontañas negros y trajes azules estaban parados al lado de la puerta.

Uno de ellos apretaba una pistola contra el cuello del guardia. Los ojos del guardia estaban cerrados y sus labios se movían. El otro hombre tenía una escopeta recortada.

¡Todos callados la boca!”, dijo el hombre con la pistola, aunque nadie había dicho una sola palabra. “Si alguno de los cajeros acciona la alarma son todos boleta.

¿Entendieron?”

Los cajeros asintieron.

Bravo—dijo Anders.—Boleta—. Giró hacia la mujer que tenía delante.—Excelente guión, eh. La inexorable y aguerrida poesía de las clases peligrosas.

Ella lo miró con los ojos húmedos. El hombre de la escopeta empujó al guardia hasta hacerlo arrodillar. Le dio la escopeta a su compañero, tomó con firmeza las muñecas del guardia y le esposó las manos en la espalda. Lo derribó al piso con una patada entre los omóplatos. Luego tomó la escopeta otra vez y fue hacia la puerta de seguridad ubicada al final de la hilera de cajas. Era petiso y pesado y se movía con una peculiar lentitud, casi con apatía. “Ábranle”, dijo su compañero. El hombre con la escopeta abrió la puerta y avanzó despacio por detrás de los cajeros, entregando a cada uno una bolsa de plástico. Cuando encontró la ventanilla vacía miró al hombre de la pistola, que dijo, “¿De quién es esta caja?”

Anders miró a la cajera. Ella puso una mano en su garganta y giró hacia el hombre con el que hablaba. El hombre asintió. “Mía”, dijo ella.

Entonces mové ese culo feo y llená esta bolsa.

Ahí tiene—le dijo Anders a la mujer que tenía delante.—Se hace justicia.

¡Vos, genio! ¿Te di permiso para que hables?

No—dijo Anders.

Entonces cerrá el pico.

¿Escucharon eso? —dijo Anders.—Genio. Parece sacado de Los asesinos.

Por favor, cállese—dijo la mujer.

¿Sos sordo?—El hombre con la pistola fue hasta donde estaba Anders. Le clavó la punta de la pistola en el estómago.—¿Te pensás que estoy jugando?

No—dijo Anders. Pero el caño le hizo cosquillas como un dedo rígido y tuvo que esforzarse para no reír. Para aguantarse se forzó a mirar al hombre a los ojos, que eran claramente visibles detrás del pasamontañas de la máscara: celestes, y con los bordes rojizos. El párpado del ojo izquierdo temblaba. El hombre suspiró y exhaló un penetrante olor a amoníaco que sacudió a Anders más que todo lo que había sucedido hasta ese momento, e hizo que comenzara a desarrollar un sentimiento de incomodidad cuando de pronto el hombre lo aguijoneó otra vez con la pistola.

¿Te gusto, genio? —dijo.—¿Querés chuparme la pija?

No—dijo Anders.

Entonces dejá de mirarme.

Anders fijó sus ojos en los mocasines del hombre.

No ahí abajo, acá arriba—. Metió la pistola bajo la pera de Anders y la empujó hacia arriba hasta que lo dejó mirando el techo.

Anders nunca había prestado mucha atención a esa parte del banco, un viejo edificio pomposo con pisos, pilares y mostradores de mármol y arabescos dorados sobre las ventanillas de las cajas. La cúpula en el techo estaba decorada con figuras mitológicas envueltas en togas a cuya fealdad regordeta Anders apenas había echado una mirada hacía muchos años y luego había declinado prestar atención. Ahora no tenía más opción que estudiar el trabajo del pintor. Era peor de lo que recordaba, y todo había sido ejecutado con la mayor seriedad. El artista tenía unos pocos trucos en la manga y los usaba una y otra vez: cierto tono rosado en la parte inferior de las nubes, una tímida mirada hacia atrás en las caras de los cupidos y los faunos. El techo estaba atiborrado con variados dramas, pero el que captó el ojo de Anders era el de Zeus y Europa— retratados, en esta versión, como un toro clavando la mirada en una vaca desde detrás de un montón de heno. Para hacer sexy a la vaca el pintor le había torcido las caderas sugestivamente y la había dotado de unas largas pestañas lánguidas a través de las cuales observaba al toro en una sensual bienvenida. El toro esgrimía una sonrisa afectada y sus cejas estaban arqueadas. De haber existido un globo de historieta saliendo de su boca habría dicho “Cuchi cuchi”.

¿De qué te reís, genio?

De nada.

¿Te parezco gracioso? ¿Te pensás que soy un payaso?

No.

¿Te pensás que podés joder conmigo?

No.

Seguí jodiendo y sos boleta. ¿Capische?

Anders estalló en una carcajada. Tapó su boca con ambas manos y dijo “Lo siento, lo siento”, y luego resopló por la nariz a través de sus dedos y dijo “Capische, oh dios, capische“, y en ese momento el hombre de la pistola levantó la pistola y le disparó a Anders en la cabeza.

La bala impactó en el cráneo de Anders y atravesó su cerebro y salió detrás de su oreja derecha, dispersando astillas de hueso hacia la corteza cerebral, el cuerpo calloso, y más atrás, hacia los ganglios basales y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo esto ocurriera, la primera aparición de la bala en el cerebro desencadenó una cadena chisporroteante de reacciones iónicas y neuro-transmisiones. El peculiar origen de estas reacciones les imprimió un patrón peculiar, reviviendo azarosamente una tarde de verano de hacía cuarenta años, y que hacía mucho tiempo había sido olvidada. Luego de impactar el cráneo, la bala se movía a 300 metros por segundo, una marcha patéticamente lenta y glacial comparada con los relámpagos sinápticos que estallaban a su alrededor. Una vez en el cerebro la bala cayó bajo el control del tiempo cerebral, lo que le dio a Anders tiempo suficiente para contemplar la escena que, en una frase que Anders hubiera aborrecido, “se representó frente a sus ojos”.

Vale la pena notar lo que Anders no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su primera amante, Sherry, o lo que más había amado locamente en ella, antes de que comenzara a irritarlo: su desvergonzada carnalidad, y especialmente la forma cordial que tenía de dirigirse a su miembro, que ella llamaba Mister Mole, como en “Oh, parece que Mister Mole quiere jugar” o “¡Juguemos a la escondida con Mister Mole!” Anders no recordó a su esposa, a quien también había amado hasta que lo cansó con su rutina, o a su hija, ahora una malhumorada profesora de economía en Dartmouth. No recordó estar parado frente a la puerta de la habitación de su hija mientras ella retaba a su oso de peluche diciéndole que se había portado mal y describía los escalofriantes castigos que le esperaban a Garras a menos que cambiara su comportamiento. No recordó una sola línea de los cientos de poemas que había memorizado en su juventud para poder erizarse la piel a voluntad: ni “Silencioso, en la cima de una montaña en Darien”, ni “Oh dios, hoy escuché”, ni “¿Todas las bellas? ¿Dijiste todas? ¡Oh Dios! ¿Todas?” Ninguno de estos versos recordó; ni uno. Anders no recordó a su madre moribunda diciendo de su padre “debería haberlo apuñalado mientras dormía”.

No recordó al profesor Josephs contándole a la clase cómo los prisioneros atenienses en Sicilia podrían haber sido liberados si recitaban Esquilo ni cuando el mismo Josephs recitó Esquilo, a continuación, en griego. Anders no recordó cómo sus ojos habían ardido con esos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero de universidad en la solapa de una novela no mucho tiempo después de la graduación, o el respeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de respetar.

Tampoco recordó Anders ver haber visto a una mujer arrojarse a su muerte desde un edificio enfrente del suyo días después del nacimiento de su hija. No recordó haber gritado “¡Dios, ten piedad!”. No recordó haber chocado el auto de su padre a propósito contra un árbol, o las patadas en las costillas de tres policías en una marcha contra la guerra, o despertarse riendo. No recordó cuando comenzó a mirar los libros apilados en su escritorio con recelo y desdén, o cuando empezó a detestar a los escritores por escribirlos. No recordó cuándo todo empezó a recordarle otra cosa.

Esto es lo que recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el mundo de los insectos, él mismo reclinado contra un árbol mientras los chicos del barrio se reúnen para armar un partido. Él observa mientras los demás discuten el talento relativo de Mantle y de Mays. Han estado preocupados por este tema todo el verano y se ha vuelto tedioso para Anders: una opresión, como el calor.

Entonces llegan los últimos dos muchachos, Coyle y un primo de él de Mississippi.

Anders nunca ha visto al primo de Coyle antes y nunca lo volverá ver. Anders dice hola con los otros y no le presta más atención hasta que han elegido equipo y alguien le pregunta al primo en qué puesto quiere jugar. “Parador en corto”, dice el muchacho.

Parador en corto es la mejor posición que es”. Anders gira y se queda mirándolo.

Quiere escuchar al primo de Coyle repetir lo que acaba de decir, pero sabe que no debe preguntar. Los otros pensarán que es un creído, burlándose del chico por su gramática.

Pero no es eso, no es eso para nada: es que Anders está extrañamente exaltado, iluminado por esas dos palabras finales, su sorpresa y su música. Entra al campo en un trance, repitiendo esas palabras para sí.

La bala ya está en el cerebro; no será demorada por siempre, su avance no se detendrá.

Al final hará su trabajo y dejará el cráneo agujereado, arrastrando una cola de cometa de memoria y esperanza y talento y amor hacia el mármol del salón. Y eso no podrá evitarse. Pero por ahora Anders todavía puede hacer tiempo. Tiempo para que las sombras que se alarguen en el pasto, tiempo para que el perro le ladre a la pelota que vuela, tiempo para que el muchacho en el sector izquierdo del campo golpetee su guante negro de transpiración y suavemente entone, Que es, que es, que es.

 

La elección tardía, Eduardo Liendo

A los veinte años decidió rebelarse contra la fatalidad del azar. Comprendió que la casualidad era una maldición, la negación de toda verdadera libertad. Había meditado intensamente en una terrible reflexión de Séneca: “La casualidad cuenta mucho en nuestras vidas porque vivimos por casualidad”. Alguien –pensó con suficiencia- debe enfrentarse al caos, no debo ceder a la arbitrariedad, ninguna fuerza ajena a mi propia determinación regirá mi destino.

Entró en su habitación y durante días y noches de intensa creación, escribió el futuro Diario de su vida; en sus páginas no dejó espacio para lo fortuito, llenó las horas, y los minutos de las horas y los segundos de los minutos y las fracciones de los segundos. Escogió minuciosamente sus hábitos, expectativas, sobresaltos, satisfacciones, nostalgias, sueños, coitos, sorpresas, gestos, viajes, accidentes, pesadillas, enemigos, visiones; nada olvidó, ni siquiera su postre predilecto. Sólo vaciló ante su muerte, ningún fin le parecía justo para un hombre libre, para quien se atrevía a desafiar resueltamente cualquier intromisión del azar. Por eso, dejó en blanco la última página del Diario hasta encontrar la justa solución.

Así venció al caos, metódica, inexorablemente, se cumplió su existencia de acuerdo a la suerte que se había señalado. Ningún hombre, por elevado que fuese su rango o la grandeza de sus hazañas, fue más soberano. Sólo él había derrotado a los caprichosos dioses, sus egoísmos, sus cíclicos humores, sus insoportables injerencias.

Fue infinitamente libre para escoger su muerte, pudo sumirse en una meditación eterna sobre el dejar de ser, el ser otro, el no ser ya. Repasó todas las posibles formas de la cesación de la vida, las malas y las buenas muertes, las dulces, las neutras y las insufribles.

Entonces, asumió la tardía determinación, abrió el Diario y escribió en la página vacía: “Me muero de fastidio”. Sobre la silla quedó un esqueleto ensimismado.

La niña, Juan Ramón Jiménez

La niña llegó en el barco de carga. Tenía la naricilla gorda, hinchada, y los ojos de otro color que los suyos. En el pecho le habían puesto una tarjeta que decía: “Sabe hablar algunas palabras en español. Quizá alguien español la quiera”.

La quiso un español y se la llevó a su casa. Tenía mujer y seis hijos, tres nenas y tres niños.

¿Y qué sabes decir en español, vamos a ver?

La niña miraba al suelo.

¿Ser nice? –Y todos se reían–. Me custa el socolate –Y todos se burlaban.

La niña cayó enferma. “No tiene nada”, decía el médico. Pero se estaba muriendo. Una madrugada, cuando todos estaban dormidos y algunos roncando, la niña se sintió morir. Y dijo:

Me muero. ¿Está bien dicho?

Pero nadie la oyó decir eso. Ni ninguna cosa más. Porque al amanecer la encontraron muda, muerta en español.

Rigor Mortis, Pablo Martín Sánchez

Llevaba unos tejanos rotos y una camiseta naranja con un dibujo del Pato Donald. Por eso me sorprendió cuando apareció en mi cuarto y me dijo:

Hola, soy la Muerte.

Había que ganar tiempo como fuese, así que respondí lo primero que me pasó por la cabeza:

Perdona, pero estás muy equivocada: la Muerte soy yo.

Se quedó de piedra, desconcertada, como intentando evaluar si a ella también le habría llegado la hora. Posó su mirada sobre mi pijama azul con dibujos del Tío Gilito y pareció entenderlo todo, porque inmediatamente respondió:

Lo siento, lo siento de veras… Debe de tratarse de algún error. Revisaré mis archivos…

No importa, no importa —le dije con una amplia sonrisa mientras la acompañaba tranquilamente hacia la puerta de salida—. Otra vez será.

Musitó una nueva excusa y desapareció por el hueco de la escalera. Entonces cerré rápidamente la puerta y corrí hacia el armario de mi cuarto. Saqué la escopeta de caza y me aposté en la ventana que daba a la calle. En cuanto vila camiseta naranja salir del portal disparé dos veces. Y antes de que cayera al suelo le grité:

¡Nunca me han gustado los cargos vitalicios!

Jódete”, pensé mientras cerraba la ventana. “Por lo de mi tío Anselmo.” Entonces volví tranquilamente al armario, dejé la escopeta y empecé a buscar entre mis ropas. Una camisa floreada y unas bermudas a rayas me parecieron la combinación ideal para mi nuevo cargo. “Lo importante es pasar desapercibida”— me dije observándome en el espejo.

Salí a la calle y me puse a trabajar, pensando ya en las vacaciones.

La muerte, Arthur Schopenhauer

La muerte es el genio inspirador, el Muságetas de la filosofía… Sin ella difícilmente se hubiera filosofado.

Nacimiento y muerte pertenecen igualmente a la vida y se contrapesan. El uno es la condición de la otra. Forman los dos extremos, los dos polos de todas las manifestaciones de la vida. Esto es lo que la más sabia de las mitologías, la de la India, expresa con un símbolo, dando como atributo a Siva, el dios de la destrucción, al mismo tiempo que su collar de cabezas de muerto, el linga, órgano y símbolo de la generación. El amor es la compensación de la muerte, su correlativo esencial; se neutralizan, se suprimen el uno al otro. Por eso los griegos y los romanos adornaban esos preciosos sarcófagos que aún vemos hoy con bajorrelieves figurando fiestas, danzas, bodas, cazas, combates de animales, bacanales, en una palabra, imágenes de la vida más alegre, más animada, más intensa, hasta grupos voluptuosos y hasta sátiros ayuntados con cabras. Su objetivo era, evidentemente, llamar la atención al espíritu de la manera más sensible, por el contraste entre la muerte del hombre, a quien se llora encerrado en la tumba, y la vida inmortal de la naturaleza.

La muerte es el desate doloroso del nudo formado por la generación con voluptuosidad. Es la destrucción violenta del error fundamental de nuestro ser, el gran desengaño.

La individualidad de la mayoría de los hombres es tan miserable y tan insignificante, que nada pierden con la muerte. Lo que en ellos puede aún tener algún valor, es decir, los rasgos generales de humanidad, eso subsiste en los demás hombres. A la humanidad y no al individuo es a quien se le puede asegurar la duración.Si le concediesen al hombre una vida eterna, la rigidez inmutable de su carácter y los estrechos límites de su inteligencia le parecerían, a la larga, tan monótonos y le inspirarían un disgusto tan grande, que para verse libre de ellos concluiría por preferir la nada.

Prueba de ello que la mayoría de los hombres, por no decir todos, están constituidos de tal suerte, que no podrán ser felices en ningún modo donde sueñen verse colocados. Si ese mundo estuviera exento de miseria y de pena, se verían presa del tedio, y en la medida en que pudieran escapar de éste volverían a caer en las miserias, los tormentos, los sufrimientos. Así, pues, para conducir al hombre a un estado mejor, no bastaría ponerle en un mundo mejor, sino sería preciso de toda necesidad transformarle totalmente, hacer de modo que no sea lo que es y que llegue a ser lo que no es. Por tanto, necesariamente tiene que dejar de ser lo que es. Esta condición previa la realiza la muerte, y desde este punto de vista concíbese su necesidad moral.

Ser colocado en otro mundo y cambiar totalmente su ser, son en el fondo una sola y misma cosa.

Una vez que la muerte ha puesto término a una conciencia individual, ¿sería deseable que esta misma conciencia se concediese de nuevo para durar una eternidad? ¿Qué contiene la mayor parte de las veces? Nada más que un torrente de ideas pobres, estrechas, terrenales y cuidados sin cuento. Dejadla, pues, descansar en paz para siempre.

Parece que la conclusión de toda actividad vital es un maravilloso alivio para la fuerza que la mantiene. Esto explica tal vez la expresión de dulce serenidad difundida en el rostro de la mayoría de los muertos.

No conocemos mayor juego de dados que el juego del nacimiento y de la muerte. Preocupados, interesados, ansiosos hasta el extremo, asistimos a cada partida, porque a nuestros ojos todo va puesto en ella. Por el contrario, la Naturaleza, que no miente nunca; la Naturaleza, siempre fresca y abierta, se expresa acerca de este asunto de una manera muy diferente. Dice que nada le importa la vida o la muerte del individuo, y esto lo expresa entregando la vida del animal y también la del hombre a menores azares, sin hacer ningún esfuerzo para salvarlos. Fijaos en el insecto que va por vuestro camino; el menor extravío involuntario de vuestro pie decide su vida o su muerte. Ved el animal de los bosques, desprovisto de todo medio de huir, defenderse, engañar, ocultarse, presa expuesto al primero que llegue; ved el pez cómo juega, libre de inquietudes, dentro de la red aun abierta; la rana, a quien su lentitud impide huir y salvarse; el ave que revolotea a la vista del halcón que se cierne sobre ella y a quien no ve; la oveja espiada por el lobo oculto en el bosque: todas esas víctimas, débiles, inertes, imprudentes, vagan en medio de ignorados riesgos que a cada instante las amenazan. La Naturaleza, al abandonar así, sin resistencia, sus organismos, no sólo a la avidez del más fuerte, sino al azar más ciego, al humor del primer imbécil que pasa, a la perversidad del niño, la Naturaleza expresa así, con su estilo lacónico, de oráculo, que le es indiferente el anonadamiento de esos seres, que no puede perjudicarla, que nada significa, y que en casos tales tan indiferente es la causa como el efecto…

Así pues, cuando esta madre soberana y universal expone a sus hijos sin escrúpulo alguno a mil riesgos inminentes, sabe que al sucumbir caen otra vez en su seno, donde los tiene ocultos. Su muerte no es más que un retozo, un jugueteo. Lo mismo le sucede al hombre que a los animales. El oráculo de la Naturaleza se extiende a nosotros. Nuestra vida o nuestra muerte no la conmueve y no debiera emocionarnos, porque nosotros también formamos parte de la Naturaleza.

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¿CÓMO SE LAS APAÑA USTED CON LOS ALEMANES?, MARIUSZ SZCZYGIEL

¿Qué tal le van las cosas?—le pregunta la periodista Milena Jesenská a un campesino en las inmediaciones de SIany.

Pues tengo sembradas las patatas, también el centeno…La primavera fue fría pero el centeno creció milagrosamente, está precioso. A lo mejor arranco dos manzanos viejos del huerto y planto nuevos. La pata ya tiene patitos, ¡vaya usted a verlos con sus propios ojos, son como de peluche! Ese lilo hay que podarlo un poco para que no se seque y para que el jardín se ponga este año bien bonito —contesta el campesino.

Pero ¿y cómo se las apaña usted con los alemanes? —Jesenská no se da por vencida.

Bueno, pues ellos se pasean y yo trabajo —responde tranquilamente el campesino.

¿Y no tiene miedo a nada?

¿Y a qué debería tenerlo ?—reflexiona y replica de inmediato—. Además, señorita, la gente sólo muere una vez. Y si se muere uno un poco antes, pues más tiempo que se está muerto.

 

Día de guerra común, Adisa Bašić

376508_323418421004021_654921850_nabrir tus ojos. levantarse.

despertarlo.

prepararlo para la línea del frente

darle una rutinaria despedida, sin llorar

traer agua

tomar un baño

preocuparse acerca del período perdido

depilarse las cejas

leer el mismo libro por quinta vez

aguzar tus oídos para los disparos en dirección donde el monta guardia

irse en búsqueda de harina

correr a través de las calles

escuchar una explosión

sentir el soplo del metal o la piedra

recostarse

tocar tu herida con tus dedos

lamer sangre

acostarse un largo tiempo

no llorar

abandonar

abrir tus ojos. levantarse.

 

Pasajero, Miguel Ángel Carmona del Barco

Homeward Bound, 8/17/03, 11:17 AM, 16C, 8336x11804 (394+102), 150%, None 14 bit,  1/10 s, R69.0, G53.7, B68.6

Me quedan seis meses de vida y voy al hospital a ver si subo a doce. Es un doble o nada, así que en el bolsillo llevo mi cepillo de dientes: mi cicerone en este descenso a los infiernos.

No se puede estar más solo en el mundo. Cuando uno llega a este punto, hasta la muerte hace compañía. O por lo menos la idea que tenemos de ella, que a lo mejor está muy equivocada. Yo la veo llegar con cuerpo humano, no como una bruma ni una energía extraña. La personalización de la muerte, según el psicólogo del hospital, es una forma de aceptación, pero a mí la palabra aceptación me da más miedo que la muerte.

No quiero hablar de lo que era. Lo que soy es suficiente prueba de ello. Quien sepa leer entre líneas tendrá una visión de mi pasado sin censurar.

Ya no me alegro de las desgracias ajenas e incluso siento cierta satisfacción al pensar en que hay gente feliz. Según el psicólogo, eso es buena señal. Por lo visto mi puta humanidad va a revertir la metástasis. No hay buenas señales para un muerto o, al menos, ningún vivo puede tener los suficientes cojones para decírtelo a la cara.

Sin embargo, es una buena señal. Señal de que voy a morir menos empachado de rencor, de sentimiento de culpa, de bilis, menos vacío.

Peruanos, rumanos, moros, cameruneses; no hay ni un puto español en todo el vagón y, el único que hay, se está muriendo. Ése es el retrato de este país podrido. También eso ha cambiado. Desde que sé que me muero, estas almas en pena me producen cierta compasión, cierta empatía; los miro a los ojos y veo hijos, padres, madres, y no tengo los mismos huevos que antes para decir que se mueran en el mar o que los maten por el camino. A veces lloro cuando los veo en familia: educan a sus hijos como humanos y no como animales. Es como si toda la pureza de la vida me hubiese sido ocultada y me estallara ahora delante de mis ojos recién abiertos. También le dije esto a mi psicólogo, y el hijo de puta se rió. Sé que pensó: «¡coño, qué pena que te mueras ahora!»

Casi todos los que estábamos dentro ahora estamos fuera. Mi oreja está en algún lugar de la estación, junto a la pierna de la peruana que se sentaba a mi lado y, probablemente, también junto a algún que otro brazo o hígado rumano y moro. Estoy intentando reunir las fuerzas suficientes para levantarme y pasear por entre mis compañeros de futuro. Lo consigo trastabillando. Una mano me agarra el tobillo y tiro instintivamente para librarme, pero no me resulta fácil. Pido por favor que al final del brazo haya un cuerpo y, unido a ese cuerpo, una cabeza. Es la peruana. Está blanca y tranquila, tumbada como si se hubiera echado a morir. Me agacho. Me acaricia la cara con una mano extrañamente cálida aunque, en realidad, es mi sangre que mana de alguna brecha la que extiende por mi mejilla.

Amor mío, me dice.

Yo le cojo la mano y se la aprieto.

¿Eres tú? —me pregunta.

Asiento mientras abarco nuestras manos con la que me queda libre.

¿Viste cómo lo conseguí? Decías que no, que yo no valía para esto ni para nada. ¿Viste cómo te equivocabas?

Lo sé; me equivoqué —le contesto. En ese momento yo soy quien ella quiera y ella es quien es. Cualquier combinación, por absurda que parezca, es más deseable y completa que mi vida real—. Pero lo conseguiste, ¿eh?

Ella sonríe y sangra por la boca. El trozo de pierna que aún se mantiene en su lugar convulsiona y ella respira entrecortado. Yo le aprieto tanto la mano que escucho crujir sus huesos.

No me dejes —le pido.

Te estaré esperando, mi amor —me dice mientras cierra sus ojos castaños.

Me tumbo junto a ella y miro el techo de la estación. Escucho los gritos, las sirenas y un gran estruendo de teléfonos móviles, como pájaros en bandada. Sueño con levantar el vuelo y marcharme con ellos. Es extraño y contradictorio. Ahora morir es secundario. Me siento vivo y es todo cuanto tengo. En la explosión perdí mi cepillo de dientes.

Un pasaje a la India, Oliver Sacks

free-wallpaper-12Bhagawhandi P., una muchacha india de diecinueve años con un tumor maligno en el cerebro, fue admitida en nuestra institución en 1978. El tumor (un astrocitoma) se había manifestado por primera vez cuando tenía siete años, pero por entonces era de escasa malignidad y estaba bien delimitado, lo que permitió una resección completa y una recuperación completa de la función, y Bhagawhandi pudo volver a hacer vida normal.

Esta tregua duro diez años, durante los cuales vivió una vida plena, con una plenitud agradecida y consciente, porque sabía (era una chica inteligente) que tenía una “bomba de tiempo” en la cabeza.

El tumor volvió a aparecer a los dieciocho años, mucho más expansivo y maligno ya. No era posible además extirparlo. Se efectuó una descompresión para permitir que se expandiera… y fue así, con debilidad y parálisis del lado izquierdo, con ataques esporádicos y otros problemas, como ingresó en nuestra institución.

Al principio se mostró bastante animosa, parecía aceptar plenamente el destino que le aguardaba, pero deseaba aún relacionarse y hacer cosas, disfrutar y experimentar mientras pudiese. A medida que el tumor iba creciendo y avanzando hacia el lóbulo temporal y la descompresión empezaba a hincharse (le administramos esteroides para reducir el edema cerebral) los ataques se hicieron más frecuentes… y más extraños.

Los primeros ataques habían sido convulsiones de grand mal, y siguió teniendo ataques de este tipo de vez en cuando. Los nuevos tenían un carácter completamente distinto. No perdía la consciencia, sino que parecía (y se sentía) como “ensoñando”; y era fácil apreciar (y confirmar con electroencefalograma) que había pasado a tener ataques del lóbulo frontal frecuentes, que, como nos enseñó Hughlings Jackson, suelen caracterizarse por “estados de ensoñación” y “reminiscencia” involuntaria.

Esta ensoñación vaga adquirió pronto un carácter más definido, más concreto y más visionario. Adquirió la forma de visiones de la India (paisajes, aldeas casas, jardines) que la muchacha reconocía inmediatamente como lugares que había conocido y amado de niña.

-¿Y eso te molesta? -le preguntamos-. Podemos cambiar la medicación.

-No -dijo con una plácida sonrisa-. Me gustan esos sueños… me llevan otra vez a casa.

A veces aparecía gente, normalmente de su familia o vecinos de su aldea natal; a veces se hablaba, o se cantaba o se bailaba; en una ocasión estaba en la iglesia, en otra en el camposanto; pero en general eran las llanuras, los campos, los arrozales próximos a la aldea, y las montañas bajas y suaves que se alzaban en el horizonte.

¿Eran sólo ataques del lóbulo temporal? Esto parecía en un principio, pero luego empezamos a estar ya menos seguros; porque los ataques del lóbulo temporal suelen tener un formato bastante fijado: Una sola escena o canción, que se repite invariablemente, acompañada de un foco igualmente fijo en el córtex. Sin embargo los sueños de Bhagawhandi no tenían ese caracter fijo, desplegaban panoramas en cambio constante y paisajes que se disolvían ante sus ojos. ¿Estaba entonces intoxicada y alucinaba debido a las enormes dosis de esteroides que estaba recibiendo? Esto parecía posible, pero no podíamos reducir los esteroides… habría entrado en coma y se habría muerto en unos cuantos días.

Y una “psicosis de esteroides”, en caso de que fuese eso, suele ser desorganizada y agitada, mientras que Bhagawhandi estaba siempre lúcida, tranquila serena. ¿Podían ser fantasías o sueños, en el sentido freudiano? ¿O el tipo de locura-ensueño (oneirofrenia) que puede producirse a veces en la esquizofrenia? Tampoco podíamos estar seguros de eso; porque aunque había una especie de fantasmagoría, los fantasmas eran claramente recuerdos todos ellos. Se producían con conciencia y juicio normales, y no estaban evidentemente “hipercateterizados”, o cargados de impulsos apasionados. Se parecían más a ciertos cuadros, o poemas sinfónicos, unas veces felices, otras tristes, evocaciones, re-evocaciones, visitas de ida y vuelta a una niñez estimada y feliz.

Día a día, semana a semana, los sueños, las visiones, se hicieron más frecuentes, más profundos. No eran ya esporádicos, sino que ocupaban la mayor parte del día. La veíamos como arrebatada, como en un trance, los ojos cerrados a veces, otras abiertos pero mirando sin ver, y siempre con una sonrisa dulce, misteriosa en la cara. Si alguien se acercaba a ella o le preguntaba algo, como tenían que hacer las enfermeras, ella respondía inmediatamente, con lucidez y cortesía, pero se tenía la sensación, incluso entre el personal más prosaíco, de que estaba en otro mundo y de que no debíamos molestarla. Yo compartía ese sentimiento y, aunque sentía curiosidad, me resistía a indagar. Una vez, sólo una vez, le dije:

-¿Qué pasa, Bhagawhandi?

-Me estoy muriendo -contestó-. Me voy a casa. Regreso al lugar del que vine…sí, podríamos decir que es mi regreso.

Pasó otra semana y entonces dejó de reaccionar ya a los estímulos externos, parecía completamente encerrada en un mundo propio y, aunque tenía los ojos cerrados, aún seguía presente en su rostro aquella sonrisa serena y feliz.

-Está haciendo su viaje de regreso -decía el personal-. Pronto llegará allí.

Tres días después murió… ¿o deberíamos decir “llegó” después de completar su viaje a la India?

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Rebajas, José María Merino

Francesco Clemente
Francesco Clemente

Lleva muchos años trabajando en esos grandes almacenes, y ha ascendido ya a la jefatura de una sección.

Las fechas previas a las vacaciones son para todos los empleados un tiempo agobiante, acaso el más duro del año, pues les obliga a un esfuerzo mayor de lo habitual frente a los innumerables compradores. Las ventas ordinarias rematan con las ventas de rebajas, tras una jornada agotadora en que debe cambiarse el orden de los artículos, y sus precios.

Él vive los días de rebajas con una intuición de pesadilla ante esa aglomeración de gente a la que mueve un afán que parece angustioso, significativo acaso de una búsqueda que va mucho más allá del precio favorable o de la ganga.

Tal sensación de mal sueño surgió en él muchos años antes, pero hace solamente dos que se hizo más intensa, con la aparición de la Vieja Pálida, una anciana flaca, vestida con una gabardina pasada de moda, las manos en los bolsillos, el rostro lleno de arrugas, desvaído y cremoso el color de sus iris, una pañoleta oscura cubriendo sus cabellos. Era inevitable verla deambular con su andar lento entre los ansiosos clientes, ajena al bullicio, como si hubiese entrado allí por casualidad.

El segundo año, el primer día de rebajas, cuando volvió a aparecer la Vieja Pálida, él la recordó claramente, y su impresión de estar soñando se hizo más aguda ante el aspecto fantasmal de la anciana, que de nuevo recorría los pasillos con lentitud, entre el ajetreo y el nerviosismo de los buscadores de chollos, sin alterar su gesto severo ni su ademán hierático.

En aquella ocasión ya no pudo olvidarla, y la figura de la Vieja Pálida se convirtió en una referencia de las rebajas, una aparición que ponía una nota lúgubre en el entusiasmo consumista.

Esta vez, tras abrirse las puertas de los almacenes, ha penetrado la tromba agitada de la muchedumbre, y la Vieja Pálida está de nuevo ahí, vestida con su gabardina arcaica, las manos ocultas en los bolsillos y los ojillos adolecidos de una blancura triste.

Pero esta vez él se decide, venciendo su resistencia, y se acerca a la anciana. «¿Está usted buscando alguna cosa?», pregunta, y la anciana, con voz exhausta y chirriante, que parece provenir del lugar donde el tiempo no existe, responde: «Te estoy buscando a ti.»

Carta a mi padre, Josefina Estrada

screenshot_2015-05-14_at_10-41-49El sueño te dejó una sonrisa tranquila, apacible, de hombre justo. Quizás te fuiste feliz: por fin conseguiste tu mayor deseo. Yacías en tu cama cuando me despedí de ti. Toqué tus dedos. Necesitaba tocar la frialdad. Te besé en la frente helada y te di las gracias. Qué otra cosa podía ofrecerte, yo que me negué a darte lo poco que me pedías en tus últimos años, en tus últimos meses de agonía. Me pedías dinero. Me irritaba que supusieras que, porque tenía un flamante coche último modelo, podías acercarte como niño inoportuno a pedirme lo que fuera mi voluntad darte. Y yo me rebelaba: un padre no debe ser desvalido ni pordiosero. Y luego, al final, me pedías para cigarros, un refresco; yo te decía, lo sabes bien, que ya le había dejado a mi mamá. Ella me indicaba que no te diera dinero porque te salías a la calle a comprar cigarros y alcohol. Te escuché maldecir el encierro, la invalidez y —en secreto, entre dientes— me confiabas que te querías ir, que ya no aguantabas a mi madre ni sus regaños. Que te diera lo suficiente para comprar un pasaje y alquilar un cuarto para vivir lejos, muy lejos. Yo entendía que quisieras irte; conozco el deseo de soñar entre paredes extrañas y ajenas. También sabía que nunca estuviste a gusto en el mundo que te tocó vivir. Por eso huiste de él cuantas veces te fue posible. Presenciar cómo fuiste convirtiéndote en un niño enfermo y loco me obligó a despedirme de ti antes que realmente te fueras; viví tu muerte mucho antes de ese 26 de febrero.

Durante años dijiste que querías morirte porque ya habías cumplido, que tus hijas eran grandes y no te necesitaban. Es cierto que no hacían más falta tus esfuerzos por hacerme mujer de bien. Ni siquiera hoy podría saber para qué querría un papá que repetía, cada vez que podía, las mismas hazañas. Era imposible hacerte cambiar o enriquecer la sabida historia. Las hijas casadas ya no necesitan de su padre. Las mujeres quieren un papá cuando son niñas, y yo no te recuerdo en mis primeros años.

Fue más tarde, cuando estuvimos juntos todas las mañanas, largos sábados y tardes dominicales en casa. De los ocho a los quince años sí tuve papá. Al hombre que me compró un par de zapatos de charol azul claro. Allí estabas, como ángel guardián, detrás de mí, con tu enorme bolsa de periódicos y revistas echadas al hombro mirándome. Caprichosa y exigente, nada me conformaba. Muchos sábados me diste el gusto de comprarme zapatos aunque no los necesitara, porque se me había antojado estrenar el domingo. Con tu gesto festivo y cómplice recorríamos la avenida Jalisco, de principio a fin, hasta encontrar el par que me hiciera feliz.

Había dejado de ser la hija de un teporingo para convertirme en la niña de papá que podía comprar latas de chocolate Exprés y bolsas de dulces. Esos años fuiste mi héroe, habíamos salido de la miseria para vivir una pobreza digna. Podíamos darnos el lujo de comer tres veces al día sin que mi mamá se tronara los dedos y la espalda. También eras el papá guapo. De nariz hermosamente perfilada y de frente amplia. De sonrisa fácil. Y dueño de unos ojos que sabían mirar a profundidad. Tu sabiduría la delatabas en esas silentes miradas que podían traspasar el alma. Era una de tus jactancias: “Me basta una mirada para calibrar a la gente. De un vistazo sé reconocer a una persona instruida, respetuosa, de un hijo de la chingada por muy leído que sea. A mí ningún licenciado va a venir a decirme cómo es la vida. La vida no se enseña en la escuela”. Pero en esa afirmación te contradecías: a tus siete hijos les diste educación, decías que era la única herencia que nos dejabas. Y yo me la creí: he ido acrecentando la fortuna.

Por eso, insisto, de qué podría servirme un padre que quería morirse desde antes que yo naciera. Por esa gana te perdiste en el alcohol los primeros siete años de mi vida. Y cuando cumplí quince, el día de la fiesta volviste a tomar y tus etapas alcohólicas se harían cíclicas. Mis dos hermanas y yo lloramos, en medio del estruendo del conjunto musical. Yo lloraba porque recordé las miserias de la colonia Capulín, tu olor de muerto en vida. Se hizo presente mi odio por ese señor que decían era mi padre, pero era mi vergüenza. En mi lujosa fiesta de quince años recordé a la niña que rezaba y rogaba a Dios por tu muerte y te llevaras ese olor de carne podrida. Quién quiere un padre amarillento, tembloroso. Quién necesita un padre que permite que sus hijas vivan entre ratas y aguas que se desbordan, que convierten las mesas en lanchas.

Pero luego, cuando me rescataste de la servidumbre, dejé de ser la hija de la sirvienta para convertirme en tu hija la mayor; te quise tanto… Me gustaba estudiar para que me regalaras las alhajas que guardabas en tu cajón de bolear. De ahí escogí una esclava de oro, con un elefantito; un anillo de graduación con una alejandrina roja. Un reloj plateado, con brillantitos en la carátula; aretes, medallas, pulseras, prendedores… Lo que mi gana eligiera. Yo escogía las fechas de entrega: el día de mi santo, mi cumpleaños, cuando trajera la boleta, cuando saliera en una ceremonia, cuando pasara año… Y en todo me complacías. Luego me cansaba de alguna joya y te pedía que me la cambiaras.

Me entretenía mucho vendiendo periódicos, mirándote bolear zapatos, escuchando la plática que entablabas con los clientes, generalmente de política; no entendía cómo podía interesarte asuntos tan lejanos a tu vida diaria, en qué podían afectarnos los enjuagues de los gobernantes. Me encantaba observar a la gente que llegaba a venderte o empeñarte alhajas, monedas, plumas, relojes… A veces sospechaba que eran robados, pero no me alteraba mayormente porque tú los estabas comprando; los otros se los habían robado. No obstante, a veces llegaron agentes secretos, bien trajeados, a extorsionarte; tampoco era muy grave porque otros judiciales te traían lujosas prendas: esclavas y medallas de hermoso labrado o relojes de oro. Mucha gente iba a comprarte, pero nadie se llevaría lo que yo había escogido. Y ganabas, según me decías, el doble en cada venta. Generalmente, te alejabas de mí para que no escuchara las transacciones. Pero alcanzaba a ver el nerviosismo de los vendedores por conseguir un pago rápido; a ti te gustaba dilatar el cierre de la operación.

Ya en la preparatoria, unos agentes no aceptaron tu cuota y te encarcelaron. Mi madre pidió un fuerte préstamo en la Unión de Voceadores y, frente a mí, les entregó esa cantidad. Pocas veces he sentido tanta furia; si el odio matara, ese par de agentes hubieran caído acribillados. La fuerza letal de mi mirada los hizo reparar en mí. Acostumbrados, hicieron un gesto de quien se quita una basurita del saco mientras seguían contando los billetes. Tiempo después, alguien violó la puerta de la caseta de periódicos donde guardabas tu tesoro, tu cajón de bolear, y ya no volviste a vender ni comprar.

No sé por qué me vienen estos recuerdos, pero si los escucharas, nada me responderías; mucho menos, abundarías. Quizás sólo dirías “todo lo hice para darles una educación, para que ningún cabrón se sintiera con el derecho de ponerles la mano encima. Para que manden a chingar a su madre a cualquier güevon que les quiera ver la cara. Todas ustedes nacieron con buena cabeza, como su padre; no fui a la escuela, pero tampoco me hizo falta. Ya puede llevarme patas de catre; ustedes ya son unas mujeres instruidas. A ver, díganme, quién iba a creer que un briago como yo iba a sacar adelante a tanta mujercita. Por eso dejé el vicio, cuando vi que su madre se podía largar con cualquier tarugo y mis niñas iban a terminar vendiendo chicles o exponiéndose a que se las robaran. Fue entonces cuando pensé con esta inteligencia que Dios me dio, y me dije: Ya compórtate y atiende a tus hijas, ahora que están chiquitas. Esta cantaleta, papá, te la escuchamos miles de veces, en tu juicio o borracho. Cualquier conversación contigo, más allá de la media hora, iba a desembocar en la hazaña de tu vida: ser abstemio por siete años.

Estabas orgulloso de que, a pesar de tus severas recaídas, seguiste trabajando de sol a sol, bajo la lluvia y los vientos. Entre las cosas que me enseñaste y, nunca te dije, es que aprendí a leer el cielo, a reconocer a qué hora iba a llover. En infinitas ocasiones he cerrado la puerta y detrás de mí se ha desatado la tormenta. Mi conocimiento viene de incontables días plomizos que vivimos juntos. Veías acercarse el agua y calculabas cuántos minutos tardaría en llegar la lluvia. De acuerdo con la negrura y la fuerza de los vientos sabías si sería llovizna, chubasco o una interminable tormenta. Y entonces tomabas las provisiones del caso. Teníamos que poner los hules sobre las revistas. Muchas veces llegaste a toda carrera, regañándome porque en qué estaba pensando, qué hacía que no miraba que ahí venía el agua. Seguramente estaba leyendo, qué otra cosa podía hacer. No eran elegantes tus reclamos; jamás lo fueron. Seguro me habrás dicho: ¡A ver a qué hora, jijos de la chingada, vas a poner lo hules! Corrías agarrándote el mandil del cambio. No era extraño ver rodar las monedas, romperse los ganchos de madera, subir a toda prisa las cajas de cartón en la parrilla, digamos, el palito de la letra A del puesto. Las tormentas me gustaban porque me subía a la parrilla y podía dormir o leer, si la luz lo permitía, o asomarme a ver caer el agua. Era encantador no estar al pendiente de la venta ni de la gente que robaba revista ni del viento que las arrebata y las ponía volar a lo largo y ancho de la avenida. Lo molesto era recoger, guardar la revista bajo la anochecida lluvia. Por supuesto, se caía y se mojaba, y tú te encabronabas. Que mis pies chapotearan y se helaran te tenía sin cuidado; a mí también, la verdad; lo importante era salvaguardar las revistas. No tanto los periódicos, que eran baratos y, para esas horas, ya no se vendían.

Era feliz, papá, y espero que lo hayas sabido. Las niñas no saben ocultar la dicha. A quién no le gusta sentir el sol, los árboles, las rosas, el agua de la fuente de la alameda mientras su padre trabaja y gana dinero para su familia. Adoré a ese padre. Me enamoré de su nariz. De sus torpes caricias y de sus tontas palabras cargadas de afecto. “Chata cara de perro”, me decías. No me ofendía, es grata la nariz fresca de un perro. Era tu manera de decirme que me querías. Una de las muchas formas en que me trasmitiste tu amor huraño, hosco. Todo tú eras elemental, sin pulir, áspero, como piedra preciosa.

En tus últimos años, papá, resurgió la niña que no quería a ese papá enfermo, agobiado por los estragos del alcohol, de los golpes y derrames internos. No recé para que te murieras. No deseaba tu muerte, pero fue lo mejor que pudo haber sucedido. Ya no querías la vida, tus niñas ya tenían hijos, y tus nietos te sostuvieron un año. Y a mí me sirvió para decirte adiós en silencio.

Mientras te miraba tendido en tu cama, muerto por primera vez, mi hijo, vestido de negro, me abrazaba y escuchaba latir su corazón. Mi esposo estaba trabajando, como buen padre, como buen marido. Mi niña estaba en la escuela. Así es la vida, papá. Y ya lo sabías.

P.D. Cada día 26 te recuerdo y entiendo el mensaje que me envías. Sé que las vivencias de esos días son el muestrario de las josefinas que soy, que no puedo dejar de ser. Perdona mi soberbia de mujer instruida, así me soñaste. Gracias, papá, por darme la vida. La que pudiste darme.