Los dragones del trigésimo primer día, Luiz Fernando Emediato

No te desesperes ni mates a tus siete hijos antes de la hora. Los dragones llegarán el trigésimo primer día después de la señal, para matar. Además de tus hijos rebeldes, a las mujeres blancas que no se doblegaron a los deseos de Artaroth, dios de las tinieblas, de la noche y de la muerte.

Primero cortaron sus hermosas cabelleras, porque lo traicionaron. Por cuanto eran dragones, no hubo leyes que les castigaran el crimen. La calva horrible se abrasó bajo el sol de la tortura, pero le prohibieron los gritos, aunque prensaran entre sus dos axilas un pedazo de madera. Por cuanto eran dragones, no hubo leyes.

En el sexto día de martirio, ofreciéronle agua, pero la rechazó: Diéronle hiel, y por cuanto eran dragones, bebieron cerveza y danzaron y rieron en orgías fantásticas, cuya música no pasaba de una bárbara, angustiante y desesperada sinfonía de gemidos. Eran dragones, y por ello siguieron impunes.

En el séptimo día descansaron, mientras en el patio del sol el héroe traicionado cargaba piedras. La ley les aseguraba descanso, y por cuanto eran dragones, disfrutaban sus beneficios.

El héroe murió en la vigésima hora del décimo tercer día, y por cuanto eran dragones, no creían en presagios. Mientras el pueblo bramaba en las torcidas calles, deslizándose por ellas cual formidable ciempiés, dormían bajo los efectos del vino y de los hongos alucinantes. Despertaron con los primeros rayos del sol rojo, y cuando abrieron los ojos, llevaron la mano izquierda, medrosamente, a los coloridos galones de los uniformes.

Nadie acudió a sus llamados, aunque fueran dragones, y uno a uno fueron pasados por las armas blancas. Por cuanto eran dragones, los sepultaron con honores y salvas de veintiún cañonazos.

Después de un torturado hiato de meses y meses de incertidumbre, los líderes del precipitado ciempiés popular fueron diezmados por los ángeles sin alas, uno por uno, en secreto y en silencio, en la intimidad ininvadible de las sábanas.

Los nuevos dragones llegarán el trigésimo primer día, aunque los libres atestigüen que no es cierto, y durante diez años castigarán a los débiles. Ayer sepultaron el último varón antiguo, y ahora, aunque sea de madrugada, todavía podemos oír los gritos de sus siete viudas. Lloran no por él, que ya murió, sino por sus siete hijos menores que serán sacrificados, a hierro y fuego, en la madrugada del trigésimo día después de la noche del aviso, o sea mañana.

En esta cama, Lêdo Ivo

 

Es aquí, en esta cama, que la guerra comienza.

Luchan los dos guerreros

en un campo de lienzos.

¿Cómo separar frente y costado

si todo amor es un espejo?

El obelisco rosáceo y el negro se igualan exhaustos

en la plaza cuadriculada.

Dentro del día, la noche no distingue

macho o hembra. Y la boca se convierte en gruta

en la selva clara donde dos animales

se muerden y se lamen.

 

Sexa, Luis Fernando Verissimo

tumblr_n5psidvc8d1s8jvfeo1_1280– Papá…
– ¿Hummm?
– ¿Cómo es el femenino de sexo?
– ¿Qué?
– El femenino de sexo.
– No tiene.
– ¿Sexo no tiene femenino?
– No.
– ¿Sólo hay sexo masculino?
– Sí. Es decir, no. Existen dos sexos. Masculino y femenino.
– ¿Y cómo es el femenino de sexo?
– No tiene femenino. Sexo es siempre masculino.
– Pero tú mismo dijiste que hay sexo masculino y femenino.
– El sexo puede ser masculino o femenino. La palabra “sexo” es masculina. El sexo masculino, el sexo femenino.
– ¿No debería ser “la sexa”?
– No.
– ¿Por qué no?
– ¡Porque no! Disculpa. Porque no. “Sexo” es siempre masculino.
–¿El sexo de la mujer es masculino?
–Sí. ¡No! El sexo de la mujer es femenino.
–Y ¿cómo es el femenino?
– Sexo también. Igual al del hombre.
– ¿El sexo de la mujer es igual al del hombre?
– Sí. Es decir… Mira. Hay sexo masculino y sexo femenino, ¿no es cierto?
– Sí.
– Son dos cosas diferentes.
– Entonces, ¿cómo es el femenino de sexo?
– Es igual al masculino.
– Pero, ¿no son diferentes?
– No. O, ¡sí! Pero la palabra es la misma. Cambia el sexo, pero no cambia la palabra.
– Pero entonces no cambia el sexo. Es siempre masculino.
– La palabra es masculina.
– No. “La palabra” es femenino. Si fuese masculino sería “el pal…”
– ¡Basta! Anda a jugar.
El muchacho sale y la madre entra. El padre comenta:
– Tenemos que vigilar a este chico…
– ¿Por qué?
– Sólo piensa en gramática.

Cuestión de amistad, Paulo Coelho

el-paraiso-12Un hombre, su caballo y su perro iban por una carretera. Cuando pasaban cerca de un árbol enorme cayó un rayo y los tres murieron fulminados.

Pero el hombre no se dio cuenta de que ya había abandonado este mundo, y prosiguió su camino con sus dos animales (a veces los muertos tardan un cierto tiempo antes de ser conscientes de su nueva condición…)

La carretera era muy larga, colina arriba, el sol era muy intenso, y ellos estaban sudados y sedientos.

En una curva del camino vieron un magnifico portal de mármol, que conducía a una plaza pavimentada con adoquines de oro, en el centro de la cual había una fuente de donde manaba agua cristalina.

El caminante se dirigió al hombre que custodiaba la entrada.

– Buenos días.

– Buenos días – Respondió el guardián.

– ¿Cómo se llama este lugar tan bonito?

– Esto es el Cielo.

– Qué bien que hayamos llegado al Cielo, porque estamos sedientos

– Usted puede entrar y beber tanta agua como quiera. Y el guardián señaló la fuente.

– Pero mi caballo y mi perro también tienen sed…

– Lo siento mucho – Dijo el guardián-pero aquí no se permite la entrada a los animales.

– El hombre se levantó con gran disgusto, puesto que tenía muchisima sed, pero no pensaba beber solo; dio las gracias al guardián y siguió adelante.

– Después de caminar un buen rato cuesta arriba, ya exhaustos, llegaron a otro sitio, cuya entrada estaba marcada por una puertecita vieja que daba a un camino de tierra rodeado de árboles.

A la sombra de uno de los árboles había un hombre echado, con la cabeza cubierta por un sombrero. Posiblemente dormía.

– Buenos días – dijo el caminante.

El hombre respondió con un gesto de la cabeza.

– Tenemos mucha sed, yo, mi caballo y mi perro.

– Hay una fuente entre aquellas rocas – dijo el hombre, indicando el lugar. – Podéis beber tanta agua como queráis.

El hombre, el caballo y el perro fueron a la fuente y calmaron su sed.

El caminante volvió atrás para dar las gracias al hombre.

– Podéis volver siempre que queráis – Le respondió

– A propósito ¿Cómo se llama este lugar?

– Cielo !

– ¿El Cielo? ¿Sí? Pero si el guardián del portal de mármol me ha dicho que aquello era el Cielo!

– Aquello no era el Cielo, era el Infierno, contestó el guardián.

El caminante quedó perplejo.

– ¡Deberíais prohibir que utilicen vuestro nombre! ¡Esta información falsa debe de provocar grandes confusiones!

– ¡De ninguna manera! En realidad, nos hacen un gran favor, Porque allí se quedan todos los que son capaces de abandonar a sus mejores amigos…

 

Desenredo, João Guimarães Rosa

  

Anthony Hernandez
Anthony Hernandez


Del narrador a sus oyentes:

-Juan Joaquín, cliente de quien cuenta, era apacible, respetado, bueno como aroma de cerveza. Señor de lo debido para no ser célebre. ¿Quién puede empero con ellas? Dormido Adán, nació Eva. Llamábase Liviria, Rivilia o Irlivia, la que, en esta ocasión, a Juan Joaquín se le apareció.

Tirando a bonita, ojos de carbón vivo, morena miel y pan. Casada por lo demás. Sonriéronse, viéronse. Era infinitamente mayo y Juan Joaquín se enamoró. Sumariando el asunto, se entendieron; volando lo demás con ímpetu de nave tendida a vela y viento. Pero muy teniendo todo, claro está, que ser secreto, a siete llaves. Porque en el marido, cuando celoso, se hacía notar la valentía y ya se sabe que los pueblos son la ajena vigilancia. De modo que al rigor los dos se sujetaron, conforme al clandestino amor y según aconseja el mundo desde que es mundo. No hay, empero, abismos infranqueables en barquitos de papel.

No se veía cuándo y cómo se veían. Juan Joaquín, por lo demás, era pura, calculada retracción. Esperar es reconocerse incompleto. Dependían ellos de enormes milagros. El embriagado engaño, quiero decir. Hasta que se produjo el derrumbe. Lo trágico no viene en cuentagotas. Sorprendió el marido a la mujer con otro, un tercero… Sin muchas vueltas, pistola en mano, la asustó y lo mató. Se dice también que levemente la hirió, cosa ligera.

Juan Joaquín, doliente sorprendido, en lo absurdo se negaba a creer, y barrido por dolores fríos, calores, lágrimas quizá, cayó en decúbito dorsal devuelto al barro, a medio estar entre lo inefable y lo nefando. Jamás la imaginara con el pie en tres estribos; llegó a maldecir sus propios y gratos “abusufructos”. Se contuvo para no verla, prohibiéndose ser pseudo-personaje, en circunstancias de tan sangrienta y negra magnitud.

Ella -lejos- siempre y más que nunca hermosa, ya repuesta y sana. Él, ejercitándose en resistir, siervo de penosas emociones.

Los porvenires, mientras tanto, maduraban, ¿qué, no hay fin que sobrevenga? Desafortunado fugitivo, y como a la Providencia place, el marido falleció, ahogado o de tifus. El tiempo se las ingenia.

De inmediato lo supo Juan Joaquín, sumido en su franciscanato, dolorido pero ya medicado. Fue, pues, con la amada a encontrarse -ella sutil como alas leves, pantanal de engaños, la firme fascinación. En ella creyó, en un abrir y no cerrar de oídos. Y así fue como, de repente, se casaron. Alegres y mucho, para feliz escándalo popular.

Pero hubo peros.

¿Llega siempre imprevisible lo abominable? ¿O es que los tiempos se siguen, parafraseándose? Prodújose el arribo de los demonios.

Esta vez fue Juan Joaquín quien con ella se deparó y en mala hora: traicionado y traicionera. De amor no la mató, que no era hombre de remontarse a tamaños leonismos ni tigreces tales. La expulsó apenas, apostrofándose, como inédito poeta y hombre. Y viajó huida la mujer a ignoto paradero.

Todo aplaudió y reprobó el pueblo, repartido. Por el hecho, Juan Joaquín se sintió heroico, casi criminal, reincidente. Triste, al fin, y tan callado. Sus lágrimas corrían detrás de ella, como blancas hormiguitas. Pero, en la frágil barca del consenso, de nuevo pudo verse respetado. Se pierde la camisa, cuando no lo que ella viste. Era el suyo un amor meditado, a prueba de remordimientos. Se dedicó a resarcirse.

Pero hubo peros.

Pasaban los días y, pasándolos, Juan Joaquín iba aplicándose, en progresivo, empeñoso afán. La bonanza nada tiene que ver con la tempestad. ¿Creíble? Sabio siempre fue Ulises, que empezó por hacerse el loco. Deseaba él, Juan Joaquín, la felicidad -idea innata. Se consagró a remediar, redimir la mujer, a pulmón pleno. ¿Increíble? Cabe notar que el aire viene del aire. De sufrir y amar uno no se desacostumbra. Él quería apenas los arquetipos, platonizaba. Ella era un aroma.

¿Amantes, ella? ¡Nunca los tuvo! Ni uno ni dos. Díjose y decía Juan Joaquín. A embustes atribuía la leyenda, falsas patrañas escabrosas. Cabíale descalumniarla, y a todo se obligaba. Trajo a flor de escena del mundo lo que, del caso bajo, fuera tan claro como agua sucia. Demostrándolo, amatemático, contrario al público pensamiento y a la lógica, desde que Aristóteles la fundó. Lo que no era tan fácil como refritar albóndigas. Sin malicia, con paciencia, sin insistencia, principalmente.

El punto está en que lo supo del modo que sigue: por antipesquisas, acronología menuda, charlitas secreteadas, entrecogidos testimonios. Juan Joaquín, genial operaba el pasado -plástico y contradictorio borrador. Creaba una nueva transformada realidad, más alta. ¿Y más cierta?

La celebraba, ufanático, dándola por justa y averiguada, con rotunda convicción. Haya el absoluto amar y no habrá injuria que aguante.

De modo que surtió efecto. Desaparecieron los puntos suspensivos, el tiempo secó el asunto. Diluíase la tiniebla, anteriores evidencias, sus siniestras brumas. Lo real y válido en ascenso y hacia arriba. Y todos lo creían. Juan Joaquín antes que todos.

Por fin, hasta la propia mujer. Le llegó la noticia adonde se encontraba, en ignota, defendida, perfecta distancia. Se supo desnuda y pura. Volvió sin culpa, con dengues y titubeos, desplegando su bandera al viento.

Tres veces se roza la felicidad. Juan Joaquín y Viliria se retomaron y compartieron, transmutados, lo verdadero y mejor de su útil vida.

Y archívese el asunto.

Perdonando a Dios, Clarice Lispector

cl_lispector-cIba caminando por la avenida Copacabana y miraba distraída los edificios, la franja del mar, las personas, sin pensar en nada. No me había dado cuenta aún de que en realidad no estaba distraída, de que era un momento de atención sin esfuerzo, de que yo era una cosa muy rara: era libre. Veía todo, y por casualidad. Sólo poco a poco empecé a advertir que estaba percibiendo las cosas. Entonces mi libertad, sin dejar de ser libertad, se intensificó un poco más. No se trataba de un tour de propriétaire, nada de aquello era mío ni yo lo deseaba. Pero creo que me sentía satisfecha con lo que veía.

Entonces tuve una sensación de la que no había oído hablar nunca. Por puro cariño me sentí madre de Dios, que era la tierra, el mundo. Por puro cariño, así de simple, sin prepotencia ni gloria alguna, sin el menor sentimiento de superioridad o igualdad, yo era por cariño la madre de lo que existe. Supe también que si lo que yo sentía «hubiese sido cierto» —y no posiblemente una equivocación del sentimiento—, Dios se habría dejado querer sin ningún orgullo, sin ninguna pequeñez y sin ningún compromiso conmigo. Le habría parecido aceptable la intimidad con que yo le daba el cariño. Para mí el sentimiento era nuevo, pero muy real, y no se había presentado antes porque no había sido posible. Sé que se ama lo que Dios es. Con amor grave, con amor solemne, con respeto, miedo, reverencia. Pero nunca me habían hablado de sentir por Él un cariño maternal. Y así como mi cariño por un hijo no lo reduce, incluso lo agranda, ser madre del mundo no hacía mi amor menos libre.

Y fue entonces cuando casi pisé una enorme rata muerta. En menos de un segundo estaba erizada por el terror de vivir, en menos de un segundo estallaba entera de pánico y controlaba como podía mi grito más profundo. Corriendo casi de miedo, ciega entre la gente, acabé en la otra manzana recargada en un poste, cerrando violentamente los ojos, que no querían ver más. Pero la imagen se filtraba por los párpados: una gran rata rubia, de enorme cola, con las patas aplastadas, y muerta, quieta, rubia. Tengo un miedo desmesurado a las ratas.

Toda estremecida, logré seguir viviendo. Seguí caminando, perpleja, con la boca infantilizada por la sorpresa. Intenté cortar la conexión entre los dos hechos: lo que había sentido minutos antes y la rata. Pero era inútil. Los vinculaba por lo menos la contigüidad. Ilógicamente, ambos hechos tenían un nexo. Me horrorizaba que una rata hubiese sido mi contrapunto. Y de pronto me invadió la rebeldía: entonces, ¿yo no podía entregarme desprevenida al amor? ¿Qué quería Dios hacerme recordar? No soy de esas personas que necesitan que les recuerden que dentro de todo hay sangre. No sólo no olvido la sangre de dentro sino que la admito y la quiero, soy demasiado la sangre como para olvidar la sangre y para mí la palabra espiritual no tiene sentido ni tampoco la palabra terrena tiene sentido. No hacía falta arrojarme una rata a la cara desnuda. No en ese instante. Bien se podría haber tenido en cuenta el pavor que me alucina y persigue desde pequeña, las ratas ya se habían reído de mí, en el pasado del mundo las ratas ya me habían devorado con impaciencia y con rabia. Pero ¿entonces era así? ¿Yo andando por el mundo sin pedir nada, sin necesitar nada, amando con puro amor inocente, y Dios que me muestra su rata? La grosería de Dios me hería y me insultaba. Dios era un bruto. Mientras caminaba con el corazón cerrado, sentía una decepción tan inconsolable como sólo había sentido cuando niña. Seguí caminando, trataba de olvidar. Pero sólo se me ocurría vengarme. Pero ¿qué venganza podría tomarme yo contra un Dios todopoderoso, con un Dios que hasta con una rata aplastada podía aplastarme? La mía era una vulnerabilidad de criatura sola. En mi deseo de venganza no podía siquiera enfrentarme con Él, porque no tenía ni idea ni dónde estaba. ¿Cuál sería la cosa en donde Él estaría y más que yo, mirándola con rabia, fuese capaz de ver? ¿En la rata? ¿En aquella ventana? ¿En las piedras del suelo? Era en mí en donde Él ya no estaba. Era en mí en donde ya no lo veía.

Entonces se me ocurrió la venganza de los débiles. ¿Ah, sí? Pues entonces, en vez de guardarme el secreto, lo contaré. Sé que entrar en la intimidad de Alguien y después contar los secretos es innoble, pero yo voy a contar —no cuentes, aunque sólo sea por cariño no cuentes, guárdate para ti sola las miserias de Dios—, sí, voy a contar, voy a difundir lo que me pasó, esta vez no se va a quedar así, voy a contar lo que Él hizo, voy a arruinarle la reputación.

Pero a lo mejor fue porque el mundo mismo es rata, y para la rata había pensado yo que también estaba preparada. Porque me imaginaba más fuerte. Porque hacía del amor un cálculo matemático equivocado: pensaba que, sumando las comprensiones, amaba. No sabía que sumando las incomprensiones es como se ama verdaderamente. Porque sólo por haber sentido cariño pensé que amar era fácil. Y porque rechacé el amor solemne, sin comprender que la solemnidad ritualiza la incomprensión y la transforma en ofrenda. Y también porque siempre he sido muy de pleito, mi modo es pelearme. Y porque siempre intento llegar a mi modo. Y porque todavía no sé ceder. Y porque en el fondo quiero amar lo que yo amaría, no lo que es. Y porque todavía no soy yo misma, y por lo tanto, el castigo es amar un mundo que no es él mismo. Y también porque me ofendo sin razón. Y porque acaso necesito que me hablen con brutalidad, pues soy muy testaruda. Y porque soy muy posesiva y entonces empecé a preguntarme con algo de ironía si no quería también la rata para mí. Y porque sólo podré ser la madre de las cosas cuando sea capaz de agarrar una rata con la mano. Sé que nunca podré agarrar una rata sin morir de mi peor muerte. Use yo entonces el magnificat que se entona a ciegas sobre aquello que no se conoce ni se ve. Y use yo el formalismo que me aparta. Porque el formalismo no ha herido mi simplicidad sino mi orgullo, pues por el orgullo de haber nacido me siento tan íntima del mundo, pero de este mundo que ya extraje de mí con un grito mudo. Porque la rata existe tanto como yo, y quizá ni yo ni la rata seamos para ser vistas por nosotras mismas, la distancia nos iguala. Quizá antes que nada yo tenga que aceptar esta naturaleza mía de querer la muerte de una rata. Tal vez me crea demasiado delicada sólo porque no cometí mis crímenes. Sólo porque contuve mis crímenes creo que mi amor es inocente. Quizá no pueda mirar la rata mientras no pueda mirar sin lividez esta alma mía apenas contenida. Tal vez tenga que llamar «mundo» a esta forma mía de ser un poco de todo. ¿Cómo puedo amar la grandeza del mundo si no puedo amar el tamaño de mi naturaleza? Mientras imagine que «Dios» es bueno por el solo hecho de que yo soy mala, no estaré amando nada: tan sólo será una forma de acusarme. Yo, que sin siquiera haberme recorrido toda ya elegí amar a mi contrario, y a mi contrario quiero llamarlo Dios. Yo, que jamás me acostumbraré a mí misma, pretendía que el mundo no me escandalizase. Porque yo, que de mí sólo logré no someterme a mí misma, pues soy mucho más inexorable que yo, pretendía recompensarme de mí misma con una tierra menos violenta que yo. Porque mientras ame a un Dios únicamente porque no me quiero a mí, seré un dado marcado y el juego de mi vida mayor no podrá realizarse. Mientras yo invente a Dios, Él no existirá.

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Un apólogo, Joaquim Machado de Assis

Pinturas-retrato-abstracto-de-la-lona-pintura-mural-impresiones-Retrato-de-La-Baronesa-Robert-de-DomecyLa baronesa tenía a la modista siempre a su lado, para no verse obligada a buscarla cuando la necesitaba. Llegó la costurera, tomó la tela, tomó la aguja, tomó el hilo, introdujo el hilo de la aguja, y empezó a coser. Una y otro iban yendo orondos, tela adentro, que era la mejor de las sedas, entre los dedos de la costurera, ágiles como los galgos de Diana —para darle a esto un color poético. Y decía la aguja:

Y bien, señor hilo, ¿no se da cuenta que esta distinguida costurera sólo se interesa por mí? Soy yo la que va de aquí para allá en sus dedos, pegadita a ellos, perforando hacia abajo y hacia arriba…

El hilo no respondía nada; iba andando. Cada orificio abierto por la aguja era llenado en seguida por él, silencioso y activo, como quien sabe lo que hace, y no está dispuesto a oír palabras insensatas. La aguja, viendo que no le respondía, también calló y prosiguió su camino. Y era todo silencio en la salita de costura; no se oía más que el plicplic- plicplic de la aguja en la tela. Cuando ya caía el sol, la costurera dobló la prenda hasta el otro día; prosiguió en ése su tarea y aun en el siguiente, hasta que el cuarto día terminó su obra, y aguardó la velada del baile.

Llegó esa noche, y la baronesa se preparó. La costurera, que le ayudó a vestirse, llevaba la aguja prendida a su pechera, por si hacía falta dar algún punto. Y mientras terminaba el vestido de la bella dama, tirando de un lado y de otro, recogiendo de aquí o de allá, alisando, abotonando, abrochando… el hilo, para mofarse de la aguja, le preguntó:

Y bien, dígame ahora quién irá al baile, en el cuerpo de la baronesa, haciendo parte del vestido y de la elegancia. ¿Quién va a bailar con ministros y diplomáticos, mientras usted vuelve al costurero, antes de terminar en la cesta de mimbre de las mucamas?

Parece que la aguja no dijo nada; pero un alfiler, de cabeza grande y no menor experiencia, le susurró a la pobre aguja:

Espero que hayas aprendido, tonta. Te cansas abriéndole camino a él y es él quien se va a gozar la vida, mientras tú terminas ahí, en el costurero. Haz como yo, que no le abro camino a nadie. Donde me clavan, ahí me quedo.

El muerto en el mar de Urca, Clarice Lispector

e65a3cb5bf8ddad3661b23ae64e6228c_LYo estaba en el apartamento de doña Lourdes, costurera, probándome el vestido pintado por Olly, y doña Lourdes dijo: murió un hombre en el mar, mire a los bomberos. Miré y solo vi el mar que debía estar muy salado, mar azul, casas blancas. ¿Y el muerto?

El muerto en salmuera. ¡No quiero morir!, grité, muda dentro de mi vestido. El vestido es amarillo y azul. ¿Y yo? Muerta de calor, no muerta en el mar azul.

Voy a decir un secreto: mi vestido es lindo y no quiero morir. El viernes el vestido estará en casa, el sábado me lo pondré. Sin muerte, solo mar azul. ¿Existen las nubes amarillas? Existen doradas. Yo no tengo historia. ¿El muerto la tiene? Tiene: fue a tomar un baño de mar a Urca, el bobo, y murió; ¿quién lo mandó? Yo tomo baños de mar con cuidado, no soy tonta, y solo voy a Urca para probarme el vestido. Y tres blusas. Ella es minuciosa en la prueba. ¿Y el muerto? ¿Minuciosamente muerto?

Voy a contar una historia: era una vez un joven a quien le gustaban los baños de mar. Por eso, fue una mañana de jueves a Urca. En Urca, en las piedras de Urca, está lleno de ratones, por eso yo no voy. Pero el joven no les prestaba atención a los ratones. Ni los ratones le prestaban atención a él. Y había una mujer probándose un vestido y que llegó demasiado tarde: el joven ya estaba muerto. Salado. ¿Había pirañas en el mar? Hice como que no entendía. No entiendo la muerte. ¿Un joven muerto?

Muerto por bobo que era. Solo se debe ir a Urca para probarse un vestido alegre. La mujer, que soy yo, solo quiere alegría. Pero yo me inclino frente a la muerte. Que vendrá, vendrá, vendrá. ¿Cuándo? Ahí está, puede venir en cualquier momento. Pero yo, que estaba probándome un vestido al calor de la mañana, pedí una prueba a Dios. Y sentí una cosa intensísima, un perfume intenso a rosas. Entonces, tuve la prueba. Dos pruebas: de Dios y del vestido.

Solo se debe morir de muerte natural, nunca por accidente, nunca por ahogo en el mar. Yo pido protección para los míos, que son muchos. Y la protección, estoy segura, vendrá.

Pero, ¿y el joven? ¿Y su historia? Es posible que fuera estudiante. Nunca lo sabré. Me quedé solamente mirando el mar y el caserío. Doña Lourdes, imperturbable, preguntándome si ajustaba más la cintura. Yo le dije que sí, que la cintura tiene que verse apretada. Pero estaba atónita. Atónita en mi vestido nuevo.

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Un vals para danzar, Adelia Prado

Lora_Palmer_LonelyPierot_04Américo, te amo, Américo. Tienes una tienda de telas y una mujer a la que vives queriendo no engañar, un hijo tan mono, Américo, unas manos tan finas de medir tejidos, de acariciar mi cuello como si me fueras a asesinar. Eres un coloso, Américo, lo tienes todo para encantarme. Es tan ignorante tu inteligencia antiacadémica que los mundos nuevos que me descubres me resultan deslumbrantes. Qué dientes afilados… Se te ve tan saludable, no me vas a pedir que te invite a un té. Siempre que te pido un metro de gasa me replicas, para darme más conversación: «Llévate también un metro de este amadapolán». ¿Dices amadapolán porque eres tonto o porque quieres hacerte el listo, Américo? En otra época, a la primera equivocación al hablar, descartaba a cualquier hombre. Hoy no. Hoy quiero probarlo todo. Eres un padrazo, un hombre de tu casa, un marido ejemplar. Seguro que tienes un libro, ¿verdad? Y una colección de paquetes de tabaco y una foto de tu madre. Cierras la tienda los domingos y las fiestas de guardar, increíble Américo, no quieres hacerte rico, eres tan irresistible. Tu mujer viene y me pide un poco de azúcar y yo lo que le pido es que me deje ver tu álbum de fotos: tú con tu hijo en brazos, tú poniéndole comida al pájaro, tú jugando con el perro. Cuando te quedas quieto y dejas de contemplarme de esa forma invisible, te dibujas en mi mente, se dibujan esos ojos tuyos de hombre tan bonitos, más que los de una mujer, bonitos. Tú eres mi amor cortés, por ti hago dulce de leche, y lo corto en cuadraditos, y me pongo mi blusa bordada y me siento en el banco de la plaza y espero a que pases, cuando “cae la tarde tristona y serena, con una delicada y suave languidez, para entregarte mi corazón”.

Tú pasas y yo te digo: «Buenas tardes, Américo».

El primer beso, Clarice Lispector

Julian Opie
Julian Opie

Más que conversar, aquellos dos susurraban: hacía poco que el romance había empezado y andaban tontos, era el amor. Amor con lo que trae aparejado: celos.

Está bien, te creo que soy tu primera novia, me pone contenta. Pero dime la verdad: ¿nunca antes habías besado a una mujer?

Sí, ya había besado a una mujer.

¿Quién era? –preguntó ella dolorida.

Toscamente él intentó contárselo, pero no sabía cómo.

El autobús de excursión subía lentamente por la sierra. Él, uno de los muchachos en medio de la muchachada bulliciosa, dejaba que la brisa fresca le diese en la cara y se le hundiera en el pelo con dedos largos, finos y sin peso como los de una madre. Qué bueno era quedarse a veces quieto, sin pensar casi, solo sintiendo. Concentrarse en sentir era difícil en medio de la barahúnda de los compañeros.

Y hasta la sed había empezado: jugar con el grupo, hablar a voz en cuello, más fuerte que el ruido del motor, reír, gritar, pensar, sentir…

¡Caray! Cómo se secaba la garganta.

Y ni sombra del agua. La cuestión era juntar saliva, y eso fue lo que hizo. Después de juntarla en la boca ardiente la tragaba despacio, y luego una vez más, y otra. Era tibia, sin embargo, la saliva, y no quitaba la sed. Una sed enorme, más grande que él mismo, que ahora le invadía todo el cuerpo.

La brisa fina, antes tan buena, al sol del mediodía se había tornado ahora árida y caliente, y al entrarle por la nariz le secaba todavía más la poca saliva que había juntado pacientemente.

¿Y si tapase la nariz y respirase un poco menos de aquel viento del desierto? Probó un momento, pero se ahogaba en seguida. La cuestión era esperar, esperar. Tal vez minutos apenas, tal vez horas, mientras que la sed que tenía era de años.

No sabía cómo ni por qué, pero ahora se sentía más cerca del agua, la presentía más próxima y los ojos se le iban más allá de la ventana recorriendo la carretera, penetrando entre los arbustos, explorando, olfateando.

El instinto animal que lo habitaba no se había equivocado: tras una inesperada curva de la carretera, entre arbustos, estaba… la fuente de donde brotaba un hilillo del agua soñada.

El autobús se detuvo, todos tenían sed, pero él consiguió llegar primero a la fuente de piedra, antes que nadie.

Cerrando los ojos entreabrió los labios y ferozmente los acercó al orificio de donde chorreaba el agua. El primer sorbo fresco bajó, deslizándose por el pecho hasta el estómago.

Era la vida que volvía, y con ella se encharcó todo el interior arenoso hasta saciarse. Ahora podía abrir los ojos.

Los abrió, y muy cerca de su cara vio dos ojos de estatua que lo miraban fijamente, y vio que era la estatua de una mujer, y que era de la boca de la mujer de donde salía el agua.

Se acordó de que al primer sorbo había sentido realmente un contacto gélido en los labios, más frío que el agua.

Y entonces supo que había acercado la boca a la boca de la mujer de la estatua de piedra. La vida había chorreado de aquella boca, de una boca hacia otra.

Intuitivamente, confuso en su inocencia, se sintió intrigado: pero si no es de la mujer de quien sale el líquido vivificante, el líquido germinador de la vida… Miró la estatua desnuda.

La había besado.

Lo invadió un temblor que desde fuera no se veía y que, empezando muy adentro, se apoderó de todo el cuerpo y convirtió el rostro en brasa viva.

Dio un paso hacia atrás o hacia delante, ya no sabía qué estaba haciendo. Perturbado, atónito, se dio cuenta de que una parte de su cuerpo, antes siempre serena, estaba ahora en una tensión agresiva, y eso no le había ocurrido nunca.

Dulcemente agresivo, se hallaba de pie, solo en medio de los demás con el corazón latiendo pausada, profundamente, sintiendo cómo se transformaba el mundo. La vida era totalmente nueva, era otra, descubierta en un sobresalto. Estaba perplejo, en un equilibrio frágil.

Hasta que, surgiendo de lo más hondo del ser, de una fuente oculta en él chorreó la verdad. Que en seguida lo llenó de miedo y también de un orgullo que no había sentido nunca.

Se había…

Se había hecho hombre.

La visita de la noche, Lêdo Ivo

Gilles Berquet
Gilles Berquet

La noche es misteriosa. En el horizonte de los cuerpos extendidos, los sueños se levantan como pájaros. Los sopores alteran el dibujo riguroso de las constelaciones. Insectos salidos de las profundidades de la tierra y de las florestas que perturban el silencio planetario. Luces diseminadas celan el insomnio de criaturas perseguidas por terrores y obsesiones. El desecho de los amantes se une al rumor de las lluvias inesperadas. Emisario de la herrumbre y las averías que anticipan la destrucción y la muerte, el viento agrede las casas y los jardines y, en la oscuridad de los cuartos, los muebles y objetos absorben la memoria del mundo.

Inserta en el orden del universo, siendo el principio y el fin, la Noche no se rinde a la rutina de la vida. En este territorio propicio a los litigios y sortilegios, y que habla un idioma extranjero, el poeta se siente dividido e innumerable. Soñando y viéndose soñar, al mismo tiempo despierto y dormido, él vaga en la frontera donde sueño y vigilia se confabulan para saquear la agresión dejada por el día, que es la gran guarnición de los hombres. Yo y otro, voz de sí mismo y de los que no tienen voz, el poeta se interroga y se responde; y, visitante de la Noche, es visitado por algo o alguien habituado a atravesar puertas cerradas.

Es allí donde voy, Clarice Lispector

1 (31)Más allá de la oreja existe un sonido, en el extremo de la mirada un aspecto, en las puntas de los dedos uno objeto: es allí adonde voy. En la punta del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de la alegría otra alegría, en la punta de la espada la magia: es allí adonde voy.

En la punta del pie el salto. Parece la historia de alguien que fue y no volvió: es allí adonde voy.

¿O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Yo os espero. Es allí adonde voy.

En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra “tertulia”, y no sé ni dónde ni cuándo. Al borde de la tertulia está la familia. Al borde de la familia estoy yo. A la orilla de mí estoy yo. Es hacia mí adonde voy.

Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy.

Mientras tanto, lo que hay es el sueño. Sueño fatídico. Pero después, después todo es real. Y el alma libre busca un rincón para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé sobre qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien dirá con amor mi nombre. Es hacia mi pobre nombre adonde voy.

Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes. Pero son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa. En el extremo de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamenta. Pero la que canta. La que dice palabras. ¿Palabras al viento? Qué importa, los vientos las traen de nuevo y yo las poseo. Yo a la orilla del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto. Oh, perro ¿dónde está tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente. ¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.

 

El aprendizaje, Rubem Fonseca

 

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En el periódico leí: “Aprenda a escribir, inscríbase en nuestro programa intensivo. Aprendizaje individual. Curso La montaña mágica”.

Consulté mi agenda de bolsillo. Allí estaba el curso de La montaña mágica.

Ya fui a todos esos cursos, La montaña mágica, Machado de Assis, Malba Tahan, Maquiavelo, Marcel Proust, Malinowski, por mencionar apenas los que empiezan con M. Los profesores, todos ellos, comenzaban su programa hablando del nombre del curso. De La montaña mágica sólo recuerdo que era un libro de Thomas Mann y que en alemán era Der Zauberberg. En el curso Machado de Assis, el profesor pasó una semana hablando de ese escritor. Sólo recuerdo que era mulato y casado con una portuguesa. Del curso Malba Tahan memoricé el nombre completo del autor. Ali Yezid Ibn-Abul izz-Eddin Ibn-Salin Hank Malba Tahan, que el autor brasileño Julio César de Mello e Souza usó como seudónimo. Ah, sí, Malba Tahan era persa y vivió en Bagdad. De Maquiavelo sólo sé que escribió un libro titulado El Príncipe. En cuanto al de Marcel Proust, el profesor nos mandó a los alumnos a leer únicamente a finales del curso. Y de ese Malinowski no recuerdo nada, creo que era ruso, no sé si está vivo o muerto . Pero creo que esos tipos ya están todos muertos.

Los cursos eran caros, el más corto duraba seis meses, las clases eran diarias. Todos otorgaban diplomas. Tengo veinte diplomas y no consigo escribir una novela. ¿Novela? No logro escribir siquiera un cuento.

Mientras tanto, mi vecina acaba de publicar su tercer libro. Se que ella paga la edición, yo también la pagaría si consiguiera escribir algo.

Odio a mi vecina. Es más joven que yo, bonita, alta, tiene un montón de novios. Pensé en conseguirme una especie de gigoló, dicen que hay muchos en esta ciudad, pero me da vergüenza. Olvidé decir que soy una mujer pequeñita de cabeza grande. Aumento mi estatura con zapatos de tacón alto, pero la cabeza no hay modo de achicarla. Consulté los mejores cirujanos de la ciudad y todos me dijeron que era imposible disminuir el diámetro del cráneo.

Creo que no he dicho el nombre de mi vecina: Clara. Su tez no es clara, debe tener sangre negra. Yo soy rubia y tengo ojos azules, pero soy muy pecosa. Fui al médico. Me hizo un examen histopatológico de las máculas hipocrónicas- tengo todo aquí anotado- y concluyó que sufro de una atrofia de la epidermis, ademas de una leve inflamación perivascular en la dermis superior. No tengo la menor idea de qué significa toda esa palabrería, pero creo que quiso decir que las pecas no tienen solución, al igual que la dimensión del cráneo. Evito mirar mi rostro en el espejo.

Los suplementos literarios de los periódicos anunciaban con gran ostentación el último libro de Clara- su nombre literario o verdadero era Clara Bela – titulado Deseos secretos, que sería lanzado ese año. Además de pertenecer a un grupo al que seducía ofreciendo comidas lujosas con vinos y patés franceses, Clara Bela tenía dinero, pagaba para que le escribieran las reseñas de sus libros. Y el rencor que sentía por ella aumentaba cada vez más.

En cierta ocasión, estaba vigilando por la ventana, como siempre, la casa de mi enemiga y vi que salía acompañada, muy elegante, debía ir a una fiesta. Más tarde, salieron sus dos empleadas. Entonces tuve una brillante idea. Subrepticiamente llegué hasta la casa de Clara Bela, romí el vidrio de la ventana y entré en su sala. Llevaba conmigo una lata grande de líquido inflamable que se usa en los encendedores. Anduve por la casa y encontré la biblioteca, con las paredes cubiertas por estantes repletos de libros. Sobre la mesa, junto a la computadora, un fajo de papeles donde se podía leer en la primera hoja, Deseos secretos, de Clara Bela. Humedecí los papeles, los libros, los tapetes de la sala y, finalmente, cuando encontré la computadora portátil la puse al lado de la computadora de escritorio, apilé todos los disquets y usbs, regué todo con el combustible y encendí un cerillo. Un resplandor estalló sobe la mesa, como si un sol rutilante hubiera surgido de allí.

Conforme me acercaba a la ventana de la planta baja por donde había entrado a la casa, iba creando fogatas por todos lados.

De vuelta a mi ventana, jubilosa, con el alma y el corazón alegres, contemplé la casa de Clara Bela incendiándose, centelleante, una cosa hermosa. Los Deseos secretos estaban ahora más que ocultos, se habían vuelto cenizas.

Al ir hacia mi cuarto, pasé frente a un espejo. Mis pecas habían desaparecido y mi cabeza era más pequeña. Dios existe.

Construcción, Chico Buarque

hig_30181Amó aquella vez como si fuese última,
besó a su mujer como si fuese última,
y a cada hijo suyo cual si fuese el único,
y atravesó la calle con su paso tímido.
Subió a la construcción como si fuese máquina,
alzó en el balcón cuatro paredes sólidas,
ladrillo con ladrillo en un diseño mágico,
sus ojos embotados de cemento y lágrimas.
Sentóse a descansar como si fuese sábado,
comió su pobre arroz como si fuese un príncipe,
bebió y sollozó como si fuese un náufrago,
bailó y se rio como si oyese música,
y tropezó en el cielo con su paso alcohólico.
Y flotó por el aire cual si fuese un pájaro,
y terminó en el suelo como un bulto flácido,
y agonizó en medio del paseo público.
Murió a contramano entorpeciendo el tránsito.

*

Amó aquella vez como si fuese el último,
besó a su mujer como si fuese única,
y a cada hijo suyo cual si fuese el pródigo,
y atravesó la calle con su paso alcohólico.
Subió a la construcción como si fuese sólido,
alzó en el balcón cuatro paredes mágicas,
ladrillo con ladrillo en un diseño lógico,
sus ojos embotados de cemento y tránsito.
Sentóse a descansar como si fuese un príncipe,
comió su pobre arroz como si fuese el máximo,
bebió y sollozó como si fuese máquina,
danzó y se rio como si fuese el próximo,
y tropezó en el cielo cual si oyese música.
Y flotó por el aire cual si fuese sábado,
y terminó en el suelo como un bulto tímido,
agonizó en medio del paseo náufrago.
Murió a contramano entorpeciendo el público.

*

Amó aquella vez como si fuese máquina,
besó a su mujer como si fuese lógico,
alzó en el balcón cuatro paredes flácidas,
sentóse a descansar como si fuese un pájaro,
y flotó por el aire cual si fuese un príncipe,
y terminó en el suelo como un bulto alcohólico.
Murió a contramano entorpeciendo el sábado.

Cómo nacieron las estrellas, Clarice Lispector

Pues sí, todo el mundo cree que siempre han existido estrellas resplandecientes. Pero es un error. Antes los indios miraban de noche el cielo oscuro y bien oscuro que era ese cielo. Todo negro. Voy a contar la sencilla historia del nacimiento de las estrellas. Érase una vez, en el mes de enero, muchos indios. Y activos: cazaban, pescaban, guerreaban. Pero en el poblado no hacían nada: se acostaban en las hamacas y dormían roncando. ¿Y la comida? Solo las mujeres cuidaban de su preparación para que todos tuviesen que comer. Una vez ellas notaron que en el cesto faltaba maíz para moler. ¿Qué hicieron las valientes mujeres7 Lo siguiente: se internaron en la selva, sin miedo, bajo un agradable sol amarillo. Los árboles brillaban verdes y bajo ellos había sombra y agua fresca. Cuando salían de debajo de las copas encontraban el calor, bebían en el reino de las aguas de los arroyos bulliciosos. Pero siempre buscando maíz, porque el hambre era tal que les hacia comerse las hojas de los arboles. Mas solo encontraban mazorcas mustias y sin gracia.

Vamos a volver y traeremos con nosotras unos curumines (así llamaban a las criaturas). Las criaturas dan suerte.

Y realmente se la dieron. Las chicas y los chicos parecían adivinar las cosas: fueron recto de frente y en un claro de la selva encontraron un maizal lozano que crecía alto. Las indias maravilladas dijeron: hay que coger todas estas mazorcas. Pero los chiquillos y chiquillas también cogieron muchas y se escaparon de sus madres, volviendo al poblado y pidiendo a la abuela que les hiciera un pastel de maíz. La abuela así lo hizo y los curumines comieron tanto pastel que enseguida se acabó. Solo entonces tuvieron miedo de las madres, que iban a reñirles por haber comido tanto. Podían esconder en una cueva a la abuela y al papagayo porque los dos lo contarían todo. Pero ¿y si las madres echaban en falta a la abuela y al papagayo parlanchín? Entonces llamaron a los colibríes para que atasen una liana arriba en el cielo. Cuando las indias volvieron se asustaron al ver a sus hijos e hijas subiendo por los aires. Decidieron esas madres, nerviosas, subir tras las chicas y chicos y cortar la liana que tenían debajo. Sucedió una cosa que solo sucede cuando la gente cree: las madres se cayeron al suelo y se transformaron en onzas (una especie de panteras que hay en América del Sur). En cuanto a los niños y niñas, como ya no podían volver a la tierra, se quedaron en el cielo hasta hoy, transformadas en grandes estrellas brillantes.

Pero, en mi opinión, debo deciros que las estrellas son algo más que curumines. Las estrellas son los ojos de Dios que vigilan para que todo vaya bien. Para siempre. Y, como se sabe, «siempre» no acaba nunca

Paraiso, Marcelino Freire

OLYMPUS DIGITAL CAMERA¿Basura? La basura sirve para todo. Uno encuentra los muebles de la casa, una silla para por unos clavos y un poco de arreglo, sentarse. Basura para poder tener sofá, remiendo, cama, colchón. Hasta televisión.

Es nuestra vida, el basurero. ¿Y por qué es que ahora quieren quitárnoslo? ¿Qué les voy a decir a los niños? ¿Que ya no hay juguetes? ¿Que se acabaron los zapatos? ¿Que ya no va a haber cuento, libro, dibujo?

Y mi marido ¿Qué va a hacer? ¿Nada? ¿Como va él a vivir sin las botellas, sin las latas, sin las cajas? ¿Va a deambular por la calle, a robar para comer?

¿Y qué voy a cocinar ahora? ¿Dónde voy a encontrar jitomate, ajo, cebolla? ¿Con qué dinero voy a hacer sopa, voy a hacer caldo, voy a inventar salsa?

Dígame, dígame. Explíqueme qué va a ser de nuestra vida. ¿Qué va a ser de nuestra vida? No piense que es fácil. No tengo ni remedio para el dolor de cabeza. ¿Cómo me voy a curar cuando me dé un dolor de estómago, una comezón, un chorrillo? Ande, dígame, muéstreme, aconséjeme. ¿Dónde voy a encontrar tanto remedio bueno? ¿Y espadrapo y curitas y jeringa?

La gente del gobierno debería pensar tres veces antes de hacer eso con un padre de familia. A lo mejor ellos se están fijando en esa mierda de aquí. En ese terreno. A lo mejor ellos perdieron algo. Así es. Si perdieron algo, lo vamos a encontrar. Uno espulga. Uno encuentra. Hasta billetes de lotería; lo recuerdo, hubo quien los encontrara. A lo mejor es cosa de los bancos. A lo mejor es eso, descubrieron que la basura da dinero, que puede dar suerte, que es lujo, que la basura tiene valor.

Por ejemplo, ¿dónde vamos a vivir?, ¿eh? ¿Dónde vamos a vivir? Aquellas casuchas, todo lo que está alrededor del basurero, ¿quién lo va a recoger? ¿Usted, el gobernador? No. Eso de prometer casas que uno no puede pagar son patrañas, es cuento para tontos. Ellos nos avientan a una pocilga. Pa’ dónde irán esos pobres zopilotes?

¿La perra, el perro?

Usted había de ver. Todo aquí es una fiesta. Los niños, las niñas en aquel alboroto, brincando encima del arroz, de los frijoles. Ayudando a escoger. Uno ya conoce lo que es bueno de lejos, nomás por el tipo del camión. Hay unos que vienen directo del supermercado, de la carnicería. ¿Cuándo en la vida vamos a conseguir carne tan barata? Bisteces, filete, paloma –¿El joven está servido? ¿La joven?

Los choferes ya lo conocen a uno. Hay unos que hasta guardan para ellos la mejor parte. Hay cosas muy buenas, desperdiciadas. Tanta gente que compra lo que no usa – ropa nueva, velos, guirnaldas. Mi hija ya se puso un vestido de novia, hasta la argolla encontramos aquí, en un cuerpo. Así es. Viene a parar mucho hombre muerto, mucho criminal. Uno ya está acostumbrado. Casi cada semana el coche de la policía deja su basura aquí, depositada. Balas, revólveres 38. Uno no tiene miedo, joven. Nomás hay que quedarse callado.

Ahora, ¿qué tiene en la cabeza esa gente? Nunca les dimos lata. No queremos de ellos nada que no esté aquí tirado, roto, aventado. No queremos otra cosa que este basurero para vivir. Este basurero para morirnos, para ser enterrados. Para criar a nuestros hijos, enseñar nuestro oficio, tener qué comer. Para continuar en la gracia de Nuestro Señor Jesucristo. Que no falten juguetes, comida, trabajo.

No, ellos nunca nos van a sacar de este basurero. Tengo fe en Dios, con la ayuda de Dios, ellos nunca nos van a sacar de este basurero. Ellos dicen que sí, que lo van a hacer. Pero no lo creo. Ellos nunca van a conseguir sacarnos de este paraíso.

Libreta de nombres, Rubem Fonseca

2Después de separarme, compré una libreta en donde escribía los nombres de las mujeres que se acostaban conmigo.

Mientras estuve casado no llevé ningún cuaderno, mi mujer era muy posesiva y sus crisis de celos, además de prolongadas eran muy teatrales. Desgarraba mis trajes nuevos. No me importaba.

Le escondía a Nice la existencia de las otras mujeres que poblaban mi mundo. En aquella época todavía no tenía libreta, pero ya me acostaba con otras. Los celos de Nice siempre los causaba un gesto inocente de mi parte, como mirar a una señora que pasaba cerca de nuestra mesa en un restaurante. A veces, en mero ejercicio especulativo, imaginaba lo que haría si supiese que me cogía a otras mujeres. Pero no corría riesgos. Libretas de direcciones, cartas, retratos, esas cosas clandestinas siempre son descubiertas.

¿Por qué me separé de ella? Tal vez porque ya no aguanté tener que usar esa ropa de “última moda” que Nice me compraba. Durante algún tiempo me pareció hasta gracioso verme enfundado en uno de esos adornos. tengo sentido del humor, como todo sujeto perezoso. Me acuerdo de una cena, presentes las habituales figuras que se arreglan con esmero para esas ocasiones, en la que una de las mujeres, una pelirroja bonita, elogió mi ropa. Le dije que Nice la había escogido. La pelirroja se volvió hacia el marido, un abogado vestido formalmente que sudaba por los codos a pesar del aire acondicionado, y le dijo que debía seguir mi ejemplo -había profesionales liberales, empresarios, hasta una artista plástica, la mayoría trajeada conforme a los dictámenes de la época- discutieron si las mujeres debían o no elegir la ropa que los maridos usaban. Fue un debate acalorado y largo, el abogado fanfarrón, al que no le caía bien, fue uno de los más elocuentes.

Al día siguiente, empaqué mi ropa vieja y algunos libros, los de poesía, y me cambié de casa. Mi ex mujer era tan ingenua que desgarró toda mi ropa nueva, la que dejé en el departamento, pensando que se vengaba de mí, y contrató al abogado torpe que sudó en la cena intentando fastidiarme, pero consiguió menos de lo que ella quería.

Mi unión con Nice había durado tres años, alimentada por la inercia, esa cualidad pasiva que hace al hombre resistir, no importa la magnitud en la escala de Richter, a las oscilaciones sísmicas de todo matrimonio.

Soy un indolente. Pero mi pereza nunca interfirió en mi motivación por conquistar y poseer mujeres. Lo único que no quiero es volverme a casar. En la vida todo es motivación. Es una energía psíquica, como dicen los estudiosos, una tensión que pone en movimiento el organismo humano, determinando nuestro comportamiento. A veces pienso que, en mi caso, también es una maldición.

¿A qué mujeres quería conquistar? ¿Famosas? No me interesaban. Una mujer famosa, no importa el origen de la celebridad, suele tener más defectos que atractivos, por más bonita que sea. ¿Ricas? Nunca. ¿Cultas? Nunca. ¿elegantes? Eso es interesante pero no suficiente -evidentemente no estoy hablando de ropa, la elegancia es otra cosa-. ¿Deportistas? ¿Para qué? ¿Para correr juntos en la playa con uno de aquellos medidores de ritmo cardíaco asegurado al pecho? Nunca, evidentemente. Yo quería mujeres bonitas y con sentido del humor. Sólo eso. Y si fuera un poquito fea pero con un cuerpo muy bonito, entraba en la libreta. Además, es más importante que un cuerpo bonito que un rostro bonito.

¿Qué dificultades encontraba para conseguir a quienes registraban mi libreta? Quería mujeres bonitas, pero a veces sucedía que esa mujer bonita era además inteligente. En teoría, una mujer inteligente percibiría en seguida que soy un mujeriego. En teoría. Pero en la práctica, ellas son aun más tontas que las burras. Como, por ejemplo, la penúltima, llamada Safira, que entró en mi libreta.

Antes de continuar, debo decir que me gusta cogerme a la mujer un día después de conocerla, ya que el mismo día es una precipitación que debe evitarse, la prisa es enemiga de la perfección. Éste, además, es uno de mis clichés favoritos, no me incomoda usar lugares comunes, son siempre la concepción clara de una realidad, aunque gastada por el abuso. Pero, como decía, en el segundo encuentro con Safira, como de costumbre, sugerí irnos a la cama.

¿No crees que deberíamos esperar un poco más?

Tengo siempre un buen cliché bajo la manga.

Boire sans soif et faire l’amour en tout temps, madame, il n’y a que ça qui nous distingue des autres bêtes. Beaumarchais, Madame de Figaro —respondí.

Olvidé mencionarlo, sé hablar francés, cualquier vago consigue aprender francés. Safira era joven, no conocía esa frase centenaria ni al autor de la obra, sólo la ópera de Mozart, sabía un poco de francés, pero como era razonablemente inteligente entendió que lo que decía era verdad: lo que nos diferencia de los animales es que bebemos cuando no sentimos sed y hacemos el amor a cualquier hora. Es parte de la naturaleza humana, de nuestra esencia. Safira, entonces, percibió que debía seguir sus más puros instintos y se fue a la cama conmigo. Pude poner el nombre de ella en la libreta, con una breve nota sobre sus características principales.

Podría contar otros caso, innumerables, pero siento que me estoy volviendo prolijo. Sin embargo, no puedo dejar de hablar de Andressa. Un ejemplo de caso difícil.

Andressa era hija de nuevos ricos —en esa esfera social nadie le pone a su hija María—. ella evitó acostarse conmigo el primer día, el segundo, el tercero y hasta —¿increíble, no?— el cuarto día.

¿Así es como ves a las mujeres? ¿Cómo me ves? ¿Como un objeto sexual? —preguntó después de mi última tentativa.

Protesté con vehemencia, dije que me atraían sus atributos físicos, morales y mentales, su personalidad como un todo. Sentí que mi afirmativa categórica no la convencía. Todavía guardaba fuertes dudas hacia mí, si merecía o no su confianza.

Para un indolente como yo, esa dificultad podía acabar con mi deseo. Pero, como dije, mi motivación, o maldición, era tan fuerte como la de Sísifo.

Conseguí, con mucho esfuerzo, convencerla de encontrarnos, una vez más, en mi apartamento. En ese día crítico, olvidé sobre la mesa de la sala la libreta con los nombres de las mujeres, en cuya portada roja está escrito: “Las mujeres que amé”.

Y sucedió lo que no podía dejar de suceder. Andressa encontró la libreta y la tomó, estaba demasiado a la vista, con su capa chillante. Las mujeres son curiosas, como sabemos, y estas cosas clandestinas siempre las descubren. Pobre del que no sabe eso.

“Las mujeres que amé”, —dijo Andressa leyendo la portada de la libreta.

Yo estaba cerca. Corrí y le arranqué la libreta de las manos.

Discúlpame —dije nervioso— pero esta libreta contiene cosas que no me gustaría que leyeras. Discúlpame.

¿Por qué? ¿Qué hay, además de los nombres?

Vida…

¿Qué dice?

Coloqué la libreta en la bolsa y junté las manos, como en una oración, en el mejor estilo de un italiano suplicante:

Por favor, no me pidas leer esta libreta.

Nombres de mujeres… —repitió Andressa, con desprecio en la voz—. ¿Qué más contiene esa cosa que no puedo leer?

Pasé las manos por mi cabeza y me mantuve tranquilo. Además de los nombres, había en la libreta una breve anotación sobre las particularidades de cada mujer. No conseguía esconder mi malestar, creo que hasta me ruboricé.

Anda, dilo de una vez. ¿Qué hay ahí, además de nombres?

Las… ah… características… de cada una.

Qué cosa más sórdida. ¿Anotas en una libreta las obscenidades que practicas con las mujeres que dices haber amado?

No es nada de eso.

Andressa tomó su bolsa que había dejado sobre una silla.

Nunca pensé que alguien pudiera ser tan canalla.

Cuando estaba en la puerta, a punto de salir, la retuve. Saqué la libreta de la bolsa.

Puedes leer. Por favor, no te vayas.

Ella se detuvo, indecisa.

No quiero leer esa porquería.

Ahora tienes que leer. Después de todas esas cosas horribles que dijiste de mí, merezco por lo menos que hagas eso, dame una oportunidad de probarte que soy un hombre de carácter. Yo te amo.

Me tallé los ojos, como alguien al borde de las lágrimas.

¿De la misma manera en que amaste a las decenas de mujeres de tu libreta?

Lee, te lo estoy implorando.

Entregué la libreta a Andressa. Ella vaciló un poco. comenzó a leer y su rostro, al poco tiempo, fue demostrando sorpresa. Caminó hacia el centro de la sala y puso la bolsa de nuevo sobre la silla.

Son sólo cinco nombres —dijo Andressa.

¿Leíste lo que está escrito? —dije.

Ya lo leí. Perdóname —dijo ella.

Te perdono sólo si lees lo que está ahí en voz alta.

Andressa leyó:

“Marta, le gustan los gatos y ver las puestas de sol. Silvia, se involucra con ecología. Luisa, adora el lirismo de Florbela Espanca. Renata, canta las canciones de Cole Porter mejor que nadie. Lourdes, tiene una linda colección de orquídeas”. ¿Son sólo cinco?

Ahora, seis, contigo, que vas a cerrar esa libreta para siempre.

¿Quién es Florbela?

Una poeta portuguesa.

¿Me perdonas?

Claro. La culpa del malentendido fue toda mía.

Mi nombre aún no está en la libreta. ¿Qué vas a escribir?

Le quité la libreta de la mano. Escribí: “Andressa, sofisticada, generosa, inteligente, linda como una princesa de cuentos de hadas”.

Andressa leyó lo que había escrito. Me abrazó, cariñosamente. Nos fuimos a la cama. Pasó la noche conmigo. Mientras tuvimos sexo, me llamó, mi amor, varias veces.

En la mañana, después de que se fue, tomé la libreta de nombres que Andressa dejó sobre la mesa y la coloqué en un cajón cerrado con llave, donde estaba la otra libreta, la verdadera, de discreta portada gris, que contenía, resumidamente, las particularidades reales y los nombres de las decenas de mujeres a las que yo me cogía. La de portada roja, que Andressa leyó, era una falsificación que astutamente preparé para aquella empresa difícil. ¡Cinco días!

Con mi mejor caligrafía, escribí, en la verdadera libreta: “Andressa. Chupa. Anal. Celulitis. No sabe quién es Florbela Espanca”.

La Cena, Ana Miranda

1La mesa está puesta, yo misma acomodé los platos, las copas, los cubiertos, las servilletas para los labios puros, resignada a formar parte del mundo verdadero, lo espero a cenar hace años, el deseo de cenar con él creció, fue ocu­pando mi pecho, pues tengo ahora ganas de gritar, ¿qué vas a cenar? En un momento sabrás el platillo principal de esta noche, perfumada desamparada solitaria palpitante, vestido negro, guante negro sólo en la mano izquierda, collar de perlas, mis almas se debaten dentro de mí y se arrastran atrás de mí como una cola peluda, voy hacia la ventana, miro a la calle, prendo un cigarro, fumo.

Todo te está esperando, humo, cabello recogido, ando arrastrando en la cola mi corazón inconsciente, húmedo, suena el timbre, las ocho, abro la puerta, sus ojos marítimos son el cuerpo mostrando el espíritu, un espejo sorprendente y atrás de él un hombre, los dos embriagados de algo que no conozco, Traje un amigo, dice él, al cerrar la puerta siento que un cuchillo destaza mi cuerpo, aquel amigo detrás de él como sombra y salvación, un pedazo de mí en cada parte y yo tan desamparada, un gesto cualquiera, Me siento alejada, ellos beben whisky, parecen formar parte del mundo real, poco a poco sus cuerpos y sus rostros se iluminan para mí, pero todavía hay sombras, las nueve, cuerpos vivos y verdaderos de hombres, por qué trajo a alguien ¿me tendrá miedo? Sus palabras, sus sonrisas, sus miradas furtivas a las paredes de la casa, todo es tan intenso, un reflejo de la luna enciende el mar y lo vuelve de un negro hundido, ellos no quieren perderse mis detalles como si yo fuera la cazadora y ellos dos presas sumidas en el sofá, bellos y nerviosos, ahora embriagados de mí, las once, Eso es el mundo, eso soy yo, Me gusta mirar a través de la ventana de mí misma, Voy a ponerme un abrigo, ellos susurran en la sala, pero dejan de hablar cuando regreso, vencida, Siento frío en el cabello, Prendo un cigarrillo, medianoche, ellos miran el reloj, miran la mesa, los platos limpios tenedores dos copas dos de la mañana, dos copas hembras borrachas de vino del cuerpo de la mujer, ellos se van creyendo que no hubo cena, olvidé decirles que la cena era yo.

Lucila Noguerira

Julia PeironeJulia Peirone

Nave en el diluvio

Más fuerte que los dioses soy ahora
senos que arden bajo un olor de lluvia
sangre al final del sueño, rosa y piedra:
abstracta hembra de un dragón nocturno
concha dilacerada, tosca espada
cerco de soledad única y múltiple
y hojas, astros, colores, mares súbitos
jamás pueden frenar esa ardentía
soberana visión, fiera encendida
simétrica memoria semidesnuda
soy más fuerte que los dioses en esta hora
fugaz, cristal de nave en el diluvio

Despedázame

despedázame
pero no me dejes inacabada
palacio inviolado en memoria de la nada
regresión miserable a visiones abstractas
despedázame
pero no me dejes quimera en el cristal
porque yo sé satisfacer tu carne
incluso así aérea en la alucinación

Decisión

Me gusta amar así ávidamente
hoguera terremoto tempestad
sobre tu mayor tranquilidad
ventosa universal nadando leve
el cielo se precipita de mi sexo
entraña nervio corteza voltaje
arrastro los horizontes de la ciudad
cautelas seguridades subsuelos
perdonen si me desnudo de repente
y me encamino al mar sin dar respuesta