El sonido del guijarro, el sonido del bambú, Taisen Deshimaru

Un día en que Kyogen barría el jardín delante de la ermita, rodó un pequeño guijarro de la montaña y fue a golpear un bambú. Por este sonido, se despertó y obtuvo el perfecto satori. En el Rinzai se dice que el satori llega repentinamente. Pero ¿qué es el satori? Antes de esta experiencia Kyogen abrigaba siempre una duda. Día tras día, no estaba satisfecho. Su maestro Issan le decía:

—Usted es inteligente pero ha leído demasiados sutras. ¡Su inteligencia del Zen proviene de la memoria de los sutras! Usted no puede obtener el shiho. Intente volver a la época de su nacimiento, cuando no podía comprender en qué dirección estaban el este y el oeste, y venga a hablarme de ello.

Después de esto, Kyogen quemó todos sus libros, sus sutras, sus cuadernos y lloró. Dejó el dojo de su maestro, entró en la montaña y vivió solitario. Hizo zazen sólo durante un año, dos años. Un día, al oír el sonido del bambú quebrado por una piedra, se despertó totalmente y sus dudas se disiparon: “Hasta hoy era estúpido”. Compuso un poema:

Por un golpe, por el sonido de un guijarro,
Por el sonido del bambú,
He olvidado todo. He terminado con las ideas
que llenaban mi espíritu.
Mis complicaciones se han acabado.

Hizo sampai en dirección a su maestro, Issan, y quemó incienso. Envió el poema a su maestro, el cual dijo:

—Este muchacho, mi discípulo, ha comprendido. Y le acordó el shiho. Daichi compuso un poema sobre esta historia:

Por el sonido de un pequeño golpe
Olvidó todo su saber.
No quedó nada de él.
El vacío total.
Pero su satori no dependía de su cerebro.
No fue repentino.
No lo obtuvo por el bambú, ni por el viento.

No hay que decir que obtuvo el satori en ese único instante. No fue repentino.

Yo soy el Diego, Diego Armando Maradona

Siempre, siempre, mi mayor orgullo fue jugar en el Seleccionado. Siempre, por más millones de dólares que me pagaran en el club que estuviera. Nada de nada era comparable, nada. Porque el valor del Seleccionado no se compara con la plata, se compara con la gloria. Y esto me encantaría que se lo metieran en la cabeza los chicos de hoy y los chicos de mañana: no podemos regalar la mística del futbolista argentino y la camiseta celeste y blanca. Aunque lamentablemente se esté perdiendo. Porque hubo una Copa América en Paraguay, en 1999, y fue necesario hacer una encuesta para saber quién quería venir, quién no… ¡Quién quería venir! Ahí, en este detalle, está la confirmación de que la mística se rompió. Aunque Grondona diga que no, aunque Bielsa quiera dibujarlo, aunque los jugadores expliquen, aunque los representantes justifiquen, aunque los periodistas interpreten. La mística… la mística se rompió. Y eso me jode, como pocas cosas en mi vida futbolística.

Y así como yo me puedo sentir dolido, lo mismo pueden decir los Ruggeri, los Pumpido, los Olarticoechea, los Giusti, los Goycochea. Con ellos nos reuníamos para luchar por la Selección, y si alguno avisaba que estaba lesionado, o algo, lo llamábamos y le decíamos: “¡Vení igual, vení igual!”. Ojo, no es que somos o éramos ejemplos: simplemente, éramos conscientes de que la Selección nos necesitaba… ¡No hay cansancio, no hay cansancio! Vos estas representando al país, ¡es el orgullo más grande que podes tener! Esto era lo que se decía, lo que se repetía en aquellas reuniones: “¿Te tiró? Vení igual, vení igual”, lo llamábamos entre todos al que sea y lo hacíamos venir igual, aunque no jugara.

Por eso a mí me encantaba ser capitán. Porque me permitía enfrentar, con poder, a quienes nos querían imponer cosas, cosas que iban en contra de los futbolistas. Y no creo que haya un solo jugador, ni un compañero mío, que pueda decirme: Hiciste las cosas mal, no me defendiste bien. Y yo me enfrenté a Grondona, a Blatter, a Havelange, a Macri… Quizás con un vocabulario futbolístico y no político, y eso me costó un montón de cosas. Pero el resultado, el resultado lo vale. Yo creo que hoy me paro en la Torre Eiffel, pego un grito y tengo alrededor mío a todos los jugadores del mundo. Porque me lo dijo Cantona, me lo dijo Weah, me lo dijo Stoitchkov: Nosotros somos parte de la Asociación de Futbolistas Mundiales y vos sos el presidente. Ése es el orgullo más grande que tengo yo.

Y esto es lo que pretendo que se entienda: no puedo aceptar que no se sumen a la Selección porque están cansados, porque están lesionados, porque los clubes que los contrataron les pagan millones de dólares, porque…. ¡Los brasileños juegan setecientos mil partidos por año y están siempre! No sé, me da la impresión que ahora los brasileños agarraron la mística nuestra: Rivaldo juega el domingo para el Barcelona, viaja a Tailandia y hace un gol para Brasil, vuelve y se planta contra el Real Madrid, juega la Copa América, se rompe el culo por sus, ¡por sus! camisetas… O sea, yo digo: ¡Viva Rivaldo! Eso hacíamos antes los argentinos, ¡eso hacía yo!

Algo de eso, ahora, se rompió. Y yo no le echo la culpa a los representantes, ¡no le echemos más la culpa a los representantes! Acá, los únicos culpables somos los jugadores. Y esto mismo lo dije yo en una charla, en Futbolistas Argentinos Agremiados: “Para tomar decisiones no se necesita tener a un Maradona de 20 años… Basta con no transar, ¡no transar y sí unir!”.
Por eso acepto ahora reunirme con Joseph Blatter, el presidente de la FIFA, para defender los principios del jugador de fútbol, ¿eh?, no para entregarme a Blatter. Porque si no estaría entregando veinticinco años de trayectoria, y no sólo adentro de la cancha: veinticinco años pensando que el jugador de fútbol es lo más importante, lejos, en este negocio. Y ésta es una gran verdad que nadie me puede refutar: a los técnicos los hacemos los jugadores, a los dirigentes los hacemos los jugadores.
Pero, por decir cosas como éstas, el poder no me perdonó. Yo lo viví, lo sigo viviendo todavía y lo tengo asumido.

Lo que no lograron fue cambiar mi vida. Que por ahí la hice bien o por ahí la hice mal, pero la hice yo. A mí no me diagramó Menotti, no me diagramó Bilardo, no me diagramó Havelange, no me diagramó Blatter, no me diagramó Menem, no me diagramó De la Rúa. A mí nadie me regaló la plata; me la gané yo, corriendo detrás de la pelota adentro de una cancha. ¿Mucha, demasiado? Por algo me la daban, el poder ganó mucho más gracias a mí. Por eso dependen de nosotros: si los futbolistas nos uniéramos, ¡mataríamos!

Los dirigentes de fútbol no saben nada del juego y nos han desplazado a los jugadores de un lugar muy importante. Están bien asesorados, estudiaron, consiguen los mejores sponsors y piensan más en Coca-Cola y en Hyundai que en los protagonistas. Yo lo sufrí cuando monté el Sindicato de Jugadores. Los Mundiales son riquísimos y los que hacemos el espectáculo recibimos puchitos, el 1 %. Ésta es una fábrica a la que le va cada vez mejor con obreros que aceptan todo.

Porque hoy, los futbolistas ganan mucha plata sin tanto esfuerzo, entonces no les importa tanto. Ganan veinte millones de dólares por nada, Saviola y Aimar valen ochenta millones de dólares, no la tocan en un Preolímpico y siguen valiendo lo mismo, Vieri pasa de un equipo a otro por más y más millones y no festeja un título. Entonces, claro, ¿qué van a pensar en la Selección? ¿Para qué? Si no la necesitan… Y no hay nadie que se les acerque y les diga: Mira, nene que si no jugás en la Selección y después no la tocas en tu club, pasas a ser un desastre, no vas a valer un carajo.
En cualquier momento van a decir que Saviola es un desastre, ¡y el pibe es un fenómeno! Pero tiene que triunfar en la Selección, tiene que aparecer alguien que reafirme las convicciones y que les diga.

Todo esto cambió desde que nos fuimos los viejos. Y no es porque nosotros hayamos sido más inteligentes ni nada, pero sí entendimos que teníamos que ser representantes de la gente, representantes del pueblo. Entonces nosotros, los representantes, cuando salíamos a jugar, pensábamos en la vieja, en el viejo, en el gomía, en el laburante, en todos… Y disfrutábamos como ellos cuando nos enterábamos de que iban a festejar los triunfos al Obelisco.

Yo quisiera que todo esto que digo se hiciera carne en los chicos del fútbol. Me encantaría ponerme al frente de los juveniles y decirles: “¿Vos venís de Rosario, pibe? Vení como sea, en tren, en colectivo, a dedo… Pero vení, después vemos. Jugate por la Selección que así te estás jugando por tu gente”.
Hoy, muchos partidos se definen en los escritorios. Y eso va en contra de los jugadores: yo pagué un precio muy alto por defenderlos, por reclamar que al mediodía no se podía jugar en México, y por denunciar corrupción, como en el ’90, donde la final tenía que ser Alemania-Italia. No tengo problemas en seguir pagando ese precio. Unidos, podríamos combatir las cosas malas que tiene el fútbol. Por ejemplo, los partidos digitados por los arbitros: en el ’90 rompían las pelotas con el Fair Play, con el Fair Play, y en el primer partido los camerunenses nos mataron a patadas. Y después, en la final, vino lo de Codesal, lo del referí… Porque un penal mal dado no tiene nada que ver con el juego limpio, ¿no?, eso creo yo por lo menos. Hay cosas que están digitadas y los arbitros tienen que ver: en un Mundial de fútbol, en lugar de pasar inadvertidos, lo deciden. ¡Y no puede ser! Hay montones de arbitros que han falseado resultados, que han inclinado la cancha para que al fin lleguen a la final los dos equipos que prefiere la FIFA. Como un ejemplo, nada más, basta acordarse de México ’86, cuando anularon aquel gol de Michel, cuando la pelota picó medio metro adentro, para que Brasil siguiera en carrera. El último Mundial, el de Francia ’98, fue un campeonato mediocre y digitado. De la Selección de Francia no me acuerdo de casi ninguno, y no porque no me interese. Pero se sabía, desde la inauguración, que la final tenía que ser Francia-Brasil.

Y en la Argentina, lo que mató a los arbitros fue la soberbia, ¡la soberbia! A mí me echó Javier Castrilli, un referí, nada más que un referí, jugando para Boca, contra Vélez, en el ’95, cuando lo único que fui a decirle fue: “¡Respeta a la gente!”. Y así todos, no te dejaban hablar. Ellos se escudan con eso de que no ganan lo que tienen que ganar. ¡Que se hagan profesionales en serio! Y que no se dejen influenciar, ni con las figuras, pero que tampoco vayan contra la gente, contra el espectáculo. Porque la gente va a ver a Maradona, va a ver a Francescoli, va a ver a Gallardo, y si ellos los echan, van en contra de la gente. Eso sí: se hacen famosos y después trabajan en la televisión. ¿Gracias a quién? Gracias a los jugadores, por supuesto.

Yo me arrepiento de no haber jugado más en la Argentina. Lamento que mi país no me haya podido retener, para batir los records en mi tierra, para jugar más partidos en la Selección y no escucharlos por teléfono desde Italia… Porque así lo hacía: jugaba Boca, jugaba el Seleccionado, y yo me colgaba de la línea para escucharlos. Creo que no es mi culpa, yo me tuve que ir a ganar la plata afuera.
Desde Italia, justamente, yo observaba un fenómeno, algo muy especial: en la Argentina, los maestros de las divisiones inferiores siempre fueron los grandes jugadores del pasado. Nenes como Pedernera, Grillo, Griffa, Gandulla, Pando, Sacchi. A grandes maestros, según mi humilde opinión, grandes alumnos. Bueno, eso en Italia no pasaba. Los ex campeones se volvían diputados, onorevoles, dirigentes, periodistas de radio y televisión, asesores del presidente. Pero ponerse el buzo y llenarse de tierra como lo hizo casi hasta los 80 años don Adolfo Pedernera… No, eso no. Bueno, mi temor es que en estos tiempos hayamos perdido esa mística. Y por eso mi obsesión es trabajar con los futbolistas.

En todo sentido, ¿eh?, en todo sentido. Digo esto porque me jode que todavía haya futbolistas que se nieguen a decir la verdad y no se animen a denunciar, por ejemplo, que hay técnicos que les piden plata para hacerlos jugar. ¡En la Argentina hay entrenadores que les sacan plata a los jugadores! ¡Yo lo sé y yo lo denuncio! Lo sé porque muchos me vinieron a ver a mí, para decírmelo.

Lo lamento, entonces, por aquellos futbolistas a los que yo voy a nombrar si es que me llaman a declarar en el juicio que hay contra Ramón Díaz. Pero sería más grande el castigo de no darle la posibilidad a los futbolistas del futuro de evitar que les sigan metiendo la mano en el bolsillo. Eso es corrupción. Tanta corrupción como cuando un entrenador del Seleccionado pone a un jugador en el equipo, aunque esté lesionado, para después venderlo a Europa. Y yo sé que eso pasó, lamentablemente.
Si volviera a nacer, le pediría a Dios que me dé lo mismo —porque me dio demasiado, realmente— y también la posibilidad de hacer todas las jugadas y los goles que divirtieron a los napolitanos, en mi país, en vivo, para los argentinos…

Estoy orgulloso de haber sido siempre fiel a mis convicciones, a mis virtudes y a mis defectos. Pero llego a los 40 años y puedo mirar de frente a todo el mundo. No cagué a nadie más que a mí mismo, no le debo nada a nadie más que a mi familia. Lucho por mi vida, cada día, y tengo a mis viejos al lado, tengo a mis amigos al lado, tengo a mi mujer, incondicional, tengo dos hijas que son tan alucinantes como siempre las soñé y tengo, con todo eso encima, el respeto del país que amo… Sí, pese a todo, tengo y disfruto el respeto de los argentinos.
Todo lo que cuento en este libro es verdad, lo juro por mis hijas. Traté de ser lo más honesto posible en todo. Conté cosas, seguramente me olvidé de muchas otras, pero el mensaje es uno solo: voy a seguir diciendo la verdad hasta los últimos días. No voy a transar porque no me gusta, no me gusta la injusticia.
Como les digo siempre a los que vienen y se quieren hacer los bananas conmigo: Pero, Diego, si vos… Al Diego, a mí, me sacaron de Villa Fiorito y me revolearon de una patada en el culo a París, a la Torre Eiffel. Yo tenía puesto el pantalón de siempre, el único, el que usaba en el invierno y en el verano, ese de corderoy. Allá caí y me pidieron, me exigieron, que dijera lo que tenía que decir, que actuara como tenía que actuar, que hiciera lo que ellos quisieran.
Y yo hice.
Yo… Yo hice lo que pude, creo que tan mal no me fue.

Sé que no soy nadie para cambiar el mundo, pero no voy a dejar que entre nadie en el mío a digitarlo. A manejarme… el partido, que es como decir digitar mi vida. Nadie me hará creer, nunca, que mis errores con la droga o con los negocios, cambiaron mis sentimientos. Nada. Soy el mismo, el de siempre. Soy yo, Maradona.

Michaela Knizova

Trabajo principalmente conmigo misma, con mi personalidad y con mi cuerpo, usando autorretratos para expresar mis intenciones artísticas. Mis temas a menudo se relacionan con historias olvidadas, llenas del simbolismo del cuento de hadas clásico y mitos populares nativos tradicionales.

Reinterpreto arquetipos, los traslado a los tiempos modernos y les doy una visión femenina

Andrea Mantegna

attribué à MANTEGNA Andrea vénitienne Fonds des dessins et miniatures

Andrea Mantegna, uno de los más grandes pintores del Quattrocento italiano, vino al mundo en 1431 en una pequeña localidad del Véneto entre Vicenza y Padua. De orígenes humildes, muy pronto quedaría huérfano, siendo criado por su hermano mayor y por Francesco Squarcione, pintor y coleccionista paduano a cuyo taller se incorporaría Andrea cuando tan sólo contaba con 10 años.

De la mano de Squarcione, el joven Mantegna iniciaría su formación clásica gracias a la influencia de su maestro dentro de los círculos humanistas de Padua; por aquel entonces, uno de los centros ilustrados más importantes del Renacimiento del norte de Italia. Allí, además de visitar Venecia, tendría la oportunidad de conocer de primera mano la obra de Donatello, Filippo Lippi y Paolo Uccello.

Con sólo 17 años y de una manera no del todo amistosa, rompería con Francesco Squarcione para establecerse por su cuenta, recibiendo entonces sus primeros encargos que le harían ganar una cierta reputación, lo que le serviría, en uno de sus viajes a Venecia, para unirse en matrimonio con una hija del reconocido pintor Giovanni Bellini.

A mediados de los años cincuenta, fue llamado a la corte de los Gonzaga en Mantua para sustituir a Pisanello como pintor de cámara, dedicando desde entonces la mayor parte de su vida al servicio de los diferentes mandatarios mantovanos que fueron sucediéndose: Ludovico, Federico y, sobre todo, Francesco.

Francesco Gonzaga retratado por Mantegna

Tras un breve periplo romano reclamado en 1487 por el Papa Inocencio VIII para una serie de encargos en el Vaticano, regresa a Mantua, donde se incorporaría al estudio de Isabella d’Este, esposa del Duque Francesco II Gonzaga y una de las más cultas damas humanísticas del Renacimiento Italiano, la cual, supo rodearse de los mejores pinceles del momento.

En 1506 y con nada menos que 75 años de edad, fallecería Andrea Mantegna en Mantua acuciado por problemas económicos ya que, durante los últimos años de su vida, sus encargos se resentirían considerablemente en favor de las novedosas aportaciones que, poco a poco, fueron introduciendo pintores de nueva generación.

Odilon Redon

LEF218180 Ecstasy, c.1885 (charcoal on buff paper) by Redon, Odilon (1840-1916)
charcoal on buff paper
49.5×37.5
Private Collection
© Lefevre Fine Art Ltd., London
French, out of copyright

Odilon Redon fue un pintor simbolista, nacido en Burdeos, Aquitania, Francia. Es considerado un pintor postimpresionista, dentro de la corriente del simbolismo, aunque también se le considera como uno de los precursores del surrealismo.

Tejal Patni

Style: “70’s look”

Style: “70’s look”

En mi fotografía intento combinar las influencias de mis películas favoritas el trabajo de los grandes directores de cine. Lo siento siempre presente en mi trabajo. He combinado influencias de películas, del trabajo de Tim Burton y Federico Fellini y los espectáculos de Broadway. No me gusta fotografiar aquello que se me muestra. Lo utilizo solo como una guía de trabajo.

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