Divagación sobre el miedo, Peter Handke

Jean Dubuffet - Coucou BazarTú siempre tienes miedo, miedo, miedo”, me dijo ayer un niño y lo dijo considerablemente aburrido… ¿Cuándo efectivamente no tengo miedo? Muy a menudo, casi siempre: pero cuando siento miedo aparece de nuevo la sensación de que ahora me toca a mí, de que ahora empieza la vida. Al no tener miedo me siento, o bien abotargado, o bien tan feliz que la felicidad me irrita y considero cualquier sinuosidad del entorno como un obstáculo a mi felicidad. Todavía no he aprendido a mantenerme razonable en la felicidad y a ser atento con los demás. Muy pocas veces se alcanza la felicidad razonable, la que no excluye del entorno, sino que lo abre a ella. Eso sería la existencia deseada; pero en mi camino hacia ella empujo ese miedo, que hace abrir los ojos a mi cegadora, irascible y agresiva felicidad, cuya súbita malignidad reencuentro, asustado, en otros fanáticos de la felicidad. ¿De qué, pues, se tiene miedo? Para mí es una pregunta incomprensible. Simplemente tengo miedo, como tengo sueños, como tengo dolor de cabeza, como tengo recuerdos; las particularidades extremas sólo suscitan el miedo. “Temor pánico” llamaban los griegos a ese miedo sin causa determinada. Sí, cuando tengo miedo brota dentro de mí un pánico, un silencioso, cálido y tranquilo pánico, casi como el del Bambi de Walt Disney, acurrucado por el temor, o de todas formas algo parecido…, y quizás tal vez igual de kitsch; y muchas veces también, como el asustadizo Bambi, ese miedo me ataca los nervios. ¿Qué hay, pues, en ello de expansivo? No creo que sea el estado de miedo, sino el estado posterior (cuando el miedo ha desaparecido ya). Entonces se crea una sensación muy próxima a la felicidad razonable; una sensación de existencia y de las condiciones de la existencia de los otros hombres, una sensación fuerte, social y compartible. Por eso no puedo consentir que mi miedo me afecte únicamente los nervios y por eso escribo sobre él. ¿Y el miedo a la muerte? “¿Es conveniente temer una cosa tan breve durante tanto tiempo?”, leo en los Essais de Montaigne. ¡Oh, sí, oh, sí! ¿Y el aburrimiento de los niños? Oh, podría explicar tantas anécdotas cómicas sobre mis miedos que, finalmente, incluso podría llegar a hacer reír a un niño.

 

El sastre, Robert Musil

Melanesios-piel-oscura-cabello-claroI

No creo que haya sido un sastre.

Ante el juez, dijo: “quiero ir a la cárcel, señor, en ninguna otra parte me siento mejor. Mi madre ha muerto, perdí a mis amigos; ah, nunca fui tan agresivo con mi madre como debería haber sido. ¿Qué valor tiene la vida? Téngame lástima. Téngame lástima, señor Juez, enciérreme para siempre. Si lo hace, yo sería feliz; allí podría trabajar como sastre, no necesitaré salir al mundo. El juez, sin embargo, no se conmovió: lo sentenció a una semana de arresto.

El condenado protestó pidiendo la revisión de su proceso, porque la sentencia le parecía demasiado breve.

El juez le informó que la revisión de una sentencia demasiado breve era cosa del fiscal; pero el fiscal no tenía ganas.

II

Creo que poco después rodaba una bomba enorme, una bomba más grande que yo, por la avenida del 12 de septiembre. Quería dinamitar a mi tiempo. Un policía me detuvo y revisó la bomba. Le dije: “necesito dinamitar a mi tiempo, porque no me sigue, oficial, estas son mis obras. La bomba me parecía en este momento tan grande como los rollos enormes de papel que se descargan frente a las enormes imprentas de los periódicos. “Ah, usted trabaja en un periódico”, dijo el policía, “no, la prensa no necesita ningún permiso”

III

Mi bomba rodaba con una envidiable precisión rumbo a la rampa puerta del Parlamento, después entró a la gran sala donde; si se anuncia una revolución, se congregan una multitud de guardianes del orden. Me permitieron encenderla, pero no explotó porque arriba seguían hablando. Y cuando grité “¡veinte años después de mi muerte será una verdadera bomba!”, una nube de policías se lanzó sobre mí. Me defendí con un instrumento que llevaba conmigo. Creo que se llama taladro torácico, una suerte de perforador que se aplica contra el pecho. Tiene una manivela y puede traspasar bloques de acero. Se lo puse a un policía entre el segundo y el tercer botón de su uniforme. El oficial comenzó a ponerse pálido. En ese momento los otros me cayeron encima, trataban de sujetarme los brazos y; aunque no les resultó fácil, poco después ya no podía moverme. Así me aprehendieron.

IV

¡Señor Juez, dije!

Señor juez, yo he aprendido y estudiado muchas cosas, porque quería ser escritor y conocer mi tiempo, no sólo… Sí, me defendí cínicamente; pero el juez que ya me conocía sonrió preguntando:

¿Ha ganado dinero?

¡Nunca, dije, está prohibido!

En ese momento el juez miró al secretario del juzgado, el abogado en derecho, al licenciado en izquierda, el fiscal al amanuense, y todos soltaron una carcajada. “¡Deseo que se presente el dictamen de un especialista!”, grito triunfante el defensor.

Usted está acusado, porque no ha hecho dinero”, dijo el juez.

Desde entonces estoy en la cárcel.

Le falta la glándula monetaria, dijeron los especialistas, por ese motivo no tiene una regulación moral, por eso se convierte en un individuo irascible si se le trata mal. Además, sufre de una aguda distracción, no puede retener lo que otros han repetido cien veces. Busca siempre nuevas ideas. El dictamen de los especialistas en literatura fue peor. En suma: soy un mediocre a quien no se le conmutó la sentencia.

Desde que estoy aquí vivo en un sueño del orden. Nadie crítica mi conducta desmedida. Al contrario, entre los presidiarios soy una persona encantadora, mi inteligencia es extraordinaria. Soy una autoridad literaria, escribo las cartas de los vigilantes. Todo el mundo me admira. Yo, que en el mundo de los justos era un mediocre, en el de los injustos soy un verdadero genio moral, un intelectual de altos vuelos. No hago nada por dinero, sino por alabanza y autoadmiración. Trabajo otra vez como sastre. Ah, la vida espléndida del trabajo, mi alma es una aguja finísima, vuela horas enteras, entra y sale por semanas, zumba como una abeja diligente. Y en mi cabeza hay tan poco como adentro de una tumba, y las abejas zumban.

V

Si alguien quiere demostrarme que todo esto es una mentira, que nunca he sido un sastre mediocre y que no vivo en la cárcel, entonces yo le rogaría al presidente de la República que me asignara un lugar de honor en el manicomio.

Ahí, uno también se siente a gusto.

Ahí, nadie se sorprendería de que yo haga las cosas porque me gustan. Sí, al contrario, ahí, en el manicomio, todos estarían dispuestos a quitarme los obstáculos del camino

El poeta en el tercer Reich, Joseph Roth

bI

Hace algún tiempo el escritor Klaus Mann escribió una carta amarga y llena de reproches al escritor y neurólogo Gottfried Benn, que se ha quedado en el Tercer Reich y ha sido nombrado (de manera temporal) director de la Academia Prusiana de las Letras. Que no comprende -es lo que el señor Klaus Mann viene a decir al señor Benn con todo respeto- cómo un escritor de prestigio puede ponerse al servicio del Tercer Reich, por qué un hombre como Benn defrauda a sus partidarios que andan ahora por París, Londres o Praga y que a la desesperación que les embarga con respecto a su patria tendrían que añadir la que ahora deben sentir con respecto a su querido autor. Él, el autor de la carta, como “racionalista” que es, estuvo siempre en contra de la concepción “irracional” del mundo por parte del respetado escritor, pues parece que por desgracia la propensión a lo “irracional” conduce necesariamente a la “reacción”: no obstante, sería imposible que existiera relación alguna entre la fuerza literaria de Gottfried Benn, indudablemente sólida, y el Tercer Reich, insensible, ajeno al espíritu y a la literatura.

Así era más o menos la carta que el escritor Klaus Mann dirigió al por él respetado colega Gottfried Benn.
Éste contestó. Contestó con un largo editorial publicado en el Deutsche Allgemeine Zeitung, que por cierto fue prohibido un par de días después, y desde luego no por la respuesta de Gottfried Benn. al contrario. Sin el Deutsche Allgemeine Zeitung no hubieran aparecido nada más que manifestaciones similares a las de este escritor que se ha quedado en el Tercer Reich y a quien eventualmente se ha considerado apto para dirigir la Academia Prusiana de las Letras, sin duda alguna no habría sido prohibido. Pero si hasta los hechos más insignificantes se consideran desde el punto de vista de ese “irracionalismo” que el señor Klaus Mann reprocha a Gottfried Benn y del que éste se jacta en su respuesta pública, casi se podría sospechar que también en esta ocasión una fuerza irónica e inextricable -una fuerza a la que desde siempre le gusta parafrasear los patéticos, falsos y endebles acontecimientos- se ha puesto manos a la obra para castigar  al redactor jefe de un periódico por haber asumido la función de correo y haber dispensado al autor del evidente y delicado deber de contestar una carta privada con otra carta privada.
II
Tal vez se pueda decir que el autor de estas líneas es un “reaccionario”, en modo alguno un adepto de la interpretación “racionalista” de los acontecimientos históricos, así como tampoco un “marxista” o un admirador del director provisional, el doctor Benn. Cuando éste pronunció el discurso encomiástico con ocasión del septuagésimo cumpleaños de Heinrich Mann, el autor de estas líneas era ya partidario de Heinrich Mann -a pesar de todas las diferencias de opinión existentes entre ellos-, no así del doctor Benn, aun cuando a éste le guste presentarse como un “reaccionario” y aquél sea un “revolucionario”. ¿es necesario insistir? En el escritor lo decisivo es la aportación literaria. Que el doctor Benn se convierta o no en el director provisional de una Academia en la que los miembros son diletantes -da igual de qué ideología-, a un viejo “reaccionario” como yo le hubiera parecido irrelevante. Pero que el doctor, frente a un colega y admirador que mantiene una clara postura “liberal-racionalista”, se presente como “conservador”, “irracionalista” y al mismo tiempo como defensor de la “revolución nacional”; que alguien que hace tan sólo un par de meses ha pronunciado  un discurso sobre Heinrich Mann -un autor totalmente libre de cualquier sospecha de “irracionalismo”- y que a toda prisa ocupa su asiento como “director provisional”, escriba también una carta abierta como “irracionalista” y prosélito del Tercer Reich, que acaba de desterrar a Heinrich Mann, me parece sintomático y creo que merece ser considerado con más detalle.
III
Si se me permite transcribir unos cuantos pasajes del editorial del doctor Benn: “Sólo con aquellos que han pasado por las emociones de los últimos meses, aquellos que hora tras hora, periódico tras periódico, mitin tras mitin, programa de radio tras programan de radio han vivido todo esto sin interrupción y muy de cerca, que día y noche lucharon con él, incluso con aquellos que no recibieron todo esto con júbilo, sino que más bien lo sufrieron, con todos estos se puede hablar, no así con los desertores que se marcharon al extranjero.
“…pero, y esto es lo que yo pregunto a mi vez, ¿cómo imagina usted en definitiva que se mueve la historia? ¿Piensa usted que actúa especialmente en los balnearios franceses?
“¿Cómo se imagina por ejemplo, el siglo XII, la transición del sentimiento romántico al gótico? ¿Piensa usted que fue algo previamente acordado?
“…ah, ella (la historia) no le debe a usted nada, pero usted se lo debe todo a ella …ella no tiene otro método que el de, en sus puntos de inflexión, extraer del seno inagotable de la raza un nuevo tipo de humano que tiene que abrirse paso luchando, que tiene que integrar en la materia del tiempo la idea de su generación…
“Comprende usted al fin allí, en su mar latino…
“De modo que está usted allí sentado, en su balneario, y nos pide explicaciones…
“Es la nación cuya lengua habla usted, cuya ciudadanía posee, cuya industria imprimía sus libros, a la que debía usted su reputación y su fama, entre cuyos miembros le gustaría tener cuantos más lectores mejor, y que tampoco ahora le habría hecho gran cosa de haberse quedado usted aquí…
“Sabe usted que como médico del seguro estoy en contacto con muchos trabajadores… Y no cabe ninguna duda -se lo oigo decir a todos- de que les va mejor que antes.
“¡Un pueblo es mucho! ¡… la totalidad de mi cerebro, todo ello se lo debo en primer lugar a este pueblo! ¡De él proceden los antepasados, a él vuelven los hijos!”.
IV
¡Basta de citas! Si yo, de programa de radio en programa de radio, hubiera “pasado por todo eso sin interrupción”; si durante los últimos meses hubiera “luchado con todo eso”; si yo mismo hubiera “contestado con la pregunta” de si la historia “actúa principalmente en los balnearios franceses”; si hubiera “acordado la transición del sentimiento romántico al gótico”; si alguna vez hubiera sido capaz de  hacerme cargo de lo que significa eso del “seno de la raza” que tiene que “abrirse paso luchando”; de haber estado sentado en un “balneario” o en un “mar latino” que hubiera podido considerar como mío; si hubiera escuchado a los trabajadores diciendo que les va mejor que antes y tuviera que agradecer “la totalidad de mi cerebro” “en primer lugar” al pueblo; suponiendo que me hubiera sido posible vivir todo eso con la facilidad con la que lo ha registrado el doctor Benn, me resultaría imposible escribirle a uno de mis lectores, colega y admirador, que debería haberse quedado en un país  que “tampoco le habría hecho gran cosa” de haberse quedado. Y en el caso de que me “hubieran hecho” tan sólo algo, no habría ido a que me tratara el doctor Benn, el médico del seguro. Al final él habría acabado comprobando que, al igual que a los trabajadores, me iba mejor que antes.
V
Ese doctor es uno de los muchos comentadores que tiene la revolución. Él -junto a algunos otros- se preocupa de aclararle a los “racionalistas”, a los “liberales”, a los “socialistas”, el misterio incomprensible y elemental de los acontecimientos históricos. Pero a un “liberal”, a una mente del “siglo XIX”, podría ocurrírsele de pronto que  un suceso elemental que se comenta sin cesar a sí mismo no es auténtico. Es como si por ejemplo el Vesubio escupiese fuego y el guía de turismo, el seor Cook, explicara a los viajeros que se trataba de un capricho incomprensible y catastrófico por parte del volcán. ¿Desde cuándo se han vivido en este mundo un terremoto, una tormenta, una tromba de agua, un simún o una revolución y al mismo tiempo su comentario? Los comentarios siempre vienen después. pro primera vez en la historia de las revoluciones salen a escena unos revolucionarios que de manera gratuita facilitan la explicación de sus acciones, diciendo que se trata de eso, de acciones revolucionarias. Sin embargo, el comentario es justamente lo que hace que la revolución resulte sospechosa. Un asesino que mientras tira al suelo a su víctima le suelta una conferencia sobre la sed natural de sangre de un asesino nato, despierta incluso en la víctima la sospecha de un teórico del asesinato que le está matando a golpes, pero no de un verdadero asesino. En una situación así, cuánto mejor aquel Hobler, el ministro, que dijo que allí donde se cepilla  madera, tienen que volar astillas. ¡Vuelta de una metáfora a la sangrienta realidad y justificación de la realidad por medio de la metáfora! Aquí un reconocido aviador ha vencido en su propio terreno a un poeta que ni de lejos tan reconocido… Y sin más, tanto las astillas como a la madera se les dijo que tenían que conformarse con la suerte que les deparara la historia universal. Qué endeble resulta en cambio la invitación que el poeta hace a su colega  para que se quede en el país, en el que “no le habrían hecho gran cosa”. y de una vez queda clara la necesidad que tenemos de un “ministro de la Propaganda”, cuya tarea consiste en  presentar a la prensa los violentos sucesos elementales como si fueran los nuevos productos de una fábrica de jabones. Contaminados como ahora están los hombres por el liberalismo, necesitan esas explicaciones puntuales, acordes con la época, para respetar los incomprensibles acontecimientos naturales también como algo incomprensible.
VI
¡Qué forma de banalizar lo “elemental”! Más aún: qué manera de banalizar el concepto de nación cuando el seor Benn escribe que uno le “debe” a la nación no sólo la ciudadanía, sino también que gracias a la industria nacional se imprimen los libros. Como si la vida de la nación no consistiera precisamente en el entercambio de bienes que cada uno de sus miembros toma y da, recibe y ofrece. Como si, por ejemplo, la imprenta, el editor y el lector no “debieran” al escritor Gottfried Benn tanto como él a ellos. Como si el pasaporte y el documento que le garantizan la ciudadanía fueran más valiosos que el libro que ha escrito.  Sí, como si el pasaporte fuera una distinción muy especial que el estado concede a su poeta, a pesar de que no la merece. Como si la industria, el ejército, los ministerios, la policía, las tropas de las SA fueran el Estado, todos ellos, a excepción del poeta. Lejos de considerar a un comisario de policía como un componente del pueblo menos importante que un autor de versos como los que escribe por ejemplo el doctor Benn, me atrevo a afirmar  que ninguno de los dos “debe” nada al otro o que los dos se “deben” todo el uno al otro. Y tan cierto como que un poeta cuya existencia física se encuentra en peligro y que por eso -y sólo por eso- emigra, está lejos de dejar de ser un poeta alemán, también lo es que la literatura alemana no conoce los límites de un Estado; que es más fuerte e inmortal que cualquiera de las formas de Estado que la nación se dé a sí misma en cada momento; que sobrevivirá a todas las formas de Estado y a todas las “revoluciones nacionales”, pero también a las “internacionales”; y que un escritor alemán, incluso si ha emigrado, no por eso merece el desprecio, porque de modo más intenso que la industria que imprime sus libros lleva en su interior “lo alemán”, “lo nacional”. Donde quiera que se encuentre el poeta alemán, puede ser también Francia, Inglaterra o Italia. ¡Ah! ¡Qué ironía! ¡Qué miserable ironía la de un escritor que casualmente no tiene ninguna abuela judía y que por eso puede decirle al otro, que casualmente sí tiene una madre judía, que no le habrían hecho “gran cosa” de haberse quedado. ¿Qué significa eso de que no le habrían hecho gran cosa, doctor? ¿Castrarlo, por ejemplo? ¿Esterilizarlo? ¿Es eso poco o mucho para un escritor de origen judío? ¡Vana pregunta formulada por un escritor emigrado  a un médico de la piel y de las enfermedades venéreas que se ha quedado en el país y que es director eventual de la Academia de las Letras! No hay entendimiento posible -el doctor tiene razón- entre Alemania y el Tercer Reich.
Postdata:
La respuesta del doctor no ha dejado descansar a otro poeta, y como el Deutsche Allgemeine Zeitung fue prohibido, el Berliner Tageblatt hubo de poner dos columnas a disposición de Max Barthel. Este “poeta-obrero”, como lo llamaron no sin motivo los periodistas judíos ya durante la guerra, escribe también respuesta públicas a las cartas privadas de los amigos que se encuentran en el extranjero. sin embargo, el “poeta-médico” y el “poeta-obrero” se diferencian en el estilo.
Como corresponde al “poeta-obrero”, Barthel escribe por ejemplo:
“Quienes han cruzado la frontera han perdido el derecho a hablar y a escribir sobre Alemania. Han cruzado la frontera demasiado deprisa. A la mayoría no se les habría tocado un solo pelo…
“Y para mí, como viejo socialista, como hijo de albañil, como ser humano que durante muchos aos ha trabajado en distintas fábricas, dos cosas fueron decisivas en mi manera de pensar. En primer lugar, la unidad de Alemania por los nacionalsocialistas. En segundo, que colocaran el trabajo donde corresponde, en el centro de las consideraciones.”
¡Ojalá hubiera permanecido en la fábrica, siendo un viejo socialista y uno de los pacientes del “poeta-médico” del seguro, en vez de “colocarse en el centro de las consideraciones”! Tal vez en ese caso no habría perdido el derecho a escribir en alemán…

Las amantes, Elfriede Jelinek

KenzieAsí, en el transcurso de los años, se creó un círculo natural: nacer y empezar y casarse y salir y tener a la hija, la ama de casa o vendedora, generalmente ama de casa, la hija empieza, madre estira las patas, hija se casa, sale, se lanza del estribo, ella da a luz a la siguiente hija, la tienda de subsistencias populares es el centro del círculo natural de la naturaleza, en sus frutas y verduras se reflejan las estaciones del año, se refleja la vida humana en sus múltiples formas de expresión, en su único escaparate se reflejan las caras atentas de las vendedoras reunidas aquí para esperar el matrimonio y la vida. Pero el matrimonio siempre llega solo, sin la vida. Terrible, esta agonía lenta. Los hombres y las mujeres agonizan juntos, el hombre siquiera tiene un poco de diversión, vigila a su esposa como mastín desde fuera, la vigila en su agonía. La mujer vigila desde dentro al hombre, a las turistas en verano, a su hija y el dinero para el gasto, no dedicado a la borrachera. Y el hombre vigila desde fuera a su esposa, a los turistas, a la hija y el dinero para el gasto para apartar algo para emborracharse. Y así agonizan mutuamente. La hija ya no puede esperar poder agonizar también, y los padres hacen sus compras para la muerte de la hija: sábanas y toallas y trapos y un refrigerador usado, se conservará muerta pero fresca. “

 

Una especie de pérdida, Ingeborg Bachmann

Miguel Vidal

Usados en común: estaciones del año, libros y una música.
Las llaves, los boles de té, la panera, sábanas y una
cama.
Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, empleados,
gastados.
Un reglamento de casa observado. Dicho. Hecho. Y
siempre alargada la mano.

De inviernos, de un septeto vienés y de veranos me he
enamorado.
De mapas, de un poblacho de montaña, de una playa y de una cama.
Con fechas he hecho un culto, promesas he declarado
irrevocables,
he adornado un algo y he sido devota delante de una nada,

(-de un periódico doblado, de las cenizas frías, del
papel con un apunte)
impávida ante la religión, porque la iglesia era esta cama.

De la vista de un lago surgió mi pintura inagotable.
Desde el balcón había que saludar a los pueblos, mis
vecinos.
Junto al fuego de la chimenea, en la seguridad, mi
cabello tenía su color más intenso.
La llamada a la puerta era la alarma para mi alegría.

No te he perdido a ti,
sino al mundo.

Aforismos, Arthur Schnitzler

Brassai

Las riñas amorosas raramente acaban en una paz verdadera; normalmente se trata de un simple armisticio que se conceden mutuamente las partes para enterrar a sus muertos. Luego, cuando se reanuda la batalla, vuelven a sacar a la luz hasta a los muertos, y continúan luchando envueltos en vapores de descomposición.

*

El sentirnos atados y anhelar constantemente la libertad, y el hecho de que intentemos atar a otras personas sin estar convencidos de tener derecho a ello: eso es lo que hace tan problemática toda relación amorosa. ¿Has comprendido? ¿Has perdonado? ¿Has olvidado? ¡No te confundas! Lo que pasa es que has dejado de amar.

*

Una regla para las deudas de amor: mejor dejarlas prescribir que cobrarlas demasiado tarde.

*

Un destino tragicómico: saber que nuestra vida está arruinada y querer llorar esa desgracia precisamente en el pecho del causante de la ruina.

*

En toda relación erótica, los amantes intuyen siempre la verdad y, sin embargo, se empecinan en creerse todas las mentiras.

*

Nunca creas poder confiar tanto en la mujer a la que amas, como para confesarle tus sentimientos más secretos. Si lo haces, no dudes de que se vengará, sea confesándote a ti los suyos, sea ocultándotelos.

*

El anhelo más doloroso: el que sientes por una persona que se cree tuya, pero que tú, en tu fuero interno, sabes que no te pertenece del todo. Y la tristeza más dolorosa: la de ver a una persona que deambula viva a tu lado pero para ti hace tiempo que ha muerto, sin saberlo ella.

*

En las relaciones amorosas hay dos fases que se suceden casi sin solución de continuidad: una, en la que después de las discusiones es mejor reconciliarse de inmediato, ya que al fin y al cabo el reencuentro no puede aplazarse demasiado; y otra en la que conviene aprovechar la primera discusión que se tercie como pretexto para la ruptura, ya que ésta es inevitable.

*

Las disputas en las relaciones amorosas siempre surgen, en el fondo, de los fundamentos en que éstas se basan.

*

Cuando poco a poco un ser al que aún amas empieza a perder para ti la magia sexual, puede suceder acaso un nuevo prodigio: que halles ante ti a la niña que fue esa persona antes de que la abrazases como mujer. Y entonces la querrás aún más que antes.

*

Una mujer inteligente me dijo una vez: “Los hombres saben muy bien, sin tener que pensárselo dos veces, lo que han conseguido de nosotras; pero normalmente ni se imaginan todo lo que no han conseguido”.

*

A las mujeres las hiere más nuestra confianza que nuestra desconfianza. Esta última sólo ofende su honestidad, mientras que el exceso de confianza es una afrenta a su capacidad de seducción y a su sensibilidad.

*

La mezcla de sinceridad y mentira siempre da como resultado una mentira; la mezcla de fuerza y debilidad, siempre debilidad, y la de bondad y maldad, siempre maldad. Pues el signo que se impone es siempre el negativo. La diferencia entre el álgebra y la psicología consiste en que en ésta dos signos negativos nunca dan un resultado positivo.

*

El verdadero cumplimiento del deber está a veces en hacer más y a veces en hacer menos de lo que el deber nos exige. Ese es el problema al que nos enfrentamos en todas las situaciones difíciles de la vida.

*

Al igual que en la vida del individuo, en las relaciones entre personas no existe ninguna fase de reposo. Hay un comienzo, un desarrollo, un cenit, un declive y un final, y como en el individuo, dolencias de las más diversas clases: molestias, enfermedades congénitas, estados de agotamiento, achaques de la vejez; muchas veces no falta tampoco un toque de hipocondría. Muchas relaciones sucumben a enfermedades de la infancia, incluso a algunas que podrían prevenirse con atenciones y cuidados, es decir, mediante una higiene razonable; otras expiran en la flor de la edad a causa de las secuelas de antiguas enfermedades; otras mueren tarde o temprano debido a males congénitos que raramente se diagnostican a tiempo. Algunas envejecen de prisa, otras despacio, y las hay que están aparentemente muertas, pero las puede devolver a la vida con paciencia, medios adecuados y buena voluntad. Pero hay otra cosa en que las relaciones humanas coinciden con el ser humano: pocas saben resignarse a lo inevitable, arrostrar con dignidad el sufrimiento y la vejez y morir con belleza.

*

A la hora de traicionar, la mayoría de la gente es más puntual que a la hora de demostrar su felicidad. Y es que traicionar demasiado tarde puede costarle a uno más caro que ignorar las exigencias de la felicidad.

*

Cuando el odio se acobarda, sale a la calle enmascarado y se hace llamar justicia.

*

Desde el punto de vista de la economía de las relaciones humanas, es preferible unirse a una persona poco de fiar pero tierna que a una persona fría pero digna de confianza. Contra las personas poco fiables hay un remedio: conocer a los seres humanos; en cambio, la frialdad acaba congelando irremediablemente todo vínculo hasta condenarlo a la esterilidad.

*

Toda relación amorosa atraviesa tres estadios que se suceden imperceptiblemente: el primero, en el que somos felices estando juntos en silencio; el segundo, en el que nos aburrimos estando juntos en silencio; y el tercero, en el que el silencio se hace carne y habita entre los amantes como un enemigo maligno.

*

La mayoría de las personas viven en el entresuelo de la casa de su vida, donde se han instalado holgadamente, con buenas estufas y todas las demás comodidades. Raramente bajan al sótano, donde intuyen la presencia de fantasmas que podrían helarles la sangre; tampoco suelen subir a la torre, pues sienten vértigo al mirar hacia abajo y a lo lejos. Pero también hay algunos que prefieren vivir precisamente en el sótano, porque se sienten más a gusto en la penumbra y el estremecimiento que bajo la luz y la responsabilidad, y otros disfrutan subiendo a la torre, para dejar perderse la vista en lejanías insondables que jamás alcanzarán. Pero los más desgraciados son aquellos que se pasan la vida corriendo del sótano a la torre sin parar, mientras las estancias habitables de la casa se llenan de polvo y de abandono.

*

¿Quién será capaz de comprender del todo estos tres hechos inconcebibles: que existe, que es él y no otro y que antes no existía y un día dejará de existir?

*

El matrimonio es la escuela de la soledad, pero nunca se aprende lo suficiente.

*

Entre las dos verdades igualmente crueles: vida y muerte, hemos insertado la mentira confortante de la inmortalidad.

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Ama a quien te sea lejano y no toleres a quien te sea cercano, finalmente asistirás al triunfo de la paz en el mundo.

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En la vida ser inteligente quiere decir considerar importante cada cosa, pero no tomar ninguna en serio.

*

¿Dios es el sueño de la humanidad? Sería demasiado bello. ¿La humanidad es el sueño de Dios? Sería demasiado horrible.

Soy mi propio paí­s, Joseph Roth

François Hufkens

He recorrido millares de kilómetros. Mi vida se extiende, medible en el espacio más que en el tiempo, entre el lugar donde he nacido y las ciudades, paí­ses y aldeas en las que he pasado estos últimos diez años para “hacer un alto”, y sólo para “hacer un alto”. Las rutas que he recorrido son los años que he vivido. Ni el día de mi nacimiento ni mi nombre fueron jamás registrados en ningún libro, sea el de una iglesia o el de una alcaldí­a. No tengo patria, sólo me tengo a mí­ mismo, y ahí­ me siento como en casa. Cuando mis asuntos van mal, soy mi propio paí­s. No me siento bien sino en el extranjero. Cuando me alejo de mí­ mismo, me pierdo, y por eso pongo gran cuidado en permanecer cerca de mí­.

Nací­ en un agujero perdido de la Volinia, el 2 de septiembre de 1894, bajo el signo de la Virgen, con la cual mi nombre “Joseph” tiene, sin duda, alguna vaga relación.

Mi madre era una naturaleza vigorosa, eslava, próxima a la tierra; ella cantaba a menudo canciones ucranianas, porque era muy infeliz. (Los pobres de mi lugar cantan cuando son infelices, al contrario de la gente feliz de Europa occidental. Por eso los cantos de Europa Central son bellos; quien tenga corazón estará al borde de las lágrimas al escucharlos). Ella no tení­a ni dinero ni marido porque mi padre, quien la condujo un dí­a a occidente, sin duda para engendrarme y solamente para eso, la abandonó en Kattowitz y desapareció para nunca regresar. Fue seguramente un hombre extraño, un austriaco de tipo particularmente “pelirrojillo”; gastaba mucho dinero, sin duda alguna bebí­a y murió cuando yo tení­a 16 años. Su especialidad era esta melancolí­a que yo heredé de él. Jamás lo vi. Recuerdo haber soñado a la edad de cuatro o cinco años con un hombre que, en mi sueño, hací­a las veces de padre. No fue sino hasta diez o doce años más tarde que vi una fotografí­a de él. Ya lo conocí­a: era el hombre de mi sueño.

Durante toda mi infancia, cuando los otros aprendí­an a andar, yo viajaba ya en ferrocarril. Vine muy pronto a Viena, de donde me marché rápidamente. Regresé y partí­ al Este de nuevo. No tení­a dinero; viví­a de apoyos que me daban parientes ricos y de lecciones particulares; envidiaba a los ricos sin sentirme solidario con los pobres. Me parecí­an bobos y torpes. Además, tení­a temor a toda manifestación vulgar de los sentimientos í­ntimos. Estuve feliz de encontrar en la Odi profanum vulgus et arceo de Horacio una autoridad que confirmaba mis instintos. Amaba la libertad. Los años pasados cerca de mi madre fueron los más felices que yo haya vivido. En la noche me levantaba, me vestí­a y salí­a de la casa. Vagaba durante tres o cuatro dí­as, me acostaba en casas que no sabí­a dónde se encontraban, con mujeres a las que no les veí­a, a pesar de mi curiosidad, el rostro. Me hací­a cocinar papas en las praderas del verano o en los campos endurecidos del otoño. Recogí­a fresas en el bosque. Me juntaba con muchachos apenas adolescentes y fui golpeado a menudo, de algún modo por error. Los muchachos que me golpeaban me pedí­an enseguida perdón, porque temí­an mi venganza; podí­a ser cruel. Yo no tení­a ningún afecto particular por ninguno, pero como aborrecí­a a uno de ellos, anhelaba su muerte y estaba dispuesto a dársela. Yo tení­a las mejores hondas. Apuntaba sólo a la cabeza, y no solamente con piedras, sino también con residuos de vidrio y hojas de afeitar rotas. Preparaba emboscadas, trampas, agujeros disimulados en el campo. Un dí­a, cuando uno de mis enemigos apareció armado de un revólver, me sentí­ humillado, aunque no tuviera municiones. Comencé a adularlo; me convertí­, poco a poco, a pesar de mi viva repugnancia, en su amigo; en fin, le compré el revólver por el precio de dos cartuchos que me habí­a dado el guardabosques. Lo persuadí­ de que estas municiones eran mucho más peligrosas que un arma sin munición.

Conocí­ sentimientos más nobles, pero fueron de breve duración. Una muchacha los despertó en mí­. Yo estaba ya inscrito en la universidad para mi segundo semestre de Germanística. Mi amiga era originaria de Witkowitz. A los 16 años habí­a sido seducida por un ingeniero, quien le engendró un hijo. Afortunadamente, nació muerto. El ingeniero no se preocupaba por ella. Por lo tanto, partió a Viena, como niñera en casa de gente muy malvada. ¿Qué otra alternativa tení­a yo sino la nobleza de sentimientos? Renté un cuarto para la joven, la incité a abandonar a los niños rubios, tontos y vestidos con trajes de marineros que ella cuidaba.

Después, decidí­ hacerle a la pobre un hijo vivo, y retar a duelo al ingeniero. Para este fin, vendí­ mi abrigo y logré que me adelantara dinero el abogado a cuyo hijo yo daba lecciones. Partí­ a Witkowitz a encontrar a mi ingeniero. El me dio una cita en un café, después de haber recibido de mí­ una corta carta, bastante grosera por cierto. Tení­a una barba puntiaguda y negra, las cejas sesgadas, los ojos chispeantes, y un bello rostro moreno; me hací­a pensar en el diablo. En su tarjeta de visita decí­a: “Teniente de la reserva”. ordenó para mí­ un café, se mostró amigable, sonrió, reconoció que se acostaba por principio con todas las hijas de sus capataces, pero que después no encontraba el tiempo para ocuparse de ellas. Me condujo al burdel, me ofreció tres muchachas a la vez y se declaró dispuesto a cederme una de las ví­rgenes de Witkowitz. Me ofreció de beber, me acompañó a la estación y nos abrazamos al despedirnos. Desgraciadamente, murió de tifus en la guerra, en 1916. Este fue el primero de mis amigos.

Regresé a Viena. Entretanto, la muchacha habí­a conseguido un nuevo empleo. Me escribió una bella carta de adiós de donde se inferí­a que yo no era nada para ella; amaba siempre, y con razón, al ingeniero. A partir de ese momento me puse a buscar a las mujeres en los parques públicos o en los bosques próximos a Viena, y después, por modestia, fingida timidez o compasión, el amor de las madres de mis alumnos.

Las esposas de los abogados me distinguí­an particularmente, porque sus maridos no tení­an tiempo libre. Me ofrecí­an camisas, calzones, corbatas, y me conducí­an con ellas al Klagenfurt, Innsbruck o Graz. Ellas fueron mis madres. Yo las amaba sinceramente.

Cuando la guerra estalló perdí­ poco a poco mis lecciones, unas después de otras. Los abogados partieron al frente, sus mujeres se mostraban de mal humor y manifestaban una clara predilección por los heridos de guerra. En fin, me presenté voluntariamente al 21 Batallón de Cazadores. Me rehusé siempre a viajar en tercera clase, a ser siempre el primero en saludar. Yo era un soldado ambicioso. Llegué demasiado pronto al frente oriental. Me inscribí­ en la Escuela de oficiales; querí­a convertirme en oficial. Fui condecorado. Permanecí­ en el frente -siempre el frente oriental- hasta el fin de la guerra. Era intrépido, respetuoso de la disciplina, ambicioso. Resolví­ permanecer en el ejército. Después, vino la revolución. Yo detestaba las revoluciones, pero debí­ adaptarme y, luego de que el último tren salió de Schmerinka, regresé a pie. Caminé tres semanas; durante diez dí­as tomé los caminos apartados para ir de Podwoczysk a Budapest y de allí­ a Viena, donde, por falta de dinero, me puse a escribir para los periódicos. Mis tonterí­as se publicaron. Habí­a nacido. Me convertí­ en escritor. Emigré enseguida a Berlí­n. Mi amor por una mujer casada me apremiaba, como también el temor de perder mi libertad, que me era más preciosa que mi corazón irresuelto. Escribí­ artí­culos tontos y me hice, de este modo, de un nombre. Escribí­ libros y fui conocido. Kiepenheur me rechazó dos veces. Me habrí­a rechazado todaví­a una tercera si, entretanto, no nos hubiéramos conocido.

Un domingo bebimos cerveza juntos. Estaba mala. Los dos enfermamos. Nos hicimos amigos por compasión, a pesar de la diferencia de nuestras naturalezas que se encontraban sólo en el alcohol. Kiepenheur es, en efecto, de Occidente, y yo, del Este. Es difí­cil imaginar una contradicción más grande. El es un idealista y yo soy un escéptico. El ama a los judí­os, yo no. El sueña con el progreso y yo soy reaccionario. El es siempre joven, yo soy siempre viejo. Hoy cumple 50 años, y yo 200, y podrí­a ser su bisabuelo si no fuera su hermano. Yo soy violento, él es conciliador. El es, para todas las cosas, vagamente cortés y yo, yo expreso mis opiniones con brutalidad. El es justo, yo injusto. Sin embargo, pareciera que hay entre nosotros relaciones secretas, como si estuviéramos de acuerdo en todo, como si nos hiciéramos concesiones mutuas, pero en verdad, no se trata de nada de eso. Porque él no tiene ningún sentido del dinero; yo tampoco. El es el hombre más caballeroso que conozco; yo también. El cree en mí­; yo también. El espera mi éxito; yo también. La posteridad le está dada; a mí­ también. Somos inseparables. Esa es su ventaja.


Tristeza, Georg Trakl

Alexey Titarenko

La desdicha universal flota como un espectro por la tarde.

Barracas que por incultos jardincillos pardos huyen.

Pabilos fantasmales oscilan en el estiércol quemado,

dos durmientes se bambolean rumbo a la casa, grises y difusos.

Sobre el marchito prado corre un niño

y juega con sus ojos negros y lisos.

El oro gotea de los arbustos borroso y apagado.

Un viejo gira tristemente al viento.

Al atardecer, de nuevo sobre mi cabeza,

Saturno guía mudo un sino desdichado.

Un árbol, los pasos de un perro en retirada,

y negro vacila el cielo de Dios y deshojado.

Un pececillo se desliza veloz en el arroyo

y leve roza apenas la mano del amigo muerto,

y alisa con ternura su frente y su vestido.

Una luz despierta las sombras en los cuartos.


Dios Nuestro Señor en Rusia, Joseph Roth

Dragos Carbuneanu

Dios Nuestro Señor camina de incógnito por las calles de la tierra rusa, libre de todas las pesadas obligaciones que la antigua religión oficial se habí­a atrevido a imponerle, comprometido ante la ley a no inmiscuirse en polí­tica, considerado como absolutamente inexistente, como un tipo de competencia inepta, por los hombres del Estado. Ya no se hacen pogroms en su nombre, ya no se toma juramento a los soldados en su nombre.

Ya no necesita adoptar medidas policiacas de naturaleza terrenal. Dios tiene vacaciones.

No se le responsabiliza por rayos, truenos y centellas. Ya no necesita adaptarse a las ideas terrenales de justicia e injusticia. Ya no debe prestar su nombre para la protección de los grandes, apenas escucha las campanas de la iglesia, ya no celebra matrimonios en el cielo -para mayor seguridad, los hombres lo resuelven en el registro civil-. Dios Nuestro Señor vive todaví­a en los arcaísmos, en las exclamaciones sobresaltadas de naturaleza femenina, en las aseveraciones de los mentirosos hombres del NEP, en los distintos juramentos exagerados, irreflexivos, que no tienen validez en los juzgados, Dios es una invocación sin importancia.

El Partido Comunista se ha encargado de la mayor parte de sus funciones y las ha repartido entre diferentes dioses menores. Soberano, el hombre deambula sobre su tierra, todo le puede ocurrir, pero no le puede pasar nada. El poder verlo y saberlo todo lo ha heredado la policí­a secreta. Dios sólo puede dedicarse a sus decisiones inescrutables, ha sido limitado a la administración del infinito y a la conservación de la eternidad. Sin embargo, el gobierno de lo pasajero ya no está en sus manos. Cuando todaví­a tiene algo que decir en Rusia, reconoce con sinceridad que está contento.

«Dí­game», me preguntó un hombre, «¿cómo puede creer en Dios un hombre ilustrado?».

«Somos orgullosa e intencionadamente ateos», me dijo un alto funcionario público.

«Este tipo todaví­a cree en Dios», así­ me presentó una madre a su hijo de doce años.

Tení­a un gramófono y en las noches apacibles oí­a con atención los compases de un vals de Strauss.

«El cielo es aire azul», dijo el niño, «¿dónde puede estar sentado Dios?».

«Dios está de rodillas ante nosotros cuando nos implora un Java (una marca de cigarrillos)», escribió un poeta moderno que hace el elogio de los cigarrillos. «Cuando Lenin murió», me contaba un comunista mojigato, «no fui a ver el cadáver. No honro a los muertos, eso se lo dejo a los feligreses».

«Educamos al hombre para la autosuficiencia», dice un trabajador, «por eso hemos desterrado a Dios». «Nosotros construimos un ferrocarril eléctrico. Usted puede verlo», me dijo un ingeniero en Bakú, «¿Dios nos ha construido alguna vez un ferrocarril?».

El hombre cree en lo que ve, oye y huele. Cuando aparece en la literatura, Dios es una licencia poética, en Dostoyevski, por ejemplo, es una consecuencia directa de su epilepsia.

«¿Qué hace Dios?». Sale a pasear como un desconocido, un viejo vestido de extranjero. Un reportero se lo encuentra en una calle silenciosa después de la lluvia; el pavimento deteriorado está húmedo y lleno de charcos. Un arcoiris vespertino se arquea en el oriente. El sol cae en el poniente.

«Hoy estuve en el Instituto para el intercambio Cultural con el Extranjero», dijo Dios. «Me dieron una visita guiada. Tení­a que ver el Kremlin; me enseñaron iglesias vací­as. Un intérprete inglés me lo tradujo todo. No me interesan los estilos arquitectónicos ni los sarcófagos de los zares muertos. Una mosca zumbaba, una mosca verde española zumbaba en una habitación. Tradúzcame’, le dije al intérprete, lo que dice la mosca».

«Estúpido yanqui», dijo el intérprete en ruso dirigiéndose al guí­a, y hacia mí­: «la ciencia no está tan adelantada entre nosotros. No conocemos el idioma de las moscas». Una migaja de pan colgaba del bigote del guí­a.

«Acaba de desayunar», dije. El intérprete le tradujo. Sabe, a mí­ siempre me han interesado las cosas muy pequeñitas. Me mostraron el mausoleo de Lenin. Tirado en la entrada habí­a un clavo tirado. Lo levanté y pregunté: «¿De dónde cree que proviene este clavo?» y no sabí­an qué decirme. Entré a una iglesia, di una limosna a los mendigos para no llamar la atención. Los feligreses no cantaban mal. El Pope es un magní­fico bajo profundo. Vi el pie de un hombre arrodillado y un hoyo en la suela de un zapato. «¿Dónde se hizo ese hoyo?» pregunté a mi acompañante. No lo sabí­a.

«Sabe cómo se forma el rayo, pero yo nunca lo he ocultado. Mire, los hombres, sin embargo, siguen sin saber nada de las cosas nimias, aunque ya no crean en Mí­. En cuanto a Mí­, apenas puede creer lo contento que Yo estoy de haber sido relegado de este complejo de Estado, gobierno, industria, polí­tica. Y no me exigen que me preocupe por la salud de los altos mandos, por la moral de los niños, por la coalición de los generales y la quí­mica. No bendigo máscaras antigás, hasta los guardias blancos han entendido que ya no los ayudaré. Vivo en el Savoy, pago veinte rublos al dí­a y dejo que se Me niegue. Ahora voy al teatro de Meyerhold, donde una obra en la cual hacen escarnio de Mí­. Ya no necesito castigar a nadie. í­No puede creer qué noche tan agradable voy a pasar!».

Se hizo de noche. Dios llamó un Iswoschtschik y regateó mucho tiempo. «¿Cuántos nudos tiene tu látigo?», preguntó Dios. «Señor, no puedo contar tales pequeñeces», dijo el cochero, «sólo Dios lo sabe, señor». El reportero fue y escribió en su diario: «Hoy hablé con Dios Nuestro Señor. Vive en Rusia como Dios en Francia».


El sótano, Thomas Bernhard

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El sótano era, para muchas de esas personas del poblado, una y otra vez la única y última salvación. Muchas habían convertido su visita al sótano en costumbre y aparecían día tras día, no era por falta de dinero por lo que, llegado el caso, entraban varias veces al día en el sótano, para comprar una pequeñez, por ejemplo cincuenta gramos de mantequilla, sino porque, de ese modo, tenían la posibilidad de bajar al sótano con intervalos más breves que, según parecía, necesitaban para vivir, y de escapar a su entorno, en muchos casos mortal. Sólo ahora, en esos días de mi nuevo entorno, tenía yo otra vez acceso directo, inmediatamente directo a los hombres, ese acceso inmediato, directo a los hombres no me era posible ya desde hacía años; mi mente primero y luego también mi ánimo se habían asfixiado casi bajo el manto mortal del colegio y las coacciones de su enseñanza, y todo lo que estaba fuera del colegio y sus coacciones no lo había percibido durante años mas que de forma imprecisa, a través de la niebla de lo que se enseñaba. Ahora veía otra vez a los hombres y tenía contacto inmediato con ellos. Había existido durante años en medio de libros y escritos y entre mentes que no eran otra cosa que libros y escritos, en medio del olor enrarecido de una Historia mohosa y desecada, continuamente como si yo mismo fuera ya Historia. Ahora existía en el presente, en medio de todos sus olores y grados de dureza. Había tomado esa decisión y hecho ese descubrimiento. Vivía; durante años había estado muerto.


El reverso de los días, Rudolf Steiner.

 

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Harry Benson

Cuando el hombre se despoja del cuerpo etéreo, vive retrospectivamente su vida. Recorre todas sus experiencias, pero de un modo nuevo.

Supongamos que un hombre muere a los setenta años, vive retrospectivamente hasta los cuarenta, cuando abofeteó a otro en la cara; siente el dolor que el otro sufrió. A los treinta, le ha sacado la mujer a un amigo; cuando llega a esa etapa, se siente engañado por esa mujer.