El entierro de Henri Christophe, Alejo Carpentier

El gobernador entreabrió la hamaca para contemplar el rostro de Su Majestad. De una cuchillada cercenó uno de sus dedos meñiques, entregándolo a la reina, que lo guardó en el escote, sintiendo cómo descendía hasta su vientre, con fría retorcedura de gusano. Después, obedeciendo a una orden, los pajes colocaron el cadáver sobre el montón de argamasa, en el que empezó a hundirse lentamente, de espaldas, como halado por manos viscosas. El cadáver se había arqueado un poco en la subida, al haber sido recogido, tibio aún, por los servidores. Por ello desaparecieron primero su vientre y sus muslos. Los brazos y las botas siguieron flotando, como indecisos, en la grisura movediza de la mezcla. Luego solo quedó el rostro, soportado por el dosel del bicornio, atravesado de oreja a oreja. Temiendo que el mortero se endureciera sin haber sorbido totalmente la cabeza, el gobernador apoyó su mano en la frente del rey, para hundirla más pronto, con gesto de quien toma la temperatura a un enfermo. Por fin, se cerró la argamasa sobre los ojos de Henri Christophe, que proseguía, ahora, su lento viaje en descenso, en la entraña misma de una humedad que se iba haciendo menos envolvente. Al fin, el cadáver se detuvo, hecho uno con la piedra que lo apresaba. Después de haber escogido su propia muerte, Henri Christophe ignoraría la podredumbre de su carne confundida con la materia misma de la fortaleza, inscrita dentro de su arquitectura, integrada con su cuerpo haldado de contrafuerte. La Montaña del Gorro del Obispo, toda entera, se había transformado en el mausoleo del primer rey de Haití.

La muerte de las aves, Virgilio Piñera

De la reciente hecatombe de las aves existen dos versiones: una, la del suicidio en masa; la otra, la súbita rarificacion de la atmósfera.

La primera versión es insostenible. Que todas las aves —del cóndor al colibrí— levantaran el vuelo —con las consiguientes diferencias de altura— a la misma hora —las doce meridiano—, deja ver dos cosas: o bien obedecieron a una intimidación, o bien tomaron el acuerdo de cernirse en los aires para precipitarse en tierra. La lógica mas elemental nos advierte que no está en poder del hombre obrar tal intimidación; en cuanto a las aves, dotarlas de razón es todo un desatino de la razón. La segunda versión tendrá que ser desechada. De haber estado rarificada la atmósfera, habrían muerto sólo las aves que volaban en ese momento.

Todavía hay una tercera versión, pero tan falaz que no resiste el análisis; una epizootia, de origen desconocido, las habría hecho más pesadas que el aire.

Toda versión es inefable y todo hecho es tangible. En el escoliasta hay un eterno aspirante a demiurgo. Su soberbia es castigada con la tautología. El único modo de escapar al hecho ineluctable de la muerte en masa de las aves, sería imaginar que hemos presenciado la hecatombe durante un sueño verdadero.

Sólo nos queda el hecho consumado. Con nuestros ojos las miramos muertas sobre la tierra. Más que el terror que el terror que nos procura la hecatombe, nos llena de pavor la imposibilidad de hallar una explicación a tan monstruoso hecho. Nuestros pies se enredan entre el abatido plumaje de tantos millones de aves. De pronto todas ellas, como en un crepitar de llamas, levantan el vuelo. La ficción del escritor, al borrar el hecho, les devuelve la vida. Y sólo con la muerte de la literatura volverían a caer abatidas en tierra.

 

 

 

El ruido del río, Jean Rhys

(3)La bombilla eléctrica colgaba de un corto cable desde el centro del techo de la habitación, y como no había luz suficiente para leer se tumbaron en la cama y charlaron. El viento nocturno empujaba las cortinas y entraba, suave y húmedo, por la abierta ventana.

Pero, ¿de qué tienes miedo? ¿A qué te refieres cuando dices miedo?

Me refiero —dijo ella— a ese mismo miedo que tienes cuando quieres tragar una cosa y no puedes.

¿Constantemente?

Casi constantemente.

Dios mío, qué cosa. Eres idiota.

Ya lo sé.

Pero no por esto, pensó ella, no por esto.

No es más que un estado de ánimo —dijo ella—. Pasará.

Eres muy contradictoria. Tú elegiste este sitio y fuiste tú la que quiso venir aquí. Yo creía que te parecía bien.

Y me parece bien. Me parece bien el páramo y la soledad y todo el paisaje, pero sobre todo la soledad. Sólo me gustaría que, además, dejase de llover de vez en cuando.

La soledad está muy bien —dijo él—, pero hace falta que la acompañe el buen tiempo.

Si pudiese decirlo con palabras quizás desaparecería, pensaba ella. A veces puedes decirlo con palabras —casi— y así librarte de ello —casi—. A veces puedes decirte admitiré que hoy tenía miedo. Tenía miedo de las caras pulcras y uniformes, de las caras de rata, de la forma que reían en el cine. Tengo miedo de las escaleras y de los ojos de las muñecas. Pero no hay palabras para decir este miedo. Aún no se han inventado las palabras para decirlo.

Volverá a gustarme en cuanto deje de llover —dijo ella.

¿Verdad que no te gustaba hace un momento? Cuando estábamos en el río.

Bueno —dijo ella—. No mucho.

El ruido del río, un cuento de Jean Rhys

El ruido del río

La bombilla eléctrica colgaba de un corto cable desde el centro del techo de la habitación, y como no había luz suficiente para leer se tumbaron en la cama y charlaron. El viento nocturno empujaba las cortinas y entraba, suave y húmedo, por la abierta ventana.

Pero, ¿de qué tienes miedo? ¿A qué te refieres cuando dices miedo?

Me refiero —dijo ella— a ese mismo miedo que tienes cuando quieres tragar una cosa y no puedes.

¿Constantemente?

Casi constantemente.

Dios mío, qué cosa. Eres idiota.

Ya lo sé.

Pero no por esto, pensó ella, no por esto.

No es más que un estado de ánimo —dijo ella—. Pasará.

Eres muy contradictoria. Tú elegiste este sitio y fuiste tú la que quiso venir aquí. Yo creía que te parecía bien.

Y me parece bien. Me parece bien el páramo y la soledad y todo el paisaje, pero sobre todo la soledad. Sólo me gustaría que, además, dejase de llover de vez en cuando.

La soledad está muy bien —dijo él—, pero hace falta que la acompañe el buen tiempo.

Si pudiese decirlo con palabras quizás desaparecería, pensaba ella. A veces puedes decirlo con palabras —casi— y así librarte de ello —casi—. A veces puedes decirte admitiré que hoy tenía miedo. Tenía miedo de las caras pulcras y uniformes, de las caras de rata, de la forma que reían en el cine. Tengo miedo de las escaleras y de los ojos de las muñecas. Pero no hay palabras para decir este miedo. Aún no se han inventado las palabras para decirlo.

Volverá a gustarme en cuanto deje de llover —dijo ella.

¿Verdad que no te gustaba hace un momento? Cuando estábamos en el río.

Bueno —dijo ella—. No mucho.

Esta noche había un ambiente un poco fantasmal ahí abajo. ¿Qué podías esperar? Nunca consigues elegir un sitio donde haga buen tiempo. (Ni tampoco ninguna otra cosa, pensó él.) Hay demasiados abetos por todos lados. Te sientes encerrado.

Sí.

Pero, pensó ella, no son los abetos, ni el cielo sin estrellas, ni la flaca luna perseguida, ni las bajas colinas sin cresta, ni las colinas abruptas, ni las grandes rocas. Es el río.

El río es muy silencioso —dijo ella—. ¿Se debe a que va muy lleno?

Supongo que acabas acostumbrándote al ruido. Entremos. Podemos encender la chimenea del dormitorio. Ojalá tuviésemos una copa. Daría muchísimo por una copa, ¿tú no?

Podemos tomarnos un café.

Mientras volvían a entrar él había mantenido la cabeza vuelta hacia el agua.

Con esta luz tiene un aspecto curiosamente metálico. No parece agua.

Tan uniforme como si el río estuviese helado. Y mucho más ancho.

Yo no diría helado. Muy vivo, aunque de forma misteriosa. Como una cabellera ondulada—dijo él como si hablara consigo mismo.

O sea que él también lo había notado. Ella se tendió y recordaba la forma cómo, a la luz de la luna, había cambiado, la superficie rota, la rápida corriente del río. Las cosas tienen más fuerza que las personas. Siempre lo he creído. (Si le tienes miedo a ese caballo es que no eres hija mía. Si tienes miedo de marearte en el barco es que no eres hija mía. Si tienes miedo de la forma de una montaña, o de la luna cuando se hace vieja, es que no eres hija mía. De hecho, no eres hija mía.)

Ahora no está tan silencioso, ¿verdad? —dijo ella—. Me refiero al río.

No, desde aquí arriba hace mucho ruido —bostezó—. Pondré otro tronco en el fuego. Ransom ha sido muy amable prestándonos el carbón y la leña. No nos prometió esta clase de lujos cuando vinimos a esta casa. ¿Verdad que no es mal tipo?

Tiene buen corazón. Y, además, después de tanto tiempo debe haberse acostumbrado al clima.

A mí me gusta —dijo él cuando volvía a meterse en la cama—, a pesar de la lluvia. Seamos felices aquí.

Sí, seámoslo.

Esta es la segunda vez. Ya lo había dicho antes. Lo dijo el día en que llegaron. Tampoco entonces había contestado ella, «Sí, seámoslo» inmediatamente, porque el miedo que había estado esperándola se le había acercado, la había tocado, y habían pasado algunos segundos antes de que pudiese hablar.

Lo que vimos esta tarde debía ser una nutria—dijo él—, porque era muy grande para ser simplemente una rata de agua. Se lo diré a Ransom. Le encantará saberlo.

¿Por qué?

No hay muchas nutrias por esta zona.

Pobrecillas, si no hay muchas seguro que no les va muy bien por aquí. ¿Qué hará Ransom? ¿Organizará una cacería? Quizás no. Los dos pensamos que es un hombre de buen corazón. Esta región es un refugio de pájaros, ¿lo sabías? Es muchas cosas. Le diré a Ransom que vi ese pájaro del pecho amarillo. Quizás él sepa qué era.

Aquella misma mañana lo había visto aletear al otro lado del cristal de la ventana: un destello amarillo en medio de la lluvia.

«Qué pájaro tan bonito.» El miedo es amarillo Tú eres amarillo. Este pájaro tiene una mancha amarilla. Tienen razón, el miedo es amarillo. «¿Verdad que es bonito? ¡Y qué persistente! Está decidido a entrar…»

Voy a apagar esta luz —dijo él—. No sirve de nada. Es mejor el fuego.

Encendió una cerilla para fumar otro pitillo y cuando la cerilla prendió ella vio profundas bolsas bajo sus ojos, la piel tensa sobre sus pómulos, y el delgado puente de su nariz. El sonreía como si supiera lo que ella había estado pensando.

¿Hay alguna cosa de la que no tengas miedo cuando te sientes así?

Tú —dijo ella. La cerilla se apagó. Pase lo que pase, pensó ella. Hagas lo que hagas. Haga lo que haga. Tú nunca. ¿Me oyes?

Bueno —dijo él—. Eso es un alivio.

Mañana hará buen día. Ya lo verás. Tendremos suerte.

No te fíes de nuestra suerte. A estas alturas, ya deberías haberlo aprendido—murmuró él—. Pero tú eres de las que nunca aprenden. Por desgracia, los dos somos de los que nunca aprenden.

¿Estás cansado? Parece que lo estés.

Sí—suspiró él, y se dio la vuelta—. Bastante.

Cuando ella dijo «Tengo que encender la luz, quiero una aspirina», él no contestó, y ella extendió el brazo por encima de él y tocó el interruptor de la débil bombilla eléctrica. Estaba durmiendo. El cigarrillo encendido se había caído en la sábana.

Menos mal que lo he visto —dijo ella en voz alta. Apagó el cigarrillo y lo tiró por la ventana, buscó la aspirina, vació el cenicero, posponiendo el momento en que tendría que tenderse, estirada, escuchando, en que cerraría los ojos aunque sólo para que se volviesen a abrir de golpe.

«No te duermas —pensó mientras permanecía tumbada—. Quédate despierto y confórtame. Estoy asustada. Te aseguro que aquí hay algo que da miedo. ¿Por qué no puedes notarlo tú? Cuando dijiste, «Seamos felices» el primer día, había en alguna parte un grifo que goteaba en un fregadero lleno, y hacía una música alegre y horrible. ¿No lo oíste? Yo lo oí. No te des la vuelta ni suspires ni te duermas. Quédate despierto y confórtame.»

Nadie va a confortarte, se dijo, ya deberías haberlo aprendido. Reúne todas tus fuerzas, desperdiga todas tus fuerzas. Hubo una vez. Hubo una vez. Además me dormiré en seguida. Siempre queda el recurso de dormir, y mañana hará buen tiempo.

«Sabía que hoy haría buen tiempo—pensó ella cuando vio la luz del sol a través de las delgadas cortinas—. El primer día que lo hace.»

¿Estás despierto?—dijo ella—. Hace buen tiempo. He tenido un sueño muy gracioso— dijo sin dejar de mirar la luz—. He soñado que caminaba por un bosque y los árboles gruñúan y después soñaba que el viento soplaba contra los cables del telégrafo, bueno, algo parecido, pero fortísimo. Todavía lo oigo: te juro de verdad que no me lo invento. Todavía lo tengo en la cabeza y no se parece a nada, sólo un poco al viento soplando contra los cables del telégrafo.

«Hace un día precioso —dijo ella tocándole la mano.

»Cariño, estás helado. Iré a buscar una botella de agua caliente y haré el té. Ya lo hago yo: esta mañana me siento llena de energías, y tú te quedas descansando, aunque sólo sea una vez.

«¿Por qué no contestas? —dijo ella sentándose y asomándose sobre él para mirarle—. Me estás asustando—dijo, con voz más fuerte—. Me estás asustando. Despierta —dijo, sacudiéndole.»

En cuanto le tocó, su corazón empezó a hinchársele hasta que le tocó la garganta. Se le hinchó y de él salían afiladas garras y las garras se le clavaban cada vez más profundamente.

«Dios mío», dijo ella y se levantó y descorrió las cortinas y vio la cara de él al sol. «Dios mío», dijo mirando su cara al sol y se arrodilló junto a la cama tomándole su mano entre las suyas sin hablar ni pensar ya.

¿No oyó nada durante la noche? Dijo el médico.

Creí que era un sueño.

¡Oh! ¡Creyó que era un sueño! Ya entiendo. ¿A qué hora se despertó?

No lo sé. Teníamos el reloj en la otra habitación porque es muy ruidoso. Supongo que serían las ocho y media o las nueve.

Usted sabía naturalmente lo que había ocurrido.

No estaba segura. Al principio no estaba segura.

Pero, ¿qué estuvo haciendo? Eran más de las diez cuando me telefoneó. ¿Qué estuvo haciendo?

Ni una sola palabra de consuelo. Receloso. Tiene los ojos pequeños y las cejas pobladas y parece receloso.

Me he puesto un abrigo —dijo ella— y me he ido a casa de Mr. Ransom, que tiene teléfono. He ido corriendo, pero parecía estar muy lejos.

De todos modos, como máximo eso puede haberle llevado diez minutos.

No, parecía muy lejos. Yo corría pero parecía que no avanzase. Cuando he llegado no había nadie en la casa y la habitación del teléfono estaba cerrada. La puerta principal está siempre abierta pero cuando sale suele cerrar esa habitación. Entonces he vuelto al camino pero no he visto a nadie. No había nadie en la casa ni en el camino y tampoco había nadie en la ladera de la montaña. De un alambre colgaban al viento unas sábanas y algunas camisas de hombre. Y estaba el sol, claro. Era el primer día de sol que teníamos. El primer día bueno.

Miró la cara del doctor, se interrumpió, y luego prosiguió en una voz distinta.

Estuve primero andando arriba y abajo un rato. No sabía qué hacer. Luego se me ha ocurrido que quizás podría forzar la puerta. Lo he intentado y cedió. Se partió una tabla y entré. Pero parecía que pasaba muchísimo tiempo antes de que alguien contestara.

Sí, claro que lo sabía, pensó. Tardé mucho porque tenía que quedarme allí, escuchando. Entonces lo oí. Se fue haciendo más fuerte y sonaba más cerca, y estaba dentro de la habitación, conmigo. Oí el ruido del río.

Oí el ruido del río.

Esta noche había un ambiente un poco fantasmal ahí abajo. ¿Qué podías esperar? Nunca consigues elegir un sitio donde haga buen tiempo. (Ni tampoco ninguna otra cosa, pensó él.) Hay demasiados abetos por todos lados. Te sientes encerrado.

Sí.

Pero, pensó ella, no son los abetos, ni el cielo sin estrellas, ni la flaca luna perseguida, ni las bajas colinas sin cresta, ni las colinas abruptas, ni las grandes rocas. Es el río.

El río es muy silencioso —dijo ella—. ¿Se debe a que va muy lleno?

Supongo que acabas acostumbrándote al ruido. Entremos. Podemos encender la chimenea del dormitorio. Ojalá tuviésemos una copa. Daría muchísimo por una copa, ¿tú no?

Podemos tomarnos un café.

Mientras volvían a entrar él había mantenido la cabeza vuelta hacia el agua.

Con esta luz tiene un aspecto curiosamente metálico. No parece agua.

Tan uniforme como si el río estuviese helado. Y mucho más ancho.

Yo no diría helado. Muy vivo, aunque de forma misteriosa. Como una cabellera ondulada—dijo él como si hablara consigo mismo.

O sea que él también lo había notado. Ella se tendió y recordaba la forma cómo, a la luz de la luna, había cambiado, la superficie rota, la rápida corriente del río. Las cosas tienen más fuerza que las personas. Siempre lo he creído. (Si le tienes miedo a ese caballo es que no eres hija mía. Si tienes miedo de marearte en el barco es que no eres hija mía. Si tienes miedo de la forma de una montaña, o de la luna cuando se hace vieja, es que no eres hija mía. De hecho, no eres hija mía.)

Ahora no está tan silencioso, ¿verdad? —dijo ella—. Me refiero al río.

No, desde aquí arriba hace mucho ruido —bostezó—. Pondré otro tronco en el fuego. Ransom ha sido muy amable prestándonos el carbón y la leña. No nos prometió esta clase de lujos cuando vinimos a esta casa. ¿Verdad que no es mal tipo?

Tiene buen corazón. Y, además, después de tanto tiempo debe haberse acostumbrado al clima.

A mí me gusta —dijo él cuando volvía a meterse en la cama—, a pesar de la lluvia. Seamos felices aquí.

Sí, seámoslo.

Esta es la segunda vez. Ya lo había dicho antes. Lo dijo el día en que llegaron. Tampoco entonces había contestado ella, «Sí, seámoslo» inmediatamente, porque el miedo que había estado esperándola se le había acercado, la había tocado, y habían pasado algunos segundos antes de que pudiese hablar.

Lo que vimos esta tarde debía ser una nutria—dijo él—, porque era muy grande para ser simplemente una rata de agua. Se lo diré a Ransom. Le encantará saberlo.

¿Por qué?

No hay muchas nutrias por esta zona.

Pobrecillas, si no hay muchas seguro que no les va muy bien por aquí. ¿Qué hará Ransom? ¿Organizará una cacería? Quizás no. Los dos pensamos que es un hombre de buen corazón. Esta región es un refugio de pájaros, ¿lo sabías? Es muchas cosas. Le diré a Ransom que vi ese pájaro del pecho amarillo. Quizás él sepa qué era.

Aquella misma mañana lo había visto aletear al otro lado del cristal de la ventana: un destello amarillo en medio de la lluvia.

«Qué pájaro tan bonito.» El miedo es amarillo Tú eres amarillo. Este pájaro tiene una mancha amarilla. Tienen razón, el miedo es amarillo. «¿Verdad que es bonito? ¡Y qué persistente! Está decidido a entrar…»

Voy a apagar esta luz —dijo él—. No sirve de nada. Es mejor el fuego.

Encendió una cerilla para fumar otro pitillo y cuando la cerilla prendió ella vio profundas bolsas bajo sus ojos, la piel tensa sobre sus pómulos, y el delgado puente de su nariz. El sonreía como si supiera lo que ella había estado pensando.

¿Hay alguna cosa de la que no tengas miedo cuando te sientes así?

Tú —dijo ella. La cerilla se apagó. Pase lo que pase, pensó ella. Hagas lo que hagas. Haga lo que haga. Tú nunca. ¿Me oyes?

Bueno —dijo él—. Eso es un alivio.

Mañana hará buen día. Ya lo verás. Tendremos suerte.

No te fíes de nuestra suerte. A estas alturas, ya deberías haberlo aprendido—murmuró él—. Pero tú eres de las que nunca aprenden. Por desgracia, los dos somos de los que nunca aprenden.

¿Estás cansado? Parece que lo estés.

Sí—suspiró él, y se dio la vuelta—. Bastante.

Cuando ella dijo «Tengo que encender la luz, quiero una aspirina», él no contestó, y ella extendió el brazo por encima de él y tocó el interruptor de la débil bombilla eléctrica. Estaba durmiendo. El cigarrillo encendido se había caído en la sábana.

Menos mal que lo he visto —dijo ella en voz alta. Apagó el cigarrillo y lo tiró por la ventana, buscó la aspirina, vació el cenicero, posponiendo el momento en que tendría que tenderse, estirada, escuchando, en que cerraría los ojos aunque sólo para que se volviesen a abrir de golpe.

«No te duermas —pensó mientras permanecía tumbada—. Quédate despierto y confórtame. Estoy asustada. Te aseguro que aquí hay algo que da miedo. ¿Por qué no puedes notarlo tú? Cuando dijiste, «Seamos felices» el primer día, había en alguna parte un grifo que goteaba en un fregadero lleno, y hacía una música alegre y horrible. ¿No lo oíste? Yo lo oí. No te des la vuelta ni suspires ni te duermas. Quédate despierto y confórtame.»

Nadie va a confortarte, se dijo, ya deberías haberlo aprendido. Reúne todas tus fuerzas, desperdiga todas tus fuerzas. Hubo una vez. Hubo una vez. Además me dormiré en seguida. Siempre queda el recurso de dormir, y mañana hará buen tiempo.

«Sabía que hoy haría buen tiempo—pensó ella cuando vio la luz del sol a través de las delgadas cortinas—. El primer día que lo hace.»

¿Estás despierto?—dijo ella—. Hace buen tiempo. He tenido un sueño muy gracioso— dijo sin dejar de mirar la luz—. He soñado que caminaba por un bosque y los árboles gruñúan y después soñaba que el viento soplaba contra los cables del telégrafo, bueno, algo parecido, pero fortísimo. Todavía lo oigo: te juro de verdad que no me lo invento. Todavía lo tengo en la cabeza y no se parece a nada, sólo un poco al viento soplando contra los cables del telégrafo.

«Hace un día precioso —dijo ella tocándole la mano.

»Cariño, estás helado. Iré a buscar una botella de agua caliente y haré el té. Ya lo hago yo: esta mañana me siento llena de energías, y tú te quedas descansando, aunque sólo sea una vez.

«¿Por qué no contestas? —dijo ella sentándose y asomándose sobre él para mirarle—. Me estás asustando—dijo, con voz más fuerte—. Me estás asustando. Despierta —dijo, sacudiéndole.»

En cuanto le tocó, su corazón empezó a hinchársele hasta que le tocó la garganta. Se le hinchó y de él salían afiladas garras y las garras se le clavaban cada vez más profundamente.

«Dios mío», dijo ella y se levantó y descorrió las cortinas y vio la cara de él al sol. «Dios mío», dijo mirando su cara al sol y se arrodilló junto a la cama tomándole su mano entre las suyas sin hablar ni pensar ya.

¿No oyó nada durante la noche? Dijo el médico.

Creí que era un sueño.

¡Oh! ¡Creyó que era un sueño! Ya entiendo. ¿A qué hora se despertó?

No lo sé. Teníamos el reloj en la otra habitación porque es muy ruidoso. Supongo que serían las ocho y media o las nueve.

Usted sabía naturalmente lo que había ocurrido.

No estaba segura. Al principio no estaba segura.

Pero, ¿qué estuvo haciendo? Eran más de las diez cuando me telefoneó. ¿Qué estuvo haciendo?

Ni una sola palabra de consuelo. Receloso. Tiene los ojos pequeños y las cejas pobladas y parece receloso.

Me he puesto un abrigo —dijo ella— y me he ido a casa de Mr. Ransom, que tiene teléfono. He ido corriendo, pero parecía estar muy lejos.

De todos modos, como máximo eso puede haberle llevado diez minutos.

No, parecía muy lejos. Yo corría pero parecía que no avanzase. Cuando he llegado no había nadie en la casa y la habitación del teléfono estaba cerrada. La puerta principal está siempre abierta pero cuando sale suele cerrar esa habitación. Entonces he vuelto al camino pero no he visto a nadie. No había nadie en la casa ni en el camino y tampoco había nadie en la ladera de la montaña. De un alambre colgaban al viento unas sábanas y algunas camisas de hombre. Y estaba el sol, claro. Era el primer día de sol que teníamos. El primer día bueno.

Miró la cara del doctor, se interrumpió, y luego prosiguió en una voz distinta.

Estuve primero andando arriba y abajo un rato. No sabía qué hacer. Luego se me ha ocurrido que quizás podría forzar la puerta. Lo he intentado y cedió. Se partió una tabla y entré. Pero parecía que pasaba muchísimo tiempo antes de que alguien contestara.

Sí, claro que lo sabía, pensó. Tardé mucho porque tenía que quedarme allí, escuchando. Entonces lo oí. Se fue haciendo más fuerte y sonaba más cerca, y estaba dentro de la habitación, conmigo. Oí el ruido del río.

Oí el ruido del río.

En la ópera, Alejo Carpentier

addobbi serata di gala

Mi mano sobresaltada  busca sobre el mármol de la mesa de noche, aquel despertador que está sonando, si acaso muy arriba en el mapa, a miles de kilómetros de distancia. Y necesito de alguna reflexión, echando una larga ojeada a la plaza, entre persianas, para comprender que mi hábito –el de cada mañana, allá– ha sido burlado por el triángulo de un vendedor ambulante. Óyese luego el caramillo de un amolador de tijeras, extrañamente concertado sobre el melismático pregón de un gigante negro que lleva una cesta de calamares en su cabeza. Los árboles mecidos por la brisa tempranera, nievan de blancas pelusas una estatua de prócer que tiene algo de Lord Byron, y algo también de Lamartine, por el modo de presentar una bandera a invisibles amotinados. A lo lejos repican las campanas de una iglesia, con uno de esos ritmos parroquiales, conseguido en el guindarse de las cuerdas, que ignoran carillones eléctricos de las falsas torres góticas de mi país. Mouche, dormida, se ha atravesado en la cama de modo que no queda lugar para mí. A veces, molesta por un calor inhabitual, trata de quitarse la sábana de encima, enredando más las piernas en ella. La miro, largamente, algo resquemado por el chasco de la víspera: aquella crisis de alegría, debida al perfume de un naranjo cercano, que nos alcanzó en este cuarto piso, acabando con los grandes júbilos físicos que yo me hubiera prometido para aquella primera noche de convivencia con ella en un clima nuevo. Yo la había calmado con un somnífero, recurriendo luego a la venda negra para hundir más pronto mi despecho en el sueño. Vuelvo a mirar entre las persianas. Más allá del Palacio de los Gobernadores, con sus columnas clásicas sosteniendo un cornisamento barroco, reconozco la fachada Segundo Imperio del teatro donde anoche, a falta de espectáculos de un color local, nos acogieron, bajo grandes arañas de cristal, los marmóreos drapeados de las Musas custodiadas por los bustos de Meyerbeer, Donizetti, Rossini y Herold. Una escalera con curvas y floreo de rococó en el pasamano nos había conducido a la sala de terciopelos encarnados, con dentículos de oro al borde de los balcones, donde se afinaban los instrumentos de la orquesta, cubiertos por las alborotadas conversaciones de la platea. Todo el mundo parecía conocerse. Las risas se encendían y corrían por los palcos, de cuya penumbra cálida emergían brazos desnudos, manos que ponían en movimiento cosas tan rescatadas del otro siglo como gemelos de nácar, impertinentes, y abanicos de plumas. La carne de los escotes, la atadura de los senos, los hombros, tenían una cierta abundancia muelle y empolvada que invitaba a la evocación del camafeo y del cubrecorsé de encajes. Pensaba divertirme con los ridículos de la ópera que iba a representarse dentro de las grandes tradiciones de la bravura, la coloratura, la floritura. Pero ya se había alzado el telón sobre el jardín del Castillo de Lamermoore, sin que lo desusado de una escenografía de falsas perspectivas, mentideros, y birlibirloques, estuviera aguzando mi ironía. Me sentía dominado, más bien, por un indefinible encanto, hechos de recuerdos imprecisos y de muy remotas y fragmentadas añoranzas. Esa gran rotonda de terciopelo, con sus escotes generosos, el pañuelo de encajes entibiado entre los senos, las cabelleras profundas, el perfume a veces excesivo; ese escenario donde los cantantes perfilaban sus arias con las manos llevadas al corazón, en medio de una portentosa vegetación de telas colgadas; ese complejo de tradiciones, comportamientos, maneras de hacer, imposible ya de remozar en una gran capital moderna, era el mundo mágico del teatro, tal como pudo haberlo conocido mi ardiente y pálida bisabuela, la de ojos a la vez sensuales y velados, toda vestida de raso blanco, del retrato de Madrazo, que tanto me hiciera soñar en mi niñez, antes que mi padre tuviera que vender el óleo en días de penuria. Una tarde en que yo estaba solo en la casa yo había descubierto, en el fondo de un baúl, el libro con cubiertas de marfil y cerradura de plata donde la dama del retrato hubiera llevado su diario de novia. En una página, bajo pétalos de rosa que el tiempo había vuelto de color tabaco, encontré la maravillosa descripción de una Gemma di Vergy cantada en el teatro de La Habana que en todo debía corresponder a lo que contemplaba esa noche. Ya no esperaban afuera los cocheros negros de altas botas y chisteras con escarapela; no se mecerían en el puerto los fanales de las corbetas, ni habría tonadilla en fin de fiesta. Pero eran, en el público, los mismos rostros enrojecidos de gozo ante la función romántica; era la misma desatención ante lo que no cantaban las primeras figuras, y que, apenas salido de páginas muy sabidas, sólo servía de fondo melodioso a un vasto mecanismo de miradas intencionadas, de ojeadas vigilantes, de cuchicheos detrás del abanico, risas ahogadas, noticias que iban y venían, discreteos, desdenes y fintas, juego cuyas reglas me eran desconocidas, pero que yo observaba con envidia de niño dejado fuera de un gran baile de disfraces.

Me desordeno, amor, Carilda Oliver Labra

JÉREMIE MAZENQMe desordeno, amor, me desordeno

cuando voy en tu boca, demorada;

y casi sin por qué, casi por nada,

te toco con la punta de mi seno.

Te toco con la punta de mi seno

y con mi soledad desamparada;

y acaso sin estar enamorada;

me desordeno, amor, me desordeno.

Y mi suerte de fruta respetada

arde en tu mano lúbrica y turbada

como una mal promesa de veneno;

y aunque quiero besarte arrodillada,

cuando voy en tu boca, demorada,

me desordeno, amor, me desordeno.

Glosa, Nicolás Guillén

17No sé si me olvidarás,

ni si es amor este miedo;

yo sólo sé que te vas,

yo sólo sé que me quedo.

ANDRÉS ELOY BLANCO

1

Como la espuma sutil

con que el mar muere deshecho,

cuando roto el verde pecho

se desangra en el cantil,

no servido, sí servil,

sirvo a tu orgullo no más,

y aunque la muerte me das,

ya me ganes o me pierdas,

sin saber que me recuerdas

no sé si me olvidarás.

2

Flor que sólo una mañana

duraste en mi huerto amado,

del sol herido y quemado

tu cuello de porcelana:

Quiso en vano mi ansia vana

taparte el sol con un dedo;

hoy así a la angustia cedo

y al miedo, la frente mustia…

No sé si es odio esta angustia,

ni si es amor este miedo.

3

¡Qué largo camino anduve

para llegar hasta ti,

y qué remota te vi

cuando junto a mí te tuve!

Estrella, celaje, nube,

ave de pluma fugaz,

ahora que estoy donde estás,

te deshaces, sombra helada:

Ya no quiero saber nada;

yo sólo sé que te vas.

4

¡Adiós! En la noche inmensa

y en alas del viento blando,

veré tu barca bogando,

la vela impoluta y tensa.

Herida el alma y suspensa

te seguiré, si es que puedo;

y aunque iluso me concedo

la esperanza de alcanzarte,

ante esa vela que parte,

yo sólo sé que me quedo.

Felices los normales, Roberto Fernandez Retamar

4Felices los normales, esos seres extraños,
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.
Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

Rock & Roll, Jorge Bacallao Guerra

Yemanja


La conocí en un taxi. Le di la ventanilla, como hago con las mujeres atractivas y le pregunté el nombre. “María”, dijo orgullosa, y me vinieron a la mente los Aguasclaras tocando Proud Mary. Me gustó desde que la vi: qué cara, qué ojos, qué tetas… Pero lo mejor eran los ojos. Esos ojos, These eyes, a lo Guess Who, que se imponen como el órgano del Jethro. Nada, que supe que había llegado lo que yo esperaba, mi Woman from Tokio. O from Mantilla, porque vivía a dos cuadras de La Palma. Y parecía perfecta; un poco altanera, pero nada que no se resolviera con dosis de You’re so vain.
Llegó el momento en que ya no podía pensar. Me sentía Blowin’ in the wind como Dylan, y estaba decidido a hacer lo que fuera por tenerla. No exagero, en aquel momento era capaz de ponerme una guayabera, tomar agua de la Fuente Luminosa o sonarme un CD de los mariconcitos de Pet Shop Boys. Estaba pensando en el futuro, me sentía a gusto para dejar de ser el Wild horse de siempre, y convertirme en su Best of burden. Supe que tenía que actuar. No podía dejar que se fuera. Empecé a buscar una frase apropiada, no muy larga, no muy corta, que fuera armónica y balanceada, que transmitiera todo lo que yo estaba sintiendo. La toqué por el brazo y le dije: “Tengo que acostarme contigo, y ahora, porque puede que no te vea más, yo nunca cojo taxis”. Respondió rápido: “¿En tu casa o en mi casa?”. Y fue en la mía, en mi House of de rising sun, donde nos desvestimos. Yo, teniendo especial cuidado en quitarme las medias antes que todo, porque un hombre encueros y con las medias puestas, provoca una alevosa marchatrás en cualquier mujer.
Estábamos de frente mirándonos, yo maravillado y ella resignada, cuando se hizo imprescindible la música (en serio, no puedo templar sin música, es raro, pero es así. Es una cosa psicodélica, como Pink Floyd, que tampoco entiendo, pero no puedo dejar de oírlos). Me dirigí hacia donde tengo mis mieles y le pregunté sin mirarla: “¿Qué quieres oír?”. La respuesta fue implacable: Álvaro Torres. Me volví a poner los calzoncillos, le quité el vaso de vodka de la mano y la miré a los ojos: “Vístete y vete, o si quieres no te vistas, pero vete”. Y cuando ya se dejaban de oír sus tacones en el granito del pasillo, me tomé su vodka y desafinado como siempre, My only friend, the end, empecé a hacerle coros a Jim Morrison.

Breve historia del cuento, Guillermo Cabrera Infante

1El cuento es tan antiguo como el hombre. Tal vez incluso más antiguo, pues bien pudo haber primates que contaran cuentos todos hechos de gruñidos, que es el origen del lenguaje humano: un gruñido bueno, dos gruñidos mejor, tres gruñidos ya son una frase. Así nació la onomatopeya y con ella, luego, la epopeya. Pero antes que ella, cantada o escrita, hubo cuentos todos hechos de prosa: un cuento en verso no es un cuento sino otra cosa: un poema, una oda, una narración con metro y tal vez con rima: una ocasión cantada no contada, una canción.

Aun antes de que aquel anónimo artista de Altamira pintara sus minuciosos murales, habría habido un autor anónimo en la zona que contara cuentos a sus compañeros de cueva sentados alrededor de una hoguera. El hombre, lo sabemos, es el único animal que hace fuego. El cuentista es el solo ser humano que hace cuentos. Esos cuentos serían, por ejemplo, narraciones de un día de caza perdido tras un ciervo blanco con un cuerno en la frente. Los cuentos no perduraron en los muros de la cueva, pero no se perdieron: fueron de nuevo encontrados, contados, en la memoria colectiva.

Siglos más tarde otro cuentista con el mismo cuento embelleció al ciervo blanco y lo hizo mito al llamarlo unicornio. La experiencia sería ajena pero ya fue suyo el tema del unicornio perdido. Muchos siglos después otro cuentista adornó con metáforas (es decir, embelleció poéticamente) a ese animal único con su único cuerno. Cuando pasaron otros siglos ya el hombre que cuenta había aprendido a escribir (y por supuesto a leer) y otros animales y otros hombres que se convertían en animales poblaron con cuentos lo que llamamos mitología pero que eran para ellos esa trascendencia que es la religión. En otro siglo, cuando ya otros hombres no creían en esa religión de dioses tan humanos que se confundían con los meros mortales, uno de ellos, un poeta llamado Ovidio, escribió Las metamorfosis. Allí de la religión no quedaban más que los cuentos que se contaron por primera vez alrededor de una hoguera en una cueva. Eso ha hecho del cuento el género literario más antiguo y más proteico.

Proteico, como sabemos, viene de Proteo, dios griego que hace su debut en la Odisea, poema hecho de cuentos. Proteo lo sabía todo de todo, pero cambiaba su forma para no ser interrogado. Es decir, lo contrario de un autor actual que nunca cambia de forma pero busca siempre ser interrogado: por la prensa, la radio y la televisión —y a veces por la policía. No creo que haya que insistir en que Proteo era una metamorfosis hecha dios. Proteo queda muy cerca de prosa, que es lo que los cuentistas cultivan. Proteico, prosaico —da igual.

Los griegos, además de Homero y su Odisea, cultivaban el cuento, y una novelita, que es lo que es Dafnis y Cloe, publicada en el año segundo de nuestra era, es un posible antecedente. Pero son cuentos los que componen como novela al Satiricón y uno de sus fragmentos más memorables es el llamado “La viuda de Éfeso”, que es un cuento perfecto muchas veces citado, copiado incluso. Entre otros por Jean Cocteau, poeta tan teatral que convirtió el cuento en una pieza, cobrada para el teatro.

El cuento, pronto proteico, parece que desaparece en la Edad Media y es que se arropa con los versos del romance, en los romans courtois, donde aparece como cuentos de aventuras o el Roman de Renart, en que sirven a un fabulario, no lejos del zoológico de Esopo. En la saga arturiana (que no hay que confundir con la sopa asturiana, cuento de fabas) el romance adquiere un tono mágico, casi místico que le es exclusivo. Pero la historia paralela del amor fatal de Tristán por la bella Isolda es, como quiere Bedier, un cuento de amor, de locura y de muerte en que el aura mágica no debe nada a los modelos griegos y romanos.

Pero el cuento, siempre recomenzado, reaparece donde menos se lo esperaban los trovadores medievales —en el Oriente.

Los árabes siempre se mueven entre el harén y la arena
Las mil y una noches es la más monumental compilación de cuentos del fin de la Edad Media. Esos cuentos son la más traducida (y conocida) literatura árabe después del Corán. Sus historias (“Alí Babá y los cuarenta ladrones”, “Aladino y la lámpara maravillosa” y “Simbad el marino”) tienen tanta popularidad como cuando fueron traducidos a los distintos idiomas europeos. Su influencia es perceptible desde Boccaccio y Chaucer. Pero antes un extraordinario escritor español, el Infante Don Juan Manuel, incluyó en su Libro de los ejemplos más de un cuento árabe que venía de Las mil y una noches, convertida entonces en tradición oral. Al revés de lo que ocurre con los cuentos contemporáneos en Europa, Las mil y una noches tiene mil y un autores y la despabilada princesa Sherezada es un autor colectivo que cuenta con voz de mujer. Son en todo caso cuentos de encanto y hasta su título en árabe es encantador, encantatorio: Alf Layla wa Layla. De esa vasta colección de cuentos se ha rastreado su origen hasta el siglo IX después de Cristo. Su última forma es del siglo XVI. Es decir que el libro cubre con su embrujo oriental casi toda la Edad Media cristiana —a pesar de que cada comienzo de cada cuento dice: “…pero Alá es más poderoso”. Después sigue una clase desconocida de poesía que las infieles y cruentas traducciones no han conseguido aniquilar. Sherezada es la más poderosa máquina de matar el aburrimiento y la crueldad del rey que siempre asesinaba a la consorte de cada noche con excepción de la cuentista, una mujer aunque amenazada amena.

Chaucer repitió el esquema en verso en sus Cuentos de Canterbury. Pero lo logró Boccaccio en prosa en su imitado, inimitable Decamerón. Es curioso que Cervantes, un artista supremo, buscara la inspiración en los cuentos italianos y no en los ejemplos del Infante Don Juan Manuel, que inclusive regaló a Shakespeare su “Mancebo que casó con mujer brava”. Pero es que Boccaccio es un cuentista natural, como lo fue la cuentacuentos árabe. Cervantes, que inauguró la novela moderna, la más imitada, llamó libro al Quijote y “novelas ejemplares” a sus cuentos y declaró “que en ningún modo podrás hacer”, lector, “pepitoria”. Pero reveló su arte y oficio: “Mi intento ha sido poner… una mesa de trucos”. Y añadió: “donde cada uno pueda llegar a entretenerse”.

Un escritor cairota, Naguib Mahfuz, en sus Días y noches árabes, que el editor cataloga como novela (los editores son capaces de llamar novela a la guía de teléfonos, que no tendrá narración pero tiene personajes), este escritor, consciente, demasiado consciente, trata de hacerse una Sherezada frecuente. Pero fracasa. El libro quiere ser árabe y es sólo egipcio.

Mientras que Los cuentos negros de Cuba son mis Mil y una noches negras, contadas por una Sherezada blanca, Lydia Cabrera, para entretener las noches en vela de una amiga moribunda. Al final del libro ya la enferma estaba muerta, pero los cuentos viven en la inmortalidad de la literatura. Los he clasificado, calificado como antropoesía.

La trama que teje Sherezada cada noche, Penélope cuentista con miles de pretendientes, ha llevado a muchos escritores —desde Don Juan Manuel y Boccaccio y Chaucer— a intentar una imitación en que diversos talentos quieren emular el encantamiento árabe. Pocos lo han logrado, pero un escritor que es nuestro contemporáneo, Manuel Puig, en su Beso de la mujer araña, es una Sherezada argentina y cuenta cada noche una película que inventa para su compañero de celda, que es su visir cruel: totalmente sordo a los regalos orales que le hace Puigerezada —como es ciego a sus avances sexuales.

Edgar Allan Poe inventó con tres cuentos —”Los crímenes de la calle Morgue”, “El misterio de María Roget” y “La carta robada”— él solo la literatura policial, que son el cuento y la novela de misterio. Todos los cultivadores del género recién creado fueron sus epígonos, desde Arthur Conan Doyle, originador del insólito Sherlock Holmes, hasta Dashiell Hammett y Raymond Chandler, novelistas que fueron también cuentistas y de paso renovaron el género. Una epígona (si alguien ha dicho jóvenas yo puedo decir epígona), Agatha Christie, ha dicho: “El cuento es el dominio natural de la literatura de crimen y misterio”. Muchos cuentistas, casi todos anglosajones, hicieron del cuento su hábitat, que era como una casa con fantasmas. Todos siguieron el dictado de Poe, que dijo que el cuento “es una narración corta en prosa” y definió el cuento corto como una pieza literaria que “requiere de media hora a hora y media o dos para leerla”. Esta es una importante manera de uso, “con cuidado”. Pero hay, ¡ay!, lectores descuidados. Para éstos la mejor manera de leer es leer en el avión —un best-seller o libro que se compra porque se vende.

Los herederos de Mark Twain fueron tantos como los seguidores de Poe, pero ellos, llamémoslos humoristas, atendieron sólo al lado luminoso de la luna de Twain —sin ver sus zonas de sombra y de penumbra. El más exitoso de ellos fue Damon Runyon con sus historietas en que el bajo mundo de Nueva York aparecía poblado de gángsters sentimentales, jugadores sementales y unas cuantas mujeres de dudosa moralidad con un seso que se leía como sexo. El cine y el teatro, donde nadie lee, crearon un Runyon ilustrado para iletrados. Runyon, que hacía reír, se iba riendo al banco siempre: risa y prisa.

No sólo los cuentistas con humor han tenido éxito popular. A partir del siglo XIX también cultivaron —y fueron populares por un tiempo— esa rara planta elusiva que se llama “cuento fantástico”. En Inglaterra, donde habían desperdiciado la tradición realista iniciada por Chaucer, hubo muchos autores de fantasías cuyo objeto no era inducir el sueño sino la pesadilla. Están entre otros Arthur Machen, Saki y Roald Dahl. En Irlanda, tierra de lucidas leyendas nada lúcidas, Sheridan Le Fanu fue un cuentista de misterio y terror, cuya colección In a Glass Darkly (en Dublín, ciudad alcohólica, toman el espejo, glass, como vaso y el libro se llama En un vaso oscuro) es uno de los clásicos del cuento de terror como horror. Su contrapartida fue más tarde en Estados Unidos H. P. Lovecraft, un antecedente de la ciencia ficción, género que prácticamente inventó H. G. Wells en Inglaterra. La ciencia ficción encontró en el cuento su forma perfecta para un arte imperfecto. Todos los maestros del cuento de horror anglosajón tienen, hay que decirlo, como antecedente primero, una vez más a Poe.

Hay que hacer un punto y aparte para Rudyard Kipling, tal vez el más grande cuentista inglés de todos los tiempos. Kipling no debe nada a Poe o a Mark Twain y es a Inglaterra lo que Maupassant fue a Francia y Chejov a Rusia: un cuentista natural. Comenzó publicando en periódicos indios y cuando por fin vino a Londres, que era entonces el centro del universo literario, tenía apenas veinte años. (Kipling es casi un contemporáneo —murió en 1936.) Detrás dejaba la India, aunque fue precisamente su lado musulmán lo que más le interesaba del subcontinente. Kipling cultivó todas las modalidades del cuento, del monólogo a la conversación y hay algunos cuentos que están todos hechos, como quería Sterne, de digresiones, pero también de invenciones memorables. Mucho antes que Conrad o Somerset Maugham descubrieran el mundo exótico del Oriente. Pero para Kipling, nacido en Bombay, era la vida vivida y vívida.

En Francia no tuvieron un Chaucer, pero tuvieron un maestro del cuento ya tarde en el siglo XVIII, temprano en su arte de la ironía, realizado con una inteligencia poco común. Me refiero a Voltaire, cuya obra maestra, Cándido, no es una novela sino una fábula con una moraleja en cada página. Los franceses debieron esperar todo el siglo XIX para que, al final, surgiera uno de los grandes cuentistas de todos los tiempos, Guy de Maupassant, asombroso autor de una obra maestra del género tras otra. Maupassant tuvo de maestro a Gustave Flaubert y de mentor a Émile Zola. Pero ninguno de los dos, a pesar de que tanto Flaubert como Zola escribieron cuentos memorables, pudo superar al alumno que nació para el cuento. Su influencia fue enorme en todas partes y tuvo seguidores (si no verdaderos plagiarios) en Inglaterra, Estados Unidos y Rusia.

Es en Rusia donde tiene Maupassant un rival extraordinario, Anton Chejov, que comenzó haciendo chascarrillos y chistes para la prensa y terminó trasladando sus cuentos maestros, con un arte inesperado, al teatro. Chejov, que podía reclamar para sí a Nicolai Gogol (autor de “La nariz” y “El capote”, entre otros cuentos), era un admirador de Tolstoi que escribió cuentos como partes de guerra y fue contemporáneo de otro cultivador maestro de la forma breve, Iván Turgueniev. Pero la influencia mayor en el autor de “La dama del perrito” y “La cigarra” es, es evidente, Maupassant. De Chejov derivan Gorki y todos los cuentistas rusos de principios de siglo, que parecían salir de la tierra rusa —hasta que llegó Stalin y con su cultivo forzado del realismo socialista convirtió la fértil literatura rusa en un desierto con tractores.

Otro seguidor de Chejov fue en Inglaterra Somerset Maugham, maestro del cuento inglés como del relato extranjero. Fue, es todavía, un autor de una popularidad que llegó a la escena y al cine: varias películas maestras, como La carta, están basadas en sus cuentos. Maugham, en sus cuentos exóticos, está influido por las narraciones de los Mares del Sur de Conrad, y a su vez Maugham ha influido en otros cuentistas, sobre todo en los cuentos urbanos de John Cheever o John Updike, productos típicos de la revista The New Yorker.

Si James Joyce hubiera muerto después de publicar Dubliners sería todavía considerado un escritor notable y un gran cuentista. Traducir es reescribir. Traduje Dublineses y pude encontrar los tricks y tics de Joyce, pero también sus cuentos maestros originales y sombríos tanto como su escritura cómica. “The Dead” (que traduje como “El muerto”) es una obra maestra dolorosa y uno de los grandes cuentos escritos en inglés, casi una novela por sus personajes inolvidables y su extensión. “The Dead” no es un antecedente de Ulises, sino una pieza acabada en sí misma de una prosa milagrosamente extraordinaria.

Habría que hablar de uno de los escritores más originales del siglo XX, Franz Kafka, inventor de la fábula con una moraleja teológica, es decir metafísica. A su vez su influencia se hace sentir en muchos escritores judíos, como Isaac Bashevis Singer o genuinamente gentiles como Milan Kundera, que lo reclama para la literatura checa, a pesar de que Kafka escribía en alemán y pertenece a la cultura talmúdica. Afortunadamente para los que no somos ni checos ni judíos ni alemanes Kafka se puede leer con un genuino deleite literario.

Un epígono de Kafka, judío como Kafka, apareció no en Checoslovaquia sino en Polonia. Se llamó Bruno Schultz, cuentista. Su Tiendas de la canela es de una originalidad delicada: una visión de la vida judía en un pueblo de Polonia que oscila entre la magia y un realismo tierno. Schultz, no debemos olvidarlo, fue asesinado por un teniente de los ss, castigo tremendo sólo por estar parado en una esquina sin hacer nada. Al revés de Kafka, nunca soñó siquiera su final. Es que el totalitarismo es siempre enemigo de la literatura.

El cuento americano del siglo XX no debe nada a Maupassant pero sí, luego, a Chejov. Su renacimiento se parece más a Twain que a Poe y comenzó, como con Twain, por una literatura regional que saltaba las fronteras del Medio Oeste para alcanzar a Nueva York y de ahí al mundo. El pionero se llamó Sherwood Anderson, patrocinador de William Faulkner y modelo de Ernest Hemingway. Su libro Winesburg, Ohio (conocido en Sudamérica y en Cuba como Las novelas de lo grotesco, aunque no son novelas sino cuentos y eso de grotesco es gratuito, pero de alguna manera es un título con gancho) contenía una nueva visión del mundo adolescente en un pueblito de Ohio y su lenguaje, cosa importante, era entre ingenuo y sabio. Faulkner, que gracias a Anderson publicó su primera novela, es famoso como novelista o, mejor, como un poeta gárrulo, pero ha escrito una media docena de cuentos memorables. Hemingway por su parte es más cuentista que novelista: un artista que renovó la prosa moderna americana con sus diálogos sofisticados para conversar con primitivos, que son de una maestría todavía actual. Su cuento “Los asesinos”, en que sólo con el diálogo se da una muestra del mal en forma de una conversación aparentemente casual, revela una violencia latente que nunca se hace patente. De este breve cuento partió la renovación de la novela policial con Hammett y Chandler, que escribieron primero cuentos de mentira y de muerte. Una película reciente, Pulp Fiction, con sus diálogos recurrentes, interminables y peligrosos, no tendría lugar de no haber existido “The Killers”. Su mismo título, directo y brutal, sirvió al cine desde los inicios de las películas habladas: diálogos dichos por el costado de la boca —que es como se leen, sin mover los labios, las conversaciones de Hemingway.

De los grandes escritores americanos de los años veinte, Scott Fitzgerald es el único que fue a la universidad —pero nunca se graduó. Todos, entonces, fueron autodidactas. Algunos como John Steinbeck y William Faulkner ejercieron los más variados oficios, casi siempre manuales. Ernest Hemingway se hizo periodista —que es casi un trabajo manual. El único utensilio que hay que aprender a manejar es la máquina de escribir y Hemingway siempre fue un mal mecanógrafo. Ellos eran cuentistas considerables pero su cultivo de la novela ha conseguido, con la excepción de Hemingway, ocultar su arte de cuentista. El ejemplo más a mano es Fitzgerald. Ustedes han leído o saben que hay que leer El gran Gatsby, exaltado por los críticos, favorecido por el cine con producciones en color y en blanco y negro, con Alan Ladd, el perdedor nato, y Robert Redford en una versión sosa de Alan Ladd. Algunos conocen su cuento “Un diamante tan grande como el hotel Ritz”, pero pocos saben que vino de su colección de cuentos Historias de la era del jazz y nadie sabe nada de sus colecciones Jóvenes tristes todos y Toque de queda en la diana.

Después de su muerte se publicaron dos colecciones de cuentos, El atardecer de un autor y Los cuentos de Pat Hobby, una compilación sorprendentemente ligera para un tema dolorosamente autobiográfico: las venturas y desventuras de un escritor de alquiler en Hollywood —donde murió el autor.

Faulkner también fue como Fitzgerald un alcohólico y como Fitzgerald también fue a Hollywood y sirvió como un alquilón de oro (o dorado), especialmente para el director Howard Hawks. Más astuto o más duro de domesticar, Faulkner iba a Hollywood pero una vez que cobraba su dinero salía corriendo a Oxford. No la universidad inglesa sino el pobre pueblo de Mississippi, en que nació y murió, en el más profundo y racista Sur. Al revés de Fitzgerald y Hemingway, Faulkner era un reaccionario público y un liberal privado. De estas tensiones están hechas no sólo sus novelas sino los muchos cuentos que escribió. A veces sus novelas como Las palmeras salvajes, cuyo hermoso título acaba de ser robado y jorobado por Oliver Stone, y Desciende, Moisés, están hechas de cuentos más o menos largos —algunas obras maestras tal “El oso”. Otras de sus narraciones cortas, como “Una rosa para Emilia” y “Quemagraneros”, aparecen en todas las antologías y formaron parte de la selección que hizo el propio Faulkner en sus Cuentos escogidos. Faulkner llegó a publicar un libro de cuentos —detectivescos. Se llama Gambito de caballo y el hilo conductor es una actividad que uno no asociaría con el narrador de Mientras agonizo y El sonido y la furia —el ajedrez.

Contradictorio como Faulkner fue John Steinbeck: primero comunista, luego liberal y más tarde uno de los defensores más pertinaces del presidente Johnson y la guerra de Vietnam. Aparte de sus grandes éxitos en la novela, como Viñas de ira (conocida en España por un título menos bíblico pero más vitícola, Las uvas del rencor), que es, a pesar de ciertos críticos americanos como Mary McCarthy, una obra maestra popularizada en todas partes por John Ford en sus Grapes of Wrath, Steinbeck escribió y publicó muchos cuentos y su segundo libro, Las pasturas del cielo, es una colección de cuentos. Su cuento “El caballito rojo” es una pequeña obra maestra y sus cuentos largos, como De hombres y ratones y La perla, son obras maestras de ese género, la novella, que parecen haber inventado los escritores americanos, de Henry James con Otra vuelta de tuerca, hasta Hemingway con El viejo y el mar.

Pero he venido a hablar del cuento. Cualquier intrusión de otros géneros debe considerarse una digresión. La digresión no debe considerarse nunca una agresión. Como dice Laurence Sterne, es el sol que brilla sobre la conversación. También, dirían ustedes, sobre mi monólogo.

Otro escritor contemporáneo de estos autores artistas fue un periodista que era un cuentista nato: el risueño y frágil Ring Lardner, que influyó a todos los maestros del humor americano que vinieron después. Lardner, embarcado en una misión imposible —crear el cuento de humor absurdo—, se autodestruyó por el alcohol. Otro escritor ahora olvidado, Erskine Caldwell, antes considerado el mejor cuentista del Sur salvaje, sabía mezclar el drama rural con una sexualidad que era entonces franca y atrevida pero divertida. Ahora, frente al cine, sus cuentos parecen suceder en un convento de monjas que fuman.

Lardner, sin embargo, tuvo colegas de mérito, como James Thurber, Robert Benchley y Dorothy Parker, que se lo jugaban todo al humor. Mientras, otros de sus colegas en la revista The New Yorker se fiaban pero no confiaban en el elusivo amor —que muchas veces se escribía odio, otras tedio. Tal vez el mayor maestro entre ellos fue John O’Hara, que hizo de los diálogos aprendidos de Hemingway una suerte de sabia zarabanda en que todo se fiaba a la conversación, para revelar pero muchas veces ocultar a los conversantes, conversos de una religión atea. Desde entonces no ha habido un cuentista americano tan influyente y tan leído —si exceptuamos a Raymond Carver. Ambos, O’Hara y Carver, son a su manera epígonos de Hemingway. Hay otro gran cuentista contemporáneo que no viene de la tradición americana, que no es americano pero crea su propia tradición en América, aunque su arte singular no tiene seguidores. Aparte de sus grandes novelas escribió cuentos perfectos que, cosa curiosa, casi todos se publicaron por primera vez en la revista The New Yorker. Se llama, por supuesto, Vladimir Nabokov. Se acaban de publicar sus cuentos completos, donde hay por lo menos media docena de obras maestras del género —la docena de Nabokov.

Si Los cuentos de Canterbury no tuvieron continuadores (excepto, por supuesto, en el uso del inglés: Chaucer juega en la literatura inglesa el mismo papel crucial que Dante en la literatura italiana) es tal vez porque los ingleses del siglo XVI y XVII no sabían leer pero sabían oír y apreciar la música de las palabras. Que venía de poetas dramáticos como Marlowe y Shakespeare y Ben Jonson, que eran, a su vez, sobre todo Jonson y Shakespeare, grandes cuentistas. Otro tanto ocurrió en España, donde se prefirió la novela picaresca y la comedia al cuento. Cervantes, qué duda cabe, es un gran cuentista, tanto en sus “novelas ejemplares” como en sus entremeses y en muchos de los cuentos que detienen con pasos ciertos los pasos inciertos del caballero, jinete loco, y su demasiado cuerdo escudero que va en burro a su lado. Todos sabemos que los siglos XVIII y XIX hicieron de España una tierra baldía literaria y aun el gran cuento español que recorrerá el mundo y la escena y el cine fue escrito por un francés. Se trata de “Carmen”, cuyo autor, Prosper Merimée, lo situó en Andalucía pero lo escribió en París.

Como ocurrió en Estados Unidos con el cuento escrito en inglés, el cuento escrito en español se escribirá en la América hispana. Un crítico peruano llamó a América (se refería más bien a Hispanoamérica) “novela sin novelistas”. Se equivocó, claro está, pero no habría errado si hubiera llamado a las Américas continente que contiene cuentos. Por lo menos, si el título no es exacto, se hubiera podido beneficiar con mi aliteración.

Thomas Colchie, traductor americano, pudo organizar una antología que tituló La hamaca bajo los mangos, que parece la descripción de un sostén, digamos, de Sarita Montiel.

Pero es una excelente colección de cuentos cortos sudamericanos. No podría sin embargo haber compilado una antología similar llamada, digamos, Los dones de Rocío Jurado, con cuentos españoles. ¿Por qué? Porque simplemente habrá tetas que contener pero no cuentos contados. En toda regla hay una excepción luchando por salir y hay que decir que una reciente colección de cuentos de Javier Marías, Cuando fui mortal, que contiene cuentos no inmorales pero sí inmortales, podría continuar la tradición creada por Don Juan Manuel, que fue nieto y sobrino de reyes, adelantado del reino de Murcia cuando Murcia era un reino. Pero no es el escritor de la nobleza lo que nos interesa, sino la nobleza del escritor —y sobre todo su popularidad: Marías ha vendido cerca de cincuenta mil ejemplares de su libro de cuentos en pocos meses.

Pero yo no he venido aquí a ensalzar a Marías sino al cuento americano o hispanoamericano, aunque tres de los más grandes cuentistas cubanos (Hernández Catá, Carlos Montenegro y Lino Novás Calvo) nacieron en España: en Castilla y en Galicia respectivamente. Lino Novás, otra sorpresa, fue el verdadero creador de esa cosa curiosa que se llama realismo mágico. Aparece en un cuento suyo, “Aquella noche salieron los muertos”, mucho antes de que Alejo Carpentier formulara su teoría estética (pedida prestada a un surrealista francés) de “lo real maravilloso”.

Horacio Quiroga es el primer cuentista qua cuentista (me gusta esa palabra latina, qua, porque recuerda al agua, aqua, y repetida, qua, qua, parece un señuelo para patos, qua, qua, qua), es un loco perseguido por el infortunio. Perdió a su padre en un accidente de caza (cazaba patos en la frontera de Uruguay y Argentina: ambos países reclaman su paternidad) y su padrastro se suicidó poco más tarde. Perder un padre puede ser una desgracia, pero perder un padrastro me parece un descuido. Ambos, por favor anoten, murieron muertes violentas. Pocos años después Quiroga mató a su mejor amigo en lo que se calificó por los jueces como un accidente. Quiroga se casó y no mucho después de la luna de miel (obligó a la joven esposa a pasarla en la selva más espesa de Brasil), casi no tengo que decirlo, se suicidó ella. Casado de nuevo, su esposa, como la octava que desposó Barbazul, le sobrevivió. Enfermo de cáncer de la próstata (hasta en eso fue un adelantado) Quiroga escogió el suicidio.

Me he detenido en la vida de Horacio Quiroga porque parece un violento culebrón y es más interesante que su ficción —que no es menos violenta. Uno de sus libros de cuentos se titula La gallina degollada y en el cuento que da al tomo su tono dos hermanos gemelos, idiotas ambos, tienen una hermanita que es una belleza. Pero los dos hermanos ven —o mejor, observan— cómo la madre degüella una gallina para la cena. Ellos prueban que la imitación es la madre de la experiencia y le rebanan el cuello a la hermanita.

Leí los cuentos de Quiroga, todos, de adolescente y me los creí todos. Era, ya lo adivinaron, sano de mente pero impresionable. Ahora, aunque me amenazaran con la expulsión de esta charla no los leería ni amarrado. Habrán adivinado que Horacio Quiroga era un adicto no sólo a la morfina sino a la literatura de Edgar Allan Poe.

Otro escritor de cuentos nacido en Argentina pero con la cabeza bien puesta es Adolfo Bioy Casares. A menudo se le asocia con Jorge Luis Borges, todo porque eran amigos y colaboraban en empresas narrativas. Alguien los ha llamado, a los dos, Biorges. Pero Bioy ha seguido escribiendo después de la muerte de Borges y cada vez es más individual y distinguido —no sólo de porte sino de escritura. Bioy escribió la más conmovedora historia de amor de la literatura en español de este siglo. Se llama La invención de Morel y aunque algunos la llaman novela, es una novella o cuento largo y, para mí, es perfecta. Es la mejor ilustración del consejo francés cherchez la femme.

Ahora una breve interpolación para hablar, brevemente aunque él se merece ensayos y tratados, de este gran autor: un americano que no escribe en español y que no sigue la tradición de su lengua porque está creando ambas. Me refiero a Machado de Assís, el único gran novelista sudamericano del siglo XIX, que es a la vez un cuentista extraordinario: siempre original, siempre en la vanguardia de un hombre solo. Lean como aperitivo para una cena de un Trimalción literario su cuento “El psiquiatra”.

Felisberto Hernández de Uruguay era el opuesto físico de Virgilio Piñera de Cuba. No le gustaban los hombres flacos, como a Virgilio, sino las mujeres, muchas, gordas y caras: se casó cuatro veces. Al revés de Virgilio, que nunca fue musical, Felisberto (le podemos llamar Felisberto: nadie se llama así) era un músico profesional, que, cosa curiosa, era pianista de teatro pero en el foso, no para acompañar a sopranos más o menos ligeras, sino haciendo música de fondo a películas mudas. Sus vidas distintas tuvieron un final parecido pero diferente. Virgilio murió reconocido como un pederasta pasivo y había estado en la cárcel condenado por evirado. A su muerte fue llorado por poetas pederastas pero de su velorio desapareció su cadáver: las autoridades estaban convencidas de que su cuerpo presente recrearía al ausente con fines políticos. Felisberto murió de leucemia mucho más joven que Virgilio, pero su cuerpo se hinchó con tal desmesura que hubo que encontrar rápido un ataúd adecuado —que era tan enorme que no se pudo sacar por la puerta de la funeraria y salió hacia la eternidad por una ventana.
Hay un refrán latino que propone que al final se llega según fue la vida antes. Los respectivos finales de Virgilio Piñera y Felisberto Hernández fueron si no vidas, muertes paralelas. No es casualidad, me parece, que la editorial americana que publicó los Cuentos fríos de Piñera ahora publique los cuentos completos de Hernández. Pero hay que hacer notar y anotar una diferencia notable: Felisberto estaba un poco loco, Virgilio por el contrario tuvo siempre su cabeza bien dispuesta para la guillotina. No le hacía falta más que una revolución —y la tuvo.

Juan Rulfo ha llamado a Guimaraes Rosa “el más grande autor que ha surgido en las Américas este siglo”. No hay que exagerar, pero Guimaraes Rosa, que escribió la mejor novela de lo que se ha llamado “realismo mágico”, es un gran escritor y para regalo de ustedes (ya que su obra maestra, Grandes Sertao: Veredas es larga, compleja y metafísica) hay un volumen de cuentos suyos titulado, sugestivamente, La tercera orilla del río, que es más zen que sensacional. Hay otros compatriotas de Machado de Assís que vale la pena citar aunque sea someramente. Murilo Rubiao con su cuento “El ex mago de la taberna de Minhota”, que es sui géneris, como lo son los cuentos de Ubaldo Ribeiro, sobre todo su “Fue un día distinto cuando mataron el cerdo” y el elusivo y alusivo Rubem Fonseca, que con su “Corazones solitarios” creó un escándalo internacional al prohibirlo las autoridades de su país. El escándalo llegó hasta el presidente Carter, más conocido como el Manisero, no por la sabrosa rumba habanera sino por haberse enriquecido cultivando lo que en otras partes se llaman cacahuetes. Hay otra rumba llamada “Tanta lipidia por un medio de maní” cuyo título me lleva a explicarles mi interés y hasta mi afecto por los cariocas del cuento. No hay otro país en América que se parezca tanto a la minúscula Cuba como el gigantesco Brasil: ambos tienen su musicalidad en la música y en la lengua, ambos son una mezcla de blancos íberos y negros africanos, ambos han creado una nueva religión, que se llama en Brasil macumba y en Cuba santería. Todos creemos que el ritmo no sólo está en la música sino en el habla, en los movimientos del cuerpo y en eso que en La Habana se llama el caminao. Este ensayo mío, por ejemplo, está escrito como hablan en La Habana los hablaneros.

No pienso muy bien, lo siento, de los cuentos de Rulfo, que me parecen parcos pero primitivos. Sin embargo creo que Pedro Páramo es una gran novela en pocas palabras y la mejor novela mexicana que se ha escrito —en este y en otros siglos. Lo contrario ocurre con el difunto Julio Cortázar: sus novelas son para mí aburridos ejercicios de una vanguardia a la que el tiempo ha enviado a la retaguardia. Pero sus cuentos, sobre todo los cuentos de familia, son extraordinarios y uno o dos —por ejemplo “El perseguidor”, por ejemplo “La autopista del sur”— son admirables. Lo mismo ocurre con Alejo Carpentier, cuyas últimas novelas son lamentables si se comparan con las novelas que escribió en Venezuela: El reino de este mundo, Los pasos perdidos, El acoso. Pero su cuento “Viaje a la semilla” es una obra maestra del género. También lo es su cuento largo “Concierto barroco” —si se puede olvidar su final, que yo no quiero olvidar. También Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa han escrito y publicado cuentos. Pero, apreciados o despreciados, hay que considerarlos novelistas antes que nada o después de todo.

Aquí llegamos a la gran literatura no sólo regional o continental sino mundial, universal incluso. Ahora viene y la trae con ella Jorge Luis Borges. No ha habido en el idioma un escritor más grande desde que Calderón de la Barca murió en Madrid en 1681. Cualquiera que haya leído un solo cuento de Borges (y afortunadamente Borges sólo escribió cuentos y ensayos como cuentos) se dará cuenta de que está frente a un escritor excepcional. Fue Borges quien dijo de Quevedo que no era un escritor sino una literatura. Con mayor justicia se puede afirmar que Borges es una literatura. Él solo, en su lejano Buenos Aires que después de él nos queda siempre cerca, ahí al lado, al doblar de una página, sólo Borges ha hecho del cuento toda una literatura y aun más, una teoría literaria. No tengo que citarles un solo título porque ustedes los conocen todos. Pero son cuentos no para leerlos sino para releerlos, recordarlos, memorizarlos y estar siempre acompañados del asombro. No sólo de su cultura y de su humor sino también de su arte narrativo. El oportunismo político le privó de ganar el Premio Nobel que tanto anheló. Peor para el premio: no se merece a Borges. Pero sus lectores todos, todos los días, le ofrecemos el placentero desagravio de la lectura que es, argentino noble que era, nuestro premio.

No se me escapa ni, por supuesto, se les escapará a ustedes, que me he quedado corto de nombres y largo de adjetivos. Pero nunca fue mi propósito componer una guía de autores, sino dar una visión más geográfica que histórica del cuento.

Después de pasearme —como quería Anatole France que fuera la visión, no la misión del crítico— por entre obras maestras, puedo llegar a una conclusión —si es que llego. Tal vez el cuento requiera más arte que verdad. Es decir, una cantidad mayor de ficción.

Anatole France por cierto nos dio una lección sobre qué es la memoria histórica en su cuento magistral “El procurador de Judea”. Regresa a Roma Poncio Pilatos y en una fiesta romana, que ustedes pueden llamar orgía, su anfitrión le pregunta a Pilatos, que ha sido procurador en Judea, por “un judío díscolo” llamado Jesús. Pilatos, una taza de vino en la mano, la toga impecable, el peinado a lo César, piensa un momento y después dice: “¿Jesús? No he conocido a nadie de ese nombre”.
Por favor, no me pregunten por los autores que he olvidado.

El ultimo mordisco de un ladrón de bananos, Patrick Chamoiseau

 

1Si Cestor Livènaj no hubiera poseído esa mata de bananos, hay que decir que nadie lo habría envidiado. No quiero hablar torpemente, y si mi palabra lo hace es con toda inocencia, pues es una palabra bañada en el silencio de la noche, limpia, brillante, balanceada con la fe en Dios. Pero bueno, a pesar de todo, Cestor Livènaj no tenía presentación. La gente de nuestro barrio (un barrio en lo alto del bosque donde el viento se confabula con el águila) no eran personas distinguidas, aunque, a buen decir buen hacer, hay un mínimo de cosas que se disponen cuando se vive sobre la tierra: una camisa blanca para moverse y descender a la misa que suena en el pueblo, un zapato lustrado sostenido por la mano en alto al pasar por el barro, un sombrero bien puesto, un paraguas negro, un pañuelo perfumado con agua de colonia… cosas insignificantes pero que, en esta vida nada fácil, son el signo de una persona que enfrenta su destino en el eje de un hilo de plomo. Pero hablo y hablo, y no digo la palabra, y siempre es así cuando es necesario describir a Cestor Livènaj. Hoy ya no está entre nosotros pero cuando lo estuvo, tan vivo como nosotros mismos, no se preocupaba ni de misas, ni de entierros, ni de vísperas, ni de serenatas cuando los cantores subían del pueblo, ni de nada. No se inmutaba en quitar el barro de los dedos de sus pies, ni en ponerse algún día de descanso un vestido comprado donde los sirios. Al verlo se diría que siempre estaba sudando en sus terrenos que nadie había visto, pero que parecían situarse en dirección de Morne-caco, justo después de Flond-blanchi. No dedicaba tiempo a quitar las lagañas de sus ojos, ni de peinar su cabello que era como un colchón de paja. Los domingos, a las cuatro de la tarde, cuando las mamás del barrio reunían a sus muchachas entre sus rodillas para trenzarles sus papillotes, Cestor Livènaj les gritaba que dejaran sus cabellos en libertad como los de él sobre los cuales un sombrero-bakoua se hundía hasta el borde de sus cejas. Su pajero llevaba un extravío de existencia que cada uno podía constatar cuando, delante de una persona estimada, Cestor Livènaj, educado como guijarro de río, se inclinaba sobre el peso de un buenos días y levantaba su viejo sombrero amarillento. Pero había algo más que ese vestido de sudor y ese cabello crespo: nuestro hombre vivía solo como una mangosta en una choza de madera tejida según una ciencia oscura. Nadie sentía en esta choza un impulso de la vida para agarrar el destino. Quiero decir que era una choza “detenida”; parecía querer perderse en el fondo de una tierra roja que, en ciertos lugares, las lluvias abarrancaban con largos arañazos sangrantes, casi trágicos; parecía querer volverse como la corteza de esos tres gruesos mangos que daban sombras inmensas, o la de esos mahoganys que ningún viento removía, y no porque el viento no existiera, sino porque los árboles tenían demasiada edad. Es verdad, y esta no es una palabra inútil, que la gran edad de los árboles desalienta los vientos. Quien no lo sabe ignora todo de la vida. En los barrios altos sabemos observar, pero sobre todo sabemos escuchar la palabra dicha, y es que Cestor Livènaj declaró un día que los árboles no se mueven cuando tienen más de mil años. Eso nos permite fechar nuestros viejos árboles y comprender que nuestro barrio, con sus pies de fruta de pan, de caimito, de anón, de raíz bomba, viene de un tiempo tan lejano que es difícil imaginarlo; a excepción tal vez de Cestor Livènaj… En sus soledades, parecía que nunca se lamentaba de no tener una jabada para calentar sobre la paja de su colchón, ni siquiera echaba de menos una prole que le probara al mundo que él era capaz de engendrar. Estaba entre nosotros pero sin parecérsenos, sin moverse hacia el pueblo ni hacia la ciudad, justo aquí para hablar consigo mismo más a menudo que con nosotros, y para vivir en un tiempo más distante que el nuestro, más mágico, como si él viera mejor que los cocuyos en esa especie de oscuridad apremiante, no a la hora del crepúsculo, sino precisamente a la hora de la salida del sol, cuando era necesario escapar de la cáscara del sueño para intentar vivir. Cestor Livènaj parecía no tener ese problema, o se desenvolvía mejor con él. En ciertas horas del domingo, en el silencio de la fábrica y el adormecimiento de las piezas de caña, cuando estábamos con nosotros mismos y sentíamos que las ganas de permanecer inmóviles aumentaban, bajo la capa del cielo y el viento que pasaba sin tocar nuestros árboles, Cestor Livènaj, ataviado de sudor, con su viejo sombrero, el barro en sus piernas, su pajero graneado, la vieja pipa de bambú negro que mamaba babeando, encontraba la fuerza necesaria para caminar, para subir y descender, no por un lugar preciso y en función de una cosa precisa, sino para recorrer visiblemente a grandes pasos un espacio que ignorábamos y que, sin embargo, parecía extenderse en medio nuestro con horizontes de grandes vientos lluviosos. Y si le decíamos Pero Cestor ¿adónde vas? ¿Cuál es la pregunta? ¿En qué asuntos estás?…respondía ahí voy ahí mis negros, ahí voy ahí voy….Tenía también esa inquietud que caía, hecha palabras, de su boca; una palabra nunca inútil pero jamás demasiado sensata, como si no manejara el lenguaje y utilizara su créole o su francés como pequeñas rocas calientes que amontonaba rápido y aprisa y depositaba aún más rápidamente con una mueca de viciosa malicia. Siempre recogía una palabra de la frase que se le dirigía, y le daba vueltas de varias maneras, o la repetía hasta el infinito (le decías: He, Cestor ¿dónde está Fifise?…Y él respondía Fifise, Fifise, Fifise, Fifise, Fifise…hasta el infinito y sobre trece tonos), o la descomponía en sílabas que petrificaba en uno de los bordes de su lengua y te miraba en plena mitad de tus ojos. Y sucedía la impresión, esa angustia, de que tu palabra suspendida en su tono natural y amable, te llegaba más pesada y misteriosa que esos árboles inmóviles que, desde su revelación, habitaban nuestros sueños sin transformarlos en pesadillas sino que les daban el espesor paciente de esos hornos de carbón de los cuales nadie sabía sobre qué madera ardían. Y todo esto se añadía al resto (pero ¿es necesario decir el resto y cómo decirlo sin mal decirlo? ¿Cómo decir su presencia nocturna en el umbral de su casa para mirar la luna? ¿Cómo decir el amontonamiento de los cocuyos encima de su choza, como moscas sobre un jarabe, resplandeciendo hasta contrariar nuestros sueños a modo de fulgores de una tormenta? ¿Y de qué servía ese miedo que teníamos de las serpientes no compartido por él, pues lo veíamos surcar los grandes fondos sin hacer los gestos necesarios, sin evitar los lugares favorables a la Bestia, ni siquiera hacer una cruz para desorientar las vidas inquietas de los barrancos oscuros?…) Y bien todo esto que he dicho hacía que nadie lo envidiara. Tampoco se le temía. Ni era un vidente, ni un brujo, ni un maestro de palabras como esos insignificantes que se levantan en medio de los velorios para destilar cuentos y de golpe transforman sus existencias en llamaradas de luz. No se había destacado en nada. No nos aportaba nada y parecía no esperar nada de esta tierra. Y eso era lo que nos fastidiaba, pues ahí donde procurábamos bandearnos, y luchar contra nosotros mismos y contra la vida, era difícil soportar al lado uno que no enfrentaba nada y se entregaba a la facilidad de no pedir nada ni a Dios ni al Diablo. Era molesto, difícil de imaginar, pero sobre todo difícil de envidiar, y es por tal motivo que yo lo digo sin preocuparme del mal decir. Sin embargo, se presentó el cambio, esa mata de bananos. La vimos crecer en los alrededores de su choza, al lado del río, en un sitio de agua y de sombra y de sol. Un lugar en el que habitualmente crecía un berro débil. Un día vimos brotar una escultura verdeante. La vimos codiciar las largas prolongaciones del sol, prometer un crecimiento, y, de repente, desplegar sus grandes hojas lustradas. El rocío le confiaba pequeñas gotas que la luz transformaba en joyas y ningún furor del sol podía secarlas. Hubo cálculos sobre el género del banano: ¿banano-manzana o banano-bejuco? ¿banano-tisana o banano-kandja que es áspero en tu lengua?, ¿o ese banano-moloye que se derrama como crema tierna y te da la impresión de tragar una leche de savia…? Así eran las primeras preguntas y los primeros deseos a medida que el vástago de banano se lanzaba hacia el cielo. Se abría con una majestuosidad tanto más asombrosa cuanto que nosotros empezamos (de pronto) a darnos cuenta de que en el barrio, bajo los árboles inmóviles, la fruta del pan y las otras frutas elegidas según confusas leyes, ninguna exigencia había sacado de nuestras tierras un sólo pie de bananos. Y todo esto contrariaba nuestros sueños, tanto que vimos a Cestor Livènaj encontrar una suerte de interés en la vida, pero no que se pusiera a existir, sino que, más bien, comenzó a efectuar mejores gestos dirigidos hacia la existencia. Pudimos, por ejemplo, ver al fin el trabajo de su machete cuando arrancaba los pequeños retoños del banano que surgían en la noche y se abalanzaban, egoístas e impacientes, oponiéndose a la subida misma del tronco; lo vimos, atento, acechando las grandes hojas que se partían por la frecuentación del viento; lo vimos combatir los bichos invisibles atareados en las raíces, lo vimos transportar baldes de boñiga cuando ciertas hojas se volvieron pardas y comenzaron a secarse, y lo vimos luchar por sostener el tronco cuando a éste una curva se le producía bajo el peso del florecimiento y luego bajo la carga gloriosa del racimo. Nuestra envidia se volvió cruel cuando fue claro para todos que se trataba de un árbol de bananos amarillos, y de buena calidad, del que te perfuma hasta siempre el recuerdo cuando lo ves en el corazón de un pequeño caldo de treinta y dos pescados rojos, o cuando lo mezclas a la excelencia cremosa de un ñame-bocodji y que, encima, sabes sazonarlo bien con guiso de cerdo. El racimo de bananos engordaba a medida que nuestros sueños se paralizaban y encallaban, cada vez más a menudo, sobre los árboles inmóviles y sobre los faros nocturnos de las luciérnagas. Empezamos a decirle buenos días, a mostrarnos un poco más amables, incluso a reflexionar sobre las palabras que él nos lanzaba, e incluso a decirle Pero ¿qué es lo que me has dicho, Cestor?… Mientras que antes eso se lo dejábamos al misterio. Cada uno esperaba estar allí en el momento en que él descolgara el manojo bendecido. Cada uno se veía regresar a su choza con dos, tres bananos, y ponerse a vivir de una manera diferente. Y cada mañana, a la salida del sol, a medida que el racimo de bananos maduraba, nosotros envidiábamos a Cestor livènaj, percibíamos mejor el ritmo de su vida, comprendíamos mejor sus ires y venires incesantes, apreciábamos mejor la localización de su choza en las sombras y en las luces, y entendíamos de manera increíble una especie de sentido justo de lo que era necesario vivir en esta vida insensata. El día de la cosecha se aproximaba. Cada uno reducía el sueño. Cada uno disminuía la velocidad de sus desplazamientos para estar allí en el buen momento y merodear la choza y decir el buenos días que incita al reparto. Pero nadie vio madurar el racimo. Una mañana, a la hora del despertar, escuchamos el grito desesperado de Cestor Livènaj. En la noche, un canalla se había llevado el racimo. El vástago de bananos pendía decapitado. Cestor, en calzoncillos, daba vueltas, no más inquieto que de costumbre. Entonces dudamos si el grito había sido lanzado por él. Sin duda, nosotros mismos lo habíamos emitido pues Cestor, su vieja pipa en el labio, no hacía más que girar alrededor, y mirar y mirar. Le murmuraba palabras al árbol que parecían no acabarse en ningún-tiempo-jamás. Taló el banano tan pronto que un nuevo retoño se elevó de las raíces. Y fue la misma agitación: nuestros sueños contrariados, y nuestras ganas, y esa oleada de palabras que él derramaba sobre el árbol cada vez que el racimo a punto de madurar desaparecía de repente, una vez, dos veces, tres veces, hasta que el cuarto fue suciamente mortal. En efecto, hubiéramos podido esperar allí, pero cada uno fue sorprendido. Había como un bello estremecimiento en el barrio al ver desaparecer de este modo los bananos. Y, a cada desaparición, nos precipitábamos al lado de Cestor para llamar nuestra indignación, pero sobre todo para observar mejor el tallo del banano que parecía provenir más de otra parte que de esta tierra. Queríamos así escuchar sus oraciones a la hierba, pero, aunque nos aproximáramos, aunque escucháramos su voz, nos era imposible comprender su murmullo. Parecía ser una palabra del más allá de las palabras. Y ella nos irrigaba como si fueran un frío rocío. Ese lenguaje, en verdad, se nutría de nuestras propias carnes y de nuestras propias sombras. Por eso al tercer robo estuvimos, con Cestor, silenciosos y amargados. Nos callamos para participar mejor de su decir al banano, y para hallar en el fondo de nuestro corazón un vestigio de lenguaje, no de vocablos, sino de las palabras interiores, de las que palpitaban en nosotros desde tiempos inmemoriales, que ensombrecían nuestros sueños e invadían nuestras vidas, y que nos perforaban sin que lo supiéramos, excepto en ciertas horas en que tal o cual, agarrado de una huella, se ponía a gritar algo que no era un grito. Quizá fue después del tercer robo, que participamos verdaderamente de la palabra de Cestor, alrededor de la gruesa hierba. Ella bebió todo lo que nosotros le enviábamos en medio de la desesperanza de jamás poder probar su promesa. Ella lo tragó todo, como un agua, como una luz, como un sol. Su tronco tomó un verde diferente que habría podido alertarnos, e incluso sin cambiar de retoño, devolvió un nuevo e imposible racimo, una nueva esperanza, un enorme racimo de bananos amarillos inconcebibles que el ladrón, justo la noche de la recolecta, robó una vez más. Pero en esta ocasión, Cestor Livènaj no ofreció ninguna palabra a su hierba majestuosa. Nosotros, reunidos, permanecimos mudos. No sabíamos hablar como él sabía hacerlo. Cestor solamente había mirado al banano y luego se había volteado para ocuparse de sus asuntos habituales. Estuvimos silenciosos bajo el sentimiento de una fatalidad irremediable, imposible de nombrar. Y fue una semana después que se descubrió a un vecino de Cestor Livènaj, un tal Fabrice Silistin, muerto en su casa, con el resto de un racimo de bananos colgado arriba de su cama. Fabrice Silistin era un buen hombre, tan bueno como era necesario, y nadie habría podido dudar que en la noche él se levantaba para concretar nuestras envidias, y transportar para él solo nuestro deseo del racimo, y comerlo en y por el nombre de todos nosotros. El no dejó a nadie, pues su koulie se había establecido desde hacía tiempo en la ciudad con sus siete hijos, no dejó más que su choza y los sobrados del racimo que nadie tocó. El banano hizo madurar de nuevo cargas de frutas que Cestor ignoró, y nosotros todavía más, y nadie se arriesgó a dar un mordisco a esa maravilla que nuestra verdadera palabra, nuestra imposible palabra, había envenenado por los siglos de los siglos.

Alfonso X El Sabio y Capablanca, José Lezama Lima

1El inventor y el rey. En el uno, el afán de romper el círculo, lo indefinido. En el cetrado mayor, el bastón de la unidad y la vigilancia de trigos y puertas. El rey queriendo cerrar cuentas, sellando fijas minuciosidades. El inventor burlando parábolas, abriendo la sorpresa de nuevos agrupamientos numerales. El rey queriendo pagar en exactos cuadrados, en el desconocimiento de la progresión indefinida. Sencillo visitante ante el rey, inaugura el almacén de multiplicados granos. Y el ajedrecista visitador del persa, que rehúsa el tintineo exacto de la moneda, para acogerse a la progresión indefinida, al grano volante en el cuadrado multiplicador, ligero como gamo con sed.

El buen rey, en su unidad, quiere la exactitud. El inventor, maestro inicial de la nueva diversidad, traza canaletos para el flujo de los comienzos. En Alfonso, que es rey de romanos y emperador de germanos [el papado le hace rectificar el título], traduce e innova, bruñe el latín y sonríe la palabra nueva; se enfrenta con el cuadrado multiplicador y sueña con soltarle monstruos nuevos. Una de las razones en su sangre para apetecer el imperio de Alemania, será su cariño por los monstruos novedosos. Nuevas estridentes especies para los bosques germanos. En el ajedrez, frente al cuadrado helénico, quería soltar los nuevos monstruos germanos, para evitar el simple esesteo quimérico, la excepción preconcebida. Aquí el rey y el inventor, la unidad y la diversidad coincidieron, no en la dilectio agustiniana, sino en el tablero de ajedrez; ahí confluyó el cuadrado doméstico y fiel con los unicornios de acecho y ajenías irreductibles.

Los monstruos de Alfonso X El Sabio se atrevían con la Germania, con Catay o con Cipango. Selvas, extensiones y emigraciones olfateaban los monstruos que aunaban dos naturalezas. Dilatar la selva, llevar la extensión a la ausencia infinita, la emigración a la errancia dislocada y sin fin, para que el canon monstruoso tuviese regulación rítmica. Y Capablanca también, frente a la proliferación insular del trópico, quiere romper el cuadrado, resbalarle bultos sin figura, manchas que no agregan cuerpos. Así evita selva definida para monstruo acariciado.

El tablero de cien cuadrados, con nuevas figuras, de Alfonso X El Sabio, en las mágicas asociaciones de la secularidad, logra, como ha señalado el hispanista J.B.Trend, un aliado muy poderoso, Capablanca, quien propone cuadrados de progresión y monstruos desconocidos. Hasta llegar al tablero de ciento cuarenta y cuatro casillas, doce piezas y doce peones. Nuevos monstruos: el grifo, la jirafa, el unicornio, el león y la tarasca. Para el grifo, la diagonal y la infinitud de la línea recta. La tarasca, alfil con un alcance más poderoso. La jirafa, más allá del caballo, después de la diagonal, saltaba cuatro casillas. Los unicornios, ente caballo y alfil, sutilísimos. El león, dueño del salto a la pitagórica cuarta casilla. Portando su vara de alcalde, Montaigne tropieza con una criatura monstruosa: un cuerpo se adhiere a otro decapitado, formando una intención truncada de integrar un nuevo cuerpo. De ese susto que viene a buscarlo a un mercado de Lyon, anota, como con afán de ver con sencillez a los monstruos: “es de presumir que esta figura que nos sorprende se relacione y fundamente en alguna otra del mismo género desconocida por el hombre”. Siempre la imaginación con un grave de realidad, la transfiguración que cobra su gravedad al soñar con la figura. En el grifo, sobre el cuadrado, el fragmento energético del león se vuelca sobre los saltos de la diagonal; y la parte del águila, en el sostenuto sobre la línea recta. En la tarasca, la oblicuidad del alfil adquiere el latigazo definidor de la serpiente golpeando en su finalidad. Naturaleza que busca por el análogo de la imagen integrarse en la proliferación indefinida de un tablero imposible.

Una imaginación saludable engendra sus propias causas. No sólo los nuevos monstruos, el grifo, o la tarasca, se deslizan sobre las definiciones del tablero, sino a veces se arremolinan en presagios, rondando con sus violentas escogitaciones, el lago de las casillas habituales. El mariscal Bassompierre juega su partida, descansando de haber corrido un jabato en la última venatoria palaciana con el buen Bearnés, ve que el tablero pestañea manchas de sangre. Se lo dice al monarca, éste se molesta y de un manotazo abate el despliegue de los fortines de su mariscal. Días más tarde le palican un tajo de hondura, que lo lleva al sombrío Erebo. Asignemos otra evocación por el mismo lado de los presagios. La isla del destierro del Corso se muestra acudida de marinos chinos. El vizconde, que lo relata, compra unas coruscantes piezas para su ídolo. Por la noche el emperador cansado, interrumpe sus partidas sin rendiciones. Como para hacer una broma, se burla de los copiosos arabescos de las piezas chinas, manifiesta que le cansa “levantar un elefante que porta una torre”. Días más tarde…

La torre, para algunos deliciosos etimologistas, es la roca donde se aposenta Simbad el Marino. Si se suelta a la torre en la progresión indefinida, tiene que esperar la causalidad que le dicta la imagen, para hacerse de otra naturaleza artificial. Ya en esa dimensión, la torre no es tan sólo la casa defensiva sino la adelantada de las locuras y de las mágicas sobreabundancias. El grifo corría el riesgo de cascar enigmas de salón y la tarasca abullonaba sus caperuzas para la pedrea asombrada de los campesinos. Pero les llegaría su Edad Media y su Romanticismo. Y sobre el tablero, cuando aparecen coros de figuras humanas, tañen, subrayemos que con la mano izquierda, instrumentos musicales. Como si para unirse a este intento de progresión indefinida, las piezas, al fijarse en las casillas, se prolongasen en el claroscuro de los números del ritmo. Escenas hugonianas: un grifo que quiere desarraigar una torre. Cómo no subrayar ese encuentro entre Alfonso X El Sabio y Capablanca a través de la parábola miliunochesca que se reintegra y se restituye, en su decisión por llevar el cuadrado a elipse; la elipse a una progresión en la infinitud. En fin, una infinitud convertida en causalidad de los monstruos de seda y novedad

Entrada, Víctor Rodríguez Núñez

1

Alloxa

No sé por qué camino
pero he llegado aquí
Hasta este raro sitio
sin casas ni paisaje
Este lugar desnudo
de las piedras al alma
donde el mundo germina

Quizás también tú llegas
siguiendo ese camino
En esta vida harta
de aciertos y certezas
sólo el error nos une
La poesía es el reino
de los equivocados

La visita, Guillermo Cabrera Infante

1Andy Prokh

El hombre no estaba ahí y de pronto estaba ahí. Debía haberlo visto cuando entró pero no lo vi. Después de una peritonitis por ruptura de la vesícula, con un catéter a través del pene, una sonda en la herida y dos botellas goteando agua y antibióticos allá arriba y detrás de mí, no estaba preparado para nada que no fuera oír cómo ella contaba un cuento de su niñez allá en el Escambay.

Pero con quince kilos menos todavía era reconocible por mi barba y mi bigote y las gafas de aro de metal que son ya como una tarjeta de visita. Sólo que era yo el que recibía la visita ahora.

El hombre, que había empujado la puerta sin siquiera tocar, se instaló, sin pedir permiso, en la banqueta donde ella descansaba los pies, casualmente junto a la única puerta. Al otro lado de la cama estaba el timbre para llamar a la enfermera de turno pero quedaba fuera de mi alcance ahora. El hombre sonrió una extraña mueca de convidado de piedra. Iba vestido, pude notar, correctamente y por un momento pensé que era otro médico, con un traje sin embargo que no podía llevar ningún médico inglés porque era de una seda (era verano) que brillaba barata, como si quisiera al llevarlo dar la falsa impresión de ser importante. Fue, por supuesto, casi decisivo.

Cuando se sentó ella le preguntó quién era porque también creía que era otro médico: un especialista más de visita. Hubo tantos alrededor de la mesa de operaciones donde había quedado infectado por un estafilococo áureo, una bacteria de quirófano que se comporta como un virus oportunista.

—Who are you?— preguntó ella de nuevo.

—Yo soy un cubano —dijo el visitante inesperado. Enseguida ella y yo supimos que era un cubano, casi un cubanazo por su desenfado y sus ojos maliciosos debajo de las gafas calobares, que se aclaraban ahora a la baja luz del cuarto.

—Pero ¿cómo supo que estábamos aquí?

—Señora, yo lo sé todo.

—¿Cómo supo que estábamos en este hospital?

Era el Cromwell Hospital, donde me habían ingresado del Chelsea-Westminster Hospital para combatir la infección aislándome.

—Ah, fue muy fácil. Fui a los bajos de su casa y le pregunté a la vecina del sótano en qué hospital estaba él (señalando) ahora.

Así había hecho y así le habían dicho después de declararse, enfático, muy buen amigo mío y sabido que había sido trasladado a otro hospital. La mentira crecía creíble todavía:

—Me dijo que él se estaba muriendo.

Miriam Gómez lo encaró de frente.

—No, él no se está muriendo. Se le reventó la vesícula y tuvo después una infección.

El visitante era insistente y sabía inglés.

—Pero en la puerta dice que él está muy mal y que en este cuarto no se puede entrar.

—Solamente tiene un microbio fecal que puede contagiar a otros enfermos.

—Pero las enfermeras vienen siempre con delantal de plástico y guantes. Es lo que dice ahí.

—Yo estoy aquí sin delantal ni guantes —dijo ella decisiva. El visitante cambió de conversación cuando vio su resolución.

—Yo los vi a ustedes en el concierto de Rivera.

Como si hicieran falta más credenciales llamó Rivera a Paquito, como lo conoce todo el mundo, menos sus enemigos de Cuba. Luego, de pronto musical, preguntó:

—¿No fueron ustedes a oír a la Orquesta Aragón?

Sabía por qué quería saber: la Aragón es una orquesta oficial.

—Nosotros no vamos a esas cosas.

—Ya veo.

—¿A qué vino usted aquí?

—Señora, soy un testigo de Jehová y vengo a ayudar a su marido a pasar al otro mundo —y metiendo la mano en un bolso-sobre de cuero dijo: —Tengo aquí un librito para que él vea lo que pasa en el más allá cuando uno deja este mundo.

Casi dijo “este valle de lágrimas”, pero con un ademán siniestro de su mano derecha me extendió un librito rojo. Que ella, rápida, interceptó y puso enseguida fuera de mi alcance en la mesita de noche para decir:

—¿Pero ustedes no fueron los que le llenaron la Plaza a Fidel Castro pidiendo el fin del embargo?

—Nosotros, señora, no hemos ido a ninguna parte —dijo y se puso de pie para irse como había venido el hombre que estuvo ahí y de pronto no estaba. Pero había cometido un error: habló demasiado y demasiado pronto. Ella, tan ágil como se lo permitió la banqueta, abrió la puerta pero no vio a nadie. Ahora apartó la parafernalia médica y fue a la ventana, con tiempo para ver salir a la calle a nuestro visitante y dar palmaditas en la espalda a un acompañante que vestía con el atuendo que hizo popular entre la diplomacia cubana Robertico Robaina cuando era ministro de Relaciones Exteriores. Sólo que éste no era Robaina, a quien en España llamaron el Embajador de la Salsa: la suya era otra misión, pero también era un agente a la moda de los años sesenta.

Ahora ella se movió hacia la puerta y el pasillo, donde se encontró por una casualidad más divina que humana con la enfermera-jefe, que se movía ignorante de todo. Ella le informó que nuestra habitación había sido allanada por un obvio ajeno: an alien, dijo ella. “¡No puede ser!”, dijo la enfermera-jefe. “Ahí no está autorizado a entrar nadie más que nuestras enfermeras cubiertas. ¡Imagínese el peligro que corremos de regar la infección que padece su marido!”

—Nosotros hemos corrido algo peor que un peligro de infección. ¡Ha sido un peligro de exterminio!

Entonces la enfermera-jefe se dirigió rápida al servicio de seguridad del hospital y regresó con uno de los guardas.

Los visitantes nada bienvenidos habían penetrado sin saberlo en un sancta sanctorum árabe: el hospital donde van todos los jeques a morir. Había un servicio de vigilancia por control remoto que alcanzaba a todo el lobby. Allí, frente a la recepción. ¿Quién estaba atrapado por el video? Nada menos que nuestro visitante con su carnal, a quien daba la señal del deber cumplido —pulgar arriba— y el video los delataba. Ella los reconoció enseguida: “¡Son esos dos hombres!

Pero sólo uno vino arriba”. Alguien que vio la película dijo que de haber sido un hitman profesional, al estilo de Bullitt, nos habría acribillado con una pistola con silenciador y habría salido por la puerta más próxima, tan tranquilo. Mi médico de cabecera disintió: “Una almohada en la cara habría sido más eficaz. De haber estado usted solo”. Pero no era la obra de un profesional al estilo de El padrino: era un funcionario del ministerio del miedo: su misión no era matar, sino asustar.

De todas formas, vino un policía regular avisado por la seguridad del hospital y ella le relató todo: la visita inesperada, las amenazas veladas, la impostura, la cara de peligroso del falso testigo de Jehová que había dejado, además del librito rojo, una tarjeta de visita ¡de una peluquería! El policía se fue para volver, autorizado por Scotland Yard, a ordenar que me cambiaran de habitación. Viajé en mi cama con ruedas hasta la habitación 222, justo enfrente del servicio diurno de enfermeras. También me cambiaron de nombre: ahora me llamaría, para el hospital y todos sus servicios, Christian Smith.

Los visitantes no volvieron al hospital, por supuesto. Pero si ustedes creen que mi fallido impostor se había conformado sólo con mi miedo, se equivocan. Dado de alta, al día siguiente de regresar a casa estaba tocando mi timbre y pidiendo que le abrieran la puerta. “Señora”, dijo una voz por el intercomunicador, “somos los cubanos que fuimos a ver a su marido al hospital y le llevamos el librito rojo. ¿Se acuerda? ¿Ya lo ha leído?” “No, yo no lo he leído, pero al hospital no fueron dos, subió uno solo”. “Sí, es verdad. Nada más que subí yo solo. Pero ahora somos dos. ¿Nos puede abrir la puerta?” “¡No!”, dijo ella. “No voy a abrirles la puerta”, dijo y corrió hacia la ventana: frente a la entrada estaban los dos visitantes, mirando para todas partes.

Días después vino un inspector de Scotland Yard, quien tras identificarse —carnet y chapa— preguntó por los detalles de los visitantes: estatura, aspecto y al ser un policía inglés también preguntó por el acento del agente que habló. Pidió, además, ver el librito rojo y tomó nota en una libretica negra antes de irse. No volvimos a ver a ninguno de los visitantes.

Estridencias, Lucy Araújo

1Emmanuel Rouzic

Llega al parque y se acerca a las flores que huelen a mar. A esa hora no pensó que alguien fuera a depositar un ramo al lado de la estatua. Entonces se acercan tres hombres y la obligan a que se detenga. Grita, pero nadie, ni siquiera la pareja, la escucha. Los tres hombres la desnudan y ella pide auxilio. Pasan unos estudiantes y miran hacia un banco del cual vino el grito, aunque no ven a nadie. No ven que los tres hombres acomodan a la muchacha debajo y de nuevo ella grita, un poco más bajo. Ahora son dos ancianas que vienen de la iglesia, una le pregunta a otra si no escuchó un murmullo en aquel banco. Su amiga dice que no y se asombra. Los tres hombres ya están muy excitados y la muchacha solloza, la arrastran a otro cercano y le pegan cuando se resiste. Vienen dos niños con unos patines y se los ponen: «Mira, Orlando, como si fuera sobre la nieve». El otro, un moreno de ojos chispeantes, sonríe: «Lo que más me gusta es cuando me impulso en la esquina». Pasan cerca del banco y el moreno da un traspiés al lado de los tres hombres desnudos. La muchacha, que tiene un hilo de sangre cerca del labio superior, estira la mano e intenta apoderarse de la pierna del niño. Cuando ya casi lo consigue, grita para que él repare en ella, en cambio este se pone de pie y dice: ¡Qué raro, Orlando! Sentí como si alguien me tocara, ¿y no escuchaste un murmullo? Orlando responde que no y lo insta a apurarse. La mujer está desmayada, y el más alto dice con tono asustado: «Creo que la hemos matado», pero otro le pone el oído izquierdo en el pecho y aclara que está viva. Ahora es una guagua con un rótulo y de ella desciende un grupo de estudiantes. Maité le pregunta a Zenia si va a dar la fiesta y se sientan frente al banco donde la mujer se lamenta. Ya los tres hombres huyen después de mirar hacia todos lados. Entonces se da cuenta de que está sucia, y el sabor de la sangre en la boca le da miedo: «¡Ay, Dios, auxilio, ayúdenme!» No encuentra la ropa y se arrastra hasta el banco donde conversan Maité y Zenia. Allí ve el vestido con floripones verdes que se estrenó en su cumpleaños, las dos estudiantes están encima de él, y ella estira la mano; cuando casi va a coger la tela, Zenia y Maité tropiezan con sus dedos. La rubia se asombra: «¡Qué raro! ¿No te pareció que alguien hablaba cerca?» La amiga le contesta: «Sí, y como si hubiera tocado una mano». Justo en ese momento se quedan mirando a la mujer que está sentada cerca de ellas. Es ya mayor, pero se le nota cierta belleza. Cuando pasan por su lado ven cómo permanece extasiada, observando la pareja de recién casados. La novia con el traje largo y blanco, una niña aguanta la cola y el novio le dice al oído que tenga cuidado al bajar. Entonces Maité se fija en que la mujer se pone de pie y acomoda su vestido con floripones verdes, mira por última vez a la pareja que sale del parque y se dirige con lentitud hacia la estatua. Los estudiantes se van también y el bullicio desaparece. Ella queda sola, frente a las flores que de nuevo huelen a mar.

El sueño es vida, Eliseo Díaz.

Balla Demeter

Soñó que el pertinaz dolor en el bajo vientre que ocultó por no importunar a los demás o porque no lo atormentaran, dejaba de acosarlo. Sin resistencia, el dolor desapareció. Soñó que la cocinera Eustolia (oh, la había heredado de su madre,la vieja era maniática) se iba a vivir con una sobrina y que por fin le estaba permitido comer como Dios manda. La casa dejó de apestar a ajo. Soñó el reencuentro con Lavinia, su no olvidada Lavinia, oportunamente libre. El matrimonio se celebró en la intimidad. Soñó que congregaba una vasta antología sobre la inutilidad de la apología literaria.
El elogio de los críticos fue unánime. Soñó el número que saldría premiado en la lotería de Navidad. Le costó encontrarlo, pero su fortuna quedó asegurada. Soñó los ganadores de todas las carreras de la próxima reunión en el hipódromo de Palermo. Pero él odiaba las carreras, un tío suyo se había suicidado, etc. Soñó que despertaba. Pero no despertó. Desde hacía algunos minutos estaba muerto.

La buhardilla, Eliseo Diego

Beata Papierz

Vivía en una buhardilla y era diariamente feliz. La buhardilla tenía una ventana de vidrios gruesos, como el ojo sabio e irónico de un anciano que, a la vuelta de tanto amable zapato viejo, se hubiese aficionado al agridulce zumo de sus años. Sentado a su ventana -“soy, decía, la pupila de la casa”- miraba la extensión rojo-desierta de la azotea y, más abajo, las chimeneas de las otras casas, negras, frágiles, con sus importantes caperuzas, que acostumbraban echar con él una pipa de cuando en cuando. Tranquilos, sosegados, expelían todos a un tiempo el humo gris, y entonces era un gusto ver, arropado al fin en el humo, el aire.

Pero, ¿quién que vive en una buhardilla no es poeta? Había allí cosas, no la mesa, sino el modo de pesar la mesa con sus desvencijadas patas sobre el suelo, rozando al mismo tiempo el barro de la pared y ardiendo con luz propia en infinitas calidades de lumbre según que la encarnase una u otra hora, relaciones, cosas, en fin, que pedían con verdadera urgencia que se les inventase un nombre. ¡Ah, y qué tensa y regocijada quietud hubo el día en que apareció la primera hoja en blanco y el nuevo poeta hundió por primera vez la pluma en el tintero! Un candelabro roto sobre el lavabo pareció que se empinase y no bastaba la brisa a justificar la inquietud del sillón viejo. Hasta la ventana pareció que mirase hacia adentro con extraña esperanza.

Tiernamente le escuchaban los nombres que iba descubriéndoles, procuraban ayudarle, no permitiendo que tropezase con sus esquinas agrias, acallando como podían esos roncos quejidos que a las madrugadas, cuando agoniza la luna, el frío les arranca. Hasta una tarde en que paseaba la azotea y se acercó demasiado al borde, el muro bajo se las compuso para adivinarle el traspiés último y contenerlo a tiempo.

Pero pronto se acostumbraron a oírlo y ya se impacientaban cuando dejaba su trabajo. Cierto mediodía en que quiso salir por fresco a la azotea, se atoró y por poco se ahoga entre el humo que una de las chimeneas le sopló poderosamente en la cara.

Hubo una noche en que la hoja permaneció obstinadamente blanca. Al día siguiente fue igual, y al otro igual. Ya el continuado esfuerzo de antes lo traía flaco y débil, y al tercer día, luego de un desesperado argüir, le dio un mareo y cayó desgarrándose la frente con el filo de la mesa. Durmió mal, golpeadas las sienes de rabiosos crujidos, de pesados frotes entre la sombra. A la madrugada se despertó temblando. Tenía la sensación de que alguien lo miraba. Al centro de los cristales empolvados y ahora negros de la ventana aparecía la amarilla pupila con un helado resplandor fijo.

Como un último recurso habló de sí mismo durante siete días. Pareció que lo escuchaban con interés al principio, luego distraídamente. Al séptimo le interrumpió un ruido fuerte. La ventana se había abierto de un golpe. La casa toda bostezaba.

Resignadamente comprendió que había llegado al fin de sí, dejó la pluma inútil y salió a la azotea. El chirrido funéreo de sus zapatos le advirtió demasiado tarde. Se habían aburrido de él y se despeñaba a la calle.

El crimen, Winston Farrell

Samuel Wale

¿Qué satisfacción hay en el crimen? La conquista, la sed del cazador, la mira del arco Vencer en la caza y a voluntad acertar en Corazón

Por la emoción, jóvenes hombres corren a través de las explanadas En busca de faldas acechan para conquistar el juego ¿Qué satisfacción hay en el crimen?

Hombres curtidos y listos cuyas ganancias proceden de su habilidad Derraman huesos por sombras en búsqueda de gloria Para obtener la caza y a voluntad acertar en Corazón.

Inquietos, los carneros aldeanos discurren por su curso natural, Su búsqueda encarnizada de salvaje fortuna marchita al débil ¿Qué satisfacción hay en el crimen?

Con cautela, los ancianos esperan El alma desea permanecer inalterada Para obtener la caza y a voluntad acertar en Corazón.

Arco florecido, del amor una cabeza de flechas plena El cazador, ahora atrapado en su propia sangre, dócil víctima: ¿Qué satisfacción hay en el crimen? Para obtener la caza y a voluntad acertar en Corazón.

La idiota en primavera, Rita Martin

Dimitri Tsykalov

La primavera ha llegado -dice la idiota del pueblo que todas las noches ahoga entre sus manos a sus propios hijos. Monstruos de mi creación, agrega. He de continuar el desnudo más largo de la historia -dice mientras se alisa el pelo. – Hace falta un verdadero Dios -dijo, preparándose ante el espejo.- Pregúntale a ella -dice al carnicero que pica la carne en trozos precisos. Ella es ahora él y él no existe sino en ella -en tanto se retoca la pintura de los labios- ¿No le ha picado a usted una abeja muerta? Tengo el cuerpo lleno dice y se rasca, – Las ballenas se suicidan en masa. Los hombres también. Unos no llegan a nacer. Otros mueren de su amor o de su odio. Amar es aún más monstruoso que cometer un homicidio. Para amar hay que creer. Maldito el hombre que cree en otro hombre. ¿No le parece? ¿Quién mató a Cristo? ¿No le asestaba el golpe definitivo al César su propio hijo, Bruto? Las entrañas cortan sus propias entrañas. ¿No le parece? Esto es a lo que algunos, aún hoy, no se acostumbran y por lo cual cometen una sarta de estupideces. Mientras mato a mis hijos, el placer es enorme. Muere todo a través de mis manos y, nuevamente, soy Dios. Inefable es sentirse Dios sobre la tierra. Inefable saber que lo eres. Yo era Dios y creé al hombre y a la mujer. Me creé a mí misma y creé el lugar que debía habitar, arrasado para siempre, por la gracia de otro monstruo divino. Era mi hermana, mi amante, mi propia sustancia. Dos carnicero, dos trozos de carne -dice-, pártelos así, en cuatro, en seis, en ocho, en más. Esta noche celebramos con carne asada y papas. La perfecta sobredosis que precipita el fin y nos pone fuera del mundo, para siempre.- Carnicero, más, que sean más despojos a la hora del banquete.

DAMA DRAGÓN, Althea Romeo Mark

Carlos Manuel Saavedra

Es vieja,
un arrugado y flácido
saco de huesos.

Es sabia,
dicen, en las oscuras
artes de las brujas.

Un dragón
que deambula en la noche,
chupando sangre de bebés.

Vino de la aldea cuando era joven,
danzaba con el diablo a la medianoche,
los ancestros que rechazó
vendieron su alma.

Una horquilla que se marchita
sin sustento,
se arrastra por el suelo, al sol o a la lluvia.

Somos ciegos, los corazones son rocas,
los labios escupen palabras injuriosas
al pasar.

Nadie reclama a este ser
que se alimenta de raíces,
sembrado junto a la carretera.

Ningún hijo
ninguna hija
ninguna hermana.