Sesión abierta, Paul Brito

Aquiles fue acusado de asesinar a la tortuga. En el juicio Aquiles alegó que eso era absurdo, pues ni siquiera podía alcanzarla. Este argumento lo incriminó más, pues entonces aceptaba que la venía hostigando.

Zenón fue llamado a testificar. Apoyó a Aquiles afirmando que él ya había demostrado la imposibilidad del movimiento con sus aporías. El fiscal objetó que se estaba evaluando un asesinato real, que si el jurado se atenía a sofismas matemáticos, les iba a pasar lo mismo que la paradoja y nunca alcanzarían un veredicto.

Con esto prácticamente quedaba saldado el juicio. El jurado se retiró a deliberar. Volvieron tan rápido que fue como si nunca se hubieran movido. El veredicto señaló a Aquiles como autor material y, a Zenón, su cómplice intelectual.

Ambos fueron condenados a cadena perpetua. El juez remarcó la conclusión con un perentorio: «Se cierra la sesión» y lanzó un martillazo a la tapa de madera. Toda la audiencia fue testigo de que el martillo nunca tocó la mesa.

María a las cuatro de la tarde, Pedro Gómez Valderrama

Acaba de pasar por esa calle un ciclista que llevaba en la mano derecha una guitarra, lo cual demuestra que es un hombre pacífico. Iba rodando lentamente; al principio partía en dos la calzada, pero después se inclinó sobre la izquierda, porque apareció un automóvil oscuro, tal vez negro, a cierta velocidad, lo cual en este barrio y a las cuatro de la tarde es sorprendente. Me convencí más todavía de que se trataba de un ser pacífico, porque, además de llevar la guitarra en la mano, lo cual le hacía tener especial cuidado para conservar el equilibrio, al llegar a la esquina evitó felizmente el grupo de muchachos agresivos que después de las seis de la tarde crean extenso terror, rompen vidrios, pinchan neumáticos y persiguen a las criadas que van a hacer la compra vespertina. No le vi hacer ninguna de estas cosas; se limitaba a llevar la guitarra suspendida en alto para que no golpease contra la rueda trasera.

Eran apenas las cuatro de la tarde, pero de una tarde oscura que amenazaba lluvia, y yo estaba desoladamente solo porque María no había venido, a pesar de haberme prometido hacerlo a esa hora, y yo contaba los minutos y me impacientaba sin saber qué hacer, mirando la cama abierta, y me inclinaba sobre la calle para ver pasar a la gente y ver venir a María, con su contoneo particular y su manera arrogante de alzar la barbilla, que deja sorprendidos incluso a los muchachos del barrio. Pero no llegaba María, y en cambio el ciclista de la guitarra pasó, con la mano rígida, y el instrumento alcanzaba a balancearse un poco; y yo me puse a pensar en lo que le pasaría si un hueco de la calle lo hacía caer, la guitarra aplastada, hundida, y el sonido de las cuerdas en el momento de romperse la caja; pero luego pensé que una silueta a lo lejos era la de María, y resultó ser la muchacha de la esquina, esa a la cual sorprendieron una noche haciendo el amor en un automóvil con un tipo barbudo y la policía casi se los lleva y, sin embargo, dicen que ellos acabaron mientras los policías miraban sin saber qué hacer y golpeaban los vidrios del auto.

Yo me sentía desazonado en la ventana, porque el día tenía algo incómodo, porque era apenas viernes, no era sábado, y el sábado es redondo, es puro; todos los otros tienen aristas especialmente a esta hora, y era peor porque esperaba con desánimo, casi convencido de que no iba a llegar. Alcancé a ponerme a mirar en la pared el cuadrito que alguien dejó puesto hace mucho tiempo sobre el papel de flores, una reproducción tosca de algún cuadro famoso en que un militar con bigotín y perilla sonríe suficiente al paso de una mujer de faldas largas y trasero redondo y pomposo como un sábado.

Y alcancé a pensar más, mucho más en el ciclista, y sobre todo en su aire pacífico demostrado por la guitarra, que ahora es desusado porque ¿qué hubiera hecho, por ejemplo, si lo hubieran atacado los muchachos? ¿O si el perro de las solteronas hubiera intentado morderlo? Pero sospecho que nada de eso pasó porque su mismo aire pacífico contagiaba a la demás gente.

En cambio alcancé a ver después al cura que subía, vestido de sotana como ya casi no va ninguno. Y tuve la impresión de que el cura, a pesar de no llevar ningún arma, emanaba un aire provocador. Y temí por un momento que los muchachos lo atacaran, pero se limitaron a sonreír y hablar en voz baja. En cambio, el perro de las solteronas se lanzó al ataque, y una de ellas tuvo que salir, sofocada, a detenerlo, y pedir excusas al cura. Después vi a lo lejos una figura de vestido rojo, y pensé que era María. Pero al acercarme me dio vergüenza de haberla imaginado, porque era la fea de la casa rosada.

Y María no llegaba, y me puse a pensar cómo sería yo llevándola en bicicleta, alzada como lleva el hombre la guitarra, cómo el viento le levantaría la falda a María y se le verían las piernas, y a lo mejor la falda podía enredarse en los radios de la rueda, y caeríamos los dos, y al caer María, María a las cuatro de la tarde, sonaría como la guitarra rota; pensando en todo esto llegó María sin que yo la viera, y entró a la habitación y con un beso apresurado empezó a desnudarse, hazlo rápido porque tengo que volver a las seis, ¿por qué te demoraste?, desvístete, ven pronto. Está atravesada en la cama, y las piernas abiertas se balancean como la guitarra y cuando me acuesto sobre ella me siento otra vez como el ciclista que lleva la guitarra y cuando María se viste a toda prisa, María a las cinco y media de la tarde, me asomo a verla salir y me asombro al ver que vuelve a pasear el ciclista con la guitarra, mejor dicho, con María atravesada balanceándose como la guitarra, exactamente como debo llevarla todavía por mucho tiempo.

Fantasmas de carreteras, Gabriel García Márquez

Dos muchachos y dos muchachas que viajaban en un Renault 5 recogieron a una mujer vestida de blanco que les hizo señas en un cruce de caminos poco después de la medianoche. El tiempo era claro, y los cuatro muchachos -como se comprobó después hasta la saciedad- estaban en su sano juicio. La dama viajó en silencio varios kilómetros, sentada en el centro del asiento posterior, hasta un poco antes del puente de Quatre Canaux. Entonces señaló hacia adelante con un índice aterrorizado, y gritó: “Cuidado, esa curva es peligrosa”, y desapareció en el acto.Esto ocurrió el pasado 20 de mayo en la carretera de París a Montpellier. Él comisario de esa ciudad, a quienes los cuatro muchachos despertaron para contarle el acontecimiento espantoso, llegó hasta admitir que no se trataba de una broma ni una alucinación, pero archivó el caso porque no supo qué hacer con él. Casi toda la prensa de Francia lo comentó en los días siguientes, y numerosos parapsicólogos, ocultistas y reporteros metafísicos concurrieron al lugar de la aparición para estudiar sus circunstancias, y fatigaron con interrogatorios racionalistas a los cuatro elegidos por la dama de blanco. Pero al cabo de pocos días, todo se echó al olvido, y tanto la prensa como los científicos se refugiaron en el análisis de una realidad más fácil; los más comprensivos admitieron que la aparición pudo ser cierta, pero aún ellos prefirieron olvidarla ante la imposibilidad de entenderla.

A mí -que soy un materialista convencido- no me cabe ninguna duda de que aquel fue un episodio más, y de los más hermosos, en la muy rica historia de la materialización de la poesía. La única falla que le encuentro es que ocurrió de noche, y peor aún, al filo de la medianoche, como en las peores películas de terror. Salvo por eso, no hay un solo elemento que no corresponda a esa metafísica de las carreteras que todos hemos sentido pasar tan cerca en el curso de un viaje, pero ante cuya verdad estremecedora nos negamos a rendirnos. Hemos terminado por aceptar la maravilla de los barcos fantasmas que deambulan por todos los mares buscando su identidad perdida, pero les negamos ese derecho a las tantas y pobres ánimas en pena que se quedaron regadas y sin rumbo a la orilla de las carreteras. Sólo en Francia se registraban hasta hace pocos años unos doscientos muertos semanales en los meses más frenéticos del verano, de modo que no hay por qué sorprenderse de un episodio tan comprensible como el de la dama de blanco, que sin duda se seguirá repitiendo hasta el fin de los siglos, en circunstancias que sólo los racionalistas sin corazón son incapaces de entender.

Siempre he pensado, en mis largos viajes por tantas carreteras del mundo, que la mayoría de los seres humanos de estos tiempos somos sobrevivientes de una curva. Cada una es un desafío al azar. Bastaría con que el vehículo que nos precede sufriera un percance después de la curva para que se nos frustrara para siempre la oportunidad de contarlo. En los primeros años del automóvil, los ingleses promulgaron una ley -The Locomotive Act- que obligaba a todo conductor a hacerse preceder de otra persona de a pie, llevando una bandera roja y haciendo sonar una campana, para que los transeúntes tuvieran tiempo de apartarse. Muchas veces, en el momento de acelerar para sumergirme en el misterio insondable de una curva, he lamentado en el fondo de mi alma que aquella disposición sabia de los ingleses haya sido abolida, sobre todo una vez, hace quince años’, en que viajaba de Barcelona a Perpiñán con Mercedes y los niños a cien kilómetros por hora, y tuve de pronto la inspiración incomprensible de disminuir la velocidad antes de tomar la curva. Los coches que me seguían, como ocurre siempre en esos casos, nos rebasaron. No lo olvidaremos nunca: eran una camioneta blanca, un Volkswagen rojo y un Fiat azul. Recuerdo hasta el cabello rizado y luminoso de la holandesa rozagante que conducía la camioneta. Después de rebasarnos en un orden perfecto, los tres coches se perdieron en la curva, pero volvimos a encontrarlos un instante después, los unos encima de los otros, en un montón de chatarra humeante, e incrustados en un camión sin control que encontraron en sentido contrario. El único sobreviviente fue el niño de seis meses del matrimonio holandés.

He vuelto a pasar muchas veces por ese lugar, y siempre he vuelto a pensar en aquella mujer hermosa que quedó reducida a en montículo de carne rosada en mitad de la carretera, desnuda por completo a causa del impacto, y con su bella cabeza de emperador romano dignificada por la muerte. No sería sorprendente que alguien la encontrara un día de estos en el lugar de su desgracia, viva y entera, haciendo las señales convencionales de la dama de blanco de Montpellier, para que la sacaran por un instante de su estupor y le dieran la oportunidad de advertir con el grito que nadie lanzó por ella: “Cuidado, esa curva es peligrosa”.

Los misterios de las carreteras no son más populares que los del mar, porque no hay, nadie más distraído que los conductores aficionados. En cambio, los profesionales -como los antiguos arrieros de mulas- son fuentes infinitas de relatos fantásticos. En las fondas de carreteras, como en las ventas antiguas de los caminos de herradura, los camioneros curtidos, que no parecen creer en nada, relatan sin descanso los episodios sobrenaturales de su oficio, sobre todo los que ocurren a pleno sol, y aún en los tramos más concurridos. En el verano de 1974, viajando con el poeta Alvaro Mutis y su esposa por la misma carretera donde ahora apareció la dama de blanco, vimos un pequeño automóvil que se desprendió de la larga fila embotellada en sentido contrario, y se vino de frente a nosotros a una velocidad desatinada. Apenas si tuve tiempo de esquivarlo, pero nuestro automóvil saltó en el vacío , quedó incrustado en el fondo de una cuneta. Varios testigos alcanzaron a fijar la imagen del automóvil fugitivo: era un Skoda blanco, cuyo número de placas fue anotado por tres personas distintas. Hicimos la denuncia correspondiente en la inspección de policía de Aix-en-Provence, y al cabo de unos meses la policía francesa había comprobado sin ninguna duda que el Skoda blanco con las placas indicadas existía en realidad. Sin embargo, había comprobado también que a la hora de nuestro accidente estaba en el otro extremo de Francia, guardado en su garaje, mientras su dueño y conductor único agonizaba en el hospital cercano.

De estas, y de otras muchas experiencias, he aprendido a tener un respeto casi reverencial por las carreteras. Con todo, el episodio más inquietante que recuerdo me ocurrió en pleno centro de la ciudad de México, hace muchos años. Había esperado un taxi durante casi media hora, a las dos de la tarde, y ya estaba a punto de renunciar cuando vi acercarse uno que a primera vista me pareció vacío y que además llevaba la bandera levantada. Pero ya un poco más cerca vi sin ninguna duda que había una persona junto al conductor. Sólo cuando se detuvo, sin que yo se lo indicara, caí en la cuenta de mi error: no había ningún pasajero junto al chófer. En el trayecto le conté a éste mi ilusión óptica, y él me escuchó con toda naturalidad. “Siempre sucede”, me dijo. “A veces me paso el día entero dando vueltas, sin que nadie me pare, porque casi todos ven a ese pasajero fantasma en el asiento de al lado”. Cuando le conté esta historia a don Luis Buñuel, le pareció tan natural como al chófer. “Es un buen principio para una película”, me dijo.

Gabriel García Márquez

La actriz, Guillermo Bustamante Zamudio

Caperucita estaba aburrida: cada vez que un lector toma el libro y lee, termina primero baboseada y después tragada por el lobo, saliendo finalmente a través de una chapucera autopsia de cazador. Para acabar con este ciclo infernal, convenció a una amiguita de hacer sus veces y presentarse en la escena de marras con la canastilla munida de manjares. La abuela estaba muy viejita y no notaría la diferencia; le prometió cierto favor como recompensa, una vez la sencilla misión fuese cumplida.

Quiso verificar personalmente el desarrollo de los acontecimientos. En su momento, oyó los infantiles gritos que en el libreto marcaban, primero, la infructuosa negativa de la niña a dejarse comer por el lobo y, luego, su disposición en bocados convenientes a las costumbres de mesa de estos carnívoros.

Sólo entonces, contenta, Caperucita cogió su propio rumbo, con la deriva que suele caracterizar a un actor desempleado.

 

 

El dragón , Harold Kremer

Cuando el mundo conocido sólo era China, el dragón Han se apareció en sueños al rey Tong y le dijo:

Al despertar sólo tendrás un día más de vida y luego morirás. Podrás seguir viviendo si construyes para mí un castillo que dure mil años.

Cuando despertó, el rey olvidó el sueño. Al anochecer, cuando faltaban apenas seis horas para la sentencia, lo recordó y llamó de prisa a sus ministros, consejeros y magos.

Pronto moriré —concluyó después de contar su sueño—. Si alguno de ustedes tiene una solución quiero oírla.

Divagaron durante horas hasta que uno de los consejeros trajo unas copas de licor. En la del rey echó un fuerte somnífero que lo hizo dormir inmediatamente.

Pero, ¿qué hiciste, siniestro consejero? —clamaron en coro los hombres.

Salvarlo —respondió—. Sólo en sueños podrá construir ese castillo.

El violinista y el verdugo, Fernando Ayala Poveda

Cansado del cielo, Jacob abandonó su castillo y regresó a la tierra. A medianoche penetró en la recámara del sargento Ordax, lo despertó con un golpe de sombra y le dijo:

¿Ya no me recuerda?

No – le respondió el verdugo -. ¿Qué desea de mí?

Recuerde -dijo Jacob con vehemencia-, yo soy el hombre que usted asesinó en el conservatorio de música de Miraflores, en la noche de los coroneles.

No quiero hablar de cuestiones políticas.

Yo era músico, ¿sabe usted? En la noche de mi muerte, daba mi primer concierto. Me preparé durante treinta años para esa gran noche.

Lo que fue ya pasó -dijo el verdugo implacable-. El mundo no ha perdido nada sin su música. Fíjese: todo sigue en su mismo lugar. ¿Por qué se lamenta?

Por mi violín. Usted lo guarda debajo de su cama. Quisiera volver a tocarlo.

Puede tocarlo si quiere. Pero después saldrá inmediatamente de aquí. Tengo que madrugar.

Jacob tomó el violín, lo acarició con amor y el mundo se llenó de música.

Al principio, el verdugo escuchó aquel concierto con mirada cejijunta, pero más tarde, su rostro se transformó. Luego se levantó de su camastro y se aproximó a la ventana. A través de las rejas de hierro contempló la luna de octubre, y entonces comenzó a silbar una balada feliz, que le evocaba los caballos y las mariposas de su niñez.

Cuando Jacob dejó de tocar el violín, el verdugo le dijo:

Su música es bella, muy bella, y saludable. Ahora usted debe irse. Ya ha cumplido su deseo. No es bueno que dos sombras hablen en la oscuridad.

Jacob se marchó al cielo con una tremenda nostalgia por los hombres y por su violín.

Un año después, el sargento Ordax, discretamente, concluyó su primer curso de música en el conservatorio de Miraflores, y desde entonces eligió el violín como el instrumento de su destino

Informe personal sobre el viento, Federico Díaz-Granados

wpid-viento_serenidad-1024x768Hoy le pido al viento

Que encadene el cielo y haga prisionero a Dios,

Que lo amarre con sus venas

y lo envíe exiliado junto al dueño de la muerte

A tejer sombras con las hojas negras del otoño.

Le pido al viento

Que recupere la luz que se extravió del relámpago

Y la lleve a habitar a una palabra

O a una estrella interrumpida en su penumbra y en su asombro.

Lo pido, porque sé que al mundo lo gobierna el viento.

Hay que verlo con su silencio

Dibujando el oleaje de las cosas

Con la voz que le roba a los ángeles

En cada viaje al paraíso,

Danzando con las ropas tendidas en el alambre de la guerra

Y con los árboles donde relata sus derrotas, agonías y memorias.

Es por culpa del viento que la música enmudece las palabras.

Escuchemos nada más ese tañido de rieles

Que hace eco en las largas avenidas del olvido,

Las orquestas del bosque

Que pueblan de sombras los presagios

Y la flauta traversa de las estaciones

Que se toma por asalto

Mi corazón insular luego del naufragio.

Tal vez es el viento ese ángel insurrecto

Que inesperado viene a hacer tregua con los hombres.

Por último le pido al viento

Que con sus rugosas manos gastadas por los días

Me devuelva a todos mis ausentes.

Que me regrese por un instante

A cada uno de mis muertos

Para que en otra noche de brumas de su vuelo

Puedan volver a cenar conmigo

Bajo la luz de un pájaro que canta desnudo

En la orilla opuesta de la vida,

Donde las mariposas hacen su decolaje

Para partir hacia un puerto de cenizas.

La luz es como el agua, Gabriel García Márquez

tumblr_inline_o1htx2lxcb1tmmctk_1280En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.

-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.

Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.

-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.

-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.

Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.

Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.

-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?

-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.

La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.

-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.

De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.

-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.

-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.

-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.

El padre le reprochó su intransigencia.

-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.

-Es una prueba de madurez -dijo.

-Dios te oiga -dijo la madre.

El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.

Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

Guardar

Decreto Imperial, Isar Hasim Otazo

838El hombre cometió un crimen atroz. Mis gendarmes lo aprehendieron caminando plácidamente por la plaza principal, cubierto de sangre de pies a cabeza. No huía: sencillamente caminaba. Cuando lo interrogaron, contó sin emoción lo acaecido. Una viuda le había dado posada y cuando le servía el almuerzo derramó por equivocación un tazón de sopa caliente en sus ropas. En venganza por haberle arruinado el sayo, el hombre empuñó un cuchillo y la despanzurró como a un puerco. Luego, al ver que los cinco hijos de la mujer lo miraban con horror, procedió a hacer lo mismo con ellos, todos menores de diez años.

Cuando lo trajeron ante mi presencia y expusieron el caso, el hombre admitió haber sido el autor de los hechos, pero no se excusó ni expresó remordimiento. Para intimidarlo, le planteé las formas de ejecución: desangramiento por corte abdominal, decapitación con hacha de piedra, crucifixión inversa, empalamiento… pero él sólo asentía, sin entender la dimensión del castigo.

Yo, el emperador, domador de dragones, comandante en jefe del ejército que expulsó a esa raza nefasta de los grifos, juez supremo que ajustició a los temibles nigromantes, autor del libro en que hablo de la batalla que por cinco años libramos contra las execrables sierpes que devastaban nuestras tierras, yo, el hijo del Sol y de la Luna, no lograba entender a este maldito hombre.

Así que ordené que le suspendieran la pena. Le obsequié a la más bella de mis concubinas, con la que tuvo dos hijos. Al cabo de los años, cuando supe a través de mis espías que era feliz, que soñaba con ver crecer a sus descendientes, que le temía a la muerte, lo hice comparecer ante mí y le recordé el juicio que tenía pendiente. Cayó de rodillas y expresó horror por su nefasto pasado y, por fin, asumió su culpa y pidió clemencia.

Entonces dicté su sentencia: sería decapitado, no sin antes ser testigo de la ejecución de sus hijos y su esposa.

Hermano lobo, Manuel Mejía Vallejo

ANIMALIA 2Un día el lobo se dio cuenta de que los hombres lo creían malo.

– Es horrible lo que piensan y escriben – exclamó.

– No todos – dijo un ermitaño desde la entrada de su cueva, y repitió las palabras que inspiró San Francisco. El lobo estuvo triste un momento, quiso comprender.

– ¿Dónde está ese santo?

– En el cielo.

– ¿En el cielo hay lobos?

El ermitaño no pudo contestar.

– ¿Y tú que haces? – preguntó el lobo intrigado por la figura escuálida, los ojos ardidos, los andrajos del ermitaño en su duro aislamiento. El ermitaño explicó todo lo que el lobo deseaba.

– Y cuando mueras ¿irás al cielo?- preguntó el lobo conmovido, alegre de ir entendiendo el bien y el mal.

– Hago lo que puedo por merecer el cielo – dijo apaciblemente el ermitaño.

– Si fueras mártir, ¿irías al cielo?

– En el cielo están todos los mártires.

El lobo se le quedó mirando, húmedos los ojos, casi humanos. Recordó entonces sus mandíbulas, sus garras, sus colmillos poderosos, y de unos saltos devoró al ermitaño. Al terminar se tendió en la entrada de la cueva, miró al cielo limpiamente y se sintió bueno por primera vez.

Guardar

Guardar

Mala noche, Jorge Franco Ramos

ash-sivilsCuando tropecé con la cabeza de Rita pensé lo bueno que sería matarse todos los días. Yo vi cuando la degollaron. Un puñal salió de la oscuridad y de un solo tajo le dejó la cabeza colgando de un grito. Creí que la muerta había sido yo, la maldita Rita murió con un vestido que me había robado y no sé cómo diablos se lo acomodó en su montón de carnes. Fui a buscar la cabeza que había pateado. Hinchada como un balón había rodado un par de metros hasta unas canecas, pero un camino de sangre aún la unía a su cuerpo.

No me mires así, Rita. Yo no te maté. Ganas no me faltaron pero yo sabía que ibas a acabar mal. Mírate no más. Gorda, ensangrentada, con un vestido robado y haciendo fila en el infierno con la cabeza bajo el brazo.Qué vergüenza.

Llevo horas esperando a la policía. Tuve que romper una vitrina para que la alarma los alertara, pero con todo y eso no aparecen. Nadie que se respete anda por aquí en la oscuridad. No quiero abandonar a Rita porque a mi regreso los perros y los mendigos ya se la habrán disputado. No sé si acompañar su cuerpo o su cabeza. No me atrevo a tocarla. Con pataditas cortas trato de acercarlos. Este es el panorama, una cabeza boca arriba, un cuerpo para abajo, una alarma inútil y loca, y la eterna llovizna con la que condenaron a esta maldita ciudad.

Siento envidia de ti, Rita. Ya saliste de esto. No fue muy decente tu final, pero ya terminaste. ¿Qué le voy a decir a la policía? ¿Que fue una sombra la que te mató? ¿Que tu cabeza siguió gritando mientras rodaba? ¿Que por qué si nos odiábamos estoy aquí salvándote de la rapiña? Que le pregunten a la luna que estaba llena. Ella lo vio todo. ¿Que la luna no puede hablar? Una cosa es que no hable pero otra muy distinta es que no vea. ¿Que por qué rompí el vidrio, que por qué estoy aquí? Mira en la que me estás metiendo, Rita. Si yo hubiera tenido tu suerte y tú me hubieras encontrado, estoy segura de que no me acompañarías. Te habrías puesto a esculcar en mi cartera y a maltratar mis muñecas para sacarme las pulseras. Eso fue lo que nos diferenció grandísima hija de puta, tu baja cama y mi cuna de algodón. Pero no nos engañemos. No es mi nobleza la que me obliga a presenciar este bochornoso espectáculo. Ya te lo dije, quisiera estar en tu lugar, quisiera saber cómo es ese pavoroso trance.

Con otro par de pataditas acomodé la cabeza al lado del cuerpo. Me hubiera gustado levantarla para que tuviera un vista panorámica de su muerte.

Así te queda más fácil mirarte. Ahora dime, qué ves, qué se siente. Dime Rita, qué sientes, cómo te ves. !Habla gorda inmunda! ¡No ves que me estoy mojando! Ahora que llueve puedo llorar tranquila. Rita no lo notará. Las sombras comienzan a acecharme. No estoy sola, por lo menos cien miserables almas me acompañan. Se mueven con la misma agilidad de las ratas y con su misma intención. No se ven pero se sienten. Se deslizan como fantasmas vivos. Mi llanto es una carnada mortal pero el cuadro de Rita los mantiene a raya. Otro cigarrillo mojado, otro cigarrillo perdido. Quiero que me trague la tierra.

Mi mujer, Germán Cuervo

Jack VettrianoMi mujer trabajaba en un banco. Yo escribía poesía y pintaba, es decir, no hacía nada. No me iba muy bien.

Pero ella envidiaba la vida que yo llevaba: tenía amigos y amigas artistas; siempre podía salir de farra y divertirme. Cuando ella llegaba de trabajar las diez horas reglamentarias más las cuatro horas reglamentarias de transporte, le notaba en su mirada, como en su cuerpo, un cansancio infinito.

Un día me dijo:

Yo también voy a escribir poesía y pintar. Si eso que usted hace es poesía y esos mamarrachos son cuadros, yo también puedo hacerlo.

Dicho y hecho. Desde ese momento comenzó a engarabañar papeles. Yo apenas la miraba, aterrado. Pronto dejó el trabajo (ya no teníamos de qué vivir) y muy pronto comenzó a acostarse con mis amigos poetas y pintores. Yo no pude soportar tal situación. Terminé abandonando los pinceles, las musas y la casa, para tratar de olvidarme por completo de toda esa vida.

Ahora tengo un puesto de Super-perros calientes y empanadas en la avenida sexta. Trabajo por las noches. Me ha comenzado a ir mejor. Ella pasa con sus amigos de turno, borracha y trabada. Me muestra sus cuadros y me lee sus poemas cuando regresan de rumbear. Sus poemas no son malos pero no sé si son como de ella o como de otros, de los que andan con ella. Al amanecer les doy de comer, pues siempre andan hambrientos y sin dinero.

Lo malo fue que anoche me dijo que iba a poner un puesto de perros calientes frente al mío. Cuando me dijo esto se quedó mirándome raro, extrañamente maravillada; parecía que quería meterse dentro de mí. Ahora no sé qué hacer, ni a dónde irme.

Despedida, Luis Zalamea

David Olère 2

Yo me voy porque en los “subways” no crecen los bejucos;

porque ya no huele el aire prisionero de las calles

a azafrán, ni a tomillo, ni a hembra en primavera.

Me voy porque a los parques les pusieron mordazas.

Me voy porque aquí ya no se puede reír a carcajadas;

porque los crepúsculos se compran enlatados;

porque agonizaron, inermes, los últimos rebeldes.

Me voy porque hasta los besos se encuentran censurados.

Me voy porque ya ordenaron investigar a la alegría;

porque a los niños les raptaron sus hadas;

porque a los libros los encerraron en la cárcel.

Me voy porque a la muerte la están vendiendo en cápsulas.

Me voy porque a las mujeres les rondaron el sexo;

porque al alcohol le editaron sus sueños;

porque en lugar de saúcos se cultivan barrotes.

Porque soltaron, todos, los diques del pavor.

Me voy porque en las calles tan sólo ríe el miedo.

Ahora que los ladros perran, José Manuel Marroquín

01-dbAhora que los ladros perran,

ahora que los cantos gallan,

ahora que albando la toca

las altas suenas campanan;

y que los rebuznos burran

y que los gorjeos pájaran,

y que los silbos serenan

y que los gruños marranan,

y que la aurorada rosa

los extensos doros campa,

perlando líquidas viertas

cual yo lágrimo derramas

y friando de tirito

si bien el abrasa almada,

vengo a suspirar mis lanzos

ventano de tus debajas.

Tú en tanto duerma tranquiles

en tu camada regala,

ingratándote así burla

de las amas del que te ansia.

¡Oh, ventánate a tu asoma!

¡Oh, persiane un poco la abra!

Y suspire los recibos

que este pobre exhalo amanta.

Ven, endecha las escuchas

en que mi exhala se alma,

que un milicio de musicas

me flauta con su acompaña.

En tinieblo de las medias

de esta madruga oscurada

ven, y haz miradar tus brillas

a fin de angustiar mis calmas.

Esas tus arcas son cejos

con que flechando disparas.

Cupido peche mi hiero

y ante tus postras me planta.

Tus estrellos son dos ojas,

tus rosos son como labias,

tus perles son como dientas,

tu palme como una talla,

tu cisne como el de un cuello,

un garganto tu alabastra,

tus tornos hechos a brazo,

tu reinar como el de un anda.

Y por eso horo a estas vengas

a rejar junto a tus cantas

¡y a suspirar mis exhalos

ventano de tus debajas!

Ahora que los ladros perran,

 

La princesa desencantada, Henry Ficher

Grace-of-MonacoMi amor por la princesa germinó una clara tarde de abril, cuando su risa melodiosa quedó enmarcada para siempre en el aura dorado de sus cabellos.
   Durante meses la cortejé. Le dejaba rosas fucsia —su color favorito — en los resquicios de los muros y en las aldabas de las puertas, para que ella las encontrara en su camino. Le escribía sonetos con ingeniosos conceptos y floridas metáforas. Le seguía los pasos a lo lejos, sabiendo que ella sabía que la seguía.
   Hoy, por fin, la princesa ha condescendido a hablarme. Me citó en el bosque de sauces, a la caída de la tarde.
   La vi llegar, arrobado por una extraña sensación de irrealidad. Finalmente la tuve frente a mí, su aliento mezclado al mío. La besé, profundamente, en sus labios rojos, y ahí nomás se convirtió en un horrendo sapo lleno de verrugas.

El edén onírico, Andrés Uribe Botero

tumblr_loecel08ox1qmcb29o1_1280

 Si las puertas de la perversión quedaran depuradas,
todo se mostraría al hombre tal cual es infinito:
William Blake

Las puertas del cielo están cerradas. Bajo la lluvia, una mujer angelical espera que le abran; seres de vidrio, bajo paraguas negros caminan de un lado para otro.

A media noche, la puerta central se abre, del interior proviene un eco de campanas y pasos; un hombre de aspecto gris que luce una túnica blanca como el mármol se detiene frente a la mujer, la mira fijamente a los ojos y le dice:

-Por favor, espéreme en el bar de la esquina.

Minutos más tarde la mujer toma cerveza en el bar, esperando la hora del juicio. Allí, seres como vampiros, reposan en soledad suprema, con los ojos perdidos en los más insondables abismos.

La mujer se siente mareada. Las luces que la cubren se convierten en una danza de juegos pirotécnicos. Se levanta de la silla y tambaleando se dirige al baño, donde contempla un inodoro tan pulcro como su sexo de virgen. Con sus largos dedos sube la falda que cubre su paraíso húmedo. Se sienta como en un trono que se abre al instante en arcos de luz difusa.

Despierta embriagada, la luz del recuerdo la agobia: contempla un horizonte multicolor desde se ve a Cristo haciendo el amor a un feto que el bisturí impidió nacer. Entre tanto, Arthur Rimbaud juega con su pierna mutilada y André Bretón inventa colores que caminan en tres manos. Galileo descubre que el centro de la razón es la locura, y Adolfo Hitler, con los judíos como fichas de parqués, los incinera junto a las puertas del cielo.

El hombre gris nunca llega

 

Mi otro yo, Gabriel García Márquez

1Hace poco, al despertar en mi cama de México, leí en un periódico que yo había dictado una conferencia literaria el día anterior en La Palma de Gran Canaria, al otro lado del océano, y el acucioso corresponsal no sólo había hecho un recuento pormenorizado del acto, sino también una síntesis muy sugestiva de mi exposición. Pero lo más halagador para mí fue que los temas de la reseña eran mucho más inteligentes de lo que se me hubiera podido ocurrir, y la forma en que estaban expuestos era mucho más brillante de lo que yo hubiera sido capaz. Sólo había una falla: yo no había estado en La Palma ni el día anterior ni en los 22 años precedentes, y nunca había dictado una conferencia sobre ningún tema en ninguna parte del mundo.

Sucede a menudo que se anuncia mi presencia en lugares donde no estoy. He dicho por todos los medios que no participo en actos públicos, ni pontifico en la cátedra ni me exhibo en televisión, ni asisto a promociones de mis libros ni me presto para ninguna iniciativa que pueda convertirme en un espectáculo. No lo hago por modestia sino por algo peor: por timidez. Y no me cuesta ningún trabajo, porque lo más importante que aprendí a hacer después de los 40 años fue a decir que no cuando es no. Sin embargo, nunca falta un promotor abusivo que anuncia por la prensa, o en las invitaciones privadas, que estaré el martes próximo a las seis de la tarde en algún acto del cual no tengo noticia. A la hora de la verdad, el promotor se excusa ante la concurrencia por el incumplimiento del escritor que prometió venir y no vino, agrega unas gotas de mala leche sobre los hijos de los telegrafistas a quienes se les sube la fama a la cabeza, y termina por conquistarse la benevolencia del público para hacer con él lo que le da la gana. Al principio de esta desdichada vida de artista, aquel truco malvado había empezado a causarme erosiones en el hígado. Pero me he consolado un poco leyendo las memorias de Graham Greene, quien se queja de lo mismo en su divertido capítulo final, y me ha hecho comprender que no hay remedio, que la culpa no es de nadie, porque existe otro yo que anda suelto por el mundo, sin control de ninguna índole, haciendo todo lo que uno debiera hacer y no se atreve.

En ese sentido, lo más curioso que me ha ocurrido no fue la conferencia inventada de Canarias, sino el mal rato que pasé hace dos años con Air France a propósito de una carta que nunca escribí. En realidad, Air France había recibido una protesta altisonante y colérica, firmada por mí, en la cual yo me quejaba del mal trato de que había sido víctima en el vuelo regular de esa compañía entre Madrid y París, y en una fecha precisa. Después de una investigación rigurosa, la empresa había impuesto a la azafata las sanciones del caso, y el departamento de relaciones públicas me mandó a Barcelona una carta de excusas, muy amable y compungida, que me dejó perplejo, porque en realidad yo no había estado nunca en ese vuelo. Más aún: siempre vuelo tan asustado, que ni siquiera me doy cuenta de cómo me tratan, y todas mis energías las consagro a sostener mi silla con las manos para ayudar a que el avión se sostenga en el aire, o a tratar de que los niños no corran por los pasillos por temor de que desfonden el piso. El único incidente indeseable que recuerdo fue en un vuelo desde Nueva York en un avión tan sobrecargado y opresivo que costaba trabajo respirar. En pleno vuelo, la azafata le dio a cada pasajero una rosa roja. Yo estaba tan asustado, que le abrí mi corazón. “En vez de darnos una rosa –le dije– sería mejor que nos dieran cinco centímetros más de espacio para las rodillas”. La hermosa muchacha, que era de la estirpe brava de los conquistadores, me contestó impávida: “Si no le gusta, bájese”. No se me ocurrió, por supuesto, escribir ninguna carta de protesta a una compañía de cuyo nombre no quiero acordarme, sino que me fui comiendo la rosa, pétalo por pétalo, masticando sin prisa sus fragancias medicinales contra la ansiedad, hasta que recobré el aliento. De modo que cuando recibí la carta de la compañía francesa me sentí tan avergonzado por algo que no había hecho, que fui en persona a sus oficinas para aclarar las cosas, y allí me mostraron la carta de protesta. No hubiera podido repudiarla, no sólo por su estilo, sino porque a mí mismo me hubiera costado trabajo descubrir que la firma era falsa.

El hombre que escribió esa carta es sin duda el mismo que dictó la conferencia de Canarias, y el que hace tantas cosas de las cuales apenas si tengo noticias por casualidad. Muchas veces, cuando llego a una casa de amigos, busco mis libros en la biblioteca con aire distraído, y les escribo una dedicatoria sin que ellos se den cuenta. Pero más de dos veces me ha ocurrido encontrar que los libros estaban ya dedicados, con mi propia letra, con la misma tinta negra que uso siempre y el mismo estilo fugaz, y firmados con un autógrafo al cual lo único que le faltaba para ser mío es que yo lo hubiera escrito. Igual sorpresa me he llevado al leer en periódicos improbables alguna entrevista mía que yo no concedí jamás, pero que no podía reprobar con honestidad porque corresponde línea por línea a mi pensamiento. Más aún: la mejor entrevista mía que se ha publicado hasta hoy, la que expresaba mejor y de un modo más lúcido los recovecos más intrincados de mi vida, no sólo en literatura sino también en política, en mis gustos personales y en los alborozos e incertidumbres de mi corazón, apareció hace unos dos años en una revista marginal de Caracas, y era inventada hasta el último aliento. Me causó una gran alegría, no sólo por ser tan certera, sino porque estaba firmada con su nombre completo por una mujer que yo no conocía, pero debía amarme mucho para conocerme tanto, aunque sólo fuera a través de mi otro yo.

Algo semejante me ocurre con gentes entusiastas y cariñosas que me encuentro por el mundo entero. Siempre es alguien que estuvo conmigo en un lugar donde yo no estuve nunca, y que conserva un recuerdo grato de aquel encuentro. O que es muy amigo de algún miembro de mi familia al cual no conoce en realidad, porque el otro yo parece tener tantos parientes como yo mismo, aunque tampoco ellos son los verdaderos, sino que son los dobles de los parientes míos. En México me encuentro con frecuencia con alguien que me cuenta las pachangas babilónicas que suele hacer con mi hermano Humberto en Acapulco. La última vez que lo vi me agradeció el favor que le hice a través de él, y no me quedó más remedio que decirle que de nada, hombre, ni más faltaba, porque nunca he tenido corazón para confesarle que no tengo ningún hermano que se llame Humberto ni viva en Acapulco.

Hace unos tres años acababa de almorzar en mi casa en México cuando llamaron a la puerta, y uno de mis hijos, muerto de risa, me dijo: “Padre, ahí te buscas tu mismo”. Salté del asiento, pensando con una emoción incontenible: “Por fin, ahí está”. Pero no era el otro, sino el joven arquitecto mexicano Gabriel García Márquez, un hombre reposado y pulcro, que sobrelleva con un grande estoicismo la desgracia de figurar en el directorio telefónico. Había tenido la gentileza de averiguar mi dirección para llevarme la correspondencia que se había acumulado durante años en su oficina. Hacía poco, alguien que estaba de paso en México buscó nuestro teléfono en el directorio, y le contestaron que estábamos en la clínica porque la señora acababa de tener una niña. ¡Qué más hubiera querido yo! El hecho es que la esposa del arquitecto debió de recibir un ramo de rosas espléndidas, y además muy merecidas, para celebrar el feliz advenimiento de la hija con que soñé toda la vida y que no tuve nunca.

No. Tampoco el joven arquitecto era mi otro yo, sino alguien mucho más respetable: un homónimo. El otro yo, en cambio, no me encontrará jamás, porque no sabe dónde vivo, ni cómo soy, ni podría concebir que seamos tan distintos. Seguirá disfrutando de su existencia imaginaria, deslumbrante y ajena, con su yate propio, su avión privado y sus palacios imperiales donde baña con champaña a sus amantes doradas y derrota a trompadas a sus príncipes rivales. Seguirá alimentándose de mi leyenda, rico hasta más no poder, joven y bello para siempre y feliz hasta la última lágrima, mientras que yo sigo envejeciendo sin remordimientos frente a la máquina de escribir, ajeno a sus delirios y desafueros, y buscando todas las noches a mis amigos de toda la vida para tomarnos los tragos de siempre y añorar sin consuelo el olor de la guayaba. Porque lo más injusto es eso: que el otro es el que goza de la fama, pero yo soy el que se jode viviendo.

Muerte constante más allá del amor, Gabriel García Márquez

Alexsey Usovich
Alexsey Usovich


Al senador Onésimo Sánchez le faltaban seis meses y once días para morirse cuando encontró a la mujer de su vida. La conoció en el Rosal del Virrey, un pueblecito ilusorio que de noche era una dársena furtiva para los buques de altura de los contrabandistas, y en cambio a pleno sol parecía el recodo más inútil del desierto, frente a un mar árido y sin rumbos, y tan apartado de todo que nadie hubiera sospechado que allí viviera alguien capaz de torcer el destino de nadie. Hasta su nombre parecía una burla, pues la única rosa que se vio en aquel pueblo la llevó el propio senador Onésimo Sánchez la misma tarde en que conoció a Laura Farina.

Fue una escala ineludible en la campaña electoral de cada cuatro años. Por la mañana habían llegado los furgones de la farándula. Después llegaron los camiones con los indios de alquiler que llevaban por los pueblos para completar las multitudes de los actos públicos. Poco antes de las once, con la música y los cohetes y los camperos de la comitiva, llegó el automóvil ministerial del color del refresco de fresa. El senador Onésimo Sánchez estaba plácido y sin tiempo dentro del coche refrigerado, pero tan pronto como abrió la puerta lo estremeció un aliento de fuego y su camisa de seda natural quedó empapada de una sopa lívida, y se sintió muchos años más viejo y más solo que nunca. En la vida real acababa de cumplir 42, se había graduado con honores de ingeniero metalúrgico en Gotinga, y era un lector perseverante aunque sin mucha fortuna de los clásicos latinos mal traducidos. Estaba casado con una alemana radiante con quien tenía cinco hijos, y todos eran felices en su casa, y él había sido el más feliz de todos hasta que le anunciaron, tres meses antes, que estaría muerto para siempre en la próxima Navidad.

Mientras se terminaban los preparativos de la manifestación pública, el senador logró quedarse solo una hora en la casa que le habían reservado para descansar. Antes de acostarse puso en el agua de beber una rosa natural que había conservado viva a través del desierto, almorzó con los cereales de régimen que llevaba consigo para eludir las repetidas fritangas de chivo que le esperaban en el resto del día, y se tomó varias píldoras analgésicas antes de la hora prevista, de modo que el alivio le llegara primero que el dolor. Luego puso el ventilador eléctrico muy cerca del chinchorro y se tendió desnudo durante quince minutos en la penumbra de la rosa, haciendo un grande esfuerzo de distracción mental para no pensar en la muerte mientras dormitaba. Aparte de los médicos, nadie sabía que estaba sentenciado a un término fijo, pues había decidido padecer a solas su secreto, sin ningún cambio de vida, y no por soberbia sino por pudor.

Se sentía con un dominio completo de su albedrío cuando volvió a aparecer en público a las tres de la tarde, reposado y limpio, con un pantalón de lino crudo y una camisa de flores pintadas, y con el alma entretenida por las píldoras para el dolor. Sin embargo, la erosión de la muerte era mucho más pérfida de lo que él suponía, pues al subir a la tribuna sintió un raro desprecio por quienes se disputaron la suerte de estrecharle la mano, y no se compadeció como en otros tiempos de las recuas de indios descalzos que apenas si podían resistir las brasas de caliche de la placita estéril. Acalló los aplausos con una orden de la mano, casi con rabia, y empezó a hablar sin gestos, con los ojos fijos en el mar que suspiraba de calor. Su voz pausada y honda tenía la calidad del agua en reposo, pero el discurso aprendido de memoria y tantas veces machacado no se le había ocurrido por decir la verdad sino por oposición a una sentencia fatalista del libro cuarto de los recuerdos de Marco Aurelio.

Estamos aquí para derrotar a la Naturaleza —empezó, contra todas sus convicciones—. Ya no seremos más los expósitos de la patria, los huérfanos de Dios en el reino de la sed y la intemperie, los exilados en nuestra propia tierra. Seremos otros, señoras y señores, seremos grandes y felices.

Eran las fórmulas de su circo. Mientras hablaba, sus ayudantes echaban al aire puñados de pajaritas de papel, y los falsos animales cobraban vida, revoloteaban sobre la tribuna de tablas, y se iban por el mar. Al mismo tiempo, otros sacaban de los furgones unos árboles de teatro con hojas de fieltro y los sembraban a espaldas de la multitud en el suelo de salitre. Por último armaron una fachada de cartón con casas fingidas de ladrillos rojos y ventanas de vidrio, y taparon con ella los ranchos miserables de la vida real.

El senador prolongó el discurso, con dos citas en latín, para darle tiempo a la farsa. Prometió las máquinas de llover, los criaderos portátiles de animales de mesa, los aceites de la felicidad que harían crecer legumbres en el caliche y colgajos de trinitarias en las ventanas. Cuando vio que su mundo de ficción estaba terminado, lo señaló con el dedo.

Así seremos, señoras y señores gritó —. Miren. Así seremos.

El público se volvió. Un trasatlántico de papel pintado pasaba por detrás de las casas, y era más alto que las casas más altas de la ciudad de artificio. Sólo el propio senador observó que a fuerza de ser armado y desarmado, y traído de un lugar para el otro, también el pueblo de cartón superpuesto estaba carcomido por la intemperie, y era casi tan pobre y polvoriento y triste como el Rosal del Virrey.

Nelson Farina no fue a saludar al senador por primera vez en doce años. Escuchó el discurso desde su hamaca, entre los retazos de la siesta, bajo la enramada fresca de una casa de tablas sin cepillar que se había construido con las mismas manos de boticario con que descuartizó a su primera mujer. Se había fugado del penal de Cayena y apareció en el Rosal del Virrey en un buque cargado de guacamayas inocentes, con una negra hermosa y blasfema que se encontró en Paramaribo, y con quien tuvo una hija. La mujer murió de muerte natural poco tiempo después, y no tuvo la suerte de la otra cuyos pedazos sustentaron su propio huerto de coliflores, sino que la enterraron entera y con su nombre de holandesa en el cementerio local. La hija había heredado su color y sus tamaños, y los ojos amarillos y atónitos del padre, y éste tenía razones para suponer que estaba criando a la mujer más bella del mundo.

Desde que conoció al senador Onésimo Sánchez en la primera campaña electoral, Nelson Farina había suplicado su ayuda para obtener una falsa cédula de identidad que lo pusiera a salvo de la justicia. El senador, amable pero firme, se la había negado. Nelson Farina no se rindió durante varios años, y cada vez que encontró una ocasión reiteró la solicitud con un recurso distinto. Pero siempre recibió la misma respuesta. De modo que esta vez se quedó en el chinchorro, condenado a pudrirse vivo en aquella ardiente guarida de bucaneros. Cuando oyó los aplausos finales estiró la cabeza, y por encima de las estacas del cercado vio el revés de la farsa: los puntales de los edificios, las armazones de los árboles, los ilusionistas escondidos que empujaban el trasatlántico. Escupió su rencor.

Merde —dijo— c’est le Blacaman de la politique.

Después del discurso, como de costumbre, el senador hizo una caminata por las calles del pueblo, entre la música y los cohetes, y asediado por la gente del pueblo que le contaba sus penas. El senador los escuchaba de buen talante, y siempre encontraba una forma de consolar a todos sin hacerles favores difíciles. Una mujer encaramada en el techo de una casa, entre sus seis hijos menores, consiguió hacerse oír por encima de la bulla y los truenos de pólvora.

Yo no pido mucho, senador —dijo—, no más que un burro para traer agua desde el Pozo del Ahorcado.

El senador se fijó en los seis niños escuálidos.

¿Qué se hizo tu marido? — preguntó.

Se fue a buscar destino en la isla de Aruba —contestó la mujer de buen humor—, y lo que se encontró fue una forastera de las que se ponen diamantes en los dientes.

La respuesta provocó un estruendo de carcajadas.

Está bien —decidió el senador— tendrás tu burro.

Poco después, un ayudante suyo llevó a casa de la mujer un burro de carga, en cuyos lomos habían escrito con pintura eterna una consigna electoral para que nadie olvidara que era un regalo del senador.

En el breve trayecto de la calle hizo otros gestos menores, y además le dio una cucharada a un enfermo que se había hecho sacar la cama a la puerta de la casa para verlo pasar. En la última esquina, por entre las estacas del patio, vio a Nelson Farina en el chinchorro y le pareció ceniciento y mustio, pero lo saludó sin afecto:

Cómo está.

Nelson Farina se revolvió en el chinchorro y lo dejó ensopado en el ámbar triste de su mirada.

Moi, vous savez —dijo.

Su hija salió al patio al oír el saludo. Llevaba una bata guajira ordinaria y gastada, y tenía la cabeza guarnecida de moños de colores y la cara pintada para el sol, pero aun en aquel estado de desidia era posible suponer que no había otra más bella en el mundo. El senador se quedó sin aliento.

¡Carajo —suspiró asombrado— las vainas que se le ocurren a Dios!

Esa noche, Nelson Farina vistió a la hija con sus ropas mejores y se la mandó al senador. Dos guardias armados de rifles, que cabeceaban de calor en la casa prestada, le ordenaron esperar en la única silla del vestíbulo.

El senador estaba en la habitación contigua reunido con los principales del Rosal del Virrey, a quienes había convocado para cantarles las verdades que ocultaba en los discursos. Eran tan parecidos a los que asistían siempre en todos los pueblos del desierto, que el propio senador sentía el hartazgo de la misma sesión todas las noches. Tenía la camisa ensopada en sudor y trataba de secársela sobre el cuerpo con la brisa caliente del ventilador eléctrico que zumbaba como un moscardón en el sopor del cuarto.

Nosotros, por supuesto, no comemos pajaritos de papel —dijo—. Ustedes y yo sabemos que el día en que haya árboles y flores en este cagadero de chivos, el día en que haya sábalos en vez de gusarapos en los pozos, ese día ni ustedes ni yo tenemos nada que hacer aquí. ¿Voy bien?

Nadie contestó. Mientras hablaba, el senador había arrancado un cromo del calendario y había hecho con las manos una mariposa de papel. La puso en la corriente del ventilador, sin ningún propósito, y la mariposa revoloteó dentro del cuarto y salió después por la puerta entreabierta. El senador siguió hablando con un dominio sustentado en la complicidad de la muerte.

Entonces —dijo— no tengo que repetirles lo que ya saben de sobra: que mi reelección es mejor negocio para ustedes que para mí, porque yo estoy hasta aquí de aguas podridas y sudor de indios, y en cambio ustedes viven de eso.

Laura Farina vio salir la mariposa de papel. Sólo ella la vio, porque la guardia del vestíbulo se había dormido en los escaños con los fusiles abrazados. Al cabo de varias vueltas la enorme mariposa litografiada se desplegó por completo, se aplastó contra el muro, y se quedó pegada. Laura Farina trató de arrancarla con las uñas. Uno de los guardias, que despertó con los aplausos en la habitación contigua, advirtió su tentativa inútil.

No se puede arrancar —dijo entre sueño—. Está pintada en la pared.

Laura Farina volvió a sentarse cuando empezaron a salir los hombres de la reunión. El senador permaneció en la puerta del cuarto, con la mano en el picaporte, y sólo descubrió a Laura Farina cuando el vestíbulo quedó desocupado.

¿Qué haces aquí?

C’est de la part de mon père —dijo ella.

El senador comprendió. Escudriñó a la guardia soñolienta, escudriñó luego a Laura Farina cuya belleza inverosímil era más imperiosa que su dolor, y entonces resolvió que la muerte decidiera por él.

Entra —le dijo.

Laura Farina se quedó maravillada en la puerta de la habitación: miles de billetes de Banco flotaban en el aire, aleteando como la mariposa. Pero el senador apagó el ventilador, y los billetes se quedaron sin aire, y se posaron sobre las cosas del cuarto.

Ya ves —sonrió— hasta la mierda vuela.

Laura Farina se sentó como en un taburete de escolar. Tenía la piel lisa y tensa, con el mismo color y la misma densidad solar del petróleo crudo, y sus cabellos eran de crines de potranca y sus ojos inmensos eran más claros que la luz. El senador siguió el hilo de su mirada y encontró al final la rosa percudida por el salitre.

Es una rosa —dijo.

Sí —dijo ella con un rastro de perplejidad—, las conocí en Riohacha.

El senador se sentó en un catre de campaña, hablando de las rosas, mientras se desabotonaba la camisa. Sobre el costado, donde él suponía que estaba el corazón dentro del pecho, tenía el tatuaje corsario de un corazón flechado. Tiró en el suelo la camisa mojada y le pidió a Laura Farina que lo ayudara a quitarse las botas.

Ella se arrodilló frente al catre. El senador la siguió escrutando, pensativo, y mientras le zafaba los cordones se preguntó de cuál de los dos sería la mala suerte de aquel encuentro.

Eres una criatura —dijo.

No crea —dijo ella—. Voy a cumplir 19 en abril.

El senador se interesó. —Qué día.

El once —dijo ella.

El senador se sintió mejor. «Somos Aries», dijo.

Y agregó sonriendo: —Es el signo de la soledad.

Laura Farina no le puso atención pues no sabía qué hacer con las botas. El senador, por su parte, no sabía qué hacer con Laura Farina, porque no estaba acostumbrado a los amores imprevistos, y además era consciente de que aquél tenía origen en la indignidad. Sólo por ganar tiempo para pensar aprisionó a Laura Farina con las rodillas, la abrazó por la cintura y se tendió de espaldas en el catre. Entonces comprendió que ella estaba desnuda debajo del vestido, porque el cuerpo exhaló una fragancia oscura de animal de monte, pero tenía el corazón asustado y la piel aturdida por un sudor glacial.

Nadie nos quiere —suspiró él.

Laura Farina quiso decir algo, pero el aire sólo le alcanzaba para respirar. La acostó a su lado para ayudarla, apagó la luz, y el aposento quedó en la penumbra de la rosa. Ella se abandonó a la misericordia de su destino. El senador la acarició despacio, la buscó con la mano sin tocarla apenas, pero donde esperaba encontrarla tropezó con un estorbo de hierro.

¿Qué tienes ahí?

Un candado —dijo ella.

¡Qué disparate! —dijo el senador, furioso, y preguntó lo que sabía de sobra—: ¿Dónde está la llave?

Laura Farina respiró aliviada. —La tiene mi papá —contestó—. Me dijo que le dijera a usted que la mande a buscar con un propio y que le mande con él un compromiso escrito de que le va a arreglar su situación.

El senador se puso tenso. «Cabrón franchute», murmuró indignado. Luego cerró los ojos para relajarse, y se encontró consigo mismo en la oscuridad. Recuerda —recordó— que seas tú o sea otro cualquiera, estaréis muerto dentro de un tiempo muy breve, y que poco después no quedará de vosotros ni siquiera el nombre. Esperó a que pasara el escalofrío.

Dime una cosa —preguntó entonces—: ¿Qué has oído decir de mi?

¿La verdad de verdad? La verdad de verdad.

Bueno —se atrevió Laura Farina—, dicen que usted es peor que los otros, porque es distinto.

El senador no se alteró. Hizo un silencio largo, con los ojos cerrados, y cuando volvió a abrirlos parecía de regreso de sus instintos más recónditos.

Qué carajo —decidió— dile al cabrón de tu padre que le voy a arreglar su asunto.

Si quiere yo misma voy por la llave —dijo Laura Farina.

El senador la retuvo.

Olvídate de la llave —dijo— y duérmete un rato conmigo. Es bueno estar con alguien cuando uno está solo.

Entonces ella lo acostó en su hombro con los ojos fijos en la rosa. El senador la abrazó por la cintura, escondió la cara en su axila de animal de monte y sucumbió al terror. Seis meses y once días después había de morir en esa misma posición, pervertido y repudiado por el escándalo público de Laura Farina, y llorando de la rabia de morirse sin ella.

El pesimista, Gabriel García Márquez

1

Un hombre que abre la ventana de su habitación y descubre que afuera resplandece un día esplendoroso, como hecho de encargo para una representación teatral de la primavera, y no exclama:”¡Ah, qué hermoso día!”, sino que sale a la calle con el paraguas abierto, puede que sea un pesimista, pero puede ser también un hombre precavido. Gerineldo, en cambio, que es un pesimista esencial, ni siquiera se atreve a abrir la ventana. De antemano, sabe ya que se avecina una atronadora tormenta.
Gerineldo va a paso de ganso hacia la santidad. Se pasa la vida en lo que él llama “mi covacha” y que es un apartamento decorosamente amueblado en un tercer piso, con buena agua y una ventana amplia, por donde se admiraría a cualquier hora el magnífico espectáculo del río entre los árboles si las persianas no permanecieran cerradas durante todo el día.
Cuando sale a la calle, Gerineldo tiene algo de muerto ambulante. Técnicamente, murió desde hace mucho tiempo. Desde el día en que lo echaron a rodar como una bola gris por el tiempo, con la cabeza llena de presentimientos oscuros. Lo que queda de Gerineldo es su fantasma: un espectro atormentado que anda por las calles rogando a Dios que se venga abajo el ladrillo que le rompa la crisma, para librarse de una vez por todas de la angustia que le produce la postergada espera de ese acontecimiento inevitable.
Gireneldo duerme porque ya está conforme con su mundo. Porque ya sabe todo lo que puede sucederle después de haber sometido a todos los objetos que le rodean a un minucioso inventario de posibilidades. Su apartamento, más que eso, es una teoría de suerte y azar. Gireneldo conoce mejor que nadie el coeficiente de dilatación de sus ventanas y tiene marcado, con una línea roja en el termómetro, el punto en que saltarán los cristales, rotos en astillas de muerte. Sabe que los arquitectos y los ingenieros lo tienen todo previsto, menos lo que no ha sucedido nunca. En el mismo edificio viven setenta y dos personas que actúan y se mueven a su antojo. Pero Gerineldo ha dicho, con esa voz de ataúd que se le rompe por dentro:
– Cuando las setenta y dos personas que viven en este edificio estornuden de un solo golpe, la construcción se derrumbará: ¡Los arquitectos lo tienen en cuenta todo, menos el coeficiente de estornudamiento total!
– Gerineldo, ¿no va a salir de paseo con un día tan hermoso?
Y Gerineldo, sacando la cabeza por el enrejado, con el cuello envuelto en una bufanda caliente contra los resfriados, dice:
– No señora. Al contrario, estoy preparándome para la tempestad que se nos viene encima.
Y así pasa su vida “llueve, truene o solee” (como dice un poeta del aire). Y sigue Gerineldo andando por sus calles, sombrío, funerario, aguardando el instante en que le rompa la nuca el ladrillazo filosófico que ha de ponerlo en paz con su propio fantasma.

Disparatorio, Gabriel García Márquez

1Andrea Stone

De pronto se encuentra uno con el amigo que no veía hace mucho tiempo.” ¿No te alegras de verme?”, se le pregunta. “No- responde-. Alguien me dijo que habías muerto y ya me había acostumbrado a no alegrarme cuando te viera.”

Llega uno a un restaurante y dice: “Sírvame un buey”. Y el mozo le pregunta: “¿Guisado o en picadillo?”. Y uno le responde: “Quiero un buey entero”. Entonces el mozo, haciendo una reverencia, explica: “Es imposible, las vacas no han puesto todavía. ¿O es que quiere que las obligue a cacarear antes de tiempo?”.

Un día se levanta uno fatigado, después de haber dormido durante veinte horas consecutivas y se vuelve a dormir. Cuando despierta, son las doce de la noche del tercer día. “Tráigame el desayuno”, dice uno, en el preciso instante en que suena el despertador y, sonámbulo, se estira a silenciarlo, porque la muchacha ha servido las horas sin mantequilla.

Un hombre se sienta a fumar y fuma. Un instante después recuerda: “Hoy es jueves” y sale en carrera, desbocado, a buscar el miércoles de la semana anterior que se le quedó olvidado en la esquina.

Un día salí a hacer una diligencia urgente. Ya en la calle alguien me dijo: “¿A qué tanta prisa?” Volví a mirar y era yo mismo que ya venía de regreso.

Un día el ventilador eléctrico empieza a girar al revés, de izquierda a derecha, y hace un calor sofocante. Abre uno la ventana y descubre que el vecino de enfrente está parado en cuatro patas, ladrando de frío.

A alguien se le ocurrió leer una novela de policía al revés, de la última página a la primera, y averiguó quién fue el asesino que descubrió a la víctima que había asesinado a un detective

Usted camina tranquilamente por la calle, cuando, a la vuelta de una esquina, se siente inmortal, vivo para siempre. Tal vez la persona que estaba soñando con usted, se ha quedado muerta antes de despertar y lo ha dejado a usted sin nadie que lo sueñe; incondicionalmente vivo.

A se encuentra con una persona que se le parece a su amigo B y la saluda. El saludado le responde a A porque ha sufrido una confusión y cree que es su amigo C quien lo saluda. C es un tercero en discordia, pero la persona a quien saludó A creyendo que era B sobra en el mundo.

Mientras en innumerables lugares del mundo hay infinidad de personas atropellándose por coger un puesto en un bus, usted toma el primero que pasa y descubre que está totalmente desocupado. Y piensa:” En el mundo debe haber tantos asientos en los buses cuantas personas están necesitando uno”. Usted se sienta en un sitio cualquiera, al azar, y tiene la sensación de que el puesto que a usted le correspondía en esa repartición universal, está precisamente en el bus que pasa al lado del que usted ha tomado y en sentido contrario,