El lado bueno de la desgracia y el lado malo de la felicidad, Cuento chino

En cierto ocasión un campesino chino acudió a un mercado de primavera y se decidió a comprar una espléndida potranca en la que gastó todos sus ahorros. Por desgracia, aunque la encerró en el cercado, apenas llegó la noche el animal saltó la valla y escapó en dirección a la frontera de los mogoles, que en esa época eran enemigos acérrimos de los chinos. El campesino no podía plantearse siquiera correr en busca de la potranca. Todos los vecinos acudieron a ofrecerle consuelo, pero el campesino era un hombre sabio y sabía afrontar la adversidad con filosofía.

Las nubes en el cielo a veces traen lluvia, que es beneficiosa para los cultivos. De una desgracia a veces nace la felicidad. ¡Dejemos que la vida actúe! ¿Quién sabe qué ocurrirá?

Efectivamente, unos días más tarde, la potranca regresó acompañada de un soberbio semental mogol. Todo el pueblo desfiló para admirarlo y felicitar al campesino por su buena suerte.

¿Suerte? ¡A lo mejor sí! Pero ¿quién conoce el sentido profundo de las cosas? El sol que nos ilumina también puede quemarnos.

El porvenir, por desgracia, le dio la razón. Su hijo se encaprichó del semental y se propuso domesticarlo para montarlo. Pero el animal era fogoso y de una coz lo arrojó al suelo y con la caída el hijo se rompió una pierna. Los vecinos acudieron a visitar a padre e hijo. Y se hicieron muchos comentarios sobre la mala suerte del campesino. La cosecha se avecinaba y no podría contar con la ayuda de su hijo por su pierna rota. Pero el campesino les respondió con su sabiduría de siempre.

Este mundo es un perpetuo cambio. ¿Quién sabe si las calamidades no se convertirán en bendiciones? Pensad en la lava de los volcanes que todo lo devasta pero da un limo fértil.

Antes de que llegara el tiempo de la cosecha, estalló la guerra con los mogoles, y todos los hombres jóvenes fueron movilizados, salvo el hijo del campesino, que yacía en la cama con su pierna quebrada. Fue uno de los pocos jóvenes que salvó su vida de las matanzas de la guerra… ¡Una pierna rota le salvó la vida!

De un cuento chino

El secreto de la muerta, Lafcadio Hearn

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David Esteban

Hace mucho tiempo, en la provincia de Tamba, vivía un rico mercader llamado Inamuraya Gensuké. Tenía una hija llamada O-Sono. Como ésta era muy bonita y sagaz, el mercader juzgó inoportuno brindarle sólo la exigua educación que podían ofrecerle los maestros rurales; la confió, pues, a unos servidores fieles y la envió a Kyõto, para que allí adquiriera las gráciles virtudes que suelen exhibir las damas de la capital. En cuanto la muchacha completó su educación, fue cedida en matrimonio a un amigo de la familia paterna, un mercader llamado Nagaraya, y con él compartió una dicha que duró casi cuatro años. Sólo tuvieron un hijo, un varón, pues O-Sono cayó enferma y murió después del cuarto año de matrimonio.

En la noche siguiente al funeral de O-Sono, su hijito dijo que la madre había vuelto y que estaba en el cuarto de arriba. Le había sonreído, pero sin dirigirle la palabra: el niño se había asustado y había emprendido la fuga. Algunos miembros de la familia subieron al cuarto que había pertenecido a O-Sono, y no poco se asombraron al ver, a la luz de una pequeña lámpara que ardía ante un altar en el cuarto, la imagen de la muerta. Parecía estar de pie ante un tansu, o cómoda, que aún contenía sus joyas y atuendos. La cabeza y los hombros eran nítidamente visibles, pero de la cintura para abajo la imagen se esfumaba hasta tornarse invisible; semejaba un imperfecto reflejo, transparente como una sombra en el agua.

Todos se asustaron y abandonaron la habitación. Abajo se consultaron entre sí; y la madre del esposo de O-Sono declaró:

-Toda mujer siente predilección por sus pequeñas cosas, y O-Sono le tenía gran afecto a sus pertenencias. Acaso haya vuelto para contemplarlas. Muchos muertos suelen hacerlo… a menos que las cosas se donen al templo de la zona. Si le regalamos al templo las ropas y adornos de O-Sono, es probable que su espíritu guarde sosiego.

Todos estuvieron de acuerdo en hacerlo tan pronto como fuera posible. A la mañana siguiente, por tanto, vaciaron los cajones y llevaron al templo las ropas y los adornos. Pero O-Sono regresó la próxima noche y contempló el tansu tal como la vez anterior. Y también volvió la noche siguiente, y todas las noches se repitió su visita, que transformó esa casa en una morada del temor.

La madre del esposo de O-Sono acudió entonces al templo y le contó al sumo sacerdote lo que había sucedido, pidiéndole que la aconsejara al respecto. El templo pertenecía a la secta Zen, y el sumo sacerdote era un docto anciano, conocido como Daigen Oshõ.

Dijo el sacerdote:

-Debe haber algo que le causa ansiedad, dentro o cerca del tansu.

-Pero vaciamos todos los cajones -replicó la anciana-; no hay nada en el tansu.

-Bien -dijo Daigen Oshõ-, esta noche iré a la casa y montaré guardia en el cuarto para ver qué puede hacerse. Den órdenes de que nadie entre a la habitación mientras monto guardia, a menos que yo lo requiera.

Después del crepúsculo, Daigen Oshõ fue a la casa y comprobó que el cuarto estaba listo para él. Permaneció allí a solas, leyendo los sûtras; y nada apareció hasta la Hora de la Rata. Entonces la imagen de O-Sono surgió súbitamente ante el tansu. Su rostro denotaba ansiedad, y permaneció con los ojos fijos en el tansu.

El sacerdote pronunció la fórmula sagrada prescrita para tales casos, y luego, dirigiéndose a la imagen por el kaimyõ de O-Sono le dijo:

-Vine aquí para ayudarte. Quizá haya en ese tansu algo que despierta tu ansiedad. ¿Quieres que te ayude a buscarlo?

La sombra pareció asentir mediante un leve movimiento de cabeza; el sacerdote se incorporó y abrió el cajón de arriba. Estaba vacío. A continuación, abrió el segundo, el tercero y el cuarto cajón; hurgó detrás y encima de cada uno de ellos; examinó con cuidado el interior de la cómoda. No halló nada. Pero la imagen permanecía erguida, con tanta ansiedad como antes. “¿Qué querrá?”, pensó el sacerdote. De pronto se le ocurrió que acaso hubiera algo oculto debajo del papel que revestía los cajones. Levantó el forro del primer cajón: ¡nada! Pero debajo del forro del cajón inferior halló algo: una carta.

-¿Era esto lo que te inquietaba? -preguntó.

La sombra de la mujer se volvió hacia él, con su lánguida mirada en la cara.

-¿Quieres que la queme? -preguntó Daigen Oshõ.

Ella se inclinó ante él.

-Esta misma mañana será quemada en el templo -prometió el sacerdote-, y nadie la leerá salvo yo.

La imagen sonrió y se disipó.

Rompía el alba cuando el sacerdote bajó las escaleras, a cuyo pie la familia lo aguardaba expectante.

-Cálmense -les dijo-, no volverá a aparecer.

Y la sombra, en efecto, jamás regresó.

La carta fue quemada. Era una carta de amor redactada por O-Sono en la época de sus estudios en Kyõto. Pero sólo el sacerdote se enteró de su contenido, y el secreto murió con él.

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La historia según Pao Cheng, Salvador Elizondo

thaysanglawcinEn un día de verano, hace más de tres mil quinientos años, el filósofo Pao Cheng se sentó a la orilla de un arroyo a adivinar su destino en el caparazón de una tortuga. El calor y el murmullo del agua pronto hicieron, sin embargo, vagar sus pensamientos y olvidándose poco a poco de las manchas del carey, Pao Cheng comenzó a inferir la historia del mundo a partir de ese momento. “Como las ondas de este arroyuelo, así corre el tiempo. Este pequeño cauce crece conforme fluye, pronto se convierte en un caudal hasta que desemboca en el mar, cruza el océano, asciende en forma de vapor hacia las nubes, vuelve a caer sobre la montaña con la lluvia y baja, finalmente, otra vez convertido en el mismo arroyo…” Este era, más o menos, el curso de su pensamiento y así, después de haber intuido la redondez de la tierra, su movimiento en torno al sol, la traslación de los demás astros y la propia rotación de la galaxia y del mundo, “¡Bah! –exclamó- este modo de pensar me aleja de la Tierra de Han y de sus hombres que son el centro inamovible y el eje en torno al que giran todas la humanidades que en él habitan…” Y pensando nuevamente en el hombre, Pao Cheng pensó en la Historia. Desentrañó, como si estuvieran escritos en el caparazón de la tortuga, los grandes acontecimientos futuros, las guerras, las migraciones, las pestes y las epopeyas de todos los pueblos a lo largo de varios milenios. Ante los ojos de su imaginación caían las grandes naciones y nacían las pequeñas que después se hacían grandes y poderosas antes de ser abatidas a su vez. Surgieron también todas las razas y las ciudades habitadas por ellas que se alzaban un instante majestuosas y luego caían por tierra para confundirse con la ruina y la escoria de innumerables generaciones. Una de estas ciudades entre todas las que existían en ese futuro imaginado por Pao Cheng llamó poderosamente su atención y su divagación se hizo más precisa en cuanto a los detalles que la componían, como si en ella estuviera encerrado un enigma relacionado con su persona. Aguzó su mirada interior y trató de penetrar en los resquicios de esa topografía increada. La fuerza de su imaginación era tal que se sentía caminar por sus calles, levantando la vista azorado ante la grandeza de las construcciones y la belleza de los monumentos. Largo rato paseó Pao Cheng por aquella ciudad mezclándose a los hombres ataviados con extrañas vestiduras y que hablaban una lengua lentísima, incomprensible, hasta que pronto se detuvo ante una casa en cuya fachada parecían estar inscritos los signos indescifrables de un misterio que lo atraía irresistiblemente. A través de una de las ventanas pudo vislumbrar a un hombre que estaba escribiendo. En ese mismo momento Pao Cheng sintió que allí se dirimía una cuestión que lo atañía íntimamente. Cerró los ojos y acariciándose la frente perlada de sudor con las puntas de sus dedos alargados trató de penetrar, con el pensamiento, en el interior de la habitación en la que el hombre estaba escribiendo. Se elevó volando del pavimento y su imaginación traspuso el reborde de la ventana que estaba abierta y por la que se colaba una ráfaga fresca que hacía temblar las cuartillas, cubiertas de incomprensibles caracteres, que yacían sobre la mesa. Pao Cheng se acercó cautelosamente al hombre y miró por encima de sus hombros, conteniendo la respiración para que éste no notara su presencia. El hombre no lo hubiera notado pues parecía absorto en su tarea de cubrir aquellas hojas de papel con esos signos cuyo contenido todavía escapaba al entendimiento de Pao Cheng. De vez en cuando el hombre se detenía, miraba pensativo por la ventana, aspiraba un pequeño cilindro blanco y arrojaba una bocanada de humo azulado por la boca y por las narices; luego volvía a escribir. Pao Cheng miró las cuartillas terminadas que yacían en desorden sobre un extremo de la mesa y conforme pudo ir descifrando el significado de las palabras que estaban escritas en ellas, su rostro se fue nublando y un escalofrío de terror cruzó, como la reptación de una serpiente venenosa, el fondo de su cuerpo. ”Este hombre está escribiendo un cuento”, se dijo. Pao Cheng volvió a leer las palabras escritas sobre las cuartillas. “El cuento se llama La Historia según Pao Cheng y trata de un filósofo de la antigüedad que un día se sentó a la orilla de un arroyo y se puso a pensar en… ¡Luego yo soy un recuerdo de ese hombre y si ese hombre me olvida moriré…!”El hombre, no bien había escrito sobre el papel las palabras “…si ese hombre me olvida moriré”, se detuvo, volvió a aspirar el cigarrillo y mientras dejaba escapar el humo por la boca, su mirada se ensombreció como si ante él cruzara una nube cargada de lluvia. Comprendió, en ese momento, que se había condenado a sí mismo, para toda la eternidad, a seguir escribiendo la historia de Pao Cheng, pues si su personaje era olvidado y moría, él que no era más que un pensamiento de Pao Cheng, también desaparecería

El roble inútil, Tchoang-Tze

oak-tree2El maestro carpintero Cheu, en su viaje en el país de Tsí pasó junto al roble que daba sombra al cerro del Genio del lugar, en Koiu-yuan. Era tan grande que en el tronco de este árbol podía esconderse un buey. Se elevaba a ochenta pies de altura y su copa la formaban unas tan gruesas que en cada una de ella hubiera podido tallarse una barca. La gente acudía por decenas para admirarlo.

El carpintero pasó junto a él sin echarle ninguna mirada. Asombrado, su aprendiz le dijo: “Pero, ¡mirad!, desde que manejo el hacha jamás he visto una pieza de madera tan hermosa. ¡Y vos ni os dignáis mirarla!” “La he visto, dijo el maestro, inadecuada para hacer una barca, un ataúd, un mueble, una puerta, una columna. Madera sin utilidad práctica. Vivirá mucho tiempo”.

Cuando el maestro carpintero Cheu volvió de Tsí, pernoctó en Koiu-yuan. El árbol se le apareció en sueños y le dijo: “Es cierto, los árboles de madera hermosa son talados jóvenes. A los árboles frutales se les rompen las ramas con el frenesí de robarles los frutos. A todos ellos, su utilidad les resulta fatal. Así, yo soy feliz de ser inútil. A los árboles, nos ocurre lo mismo que a los hombres. Si eres un hombre útil, no llegarás a viejo”.

A la mañana siguiente el maestro le contó su sueño al aprendiz y éste le preguntó: “Si este gran árbol es feliz siendo inútil, ¿por qué permitió que le hicieran el Genio del lugar?” Su maestro le respondió: “Lo plantaron allí sin preguntarle su parecer y, además, el hecho de ser el genio del lugar le importa un comino. No es la veneración popular lo que protege su existencia, sino su incapacidad para las utilidades comunes. Su acción tutelar se reduce a no hacer nada. Así sucede con el sabio taoísta, que es colocado en un lugar a pesar suyo y se abstiene de actuar.

 

El problema del duelo, Xi Chuan

Carl BlochUna hormiga muere y nadie la llora

Un pájaro muere y nadie lo llora, salvo que se trate de un ibis nipón

Un mono muere, los monos lo lloran

Un mono muere, los hombres le levantan la tapa de los sesos

Un tiburón muere, y otro tiburón sigue surcando el agua

Un tigre muere, un hombre lo llora, llorándose a sí mismo

Un hombre muere, hay quienes lo lloran y quienes no

Un hombre muere, hay quienes lo lloran y quienes aplauden

Una generación muere, y la próxima básicamente no la llora

Un país muere, y a menudo deja apenas historias controvertidas

Un país que no deja historias controvertidas no es un verdadero país

A menos que se trate de un verdadero país, un país muere y nadie lo llora

Nadie lo llora, quiere decir que el viento sopla en vano

Quiere decir que el río corre en vano, que en vano embiste las rocas

En vano brilla su oleaje, en vano produce espuma

El río muere, no corresponde a los hombres llorarlo

El viento muere, no corresponde a los hombres llorarlo

El viento y el río corren juntos hacia el océano, un océano vasto como en Zhuangzi

El océano vasto muere, y tú también tendrás que morir

El rey dragón muere, tú también tendrás que morir

La luna no se lamenta, porque en la luna no hay nadie

Las estrellas no se lamentan, no son de carne y hueso.

Ricos y pobres, Lie-Tzeu

Mural-dinastia-Han-OrientalEn el país de Ts’i, un tal Kouo era muy rico. En el país de Song, un tal Hiang era muy pobre. Un día, el hombre pobre fue a preguntarle al rico qué había hecho para enriquecerse de aquel modo. “Robando”, le contestó el rico y continuó diciendo: “no había pasado un año desde que empecé a robar, cuando ya tuve lo necesario, a los dos años obtuve la abundancia, a los tres, la opulencia y así me convertí en un hombre notable”.

Aunque Hiang no entendió el auténtico sentido del término robar, se marchó sin pedir más explicaciones, no sin antes despedirse lleno de alegría y reconocimiento. Inmediatamente se puso manos a la obra. Saltando tapias o abriendo boquetes en las casas, se apoderaba de cuanto podía. Sin embargo, pronto fue arrestado, entonces tuvo que devolverlo todo e incluso perdió lo poco que poseía anteriormente. Feliz por haber salido del embrollo sin otras consecuencias, se dirigió rápidamente a la casa de Kouo para pedirle cuentas, convencido de que había sido víctima de su engaño. Cuando lo vio llegar de aquel modo, Kuou, le preguntó asombrado: “Pero, ¿qué hiciste?”. Cuando Hiang le hubo contado sus maneras, Kouo se rió y le dijo: “¡Ah, no fue con este tipo de robo con el que me enriquecí! Al contrario, según el tiempo y las circunstancias, he ido robando las riquezas del cielo y la tierra, de la lluvia, de los montes y los valles. Me apoderé de aquello que había hecho crecer y madurar, de los animales salvajes de las praderas, de los peces y de las tortugas acuáticas. Todo cuanto tengo, lo robé a la naturaleza, pero, y eso es importante, antes de que fuera de alguien. Sin embargo, tú robaste lo que el cielo ya había entregado a otros hombres”.

Hiang se marchó descontento, convencido que Kouo seguía engañándole. Por el camino se encontró con un gran Maestro que iba de camino con sus discípulos y le contó su caso. “¡Pues claro!, le contestó el Maestro, si reflexionas bien, toda apropiación es un robo. Incluso el ser, la vida, es el robo de una parcela de la armonía del ying y del yang, cuánto más el hecho de apropiarte de un ser material. Pero hay que distinguir entre robo y robo. Robar a la naturaleza es el robo común que todos cometen y que no es castigado. Robar a alguien, es el robo particular que los ladrones cometen y que es castigado. Todos los hombres viven de robar al cielo y a la tierra y no por ello son castigados.

Envejeceremos juntos, Li Po

Ly Hoang Long 2Siempre me decías: “Envejeceremos juntos.

Mis cabellos y los tuyos se iluminarán

de nieve y de luna”

Pero hoy amas a otra, y hoy vengo a ti,

vengo dolorida a darte mi ultimo adiós.

Llena por última vez nuestras tazas con

el zumo que brinda el olvido y canta la canción

que habla de aquella ave muerta bajo la nieve.

Me iré luego a embarcar en las turbias

aguas del Yu-Keú, allí donde ellas se dividen

y, siguiendo rumbo contrario, unas van hacia

el este y otras hacia el oeste»

¿Por qué lloran, al oírme, jóvenes amadas?

Acaso den con el hombre del corazón fiel

que, sinceramente, les diga “Envejeceremos

juntos..”.

 

El loco Zhang Chuan, Liu Danying

La locura de Zhang Chuan volvió a atacarle. Ya ves: en un claro día de pleno verano, él regresó a casa con un maniquí femenino desnudo cargado sobre la espalda. Los aldeanos armaron un alboroto. Todos dijeron que la enfermedad de Zhang Chuan esa vez no era ligera.

Zhang Chuan desde hacía mucho tiempo no había sido atacado por la enfermedad. Desde que comenzó la enfermedad hasta ahora, él a veces estaba bien, a veces mal. Así la enfermedad se mantuvo por unos diez años.

1En el tiempo cuando Zhang Chuan no padecía la enfermedad, nadie podía descubrir que él era loco. Sólo sus ojos tenían algo de inexpresivos; no tenían tanto vigor como antes. Por eso, las personas de buen corazón de la aldea querían ocuparse de encontrarle novia. Él vio a varias jóvenes en diferentes encuentros. No se sabía por qué al mirar a una mujer lo atacaba la enfermedad. En una acometida del mal corría acequia arriba, acequia abajo, indistintamente de noche o de día. Así no tenía esperanza de casarse. Justamente al no volver a salir con una mujer la enfermedad de Zhang Chuan tampoco lo atacó de nuevo.

La gente decía que la enfermedad de Zhang Chuan era debida a un susto. Aquel año en el duodécimo mes lunar, un primo paterno de Zhang Chuan se casó con una mujer llamada Flor de Melocotón. El aspecto y el nombre de Flor de Melocotón, por igual, gustaban. Su estatura no era ni alta ni baja; su figura no era ni gorda ni delgada. Sobre todo sus ojos podían electrizar y les hacía a las personas, de una mirada, recibir la electricidad y todo el cuerpo se les inquietaba y calentaba. En aquel entonces, la casa de la familia de Zhang Chuan y la casa de la familia de Flor de Melocotón estaban frente a frente. La ventana del nuevo cuarto de ella exactamente estaba enfrentado al pequeño cuarto de Zhang Chuan. De esta manera, al llegar la noche, la hermosa silueta de Flor de Melocotón oscilaba sobre la ventana de papel, movía al corazón de Zhang Chuan como si un gato lo estuviera arañando, sintiendo desazón. Cada día cuando él regresaba del terreno, aquella lámpara de mecha en la ventana se convertía en su vana esperanza. En caso de que un día no hubiese en la ventana la luz de la lámpara, su corazón podía tornarse vacío y toda la noche hasta el amanecer dormía intranquilo.

Flor de Melocotón desde dentro de la ventana parecía comprender el pensamiento de Zhang Chuan. Sabía que en el espacio de la noche de afuera un par de ansiosos ojos la miraban atentamente. Por eso estaban excitados. De vez en cuando, intencionadamente, ella hacía algo de ruido. Sólo era el honrado y honesto primo paterno, quien debía hacer lo mejor posible para consentirla y que se alegrara. Así ella fácilmente ponía en práctica su carácter de niña. En ese momento, grandes y pequeños en la casa la disuadían y la mimaban. Un largo tiempo después, la gente decía que el primo paterno se había casado con un amo, no con una esposa.

Las hojas de los melocotoneros montañosos en el campo al lado de la arroyada se tornaban amarillas y luego verdes de nuevo. Los días se parecían a aquel riachuelo delante de la puerta de la aldea que fluía insulso. Flor de Melocotón se tornaba cada vez más delicada y encantadora. Zhang Chuan, dentro de su sufrimiento, contemplaba las flores que se abrían y se caían de los melocotoneros montañosos de aquel campo.

Una noche de verano, Zhang Chuan regresó de la casa de la familia de Huevo Negro, adonde bebió aguardiente. Vio que la lámpara de la ventana de Flor de Melocotón aún estaba alumbrando. Entonces, valiéndose del vigor del aguardiente, se dirigió hasta el frente de la ventana para mirar a hurtadillas. Vio a Flor de Melocotón, en camiseta sin mangas, que precisamente lavaba su cabeza. Frente a su resplandeciente pecho brincaban dos palomas. Él sintió en un instante que la sangre de su cuerpo le hervía; el corazón ya le saltaba en la garganta. Directamente se encaminó hasta delante de la puerta y descubrió que estaba entornada. Zhang Chuan, silenciosamente, abrió la puerta de la casa y se ubicó detrás del cuerpo de Flor de Melocotón. Con sus brazos ciñó la fina cintura de ella. Sus temblequeantes manos, por más que lo intentara, no pudieron apretar las saltarinas palomas. Flor de Melocotón no opuso resistencia. Ella sabía que era Zhang Chuan. Giró su cuerpo y le brindó una sonrisa. Él deseaba besarla; ella se escabulló. Le dijo que su marido había ido borracho a la letrina y le ordenó ir allá a echar un vistazo. Zhang Chuan se mostró reacio a aflojar sus manos. Apenas había empujado la puerta de la letrina, escuchó un ruido, como si alguna cosa hubiera caído dentro del meadero. Valiéndose de la luz de la luna dio una ojeada en el interior del urinario y no descubrió nada. Regresó a la habitación y le dijo a ella que no había visto a nadie. Flor de Melocotón le preguntó, ¿acaso el marido no habría caído en el meadero? Él dijo que no era posible. Cuando empujó la puerta oyó un tal ruido, pero no era su primo. Sin duda habría ido a visitar a otra familia. Flor de Melocotón cerró la puerta de la habitación tras de sí y comenzó a apasionarse con él, besándolo y acariciándolo. Zhang Chuan cómo podía resistir su seducción y su ternura. Alargó sus manos para quitarle el pantalón. Ella las rechazó. Dijo que le había venido la regla. Que esperara hasta que su cuerpo estuviera limpio y en cualquier momento que lo deseara estaría bien…

Al siguiente día, por la mañana temprano, un lloriqueo triste y estridente rompió la quietud de la aldea. Después que los pobladores se levantaron supieron que el primo de Zhang Chuan había caído en el meadero y había muerto ahogado. Zhang Chuan de golpe se incorporó. Vagamente recordaba el incidente de anoche. En su fuero interno sentía una oculta intranquilidad. Ni hablar de ir a mirar a Flor de Melocotón. Como si Flor de Melocotón, a través de este golpe, de repente hubiera envejecido mucho.

La ceremonia luctuosa del primo de Zhang Chuan estaba aconteciendo de forma tensa. De pronto, vino a la aldea un vehículo policial, del cual descendieron cuatro policías. Dijeron que se debía hacer la autopsia del cadáver. En ese momento, en sus fueros internos, Zhang Chuan y Flor de Melocotón se pusieron intranquilos.

Muy rápido se obtuvo el resultado de la autopsia y lo que hizo sobresaltar a los aldeanos, pues no lo habían pensado, fue que en el jugo gástrico del primo se descubrió la existencia de una gran cantidad de arsénico blanco. Entonces la investigación se cerró en torno a Flor de Melocotón y Zhang Chuan fue involucrado por ella.

Zhang Chuan fue llevado a otro cuarto. No esperó a que los policías abrieran la boca y se orinó en los pantalones. Reconstruyó todo el asunto de aquella noche. A medida que avanzó la profundización de la investigación, el asunto judicial finalmente llegó a la verdad evidente. Resultó que Flor de Melocotón y su primo después de estar en buenos términos, él para alcanzar el objetivo de adueñarse por largo tiempo de Flor de Melocotón, compró arsénico blanco y lo introdujo dentro del aguardiente, envenenando al primo de Zhang Chuan y haciendo caer a éste en una suave y tierna trampa. Desde ese entonces, Zhang Chuan había enloquecido.

Zhang Chuan colocó al desnudo maniquí sobre el kang. Lo cuidaba con esmero. Cada día cuando regresaba de la labor en el campo, estaba hambriento y cansado, pero primero iba al kang a echar una mirada. Hablaba un rato con ella. Con el transcurrir del tiempo, él pareció haberse convertido en otra persona y de nuevo no fue atacado por la enfermedad.

Después del mediodía de un día de invierno, los aldeanos todos hablaban de la noticia del pronto regreso de Flor de Melocotón. En un instante, el cerebro de Zhang Chuan quedó vacío. Acto seguido lo atacó la enfermedad. No solamente corrió sin rumbo; además dentro de la aldea cantó y alborotó. Esa vez que lo atacó el mal, comparado con cualquiera otra ocasión, fue más fuerte. Todos los aldeanos estaban preocupados de que él no volvería a recuperarse como una persona normal.

No poder morir, Xu Zhiyi

Skeletons Trying To Warm Themselves_James EnsorDe pronto, en la red, se pegó una noticia: ¡las personas que deben morir no pueden fenecer! Al principio la gente consideró que era superchería, que eran chismes. A continuación, este tipo de noticias eran cada vez más numerosas. Decían el fundamento. Los periodistas le siguieron la pista y llevaron a cabo investigaciones. Los medios impresos les siguieron el rastro; las estaciones de radiodifusión las transmitieron. El ministro del Ministerio de la Vida y la Muerte, Lo Boris, estaba sorprendido, inquieto. Si las personas tenían la situación de vida y muerte, entonces habría equilibrio. Si los que tenían que morir no morían, ¿el globo terráqueo no se llenaría de personas, constituyendo una calamidad, y no explotaría? Lo Boris profundizó la investigación sobre el terreno y disimuló su identidad para llevarla a cabo con claridad.

La primera persona que no podía morir y que investigó Lo Boris era un vendedor de inmuebles. Éste se había apoderado de varias decenas de casas. Una vez que hubo estallado la crisis financiera los precios de los inmuebles bajaron brutalmente. Él se arruinó. Soportaba sobre su espalda una inmensa deuda. Una vez que la persona moría la deuda se volvía impagable. El vendedor de inmuebles se suicidó. Sin embargo, en el momento de la cremación, él de nuevo abrió los ojos, pudo hablar, pero se había convertido en un ser vegetal. Boris se le acercó y le preguntó: ¿Cómo es que volviste a vivir? El vendedor de inmuebles, mirándolo con los ojos en blanco, le dijo: Dios no me recibió. “¿Cómo no pudo Dios recibirte?”. “Dios no me recibió”. Al volvérsele a preguntar, el vendedor de inmuebles volvió a decir la misma oración: “Dios no me recibió”. Así que el vendedor de inmuebles convertido en ser vegetal sólo podía decir esa oración. Si se le hacía otra pregunta no podía responder.

La segunda persona que no podía morir e investigada por Boris era un banquero. Había relación entre la muerte del banquero y la del vendedor de inmuebles. Las deudas impagables de los vendedores de inmuebles eran muchas. Hicieron hundirse al banco. El banquero deseaba liberarse y entonces buscó la muerte. No obstante, en el momento de la incineración, el banquero de nuevo abrió los ojos y pudo hablar. Boris también se le acercó y preguntó: ¿Cómo es que has vuelto a vivir? El banquero también le miró con los ojos en blanco y dijo: Dios no me recibió. Al volvérsele a preguntar, el banquero convertido en un ser vegetal sólo dijo: “Dios no me recibió”. Al hacérsele otra pregunta no podía responder.

La tercera persona que no podía morir y que investigó Boris era un vendedor de bienes raíces. Había relación entre la muerte del vendedor de bienes raíces y la del banquero. El vendedor de bienes raíces en la subasta de terrenos pujó por precios astronómicos y consiguió dos valiosos lotes. No pensó que el banquero que le suministró el préstamo moriría. El banco se hundió en la bancarrota. Aunque los valiosos terrenos estaban en sus manos, el empréstito no pudo lograrlo para el desarrollo de los terrenos. Si devolvía los terrenos sería multado por violación de contrato y al hacerlo perdería toda la fortuna de la familia. Verdaderamente era como si una preciosa calabaza le obstruyera el agujero del culo. Se encontraba en un dilema. Finalmente también murió. De manera similar, cuando iba a ser cremado, el vendedor de bienes raíces abrió los ojos y pudo hablar. De igual manera, Boris le preguntó cómo había resucitado. El vendedor de bienes raíces, con los ojos en blanco, dijo que Dios no lo aceptó. Del mismo modo, el vendedor de bienes raíces convertido en ser vegetal también sólo dijo esa frase.

Boris sacó una conclusión. El problema estaba donde Dios. Tenía que ir a buscar a Dios y sacar una explicación.

Boris tomó el elixir de vida de autocontrol. Entonces fue a ver a Dios. Éste le dio muy buena acogida en su visita. Tomó la preparación farmacéutica para lavar las almas, como si fuera insecticida, y lo asperjó en dirección del espíritu de Boris. El espíritu se evadió deprisa. Dijo: ¿Qué hace usted? Dios dijo: Lavo tu alma. Quienes vengan aquí a registrarse, todos, deben lavar las almas. Lavar la carga del mundo terrenal. Después que las almas están limpias entonces pueden ingresar al paraíso. El alma de Boris explicó: Ah, mi Dios. No he muerto verdaderamente, sino falsamente. Yo, quien tomó el elixir de vida de autocontrol, vine a buscarle para hablar de un asunto. Dios le preguntó: ¿Tú has venido a hablar de qué asunto? El espíritu de Boris dijo: Los espíritus del vendedor de inmuebles, del banquero y del vendedor de bienes raíces, ¿por qué usted no los aceptó?

Dios primero se rió un instante. Después lanzó un suspiro y dijo: Tú no sabes. Aquí también estamos padeciendo por la crisis financiera. No puedo cargar con ella. El espíritu de Boris quedó extremadamente perplejo: Ah, mi Dios. ¿Usted aquí sufre de qué crisis financiera? ¿Con qué no puede cargar? Dios dijo: Quienes vengan aquí a registrarse, deben lavar primero los espíritus. La riqueza lavada es mi ingreso. Las deudas desprendidas las tengo que pagar con dinero celestial. De lo contrario, esos espíritus no podrán estar limpios. En el pasado, hubo quienes trajeron riquezas, quienes trajeron deudas. Aquí, los ingresos y egresos estaban equilibrados. Ahora, los espíritus que traen inmensas deudas son numerosos. Yo, entonces, estoy en crisis y no la puedo soportar.

¡Ah, era esto! Por eso, ¿usted no recibió los espíritus del vendedor de inmuebles, del vendedor de bienes raíces y del banquero?”.

Sí. ¡Usted es muy inteligente!”.

Entonces me marcho”.

Ya que has venido, no debes marcharte”.

¿Por qué?”.

Ah, tú tienes una inmensa riqueza. Cubre mi déficit”.

Dios, mientras hablaba, tomó el preparado farmacéutico de limpieza espiritual y lo asperjó hacia el espíritu de Boris. Éste gritó “Ah”. Accionó el autocontrol de la droga tomada, revivió y salió corriendo.

Boris al llegar a la puerta del Palacio Celestial le saludó con la mano una seductora hada. En el mundo, Boris había disfrutado de innumerables mujeres, pero aún no había saboreado a las hadas. Él penetró y bebió rocío para lavar las almas. Entonces fue llevado por Dios.

En seguida, en la red, de nuevo se transmitió la noticia: ¡Dios volvió a aceptar a alguien!

Un pequeño incidente, Lu Xun

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Hace ya seis años que dejé mi aldea para venir a Pekín. En este lapso he visto y oído no pocas cosas en relación con lo que llaman “los negocios de Estado”, pero todo eso no ha dejado ninguna huella en mi espíritu. Si me preguntaran qué influencia tuvo todo aquello en mí respondería que lo único que logró fue agravar mi mal carácter. Sinceramente, mientras más conozco estas cosas, más desprecio siento por los hombres.

Sin embargo me tocó ser testigo de un incidente que me pareció que tenía algún sentido. Este hecho mínimo me ha sacado de mi mal humor y no consigo olvidarlo.

Ocurrió durante el invierno de 1917. El viento del norte soplaba rabiosamente , pero como yo necesitaba trabajar par a vivir, muy de mañana estaba ya en la calle. Fuera no había casi nadie y me costó muchísimo encontrar un rickshaw para trasladarme a la puerta S. Poco después el viento del norte se calmó un tanto; había despejado de polvo el camino, que se extendía muy limpio y blanco. El tirador del rickshaw corría rápidamente. Nos aproximábamos a la puerta S cuando alguien se enganchó de pronto en las varas del rickshaw y se deslizó suavemente al suelo.

Era una mujer de cabellos grises y ropas harapientas. Bruscamente había abandonado la acera lanzándose derecho sobre el rickshaw. El tirador se había desviado para dejarla pasar, pero el viejo chaleco guateado de la mujer, que iba sin abotonar, levantado por el viento se prendió a la vara. Feliz mente el tirador había disminuido la velocidad, de otro modo ella habría podido ser derribada y herida quizás de gravedad.

Como la mujer no se levantaba, el tirador del rickshaw se detuvo. Yo estaba seguro de que la vieja no había recibido herida alguna, y como no había testigos, deseé que mi conductor no se mezclara en el asunto: ¡iba a acarrearse disgustos y a atrasarme!

Le dije, pues:

-¡No tiene nada, continúe su camino!

El tirador no prestó atención a mis palabras o tal vez no las oyó. Posando las varas en el suelo, ayudó a la anciana a levantarse, muy suavemente, y sosteniéndola por el brazo, le preguntó:

-¿Cómo se siente?

-Me he hecho mucho daño.

Pensé: Te he visto caer con gran suavidad, ¿cómo podías causarte tanto daño? ¡Estás fingiendo, es odioso! Y tú, tirador de rickshaw, no tenías para qué meterte en este lío; si más tarde tienes molestias, te las habrás buscado. ¡Ahora, arréglatelas como puedas!

Al oír las palabras de la anciana, el tirador no vaciló; dándole el brazo, la condujo a pasos lentos. Asombrado, miré el sitio a donde se dirigían y vi que había un cuartel de policía. A causa del viento, no había nadie en la entrada. el tirador del rickshaw, sosteniendo siempre a la anciana, se dirigió a la gran puerta del cuartel.

En ese instante sentí de súbito una impresión extraña; la imagen de la espalda llena de polvo del tirador del rickshaw empezó a crecer repentinamente; mientras más se alejaba, más crecía su imagen, aun cuando pronto me fue preciso levantar la cabeza para verlo. Además ejercía sobre mí una especie de presión amenazante que aplastaba poco a poco al pequeño “yo” escondido en su vestido de piel.

Como que mi vida se hubiera detenido. Permanecí sentado, inmóvil, sin pensamiento; sólo cuando vi salir a un policía del cuartel, descendí del rickshaw.

Este se aproximó:

-Busque otro rickshaw; éste no podrá llevarlo.

Si reflexionar, saqué un buen puñado de monedas del bolsillo de mi abrigo y se las entregué al policía, diciéndole:

-Hágame el favor de darle esto.

El viento se había calmado por completo y la calle estaba silenciosa. Mientras seguía mi camino, reflexionaba, pero casi tenía miedo de pensar en mí mismo. Dejando de lado los acontecimientos precedentes, me preguntaba qué significación había querido dar a ese buen puñado de monedas. ¿Era una recompensa? ¿Era yo digno de juzgar a ese tirador de rickshaw? No acertaba a darme a mí mismo una respuesta satisfactoria.

A menudo vuelvo a pensar en ese incidente. Me da el valor necesario para hacer frecuentes retornos a mí mismo, aunque estos exámenes me dejen experiencias dolorosas. De las cuestiones políticas y militares de estos últimos años me acuerdo tan poco como de los clásicos que estudié en mi infancia; pero este pequeño incidente pasa y me vuelve a pasar ante los ojos. Lo veo con mayor claridad que en el propio momento en que ocurrió y me enseña a tener vergüenza de mí mismo, me empuja a enmendar rumbos y hace crecer en mí el valor y la esperanza.

Ladrones, Lie-Tzeu

2217375En el país de Ts’i, un tal Kouo era muy rico. En el país de Song, un tal Hiang era muy pobre. Un día, el hombre pobre fue a preguntarle al rico qué había hecho para enriquecerse de aquel modo. “Robando”, le contestó el rico y continuó diciendo: “no había pasado un año desde que empecé a robar, cuando ya tuve lo necesario, a los dos años obtuve la abundancia, a los tres, la opulencia y así me convertí en un hombre notable”.

Aunque Hiang no entendió el auténtico sentido del término robar, se marchó sin pedir más explicaciones, no sin antes despedirse lleno de alegría y reconocimiento. Inmediatamente se puso manos a la obra. Saltando tapias o abriendo boquetes en las casas, se apoderaba de cuanto podía. Sin embargo, pronto fue arrestado, entonces tuvo que devolverlo todo e incluso perdió lo poco que poseía anteriormente. Feliz por haber salido del embrollo sin otras consecuencias, se dirigió rápidamente a la casa de Kouo para pedirle cuentas, convencido de que había sido víctima de su engaño. Cuando lo vio llegar de aquel modo, Kuou, le preguntó asombrado: “Pero, ¿qué hiciste?”. Cuando Hiang le hubo contado sus maneras, Kouo se rió y le dijo: “¡Ah, no fue con este tipo de robo con el que me enriquecí! Al contrario, según el tiempo y las circunstancias, he ido robando las riquezas del cielo y la tierra, de la lluvia, de los montes y los valles. Me apoderé de aquello que había hecho crecer y madurar, de los animales salvajes de las praderas, de los peces y de las tortugas acuáticas. Todo cuanto tengo, lo robé a la naturaleza, pero, y eso es importante, antes de que fuera de alguien. Sin embargo, tú robaste lo que el cielo ya había entregado a otros hombres”.

Hiang se marchó descontento, convencido que Kouo seguía engañándole. Por el camino se encontró con un gran Maestro que iba de camino con sus discípulos y le contó su caso. “¡Pues claro!, le contestó el Maestro, si reflexionas bien, toda apropiación es un robo. Incluso el ser, la vida, es el robo de una parcela de la armonía del ying y del yang, cuánto más el hecho de apropiarte de un ser material. Pero hay que distinguir entre robo y robo. Robar a la naturaleza es el robo común que todos cometen y que no es castigado. Robar a alguien, es el robo particular que los ladrones cometen y que es castigado. Todos los hombres viven de robar al cielo y a la tierra y no por ello son castigados”.

Lie-Tzeu, cuento taoísta

taismoAntiguamente, cuando Lie-Tzeu era aún un discípulo, necesitó tres años para desaprender a juzgar y a calificar con palabras; entonces, por primera vez, su maestro Lao-chang le honró con una mirada. Al cabo de cinco años, ya no juzgaba ni calificaba ni con la mente; entonces, Lao-chag le sonrió por primera vez. Al cabo de siete años, cuando hubo olvidado la distinción entre el sí y el no, de la ventaja y el inconveniente, por primera vez su maestro le hizo sentar junto a él, en su estera. Pasados nueve años, cuando hubo perdido cualquier noción de lo correcto o incorrecto, del bien o el mal con respecto a sí mismo y a los demás, cuando se volvió completamente indiferente a todo, entonces la comunicación perfecta se estableció para él entre el mundo exterior y su propio interior. Cesó de servirse de los sentidos (pero lo conocía todo por la ciencia superior y universal). Su espíritu se solidificó a medida que su cuerpo se disolvía, sus huesos y su carne se licuaban (volviéndose éter). Perdió cualquier sensación del asiento sobre el que estaba sentado, del suelo sobre el que sus pies se apoyaban; perdió cualquier conocimiento de las ideas formuladas, de las palabras pronunciadas; alcanzó aquel estado en el que la razón inmóvil no se conmueve por nada.

El fantasma mordido, P’ou Song-Ling

david-maiselHe aquí la historia que me contó Chen Lin-Cheng: Un viejo amigo suyo estaba echado a la hora de la siesta, un día de verano, cuando vio, medio dormido, la vaga figura de una mujer que, eludiendo a la portera, se introducía en la casa vestida de luto: cofia blanca, túnica y falda de cáñamo. Se dirigió a las habitaciones interiores y el viejo, al principio, creyó que era una vecina que iba a hacerles una visita; después reflexionó: «¿Cómo se atrevería a entrar en la casa del prójimo con semejante indumentaria?»

Mientras permanecía sumergido en la perplejidad, la mujer volvió sobre sus pasos y penetró en la habitación. El viejo la examinó atentamente: la mujer tendría unos treinta años; el matiz amarillento de su piel, su rostro hinchado y su mirada sombría le daban un aspecto terrible. Iba y venía por la habitación, aparentemente sin intención ninguna de abandonarla; incluso se acercaba a la cama. Él fingía dormir para mejor observar cuanto hacía.

De pronto, ella se levantó un poco la falda y saltó a la cama, sentándose en el vientre del viejo; parecía pesar tres mil libras. El viejo conservaba por completo la lucidez, pero cuando quiso levantar la mano se encontró con que la tenía encadenada; cuando quiso mover un pie, lo tenía paralizado. Sobrecogido de terror, trató de gritar, pero, desgraciadamente, no era dueño de su voz. La mujer, mientras tanto, le olfateaba la cara, las mejillas, la nariz, las cejas, la frente. En toda la cara sintió su aliento, cuyo soplo helado lo penetraba hasta los huesos. Imaginó una estratagema para librarse de aquella angustia: cuando ella llegara al mentón, él trataría de morderla. Poco después ella, en efecto, se inclinó para olerle la barbilla. El viejo la mordió con todas sus fuerzas, tanto que los dientes penetraron en la carne.

Bajo la impresión del dolor la mujer se tiró al suelo, debatiéndose y lamentándose, mientras él apretaba las mandíbulas con más energía. La sangre resbalaba por su barbilla e inundaba la almohada. En medio de esta lucha encarnizada el viejo oyó, en el patio, la voz de su mujer.

-¡Un fantasma! -gritó en el acto.

Pero apenas abrió la boca, el monstruo se desvaneció, como un suspiro.

La mujer acudió a la cabecera de su marido; no vio nada y se burló de la ilusión, causada, pensó ella, por una pesadilla. Pero el viejo insistió en su narración y, como prueba evidente, le enseñó la mancha de sangre: parecía agua que hubiera penetrado por una fisura del techo y empapado la almohada y la estera. El viejo acercó la cara a la mancha y respiró una emanación pútrida; se sintió presa de un violento acceso de vómitos, y durante muchos días tuvo la boca apestada, con un hálito nauseabundo.

 

Antídoto, Cuento Taoista

La_mujer_anciana_china_del_cuerno_negro_pekin[3]La suegra y su nuera vivían bajo el mismo techo. Desde el principio, las dos mujeres no podían soportarse. Con el tiempo, acabaron por detestarse. La vieja, de carácter muy desabrido, hacía uso de sus prerrogativas de anciana y tiranizaba a su hija política. La espiaba sin cesar, acechando la más mínima ocasión para hacerle reproches: la limpieza estaba mal hecha, la sopa no lo bastante caliente, el arroz demasiado cocido, iba maquillada como una prostituta, ¡de todo le decía! El marido, cobarde como la mayoría de los hombres en esta situación, se cuidaba mucho de tomar partido.

La vida de la joven se había vuelto intolerable y sentía un odio sin límites por su verdugo de suegra. Decidió hacerla desaparecer con discreción, recurriendo a la magia o al veneno. Una de sus amigas de la infancia, en quien tenía plena confianza; le aconsejó que fuera a consultar a una anciana muy sabia en materia de plantas medicinales, drogas y sortilegios. Vivía en una cabaña de ramas, a algunos li del pueblo, en el fondo de un estrecho valle.

La solitaria llevaba un vestido de paja de arroz trenzado. Una abundante melena plateada escondía la mayor parte de su rostro. Sin manifestar la menor emoción, escuchó la siniestra demanda. Cerró los ojos largo tiempo y por fin contestó:

—En materia de veneno, hay que ser prudente, no precipitar en absoluto las cosas. Conviene emplear pequeñas dosis para no dejar huellas, no atraer las sospechas. Voy a darte una mezcla de hierbas tóxicas que actúan muy lentamente. Para activar su efecto, deberás masajear a tu suegra dos veces al día. Pero, para que acepte ese tratamiento, primero echarás diez gotas de esta preparación en su comida. Estará enferma unos días. Cuando el médico del pueblo la haya auscultado sin encontrar remedio alguno, manda a buscarme. Entonces daré mi prescripción.

La chamana le entregó un frasco y le reclamó una considerable suma de dinero a cambio de sus servicios.

El plan se desarrolló como estaba previsto. La anciana de la montaña fue llamada junto a la cabecera de la suegra. Prescribió una tisana y masajes dos veces al día durante un mes. Enseñó a la nuera cómo darlos.

Por la virtud de los masajes cotidianos, la suegra se distendió, y su carácter mejoró. Las dos mujeres se acercaron, sus energías se armonizaron. Al cabo de quince días, se habían vuelto como madre e hija, unidas por un verdadero afecto. A la nuera le asaltaron los remordimientos.

El veneno administrado desde hacía dos semanas tal vez hubiera obrado ya de forma irreversible. Corrió hasta la cabaña de la maga para pedirle un antídoto.

La anciana levantó la maraña de su cabellera con los peines de sus dedos, mostrando así un rostro iluminado por una magnífica sonrisa.

—No te preocupes, hija mía, la tisana es inofensiva. Incluso es beneficiosa.

Todo se ha desarrollado tal como yo lo había previsto. La práctica del Tao nos enseña a transformar lo negativo en positivo.

Fue como una revelación para la joven. A partir de ese día volvió a visitar con frecuencia a la anciana de la montaña para seguir sus huellas por los senderos de la sabiduría. Luego la sucedió como médico de los cuerpos y de las almas.

El encantador de muertos, Gan Bao

1En el segundo año del reinado del emperador Jing de la dinastia Han, en la prefectura de Yingling, vivió un hombre capaz de provocar encuentros entre vivos y muertos. ‹Daría mi vida por volver a ver a  mi mujer›, le dijo cierto día un vecino, viudo desde hacía muchos años. ‹Te ayudaré y la verás- respondió el hombre-, pero debes hacerme caso. Si estando con ella oyeras tambores, huirás rápidamente, ¿has entendido?›. El vecino asintió. El hombre le explicó cómo encontrar a su mujer y al cabo de poco tiempo la encontró y habló con ella. Feliz y triste a la vez, se hundió con ella en la emoción del reencuentro. Y así pasaron las horas hasta que se oyeron los tambores. Entonces, mientras él cruzaba el umbral, se le enganchó la túnica en el quicio de la puerta; tuvo que desengancharla de un tirón y perdió así un trozo de tela.

Al cabo de un año le llegó a él la hora de morir. Fueron a enterrarlo y, ya en el panteón familiar, todos vieron un trozo de tela enganchado en la lápida de la tumba de su esposa

El vendedor de lanzas y escudos, Han Fei

1Thomas Niccum

En el Reino de Chu vivía un hombre que vendía lanzas y escudos.

– Mis escudos son tan sólidos que nada puede traspasarlos-se jactaba-.

En cuanto mis lanzas,  son tan agudas que nada hay que no puedan penetrar.

– ¿Y qué pasa si una de tus lanzas choca con uno de tus escudos? -preguntó alguien.

El vendedor no supo qué contestar.