Una historia de amor en Sarajevo, Slavenka Drakulic.

He visto la imagen de ellos en los periódicos. La foto no era clara porque fue tomada a distancia: dos cadáveres en el suelo de Sarajevo y dos mochilas deportivas cerca de ellos. Admira lleva una blusa oscura que cubre las suaves curvas de su cuerpo. Bosko lleva jeans -qué otra cosa- y ambos, tenis. Pero aunque la fotografí­a sea borrosa, se ve que Admira abraza a Bosko, ambos tendidos, muertos. Sucedió así­: el miércoles 19 de mayo, alrededor de las 4 de la tarde, el y ella caminaban por el rí­o Miljacka, en tierra de nadie, visibles para ambos bandos, serbios y bosnios. La huida de la ciudad sitiada al lado serbio se habí­a acordado de antemano; ambos lados decidieron dejarlos pasar. Tení­an que caminar unas mil yardas, pero justo antes de llegar al puente Vrbana -unas cincuenta yardas antes de estar a salvo- cayeron al suelo, abatidos por la ráfaga repentina de un francotirador.

Casi puedo oir ese sonido caracterí­stico, breve, como un aullido en el aire de la tarde. Bosko murió de inmediato, Admira vivió lo suficiente para arrastrarse hasta el y abrazarlo. Permanecieron allí­ casi una semana, pudriéndose al sol (más fuerte de lo habitual este mayo), el olor de sus cuerpos en descomposición mezclándose con el de la hierba tierna

No se sabe quién los mato y quizá ni siquiera importe. Hay personas en ambos lados que los vieron caminar y después caer. Algunos dicen que el fuego venia del lado serbio, otros sostienen justo lo contrario. No obstante, los cinco dí­as siguientes ambos lados pugnaron por la posesión de los cadáveres. La sexta noche, los soldados serbios dirimieron la disputa y raptaron los cuerpos.

La madre de Bosko, que habí­a dejado Sarajevo un año antes, dio permiso para que su hijo fuera enterrado en Sarajevo. Los padres de Admira manifestaron su preferencia de que fueran enterrados en Sarajevo para cuidar su tumba, pero también dijeron que el lugar no importaba, siempre que se enterrara a los dos juntos. Y finalmente así­ fue: la muchacha musulmana y el muchacho serbio, que se habí­an amado durante nueve años, ocuparon el mismo féretro y fueron enterrados en la misma tumba en el cementerio del ejercito serbio, al sur de Sarajevo.

El intento de huir de la guerra que amenazaba con destruir su amor, además de su propia existencia, habí­a fracasado. También su fe ingenua en que el amor podí­a superar todos los obstáculos. Pero me pregunto: ¿que significaba para ellos ser serbio o musulmana antes de que estallara esta guerra? ¿Y cuándo exactamente se dieron cuenta de que pertenecer a una nación o la otra podí­a determinar su futuro? Ante la foto que les tomaron cuando se graduaron de secundaria en 1985 -ambos bellos, sonriendo mientras se abrazan-, me es difí­cil imaginar que la nacionalidad tuviera alguna importancia para esos muchachos, ni para cualquiera de sus pares en la ex-Yugoslavia. No me refiero a que no fueran conscientes de este tipo de cosas. Probablemente lo eran, como cualquiera de los que les rodeaban. Pero la nacionalidad no importaba mucho: no podí­a decidir su destino ni impedir que se enamoraran.

Habí­an nacido a finales de los años sesenta. Veí­an pelí­culas de Spielberg; escuchaban a Iggy Pop; leí­an a John Le Carré; iban a una discoteca todos los sábados en la noche y fantaseaban con viajar a Parí­s o a Londres. Tení­an amigos en Croacia y en Serbia con los que se iban a reunir en verano para acampar por la costa del Adriático. Entonces estalló la guerra, y fue como si alguien hubiera abierto un viejo libro de historia chetniks contra ustashe, aunque esta vez no estaban los partidarios de Tito. Era la guerra absurda y monstruosa de las historias de sus abuelos. Y ahora esa guerra descendí­a sobre ellos, aplastando a toda una generación que habí­a crecido con la ilusión de que pertenecí­a a Europa, de que le aguardaban un futuro mejor y diferente.

Bosko y Admira decidieron salvarse. A fin de cuentas, no era su guerra. Cuando. la madre de Bosko preguntó a Admira si esta guerra podrí­a separarlos, ella respondió, “No, sólo las balas pueden separarnos”, como si lo supiera. Esto sucedió hace sólo un año. Cuando la madre de Bosko partió a Serbia y el decidió quedarse, Admira y sus padres comprendieron que era sólo el amor lo que le retení­a en Sarajevo. Pero me imagino que Bosko también decidió quedarse porque ni el ni Admira creí­an que fuera posible una guerra en Bosnia, eso no. ¿Cómo se puede dividir a gente que vive en el mismo piso de un edificio de departamentos simplemente porque son de nacionalidades diferentes? (Esto es lo que solí­a decir la gente de Sarajevo hasta la primavera pasada.) ¿Como se puede separar a una familia mixta?

Y claro esta, el poder de la polí­tica resultó más fuerte que su fe en la tolerancia y la solidaridad. Después que decenas de miles de ciudadanos -sus vecinos, amigos y parientes- habí­an sido asesinados sin más razón que ser de la nacionalidad “indebida”, Bosko y Admira se dieron cuenta de que no les quedaba ninguna esperanza. El resto del mundo habí­a abandonado Sarajevo. Y aunque tal vez uno pueda soportar la falta de electricidad y de agua, un rí­o aun más intenso y nada de comida, no se puede soportar un estado de desesperación mucho tiempo. Así­ que, cuando Bosko y Admira decidieron partir, les facilitó las cosas el saber que la ciudad que habí­an conocido en otro tiempo habí­a dejado de existir. Tal vez los amigos de Admira pensaron que era una locura que se fuera a Serbia siendo musulmana. ¿Que podí­a sucederle cuando llegara allá? ¿Pero cómo podí­a explicarles Admira que ella no era nada en la guerra -sólo parte de una nación, a la que se consideraba que habí­a que “limpiar”? Tení­a confianza en que Bosko y su madre la protegerí­an y que en Belgrado habrí­a por lo menos una oportunidad de sobrevivir.

Casi la veo aquella tarde del martes 18 de mayo, cuando saca su vieja mochila Adidas y empieza a empacar. “No lleves demasiadas cosas” -le advierte Bosko cuando deja la casa para comprobar que todo esta listo-, “imagina que vamos a visitar a mi madre por una semana” Pero esta vez a Admira le falta imaginación. Si se fuera sólo por una semana, no hubiera tomado una fotografí­a de sus padres, su diario de la escuela y su diploma. No se hubiera llevado su vestido de invierno favorito (no en este momento, es primavera), su brazalete dorado y una vieja muñeca de hule que le trae buena suerte.

Y no se hubiera sentado a escribir una carta.

Cuando termina de hacer su equipaje, es ya tarde y de noche. La ciudad esta extrañamente silenciosa, como si todos estuvieran profundamente dormidos, cansados de esta guerra interminable. Admira toma una hoja de papel rayado de su cuaderno. En su habitación, sólo la luz tenue de una vela, pero después de tanto tiempo sus ojos ya se han acostumbrado a ella “Queridos padre y madre”, escribe. Después hace una pausa ¿Qué puede decirles? ¿Que se tiene que ir porque Sarajevo ya no es seguro para Bosko, que el ejército bosnio lo podí­a reclutar en cualquier momento? ¿Que podí­an separarlos o matarlos porque son de diferentes nacionalidades? ¿O que es sólo cuestión de tiempo que las balas los maten en plena calle en Sarajevo? Mamá y papá lo saben, piensa Admira sentada sola en su habitación. No hay nada que decirles, nada que explicar. Lo único que necesitan es estar seguros de que hemos logrado escapar a la sentencia de muerte.

Admira permanece sentada un rato y decide escribir sobre su gato. “Por favor, cuiden a mi gato. Me está mirando y maúlla porque lloro y escribo esto. Duerman con el por lo menos una vez al mes y háblenle todo el tiempo”. Después apaga la vela (las velas son muy valiosas), se va a la cama y se queda un rato mirando la oscuridad fijamente.

Al dí­a siguiente ocurrió todo, y me lo imagino de la siguiente manera: la tarde del miércoles, después de abrazar brevemente a sus padres, Admira sale de casa. Debió tener el valor de no derramar lágrimas y de no mirar hacia atrás. Cuando ya esta cerca del rí­o, ve a Bosko que la espera. Es fácil de reconocer su figura alta y sus gestos nerviosos. De pronto, siente que le sudan las palmas de las manos, pero a medida que se acerca a el corriendo, siente que ya no teme. Todo va a ir bien -piensa- si estamos juntos. Después, abandonan su refugio y salen al aire libre. Están en la orilla norte del rí­o. No corren. Creen que no hay necesidad de hacerlo porque les han garantizado el paso seguro. De la mano, caminan con rapidez hacia el puente, y lo único que oyen es el chasquido de la arena bajo sus pies y el murmullo del rí­o.

La zona de seguridad ya no está tan lejos para entonces, y Bosko acelera un poco el paso. No tan de prisa, por favor, no puedo correr, Admira quiere decirle, mientras piensa que fue una locura meter tantas cosas en la mochila, tantas cosas innecesarias que ahora hacen que le pese demasiado para correr. Pero justo cuando esta a punto de pronunciar estas palabras, siente algo caliente que le sale a borbotones del vientre. Cuando mira hacia abajo sorprendida, ve que tiene las manos llenas de sangre. Entonces el dolor se apodera de ella y cae al suelo. Ve que Bosko yace inmóvil, lejos de ella, como si una fuerza desconocida le hubiera empujado. “Que raro, no oí­ nada”, piensa arrastrándose hacia el con la mochila en la mano, como si todaví­a tuvieran alguna esperanza. Pero antes de sumirse en el vací­o, vive lo suficiente para acercarse a el, levantar la mano izquierda y abrazarlo.

La madre de Bosko, Radmila, es la única persona de ambas familias que asiste al funeral el 27 de mayo en una colina yerma al sur de Sarajevo. A pesar de que las fuerzas serbias les han garantizado paso libre, los padres de Admira no se atreven a ir. Ya no pueden confiar en las garantí­as de ninguno de ambos lados. ¿Que podemos pensar del hecho de que las dos familias nunca tuvieran rencillas? Juntas trataron de ayudar a la joven pareja a huir de lo que finalmente se convirtió en su destino. Radmila adorna la tapa de un féretro sencillo de madera con un suéter que le ha tejido a Admira. Después echa un puñado de tierra en la tumba abierta: “Hijos, fue el viento de la guerra el que los arrastro hasta aquí­”, dice. No tiene más palabras ni más lágrimas. Puedo imaginármela, con los pies hundidos en un lodo amarillo y grasiento. Aun cuando ella no se diera cuenta, habí­amos hecho nuestro su quebranto. Bosko y Admira, dos jóvenes que representaban el futuro, fueron arrastrados al pasado por una guerra de la que ninguna de ambas generaciones pudo salvarse.