Los esclavos, Jaques Sternberg

JAVIER+PERUCHOEn el comienzo, Dios creó al gato a su imagen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventiva, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar.

Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede que incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música.

Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.

Vida de la araña real, Henry Michaux

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La araña real destruye su ambiente por digestión. ¿Y cuál digestión se preocupa por la historia y las relaciones personales del digerido? ¿Qué digestión pretende consignar todo esto por escrito?

La digestión obtiene virtudes que el mismo digerido ignoraba, y de tal modo esenciales, que sus restos son pura pestilencia. Huellas de corrupción ipso facto ocultadas bajo la tierra.

Por regla general, se aproxima como amiga. No es más que dulzura y tierno deseo de comunicación. Pero tan implacable es su ardor, y su boca inmensa desea tanto auscultar el pecho del prójimo (y su lengua siempre tan inquieta y tan ávida) que finalmente acaba por tragárselo todo.

¡Cuántos forasteros han sido ya devorados!

Sin embargo, la araña se desespera cuando sus brazos no encuentran nada por estrechar. Va pues en busca de una nueva víctima. Aquella que mientras más se debate, más exaspera su afán de conocimiento. Poco a poco la introduce en sí misma, y la coteja con todo lo que en ella puede haber de más importante y valioso. Y nadie podría dudar de que esta confrontación aporta una luz definitiva.

Aunque el confrontado se abisme en una naturaleza de movilidad infinita y la unión se consume a ciegas.

El primer día, Juan Sternberg

10610510_10204696263471451_1298564674830449903_nEl primer día, Dios se creó a sí mismo. Ha de haber un comienzo para todo.

Luego creó el vacío. Encontró que le había quedado muy grande, y se sintió impresionado.

El tercer día imaginó las galaxias, los planetas y los soles. No se sintió excesivamente satisfecho, sin saber exactamente por qué.

El cuarto día hizo un poco de jardinería: decoró algunos planetas elegidos con un verdadero sentido artístico, y se sintió feliz al probarse a sí mismo que era un dios con gusto, destilando a través del universo una sutil perfección.

El quinto día, sin embargo, para relajarse de los esfuerzos de la víspera, decidió divertirse un poco: imaginó un mundo que no era más que una flagrante falta de gusto, lo atiborró con horribles colores, y lo pobló de una gran cantidad de repugnantes monstruos. Luego llamó a aquel mundo la Tierra.

Oh Eva, tan lejana, Julia Tulkens

 

2¡Oh Eva, tan lejana, tan perdida en el tiempo,
perdida en las fronteras de la vida y la muerte:
cómo vemos tu sombra flotando en nuestro espejo,
oh tú, cuya mirada al mundo entero envuelve!
¿Cómo aprendiste a ser la primera novia, única,
puesto que Dios te hizo virgen y hembra en un día?
¿Cómo aprendiste el nombre de las flores y frutas
y al primer reír de hombre reflejar tu alegría?
Eva, hermana lejana, aún nos queda tu nombre.
Aún vestimos igual tu amor y penitencia.
Tras tu sombra perdemos el paraíso al hombre
con igual desespero, humildad y paciencia.
¡Oh Eva, Eva lejana, perdida en el agrado
de amar al primer hombre y hundirlo en tu regazo
hasta que la coyunda te dio el hijo primero…
Mas tu maternidad ¡llevaba el mortal sello!

El empleado de correo, Jacques Sternberg

Paula Davies

En los diez años que había vivido enjaulado detrás de la ventanilla, al fondo de la vasta oficina de correo, el empleado no había recibido una sola queja.

Recibía, canjeaba, entregaba, anotaba, estampillaba, sellaba, firmaba, contaba y devolvía. Todo lo hacía con una calma perfecta, sin el menor nerviosismo y siempre afable, cortés, sonriendo sin pausa a vecinos, a clientes, a vigilantes, al mundo entero, a todas las cosas, a él mismo… A su día de trabajo. Ante todo, su trabajo, que el empleado juzgaba una tarea muy fastidiosa, pero soportaba gracias a una pequeña obsesión estrictamente personal.

Porque el empleado, en efecto, hace diez años que comete cada noche, antes de irse, lo que se llama un delito cotidiano: un gesto que se ha vuelto obligatorio, una razón de vivir.

Todas las noches introduce en su valija un fajo de cartas escogidas al azar. Se las lleva, vuelve cuanto antes a su hogar, arroja las cartas sobre la mesa, las abre con ansiedad y cada noche, desde las nueve hasta el amanecer, las responde, una por una, sin olvidarse de una sola, sin escribir una palabra a la ligera.

La sangre, Jacques Sternberg

Warwick Saint

¿Qué decir de Istrígala, con quien podía hacer todo lo que yo deseaba porque, desde hacía ya largo rato, ella había franqueado la invisible frontera entre las prohibiciones y lo imposible de todos los misterios?

¿Qué decir de cuanto hice para poner a prueba su poder, su terrible feminidad y su capacidad de resistencia?

Hice de ella una mujer de nieve, capaz de fundirse al sol, pero capaz también de ser más dura que una hoja de metal. La transformé en sílabas que mezclaba con ecuaciones de álgebra para verla recrearse, mitad flor, mitad insecto, en algún rincón del jardín. La puse como en conserva, en unas minas, por el placer de reencontrarla con una pala y un pico, entre brillantes cristalizaciones de piedras preciosas. La hice tan fluida como el agua, tan densa como el mercurio, tan transparente como el cristal, tan terrorífica como un espectro cubierto de hojas de afeitar y, no obstante, siempre sonriente, siempre ávida de entregarse como si nada pudiera sucederle en este mundo desprovisto de consecuencias fatales. Hice que llevara la moral al cuello, bien escotada y con los ojos ardientes; hice que se convirtiera en una enorme mano con la cual yo hacía el amor de todas las formas posibles. Le transfundí las mezclas químicas de las pasiones más contradictorias, hasta ahogarla bajo un torrente de mil colores. La envié a la nada de su muerte para verla regresar diáfana, hierática, con un manojo de confusiones inmundas que me traía de regalo. Y al regreso la veía con su rostro siempre irónico y glacial, al cual ni el terror ni la pasión habían logrado dotar de alguna suerte de expresividad.

Hasta el día en que, por distracción, se cortó ligeramente un dedo rebanando el pan, sangró apenas y murió casi en el acto, completamente exangüe.

La alta fidelidad, Jacques Sternberg

Robert Hutinski

Llevaba años consagrando su fortuna, su energía y su tiempo a un solo objeto: su equipo de alta fidelidad.

En el comando de su pre-amplificador había treinta y cuatro botones, que en muchos casos sólo ofrecían variaciones imperceptibles para cualquier oído normal.

El amplificador tenía veintidós bujías y diez condensadores. Tras una compleja fase de filtración de ruidos, al fin se difundía el sonido por una red de treinta y cuatro altoparlantes puestos en las paredes del salón de música.

Mes a mes él aportaba alguna mejora a este equipo que nunca parecía satisfacerlo. Había recorrido el mundo en busca de la mejor púa, del tweeter más eficaz, del platino más silencioso. De este modo había montado un conjunto heterogéneo, es verdad, pero de tal precisión que a todos los discos arrancaba armonías insospechadas que casi ningún otro equipo era capaz de detectar.

Cada tres días, puntualmente, él compraba un disco. Tenía más de tres mil discos que manipulaba con guantes de fieltro, con precauciones más solemnes que si hubiese tenido que lidiar con nitroglicerina.

Prefería la música clásica al jazz porque los discos de música popular generalmente no están tan bien grabados como los clásicos. Y, por supuesto, adquiría un disco sólo tras investigar la calidad de su sonido.

Muy raras veces escuchaba un disco entero. Prefería escuchar un pasaje por aquí, unos compases por allá. Un agudo especialmente brillante o cualquier otro sonido similar a una acrobacia le causaba un hondo placer si con ello podía lucirse su equipo. Entonces sonreía feliz, orgulloso de su instalación de audio.

En realidad, él sólo se sentía vivo cuando había un disco girando en su bandeja.

Y, sin embargo, no era tan melómano.

Hacía ya tiempo que los sonidos más graves le habían roto el tímpano izquierdo y los agudos le habían perforado el tímpano derecho.

Los esclavos, Jacques Sternberg

Ellen van Deelen

En el comienzo, Dios creó al gato a su imagen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventiva, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar.

Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede que incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música.

Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.