Dios y sus escribas, Jacques Ferron

Dios era muy inteligente; en todo caso, su amor propio se lo había demostrado. Creó al mundo y no se contentó con eso; contrató a unos escribas para describir su proeza. Los tomó así como eran, no muy versados en cosmogonía. Les dijo: “¡Vayan!, hagan lo mejor que puedan”. Y describieron una tierra plana en los siguientes términos, dando a entender que existen dos clases de aguas, las aguas de arriba, las aguas de abajo. Omnipotente como son todos los megalómanos en su soledad, no por ello Dios era pretencioso. Es incluso la cualidad más bella que le reconozco. Es más hasta puede decirse que era un artista, inclinado al borrador y al retoque, y que desde el Edén, antes del pecado original, del cual él sería el primer culpable, gracias a su tierra plana y a su sistema hidráulico, ya había previsto el diluvio.

Dios dijo: que haya un firmamento en medio de las aguas y que separe las aguas de las aguas. Así dijo y así sucedió. Dios hizo el firmamento que separó las aguas que se encuentran bajo el firmamento de las aguas que están por encima del firmamento y Dios llamo cielo al firmamento. Y hubo una noche y hubo una mañana. Así fue el segundo día de la creación.

Lo que el divino creador se cuidó bien de revelar a sus escribas es que acababa de fabricarse, como quien no quiere la cosa, una estupenda esclusa, y que un día o el otro, con un pretexto o con otro, le asaltarían las ganas de probarla. No desaprovechó la ocasión y si entonces ahogó a no poca gente, incluyendo a mujeres y niños pequeños, como un viejo bribón, como un verdadero gringo, inventó la navegación; con ella mejoraba su creación. Entonces Dios, a pesar de todos sus talentos, no dejó de ser un gran salvaje del mismo calibre que Papa Boss, su doble en Vietnam, con la ganancia de Pentecostés.

Había creado al hombre como un simulacro, moldeándolo con arcilla, y cuando sopló en él, el sorprendente bípedo, sin cola que lo sostuviera, se puso a caminar —un progreso respecto al canguro—. En este caso, no olvidemos constatar que lo hizo en lo exterior y no en lo interior, igual que cuando se fabrica a un autómata; y este hombre visto del exterior por Dios, con la diferencia de algunos pelos, de algunos detalles de color, apenas si se distinguía de los demás primates desnudos, a cuya serie pertenecía.

Y Diosito se sintió dichoso como un imbécil durante todo el Antiguo Testamento. A pesar de todo, gracias a su talento de inventor, le entró la curiosidad de saber lo que sucedía en el interior de la criatura de su elección, y con una aguja muy fina se introdujo en ella, por un estrecho virginal, y allí permaneció nueve meses, cinco más que en el arca de Noé, luego vino al mundo como cualquier homínido, con una sola diferencia, a saber que para ocultar su nacimiento, se apresuró a recoser a su pobre madre para que las matronas más experimentadas, las parteras, las papisas y los papas, todos sin excepción, la declararan virgen. Pero todos esos remilgos, más bien musulmanes, no cambiaron gran cosa: el famoso Dios, el Creador, el Todopoderoso, el Muy Alto, el Gringo superequipado, el Papa Boss, el Sin-Corazón, el Asesino felicitado, se hallaba cautivo dentro de un niño, encerrado en las entrañas de un hombre, único entre los demás primates y destinado, después de algunos éxitos como predicador, a la pasión y a la muerte. Ése es el Nuevo Testamento, el del yo crucificado, el del Padre que expira en su Hijo.

Con el perdón del cardenal McLuhan, del pequeño papa de matraca que está en el aparador, de todos los frenéticos del audiovisual, o Cristo eléctrico, de la panza de vaca y del boato superestrella de los fantoches pueblerinos, fueron los escribas quienes escribieron el Nuevo Testamento después de haberse entrenado con el Antiguo. Es más, esta Biblia que no es la Biblia de Jerusalén, un libro entre tantos otros, está tejida con los hilos de toda la biblioteca del mundo. A pesar de los mugidos, de los violines, nuevos libros se añaden a los antiguos y la verdadera Biblia nunca será terminada.

Al desdoblarse, Dios marcó los dos polos de Pascal; por un lado, gracias al Padre, reina en el Paraíso mediante la proliferación de la especie, por el otro, al vivir su agonía en el huerto de los Olivos, le imprime sentido a la vida que para todos y cada uno no es sino perdición; además, al participar en el uno y en el otro, se convierte en el lenguaje común a través del cual lo irreconciliable y único en el mundo se encuentra, aquello que la muerte corroe por el interior, que comunica con todos los demás, que la vida multiplica por el exterior. Principio del verbo, suprema expresión lingüística, Dios no se contenta con ese papel intermediador; en una conversación en la que las palabras se deslizan una tras otra en una secuencia lineal donde el lugar ocupado por cada una le asigna un papel, que la matiza y la precisa, dentro de la frase, primera instancia del discurso, un lugar de sujeto, de verbo o de complemento, lo que la reduce, antes de cualquier comprensión, a ser sólo un instante, casi intemporal, como el segundo que saltando marca la manecilla en el reloj, entre el pasado de las horas, de los días, de los años y de los siglos, y por delante un futuro tan largo, por lo menos así se desearía, Dios deja en el presente su evidencia, su fonema, su palabra, y compone la frase, el párrafo, el libro en una duración más larga, que incluye el pasado y el futuro; es más, cada palabra que pasa no lo restringe; es el aval de todas las demás palabras inutilizadas, guardadas en los diccionarios cerebrales, de la enorme y tenebrosa masa sin consideración de la que el inconsciente sólo es una pequeña bodega; se le califica de Eterno debido a esa perennidad, a esos tres tiempos que domina y al ave, del tipo de la gaviota, que cuida en el cielo por encima de un vasto espacio existencial, que, con el nombre de Espíritu Santo, no deja de volar y que, de tiempo en tiempo, se hunde en el mar y en el olvido para ir al encuentro de la palabra que falta en la secuencia del discurso y correría el riesgo de interrumpir monólogos y conversaciones en los que el verbo se complace y continúa su proceso de engendramiento iniciado con san Juan para el mayor provecho del hombre.

Se sigue conversando, pero desde hace algún tiempo parecería que se habla menos de Dios. Las vedettes tienen altibajos. En este caso, sin embargo, se trataría de algo más que de una fluctuación de renombre. En un hangar de Toronto y en los sótanos del Vaticano querrían transformarlo un poco con el fin de volverlo tan famoso y rentable como antaño. Según parece están reduciendo considerablemente el personal de escribas. Se le suprimirá el silbato y un buen pedazo de verbo. En cambio, podrá gesticular mejor, se lanzará en los contoneos y en los guiños. Está estudiando su nuevo personaje. En cuanto se sienta dueño de él, ni duda cabe de que volverá a encontrar sus antiguos talentos, su popularidad y sin duda tampoco Marshall McLuhan, que está entrenándolo en un hangarcito de Toronto, será nombrado cardenal con un sombrero de cowboy teñido de púrpura.

 

Poema nocturno, Margaret Atwood

Mihai Criste

No hay nada que temer,

es sólo el viento

que ahora sopla hacia el este, es sólo

tu padre……….el trueno

tu madre……….la lluvia

En este país de agua

con su luna ocre y húmeda como un champiñón,

sus muñones ahogados y sus pájaros largos

que nadan, donde crece el musgo

por todo el tronco de los árboles

y tu sombra no es tu sombra

sino un reflejo,

tus padres verdaderos desaparecen

al bajar la cortina

y quedamos los otros,

los sumergidos del lago

con nuestras cabezas de oscuridad

de pie ahora y en silencio junto a tu cama…

Venimos a arroparte

con lana roja,

con nuestras lágrimas y susurros distantes.

Te meces en los brazos de la lluvia,

el arca fría de tu sueño,

mientras aguardamos, tu padre

y madre nocturnos,

con las manos heladas y una linterna muerta,

sabiendo que somos solamente

las sombras vacilantes que proyecta

una vela, en este eco

que oirás veinte años más tarde.

 

Manual de poesía nueva, Mark Strand

Patata, de Maja Vukoje1.  Si un hombre entiende un poema,
tendrá dificultades.

2. Si un hombre vive con un poema
morirá solitario.

3. Si un hombre vive con dos poemas
le será infiel a uno.

4. Si un hombre concibe un poema,
tendrá un hijo menos,

5. Si un hombre concibe dos poemas,
tendrá dos hijos menos.

6. Si un hombre lleva puesta una corona cuando escribe,
será descubierto.

7. Si un hombre no lleva puesta una corona cuando escribe,
no engañará a nadie salvo a sí mismo.

8. Si un hombre se enfurece en un poema,
será despreciado por los demás hombres.

9. Si un hombre sigue enfurecido en un poema,
será despreciado también por las mujeres.

10. Si un hombre acusa públicamente a la poesía,
sus zapatos se llenarán de orines.

11. Si un hombre renuncia a la poesía por el poder,
tendrá mucho poder.

12. Si un hombre alardea de sus poemas,
será amado por los tontos.

13. Si un hombre alardea de sus poemas y ama a los tontos,
no escribirá más.

14. Si un hombre reclama atención por sus poemas,
será como un asno en un claro de luna.

15. Si un hombre escribe un poema y alaba el poema de un amigo,
tendrá una amante muy hermosa.

16. Si un hombre escribe un poema y alaba en exceso el poema de un amigo,
ahuyentará a su amante.

17. Si un hombre se arriesga por el poema de otro, su corazón crecerá el doble de tamaño.

18. Si un hombre deja a sus poemas ir desnudos,
tendrá miedo a la muerte.

19. Si un hombre tiene miedo a la muerte,
será salvado por sus poemas.

20. Si un hombre no tiene miedo a la muerte,
podrá ser salvado o no por sus poemas.

21. Si un hombre termina un poema,
se bañará en la estela vacía de su pasión,
será besado por la página blanca.

El sí y el no, Jacques Ferron

1Hacia finales de su vida, el llorado Pío XII no se dejaba fotografiar más que en medio de los pajaritos. Mientras tanto, estaban cavando en el subsuelo del Vaticano en busca de la tumba de san Pedro; al parecer, acabaron por encontrarla, cosa que permitió al Santo Padre preparar la suya, justo en frente, en una excelente ubicación. Probablemente tenía ganas de canonizarse en vida, pero eso es algo que no se hace. Tuvo que renunciar a ello. De todos modos consideró importante señalar que no existía ninguna obligación de esperar dos o tres siglos antes de elevarlo a los santos altares; canonizó a Pío X que no estaba tan lejos y cuyo sepulcro justamente no se hallaba frente al de san Pedro. También canonizó a María Goretti, la que había dicho no. En este caso, encontró cierta oposición.

Hay que recordar que esta canonización tuvo lugar en una época en que la educación sexual no figuraba en los programas de la escuela primaria. La mayoría de las niñas, en los medios decentes, a los 14 años no sabían de qué se trataba:

Si la Goretti dijo no, Santo Padre, es porque sabía demasiado.

El cardenal Tisserant era de la opinión de dejarla como bienaventurada. De verdad, era lo mejor que podía hacerse por ella. El Santo Padre estaba dando de comer a sus pajaritos y es muy posible que no haya escuchado a su cardenal.

A esa edad, no se dice nada. Es más tarde, entre los 16 y los 68 años, cuando las señoritas dicen no. ¿Y eso qué quiere decir, Santo Padre?

¿Qué quiere decir eso, Tisserant?

El cardenal alzó los hombros, con cara de preguntarse a dónde había llegado su patrón. Ambicioso, gran político, éste quizá no estaba al tanto de los humildes menesteres del sexo.

Las doncellas dicen no para que se les ruegue más.

¿Y entonces?

Entonces ya no dicen nada y todo sucede como si hubieran dicho sí.

Le tocó el turno al Santo Padre de alzar los hombros. Estaba más interesado por Prusia que por Francia, por Cerdeña que por el Oriente. Y el pobre Tisserant era francés y levantino.

Se ve que la teología y los honores de la Iglesia —dijo el Santo Padre— no han echado a perder la vieja herencia francesa. Cardenal o lavaplatos de restaurante, todos ustedes son iguales, formados por estribillos de cabaret.

María Goretti fue pues canonizada. El cardenal hubiera podido hacer otra objeción: el patronímico, Goretti, ¡por favor! Entrados en gastos, ¿por qué no inventar otra Nuestra Señora? ¡Una más, una menos! Nuestra Señora de los cochinos, no estaría tan mal y así enseñaría al extremo Oriente, donde este animal es considerado como un símbolo de pureza y de espíritu caballeresco, que la Iglesia es universal. Pero el cardenal guardó para sí su objeción, sobre todo después de haber oído que el Santo Padre dijera que la iniciativa siempre venía de la mujer.

La Biblia me basta, Eminencia. Y qué veo en ella: a Eva ofreciendo la manzana a Adán.

El cardenal se conformó con decir mientras se despedía:

Es probable que Su Santidad tenga razón.

Pero en sus adentros, estaba casi seguro de que Eva tenía la manzana en la mano porque Adán había sacudido previamente el árbol.

Dios y sus escribas, Jacques Ferron

www-St-Takla-org--39-scribes-and-phariseesDios era muy inteligente; en todo caso, su amor propio se lo había demostrado. Creó al mundo y no se contentó con eso; contrató a unos escribas para describir su proeza. Los tomó así como eran, no muy versados en cosmogonía. Les dijo: “¡Vayan!, hagan lo mejor que puedan”. Y describieron una tierra plana en los siguientes términos, dando a entender que existen dos clases de aguas, las aguas de arriba, las aguas de abajo. Omnipotente como son todos los megalómanos en su soledad, no por ello Dios era pretencioso. Es incluso la cualidad más bella que le reconozco. Es más hasta puede decirse que era un artista, inclinado al borrador y al retoque, y que desde el Edén, antes del pecado original, del cual él sería el primer culpable, gracias a su tierra plana y a su sistema hidráulico, ya había previsto el diluvio.

Dios dijo: que haya un firmamento en medio de las aguas y que separe las aguas de las aguas. Así dijo y así sucedió. Dios hizo el firmamento que separó las aguas que se encuentran bajo el firmamento de las aguas que están por encima del firmamento y Dios llamo cielo al firmamento. Y hubo una noche y hubo una mañana. Así fue el segundo día de la creación.

Lo que el divino creador se cuidó bien de revelar a sus escribas es que acababa de fabricarse, como quien no quiere la cosa, una estupenda esclusa, y que un día o el otro, con un pretexto o con otro, le asaltarían las ganas de probarla. No desaprovechó la ocasión y si entonces ahogó a no poca gente, incluyendo a mujeres y niños pequeños, como un viejo bribón, como un verdadero gringo, inventó la navegación; con ella mejoraba su creación. Entonces Dios, a pesar de todos sus talentos, no dejó de ser un gran salvaje del mismo calibre que Papa Boss, su doble en Vietnam, con la ganancia de Pentecostés.

Había creado al hombre como un simulacro, moldeándolo con arcilla, y cuando sopló en él, el sorprendente bípedo, sin cola que lo sostuviera, se puso a caminar —un progreso respecto al canguro—. En este caso, no olvidemos constatar que lo hizo en lo exterior y no en lo interior, igual que cuando se fabrica a un autómata; y este hombre visto del exterior por Dios, con la diferencia de algunos pelos, de algunos detalles de color, apenas si se distinguía de los demás primates desnudos, a cuya serie pertenecía.

Y Diosito se sintió dichoso como un imbécil durante todo el Antiguo Testamento. A pesar de todo, gracias a su talento de inventor, le entró la curiosidad de saber lo que sucedía en el interior de la criatura de su elección, y con una aguja muy fina se introdujo en ella, por un estrecho virginal, y allí permaneció nueve meses, cinco más que en el arca de Noé, luego vino al mundo como cualquier homínido, con una sola diferencia, a saber que para ocultar su nacimiento, se apresuró a recoser a su pobre madre para que las matronas más experimentadas, las parteras, las papisas y los papas, todos sin excepción, la declararan virgen. Pero todos esos remilgos, más bien musulmanes, no cambiaron gran cosa: el famoso Dios, el Creador, el Todopoderoso, el Muy Alto, el Gringo superequipado, el Papa Boss, el Sin-Corazón, el Asesino felicitado, se hallaba cautivo dentro de un niño, encerrado en las entrañas de un hombre, único entre los demás primates y destinado, después de algunos éxitos como predicador, a la pasión y a la muerte. Ése es el Nuevo Testamento, el del yo crucificado, el del Padre que expira en su Hijo.

Con el perdón del cardenal McLuhan, del pequeño papa de matraca que está en el aparador, de todos los frenéticos del audiovisual, o Cristo eléctrico, de la panza de vaca y del boato superestrella de los fantoches pueblerinos, fueron los escribas quienes escribieron el Nuevo Testamento después de haberse entrenado con el Antiguo. Es más, esta Biblia que no es la Biblia de Jerusalén, un libro entre tantos otros, está tejida con los hilos de toda la biblioteca del mundo. A pesar de los mugidos, de los violines, nuevos libros se añaden a los antiguos y la verdadera Biblia nunca será terminada.

Al desdoblarse, Dios marcó los dos polos de Pascal; por un lado, gracias al Padre, reina en el Paraíso mediante la proliferación de la especie, por el otro, al vivir su agonía en el huerto de los Olivos, le imprime sentido a la vida que para todos y cada uno no es sino perdición; además, al participar en el uno y en el otro, se convierte en el lenguaje común a través del cual lo irreconciliable y único en el mundo se encuentra, aquello que la muerte corroe por el interior, que comunica con todos los demás, que la vida multiplica por el exterior. Principio del verbo, suprema expresión lingüística, Dios no se contenta con ese papel intermediador; en una conversación en la que las palabras se deslizan una tras otra en una secuencia lineal donde el lugar ocupado por cada una le asigna un papel, que la matiza y la precisa, dentro de la frase, primera instancia del discurso, un lugar de sujeto, de verbo o de complemento, lo que la reduce, antes de cualquier comprensión, a ser sólo un instante, casi intemporal, como el segundo que saltando marca la manecilla en el reloj, entre el pasado de las horas, de los días, de los años y de los siglos, y por delante un futuro tan largo, por lo menos así se desearía, Dios deja en el presente su evidencia, su fonema, su palabra, y compone la frase, el párrafo, el libro en una duración más larga, que incluye el pasado y el futuro; es más, cada palabra que pasa no lo restringe; es el aval de todas las demás palabras inutilizadas, guardadas en los diccionarios cerebrales, de la enorme y tenebrosa masa sin consideración de la que el inconsciente sólo es una pequeña bodega; se le califica de Eterno debido a esa perennidad, a esos tres tiempos que domina y al ave, del tipo de la gaviota, que cuida en el cielo por encima de un vasto espacio existencial, que, con el nombre de Espíritu Santo, no deja de volar y que, de tiempo en tiempo, se hunde en el mar y en el olvido para ir al encuentro de la palabra que falta en la secuencia del discurso y correría el riesgo de interrumpir monólogos y conversaciones en los que el verbo se complace y continúa su proceso de engendramiento iniciado con san Juan para el mayor provecho del hombre.

Se sigue conversando, pero desde hace algún tiempo parecería que se habla menos de Dios. Las vedettes tienen altibajos. En este caso, sin embargo, se trataría de algo más que de una fluctuación de renombre. En un hangar de Toronto y en los sótanos del Vaticano querrían transformarlo un poco con el fin de volverlo tan famoso y rentable como antaño. Según parece están reduciendo considerablemente el personal de escribas. Se le suprimirá el silbato y un buen pedazo de verbo. En cambio, podrá gesticular mejor, se lanzará en los contoneos y en los guiños. Está estudiando su nuevo personaje. En cuanto se sienta dueño de él, ni duda cabe de que volverá a encontrar sus antiguos talentos, su popularidad y sin duda tampoco Marshall McLuhan, que está entrenándolo en un hangarcito de Toronto, será nombrado cardenal con un sombrero de cowboy teñido de púrpura.

Traduttore, traditore, Mark Strand

b

I

Hace algunos meses, mi hijo de cuatro años me dio un sobresalto. Se había agachado y estaba limpiándome los zapatos cuando alzó los ojos y dijo: Mis traducciones de Palazzeschi no van por buen camino.

Retiré el pie de inmediato: ¿Tus traducciones? No sabía que pudieras traducir.

II

La maestra de mi hijo en la guardería vino a verme. No sé alemán, dijo, mientras se desabrochaba la blusa y el sujetador y los dejaba caer al suelo. Pero siento la necesidad de traducir a Rilke. Ninguna de las traducciones que he leído me parece muy buena. Si las combinara todas, estoy segura de que podría conseguir algo mejor. Se bajó la falda. He leído que Rilke es una especie de Gerald Manley Hopkins en alemán, así que tendré El naufragio del Deutschland a mano. Algo me tiene que influir, a la fuerza. No sé bien qué poemas traduciré, pero me inclino por las Elegías de Duino, pues se parecen más a mis propios poemas. Por supuesto, asistiré a clases de alemán mientras trabaje. Se quitó las medias. Bien, preguntó, ¿qué te parece? Eres una de esas personas, dije, que piensa que la traducción es una lectura, no del texto original, sino de todas las demás traducciones que están a su alcance. ¿Por qué gastar dinero en clases de alemán si tu traducción se nutre en realidad de traducciones ya publicadas? Luego, mientras extendía la mano para espantar una mosca de su cabello, proseguí: Tu estrategia es la del editor: corriges la traducción de otro hasta que suena como tú quieres, sorteando la etapa más importante en la conversión de un poema en otro: el estadio inicial que cifra la originalidad de tu lectura y que consiste en encontrar equivalentes aproximados. Incluso si trabajas con alguien que sepa alemán, no serás más que el editor de esa persona, pues será ella quien dé el primer paso, y, por mucho que racionalice su elección, la habrá hecho de forma intuitiva o automática. ¿Me estás diciendo que no debería traducir?, dijo ella.

III

¿Qué sucede?, le dije al marido de la maestra de la guardería. He decidido no dedicarme a la traducción a fin de salvar mi matrimonio, dijo. Había pensado en traducir los poemas de Jorge de Lima, pero no sabía cómo. Se secó la humedad del labio superior con un pañuelo de papel arrugado. Pensé que tal vez una traducción debía sonar como una traducción, de modo que el lector supiera que aquello que estaba leyendo tenía una vida anterior en otra lengua y no había sido concebido en inglés. Pero no era capaz de escribir en un estilo que hiciera pensar al lector que lo que estaba leyendo era mejor cuando aún no había pasado por mis manos. Dignificar el poema a costa de la traducción me parece un procedimiento tan perverso como borrar el original con una traducción. No sólo eso, dijo, mientras secaba mi labio superior con el pañuelo, y me acariciaba la mejilla con el dorso de su mano, sino que si el idioma poético dominante de una época determina cómo ha de traducirse un poema (y en general es así), también ha determinar qué poemas deberían ser traducidos. Es decir, en un periodo dominado por un estilo coloquial y de bajos vuelos, las formulaciones barrocas y exhibicionistas no están bien vistas. Así pues, ¿qué debería hacer un traductor? ¿Debería adoptar un estilo antiguo? ¿O ello resultaría en una parodia de la vitalidad, candor y naturalidad del original? Aunque Jorge de Lima es un poeta del siglo veinte, su variedad de modernismo está pasada de moda y no encaja bien con la poesía que se escribe hoy en día. Hasta donde se me alcanza, con sus poemas no se puede hacer nada. Y acto seguido echó a andar por la calle hasta esfumarse.

IV

Para huir de este parloteo incesante sobre traducción, me fui a acampar solo en el sur de Utah. Estaba a punto de encender la hoguera cuando un hombre desnudo de cintura para arriba salió de la tienda vecina, se incorporó, y comenzó a cortarse las uñas. Usted no sabe quién soy, dijo, pero yo sí sé quién es usted. ¿Quién es usted?, pregunté. Me llamo Bob, dijo. He pasado los veinte primeros años de mi vida en PôrtoVelho y creo que Manuel Bandeira es el gran poeta desconocido del siglo veinte. Desconocido, claro está, en el mundo de habla inglesa. Quiero traducirle. Luego entrecerró los ojos. Enseño portugués en la Universidad del Sur de Utah; el portugués es una lengua muy necesaria ya que pocas personas saben que existe. Esto no le va a gustar, pero la poesía norteamericana contemporánea no me interesa y no veo por qué esta circunstancia debería impedirme traducir poemas. Siempre puedo conseguir que uno de los poetas locales le eche un vistazo a lo que he hecho. Para mí, lo que importa es el significado. Aturdido por sus cejas perfiladas y su fino bigote, le respondí en un tono algo injusto: Ustedes, los profesores de lengua, son todos iguales. Poseen un conocimiento de la lengua original y tal vez cierto conocimiento del inglés, pero eso es todo. Lo más probable es que sus traducciones sean versiones literales sin resonancia ni personalidad poéticas. Ustedes son los primeros en declarar la imposibilidad de traducir, pero menosprecian cualquier intento de reducir esa dificultad. Y acto seguido guardé mis cosas, deshice la tienda y regresé a Salt Lake City.

V

Estaba en la bañera cuando Jorge Luis Borges tropezó con la puerta. Tenga cuidado, Borges, grité. El suelo es resbaladizo y usted está ciego. Luego, mientras me enjabonaba el pecho, le dije: Borges, ¿alguna vez se ha parado a pensar en lo que hay de implícito en una afirmación como Traduzco a Apollinaire al inglés o Traduzco a De la Mare al francés? ¿Es decir, que tomamos la obra fuertemente idiosincrásica de un individuo y la vertemos a una lengua que pertenece a todos y a nadie, un sistema de significados lo bastante general como para permitir no sólo malentendidos sino que se ponga en duda la posibilidad misma de permitir algo más?

Sí, me dijo, con aire resignado.

¿Entonces no piensa, le dije, que es mejor dejar la traducción de poesía a aquellos poetas que sean dueños de un inglés que ellos mismos se han forjado, y que los profesores de lengua, que se sienten responsables de la lengua no en sus alteraciones sino en su totalidad monolítica, son los peores traductores? ¿No sería mejor concebir la traducción como una transacción entre idiomas individuales, entre, digamos, el italiano de D’Annunzio y el inglés de Auden? Si lo hiciéramos, podríamos acabar con esas discusiones irrelevantes sobre quién ha hecho una traducción correcta y quién no.

Sí, dijo. Parecía entusiasmarse.

Digamos, pues, le dije, que si la traducción es una suerte de lectura, la asunción o transformación de un idioma personal en otro, ¿no sería posible entonces traducir una obra escrita en la propia lengua de uno? ¿No sería posible traducir a Wordsworth o Shelley a Strand?Descubrirá usted, dijo Borges, que Wordsworth se niega a ser traducido. Es usted quien debe ser traducido, quien debe convertirse, por mucho tiempo que le lleve, en el autor de El Preludio. Esto fue lo que le sucedió a Pierre Menard cuando tradujo a Cervantes. Él no quería componer otro Quijote (lo que sería fácil), sino el Quijote. Su admirable ambición era producir páginas que coincidieran –palabra por palabra y línea por línea– con las de Miguel de Cervantes. El método inicial que concibió era relativamente sencillo: aprender bien el español, abrazar de nuevo la fe católica, guerrear con los moros y los turcos, olvidar la historia europea entre 1602 y 1918, y ser Miguel de Cervantes. Componer el Quijote a comienzos del siglo diecisiete era una empresa razonable y necesaria, tal vez inevitable; a comienzos del veinte era casi imposible.No casi, le dije, sino totalmente imposible, pues a fin de traducir uno debe dejar de ser. Cerré los ojos un segundo y me di cuenta de que, si dejaba de ser, nunca podría saberlo. Borges… Estaba a punto de decirle que la fuerza de un estilo debía medirse por su resistencia a ser traducido. Borges… Pero cuando abrí los ojos, él y el texto al que había sido llamado llegaron a su término.

Troy Brooks

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Troy Brooks es un artista que vive y trabaja en Toronto, Canadá. Pintor de formación autodidacta, el lenguaje visual en sus pinturas figurativas se mueve entre el surrealismo pop y el manierismo del final del Renacimiento italiano que habían dominado técnicamente el desnudo y empezaban a jugar con sus proporciones. Las heroínas de sus composiciones, se encuentran inmersas en situaciones curiosas e inquietantes donde algo extraño sucede o está a punto de suceder. Cada pieza está dominada por una figura femenina, todas similares en apariencia, pero claramente diferentes en personalidad. Brooks hace uso de un claro simbolismo que transforma cada ajuste en una pieza alegórica. Su trabajo se puede ver tanto en su web como en su página de devianArt y en Facebook.

Fuente: Uno de los Nuestros

El arcángel del suburbio, Jacques Ferron

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El arcángel Zag no se encontraba en el cielo cuando ocurrió la famosa batalla que enfrentó a Lucifer con san Miguel; se hallaba en la tierra. Cuando se enteró de la noticia, consideró que emprender ese viaje había sido fruto de una inspiración y decidió prolongar su estancia. Es por esa razón por la que todavía en fechas recientes vivía entre nosotros, refugiado en una cabaña a orillas del camino de Chambly, cerca del pantano que entonces servía de frontera y de tiradero a las parroquias de Saint-Hubert y de Saint-Antoine de Longueuil. Los profanos lo tomaban por un viejo anarquista, un vagabundo retirado, uno de esos marginados simpáticos que imprimen su encanto a los suburbios. En cuanto a los clérigos, ni siquiera sospechaban su presencia; Zag los evitaba, desconfiaba de ellos como del diablo. Con excepción de uno solo: el hermano Benoît, de la orden de los franciscanos de Coteau-Rouge, que con frecuencia venía a verlo y al que acogía con placer. El hermano Benoît traía estampitas y baratijas devotas que Zag, por atención a él y también por precaución frente a la policía que siempre puede molestar a un indigente, utilizaba para decorar su cuchitril. Pero su complacencia se limitaba a eso. Un día dijo al hermano Benoît: “¿Por qué tratas de convertirme? Yo, en cambio, no intento hacer de ti un ángel”. No quería oír hablar ni del bien ni del mal, ni del cielo ni del infierno; detestaba esas divisiones. Así que el hermano Benoît cesó de sermonearlo; pero no por ello dejó de visitarlo, por simple cariño y por amabilidad, como buen franciscano que era.

Ahora bien, Zag que después de todo no era un terrícola, un día salió en la madrugada y se dirigió hacia Longueuil por el camino de Chambly. En el primer crucero tomó hacia la izquierda y se encontró en el camino de Coteau-Rouge, rumbo a Saint-Josaphat. A decir verdad no sabía bien a bien a donde se dirigía. Iba como borracho, zigzagueando; sus pies a veces despegaban del suelo y así avanzaba un buen tramo del camino. De no ser porque a ratos volaba, tenía toda la pinta de un vagabundo. Sin embargo la hora avanzaba, el suburbio despertaba, tres o cuatro gallos clandestinos cantaban haciendo caso omiso de los reglamentos municipales y la gente empezaba a aglomerarse en las esquinas de las calles para esperar el malhadado autobús amarillo que se llevaría a esta gente todavía exhausta por el trabajo de la víspera. Justamente ese autobús, pura chatarra ruidosa, se abalanzaba sobre Zag que, brincando por encima, lo evitó. Estupefacto, el chofer se pasó el siguiente alto, injuriado por aquellos a quienes había dejado plantados y cuyas protestas desembriagaron al arcángel. Se avergonzó de sí mismo y regresó a su cabaña como un humilde hombre. Pero al día siguiente por la mañana, otra vez estaba todo emocionado, alocado como un pájaro en vísperas de una migración. En esta ocasión, se lanzó a campo traviesa y bordeando el pantano no tardó en llegar cerca del convento de los franciscanos. El tiempo era agradable y hermoso. Se recostó sobre la hierba. A lo lejos veía los humos rosas y grises de la ciudad, los arcos del puente y la cima del Mont-Royal. No obstante, un arbusto le estorbaba la vista. Zag le dijo: “Deja que se te caigan las hojas”. El arbusto obedeció con tal diligencia que una gallina, encaramada en medio del follaje, dejó caer sus plumas al mismo tiempo. La gallina observaba azorada a Zag, quien no menos sorprendido contemplaba al volátil encuerado. Ambos acabaron por recobrar el sentido, la gallina para protestar, el arcángel para reír: y entre más reía éste, la otra se enojaba más. Cuando Zag se humedeció debidamente la garganta, dijo: “no te preocupes, querida, ahora arreglo todo. Sólo que no podría prometerte colocar las plumas exactamente donde las tenías; puedo equivocarme y poner en el ala una de la rabadilla, o una del pescuezo en la rabadilla”. Pero la gallina exigió que la reemplumara como antes.

En ese caso —dijo Zag—, ve a buscarme virutas de madera seca—.

La gallina se las trajo.

Ahora un alambre.

También se lo trajo.

Finalmente —dijo Zag—, ve a la cocina del convento; allí encontrarás fósforos.

La gallina se fue a la cocina del convento, encontró los fósforos y se los llevó. Entonces Zag atrapó a la gallina, la atravesó a lo largo, encendió el fuego y la rostizó. El hermano Benoît, que estaba en la cocina del convento meditando frente a una marmita de garbanzos y arenques, pues era viernes, atraído había seguido al volátil desplumado.

¡Ah, hermano Benoît —exclamo Zag—, llegaste en el mejor momento! Tengo que consultarte un problema de teología.

El hermano Benoît se recostó sobre la hierba.

¿Qué le aconsejarías a un arcángel —preguntó Zag—, a un arcángel exiliado en la tierra que empieza a perder su densidad y a saltar en el aire como un chiflado?

El hermano Benoît respondió:

No tiene más que una cosa: regresar al cielo.

Muy bien —dijo Zag—, pero figúrate que ese arcángel estaba ausente cuando la pelea Lucifer-San Miguel: ¿crees que pueda estar seguro de que habría tomado el partido de éste y no de aquél?

El hermano Benoît preguntó…

Cuando ese arcángel estaba en la tierra, ¿buscó a los orgullosos, a los poderosos, a los mandatarios y otros potentados?

No —respondió Zag.

Y mientras discurrían, tendió una pierna de gallina al hermano Benoît. El franciscano en ayunas le hincó el diente y le pareció sabrosa. En su satisfacción declaró:

¡Que suba al cielo!

Entonces adiós, amigo mío —dijo el arcángel Zag.

Y los harapos del pobre hombre, los andrajos de vagabundo cayeron en medio de las hojas del arbusto y de las plumas quemadas de la gallina. El hermano Benoît corrió hacia el convento y contó al padre superior la maravillosa historia.

¿Qué es eso?

Es un hueso de gallina.

¿Y qué día es hoy, hermano?

Viernes —tuvo que admitir el pobre Benoît.

Y fue así como un gran milagro culminó con una confesión. Un ángel, por más arcángel que sea, no puede permanecer en la tierra sin contraer en ella alguna malicia.

Strata, Paul Dutton

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Cerebro de lagarto con mente de víbora que desenrolla el aguijón hacia arriba por el tronco, para alzarse a través de los perímetros del pensamiento transformados en lo contrario de aquello que el pensamiento rechaza, enfocado en las sombras presentes cubriendo la embestida del cerebro de lagarto con mente de víbora que se desenrolla en la jungla del pensamiento a través de las ramas entrelazadas por encima de la base escurridiza, transformadas por aquello que presiona a lo largo de la estampida, un silbido de apetito transmitido por medio de redes enterradas de cerebro de lagarto que enlaza su mente mesozoica alrededor de un orden presente e ignorante de aquello que se escabulle succionando lodo y rasguñando escaleras sobre perímetros de pensamiento que no piensa, que no tiene mente ni impulsos eléctricos e incodificados, superficie calculada y controlada por el cerebro de lagarto con mente de víbora que se agita en un latigazo sin palabras, sacudidas dentro del lenguaje que se encorva y se rompe, la mentira en los ojos de aquellos que huirían de las mentes mentales porque a los que tienen mente de reptil lo mismo les da hundirse que observar, codificados nocturnamente en vagas imágenes reflectivas que se filtran del cerebro de lagarto con suavidad y una gracia reptil resplandeciente

Mi cuerpo, Émile Martel

Nude 1970-1 by Colin Self born 1941Colin Self

Mi cuerpo, una red mineral tejida con antiguos árboles quemados en un fuego que anunciaba el infierno.

Mi cuerpo, un sumario de la historia del planeta y todo me deja pensar que algunos recónditos, algunos mecanismos arcaicos y sorprendentes vienen de otra parte.

Mi cuerpo, el acogedor continente de mortales asperezas y de venenos apenas adormecidos.

Mi cuerpo, un arma y mi cuerpo, un escudo; yo soy una paz y todas las guerras y tengo que escoger.

Mi cuerpo, una suite musical y los temas que se repiten son jalones llenos de perfumes pero las cuerdas y los cobres se irán algún día cada uno por su lado y mi cuerpo será todo percusión.

Mi cuerpo, es regresar y es volver, nunca estar de verdad y siempre irse.

Mi cuerpo, un itinerario, una posada y un coto; mi cuerpo, una geografía conocida de memoria donde se pierden el poeta y su sombra, el maestro y su guía, el padre y su hijo huérfano.

Mi cuerpo ante ti y mi cuerpo se ausenta y tiene la opacidad del medio día y le haces alba y reinventas las horas y mi cuerpo es el reloj de tus tiempos.

Mi cuerpo a tus pies y no caminas; mi cuerpo alrededor de los desiertos como una isla y las mareas nos mecen y las arenas nos acarician; mi cuerpo se vacía de todas las distancias.

Mi cuerpo, un trapo y una raíz, una limosna y un oscurecimiento en pleno día de las tenues huellas impresas en tierras movedizas con surcos vacíos.

Mi cuerpo, eco y reflejo; nada franco, nada verdadero, nada más que piezas quebradizas que crujen en la grava o que marchitan la hierba.

Mi cuerpo es ayer; mi cuerpo es por qué; mi cuerpo es sin embargo; y gritar sin encontrar las palabras.

Mi cuerpo, el vaho y la escarcha, la niebla y la llovizna, la brisa y el viento; nada que hiere pero sin sol, sin calor, sin color, sin olor, sin ruido, sin gusto.

Mantener las cosas enteras, Mark Strand

1BA Conrad

En un campo
soy la ausencia de campo.
Siempre sucede así:
dondequiera que esté
soy aquello que falta.

Si camino
parto el aire, mas
siempre
el aire vuelve
a ocupar el sitio
donde mi cuerpo estuvo.

Todos tenemos razones
para movernos:
yo me muevo
para mantener las cosas
enteras.

Tramas para exóticos, Margarert Atwood

Andy Bettles

Desde temprana edad supe que mi ambición era estar en una trama. O en varias tramas –pensaba en ello como una carrera. Pero ninguna trama aparecía en mi camino. Tienes que solicitarlas, me dijo un amigo mío. Él había recorrido camino, aunque él mismo no había estado en ninguna trama, así que atendí su consejo y me acerqué a la fábrica de tramas. Como para todas las cosas, hubo una entrevista. Entonces, dijo el joven con aspecto aburrido detrás del escritorio, ¿usted cree que tiene lo que se necesita para estar en una trama? ¿Qué clase de personaje tiene en mente? Jugueteaba con una lista recorriéndola con el plumón. ¿Personaje?, dije. Sí, eso es lo que hacemos aquí. Tramas y personajes. No se puede tener uno sin lo otro. Bueno, dije, puedo intentar ser el personaje principal. O alguno de ellos, supongo que una trama requiere más de uno. No puede ser el personaje principal, dijo sin rodeos. ¿Por qué no?, dije. Mírese en el espejo, dijo. Usted es un exótico. Yo dije: Soy una persona respetable. No bailo provocativamente. Exótico, dijo con su voz aburrida. Consulte el diccionario. Extranjero, forastero, que viene de afuera. No de aquí. Pero soy de aquí, dije. ¿Tengo un acento curioso o algo? Yo no hago las reglas, dijo. Tal vez usted sea de aquí, no lo niego, pero su apariencia lo contradice. Si estuviéramos en algún otro lado, no se vería como si viniera de afuera, porque ya estaría afuera, y también lo estarían todos los demás allí. Entonces yo sería el exótico, ¿no es cierto? Soltó una risa cortada. Pero estamos aquí, ¿no es así? Aquí estamos. Y aquí está usted. No estaba listo para discutir quién parecía de dónde así es que dije: De acuerdo, entonces no seré el personaje principal. ¿Qué más tiene? Para exóticos, dijo hurgando las hojas de su lista. Déjeme ver. Parecía no haber mucho de dónde escoger. Podría ser un exótico jovial, bien intencionado, o el estúpido y borracho esposo golpeador de una exótica, o un exótico hostil cayendo de un caballo, o un exótico astuto y cruel con algún plan malévolo y grandioso. Si fuera una mujer, podría ser exótica sexy –una ardiente, hermosa y amoral degenerada. Por otro lado, podría ser un sirviente cómico. Eso es todo. ¿Eso es todo?, dije. Estaba decepcionado. Pero hay más opiniones ahora, dijo. Sus maneras se volvían más cálidas. Podría ser el mejor amigo. No obtendría a la chica, pero sí a una chica de algún tipo. O podría ser el vecino de la casa de al lado, que aparece para una charla amistosa. O podría ser un tipo con mucha experiencia –como un entrenador. Que le enseñe al personaje principal a cercenar cabezas con la espada y con una sola mano. Siempre hay lugar para ellos. O podría ser una persona sabia; podría profesar una religión antigua, o podría decir cosas significativas y oscuras, lanzar, ¿cómo se llaman? Profecías, dije. Sí, dijo, algo así. Alguna vez sólo se tenía que ser mujer para que hubiera esas partes sabias, cualquier clase de mujer, pero luego las mujeres empezaron a tener empleos y nadie podía creer que siguieran siendo sabias. En estos días si se es una mujer sabia hay que ser una mujer exótica. Puede tener sabiduría si es hombre, pero tiene que ser viejo. Las barbas ayudan. ¿Sabe cantar? No especialmente, dije. Muy mal, dijo. La ópera queda descartada entonces. Muchas tramas allí. Lo pude haber puesto en el coro. No les importa el aspecto de nadie. De cualquier manera todos llevan esos atuendos exóticos. Mire, dije, nada de eso se parece a mí. No me atrae particularmente. ¿Qué tal si me consigue un trabajo en la fábrica de tramas? Creo que podría ser bueno para eso. ¿Qué?, dijo. Parecía alarmado. Adquiriría la mecánica de ello muy fácilmente, dije. Haría nuevas tramas, o les daría un giro o dos a las viejas. Desplazaría a los personajes unas cuantas ranuras. Dejaría a otras personas intentar ser los borrachos idiotas y los sirvientes cómicos y demás. Incrementaría su rango dramático. Lo que verdaderamente estaba pensando era agenciarme uno o dos personajes principales para mí. Satisfacer mis sueños de infancia. O podría hacer toda una trama con nada más que exóticos. Exóticos de pared a pared. Entonces indudablemente sería el personaje principal.

Achicó los ojos. Tal vez estaba leyéndome la mente: no soy muy elusivo. Siempre he sido malo para esconder cosas. No sé, dijo. Tenemos estándares que mantener. No creo que funcionara.

Tiempo, huellas, Hélène Dorion

Franz von Stuck

Allí comienza el mundo: simiente

y lava endurecida, lluvia y barro

presagio, perdición, un removerse

de la nada

que la arena desgrana.

Allí comienza el tiempo

en esa hoja asombrada de renacer

lentamente se despliega su designio.

Tiempo, nombre exacto de las estaciones

que yerguen en nosotros su morada

–allí donde todo se detiene, tú pasas

y cada cosa irrigada por tus remolinos

toma su humilde y frágil medida.

Cuando no soplas, soplas

raíces y yemas, engendras una tierra

enseguida disuelta.

Bajo el cielo sombrío e inalcanzable

avanzas sobre tus propias huellas.

¿De qué vértigo colmas mi alma?

¿Con qué fuego alimentas

el impulso mismo que te destruye?

Cuando la luz agota el alba por la que sube

prosigues la incansable tarea

de devolver el mundo a su apacible agonía

y toda verdad incumplida se aloja en ti

como un destino, siembra y polvo.

Primero el aire, la llama herida–

después la dolorosa obstinación

de lo viviente entre el oleaje.

¿Adónde llevas? ¿Hacia qué orilla

sin límite, sin medida

a qué recomienzo

conduces mis pasos uno a uno

abriendo la última brecha

en medio del tránsito?

Mientras en mí, como árboles fríos

las edades se inclinan

miro lo que prometen las mareas

en esos viajes de migrantes

–despojos, deseos, de nuevo el tiempo

que agita cuanto toca.

Resuena el gong.

Ya el tiempo se voltea

y celebra en su movimiento

la imperfección de cada cosa:

arista, fractura, corte.

Pero también el ínfimo temblor

al borde de la noche, –fervor

en que nos reconocemos.

Fervor de la arcilla y de la piedra

–fragmentos del tiempo

que horadan la travesía.

Descendemos, rasando el follaje

sin saber si hemos levantado un poco de tierra

y de ser, en ese impulso, lo más cerca

de nosotros mismos. Descendemos

como desciende el día, o el río.

Lo que nace pide morir.

La flecha irá a unirse a la Diana;

nada habré perdido, nada poseído.

El tiempo, alrededor del eje de la vida

se enrolla. Y al enrollarse, se reanuda

con su misterio.

Sin tregua, sopla yemas y raíces.


Mi esposo no era mimético, Anne Carson


Tamara de Lempicka


Mi esposo no era mimético

Seguro mencionarás los juegos de guerra de los

que me quejaba siempre al ocurrir cada noche

con los tableros extendidos y las alfombras y

las pequeñas lámparas y cigarrillos como

supongo la tienda de campaña de Napoleón,

¿quién podía dormir? De todas formas mi

esposo era un hombre que sabía más de la

Batalla de Borodino

que del cuerpo de su esposa, ¡mucho más!

Las tensiones ahogaban los muros y el techo,

en ocasiones jugaban desde el viernes por

la noche hasta el lunes al amanecer, él y sus

paliduchos resentidos amigos.

Sudaban muchísimo. Se alimentaban de su

propia hambre.

Los celos

jugaron una parte importante en mi relación con la

Batalla de Borodino.

Detesto esto.

¿En verdad?

Por qué jugar toda la noche.

El tiempo es real.

Es un juego.

Es un juego real.

¿Estás citando?

Ven.

No.

Necesito tocarte.

No.

Sí.

Esa noche hicimos el amor “como se debe”,

algo que aún no intentábamos a pesar de

llevar seis meses casados.