Reglas del juego para los hombres que quieren amar a mujeres, Gioconda Belli

 

I

El hombre que me ame
deberá saber descorrer las cortinas de la piel,
encontrar la profundidad de mis ojos
y conocer la que anida en mí,
la golondrina
transparente de la ternura.

II

El hombre que me ame
no querrá poseerme como una mercancía,
ni exhibirme como un trofeo de caza,
sabrá estar a mi lado
con el mismo amor
con que yo estaré al lado suyo.

III

El amor del hombre que me ame
será fuerte como los árboles de ceibo,
protector y seguro como ellos,
limpio como una mañana de diciembre.

IV

El hombre que me ame
no dudará de mi sonrisa
ni temerá la abundancia de mi pelo
respetará la tristeza, el silencio
y con caricias tocará mi vientre como guitarra
para que brote música y alegría
desde el fondo de mi cuerpo.

V

El hombre que me ame
podrá encontrar en mí
la hamaca para descansar
el pesado fardo de sus preocupaciones
la amiga con quien compartir sus íntimos secretos,
el lago donde flotar
sin miedo de que el ancla del compromiso
le impida volar cuando se le ocurra ser pájaro.

VI

El hombre que me ame
hará poesía con su vida,
construyendo cada día
con la mirada puesta en el futuro.

VII

Por sobre todas las cosas,
el hombre que me ame
deberá amar al pueblo
no como una abstracta palabra
sacada de la manga,
sino como algo real, concreto,
ante quien rendir homenaje con acciones
y dar la vida si necesario.

VIII

El hombre que me ame
reconocerá mi rostro en la trinchera
rodilla en tierra me amará
mientras los dos disparamos juntos
contra el enemigo.

IX

El amor de mi hombre
no conocerá el miedo a la entrega,
ni temerá descubrirse ante la magia del
enamoramiento
en una plaza pública llena de multitudes
Podrá gritar —te quiero—
o hacer rótulos en lo alto de los edificios
proclamando su derecho a sentir
el más hermoso y humano de los sentimientos.

X

El amor de mi hombre
no le huirá a las cocinas
ni a los pañales del hijo,
será como un viento fresco
llevándose entre nubes de sueño y de pasado
las debilidades que, por siglos, nos mantuvieron
separados
como seres de distinta estatura

XI

El amor de mi hombre
no querrá rotularme o etiquetarme,
me dará aire, espacio,
alimento para crecer y ser mejor,
como una Revolución
que hace de cada día
el comienzo de una nueva victoria.

Las muertas de mi país, Lety Elvir

De un tiempo para acá

las muertas en mi país

están por todos lados

en los basureros, en las cunetas

en los hospitales, en los presidios

en el aire, en los sueños

en las montañas, en los arrabales

flotan en los ríos, en los mares

como peces envenenados

o ballenas suicidas.

Son como piedras

se tropieza con ellas

estorban el paso

interrumpen el tráfico

estropean los planes, horarios.

Están en el café, el agua, la comida

en los periódicos de lunes a sábado y los dominicales

se conversa con ellas, se habla de ellas

de velorio en velorio

de entierro en entierro

de lágrima en lágrima

caen por docenas como moscas en cachaza

sin contar con las que no aparecen

ni en morgues o reportes policiales.

Las muertas en mi país

a veces no salen, se cansan

juegan a las escondidas

en bolsas de plástico, cajas de cartón

o están en trocitos regados por ahí.

Y se les llora tanto y se les extraña tanto.

Las muertas en mi país

no mueren de viejas

sino de impunidad y violencia

de balas de plomo y más plomo

bum bum bum de día y de noche

casquillos regados igual que las muertas.

Retuerzo las manos, el mapa, cintas amarillas

Chorrea la sangre, llueve sangre en mi país.

Las muertas son tantas

no cabe su ausencia, no cabe su olor

las muertas son tantas

no cabe el miedo, no cabe el dolor.

Habrá llegado la hora, Francisco Morales Santos

Cuando en mi devastado país

la primavera

decida que ya es tiempo

de florecer de nuevo,

tendrá el abono

de la osamenta humana

que dispersó en todos lados

la danza de la muerte.

Entonces,

toda la cruda historia:

la sitiada,

la oral,

la clandestina

se erigirá sobre el mapa.

Habrá llegado la hora

de aproximar a la tierra

el corazón y el oído

para escuchar las voces

que hemos estado evocando

contra cualquier ley de olvido

 

El androide asesino, Arquímedes González

Yo soy Robocop. Hace poco me detuvieron nueve agentes de la policía en el Callejón de la Muerte en un mercado de Managua y ahora me acusan de cortarle la cabeza a un hombre, violar a tres muchachas y cortarlas en tuquitos y machetear a una pareja de ancianos. Y es cierto. Todo es cierto. Hace pocas semanas llegué a esto que ustedes llaman el presente. Mi primera experiencia fue cortar la cabeza de ese elemento. ¡Yo no sabía que era tan difícil cortarle la cabeza a alguien! Luego mejoré mis habilidades, aunque no sé por qué mi escudo de seguridad falló y me capturaron, no sin antes partirle el brazo derecho a uno de esos agentes y dejar tuerto a otro… Mirá: Todo androide como yo, es un militar que ha sido preparado en las artes marciales, en el manejo de cuchillo, en armas, en métodos de infiltración y conducción de diferentes tipos de transporte. Para mí las sensaciones, deseos y afectos son irrelevantes, aunque tengo la capacidad de aprender de la interacción con los humanos, de mi entorno y de mis errores. Sin embargo, nada ni nadie puede cambiar ni distraer el objetivo primario de mi misión que es: Matar.

Esta envoltura de masa moscular, terminaciones nerviosas, huesos y epidermis cultivada, es capaz de sobrevivir al ataque de armas de fuego de medio y bajo calibre y puede recuperarse rápidamente al impacto físico de golpes y ataques con objetos sólidos o cortantes. Esto es un disfraz para que ustedes me acepten en su presente, pero yo podría tomar otras maneras de presentarme según las necesidades. Dentro de mí, en lo profundo de mis pupilas, hay un perfecto mecanismo especializado en matar. Por eso es que yo no voy a envejecer ni voy a morirme y si me matan, no me matarán por completo porque volveré, siempre voy a volver…

A mí me creó un sistema del futuro que todavía no puedo alcanzar a ver, porque no he completado ni la mitad de la misión que me envió a hacer. Mi misión primaria y primordial, es matar. No sé a quiénes ni por qué, porque eso está definido dentro de mi programa. Yo no decido de antemano matar a una mujer, a aun niño o a un hombre, o a un viejo, es el sistema que tengo programado dentro de mi cabeza el que en el momento en que yo me encuentro con ese ser, se activa y me ordena eliminarlo.

Hasta ahora yo he descubierto que puedo imitar la voz de personas con las que he tenido algún contacto físico y también puedo hablar a la perfección trece idiomas: Español, inglés, francés, alemán, chino, japonés, ruso, árabe, sueco, portugués, italiano, arameo y griego. Hablo en código, hablo el idioma de los muertos, hablo con las paredes, hablo con los animales y así me comunico en este y otros países con los otros miembros de la Sombra Negra, la organización que yo encabezo y que tiene presencia en muchos otros lugares porque esta operación es de alcance global, un trabajo considerado por ustedes en este presente absurdo, como el de un vil y solitario asesino en serie, como un loco violador o un desalmado, pero es una profesión en la que los miembros de la Sombra Negra estamos involucrados y enfocados en cumplir la misión que nos fue encomendada.

Luego que salga de esta celda, continuaré con mi misión porque eso fue lo que me encomendó el sistema que me envió a su presente y para eso fui ensamblado y programado. Y si en este presente me exterminan, no importa, porque el sistema que me envió desde el futuro, volverá a ensamblarme, volverá a programarme y volverá a enviarme, porque yo soy Robocop, el indestructible, el líder de la Sombra Negra.

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Sopa de letras, Ernesto Endara

9788408119593Rogelio Miró, bisnieto de marcos y poetas, cocinó en una olla llena de leche de palma y zumo de cañafístula tres libros (una vieja Gramática de Bruño; la Breve historia del tiempo, de Stephen Hawking; y una colección de caricaturas de Wilfi Jiménez). Mientras hervía el extraño menjurje de arte, ciencia y humor, revolvió con destreza de manera que no se pegaran las hojas en el fondo. Cuando estuvo a su gusto, apagó el fuego y dejó que se enfriara el guachito de papel. Sirvió en una taza media porción del licuado de letras y, con los ojos cerrados, la pasó varias veces ante sus narices para sentir el aroma (se le antojó que así debía oler el aliento de un mandril lactante). Luego, murmurando frases mágicas, llevó la taza a los labios y bebió de un sorbo su contenido.

Era un hechizo largo tiempo planeado.

Apenas tragó la poción, todo el oro de Fort Knox, amorosamente coleccionado por los norteamericanos durante cientos de años, en un acto de desafío a la gravedad y la distancia, pasó a la República de Panamá. Como no había ordenado dónde depositarlo (las bóvedas del Banco Nacional eran muy pequeñas), el oro se estibó por su cuenta en una de las esclusas del canal, llenando tres cuartas partes del mismo.

Espantado por el augurio que siguió al prodigio (Colombia reiniciaría su demanda del territorio panameño y Estados Unidos prepararía una especializada invasión porque se obstruía la vía acuática), Rogelio Miró disolvió el hechizo al provocarse un vómito que le salió de la boca en forma de página. La desenrolló y pudo leer esta historia.

El secreto, Aída Judith González Castrellón

Shomei TomatsuLa música de aquel recuerdo le venía en ráfagas paroxísticas y el cuerpo se iba moviendo en contorsiones espasmódicas que el doctor dictaminó “tónico-clónicas”, pero no pudo explicar el por qué sólo en las noches mientras dormía. “Debe tener que ver con el ritmo circadiano”.

A los demás les parecía muy normal durante el día, excepto por el transpirar copioso y el rubor constante en sus mejillas, antes tan pálidas, como si su cuerpo no se hubiera enterado de que ya había regresado.

Pienso que debí acompañarla a ese crucero al Caribe como me lo pidió. Desde que llegó está tan extraña… ¿Qué es lo que tiene, doctor?

Tal vez haya contraído algún virus tropical.

Y mientras caía la noche empezaba a subirle la temperatura, las mejillas se encendían y se llenaba la habitación de una suave y cadenciosa música, recuerdo de aquella ardiente playa y aquellas tibias manos clavadas en su carne sazonada por el mar. Todavía tenía fijos esos ojosnmegros en los suyos y el ardor de la cálida ventosa de sus labios en su cuello.

Aquella constante sensación de vacío interno, eco de las muchas noches sin culminación, se esfumaron aquella noche voluptuosa de una sola bocanada. Parecía que había vivido sólo para esperar ese gran evento. Sabía que no lo volvería a ver, pero poco le importaba porque había descubierto el secreto de la perpetuidad del éxtasis.

Ahora vivía sólo para eso, esperar para adentrarse en la profunda dimensión del sueño y sentir el trepidar de ese cuerpo fornido y cobrizo que se alternaba con el suyo en complicidad con la efervescencia del mar.

¡Le empezaron los movimientos de nuevo! Llamen al doctor.

Ángela, Consuelo Tomás F.

Basia Stankiewicz FotografiaEran los tiempos de la bienaventuranza. Todo andaba bien pero a las cinco y media de la tarde Ángela se ponía triste como una mata sin agua. Pasaba el camión cargado de vacas apretujadas, ignorantes de su destino de tasajo y bofes; destino triste del que sólo ella, Ángela, era testigo a las cinco y media de su tristeza diaria. Todo el bullicio de su edad se oscurecía y adoptaba un tono de madurez impropia de sus años. El camión pasaba allí debajo de su balcón de madera y ella entablaba una secreta solidaridad con las condenadas a muerte.

Pasaron los años destiñendo un poco el color de todas las cosas y trayendo otras nuevas. Ángela había crecido y ya no era más la niña de entonces. Pero el camión seguía pasando a las cinco y media hacia el matadero y Ángela había transmutado su tristeza infantil, su piedad ingenua, sus lagrimitas sucias de niñita flaca y pobre, por una inmensa rabia, por un callado odio que ella no ocultaba a las cinco y media cuando el camión pasaba, ya no cargado de vacas, sino de hombres.

El nacimiento de la col, Rubén Dario

adam-and-eve-in-the-garden-of-edenEn el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las flores fueron creadas, y antes de que Eva fuese tentada por la serpiente, el maligno espíritu se acercó a la más linda rosa nueva en el momento en que ella tendía, a la caricia del celesta sol, la roja virginidad de sus labios.

-Eres bella.

-Lo soy -dijo la rosa.

-Bella y feliz – prosiguió el diablo-. Tienes el color, la gracia y el aroma. Pero…

-¿Pero?…

-No eres útil. ¿No miras esos altos árboles llenos de bellotas? Ésos, a más de ser frondosos, dan alimento a muchedumbres de seres animados que se detienen bajo sus ramas. Rosa, ser bella es poco…

La rosa entonces –tentada como después lo sería la mujer- deseó la utilidad, de tal modo que hubo palidez en su púrpura.

Pasó el buen Dios después del alba siguiente.

-Padre –dijo aquella princesa floral, temblando en su perfumada belleza-, ¿queréis hacerme útil?

-Sea, hija mía –contestó el Señor, sonriendo.

Y entonces vio el mundo la primera col.

Infalibilidad, Raúl Leis

Frida Kahlo a 18 anni nel 1926. Foto di Guillemero KahloCuando el diablo guardián abrió por primera vez —en más de tres siglos— el portón de la celda de Galileo Galilei en la calcinante prisión del infierno, farfulló el contenido del cable internacional al anciano que inundaba con sus barbas cenicientas el reducido calabozo y que tenía rayadas las paredes con las marcas de todos los años que había permanecido allí.

El viejo astrónomo, médico y matemático, que había sido juzgado por la Santa Inquisición y obligado a abjurar de que el sol era el centro del sistema solar, no dijo nada sino que recogió uno a uno sus bártulos y salió de la celda arrastrando los pies.

Sin hablar, sólo con gestos, se negó a entrevistarse con el mismísimo Satanás, que deseaba presentarle sus excusas aduciendo que sólo había obedecido órdenes superiores. Galileo tampoco quiso aceptar que el guardián le llevase sus cosas que estaban embaladas en un morral de cuero de cabra. Además, se mostró reticente a subir al carruaje que lo conduciría a su nueva morada en el cielo, donde se efectuaría un apoteósico homenaje de desagravio.

En cambio, pidió con mímica ir al servicio de caballeros a aliviar necesidades contenidas ancestralmente. Allí, mientras hacía correr el agua del inodoro para despistar al guardián, terminó de armar los cohetes que había construido en esos largos siglos con polvos de carbón, azufre y otras sustancias raspadas con cucharas en las paredes de las celdas. Acomodó los proyectiles en sus espaldas flácidas. Aseguró bajo el brazo las fórmulas de los descubrimientos científicos acumulados en su largo cautiverio. Listo, encendió los cohetes con el cigarro que le había obsequiado el diablo guardián. Salió disparado del infierno ante el asombro de demonios y prisioneros. Cruzó la corteza terrestre —el infierno queda en el centro de la tierra— y ascendió por la chimenea del volcán Etna, rumbo al espacio sideral seguido por la inmensa estela de su barba.

Ese día, tres observadores en puntos distantes del planeta anunciaron que un cometa se dirigía hacia el sol —estrella que, hasta los niños saben, es el centro del sistema solar— y semanas más tarde, apareció una nueva mancha en el astro rey. Ese lugar es el único en donde Galileo Galilei se siente seguro, pues nunca se sabe cuándo pueda el Papa volver a cambiar de opinión.

No me arrepiento de nada, Gioconda Belli

eduard krimmerDesde la mujer que soy, a veces me da por contemplar aquellas que pude haber sido; las mujeres primorosas, hacendosas, buenas esposas, dechado de virtudes, que deseara mi madre.

No sé por qué la vida entera he pasado rebelándome contra ellas.

Odio sus amenazas en mi cuerpo.

La culpa que sus vidas impecables, por extraño maleficio,me inspiran.

Reniego de sus buenos oficios; de los llantos a escondidas del esposo, del pudor de su desnudez bajo la planchada y almidonada ropa interior.

Estas mujeres, sin embargo, me miran desde el interior de los espejos, levantan su dedo acusador y, a veces, cedo a sus miradas de reproche y quiero

ganarme la aceptación universal, ser la “niña buena”, la “mujer decente” la Gioconda irreprochable.

Sacarme diez en conducta con el partido, el estado, las amistades, mi familia, mis hijos y todos los demás seres que abundantes pueblan este mundo

nuestro.

En esta contradicción inevitable entre lo que debió haber sido y lo que es, he librado numerosas batallas mortales, batallas a mordiscos de ellas contra mí

-ellas habitando en mí queriendo ser yo misma- transgrediendo maternos mandamientos, desgarro adolorida y a trompicones a las mujeres internas que, desde la infancia, me retuercen los ojos porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños, porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable, que se enamora como alma en pena de causas justas, hombres hermosos, y palabras juguetonas.

Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada, e hice el amor sobre escritorios-en horas de oficina-y rompí lazos inviolables y me atreví a gozar el cuerpo sano y sinuoso con que los genes de todos mis ancestros me dotaron.

No culpo a nadie.

Más bien les agradezco los dones.

No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.

Pero en los pozos oscuros en que me hundo, cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,siento las lágrimas pujando; veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo, blandiendo condenas contra mi felicidad.

Impertérritas niñas buenas me circundan y danzan sus canciones infantiles contra mí contra esta mujer hecha y derecha, plena.

Esta mujer de pechos en pecho y caderas anchas que, por mi madre y contra ella, me gusta ser.

 

Sin luz artificial, María del Carmen Pérez Cuadra

2. Serge MarshennikoDesde el fregadero se puede ver hacia la calle sin ser visto. El vidrio de la ventana es de doble acción, él siempre creyó que las revistas Vanidades dan buenas ideas. Los heliotropos se han marchitado y la niña de las flores hace ya casi una semana que no aparece. Muriel es un hombre maduro pero tiene la piel suave y firme, como las nalgas de un adolescente. Se ha rasurado el pecho para verse más provocativo, y se pasea a caballo con la mitad del cuerpo desnudo, sus cabellos teñidos de rubio parecen naturales sobre su piel cobriza. Lo veo desde aquí, desde mi muralla de platos sucios. Conquistar nuevas mujeres, confiando quizá en que nadie puede verlo. No sabe, nunca ha entrado a mi cocina. Muriel vive frente a mi casa. A veces sus amantes se acicalan, como parte del rito furtivo, frente al espejo de mi ventana. Mido sus pechos con respecto a los míos, imagino si caben perfectamente en las manos tibias de Muriel. Observo detenidamente la curvatura de los cuellos sintiendo a veces el temblor tibio de sus besos… él es como un dios perverso que las ama y las desecha como estopas de naranja.

Desde el mueble de los platos de porcelana, que me opaca con su brillo veteado de madera preciosa, casi a escondidas y sin proponérmelo, escucho a mi esposo hablando con Muriel, que está orgulloso de mí que soy una mujer perfecta. Muriel se queja de mi silencio permanente. Mi esposo señala que es parte de mi perfección, «la sabiduría del silencio» dice. Porque Muriel no sabe qué es el silencio, cada conquista es relatada en su círculo de amigos con cada detalle de peso y talla. Aunque yo no los escucho, puedo leer sus labios desde mi cocina. El árbol que está entre su casa y la mía, casi en medio de la calle, es testigo del deseo de exhibir que tiene Muriel. Yo, en cambio, prefiero el silencio, mi privacidad.

La niña de las flores volvió con su sonrisa de hojalata a contarme que está yendo a la escuela por la tarde. Esa es la razón de su tardanza, me muestra un poema que ha escrito:

Rosa sangre de Cristo, llevo en las venas

Borrar las penas con azucenas,

el olvido con menta, aunque duela

para seguir, el camino en la suela

que señala el corazón y no la abuela

Me pregunta si me ha gustado. Ya es casi una mujer, es una buena idea expresar los pensamientos, ojalá que estudie y se supere. Mi esposo dice que las mujeres no pensamos, que solo flotamos para chocar con el filo de las ideas, que nuestra inteligencia la expresamos con las manos cuando cocinamos, bordamos o sabemos dar consuelo con el tacto. Que las mujeres estamos hechas de amor y llanto, las buenas, y de envidia y llanto, las malas. «Y qué saben Uds. las mujeres sino de filosofías de cocina». Le doy a la niña el consejo que siempre me da mi esposo:

Leé libros de poesía, si creés que es lo que te gusta.

Los días pasan sin que ninguno se entere de que no soy ni buena ni mala, ni dulce ni salada, sólo soy yo, el compás de mi corazón, el brillo de mi piel, el color del cabello que va desapareciendo. Si sabe cómo, si toma conciencia de qué camino seguir, la niña de las flores llegará lejos. Le dará una lección a su propia madre.

Calor en madrugada lunar. La sed ha conseguido que me levante, el insomnio por sed no es aconsejable para nadie. Desnuda porque hoy cumplí con el débito marital, nadie que me vea, nadie que se entere de que existo en esta casa de nuevo rico en barrio de pobres. Mis cactus y mis violetas también necesitan agua. La luz de luna que entra por la ventana es abundante por eso no necesito luces artificiales. Quizás éste es el momento de libertad más importante de mi vida.

Frente a mis ojos está Muriel recostado junto al árbol de mangos, como siempre, ni se imagina que lo veo, esta vez apretándole las nalgas escuálidas a la niña de las flores. Los pechitos de botón de rosa y su escapulario no parecen indefensos en manos suyas, parecen perversos, jóvenes y envidiables. Las caricias grotescas, casi de animal, de Muriel le han arrebatado la falda, exhiben una curva suave de la cadera virgen, la apertura del trasero, el sexo tibio y palpitante. La migraña nocturna me azota las sienes. Mi vaso con agua cae al piso haciéndose añicos. La pareja se pone alerta al escuchar el ruido. Trato de recoger los vidrios rotos y sólo consigo ver mi sangre brotando de las heridas. Quiero llorar y no puedo. Ordeno, limpio, recojo, como siempre hago con todo. Me incorporo para ver lo que sucede afuera, es el padre de la niña. Los tres discuten casi en silencio pero con mucha tensión. El papá de ella andaba por allí de madrugada muy borracho, intenta pelear con Muriel, pero éste lo noquea casi sin esforzarse. El padre se va, una nube parece cerrar el espectáculo que veo desde el vidrio de mi ventana. Yo lo escogí así, mi esposo no lo ve como el espejo de Law and order porque no le gusta ver televisión. Yo me siento jueza, porque desde aquí puedo dictar el veredicto que jamás nadie escuchará. Entonces pruebo la sal de mi sangre y las puntas erectas de mis senos. Lo veo. Viene caminando despacio y seguro, ellos debían haberlo visto, la nube se fue, pero están demasiado entregados el uno al otro como para darse cuenta. Entonces el novio de la niña la arrastra y la separa de Muriel con fuerzas, sujetándola del pelo negro lacio ahora vuelto una maraña.

La niña trata de interceder pero es catapultada por su novio. El novio saca una pistola de su chaqueta y apunta hacia Muriel. ¿Pero qué podía yo hacer? ¿Hablarle a mi esposo? ¿Salir a la calle gritando como que Muriel me importara un poco? ¿Dejar que Muriel recibiera por fin su castigo? Mi reflexión es muy larga, el joven le ha disparado en el pecho a la niña de las flores. Madrugada de noviembre. ¿Quién diría Muriel, que morirías a causa de tus andanzas con un disparo en la frente y otro en el sexo?

Mi esposo llega a pedirme algo, me dice que vayamos a acostarnos, que hace frío. Le pregunto que si escuchó los disparos, me dice que no, que él se estaba duchando. «Imaginaciones tuyas» Se va a acostar nuevamente.

Bajo la oscuridad crepuscular entra una vecina por la puerta del patio que siempre dejo abierta. Enciende las luces. Que llame a la policía, hay un muerto en la calle.

Yo le contesto:

Son dos, —llame usted porque yo estoy desnuda.

La verdad es que tengo las manos manchadas de sangre.

Thanatopia, Ruben Darío

1 (21)Mi padre fue el célebre doctor John Leen, miembro de la Real Sociedad de Investigaciones Psíquicas, de Londres, y muy conocido en el mundo científico por sus estudios sobre el hipnotismo y su célebre Memoria sobre el Old. Ha muerto no hace mucho tiempo. Dios lo tenga en gloria. (James Leen vació en su estómago gran parte de su cerveza y continuó): -Os habéis reído de mí y de lo que llamáis mis preocupaciones y ridiculeces. Os perdono porque, francamente, no sospecháis ninguna de las cosas que no comprende nuestra filosofía en el cielo y en la tierra, como dice nuestro maravilloso William. No sabéis que he sufrido mucho, que sufro mucho, aun las más amargas torturas, a causa de vuestras risas… Sí, os repito: no puedo dormir sin luz, no puedo soportar la soledad de una casa abandonada; tiemblo al ruido misterioso que en horas crepusculares brota de los boscajes en un camino; no me agrada ver revolar un mochuelo o un murciélago; no visito, en ninguna ciudad adonde llego, los cementerios; me martirizan las conversaciones sobre asuntos macabros, y cuando las tengo, mis ojos aguardan para cerrarse, al amor del sueño, que la luz aparezca. Tengo el horror de la que ¡oh Dios! tendré que nombrar: de la muerte. Jamás me harían permanecer en una casa donde hubiese un cadáver, así fuese el de mi más amado amigo. Mirad: esa palabra es la más fatídica de las que existen en cualquier idioma: cadáver… Os habéis reído, os reís de mí: sea. Pero permitidme que os diga la verdad de mi secreto. Yo he llegado a la República Argentina, prófugo, después de haber estado cinco años preso, secuestrado miserablemente por el doctor Leen, mi padre, el cual, si era un gran sabio, sospecho que era un gran bandido. Por orden suya fui llevado a la casa de salud; por orden suya, pues, temía quizás que algún día me revelase lo que él pretendía tener oculto… Lo que vais a saber, porque ya me es imposible resistir el silencio por más tiempo. Os advierto que no estoy borracho. No he sido loco. Él ordenó mi secuestro, porque… Poned atención. (Delgado, rubio, nervioso, agitado por un frecuente estremecimiento, levantaba su busto James Leen, en la mesa de la cervecería en que, rodeado de amigos, nos decía esos conceptos. ¿Quién no le conoce en Buenos Aires? No es un excéntrico en su vida cotidiana. De cuando en cuando suele tener esos raros arranques. Como profesor, es uno de los más estimables en uno de nuestros principales colegios, y, como hombre de mundo, aunque un tanto silencioso, es uno de los mejores elementos jóvenes de los famosos cinderellas dance. Así prosiguió esa noche su extraña narración, que no nos atrevimos a calificar de fumisterie, dado el carácter de nuestro amigo. Dejamos al lector la apreciación de los hechos.) -Desde muy joven perdí a mi madre, y fui enviado por orden paternal a un colegio de Oxford. Mi padre, que nunca se manifestó cariñoso para conmigo, me iba a visitar de Londres una vez al año al establecimiento de educación en donde yo crecía, solitario en mi espíritu, sin afectos, sin halagos. Allí aprendí a ser triste. Físicamente era el retrato de mi madre, según me han dicho, y supongo que por esto el doctor procuraba mirarme lo menos que podía. No os diré más sobre esto. Son ideas que me vienen. Excusad la manera de mi narración. Cuando he tocado ese tópico me he sentido conmovido por una reconocida fuerza. Procurad comprenderme. Digo, pues, que vivía yo solitario en mi espíritu, aprendiendo tristeza en aquel colegio de muros negros, que veo aún en mi imaginación en noches de luna… ¡Oh cómo aprendí entonces a ser triste! Veo aún, por una ventana de mi cuarto, bañados de una pálida y maleficiosa luz lunar, los álamos, los cipreses… ¿por qué había cipreses en el colegio?…. y a lo largo del parque, viejos Términos carcomidos, leprosos de tiempo, en donde solían posar las lechuzas que criaba el abominable septuagenario y encorvado rector… ¿para qué criaba lechuzas el rector ?… Y oigo, en lo más silencioso de la noche, el vuelo de los animales nocturnos y los crujidos de las mesas y una media noche, os lo juro, una voz: «James». ¡Oh voz! Al cumplir los veinte años se me anunció un día la visita de mi padre. Alegréme, a pesar de que instintivamente sentía repulsión por él: alegréme, porque necesitaba en aquellos momentos desahogarme con alguien, aunque fuese con él. Llegó más amable que otras veces, y aunque no me miraba frente a frente, su voz sonaba grave, con cierta amabilidad para conmigo. Yo le manifesté que deseaba, por fin, volver a Londres, que había concluido mis estudios; que si permanecía más tiempo en aquella casa, me moriría de tristeza… Su voz resonó grave, con cierta amabilidad para conmigo: -He pensado, cabalmente, James, llevarte hoy mismo. El rector me ha comunicado que no estás bien de salud, que padeces de insomnios, que comes poco. El exceso de estudios es malo, como todos los excesos. Además -quería decirte-, tengo otro motivo para llevarte a Londres. Mi edad necesitaba un apoyo y lo he buscado. Tienes una madrastra, a quien he de presentarte y que desea ardientemente conocerte. Hoy mismo vendrás, pues, conmigo. ¡Una madrastra! Y de pronto se me vino a la memoria mi dulce y blanca y rubia madrecita, que de niño me amó tanto, me mimó tanto, abandonada casi por mi padre, que se pasaba noches y días en su horrible laboratorio, mientras aquella pobre y delicada flor se consumía… ¡Una madrastra! Iría yo, pues, a soportar la tiranía de la nueva esposa del doctor Leen, quizá una espantable bluestocking, o una cruel sabihonda, o una bruja… Perdonad las palabras. A veces no sé ciertamente lo que digo? o quizá lo sé demasiado… No contesté una sola palabra a mi padre, y, conforme con su disposición tomamos el tren que nos condujo a nuestra mansión de Londres. Desde que llegamos, desde que penetré por la gran puerta antigua, a la que seguía una escalera oscura que daba al piso principal, me sorprendí desagradablemente: no había en casa uno solo de los antiguos sirvientes. Cuatro o cinco viejos enclenques, con grandes libreas flojas y negras, se inclinaban a nuestro paso, con genuflexiones tardas, mudos. Penetramos al gran salón. Todo estaba cambiado: los muebles de antes estaban substituidos por otros de un gusto seco y frío. Tan solamente quedaba en el fondo del salón un gran retrato de mi madre, obra de Dante Gabriel Rossetti, cubierto de un largo velo de crespón. Mi padre me condujo a mis habitaciones, que no quedaban lejos de su laboratorio. Me dio las buenas tardes. Por una inexplicable cortesía, preguntéle por mi madrastra. Me contestó despaciosamente, recalcando las sílabas con una voz entre cariñosa y temerosa que entonces yo no comprendía: -La verás luego… Que la has de ver es seguro… James, mi hijito James, adiós. Te digo que la verás luego… Ángeles del Señor, ¿por qué no me llevasteis con vosotros? Y tú, madre, madrecita mía? my sweet Lily, ¿por qué no me llevaste contigo en aquellos instantes? Hubiera preferido ser tragado por un abismo o pulverizado por una roca, o reducido a ceniza por la llama de un relámpago… Fue esa misma noche, sí. Con una extraña fatiga de cuerpo y de espíritu, me había echado en el lecho, vestido con el mismo traje de viaje. Como en un ensueño, recuerdo haber oído acercarse a mi cuarto a uno de los viejos de la servidumbre, mascullando no sé qué palabras y mirándome vagamente con un par de ojillos estrábicos que me hacían el efecto de un mal sueño. Luego vi que prendió un candelabro con tres velas de cera. Cuando desperté a eso de las nueve, las velas ardían en la habitación. Lavéme. Mudéme. Luego sentí pasos, apareció mi padre. Por primera vez, ¡por primera vez!, vi sus ojos clavados en los míos. Unos indescriptibles ojos, os lo aseguro; unos ojos como no habéis visto jamás, ni veréis jamás: unos ojos con una retina casi roja, como ojos de conejo; unos ojos que os harían temblar por la manera especial con que miraban. -Vamos hijo mío, te espera tu madrastra. Está allá, en el salón. Vamos. Allá, en un sillón de alto respaldo, como una silla de coro, estaba sentada una mujer. Ella… Y mi padre: -¡Acércate, mi pequeño James, acércate! Me acerqué maquinalmente. La mujer me tendía la mano… Oí entonces, como si viniese del gran retrato, del gran retrato envuelto en crespón, aquella voz del colegio de Oxford, pero muy triste, mucho más triste: «¡James!» Tendí la mano. El contacto de aquella mano me heló, me horrorizó. Sentí hielo en mis huesos. Aquella mano rígida, fría, fría… Y la mujer no me miraba. Balbuceé un saludo, un cumplimiento. Y mi padre: -Esposa mía, aquí tienes a tu hijastro, a nuestro muy amado James. Mírale, aquí le tienes; ya es tu hijo también. Y mi madrastra me miró. Mis mandíbulas se afianzaron una contra otra. Me poseyó el espanto: aquellos ojos no tenían brillo alguno. Una idea comenzó, enloquecedora, horrible, horrible, a aparecer clara en mi cerebro. De pronto, un olor, olor… ese olor, ¡madre mía! ¡Dios mío! Ese olor… no os lo quiero decir… porque ya lo sabéis, y os protesto: lo discuto aún ; me eriza los cabellos. Y luego brotó de aquellos labios blancos, de aquella mujer pálida, pálida, pálida, una voz, una voz como si saliese de un cántaro gemebundo o de un subterráneo: -James, nuestro querido James, hijito mío, acércate; quiero darte un beso en la frente, otro beso en los ojos, otro beso en la boca… No pude más. Grité: -¡Madre, socorro! ¡Ángeles de Dios, socorro! ¡Potestades celestes, todas, socorro! ¡Quiero partir de aquí pronto, pronto; que me saquen de aquí! Oí la voz de mi padre: -¡Cálmate, James! ¡Cálmate, hijo mío! Silencio, hijo mío. -No -grité más alto, ya en lucha con los viejos de la servidumbre- . Yo saldré de aquí y diré a todo el mundo que el doctor Leen es un cruel asesino; que su mujer es un vampiro; ¡que está casado mi padre con una muerta!

La condena, Álvaro Menén Desleal

(2)REINO UNIDO-LONDRES-MEDIO AMBIENTE-FAUNAEn los primeros días del dominio de Rumanía por los nazifascistas, fue desatada una persecución sangrienta en contra de los judíos. No satisfechos, los alemanes comenzaron a perseguir también a los simpatizantes de los israelitas.

Un día, mi amigo Eugen Bucur, músico de profesión, supo que sería encarcelado y quizá muerto. No podía poner tierra de por medio y, ante el acoso de los agentes de la SS, buscó la protección de una entidad clandestina. Un miembro de la resistencia se puso a sus órdenes, y un día éste fue a buscarlo a la alacena del tenducho en que se refugiaba, para decirle:

—Vamos.

—¿Adónde? —preguntó Bucur.

—Al zoológico.

—¿Al zoológico…?

—No hagas preguntas y sígueme.

En el camino le explicó que esa tarde iba a ser capturado y muerto por los nazis. Ya en el parque zoológico, después de cambiar algunas palabras con uno de los vigilantes, el perseguido se vistió con la piel de un gorila que había muerto la noche anterior.

—Entra en la jaula —le ordenaron.

—Pero…

—No hay pero que valga. ¿O quieres que te fusilen?

Bucur lo hizo, e interpretó bien su papel, los rubios soldados alemanes iban con sus mujeres a ver las monadas del simio, y le lanzaban cacahuates al tiempo que le pedían molestara a los leones de la jaula vecina. Era la suerte de más éxito: el falso gorila se subía a los barrotes de su jaula y desde ahí hostigaba a los reyes de la selva, que respondían con feroces rugidos y terribles zarpazos. Un periódico, en su sección infantil, llegó a calificar de “casi humano” a aquel gorila, y el diario “Dreptatea” le dedicó un reportaje gráfico.

Pero hay algo aún más terrible en esta historia que luego he visto publicada en la revista Siempre como un chiste: la misma tarde en que mi amigo Bucur fue llevado al zoológico, el miembro de la resistencia que le proporcionara el supuesto disfraz salvador se presentó a la oficinas de la Wermcht y habló con un coronel calvo y gordinflón:

—Mi coronel —dijo, saludando con el brazo extendido a la manera de los fascistas—; mi coronel, Eugen Bucur, amigo de los semitas y profesor del Conservatorio de Bucarest, ha sido capturado.

—¡Aja! —dijo el coronel—; ¿lo disfrazaron de mono?

—Sí, de mono.

Mi amigo nunca habría podido fugarse de su jaula: es una hazaña que no cumplen ni los gorilas verdaderos; en todo caso, jamás sospechó siquiera que su disfraz y su encierro fueran una pena impuesta por el enemigo, y aunque enfermó gravemente de los nervios por la cercanía de los leones, íntimamente agradecía la intervención del supuesto miembro de la resistencia, por quien elevaba cada tarde sus oraciones.

Un día supo todo gracias a mí, cuando, años después, yo ocupé un cargo en el gobierno nacional que reemplazó a Antonescu y, pude ordenar la liberación suya. Y también la de los leones.

La dama frente al espejo, Álvaro Menén Desleal

Erika Pham

Al entrar al Salón de los Espejos, la bonita señora no pudo resistir el impulso de mirarse. Por lo demás, es un impulso natural, y su comisión no conlleva nada delictivo ni pecaminoso. Había entrado al Salón de los Espejos para esperar a la Marquesa, con quien bebería el té en el coqueto jardín inglés del flanco izquierdo del castillo.

Puso, pues, su carterita sobre una silla, quedándose con la polvera. Al ver su imagen reflejada en el azogue, respingó un poco la nariz para empolvarse. Luego puso en su sitio, con un gesto regañón, a dos o tres cabellos rebeldes, y se ajustó el traje sastre. Fue ése el momento en que percibió el fenómeno: atrás suyo, otra dama se ajustaba el vestido sastre frente a otro espejo de pared. Atrás de esta nueva mujer, otra más, igual también a ella, se ajustaba el traje sastre. Y más atrás, otra, y otra, y otra…

Dio ella un paso, retirándose alarmada del espejo. Simultáneamente, una infinita sucesión de imágenes de mujeres en un todo iguales a ella, dieron también un paso para retirarse de sus espejos. Abrió los ojos desmesuradamente, y aquel millón de mujeres abrieron dos millones de ojos desmesuradamente, formadas en una línea recta en perspectiva que llegaba al infinito.

Palideció. Diez millones de mujeres palidecieron con ella. Entonces dio el grito, llevándose la mano a los ojos. Cien millones de mujeres corearon su grito y repitieron su gesto. Cayó al suelo. Mil millones de mujeres cayeron al suelo gimiendo. Ella se arrastró sobre la gruesa alfombra árabe, y un incontable número de mujeres, como soldados sobre el terreno, calcaron uno a uno sus movimientos felinos. No logró salir del Salón de los Espejos; al acudir los sirvientes, encontraron muerta Media Humanidad…


Defensa de las cosas que no pueden ser bellas, Juan Ramon Saravia

1


Mi paraguas es huérfano.
En él cabrían las voces olvidadas,
los suéteres prófugos de todos los lugares,
los bolígrafos muertos y las bufandas llenas de vacíos.
Lo abro al sol de esta ciudad y todo se hace diciembre,
y nacen tristísimas las cabinas telefónicas.
Sólo a mi se me ocurre querer tanto a un paraguas
así, con todo y rosa ciega.
Pobre ser vertebrado que nunca podrá ser bello.
Es torpe y solitario como mis seis camisas,
como mi traje de hongos,
como mi barba con herrumbres.
El alma se le desgrana por la orilla, persistente como yo
y mi manía de pescar errores ortográficos.
Lo compadezco por la desgracia de ser amigo mío.
Me ve desorientado y me platica, me presta este poema
y llora bajito por las calles, pero no me habla de ella.

Imaginación y destino, Augusto Monterroso

Robert Scherzer

En la calurosa tarde de verano un hombre descansa acostado, viendo al cielo, bajo un árbol; una manzana cae sobre su cabeza; tiene imaginación, se va a su casa y escribe la Oda a Eva.

En la calurosa tarde de verano un hombre descansa acostado, viendo al cielo, bajo un árbol; una manzana cae sobre su cabeza; tiene imaginación, se va a su casa y establece la Ley de la Gravitación Universal.

En la calurosa tarde de verano un hombre descansa acostado, viendo al cielo, bajo un árbol; una manzana cae sobre su cabeza; tiene imaginación, observa que el árbol no es un manzano sino una encina y descubre, oculto entre las ramas, al muchacho travieso del pueblo que se entretiene arrojando manzanas a los señores que descansan bajo los árboles, viendo al cielo, en las calurosas tardes del verano.

El primero era, o se convierte entonces para siempre en el poeta sir James Calisher; el segundo era, o se convierte entonces para siempre en el físico sir Isaac Newton; el tercero pudo ser o convertirse entonces para siempre en el novelista sir Arthur Conan Doyle; pero se convierte, o lo era ya irremediablemente desde niño, en el Jefe de Policía de San Blas, S.B.


Hablo de lo que no se dice, Alfonso Chase

Eraldo Peres

Siempre fui el marimbero, el boxeador,
el titiritero, el mendigo.
Nunca supe la línea perfecta
entre la razón y la duda. Pecados cometí
en la soledad de mi sangre. Crímenes
contra la sombra, gritos sobre el aire.
Siempre fui el equilibrista
hasta que me di de culo contra el suelo.
No pude subir a tiempo al espectáculo.

Me cesaron. Desde entonces escribo con palabras
sucias, contaminadas de cantina, de sombras,
de madrugadas abandonadas en el quicio
de alguna iglesia solitaria. Siempre fui
eso que me tocaba ser : el equilibrista
temblando ante la cuerda, el domador
adentro de las fauces. Estuve en la escuela
y nunca aprendí nada, cuando no fuera
el color de las montañas, el nombre exacto
de esos ríos que no veré nunca. Se acabó la fiesta.
Y sigo golpeando a la piñata, los ojos vendados,
alentado sólo por el gozo de algunos amigos imprevistos

El hombre y su sombra, Alvaro Menén Desleal

Dieter Appelt

La “Carta del Tiempo” número 116 correspondiente al año 1962, aparte de indicar que la humedad relativa a la fecha era de 90 por ciento y la presión atmosférica de 1011.0 milibares (y otras cosas de igual jaez, como la temperatura, el crepúsculo civil, etc.), decía esto como algo de no mayor importancia:

Finalmente, hay que mencionar que los días 16 y 17 de agosto, a las 12 horas y 4 minutos pasado meridiano, el sol, por segunda vez en este año, se encuentra en el cenit y no proyecta sombra.

Fue un grave problema para Williams: Al salir de casa, pisó la calle pero no vio su sombra. Dedujo por eso que había muerto, y se echó a dormir.

Williams fue enterrado; mas su sombra, que conocía el fenómeno, pasa las horas del día sentada a la puerta del Servicio Meteorológico, clamando por un cuerpo, y es gran molestia para los empleados

De las propiedades del sueño, Sergio Ramírez

Angela Bacon- Kidwell

Sinesios de Cirene, en el siglo XIV, sostenía en su Tratado sobre los sueños que si un determinado número de personas soñaba al mismo tiempo un hecho igual, éste podía ser llevado a la realidad: “entreguémonos todos entonces, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ricos y pobres, ciudadanos y magistrados, habitantes de la ciudad y el campo, artesanos y oradores, a soñar nuestros deseos. No hay privilegiados por la edad, el sexo, la fortuna o la profesión; el reposo se ofrece a todos: es un oráculo que siempre está dispuesto a ser nuestra terrible y silenciosa arma”.

La misma teoría fue afirmada por los judíos aristotélicos de los siglos XII y XIII (o Sinesios la tomó de ellos) y Malmónides, el más grande, logró probarlo (según Gutman en Die Philosophie des Judentums, Munich, 1933), pues se relata que una noche hizo a toda su secta soñar que se terminaba la sequía. Al amanecer, al salir de sus aposentos se encontraron los campos verdes y un suave rocío humedecía sus barbas.

La oposición política de un país que estaba siendo gobernado por una larga tiranía quiso experimentar, siglos después, las excelencias de esta creencia y distribuyó entre la población de manera secreta unas esquelas en las que se daban las instrucciones para el sueño conjunto: en una hora de la noche claramente consignada, los ciudadanos soñarían que el tirano era derrocado y que el pueblo tomaba el poder.

Aunque el experimento comenzó a efectuarse hace mucho tiempo, no ha sido posible obtener ningún resultado, pues Malmónides prevenía (parágrafo XII) que en caso que el objeto de los sueños fuera una persona, debería ser sorprendida durmiendo.

Y los tiranos nunca duermen.

Una mujer distinta, Otto Raúl González

Yi-Cheng Chen

Aquella mujer que se paseaba desnuda en una playa privada, llevaba la luna en la frente, dos luceros redondos y macizos en el pecho, un halo que brillaba como los anillos de Saturno alrededor de la cintura, el sol en las ancas, un agujero negro en la entrepierna. Nunca he podido olvidarla.