La inventada, Elías Canetti

Albert Watson

La Inventada no ha vivido nunca, pero está ahí y se hace notar. Es muy hermosa, aunque de modo distinto para cada cual. De ella se han dado descripciones extáticas.

Algunos elogian sus cabellos, otros sus ojos. Pero hay desacuerdo en cuanto al color, que va desde un brillante azul dorado hasta el negro más intenso, y eso vale tambien para el cabello.

La Inventada tiene distintas tallas y cualquier peso. Prometedores son sus dientes, que a menudo pone al descubierto. El pecho tan pronto se le encoge como se le hincha. Camina, se echa.

Está desnuda o fabulosamente vestida. Sólo sobre su calzado existen cientos de datos diferentes.

La Inventada es inalcanzable, la Inventada se entrega fácilmente. Promete más de lo que cumple y cumple más de lo que promete. Revolotea, se queda quieta. No habla, lo que dice es inolvidable. Es descontentadiza, se dirige a cualquiera. Es sólida como la tierra, ligera como un soplo

Parece cuestionable que la Inventada sea consciente de su importancia. Tambièn sobre eso andan a la greña sus admiradores. ¿Cómo logra que todos sepan que es ella? Claro que a la Inventada le es fácil, pero, ¿habrá sido así desde el comienzo? Y ¿quién la habrá inventado hasta hacerla inolvidable? ¿Quién la habrá difundido por la tierra habitada? ¿Quién la habrá endiosado y quién la vendería a buen precio?

¿Quién la dispersó por los desiertos de la luna antes de izar en ella su bandera?

¿Quién ocultaría un planeta en densas nubes por llevar su nombre?

La Inventada abre los ojos y jamás vuelve a cerrarlos. En las guerras, los moribundos de ambos bandos le pertenecen. Antiguamente estallaban guerras por ella, ahora no, visita a los hombres en los frentes y les deja, sonriente, un retrato.


El asno lúbrico, Elias Canetti

De mis paseos nocturnos por las callejas de la ciudad cuidaba regresar por el Xemaá El Fná. Era extraordi­nario deambular por la plaza casi vacía. No quedaba ningún acróbata, ni bailarín, ni encantador de serpien­tes, ni tragafuegos. Un hombrecillo desamparado se agazapaba en el suelo ante una cesta de huevos muy pequeños. A derecha e izquierda suyas no había nada. Lámparas de acetileno prendían aquí y allá; la plaza olía así. En tienduchas y bodegones todavía era posible ver hombres solos que sorbían sopa a cucharadas. Parecían solitarios, como si no tuviesen dónde ir. En las esquinas de la plaza se veía gentes durmiendo. Algunos tumba­dos, la mayoría en cuclillas, todos llevaban puestas las capuchas de sus abrigos sobre la cabeza. Dormían inmó­viles, nadie habría sospechado que bajo las chilabas, respiraba algo.

Una noche vi en medio de la plaza un espeso corro de gentes, iluminado de la manera más caprichosa por lámparas de acetileno. Todos puestos en pie. Las oscu­ras sombras sobre rostros y figuras, unidas a la fría luz que las lámparas vertían sobre ellas, les daban un aspec­to lúgubre e inquietante. Oía el sonido de dos instru­mentos tradicionales, además de la voz de un hombre que animaba vivamente a alguien. Cuando estuve más cerca y encontré un hueco por el que poder mirar a través del corro, advertí en el centro a un hombre de pie con un bastón en la mano, que formulaba acuciantes preguntas a un asno.

El borrico era, de todos los miserables asnos de esta ciudad, el más mísero. Los huesos le sobresalían, estaba muerto de hambre, su pellejo raído, a buen seguro que ya no era capaz de soportar la menor carga. Se pregun­taba uno cómo se sostrendría todavía sobre sus patas. El hombre entablaba con él un cómico diálogo. Intenta­ba persuadirle de algo. Como el jumento persistiera en su tenacidad, le hacía preguntas. Y dado que no que­ría contestar, aquellos hombres alumbrados reían a mandíbula batiente. Tal vez se trataba de una historia en la que el burro jugaba algún papel. Pues tras un pro­longado parloteo comenzó el triste animal a girar muy lentamente al compás de la música. El bastón se blandía continuamente sobre él. El hombre hablaba más rápido y más alto cada vez, se enfurecía en apariencia para mantener al asno en movimiento, pero sus palabras me sonaban como si también él mismo encarnase una figura cómica. La música seguía y seguía; los hombres no salían ya de la carcajada y se conducían como antropó­fagos o comedores de asnos.

Permanecí sólo por poco rato y así es que no puedo decir lo que ocurrió después. Mi horror sobrepasó mi curiosidad. Hacía tiempo que tenía a los asnos de esta ciudad clavados en el corazón. Paso a paso tuve oportu­nidad de comprobar su comportamiento levantisco, y era, en verdad, harto desvalido. Pero aspecto tan la­mentable en una criatura jamás lo había tenido delante; y en mi camino hacia casa procuré firmemente, para poder tranquilizarme con ello, que no quedase en mí memoria de esta noche.

El día siguiente era sábado y bien temprano me dirigí al Xemaá. Era uno de los días más concurridos. Mirones, expositores, cestos y tiendas se superponían, resultaba difícil abrirse camino entre la multitud. Llegué al lugar donde se encontraba el asno la noche anterior. Miré y no pude dar crédito a mis ojos: ahí estaba de nuevo. Completamente solo. Lo observé detenidamente, imposible no reconocerlo, era él sin duda. Su dueño, muy cerca, conversaba apaciblemente con un par de personas. Todavía no se había formado ningún corro a su alrededor. Los músicos no estaban, la representación aún no había comenzado. El burro estaba allí al igual que la noche anterior. El pellejo parecía bajo un sol ra­diante aún más raído que por la noche. Lo encontré más miserable, más famélico y más viejo todavía.

De súbito, sentí alguien a mis espaldas y escuché unas palabras fuertes, pero que no comprendía, dichas al oído. Me di la vuelta y perdí de vista por un instante al animal. El hombre que había podido oír, se apretaba estrechamente a mí entre la multitud; pero parece ser que había amenazado a algún otro y no a mí. Me volví de nuevo hacia el asno.

No se había movido de su sitio, pero sin embargo no era ya el mismo pollino. De entre sus patas traseras, sesgado, colgaba de pronto un miembro descomunal. Parecía más duro que el garrote con el que se le había amenazado la noche anterior. En el breve intervalo en el que me diera la vuelta, se había operado en él una pro­digiosa transformación. No sabía lo que hubiera podido ver, oír u olfatear. Tampoco lo que le habría pasado por su cabeza. Con todo, a esa miserable, vieja y débil criatura, ahora a punto de reventar, aún se la seguía uti­lizando para diálogos insensatos; se la trataba peor que a un asno de Marrakesh, cuya exigua existencia era me­nor que nada; sin carnes, sin fuerza, sin pellejo adecuado, aún poseía tanta voluptuosidad en su interior para que su mera estampa me liberase del efecto de su miseria. Pienso con frecuencia en él. Y me repito a mí mismo, cuánto quedaba aún de él cuando yo ya nada veía. Deseo para todo ser atormentado semejante dispo­sición en la desgracia.