Beatriz (Una palabra enorme), Mario Benedetti


Libertad es una palabra enorme. Por ejemplo, cuando terminan las clases, se dice que una está en libertad. Mientras dura la libertad, una pasea, una juega, una no tiene por qué estudiar. Se dice que un país es libre cuando una mujer cualquiera o un hombre cualquiera hace lo que se le antoja. Pero hasta los países libres tienen cosas muy prohibidas. Por ejemplo matar. Eso sí, se pueden matar mosquitos y cucarachas, y también vacas para hacer churrascos. Por ejemplo está prohibido robar, aunque no es grave que una se quede con algún vuelto cuando Graciela, que es mi mami, me encarga alguna compra. Por ejemplo está prohibido llegar tarde a la escuela, aunque en ese caso hay que hacer una cartilla mejor dicho la tiene que hacer Graciela, justificando por qué. Así dice la maestra; justificado.

Libertad quiere decir muchas cosas. Por ejemplo, si una no está presa, se dice que está en libertad. Pero mi papá está preso y sin embrago está en Libertad, porque así se llama la cárcel donde está hace ya muchos años. A eso el tío Rolando lo llama qué sarcasmo. Un día le conté a mi amiga Angélica que la cárcel en que está mi papi se llama Libertad y que el tío Rolando había dicho que era un sarcasmo y a mi amiga Angélica le gustó tanto la palabra que cuando su padrino le regaló un perrito le puso de nombre Sarcasmo. Mi papá es un preso, pero no porque haya matado o robado o llegado tarde a la escuela. Graciela dice que papá está en libertad, o sea está preso, por sus ideas. Parece que mi papá era famoso por sus ideas. Yo también a veces tengo ideas, pero todavía no soy famosa. Por eso no estoy en Libertad, o sea que no estoy presa.

Si yo estuviera presa, me gustaría que dos de mis muñecas, la Toti y la Mónica, fueran también presas políticas. Porque a mi me gusta dormirme abrazada por lo menos a la Toti. A la Mónica no tanto, porque es muy gruñona. Yo nunca le pego, sobre todo para darle ese buen ejemplo a Graciela.

Ella me ha pegado pocas veces, pero cuando lo hace yo quisiera tener muchísima libertad. Cuando me pega o me rezonga yo le digo Ella, porque a ella no le gusta que la llame así. Es claro que tengo que estar muy alunada para llamarle Ella. Si por ejemplo viene mi abuelo y me pregunta dónde está tu madre, y yo le contesto Ella está en la cocina, ya todo el mundo sabe que estoy alunada, porque si no estoy alunada digo solamente Graciela está en la cocina. Mi abuelo siempre dice que yo salí la más alunada de la familia y eso a mí me deja muy contenta. A Graciela tampoco le gusta demasiado que yo la llame Graciela, pero yo la llamo así porque es un nombre lindo. Sólo cuando la quiero muchísimo, cuando la adoro y la beso y la estrujo y ella me dice ay chiquilina no me estrjes así, entonces sí la llamo mamá o mami, y Graciela se conmueve y se pone muy tiernita y me acaricia el pelo, y eso no sería así ni sería bueno si yo le dijera mamá o mami por cualquier pavada.

O sea que la libertad es una palabra enorme. Graciela dice que ser un preso político como mi papá no es ninguna vergüenza. Que casi es un orgullo. ¿Por qué casi? Es orgullo o es vergüenza. ¿Le gustaría que yo dijera que es casi vergüenza? Yo estoy orgullosa, no casi orgullosa, de mi papá, porque tuvo muchísimas ideas, tantas y tantísimas que lo metieron preso por ellas. Yo creo que ahora mi papá seguirá teniendo ideas, tremendas ideas, pero es casi seguro que no se las dice a nadie, porque si las dice, cuando salga de Libertad para vivir en libertad, lo pueden meter otra vez en Libertad. ¿Ven como es enorme?

 

Desde el otro lado, Julio Cortázar


Volver sobre cosas ya escritas puede parecer demasiado fácil, pero en mi caso al menos siempre me ha sido más fácil inventar que repetir. Ocurre sin embargo que ciertas repeticiones, que prefiero llamar recurrencias, se me dan con la misma evidencia que diariamente nos da a todos la inevitable salida del sol. Y si esta cotidiana maravilla no nos asombra puesto que conocemos la relojería general del cosmos, hay otras repeticiones perceptibles en un dominio que ninguna ciencia ha explicado todavía, repeticiones que pertenecen a esos intersticios de lo habitual donde leyes que no son las de la física o la lógica se cumplen de una manera casi siempre inesperada. Todo esto para decir que anoche entré una vez más en esa zona de arenas movedizas y que trato ahora de contarlo para esos lectores a quienes también les pasan cosas así y no las desechan como meras coincidencias.

Hace años que conozco a Michel Portal y que admiro su prodigiosa capacidad de instrumentista. Usted le alcanza cualquier variedad de saxo, flauta, clarinete, fagote, trombón, quena, clavecín y hasta el difícil y secreto bandoneón, y Michel lo vuelve música, y qué música. Así, para abreviar la biografía, lo mismo se lo encuentra como solista en un concierto de la llamada música clásica (Brahms y Schumann no tienen secretos para él) o mezclado en la compleja telaraña de una obra de Stockhausen; pero apenas le queda un poco de tiempo libre, Michel arma un cuarteto o un quinteto de jazz y ahí es la entrega y la creación en libertad, la invención de quien pasa de un instrumento a otro con la gracia de, un gato Jugando con ovillos de lana. Ocurre que somos amigos, pero nos vemos apenas, andamos, por órbitas tan diferentes, cuando lo busco está en el Japón o viceversa, pero anoche descubrí que su grupo actuaba en una cave d e Paris y me largué para escucharlos y por lo menos charlar dos minutos con Michel es así como se vive en este siglo donde se ha perdido toda armonía entre el tiempo y nosotros, entre la Infinita variedad que nos rodea y nuestra cada vez menor disponibilidad para abrazarla, Señalo de paso es parte de este todo incomprensible que quisiera por lo menos insinuar que la víspera yo había estado a punto de ir a escuchar a Michel y que circunstancias nimias me obligaron a dejarlo para la noche siguiente.

Desde el fondo de la cave humosa y gótica y llena de pelos y de barbas y de hermosas criaturas de todo sexo, escuché a Michel y a su ?quinteto. Él me reconoció mientras disponía sobre una mesa los cinco o seis instrumentos que utilizaría, y me hizo un gesto de saludo. Tocó -tocaron- admirablemente, improvisando casi una hora sobre temas que se iban abriendo y multiplicando como un, follaje de árbol. El jazz no impide pensar (la improvisación tiene sus caídas inevitables y en esos huecos momentáneos uno se reencuentra y vuelve a su mundo mental); en algún momento me acordé de mi primer contacto con Michel en el festival de Avignon y de cómo en un café él me habla hablado de mi relato El perseguidor. Viniendo de un músico, y qué músico, su preferencia por ese cuento me había dado una de esas recompensas que justifican toda una vida, y mi manera de decírselo fue hablar largamente con él de Charlie Parker, el hombre Parker y no ya el personaje de mi relato. Su amor y el mío por la música del Bird nos hizo amigos para siempre.

Yo había pensado en todo eso escuchando a Michel, aunque nada hubiera de Charlie Parker en lo que se tocaba esa noche, y después llegó el intervalo y Michel cruzó la sala para encontrarse conmigo. Siempre un poco perdido, un poco en otra cosa, sentí que ahora estaba más allá que nunca de lo que la gente llama normal. Nos abrazamos, le dije de mi felicidad al escuchar su música. “No, no”, se defendió apretándome el hombro con una mano como si también yo estuviera a punto de convertirme en uno de sus instrumentos “No, esta noche es otra cosa, verte ahí y de golpe, de golpe…”. Nos mirábamos, yo esperaba sin saber qué. “Es increíble”, dijo Michel, “que estés aquí esta noche, Julio. Vengo de tocar en otra parte, estuve tocando con un saxo que me prestaron, un saxo increíble de viejo y gastado, con iniciales de nácar y una boquilla casi, inservible. Olía a incienso de iglesia, te das cuenta, tocar en él era..”. Su deslumbramiento y su angustia batallaron en un largo silencio, en sus ojos clavados en mi. “Adivina, Julio, adivina de quién era. No había nada que adivinar, la figura estaba cerrada, la maravilla cumplida. “El saxo del Bird”, dije, y Michel, que acaso había temido que en ese instante todo se viniera abajo, se apretó contra mí, feliz, como temblando. Supe que la viuda de Charlie Parker estaba en Paris, que ese saxo estaba destinado a un museo (hay uno muy simple y pobre y hermoso en Nueva York) y que las cosas habían girado y se habían ordenado para que esa tarde Michel pudiera tener entre las manos el saxo del Bird, acercar los labios a esa boquilla donde había nacido el prodigio de Out of Nowhere, de Lover Man, de tantos y tantos saltos a lo absoluto de la música, de eso que malamente yo había tratado de decir en El perseguidor.

Nadie, claro, se dio cuenta de lo que ocurría entre Michel y yo. Me quedé todavía un rato y me fui sin volver a verlo. Nos seguiremos encontrando aquí y allá, pero si no es así ya no importa. La figura se cerró anoche, eso que llaman azar juntó otra vez tanta baraja dispersa y nos dio nuestro instante perfecto fuera del tiempo idiota de la ciudad y las citas a término y la lógica bien educada. Ahora ya nada importa, realmente; anoche fuimos tres, anoche lo vimos junto a nosotros desde el otro lado.

Bienvenidos a Holanda, Emily Pearl Kingsley

A menudo me piden que describa la experiencia de criar a un niño con una discapacidad, que intente ayudar a la gente que no han compartido esa experiencia única a imaginar cómo se sentirían. Es así…

Cuando vas a tener un bebé es como planear unas vacaciones fabulosas en Italia. Compras un montón de guías y haces tus maravillosos planes. El Coliseo. El David de Miguel Ángel. Las góndolas de Venecia. Puede que aprendas algunas frases útiles en italiano. Es todo muy emocionante.

Después de meses de ansiosa anticipación, finalmente llega el día. Preparas tus maletas y allá vas. Varias horas más tarde el avión aterriza. La azafata viene y dice: “Bienvenido a Holanda”.

¿Holanda? – dices -. ¿Cómo que Holanda? Yo me embarqué para Italia. Se supone que estoy en Italia. Toda mi vida he soñado con ir a Italia.

Pero ha habido un cambio en la ruta de vuelo. Han aterrizado en Holanda y aquí se debe quedar.

Lo importante es que no te han llevado a ningún lugar horrible, asqueroso y sucio, lleno de pestilencia, hambruna y enfermedad. Simplemente es un sitio diferente.

Así que tienes que salir y comprarte nuevas guías. Y tienes que aprender una lengua completamente nueva. Y conocerás a un grupo entero de gente que nunca habrías conocido.

Simplemente es un sitio diferente. CaminaS a un ritmo más lento que Italia, es aparentemente menos impresionante que Italia. Pero cuando, después de haber estado un rato allí, contienes el aliento y miras alrededor, empiezas a notar que en Holanda hay molinos de viento. Holanda tiene tulipanes. Holanda tiene incluso Rembrandts.

Pero todo el mundo que conoces está muy ocupado yendo y viniendo de Italia y todos presumen muy alto de qué maravillosamente se lo han pasado en Italia. Y, durante el resto de tu vida, dirás “Sí, ahí era donde se suponía que yo iba. Eso es lo que había planeado.”

Y ese dolor nunca, nunca, nunca, se irá, porque la pérdida de ese sueño es una pérdida muy importante.

Pero si te pasas la vida quejándote del hecho de que nunca llegaste a Italia, puede que nunca tengas libertad para disfrutar de las cosas, muy especiales, maravillosas, de Holanda.

Pequeñas memorias, José Saramago

Junto a una de las puertas de los Almacenes Grandella un hombre vendía globos, y ya fuera porque lo había pedido (lo que dudo mucho, porque sólo quien espera que se le dé se arriesga a pedir), o quizá porque mi madre hubiera querido, cosa excepcional, hacerme un cariño público, uno de aquellos globos pasó a mis manos. No me acuerdo si era verde o rojo, amarillo o azul, o simplemente blanco. Lo que después pasó borraría de mi memoria el color que debería habérseme quedado pegado a los ojos para siempre, dado que era nada más y nada menos que el primer globo que tenía en todos los seis o siete años que contaba de vida, íbamos al Rossio, ya de regreso a casa, yo orgulloso como si condujera por los aires, atado con un cordel, el mundo entero, cuando de repente oí que alguien se reía a mis espaldas. Miré y vi. El globo se había vaciado, iba arrastrándolo por el suelo sin darme cuenta, era una cosa sucia, arrugada, informe, y los dos hombres que venían detrás se reían y me señalaban con el dedo, a mí, en esa ocasión el más ridículo de los especímenes humanos. Ni siquiera lloré. Solté la cuerda, agarré a mi madre por el brazo como si fuese una tabla de salvación y seguí andando. Aquella cosa sucia, arrugada e informe era realmente el mundo.

Cómo escribo, Italo Calvino

 

Escribo a mano y hago muchas, muchas correcciones. Diría que tacho más de lo que escribo. Tengo que buscar cada palabra cuando hablo, y experimento la misma dificultad cuando escribo. Después hago una cantidad de adiciones, interpolaciones, con una caligrafía diminuta.

Me gustaría trabajar todos los días. Pero a la mañana invento todo tipo de excusas para no trabajar: tengo que salir, hacer alguna compra, comprar los periódicos. Por lo general, me las arreglo para desperdiciar la mañana, así que termino escribiendo de tarde. Soy un escritor diurno, pero como desperdicio la mañana, me he convertido en un escritor vespertino. Podría escribir de noche, pero cuando lo hago no duermo. Así que trato de evitarlo.

Siempre tengo una cantidad de proyectos. Tengo una lista de alrededor de veinte libros que me gustaría escribir, pero después llega el momento de decidir que voy a escribir ese libro.

Cuando escribo un libro que es pura invención, siento un anhelo de escribir de un modo que trate directamente la vida cotidiana, mis actividades e ideas. En ese momento, el libro que me gustaría escribir no es el que estoy escribiendo. Por otra parte, cuando estoy escribiendo algo muy autobiográfico, ligado a las particularidades de la vida cotidiana, mi deseo va en dirección opuesta. El libro se convierte en uno de invención, sin relación aparente conmigo mismo y, tal vez por esa misma razón, más sincero.

Tierra y cielo, Efrain Bartolome

Hay tantas incisiones, tantas marcas, tantos tatuajes sobre la piel de un poeta niño. La primera maravilla descubierta al andar por el monte, el viento ardiendo entre los ocotales y el temor que genera: la casi irresistible tentación por huir y, al mismo tiempo, la tentación de quedarse escuchando porque uno sabe que ahí hay algo que nos une con algo más oscuro, o más hondo, o más alto. Esa especie de vago horror sagrado. Eso y la incapacidad de nombrarlo con exactitud. La noción de que el primer temblor ante lo femenino a esas edades, no tiene palabras para ser nombrado. Con lo femenino quiero decir el Agua, la Tierra, la Montaña, la Noche, la Mujer, el Alma. Y con esas edades quiero decir menos de nueve años. De esa desazón, de ese desasosiego ante el misterio nace, creo yo, la tensión que nos lleva después a tratar de invocar con palabras el misterio sagrado. Este intento es la Poesía.

Nací en , un pequeño poblado a la entrada de lo que fue la gran Selva Lacandona, cuando aún era merecedora de su nombre; un pequeño poblado sin luz eléctrica, sin televisión, sin carretera, sin automóviles, donde la radio comenzaba a llegar y era un lujo tener un aparato receptor. En lugar de esas monedas de cobre teníamos el oro real: el privilegio de vivir en el Edén, en el Paraíso, en Galaad, con todas las muestras del avasallante poder generador de la Gran Madre: rodeados, acosados, abrumados por una vegetación lujuriosa y lujuriante; y agua y agua y agua por todas partes: manantiales, arroyuelos, arroyos, ríos, pozas, charcos, pantanos, atascaderos: agua viva y agua muerta. Pero siempre agua dulce. Y sol. Y viento. Y lluvia. Y nubarrones. Y rayos. Y tormenta. Y ventisca. Y norte. Y Luna. Y cerros imponentes. Y fuego sobre esos cerros en la espesa negrura de la noche, en los meses en que se preparaba la tierra para siembra. Dios o el diablo ensayando su rabiosa caligrafía fosforescente bajo el esplendor violento de la noche magnífica.

Esa convivencia cotidiana con los elementos debió, seguramente, producir incisiones, estigmas y cicatrices en el alma del futuro poeta. Eso y también el temblor ante lo femenino humano, el quinto elemento: el misterio encarnado en la belleza de ciertas mujeres (niñas, adolescentes, hembras en plenitud). La clara percepción de su dulce misterio. En su presencia mis emociones se agudizaban y me llevaban del deslumbramiento a la parálisis. Todo eso, creo, produjo la vida interior que nutre mi sensibilidad. Así comencé a interrogar los misterios. Creo que así descubrí la poesía: por el lado luminoso del mundo.

Sesión abierta, Paul Brito

Aquiles fue acusado de asesinar a la tortuga. En el juicio Aquiles alegó que eso era absurdo, pues ni siquiera podía alcanzarla. Este argumento lo incriminó más, pues entonces aceptaba que la venía hostigando.

Zenón fue llamado a testificar. Apoyó a Aquiles afirmando que él ya había demostrado la imposibilidad del movimiento con sus aporías. El fiscal objetó que se estaba evaluando un asesinato real, que si el jurado se atenía a sofismas matemáticos, les iba a pasar lo mismo que la paradoja y nunca alcanzarían un veredicto.

Con esto prácticamente quedaba saldado el juicio. El jurado se retiró a deliberar. Volvieron tan rápido que fue como si nunca se hubieran movido. El veredicto señaló a Aquiles como autor material y, a Zenón, su cómplice intelectual.

Ambos fueron condenados a cadena perpetua. El juez remarcó la conclusión con un perentorio: «Se cierra la sesión» y lanzó un martillazo a la tapa de madera. Toda la audiencia fue testigo de que el martillo nunca tocó la mesa.

Guerra, Voltaire

Un genealogista prueba que un príncipe desciende en línea directa de un conde cuyos padres habían hecho un pacto de familia, hace 300 ó 400 años, con una casa cuyo recuerdo ni tan siquiera subsiste. Esta casa tenía vagas pretensiones sobre una provincia, cuyo último poseedor murió de apoplejía. El príncipe y su consejo concluyen que esta provincia le pertenece por derecho divino. Esta provincia, a varios cientos de lenguas, protesta que le desconoce, que no tiene ninguna gana de ser gobernada por él; que para dictar leyes a unas gentes hay que tener, al menos, su consentimiento. Estos discursos ni tan siquiera son oídos por el príncipe, cuyo derecho es irrefutable. Encuentra, al punto, un gran número de hombres que no tienen nada que hacer ni que perder. Les viste con un grueso paño azul, pone un ribete a sus sombreros con un grueso hilo blanco, les hace girar a derecha e izquierda, y marcha hacia la gloria.

Los demás príncipes, cuando oyen hablar de esos hombres en armas, toman parte en la empresa, cada uno según su poder.

Pueblos lejanos oyen decir que va a haber lucha, y que se ganan cinco a seis monedas por día si se toma parte en ella. Y van a vender sus servicios a quien quiera comprarlos.

Esas multitudes se encarnizan una contra otra, no solo sin tener ningún interés en el proceso, sino, incluso sin saber de lo que se trata.

Se encuentran a la vez cinco o seis potencias beligerantes: tan pronto tres contra tres, como dos contra cuatro o una contra cinco, detestándose por igual unas y otras, matándose y atacándose una y otra vez, de acuerdo todas en un solo punto: hacer el mayor mal posible. Cada jefe de asesinos hace que se bendigan sus banderas e invoca a Dios solemnemente antes de ir a exterminar a su prójimo.

Cuando ha habido un exterminio de cerca de diez mil, a hierro y fuego, y ha sido destruida una ciudad cualquiera desde sus cimientos, entonces se entona un cántico bastante largo, dividido en cuatro partes, compuesto en una lengua desconocida para todos los que han combatido y, además, llena de barbarismos. El mismo cántico sirve para casamientos, nacimientos y homicidios.

Sé que la gente se acostumbra. Pero no debería, Marina Colasanti

Lewis Hine

Sé que la gente se acostumbra. Pero no debería.

La gente se acostumbra a vivir en un apartamento interior y a no tener otra vista que no sea las ventanas de alrededor. Y como no tiene vistas, luego se acostumbra a no mirar hacia afuera. Y como no mira hacia afuera luego se acostumbra a no abrir de todo las cortinas. Y como no abre las cortinas luego se acostumbra a encender más pronto la luz. Y a medida que se acostumbra, olvida el sol, olvida el aire, olvida la amplitud.

La gente se acostumbra a levantarse por la mañana sobresaltado porque es la hora. A tomar el café corriendo porque va atrasado.

A leer la prensa en el autobús porque no puede perder el tiempo del viaje. A comer un sandwich porque no hay tiempo para almorzar.

A salir del trabajo porque ya es de noche. A dormitar en el autobús porque está cansado. A acostarse temprano y dormir profundo sin haber disfrutado el día.

La gente se acostumbra a abrir el periódico y a leer sobre la guerra.

Y aceptando la guerra, acepta los muertos y que haya una cifra de muertos. Y aceptando la cifra acepta no creer en las negociaciones de paz, acepta leer todo el día sobre guerra, sobre cifras, sobre su larga duración.

La gente se acostumbra a esperar el día entero y escuchar al teléfono: hoy no puedo ir. A sonreír a la gente sin recibir una sonrisa de vuelta. A ser ignorado cuando necesitaba tanto ser visto.

La gente se acostumbra a pagar por todo lo que desea y necesita.

A luchar para ganar el dinero con qué pagar. Y a ganar menos de lo que necesita. Y a hacer colas para pagar. Y a pagar más de lo que las cosas valen. Y a saber que cada vez pagará más. Y a buscar más trabajo, para ganar más dinero, para tener con qué pagar en las colas en las que se cobra.

La gente se acostumbra a andar por la calle y ver carteles.

A abrir las revistas y ver anuncios. A encender al televisión y ver publicidad. A ir al cine y engullir anuncios. A ser instigado, conducido, desnortado, lanzado a la infinita catarata de productos.

La gente se acostumbra a la polución. A las salas cerradas con aire acondicionado y olor a cigarro. A la luz artificial con su ligero temblor. Al choque de los ojos con la luz natural. A las bacterias del agua potable. A la contaminación del agua del mar. A la lenta muerte de los ríos.

Se acostumbra a no oír los pájaros, ni el gallo de madrugada, a temer la hidrofobia de los perros, a no coger la fruta a pie del árbol, a no tener ni siquiera una planta.

La gente se acostumbra a demasiadas cosas para no sufrir.

En dosis pequeñas, intentando no percibir, se va apartando un dolor de aquí, un resentimiento de allí, una revuelta allá.

Si el cine está lleno la gente se sienta en primera fila y tuerce un poco el cuello. Si la playa está contaminada la gente solo moja los pies y suda en el resto del cuerpo. Si el trabajo es duro la gente se consuela pensando en el fin de semana. Y si el fin de semana no hay mucho que hacer la gente se acuesta temprano y aún queda satisfecho porque siempre tiene sueño atrasado.

La gente se acostumbra para no rallarse en la aspereza, para preservar la piel.

Se acostumbra para evitar heridas, sangrados, para esquivarse de la faca, de la bayoneta, para proteger el pecho.

La gente se acostumbra para proteger la vida que poco a poco se gasta y, que de tanto acostumbrarse, se pierde de sí misma

 

Últimas palabras, Salvador Allende Gossens

Alocución radial emitida a las 9:10 de la mañana por Radio Magallanes desde el Palacio de La Moneda en Santiago, el 11 de septiembre de 1973.

Seguramente, ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción y serán ellas el castigo moral para quienes han traicionado su juramento: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino que se ha autodesignado [comandante de la Armada], más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, también se ha autodenominado Director General de Carabineros. Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: yo no voy a renunciar.

Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Trabajadores de mi Patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la Ley y así lo hizo. En este momento, definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción creo el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara [el general] Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas, esperando con mano ajena reconquistar el poder para verse seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.

Me dirijo sobre todo a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas, a los que hace días siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas que una sociedad capitalista le da a unos pocos.

Me dirijo a la juventud, a aquéllos que cantaron, entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquéllos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente, en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando la línea férrea, destruyendo los oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder.

Estaban comprometidos. La historia los juzgará.

Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores.

El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo, abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Éstas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano; tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

Factor Dios, José Saramago

Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra…) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia. Al lector creyente (de cualquier creencia…) que haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´. No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose.

Cinegética del omnibus, Alfred Jarry

De las diversas especies de fieras y paquidermos aún no extinguidos dentro del territorio parisiense, ninguna, sin duda, reserva más emociones y sorpresas al cazador que el ómnibus.

Algunas compañías se han reservado el monopolio de su caza. A primera vista, uno no se explica su prosperidad: la piel del ómnibus, en efecto, no tiene ningún valor y su carne no es comestible.

Existe gran cantidad de variedades de ómnibus, si se los distingue por el color; pero esas sólo son diferencias accidentales, debidas al habitat y a la influencia del medio. Si el pelaje del “Batignoles-Clichy-Orden”, por ejemplo, tiene un matiz que recuerda el del enorme rinoceronte blanco sudafricano, no habrá que buscar otra causa de ello que las migraciones periódicas del animal. Ese fenómeno de mimetismo no es más anormal que el que se manifiesta entre los cudrúpedos de las regiones polares.

Propondremos una clasificación más científica, en dos variedades cuya permanencia está bien reconocida: 1º) la que disimula sus rastros; 2º) la que deja una pista aparente. Las huellas de esta última se hallan extraordinariamente apretadas, como si hubieran sido producidas por una reptación, y son tan semejantes a la traza dejada por el paso de una rueda que pueden ser tomadas como tales. Los naturalistas discuten aún sobre si la primera variedad es la más antigua o si es que sólo ha retornado a una existencia más salvaje. Sea como sea, es indiscutible que la segunda variedad es la más estúpida, ya que ignora el arte de disimular sus rastros; pero -y esto explicaría que aún no se haya extinguido totalmente- es, según todas las apariencias, la más feroz, a juzgar por sus gritos, que hacen huir a los hombres ante su paso, presas de tumultuoso pánico, y que sólo es comparable al del pato o del ornitorrinco.

Dada la gran facilidad con que es posible descubrir la pista del animal, facilidad decuplicada por su curiosa costumbre de volver a pasar siempre por el mísmo camino en sus migraciones periódicas, la especie humana se ha ingeniado en atraparlo en trampas dispuestas en el recorrido. Con un sorprendente instinto, al llegar la pesada mole a un punto peligroso, da media vuelta y rehace su camino en sentido inverso, teniendo cuidado, esta vez, de confundir sus rastros haciéndolos coincidir con las precedentes trazas.

Se han ensayado otros sistemas de trampas, especies de chozas dispuestas, a intervalos regulares, a lo largo de la ruta y bastante semejantes a las que sirven para la caza en los pantanos. Un grupo de intrépidos se oculta allí y acecha al animal. Las más de las veces éste lo espanta y se aleja, no sin expresar su furor por medio de un fruncimiento de su piel posterior, azul como la de ciertos monos y fosforescente por la noche; esa rnueca imita muy bien, en arrugas blancas, el grafisrno de la palabra “completo”.

Sin embargo, algunos especímenes de la especie se han dejado domesticar: obedecen con suficiente docilidad a su domador, que los hace adelantarse o retroceder tirándoles de la cola. Este apéndice difiere un poco del de los elefantes. La Sociedad Protectora de Animales ha obtenido -de la misma manera que en el Tibet se deposita la adiposa cola de ciertos carneros sobre un carrito- que la del ómníbus sea protegida por una empuñadura de madera.

Esta medida compasiva es bastante desconsiderada, pues los individuos salvajes devoran a los hombres atrayéndolos con una fascinación semejante a la de la serpiente.

Como consecuencia de una complicada adaptación de su aparato digestivo excretan a sus víctimas todavía vivas, después de haber asimilado las partículas de cobre que hubieran podido extraerles. Una prueba de su buena digestión es que la absorción en la superficie –la epidermis dorsal- es exactamente la mitad de la absorción en el interior.

Conviene quizás relacionar con este fenómeno la especie de alegre pedorrea que precede invariablemente a sus comidas.

Algunos viven en una extraña simbiosis con el caballo, que parece ser para ellos un peligroso parásito: su presencia está caracterizada, en efecto, por una rápida disminución de las fuerzas motrices, que son por el contrario muy notables en los individuos sanos.

Nada se sabe de sus amores ni de la manera de reproducirse.

La ley francesa parece considerar a esas grandes fieras como nocivas, pues no veda su caza en ningún período del año.

El becado, Guillermo Bustamante Zamudio

Para llegar a tu destino, primero debes recorrer la mitad del camino. Y para recorrer la mitad del camino, estás obligado a andar la cuarta parte. Y para andar la cuarta parte, indefectiblemente tienes que transitar la octava parte. Y como nada detiene el crecimiento del número que hace las veces de denominador, esa división se multiplica al infinito. No sólo nunca llegarás a tu destino, sino que difícilmente te moverás de tu sitio.

Ahora bien, si no piensas en complicaciones como en la que nos metió Zenón de Elea, si te portas como un turista normal, de pronto te hallarás en el otro lado, en el sitio exacto que dice el tiquete. No trates de resolver la incógnita acerca del momento en que los conceptos se vuelven cosas o las cosas se vuelven conceptos. No porque eso no tenga sus efectos en tu crecimiento intelectual, sino porque no vale la pena irse para pensar en asuntos en los que habrías podido pensar en tu casa, en la inmovilidad infinitesimal, sí, pero con una taza de café a tu alcance.

Ahora bien, cuando decidas volver, debes deshacer tus pasos la mitad del camino y la cuarta parte y la octava parte… Nunca lo lograrás. Si te vas, estás advertido. Si quieres volver a vernos, sólo tienes la opción de viajar como un turista, sin miramientos intelectuales. Pero, entonces, ¿para qué nos dices que te vas a estudiar?

La conciencia, Juan José Millas

En la antigüedad teníamos más metros cuadrados que cosas. Ahora, en cambio, tenemos más cosas que metros cuadrados. Hace años, podías recorrer un pasillo de 15 metros sin tropezar con un solo mueble. Ahora no puedes dar dos pasos sin estrellarte contra una bicicleta estática, una vajilla de Chillida o la armadura de una tienda de campaña. Mucha gente cambiaría los objetos por metros cuadrados; el problema es que la mayoría de esos trastos sólo tienen un valor romántico, que no cotiza ni en los mercadillos de pueblo. Ya me dirán para que sirve la maleta de madera con la que papá se fue a Alemania, el televisor en blanco y negro que conservamos absurdamente debajo de una cama o la impresora portátil que compramos hace 15 años por si acaso (¿por si acaso qué?).

Lo bueno, ahora lo comprendemos, eran los metros cuadrados. No hay cosa mejor que cien o doscientos metros cuadrados, todos juntos, sin más objetos que la foto del abuelo en la pared del pasillo y una alacena en el comedor. Construir viviendas pequeñas por sistema es como escribir frases cortas por obligación. La frase corta funciona bien como desván, como cuarto trastero, como altillo en el que introducir una o dos ideas pequeñas (las que caben en una columna, por ejemplo). Pero para vivir, para respirar, para estar a gusto, nada como un piso de seis o siete habitaciones, cuatro exteriores y tres interiores, además de la cocina, el baño y los aseos. Ahora, dada la escasez de metros cuadrados y la abundancia de cosas, ha aparecido un negocio nuevo, el de los trasteros que guardan toda esa basura doméstica. Hemos vendido el alma (o los metros cuadrados) a cambio de cosas que brillaban, de espejuelos con los que no sabemos qué hacer. Deberíamos regresar a la frase larga, a la oración compuesta, al pasillo de 15 metros de largo. A la conciencia.

Juventud, divino tesoro, Juan Goytisolo

Estaba en el anaquel superior de la librería, el de las obras poco frecuentadas, y lo rescaté del polvo. Un ejemplar que había sobrevivido milagrosamente a todos los cambios de domicilio y llevaba, con mi firma, la fecha de su lectura: junio 1950. ¡Un lapsus de sesenta y seis años desde que me sumergí con pasión en su lectura! Tenía yo 19 años y el libro era El artista adolescente,la novela de Joyce traducida por Alfonso Donado y con un prólogo de Antonio Marichalar.

Decir que mi antigua lectura juvenil me conmovió es quedarme corto. Fue un verdadero terremoto. El protagonista de la obra, Stephen Dedalus, había vivido antes que yo mis propias experiencias en un marco similar a los míos —familia tradicionalista, estudios en un colegio religioso, adoctrinamiento severo por los padres jesuitas—. Las páginas consagradas a los ejercicios espirituales ignacianos se corresponden con exactitud a lo que yo había vivido: escenografía dramática; enumeración minuciosa de los tormentos infernales a los que condenaba un acto o pensamiento impuros; evocación terrorífica de la eternidad del castigo. Todo coincidía hasta en los menores detalles (el avecilla que cada mil años extrae un grano de arena de una playa inmensa y que cuando la vacía al fin descubre que hay mil millones más que no logrará vaciar y la voz implacable del padre: “¿Por qué pecaste? ¿Por qué no evitaste la ocasión de pecar? ¿Por qué después de haber caído la primera vez, o la segunda, o la tercera, o la enésima, por qué no te apartaste del mal camino y no volviste a Dios? Ahora ha pasado el tiempo del arrepentimiento. ¡Tiempo hay, tiempo hubo, pero ya no habrá más! ¡Estás en el infierno!”).

Releyendo hoy a Joyce con las vivencias de hace sesenta y seis años (entre tanto había accedido a las prédicas del padre Vega evocadas por Blanco White en su Autobiografía y a la de Manuel Azaña en El jardín de los frailes) revivo las dudas que me asaltaron cuando, quinceañero, perdía gradualmente la fe en el credo que tan cuidadosamente me fue inculcado, primero por los padres jesuitas del colegio de Sarriá, luego por los hermanos de la Doctrina Cristiana de la Bonanova y empezaba a plantearme preguntas sin respuesta posible en complicidad con mi condiscípulo José Vilarasau, futuro director de la Caixa, en nuestras maliciosas consultas al infeliz hermano Pedro (si Dios es Todopoderoso ¿puede hacer que cuantos estamos ahora en el aula no hayamos existido?). El arte, la literatura, brindaban alternativas al dogma delicuescente y me entregué a ellos con ardor de neófito. Lecturas y más lecturas (Kafka, Gide, Hesse) que ayudaron a enderezarme y avanzar a tientas, pero avanzar, por la senda de mi liberación personal. En palabras de Stephen Dedalus: “No sobreviviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese hogar, ni patria o ni religión. Y trataré de expresarme en vida y arte tan libremente como sea posible, usando para mi defensa la única arma que me permito usar: silencio, destierro y astucia”.

¿Puede resumirse mejor lo que será después la vida de Joyce, y de rebote, la de un modesto y esforzado lector de Ulises, esto es, mi propia vida?

Guerra, Voltaire

Un genealogista prueba que un Príncipe desciende en línea directa de un Conde cuyos padres habían hecho un pacto de familia, hace 300 o 400 años, con una casa cuyo recuerdo ni tan siquiera subsiste. Esta casa tenía vagas pretensiones sobre una provincia, cuyo último poseedor murió de apoplejía. El Príncipe y su consejo concluyen que esta provincia le pertenece por derecho divino. Esta provincia, a varios cientos de lenguas, protesta que le desconoce, que no tiene ninguna gana de ser gobernada por él; que para dictar leyes a unas gentes hay que tener, al menos, su consentimiento. Estos discursos ni tan siquiera son oídos por el Príncipe, cuyo derecho es irrefutable. Encuentra, al punto, un gran número de hombres que no tienen nada que hacer ni que perder. Les viste con un grueso paño azul, pone un ribete a sus sombreros con un grueso hilo blanco, les hace girar a derecha e izquierda, y marcha hacia la gloria.

Los demás Príncipes, cuando oyen hablar de esos hombres en armas, toman parte en la empresa, cada uno según su poder.

Pueblos lejanos oyen decir que va a haber lucha, y que se ganan cinco a seis monedas por día si se toma parte en ella. Y van a vender sus servicios a quien quiera comprarlos.

Esas multitudes se encarnizan una contra otra, no sólo sin tener ningún interés en el proceso, sino, incluso sin saber de lo que se trata.

Se encuentran a la vez cinco o seis potencias beligerantes: tan pronto tres contra tres, como dos contra cuatro o una contra cinco, detestándose por igual unas y otras, matándose y atacándose una y otra vez, de acuerdo todas en un sólo punto: hacer el mayor mal posible. Cada jefe de asesinos hace que se bendigan sus banderas e invoca a Dios solemnemente antes de ir a exterminar a su prójimo. Cuando ha habido un exterminio de cerca de diez mil, a hierro y fuego, y ha sido destruida una ciudad cualquiera desde sus cimientos, entonces se entona un cántico bastante largo, dividido en cuatro partes, compuesto en una lengua desconocida para todos los que han combatido y, además, llena de barbarismos. El mismo cántico sirve para casamientos, nacimientos y homicidios.

La sensatez, Quim Monzó

Cada vez que la mujer juiciosa se acuesta con alguien le cuenta al novio que lo ha hecho no por un ataque circunstancial de lubricidad, sino porque se ha enamorado. No es que tenga que sentirse culpable (al respecto, la mujer y su novio tienen un pacto de lo más claro y elástico), pero si cuando se acuesta con alguien remarca que lo hace enamorada, es como si se sintiese más limpia. En cambio, cada vez que su novio se enrolla con alguien, la mujer considera que lo hace por pura lubricidad, y eso la irrita. No es que se ponga celosa. No. No es celosa en absoluto. Simplemente le molesta que su novio sea tan vulgar, tan carnal. El novio sí que se pone celoso cuando sabe que ella se acuesta con otro. Pero son celos comprensibles: porque ella se enamora. Y si la persona con la cual (más o menos elástico) tienes un pacto de convivencia se enamora de otro, es lógico tener celos. ¿Qué escala aplica la mujer para decidir que sus asuntos de cama son producto del amor y los del novio de la lujuria? El novio dice que una escala muy sencilla: que ella es ella misma (y por lo tanto se lo justifica todo) y él no sólo no es ella, sino que es hombre, con la carga histórica que eso comporta. La mujer lo niega, aunque los años le hayan enseñado que, en general, hombres y mujeres se comportan de manera diferente. Pero no lo dice porque, aunque es una creencia sobre la cual tiene cada vez menos dudas, es generalizadora. Y siempre hay excepciones, aunque nunca se ha visto tan cerca de reconocer que la frase hecha que asegura que todos los hombres son iguales, aun siendo tópica (y por lo tanto repugnante) es, cuando menos parcialmente, cierta: quizá no todos, pero la inmensa mayoría de los hombres sí que son iguales. La mujer juiciosa sabe de qué habla: se ha enamorado de muchos, y todos, indefectiblemente y por mucho que lo adornen, en el fondo ligan con ella llevados por la lubricidad. Lubricidad a la cual ella cede a menudo porque (es forzoso reconocerlo) desde muy pequeña ha sido terriblemente enamoradiza y el amor la embriaga de tal manera que no bien un hombre le pasa el brazo por los hombros, le besa el lóbulo de la oreja y le pone la mano entre las piernas, por más que abra la boca para decir que no,nunca le sale el no y siempre dice que sí.

 

Amistad, Simone Weil

Existe un amor puro, personal y humano, que contiene un presentimiento y un reflejo del amor divino. Es la amistad, pero a condición de emplear esa palabra en un sentido riguroso.

Sentir una preferencia por un ser humano en particular es, necesariamente, algo distinto a la caridad. La caridad es indiscriminada. Si sólo se encuentra en un lugar determinado es debido al azar de la desdicha, que suscita un intercambio entre la compasión y la gratitud. Está disponible por igual para todos los seres humanos, puesto que la desdicha puede proponer a todos ese intercambio.

La preferencia personal por un ser humano en particular puede tener dos naturalezas. O buscamos en el otro un bien, o buscamos al otro porque lo necesitamos. De forma general, todo tipo de apego posible se reparte entre esas dos especies. Nos acercamos a algo porque buscamos ahí un bien, o porque no podemos vivir sin ello. A veces, ambos móviles coinciden. Pero casi nunca ocurre eso. Son distintos en sí mismos, y completamente independientes. Nos alimentamos de comida repugnante porque no nos queda más remedio, o tan sólo porque no tenemos de otra. Un hombre moderadamente goloso busca los buenos alimentos, pero fácilmente puede vivir sin ellos. Si nos falta el aire, nos ahogamos; luchamos hasta encontrarlo, no porque esperemos un bien, sino porque lo necesitamos. Respiramos el viento del mar sin ser empujados por ninguna necesidad, lo hacemos sólo porque nos gusta. Muchas veces el curso del tiempo hace que el segundo móvil se imponga sobre el primero. Ese es uno de los grandes dolores humanos. Un hombre fuma opio para tener acceso a un estado especial que cree superior; después, en muchas ocasiones, el opio lo lleva a un estado lamentable y degradante; pero ya no puede vivir sin él. Arnolphe compró a Agnès a su madre adoptiva porque le pareció que sería un bien tener en casa a una niña de la que haría, poco a poco, una buena esposa. Más tarde, ella sólo le causaría un dolor atroz y humillante. Pero con el tiempo su apego a ella se convirtió en un vínculo vital que lo llevó a pronunciar el terrible verso: «Sin embargo, siento que debo morir allí dentro…».

Harpagon consideró el oro como un bien. Tiempo después, ya no era sólo el objeto de una obsesión recurrente, sino un objeto cuya privación le provocaría la muerte. Como dice Platón, existe una gran diferencia entre la esencia de lo necesario y la esencia del bien.

No existe ninguna contradicción entre buscar un bien en una persona, y desear el bien a esa persona. Por esta misma razón, cuando el móvil que nos empuja hacia un ser humano es únicamente la búsqueda del bien para uno mismo, no existen las condiciones para que se realice la amistad. La amistad es una armonía sobrenatural, la unión de los contrarios.

Cuando un ser humano nos es necesario en cierto grado, no podemos querer su bien, a menos que dejemos de querer el nuestro propio. Donde existe la necesidad, existe la coacción y la dominación. Nos regimos bajo la voluntad de aquello que necesitamos, excepto si nosotros somos los propietarios. El bien más importante para todo ser humano es la libre disposición de uno mismo. O renunciamos a esa libertad —pero eso es un crimen de idolatría, pues sólo podemos renunciar a ella en favor de Dios—, o deseamos que el ser cuya presencia necesitamos sea privado de su propia libertad.

Hay toda suerte de mecanismos que pueden crear vínculos de afección que tienen la dureza del hierro de la necesidad. El amor maternal tiene, casi siempre, esa naturaleza; a veces el amor paternal, como en El padre Goriot de Balzac; el amor carnal en su forma más intensa, como en La escuela de las mujeres y en Fedra; el amor conyugal, de forma muy frecuente, sobre todo a causa de la costumbre; de forma mucho más rara, el amor filial o fraternal.

Existen diferentes grados de necesidad. Es necesario en cierto grado todo aquello cuya pérdida causa realmente una disminución de la energía vital, en el sentido más preciso, más riguroso que esa palabra puede tener si el estudio de los fenómenos vitales estuviese tan avanzado como el estudio de la gravedad. En el grado más extremo de la necesidad, la privación conlleva la muerte. Eso ocurre cuando toda la energía vital de un ser está ligada a otro a través de un apego. En niveles menores, la privación conlleva una disminución más o menos considerable. Es así como la privación total de alimento implica la muerte, pero la privación parcial sólo implica un debilitamiento. Sin embargo, consideramos necesaria toda comida, sea cual sea la cantidad, pues sin ella el ser humano se debilita.

La causa más frecuente de la necesidad en los vínculos de afección es una cierta combinación de simpatía y de costumbre. Como en la avaricia o en la intoxicación, lo que fue búsqueda de un bien se convierte en necesidad, debido al simple curso del tiempo. Pero la diferencia con la avaricia, la intoxicación y todos sus vicios, es que los dos móviles, en los vínculos de afección, es decir, la búsqueda de un bien y la necesidad, pueden perfectamente coexistir. También pueden estar separados. Cuando el apego a otro ser humano sólo se debe a la necesidad, es algo atroz. Pocas cosas en el mundo pueden alcanzar ese nivel de fealdad y de horror. Siempre, en todas las circunstancias en las que un ser humano busca el bien y encuentra sólo la necesidad, encontramos algo horrible. Los cuentos en los que un ser amado aparece de pronto con una cabeza de muerto son la mejor imagen. El alma humana posee, es verdad, todo un arsenal de mentiras para protegerse contra esa fealdad, y fabricarse así, en la imaginación, falsos bienes donde sólo hay necesidad. Por eso, la fealdad es un mal, porque nos obliga a mentir.

Siempre hay desdicha cuando la necesidad, bajo cualquiera de sus formas, se hace sentir tan fuerte que su dureza sobrepasa la capacidad de mentir de quien recibe el golpe. Por eso, los seres más puros son los más expuestos a la desdicha. Para quien es capaz de impedir la reacción automática de protección que tiende a aumentar en el alma la capacidad de mentir, la desdicha no es un mal, aunque siempre sea una herida y, de cierta forma, una degradación.

Cuando el apego por otro ser humano implica un vínculo de afección en el que existe cierto grado de necesidad, desear que el otro y uno mismo conserven cierto grado de autonomía es imposible. Imposible en virtud del mecanismo mismo de la naturaleza. Pero posible gracias a la intervención milagrosa de lo sobrenatural. Ese milagro es la amistad.

«La amistad es una igualdad hecha de armonía», decían los pitagóricos. Existe la armonía porque existe la unidad sobrenatural entre dos opuestos, la necesidad y la libertad, esos dos contrarios que Dios creó al combinar el mundo y los seres humanos. Existe la igualdad porque se desea la conservación de la libertad en uno mismo y en el otro. Cuando alguien desea subordinar a un ser humano o acepta subordinarse a él, no hay rastro de amistad. El Pílades de Racine no es amigo de Orestes. No existe amistad en la desigualdad.

Es esencial que exista cierta reciprocidad en la amistad. Si en uno de los dos está ausente toda benevolencia, el otro debe suprimir en sí toda afección, por respeto a la libertad del otro, que no debe desear modificar. Si en uno de los dos no existe respeto por la autonomía del otro, éste debe cortar todo vínculo por respeto a su propia libertad. Asimismo, quien acepta ser servil, no puede obtener ningún tipo de amistad. Si la necesidad, oculta en el vínculo de afección, existe sólo en una de las partes, entonces la amistad existe sólo para uno de ellos, si tomamos la palabra en su sentido más preciso y riguroso.

La amistad se ve mancillada en el momento en que la necesidad se impone, aunque sea por un instante, sobre el deseo de conservar la libertad. En todas las cuestiones humanas la necesidad es el principio de la impureza. Toda amistad es impura si en ella existe, aunque sólo sea como un residuo, el deseo de gustar, o el deseo inverso. En una amistad perfecta ninguno de esos dos deseos existe. Los dos amigos aceptan completamente ser dos seres, y no uno, y respetan la distancia que existe entre ellos por el sólo hecho de ser dos criaturas distintas. El ser humano únicamente tiene el derecho de desear ser uno sólo con Dios.

La amistad es el milagro a través del cual un ser humano acepta observar de lejos, y sin acercarse, al otro ser cuya existencia le es tan necesaria como un alimento. Es la fuerza en el alma que Eva no tuvo; y, sin embargo, ella no tenía necesidad del fruto. Si hubiera tenido hambre al momento de mirar el fruto y, si a pesar de ello, se hubiera quedado observándolo, infinitamente, sin acercarse a él, habría acometido un milagro análogo al de la amistad perfecta.

Gracias a la virtud sobrenatural del respeto por la autonomía humana, la amistad es muy semejante a las formas puras de la compasión y de la gratitud suscitadas por la desdicha. En ambos casos, los contrarios, que conducen a la armonía, son la necesidad y la libertad o, aun, la subordinación y la igualdad. Ambas parejas de contrarios son equivalentes.

Debido a que el deseo de gustar y el deseo de disgustar están ausentes en la amistad pura, hay en ella, al mismo tiempo que afección, algo semejante a una completa indiferencia. Aunque sea un vínculo entre dos personas, en ella hay algo impersonal. No impide la imparcialidad. No impide, de ninguna forma, imitar la perfección del Padre celeste que distribuye, por doquier, la luz del sol y la lluvia. Por el contrario, la amistad y la imitación del Padre, son la condición mutua para que una y otra se cumplan, casi siempre. Dado que todo ser humano —o casi todo— está ligado a otros seres a través de vínculos de afección que implican cierto grado de necesidad, entonces sólo puede acercarse a la perfección si transforma esa afección en amistad.

La amistad tiene algo de universal. Consiste en amar a un ser humano de la misma forma en que quisiéramos amar a cada uno de los seres que componen la especie humana. Como un geómetra que observa una figura particular para deducir las propiedades universales del triángulo, aquel que sabe amar entrega a un ser humano en particular un amor universal. Consentir que el otro y uno mismo conserven la autonomía es, por esencia, algo universal. Cuando se desea esa autonomía en más de un ser, entonces se desea en todos los seres; eso ocurre porque dejamos de colocar el orden del mundo alrededor de un centro que está aquí, abajo. Y llevamos ese centro por encima de los cielos.

La amistad no tiene esta virtud si los dos seres que se aman, debido a un uso ilegítimo de la afección, creen ser sólo uno. No existe amistad en el sentido más estricto de la palabra. Es sólo, por así decirlo, una unión adúltera, aun si se produce entre esposos. Sólo existe la amistad ahí donde la distancia se conserva y se respeta.

El simple hecho de sentir placer al pensar de la misma forma que el ser amado, o desear tal concordancia de opiniones, es una forma de herir la pureza de la amistad y la probidad intelectual. Eso es muy frecuente. Es muy rara la amistad pura.

Cuando los vínculos de afección y de necesidad entre seres humanos no se transforman de forma sobrenatural en amistad, no solamente la afección es impura y baja, sino que también se mezcla con odio y repulsión. Eso se ve muy en La escuela de las mujeres y en Fedra. El mecanismo es el mismo en todas las afecciones, aun en aquellas que no implican el amor carnal. Es fácil de comprender. Odiamos aquello de lo que dependemos. Nos disgusta todo aquello que depende de nosotros. A veces la afección no simplemente se debilita, sino que se transforma por completo en odio y en asco. A veces la transformación es casi inmediata, de manera que casi ninguna afección tiene el tiempo de aparecer; es lo que ocurre cuando la necesidad es inmediatamente visible. Cuando la necesidad que vincula a los seres humanos no tiene por origen la afección, cuando ocurre sólo debido a las circunstancias, la hostilidad surge casi siempre desde el inicio.

Cuando el Cristo dijo a sus discípulos: «Amaos los unos a los otros», no les prescribía el apego. Puesto que entre ellos ya existían vínculos debido a sus ideas comunes, a la vida en comunidad, a la costumbre, les pedía transformar esos vínculos en amistad, para así impedir que se transformaran en apegos impuros o en odio.

Porque el Cristo agregó poco antes de su muerte este nuevo mandamiento a los mandamientos del amor al prójimo y del amor a Dios, podemos pensar que la amistad pura, así como la caridad al prójimo, llevan en sí algo como un sacramento. Quizá fue eso lo que el Cristo quiso indicar con respecto a la amistad cristiana cuando dijo: «Cuando dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy en medio de ellos». La amistad pura es la imagen de la amistad original y perfecta, es decir, la Trinidad, que es la esencia misma de Dios. Es imposible que dos seres humanos sean uno, y respeten escrupulosamente la distancia que los separa, si Dios no está presente en cada uno de ellos. El punto de encuentro de las líneas paralelas está en el infinito.

Carrusel, Rosana Alonso



Jefe decidió un día que Gordo debía bajarse, lo consideraba una carga no útil porque apenas se movía y no se ganaba el sustento, así lo dijo.

Todos asentimos porque Jefe ya estaba en el autobús cuando llegamos. Conductor, como siempre, no opinó sobre el asunto, simplemente mantuvo la vista fija en la carretera y se puso a silbar esa melodía que se nos prende en el alma y la llena de nostalgia. Abandonamos a Gordo a pesar de sus protestas y continuamos la ruta. Hemos recorrido muchos lugares desde entonces, y sin embargo aún no llegamos a Destino.

Hoy se ha subido un hombre flaco. En realidad era Gordo, pero no he dicho nada. Ahora sé con certeza que estamos dando vueltas en círculos desde hace años.

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La pesadilla de Aristóteles, Carlo Frabetti

aristotle_altemps_inv8575En cierta ocasión, le preguntaron a Aristóteles: “Si pudieras pedir un deseo en beneficio de la humanidad, ¿qué les pedirías a los dioses?”, y él contestó que les pediría que unificaran el significado de las palabras, de forma que todos las entendiéramos exactamente de la misma manera. Y se podría decir que los dioses complacieron parcialmente a Aristóteles, pues con las matemáticas disponemos de un lenguaje exento de ambigüedades e interpretaciones subjetivas. Y esta precisión, esta unificación de significados, se ha ido haciendo cada vez más extensiva (sobre todo a partir de Newton, nuestro invitado de la columna anterior) al discurso científico en general.

Pero Aristóteles se refería al lenguaje común, y soñaba con eliminar los continuos malentendidos a los que su uso da lugar, la paradójica incomunicación verbal (precariamente suplida por la comunicación no verbal) que condena a los seres humanos a una juanramoniana “soledad sonora”. Y, por suerte, los dioses no escucharon la petición del filósofo. Porque para que dos hablantes se entendieran a la perfección, es decir, para que entendieran todas las palabras –con todos sus matices y connotaciones– de idéntica manera, tendrían que ser prácticamente la misma persona. En el plano denotativo del lenguaje podemos lograr niveles de acuerdo relativamente satisfactorios; de lo contrario, hablar no serviría de nada y las sociedades humanas no existirían como tales. Pero el plano connotativo es, en gran medida, un universo personal e intransferible (o de muy difícil transferencia: por eso existe la literatura, y muy especialmente la poesía). Eso nos causa numerosos problemas, así como una irreductible sensación de alteridad (que Kafka expresó magistralmente: “A mí me conozco, en los demás creo; esta contradicción me separa de todo”). Puede que sea muy alto, pero ese es el precio de la individualidad.

El pensamiento es fundamentalmente (aunque no exclusivamente) lingüístico. Somos lenguaje, incluso cuando callamos. Continuamente nos recorre un río de palabras, y somos los ecos innumerables que esas palabras multiplican en el irrepetible laberinto de nuestra mente. Por eso el sueño de Aristóteles, como tantos otros sueños filantrópicos, se resuelve en pesadilla. Si las palabras significaran exactamente lo mismo para todos, solo habría un individuo repetido millones de veces, y entonces sí que su soledad, atrapada en un laberinto de espejos, sería terrible: tan absoluta y vertiginosa como la soledad de Dios.