Cimitarra, Ambrose Bierce

Cuando el gran GichiKuktai era Mikado, condenó a la decapitación a Jijiji Ri, alto funcionario de la Corte. Poco después del momento señalado para la ceremonia, ¡cuál no sería la sorpresa de Su Majestad al ver que el hombre que debió morir diez minutos antes, se acercaba tranquilamente al trono!

¡Mil setecientos dragones! —exclamó el enfurecido monarca—. ¿No te condené a presentarte en la plaza del mercado, para que el verdugo público te cortara la cabeza a las tres? ¿Y no son ahora las tres y diez?

Hijo de mil ilustres deidades —respondió el ministro condenado—, todo lo que dices es tan cierto, que en comparación la verdad es mentira. Pero los soleados y vivificantes deseos de Vuestra Majestad han sido pestilentemente descuidados. Con alegría corrí y coloqué mi cuerpo indigno en la plaza del mercado. Apareció el verdugo con su desnuda cimitarra, ostentosamente la floreó en el aire y luego, dándome un suave toquecito en el cuello, se marchó, apedreado por la plebe, de quien siempre he sido un favorito. Vengo a reclamar que caiga la justicia sobre su deshonorable y traicionera cabeza.

¿A qué regimiento de verdugos pertenece ese miserable de negras entrañas?

Al gallardo Nueve mil Ochocientos Treinta y Siete. Lo conozco. Se llama SakkoSamshi.

Que lo traigan ante mí —dijo el Mikado a un ayudante, y media hora después el culpable estaba en su Presencia.

¡Oh, bastardo, hijo de un jorobado de tres patas sin pulgares! —rugió el soberano—. ¿Por qué has dado un suave toquecito al cuello que debiste tener el placer de cercenar?

Señor de las Cigüeñas y de los Cerezos —respondió, inmutable, el verdugo—, ordénale que se suene las narices con los dedos.

Ordenólo el rey. Jijiji Ri sujetóse la nariz y resopló como un elefante. Todos esperaban ver cómo la cabeza cercenada saltaba con violencia, pero nada ocurrió. La ceremonia prosperó pacíficamente hasta su fin. Todos los ojos se volvieron entonces al verdugo, quien se había puesto tan blanco como las nieves que coronan el Fujiyama. Le temblaban las piernas y respiraba con un jadeo de terror.

¡Por mil leones de colas de bronce! —gritó— ¡Soy un espadachín arruinado y deshonrado! ¡Golpeé sin fuerza al villano, porque al florear la cimitarra la hice atravesar por accidente mi propio cuello! Padre de la Luna, renuncio a mi cargo.

Dicho esto, agarró su coleta, levantó su cabeza y avanzando hacia el trono, la depositó humildemente a los pies del Mikado.

Mantis religiosa, Charles Bukowski

Hotel Vista del Angel. Marty pagó al empleado, cogió la llave y subió las escaleras. Lo era todo menos una noche agradable. Habitación 222. ¿El número tendría algún significado? Entró, encendió la luz, y toda una docena de cucarachas salieron del empapelado, masticando y correteando sin tregua. Había teléfono de monedas. Metió una moneda y marcó. Ella contestó.

¿Toni? —preguntó.

Sí, soy yo —dijo ella.

Toni, me estoy volviendo loco.

Te dije que iría a verte. ¿Dónde estás?

En el Vista del Ángel, Seis y Coronado, habitación 222.

Iré a verte dentro de un par de horas.

¿No puedes venir ahora mismo?

Mira, tengo que llevar a los niños a casa de Carl, luego tengo que ir a ver a Jeff y a Helen, hace años que no les veo…

Toni, te quiero, por amor de Dios, ¡necesito verte ahora!

Si te libraras de tu mujer, Marty…

Esas cosas requieren tiempo.

Dentro de dos horas estaré ahí, Marty.

Escucha, Toni…

Pero ella ya había colgado. Marty se sentó al borde de la cama. Aquélla sería su última aventura. Le desbordaba. Las mujeres eran más fuertes que los hombres. Conocían todas las jugadas. Él no conocía ninguna.

Llamaron a la puerta. Fue a abrir. Era una rubia de treinta y tantos años, con una bata azul rota. Llevaba un maquillaje morado y los labios pintados a todo pintar. Desprendía un lejano aroma a ginebra.

Oye, no te importa que ponga la tele, ¿verdad?

No hay problema, ponla si quieres.

Es que el último tipo que tenía esta habitación estaba medio chiflado. En cuanto yo ponía la tele empezaba a aporrear las paredes.

No hay problema. Puedes poner la tele.

Marty cerró la puerta. Sacó el penúltimo cigarrillo de la cajetilla y lo encendió. Toni se le había metido en la sangre y tenía que quitársela de encima. Llamaron otra vez a la puerta. La rubia otra vez. El maquillaje casi hacía juego con las negras ojeras. Era imposible, por supuesto, pero parecía que se hubiera dado otra capa de carmín en los labios.

¿Sí? —preguntó Marty.

Oye —dijo ella—. ¿Sabes qué hace la hembra de la mantis religiosa mientras le da al asunto?

¿Qué asunto?

Joder.

¿Qué?

Le come la cabeza al macho. Mientras le da al asunto, le come la cabeza: En fin, supongo que hay formas peores de morir, ¿no crees?

Sí —dijo Marty—. El cáncer.

La rubia entró en la habitación y cerró la puerta. Se sentó en la única silla. Marty se sentó en la cama.

¿Te calentaste cuando dije «joder»? —preguntó ella.

Sí, un poco.

La rubia se levantó de la silla y se acercó a la cama; puso la cabeza muy cerca de la de Marty. Le miró a los ojos; puso los labios muy cerca de los suyos. Luego dijo: «¡Joder, joder, joder!» Se acercó más, y repitió: «¡JODER!» Entonces se levantó del borde de la cama y regresó a la silla.

¿Cómo te llamas? —preguntó Marty.

Lilly. Lilly LaVell. Hacía estriptis en Butbank.

Yo soy Marty Evans. Encantado de conocerte, Lilly.

Joder —dijo Lilly muy despacio, entreabriendo los labios y enseñando la lengua.

Puedes poner la tele cuando quieras —dijo Marty.

¿Has oído hablar de una araña que se llama la viuda negra? —preguntó ella.

No.

Bueno, te lo contaré. Después de darle al asunto, joder, se come vivo al macho.

Ah —dijo Marty.

Pero hay formas peores de morir, ¿no crees?

Claro, la lepra, quizá.

La rubia se levantó y empezó a pasearse por el cuarto.

La otra noche me emborraché, conduje por la autopista e iba escuchando un concierto de Mozart para trompa y aquella maldita trompa me atravesaba de pies a cabeza. Iba a más de ciento veinte sosteniendo el volante con los codos y escuchando el concierto, ¿me crees?

Claro que te creo.

Lilly dejó de pasear y miró a Marty.

¿Y crees que puedo meterme tu chisme en la boca y hacerte cosas que jamás ha experimentado antes ningún ser humano?

Bueno, no sé qué pensar.

Pues puedo, vaya si puedo…

Eres muy simpática, Lilly, pero estoy esperando a mi novia, más o menos para dentro de una hora.

Bueno, voy a ponerte a punto para ella.

Lilly se le acercó, le bajó la cremallera y le sacó el pene al aire.

¡Oh, qué cosa más guapa!

Entonces se humedeció el índice de la mano derecha y empezó a frotar el capullo, en un masaje por debajo de la cabeza.

¡Qué amoratado está!

Como tu maquillaje…

¡Oh, se está poniendo muy GRANDE!

Marty se echó a reír. Una cucaracha salió del empapelado a contemplar el espectáculo. Luego salió otra. Movieron las antenas. De pronto la boca de Lilly se cerró sobre el pene. Lo sujetó por el borde del capullo y chupó. Tenía la lengua casi como papel de lija. Parecía conocer los puntos sensibles. Marty la contemplo allí abajo y se excitó muchísimo. Empezó a acariciarle el pelo a gemir dulcemente. De pronto, ella mordió con fuerza Le mordía casi por la mitad. Luego, sin soltar la presa, arrancó con los dientes un trozo de capullo. Marty lanzó un alarido, se tiró a la cama y empezó a dar vueltas sobre sí mismo. La rubia se levanto y escupió. Por la alfombra quedaron esparcidos salivazos y pellejos sanguinolentos. Luego, se dirigió a la puerta, la abrió salió, la cerro.

Marty sacó la funda de la almohada y se sujetó el pene con ella. Le daba miedo mirar. Sentía sus latidos palpitándole por todo el cuerpo, sobre todo allá abajo. La sangre empezó a empapar la funda de la almohada. Sonó el teléfono. Logró levantarse llegar hasta el, contestar. «¿Sí?» «¿Marty?» «¿Sí?» «Soy Toni » «¿Si, Toni…?» «Te noto raro…» «Sí, Toni…» «¿No puedes decir otra cosa? Estoy en casa de Jeff y de Helen. Estaré ahí dentro de una hora.» «Bien.» «Oye, ¿qué demonios te pasa? Creí que me querías.» «Ya no lo sé, Toni…» «Está bien», dijo ella furiosa, y colgó.

Marty logró encontrar una moneda y meterla en el teléfono.

Telefonista, quiero una ambulancia. Localícemela, rápido Creo que me estoy muriendo…

¿Ha hablado usted con su médico, señor?

Telefonista, por favor. ¡Llame una ambulancia!

En la habitación contigua la rubia estaba sentada frente al televisor. Se inclinó hacia adelante y lo encendió. Llegaba justo a tiempo para el programa de Dick Cavett.

Ritmo, Charles Chaplin

Tan sólo el alba se movía en la quietud de aquel pequeño patio de la prisión española -un alba anunciadora de muerte- mientras aquel joven gubernamental se erguía frente a un piquete de Ejecución. Los preliminares habían terminado. El grupito de las autoridades se había situado a un lado para asistir a la ejecución y ahora la escena se cuajaba en un penoso silencio.

Desde el primero hasta el último, los rebeldes habían conservado la esperanza de que su Estado Mayor enviaría la orden para sobreseer la ejecución. Pues el condenado era adversario de su causa, pero había sido popular en España. Era un brillante escritor humorístico que había sabido regocijar ampliamente a sus compatriotas.

El oficial que mandaba el piquete de ejecución lo conocía personalmente. Eran amigos antes de la guerra civil. Juntos habían obtenido sus títulos en la universidad de Madrid. Juntos habían luchado para derribar la monarquía y el poder de la iglesia. Juntos hablan bebido, habían pasado noches enteras en las mesas de los cafés, reído, bromeado y dedicado largas veladas a discusiones de orden metafísico. De cuando en cuando, se habían peleado por culpa de los diversos modos de gobierno. Sus divergencias de criterio eran entonces amistosas; pero por fin, habían provocado la desdicha y el trastorno de toda España.

Y habían llevado a su amigo ante un piquete de ejecución.

Pero ¿para qué evocar el pasado? ¿Para qué razonar? Desde la guerra civil, ¿para que servía el razonamiento? En el silencio del patio de la cárcel Todas aquellas preguntas se agolpaban, febriles, en la mente del oficial. No. Había que hacer tabla rasa del pasado. Sólo contaba el porvenir. ¿El porvenir? Un mundo que le privaría de muchos antiguos amigos.

Aquella mañana era la primera vez que habían vuelto a encontrarse desde la guerra. No habían dicho nada. Habían cambiado solamente una sonrisa mientras se preparaban a entrar en el patio de la prisión.

El trágico alborear dibujaba unas rayas plateadas y rojas en el muro de la cárcel y todo respiraba una quietud, un descanso cuyo ritmo se unía al sosiego del patio, un ritmo de latidos silenciosos como los de un corazón. En aquel silencio, la voz del oficial que mandaba el pelotón retumbó contra los muros de la cárcel: “¡Firmes!”.

Al oír esta orden, seis subordinados apretaron sus fusiles y se irguieron: la unidad de su movimiento fue seguida de una pausa en cuyo transcurso hubiera debido darse la segunda orden.

Pero algo sucedió durante aquel intervalo, algo que vino a quebrar aquel ritmo. El condenado tosió, se aclaró la garganta, y aquella interrupción trastocó el encadenarse de los acontecimientos.

El oficial se volvió hacia el prisionero. Espera oírle hablar. Pero ni una palabra vino de él. Entonces, volviéndose de nuevo hacia sus hombres se dispuso a dar la orden siguiente. Pero una repentina rebeldía se adueño de su espíritu. Una amnesia psíquica que convirtió su cerebro en un espacio vacío. Aturdido, permaneció mudo ante sus hombres. ¿Qué sucedía? Aquella escena del patio de la cárcel no significaba nada. No vio ya, objetivamente, más que un hombre, de espaldas contra el muro, frente a otros seis hombres. Y aquellos otros de allí al lado, ¡qué aire tan estúpido tenían y como se parecían a unos relojes cuyo tic-tac se hubiera detenido de repente! Nadie se movía. Nada tenía sentido. Había allí algo anormal. Todo aquello no era más que un sueño y el oficial debía evadirse de él,

Oscuramente le volvió poco a poco la memoria. ¿Desde cuándo estaba él allí? ¿Que había sucedido? ¡Ah, sí! Él había dado una orden. Pero… ¿Cuál era la orden siguiente?

Después de ¡firmes!, venía ¡carguen!-, luego ¡apunten! y por fin, ¡fuego! En su inconciencia, conservaba una vaga idea de ello. Pero las palabras que debía pronunciar parecían lejanas, vagas y ajenas a él mismo.

En su azoramiento gritó de un modo incoherente, con una confusión de palabras carentes de sentido. Pero quedó aliviado al ver que sus hombres cargaban las armas. El ritmo de su movimiento reanimó el ritmo de su cerebro. Y volvió a gritar. Los hombres apuntaron. Pero durante la pausa que siguió, unos pasos apresurados se dejaron oír en el patio de la prisión. El oficial lo sabía: era el indulto. Recobró inmediatamente la conciencia.

-Alto- gritó frenéticamente al piquete de ejecución.

Pero seis hombres tenían el fusil. Seis hombres fueron arrastrados por el ritmo, y seis hombres, al oír el grito de «¡alto!» dispararon.

Bala en el cerebro, Tobias Wolff

Anders llegó al banco poco antes de la hora de cierre, así que por supuesto la cola era interminable y quedó ubicado detrás de dos mujeres que, con su estridente y estúpida conversación, lo pusieron de un humor asesino. De cualquier manera nunca estaba del mejor humor, Anders—un crítico literario conocido por el cansado y elegante salvajismo con el que despachaba casi todo lo que reseñaba.

Aunque la cola serpenteaba siguiendo la cuerda, una de las cajeras puso un cartel de “caja cerrada” en su ventanilla, caminó hacia la parte de atrás del banco, se apoyó contra un escritorio y empezó a hacer tiempo con un hombre que ordenaba papeles. Las mujeres delante de Anders interrumpieron su conversación y observaron a la cajera con odio. “Ah, qué bien”, dijo una de ellas. Se volvió hacia Anders y agregó, confiada en su complicidad, “Uno de esos toquecitos humanos que nos hacen volver por más.”

Anders había acumulado ya su propio odio contra la cajera, pero inmediatamente lo desvió hacia la quejosa presumida que tenía delante. “Es tan injusto”, dijo. “Trágico, realmente. Si no están amputando la pierna equivocada o bombardeando un pueblo ancestral, están cerrando una ventanilla.”

Ella defendió su posición. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Sólo creo que es una pésima manera de tratar a los clientes.”

Imperdonable—dijo Anders.—El cielo tomará nota.

Ella aspiró y ahuecó sus mejillas, miró más allá de él y no dijo nada. Anders vio que la otra mujer, su amiga, miraba en la misma dirección. Y entonces los cajeros dejaron de hacer lo que hacían y los clientes giraron lentamente y un silencio invadió el banco. Dos hombres con pasamontañas negros y trajes azules estaban parados al lado de la puerta.

Uno de ellos apretaba una pistola contra el cuello del guardia. Los ojos del guardia estaban cerrados y sus labios se movían. El otro hombre tenía una escopeta recortada.

¡Todos callados la boca!”, dijo el hombre con la pistola, aunque nadie había dicho una sola palabra. “Si alguno de los cajeros acciona la alarma son todos boleta.

¿Entendieron?”

Los cajeros asintieron.

Bravo—dijo Anders.—Boleta—. Giró hacia la mujer que tenía delante.—Excelente guión, eh. La inexorable y aguerrida poesía de las clases peligrosas.

Ella lo miró con los ojos húmedos. El hombre de la escopeta empujó al guardia hasta hacerlo arrodillar. Le dio la escopeta a su compañero, tomó con firmeza las muñecas del guardia y le esposó las manos en la espalda. Lo derribó al piso con una patada entre los omóplatos. Luego tomó la escopeta otra vez y fue hacia la puerta de seguridad ubicada al final de la hilera de cajas. Era petiso y pesado y se movía con una peculiar lentitud, casi con apatía. “Ábranle”, dijo su compañero. El hombre con la escopeta abrió la puerta y avanzó despacio por detrás de los cajeros, entregando a cada uno una bolsa de plástico. Cuando encontró la ventanilla vacía miró al hombre de la pistola, que dijo, “¿De quién es esta caja?”

Anders miró a la cajera. Ella puso una mano en su garganta y giró hacia el hombre con el que hablaba. El hombre asintió. “Mía”, dijo ella.

Entonces mové ese culo feo y llená esta bolsa.

Ahí tiene—le dijo Anders a la mujer que tenía delante.—Se hace justicia.

¡Vos, genio! ¿Te di permiso para que hables?

No—dijo Anders.

Entonces cerrá el pico.

¿Escucharon eso? —dijo Anders.—Genio. Parece sacado de Los asesinos.

Por favor, cállese—dijo la mujer.

¿Sos sordo?—El hombre con la pistola fue hasta donde estaba Anders. Le clavó la punta de la pistola en el estómago.—¿Te pensás que estoy jugando?

No—dijo Anders. Pero el caño le hizo cosquillas como un dedo rígido y tuvo que esforzarse para no reír. Para aguantarse se forzó a mirar al hombre a los ojos, que eran claramente visibles detrás del pasamontañas de la máscara: celestes, y con los bordes rojizos. El párpado del ojo izquierdo temblaba. El hombre suspiró y exhaló un penetrante olor a amoníaco que sacudió a Anders más que todo lo que había sucedido hasta ese momento, e hizo que comenzara a desarrollar un sentimiento de incomodidad cuando de pronto el hombre lo aguijoneó otra vez con la pistola.

¿Te gusto, genio? —dijo.—¿Querés chuparme la pija?

No—dijo Anders.

Entonces dejá de mirarme.

Anders fijó sus ojos en los mocasines del hombre.

No ahí abajo, acá arriba—. Metió la pistola bajo la pera de Anders y la empujó hacia arriba hasta que lo dejó mirando el techo.

Anders nunca había prestado mucha atención a esa parte del banco, un viejo edificio pomposo con pisos, pilares y mostradores de mármol y arabescos dorados sobre las ventanillas de las cajas. La cúpula en el techo estaba decorada con figuras mitológicas envueltas en togas a cuya fealdad regordeta Anders apenas había echado una mirada hacía muchos años y luego había declinado prestar atención. Ahora no tenía más opción que estudiar el trabajo del pintor. Era peor de lo que recordaba, y todo había sido ejecutado con la mayor seriedad. El artista tenía unos pocos trucos en la manga y los usaba una y otra vez: cierto tono rosado en la parte inferior de las nubes, una tímida mirada hacia atrás en las caras de los cupidos y los faunos. El techo estaba atiborrado con variados dramas, pero el que captó el ojo de Anders era el de Zeus y Europa— retratados, en esta versión, como un toro clavando la mirada en una vaca desde detrás de un montón de heno. Para hacer sexy a la vaca el pintor le había torcido las caderas sugestivamente y la había dotado de unas largas pestañas lánguidas a través de las cuales observaba al toro en una sensual bienvenida. El toro esgrimía una sonrisa afectada y sus cejas estaban arqueadas. De haber existido un globo de historieta saliendo de su boca habría dicho “Cuchi cuchi”.

¿De qué te reís, genio?

De nada.

¿Te parezco gracioso? ¿Te pensás que soy un payaso?

No.

¿Te pensás que podés joder conmigo?

No.

Seguí jodiendo y sos boleta. ¿Capische?

Anders estalló en una carcajada. Tapó su boca con ambas manos y dijo “Lo siento, lo siento”, y luego resopló por la nariz a través de sus dedos y dijo “Capische, oh dios, capische“, y en ese momento el hombre de la pistola levantó la pistola y le disparó a Anders en la cabeza.

La bala impactó en el cráneo de Anders y atravesó su cerebro y salió detrás de su oreja derecha, dispersando astillas de hueso hacia la corteza cerebral, el cuerpo calloso, y más atrás, hacia los ganglios basales y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo esto ocurriera, la primera aparición de la bala en el cerebro desencadenó una cadena chisporroteante de reacciones iónicas y neuro-transmisiones. El peculiar origen de estas reacciones les imprimió un patrón peculiar, reviviendo azarosamente una tarde de verano de hacía cuarenta años, y que hacía mucho tiempo había sido olvidada. Luego de impactar el cráneo, la bala se movía a 300 metros por segundo, una marcha patéticamente lenta y glacial comparada con los relámpagos sinápticos que estallaban a su alrededor. Una vez en el cerebro la bala cayó bajo el control del tiempo cerebral, lo que le dio a Anders tiempo suficiente para contemplar la escena que, en una frase que Anders hubiera aborrecido, “se representó frente a sus ojos”.

Vale la pena notar lo que Anders no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su primera amante, Sherry, o lo que más había amado locamente en ella, antes de que comenzara a irritarlo: su desvergonzada carnalidad, y especialmente la forma cordial que tenía de dirigirse a su miembro, que ella llamaba Mister Mole, como en “Oh, parece que Mister Mole quiere jugar” o “¡Juguemos a la escondida con Mister Mole!” Anders no recordó a su esposa, a quien también había amado hasta que lo cansó con su rutina, o a su hija, ahora una malhumorada profesora de economía en Dartmouth. No recordó estar parado frente a la puerta de la habitación de su hija mientras ella retaba a su oso de peluche diciéndole que se había portado mal y describía los escalofriantes castigos que le esperaban a Garras a menos que cambiara su comportamiento. No recordó una sola línea de los cientos de poemas que había memorizado en su juventud para poder erizarse la piel a voluntad: ni “Silencioso, en la cima de una montaña en Darien”, ni “Oh dios, hoy escuché”, ni “¿Todas las bellas? ¿Dijiste todas? ¡Oh Dios! ¿Todas?” Ninguno de estos versos recordó; ni uno. Anders no recordó a su madre moribunda diciendo de su padre “debería haberlo apuñalado mientras dormía”.

No recordó al profesor Josephs contándole a la clase cómo los prisioneros atenienses en Sicilia podrían haber sido liberados si recitaban Esquilo ni cuando el mismo Josephs recitó Esquilo, a continuación, en griego. Anders no recordó cómo sus ojos habían ardido con esos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero de universidad en la solapa de una novela no mucho tiempo después de la graduación, o el respeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de respetar.

Tampoco recordó Anders ver haber visto a una mujer arrojarse a su muerte desde un edificio enfrente del suyo días después del nacimiento de su hija. No recordó haber gritado “¡Dios, ten piedad!”. No recordó haber chocado el auto de su padre a propósito contra un árbol, o las patadas en las costillas de tres policías en una marcha contra la guerra, o despertarse riendo. No recordó cuando comenzó a mirar los libros apilados en su escritorio con recelo y desdén, o cuando empezó a detestar a los escritores por escribirlos. No recordó cuándo todo empezó a recordarle otra cosa.

Esto es lo que recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el mundo de los insectos, él mismo reclinado contra un árbol mientras los chicos del barrio se reúnen para armar un partido. Él observa mientras los demás discuten el talento relativo de Mantle y de Mays. Han estado preocupados por este tema todo el verano y se ha vuelto tedioso para Anders: una opresión, como el calor.

Entonces llegan los últimos dos muchachos, Coyle y un primo de él de Mississippi.

Anders nunca ha visto al primo de Coyle antes y nunca lo volverá ver. Anders dice hola con los otros y no le presta más atención hasta que han elegido equipo y alguien le pregunta al primo en qué puesto quiere jugar. “Parador en corto”, dice el muchacho.

Parador en corto es la mejor posición que es”. Anders gira y se queda mirándolo.

Quiere escuchar al primo de Coyle repetir lo que acaba de decir, pero sabe que no debe preguntar. Los otros pensarán que es un creído, burlándose del chico por su gramática.

Pero no es eso, no es eso para nada: es que Anders está extrañamente exaltado, iluminado por esas dos palabras finales, su sorpresa y su música. Entra al campo en un trance, repitiendo esas palabras para sí.

La bala ya está en el cerebro; no será demorada por siempre, su avance no se detendrá.

Al final hará su trabajo y dejará el cráneo agujereado, arrastrando una cola de cometa de memoria y esperanza y talento y amor hacia el mármol del salón. Y eso no podrá evitarse. Pero por ahora Anders todavía puede hacer tiempo. Tiempo para que las sombras que se alarguen en el pasto, tiempo para que el perro le ladre a la pelota que vuela, tiempo para que el muchacho en el sector izquierdo del campo golpetee su guante negro de transpiración y suavemente entone, Que es, que es, que es.

 

Buen esqueleto, Maggie Smith

La vida es breve, aunque no se lo diga a mis hijos.

La vida es breve, y he ido acortando la mía

de mil deliciosas e insensatas maneras,

mil deliciosamente insensatas maneras

que no le fiaré a mis hijos. El mundo es al menos

cincuenta por ciento terrible, y esa estimación

es conservadora, aunque no se la fíe a mis hijos.

Por cada pájaro que vuela, hay una piedra lanzada a un pájaro.

Por cada niño amado, un niño roto, ensacado,

hundido en un lago. La vida es breve y el mundo

es al menos mitad terrible, y por cada gentil

extraño, hay uno que te rompería,

aunque no se lo diga a mis hijos. Estoy tratando

de venderles el mundo. Cualquier buen agente de bienes raíces,

mientras camina a tu lado por una pocilga, pía

sobre un buen esqueleto: Este lugar podría ser lindo,

¿no? Tú podrías hacer que este lugar sea lindo.

 

Confesiones de un ratón mosquetero, Doreen Tracey

Cuando tenía doce años entré a formar parte del primer grupo de Ratones Mosqueteros. Walt Disney me dijo: «Doreen, pertenecer a los Ratones Mosqueteros será probablemente lo más importante que hagas en tu vida.»

Años más tarde, durante la guerra del Vietnam, trabajé como animadora del Servicio Norteamericano en Ultramar actuando en las bases norteamericanas que había en todo el mundo. Con el tiempo acabé aterrizando en el «campo de batalla». Llegué a Saigón en plena ofensiva del Tet de 1968. Trabajaba con una banda de músicos filipinos que se llamaban Los Invasores y cuando nos enviaron a actuar para los Caballos Negros del Séptimo de Caballería ya llevábamos un mes trabajando a diario y estábamos exhaustos.

Al aterrizar divisamos desde el helicóptero un enjambre de uniformes verdes situados frente a un camión con plataforma que hace las veces de escenario. Antes de que los rotores se detengan ya hemos descargado todo el equipo. Una enfermera me acompaña a su barracón, donde me cambio de ropa para la función y me retoco el maquillaje. Unos minutos más tarde hago mi aparición vestida con una minifalda, una camiseta ajustada, botas blancas altas hasta la rodilla y el pelo largo y suelto de color platino.

A cada paso que doy, mis botas blancas de chica gogó se clavan en el barro rojo. Subo la escalera hasta la plataforma del camión, dejando un rastro de pegotes de barro tras de mí. La gente enloquece, cojo el micrófono, lo saco de su soporte y lo lanzo al aire agarrando el cable a tiempo para recuperarlo mientras grito: «¡Callaos, o me voy corriendo!» El público se vuelve loco de entusiasmo. Algunos soldados de la primera fila se ponen a bailar con algunas enfermeras. Mientras suena la música, la realidad de la guerra se olvida.

Al cabo de un rato algunos chicos ya están bastante borrachos. Abren latas de cerveza con los dientes dando risotadas histéricas entre trago y trago. Un tipo se ha cortado el labio con una lata de cerveza y la sangre mana mientras trata de parar la hemorragia a base de tragos. Sonríe hacia el escenario mostrándome sus dientes ensangrentados.

Nuestro último número, «Tenemos que largamos de aquí», les vuelve locos. La banda y yo saludamos y el aplauso se vuelve ensordecedor. En ese momento veo por el rabillo del ojo que están pasando entre el público un par de orejas de Los Ratones Mosqueteros. Un tipo bien parecido que está en el centro de una fila se pone las orejas del Ratón Mickey y entonces sobreviene un «momento mágico». Sólo pasa cuando estás en sintonía con el público. Llamadlo energía eléctrica o la excitación del momento. El soldado que lleva puestas las orejas se levanta y comienza a cantar la canción del Club del Ratón Mickey. Uno a uno los soldados comienzan a ponerse en pie hasta que todo el público se queda en posición de firme. «Ha llegado el momento de decir adiós a todos nuestros amigos, M-I-C, eme- i-ce… CE-lebro que hayas estado con nosotros, K-E-Y, ka-e-y… Y todo porque te queremos, ¡R-A-T-Ó-N! Se me saltan las lágrimas mientras miro a aquellos hombres hechos y derechos cantar con tanto fervor. Había viajado al otro lado del mundo y, aun así, no podía escapar del pasado.

El Ratón Mickey estaba en todas partes.

Poema para tiranos, Lenore Kandel

los seres que sienten son incontables

prometo iluminarlos a todos

Primer voto del budismo

parece que debo amarte incluso a ti

más fácil amar las cosas bonitas

los niños las campanillas

más fácil (al aumentar la compasión)

amar al desconocido

fácil incluso darse cuenta (con compasión)

del dolor y del terror implícito en aquellos

que tratan el mundo alrededor

con tanta brutalidad tanto odio

pero oh yo no soy cristo

bendiciendo a mis verdugos

no soy buda no soy santa

tampoco poseo esa fuerza incandescente

de la fe iluminada

pero así y todo

eres un ser que siente

respirando este aire

al igual que yo soy un ser que siente

buscando mi iluminación

debo buscar la tuya

si tuviera el amor suficiente

si tuviera la fe suficiente

podría quizá entonces trascender tu camino

y alterar incluso eso

perdóname entonces —

no puedo amarte todavía

Yo morí por la Belleza, Emily Dickinson

Yo morí por la Belleza,

pero apenas estaba colocada en la tumba,

cuando uno, que murió por la Verdad,

fue tendido en un cercano lugar.

Me preguntó en voz baja «por qué había muerto».

«Por la Belleza» —respondí—.

«Y yo por la Verdad. Ambas son la misma cosa.

Somos hermanos» —dijo él—.

Y así hablamos desde nuestros aposentos,

como parientes que se encuentran en la noche,

hasta que el musgo alcanzó nuestros labios

y cubrió nuestros nombres.

Un reportaje sensacional, Mark Twain

El joven, nervioso, apuesto y jovial, aceptó la silla que le ofrecí, dijo pertenecer al cuerpo de redacción de La Tempestad, y agregó:

Supongo que no molesto… He venido a hacerle un reportaje.

¿A qué?

A hacerle un reportaje.

¡Ah! Comprendo… comprendo. ¡Hum! Sí… Está bien.

Yo no me sentía muy alegre aquella mañana. En realidad, mis facultades espirituales parecían algo deprimidas. Con todo, fui hacia mi biblioteca y después de haber buscado durante seis o siete minutos, tuve que recurrir al joven. Le dije:

¿Cómo se deletrea eso?

¿El qué?

La palabra “reportaje”.

¡Santo Dios! ¿Para qué quiere usted deletrearla?

No quiero deletrearla: quiero ver qué significa.

Pues eso me parece sorprendente. Yo mismo puedo decirle qué significa si usted… si usted…

¡Oh! No se moleste. Me bastará con que la deletree y le quedaré muy agradecido, además.

R-E-P-O-R-T-A-J-E.

¿De modo que empieza con R-E?

¡Naturalmente!

¡Por algo me costaba tanto encontrarla!

Pero, mi estimado señor… ¿Cómo pensaba deletrearla usted?

Francamente, no… no lo sé muy bien. Tengo el diccionario enciclopédico completo y busqué en el último tomo, confiando en encontrarla entre las láminas. Pero se trata de una edición muy antigua.

Pero, amigo mío… Usted no encontraría eso representado en una lámina ni aun en la última edi… Perdón, estimado señor… No hablo con mala intención, pero usted no me parece tan… tan… inteligente como yo suponía. Tenga en cuenta que no hablo con mala intención.

¡Oh, no hay de qué! Se ha dicho a menudo —y eso por gente incapaz de adulonerías y a quien no se podría inducir a adular— que yo soy realmente notable en ese sentido. Sí… sí. Siempre hablan del asunto con éxtasis.

Me lo imagino sin dificultad. Pero en cuanto a ese reportaje… Usted sabrá que, actualmente, se acostumbra hacer reportajes a todo hombre que ha llegado a destacarse.

A decir verdad, es la primera vez que oigo hablar del asunto. Eso debe de ser muy interesante. ¿Con qué lo hace?

Ah… Le diré… Se trata de algo desalentador. Debiera ser hecho con una porra en ciertas ocasiones; pero, habitualmente, el reportero se limita a formular preguntas y el reporteado a contestarlas. Es algo que está de moda. ¿Me permite que le formule ciertas preguntas, destinadas a poner de relieve los puntos culminantes de su historia pública y privada?

Oh… Con placer. Con placer. Tengo muy mala memoria, pero supongo que eso no le importará. Quiero decir que se trata de una memoria irregular… sumamente irregular. A veces marcha al galope, y a veces tarda quince días en franquear determinado punto. Esto me apena mucho.

Oh, no importa. Usted procurará contestarme lo mejor que pueda.

Así lo haré. Empeñaré en ello todo mi cerebro.

Gracias. ¿Está pronto a empezar?

Pronto.

PREGUNTA. —¿Qué edad tiene?

RESPUESTA. —Voy a cumplir los diecinueve años en junio.

P. —¿Será posible? Yo le habría dado treinta y cinco o treinta y seis. ¿Dónde ha nacido?

R. —En Missouri.

P. —¿Cuándo comenzó a escribir?

R.—En 1836.

P. —¿Cómo puede ser, si sólo tiene diecinueve años?

R. —No lo sé. El asunto me parece un poco curioso.

P. —Y lo es. ¿Quién es, en su opinión, el hombre más extraordinario que haya conocido?

R. —Aarón Burr.

P. —Pero usted no pudo conocer a Aarón Burr si sólo cuenta diecinueve años…

R. —Hombre, si usted sabe más que yo, ¿por qué me hace preguntas?

P. —Bueno, bueno… Ha sido solamente una insinuación, nada más. ¿Cómo conoció a Burr?

R. —Le diré… Estuve cierto día en sus funerales y él me pidió que no hiciera tanto ruido y…

P. —Pero… ¡Santo cielo! Si usted estaba en los funerales de Burr, éste debía estar muerto. Y si estaba muerto… ¿cómo pudo preocuparse de si usted hacía ruido o no?

R. —No lo sé. Burr fue siempre un hombre muy personal en esas cosas.

P. —Sin embargo, no lo comprendo del todo. Usted dice que Burr le habló y que estaba muerto.

R. —Yo no he dicho que Burr estuviera muerto.

P. —Pero… ¿acaso no lo estaba?

R. —Algunos dicen que sí, otros dicen que no.

P. —Y usted…, ¿qué opina?

R. —¡Oh! Eso no es cosa mía. No eran mis funerales.

P. —¿Y usted?… Bueno… De todos modos, eso jamás lo aclararemos. Permítame que le pregunte alguna otra cosa. ¿Cuál es la fecha de su nacimiento?

R. —El lunes 31 de octubre de 1693.

P. —¿Cómo? ¡Imposible! Eso significa que usted tiene ciento ochenta años de edad. ¿Cómo se lo explica?

R. —No me lo explico en absoluto.

P. —Pero usted dijo al principio que sólo tenía diecinueve años, y ahora afirma que cuenta ciento ochenta. La contradicción es tremenda.

R. —¿Lo ha notado? (Estrechándole la mano al periodista.) A mí me pareció en muchas ocasiones que la contradicción era tremenda, pero no sé por qué, no podía llegar a una conclusión. ¡Cuán pronto nota usted las cosas!

P. —Gracias por el cumplido. ¿Tuvo usted —o tiene— hermanos o hermanas?

R. —Este… Yo… yo… yo así lo creo… pero no lo recuerdo.

P. —¡Pues su declaración es la más extraordinaria que yo haya oído en toda mi vida!

R. —¿Por qué piensa eso?

P. —¿Cómo quiere que piense? Mire… ¿De quién es ese retrato de la pared? ¿No se trata, acaso, de un hermano suyo?

R. —¡Oh! Sí, sí, sí. Ahora recuerdo: éste era hermano mío. Es William… lo llamábamos Bill. ¡Pobre Bill!

P. —¿Por qué? ¿Ha muerto?

R. —Este… Supongo que sí. Nunca pudimos aclararlo. Hay gran misterio en el asunto.

P. —Eso me parece lamentable, muy lamentable. Entonces… ¿Bill desapareció?

R. —Le diré… Sí, en términos generales. Lo enterramos.

P. —¡Lo enterraron! ¿Lo enterraron sin saber si estaba vivo o muerto?

R. —¡Oh, no! Eso, no. Estaba suficientemente muerto.

P. —Confieso que no lo entiendo. Si ustedes lo enterraron y sabían que estaba muerto…

R. —¡No, no! Sólo creíamos que lo estaba…

P. —¡Ah!, comprendo. ¿De modo que resucitó?

R. —Apostaría a que no.

P. —A decir verdad, jamás he oído algo semejante. Alguien estaba muerto. Alguien fue enterrado. Y bien… ¿En qué consiste el misterio?

R. —¡De eso se trata, precisamente! Eso es. Le explicaré… El difunto y yo éramos mellizos y nos mezclamos en la bañera cuando sólo teníamos dos semanas de edad, y uno de nosotros se ahogó. Pero no supimos cuál. Algunos creen que fue Bill. Otros, que fui yo.

P. —Esto me parece extraordinario. Y usted, ¿qué opina?

R. —¡Vaya usted a saber! Daría cualquier cosa por aclararlo. Ese solemne y horrible misterio ha proyectado una sombra sobre toda mi vida. Pero, ahora, le diré un secreto, un secreto que jamás he revelado a un ser viviente. Uno de nosotros tenía una señal característica, un gran lunar en el dorso de la mano izquierda. Ese, era yo. ¡Ese niño fue el que se ahogó!

P. —Perfectamente. Siendo así, no veo en qué consiste el misterio.

R. —¿No lo ve? Yo, sí. De todos modos, no sé cómo pudieron cometer el espantoso error de enterrar al otro niño. Pero… ¡chitón! No lo mencione; podría oírlo la familia. Por cierto que ya tienen bastantes dolorosas preocupaciones sin ésa.

P. —Bueno… Supongo que tengo bastante material por ahora y le agradezco las molestias que se ha tomado. Pero me interesó mucho su relato de los funerales de Aarón Burr. ¿Tendría la amabilidad de decirme qué circunstancia le ha hecho pensar que Burr era un hombre tan extraordinario?

R. —¡Oh! ¡Una bagatela! Apenas si la habría notado un hombre de cada cincuenta. Al terminar el sermón y cuando la procesión estuvo pronta a partir hacia el cementerio y el cadáver fue bonitamente instalado en la carroza fúnebre, Burr dijo que quería echar una última miradita al paisaje, de modo que se levantó y viajó en el pescante con el cochero.

En este momento, el joven periodista se retiró, con aire respetuoso. Su compañía me resultaba muy grata y lamenté que se marchara

Eros/Poema, Lenore Kandel

¡Alabado sea el joven Eros que folla con todas las chicas!

Sólo los dioses aman con tanta generosidad

compartiendo su beatitud con todos

¡Alabado sea Eros! Aquel que ama tan sólo la belleza

y la encuentra por doquier

Eros te he conocido y a tus diosas pasajeras

envueltas en un halo de amorlujuria tan real como una flor cualquiera

que florece un día y se pierde luego con el viento

he visto cómo titilaban tus ojos de placer

cuando alababas la belleza de la dulce Psique con tu lengua enamorada

para verlos brillar luego con la misma profunda dicha

mientras otras mujeres tiernas yacían entre tus manos

¡Alabado sea Eros! Aquel que es incapaz de acumular amor

pero lo gasta como el agua en un tamiz dorado

compartiendo su propia gracia lasciva

con todos aquellos que le permiten la entrada

infieles como flores, veleidosos como la mariposa que soporta el viento

¡Alabado sea Eros, hijo de los dioses!

aquel que ama tan sólo la belleza y la encuentra

por doquier

 

Un gran error, Stephen Crane

Un italiano tenía un puesto de frutas en una esquina desde donde podía atraer a aquellos que bajaban de la estación elevada y a aquellos que pasaban por dos calles atestadas. El tendero se sentaba la mayor parte del día en un taburete que tenía colocado de manera estratégica.

Había un chiquillo que vivía cerca, cinco plantas por encima, y que consideraba a aquel italiano como un ser tremendo. El niño había investigado el puesto de frutas. Lo había impresionado como pocas cosas que hubiese visto antes en sus viajes. Allí, dispuestos en asombrosas hileras, se encontraban todos los manjares del mundo en lujuriosos montones. Cuando observaba al italiano sentado en medio de tesoro tan espléndido, el labio inferior se le descolgaba y alzaba los ojos, llenos de un profundo respeto, hacia el rostro del vendedor. Lo adoraba como si estuviese contemplando la omnipotencia.

El niño iba a menudo a la esquina, merodeaba el puesto y observaba cada detalle del negocio. Estaba fascinado por la tranquilidad del vendedor, su majestad de poder y posesión. A veces, estaba tan absorto en la contemplación del puesto, que la gente, a toda prisa, tenía que tener cuidado para no atropellarlo.

Nunca se había atrevido a acercarse demasiado. Tenía el hábito de acechar cautelosamente desde el bordillo. Incluso allí parecía un niño que contemplase, sin estar invitado, un banquete de dioses.

Un día, sin embargo, mientras el niño estaba absorto, el vendedor se alzó y pasando por la parte delantera del puesto, comenzó a dar brillo a las naranjas con un pañuelo rojo. El espectador, sin aliento, avanzó por la acera hasta que su rostro casi tocó la manga del vendedor. Con los dedos retorcía un pliegue de su traje.

Por fin, el italiano acabó con las naranjas y volvió a su taburete, de detrás de un racimo de plátanos sacó un periódico escrito en su idioma, se removió hasta conseguir una postura cómoda y clavó los ojos con fiereza en el periódico. El niño se quedó frente a frente con los innumerables dones del mundo.

Durante un rato fue un simple idólatra de aquel santuario dorado. Después se apoderaron de él unos deseos tumultuosos. Tenía sueños de conquista. Sus labios temblaron. Entonces se formó en su cabeza un pequeño plan.

Se acercó sigilosamente lanzando furtivas miradas al italiano. Luchó por mantener una actitud convencional, pero la conspiración estaba escrita en sus facciones.

Por fin se había acercado lo suficiente como para tocar la fruta. De debajo del andrajoso faldón sacó una manita sucia. Aún tenía los ojos clavados en el vendedor con el gesto totalmente rígido, excepto por el labio inferior, que mostraba un ligero aleteo. Extendió la mano.

Los trenes elevados atronaban de camino a la estación y la escalera derramaba gente sobre las aceras. Se podía oír un profundo rugido marino procedente de los pies y de las ruedas que pasaban sin cesar. Nadie parecía ver a aquel chico sumido en tan magnífica aventura.

El italiano dio la vuelta al periódico. De repente el pánico golpeó al niño. Bajó la mano y dejó escapar un suspiro de desesperanza. Durante un instante siguió mirando al vendedor. Era evidente que en su cabeza se producía un gran debate. Su intelecto infantil había definido al italiano. Sin duda era un hombre capaz de comerse a los niños que lo provocaran, y la alarma que le había producido el vendedor al girar el periódico le hizo ver con nitidez las consecuencias que acarrearía el ser detectado.

Pero en aquel momento, el vendedor emitió un gruñido de placer e inclinando el taburete contra la pared, cerró los ojos. El periódico cayó ignorado.

El niño dejó el escrutinio y de nuevo alzó la mano. Se movía con suprema precaución hacia la fruta, con los dedos doblados, como una garra, dominados por una codicia arrebatadora.

En un momento se detuvo y los dientes le castañearon convulsivamente pues el vendedor se movió en sueños. El chiquillo, con la mirada aún fija en el italiano, volvió a extender la mano y los rapaces dedos se cerraron sobre un fruto redondo.

Y estaba escrito que el italiano abriría en aquel instante los ojos. Atravesó al pequeño con una mirada inquisitiva y el niño, con una expresión en el rostro de profunda culpa, puso inmediatamente el fruto redondo en su espalda y comenzó a realizar una serie de enloquecidos y elaborados gestos declarando su inocencia.

El italiano aulló, se puso de pie de un salto, y en tres pasos alcanzó al niño. Lo zarandeó fieramente y de sus deditos arrancó un limón.

No soy tuya, Sarah Teasdale

c5yqjylwqaegm0aNo soy tuya, tampoco perdida en ti,

no estoy extraviada, aunque mi alma ansía

extraviarse como la llama de una vela al mediodía,

perderse como la nieve en el mar.

Tú me amas, y aún te veo

como un espíritu hermoso y brillante,

Sin embargo soy yo, inconstante,

la que anhela perderse como una luz en la luz.

Arrójame profundo en mi sentimiento,

apaga mis sentidos, déjame sorda y ciega,

arrastrada por la tempestad de tu amor,

soy una hoja en el viento.

Poema de la iluminación, Lenore Kandel

Model feebee poses as part of art installation "Narcissism : Dazzle room" made by artist Shigeki Matsuyama at rooms33 fashion and design exhibition in Tokyo, Wednesday, Sept. 14, 2016. Matsuyama's installation features a strong contrast of black and white, which he learned from dazzle camouflage used mainly in World War I. (AP Photo/Eugene Hoshiko)
Eugene Hoshiko

Hemos sido todos hermanos, hermafroditas como ostras

concedimos nuestras perlas sin cuidado

La propiedad no estaba inventada-todavía

ni la culpa ni el tiempo

Observamos el paso de las estaciones cristalinos como la nieve

y nos fundimos lentamente en formas nuevas

mientras las estrellas giraban sobre nuestras cabezas

No conocíamos la traición

Nuestros yos eran perlas

fastidios transmutados en destellos

y ofrecidos sin cuidado

Nuestras perlas se tornaron más preciosas y los sexos estáticos

a la mutabilidad la envolvió una concha, ideamos lenguajes diferentes

palabras nuevas para conceptos nuevos, inventamos despertadores

vallas fidelidad

Todavía… ahora incluso… fingiendo la comunión

percepciones infinitas

me acuerdo

hemos sido todos hermanos

y ofrecemos sin cuidado.

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Prioridades, Lydia Davis

Dorothee Golz
Dorothee Golz

Debería ser muy sencillo: haces lo que puedes mientras está despierto y cuando se duerma haces lo que sólo puedes hacer cuando está dormido, empezando por lo más importante. Pero no es tan sencillo. Te preguntas qué es lo más importante. Debería ser fácil decidir qué es lo que tiene prioridad y entonces ir y hacerlo. Sin embargo, no hay solamente una cosa que tenga prioridad, ni dos ni tres. Cuando varias cosas tienen prioridad, ¿a cuál de ellas se le da prioridad? En las horas en que puedes hacer algo, mientras él está dormido, puedes escribir una carta que corre mucha prisa porque de ella dependen muchas cosas. Sin embargo, si te pones con la carta, las plantas se quedan sin regar, con el calor que hace. Ya las has sacado al balcón esperando que se rieguen con la lluvia, pero este verano no llueve casi nunca. Ya las has metido dentro de casa con la esperanza de que, si no les da el viento, no habrá que regarlas tan a menudo, pero así y todo hay que regarlas.

Y sin embargo, si riegas las plantas, no escribes la carta, de la que dependen tantas cosas. Ni tampoco recoges la cocina, ni el salón, y luego estarás confundida y de mal humor por culpa del desorden. La encimera está llena de listas de la compra y del juego de cristalería que tu marido compró en una liquidación. Guardar la cristalería debería ser de lo más sencillo, pero no puedes guardarla hasta que no la laves, no puedes lavarla hasta que no saques los platos sucios del fregadero y no puedes lavar los platos mientras no vacíes el escurreplatos. Si empiezas por vaciar el escurreplatos, quizá no te dé tiempo, antes de que él se despierte, más que a lavar los platos.

Tal vez decidas que las plantas tienen prioridad, pues al fin y al cabo son seres vivos. En tal caso, también puedes decidir, dado que necesitas organizar tus prioridades de acuerdo a algún criterio, que todos los objetos vivientes de la casa tienen prioridad, empezando por el más pequeño y más joven de los seres humanos. Eso debería estar mas que claro. Sin embargo, pese a saber perfectamente cómo ocuparte del hámster, del gato y de las plantas, lo que ya no está tan claro es cómo dar prioridad al bebé, a tu hijo mayor, a ti misma y a tu marido. La verdad es que cuanto mayor y más viejo es un ser vivo, más difícil resulta saber cómo ocuparse de él.

Mujeres que encogen, Lily Myers

Cherine Fahd
Cherine Fahd

Desde el otro lado de la mesa de la cocina, mi madre sonríe con un vaso de vino tinto que se bebe en una taza medidora. Dice que no se priva, pero he aprendido a encontrar un matiz en cada movimiento de su tenedor.

En cada arruga de su frente según me ofrece lo que queda en su plato. Me he dado cuenta de que solo se come la cena cuando se lo sugiero. Me pregunto qué hará cuando no estoy ahí para hacerlo.

A lo mejor es por esto que mi casa me parece más grande cada vez que vuelvo; es proporcional. Según encoge, el espacio alrededor de ella parece más amplio. Ella mengua mientras mi padre aumenta. Su tripa se ha puesto redonda por el vino, la noche, ostras, poesía. Una novia nueva que tenía el sobrepeso de una adolescente pero de la que ahora mi padre dice “que le encanta la fruta.”

Pasó lo mismo con sus padres: mientras mi abuela se volvió frágil y angular, su marido se hinchó, mejillas rojas y redondas, tripa rechoncha y me pregunto si mi linaje es uno de mujeres que encogen haciendo espacio para que entren los hombres en su vida sin saber cómo volver a rellenarlo una vez se marchan.

Es por eso que las mujeres de mi familia llevan décadas encogiendo.

Lo hemos aprendido todas unas de otras, de igual forma que cada generación le enseñó a la otra como tejer, hilando en silencio entre hebras que todavía puedo sentir cada vez que camino por esta casa creciente, con comezón, recogiendo todas las costumbres que mi madre ha ido dejando sin darse cuenta como trozos de papel arrugado de los bolsillos en sus incontables paseos de la habitación a la cocina y a la habitación otra vez. Noches en las que la escucho deslizarse para comer yogur entero en la oscuridad, una fugitiva robando unas calorías a las que no tiene derecho, decidiendo cuántos bocados son demasiados, cuánto espacio se merece ocupar.

Viéndola batallar o la imito o la odio, y ya no quiero hacer ninguna de las dos cosas. Pero la carga de esta casa me ha seguido por todo el país. Hoy hice cinco preguntas en clase de genética y todas ellas empezaron por la palabra “perdón”. No sé los requerimientos para graduarse en sociología porque me pasé toda la reunión tratando de decidir si me podía tomar otra porción de pizza. Una obsesión circular que nunca quise, pero la herencia es accidental – todavía me mira con los labios manchados de vino desde el otro lado de la mesa de la cocina.

El Camino hacia el corazón de una mujer, Jenesis Fonseca-Ledezma

Cocina poblana por Agustín Arrieta, Pintura mexicana,  Costumbrista, Siglo XIX

En mi familia siempre hay una cocina. En la cocina, siempre hay mujeres. Y en las mujeres siempre hay miedo. Miedo a que esta vez la receta no salga bien. A que el hombre deje su comida sin terminar. A que el estómago del hombre encuentre placer en el hogar de otra. A haberle servido demasiado, o demasiado poco. A que esté muy lleno, o muy hambriento por otra cosa y eso siempre será culpa de la mujer. Demasiado azúcar, o no el suficiente, supongo.

En mi familia, cocinar bien es un plato fuerte con mucho valor. Mantiene a los hombres cerca, los trae a casa todas las noches. Abuela creía que una buena comida dice “te amo” mejor que un beso. Abuela creía que una buena comida dice “lo siento” mejor que una disculpa. Como mi abuela, mi madre sirve en exceso, dice “Nunca, nunca se puede amar de más”.

Una noche, papá no volvió a casa para cenar, su plato se quedó frío en la mesa. Despertó a mamá a las 4 de la mañana después de pasar la noche por ahí bebiendo, la agarró por el pelo y la arrastró hasta la cocina exigiendo que le hiciera su comida favorita. Ella dijo “Chiles rellenos – Lo siento. Guarnición de arroz – Te amo. Otra cerveza de la nevera – Lo siento, te amo.”

El desayuno de la mañana siguiente fue la última vez que le pidió perdón. Su comida es mejor, pero los hombres de la vida de mi madre nunca se han quedado ni unos segundos. Dicen que “El camino hacia el corazón de un hombre es a través de su estómago.” No hay ningún proverbio sobre el camino hacia el corazón de una mujer, la manera de meterse dentro de ella es más importante.

Dos hijas más tarde, y años después del divorcio, mi madre todavía cocina como si hubiese un hombre en la casa. Se queda mirando la silla vacía en nuestra mesa, y me pregunta más de una vez si estoy segura de que la cena está rica esta noche. Supongo que las disculpas a veces pueden tener un sabor parecido al amor.

Yo no sé cocinar. El hombre al que amo cocina para mí. Sabe que la manera de llegar a mi corazón no es la comida, ni las rosas, sino el amor honesto que llena. Y puede que todavía no sepa cocinar, pero mi madre me enseñó a amarme a mí misma, demasiado, siempre, aunque él no se quede.

 

John Marr, Herman Melville

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John Marr, nacido, hacia finales de siglo, en Norteamérica, de madre desconocida, y marino, desde la infancia hasta la madurez, bajo diversas banderas, incapacitado por fin para la vida marinera por una herida sufrida durante un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con los piratas de los Cayos, se traslada finalmente a tierra a fin de ganarse la vida con un empleo menos activo. Consigo se lleva también su condición errante adquirida como marinero.

Después de varios traslados, primero como fabricante de velas de puerto en puerto, luego aventurándose como tosco carpintero en el interior, se instala por fin, alrededor de 1838 y dedicado a esta última profesión, en lo que entonces era una pradera fronteriza salpicada de bosquecillos de robles y de las escasas cabañas de troncos de una pequeña colonia de uno de nuestros estados más antiguos. Aquí, hace una pausa en sus viajes, y se casa.

Poco después, una fiebre, la plaga de los nuevos poblados en el barro infecto, cuya pálida librea no tarda en mostrarse, tras un tiempo, en muchos de sus habitantes, se lleva a su joven esposa y a su hijo recién nacido. Son devueltos a la tierra con sobrios ritos en un ataúd construido con sus propias manos: otro túmulo, aunque pequeño, en la inmensa pradera, no lejos del lugar donde otros constructores de túmulos de una raza solo presumible dejaron su cerámica y sus huesos, en un barro común, bajo una extraña terraza de forma serpenteante.

Con una franca tranquilidad en su porte, atezado y sombrío, con una mirada capaz de aplacarse o de destellar, pero carente de dureza aunque a veces deje traslucir una profunda melancolía, este hombre sin parientes tenía afectos que, una vez asignados, no era fácil desplazar o reasignar a otro objeto. Llegado por entonces a la edad mediana, decide no abandonar jamás el suelo que acoge a los únicos seres unidos a él por el amor y los lazos familiares. Le alquila su cabaña de troncos a un recién llegado, que se muestra encantado de conseguirla y se instala en ella con su familia.

Aunque su sensación de tristeza va disminuyendo con el tiempo, el vacío de su corazón persiste. Si le hubiera sido posible resignarse, habría tratado de llenar ese vacío cultivando relaciones sociales cada vez más íntimas con una gente cuyos propósitos pretendía compartir hasta el final, unas relaciones añadidas al mero lazo del trabajo diario que surge de participar de las mismas penalidades y de hacer de la ayuda mutua algo consabido. Pero entonces, sin que se pueda culpar a nadie, se detiene.

Acostumbrados a la compañía, los hombres prácticos deben conversar sobre asuntos de la vida diaria. Pero, a propósito de las personas o los sucesos, uno no siempre puede hablar del presente y mucho menos especular sobre el futuro; uno necesita recurrir al pasado, que para los hombres es, en todos los sentidos, una herencia común y les proporciona la base de una benévola comunión.

Pero el pasado de John Marr no era el pasado de aquellos pioneros. Las manos de ellos habían asido la esteva del arado, las de él el timón del navío. No conocían más que a los suyos y sus costumbres; él había conocido todo el ancho mundo. Tan inevitablemente limitado era el alcance intelectual y, en consecuencia, el rango de las simpatías de aquel grupo particular de emigrantes, labradores hereditarios de la tierra, que el océano, apenas una leyenda para sus padres, se había convertido, tras su traslado al interior, en poco más que un rumor tradicional y vago.

Era gente sobria y acostumbrada a las monótonas penalidades; ascéticos por necesidad no menos que por inclinación moral; casi todos sincera, aunque estrechamente religiosos. A su manera eran amables en caso de necesidad; pero a un hombre familiarizado —como no podía menos que estarlo John Marr a raíz de sus previos viajes sin hogar— con la vida fácil y libre de las tabernas que ofrecían diversión barata en algunas antiguas y agradables ciudades portuarias de la época, y aún más acostumbrado a la compañía de los marinos de ese mismo tiempo, le faltaba algo. Ese algo era la jovialidad, la flor de la vida que brota de cierto sentido de la alegría. Y no podían proporcionárselo aquellos duros trabajadores aquejados de malaria, gente que no había conocido un día de fiesta, demasiado recta e incapaz de disimular cualquier cosa que no sintieran verdaderamente. Durante el descascarillado del maíz, la menos solemne de sus reuniones, el solitario marinero trataba de apartar sus propios pensamientos de la tristeza y de atraer su atención sin mencionar los trabajos y esfuerzos a los que estaban acostumbrados, y recurría naturalmente a alguna historia o cuadro marinero, aunque pronto volvía a encerrarse en sí mismo y guardaba silencio sin que nadie le animara a seguir. En una de esas ocasiones, un anciano —un herrero y gran predicador los domingos— le dijo honradamente: «Amigo, aquí no sabemos nada de eso».

Semejante indiferencia por parte de sus semejantes, apartados de todo lo artificioso de la vida, y por vocación —en aquellos días apenas se empleaba maquinaria— casi emparentados con la Naturaleza, le parecía a John Marr en consonancia con la apatía que mostraba la propia Naturaleza en una pradera donde nadie, salvo los desaparecidos constructores de túmulos, había dejado un rastro duradero.

A los escasos indios que quedaban en los alrededores —casi exterminados en la última guerra por un ejército regular de hombres blancos, una guerra que los hombres rojos libraron por su suelo natal y por sus derechos naturales— les habían obligado a instalarse en unos eriales más allá del Misisipí que ahora ocupaban estados y municipalidades. Previamente, los bisontes, que antes pastaban incontables en rebaños procesionales o ramoneaban como en interminable orden de batalla por aquellos pastos, se habían retirado, mermados en número, ante los cazadores, en conjunto una raza muy distinta de los pioneros agricultores, aunque generalmente les sirvieran de avanzadilla. Ese doble éxodo de hombres y bestias dejó la llanura convertida en un desierto, verde y florido, sin duda, pero casi tan olvidado como el Obi siberiano. Si exceptuamos los gallos de las praderas, que a veces salían volando asustados de entre la espesa hierba, y los pichones que, en la época migratoria, llegaban a tapar el sol en densas bandadas como una nube de tormenta, los pájaros escaseaban extrañamente.

Una tranquilidad inexpresiva reinaba en la llanura horas y horas. «Es el lecho de un mar muerto», decía para sus adentros el solitario marinero —que no tenía nada de geólogo— cuando meditaba en el crepúsculo sobre las ondulaciones fijas de aquella inmensa extensión aluvial limitada tan solo por el horizonte, y echaba en falta la agitación que, para los ojos y los oídos despiertos, anima siempre las aparentes soledades de las profundidades.

Pero una escena muy distinta a sus propios antecedentes puede hacerle a uno evocarlos pese a todo. Circundada por una misma orilla, a John Marr la pradera le recordaba el océano.

Antes de aquel último y más remoto traslado, se las había arreglado para mantener una esporádica correspondencia con algunos de sus antiguos compañeros, los muchachos de algunos de sus viajes. Pero ahora estaba tan aislado de todo y de todos como los demás colonos; aislado de todo, salvo por las noticias que pudiera traer, a través de las herbosas olas, la goleta de la pradera, el nombre vernáculo que se daba en aquellas épocas y lugares a la carreta de los emigrantes que viajaba, cubierta con un arqueado toldo de tela de vela, a través de la vasta campiña. Todavía no había ninguna oficina de correos; ni siquiera un tosco y pequeño buzón de bisagras de cuero colocado a la distancia adecuada sobre una estaca a lo largo de algún solitario y verde camino, que sirviera de percha para las aves, y que con el tiempo, y el avance intermitente de la frontera, se convirtiera tal vez en algún musgoso monumento que diera fe de otro límite superado por la vida civilizada; una vida que, en Norteamérica, apenas puede decirse que tenga hoy otra frontera por el oeste que el océano que baña Asia. A través de esas llanuras, hoy superpobladas con ciudades opulentas, inmensas llanuras cercadas por todas partes para delimitar las prósperas granjas —esos pálidos ciudadanos y esos saludables granjeros son, en parte, los descendientes de los primeros colonos macilentos en una región que hacía medio siglo apenas producía lo suficiente para sostener al hombre, pero que hoy envía los excedentes de su cosecha de trigo al mundo entero—; en toda esa pradera, hoy surcada por doquier por raíles y cables, apenas había entonces más que un camino. El viajero de largas distancias utilizaba los lejanos bosques de robles de formas diversas y los nuevos poblados, aún más lejanos, como puntos de referencia; de lo contrario se guiaba por la posición del sol. A principios del verano, incluso al ir de un campamento al siguiente, el viaje podía consumir horas o la mayor parte del día, y viajar era casi como navegar. En ciertas hondonadas entre las largas, verdes y suaves ondulaciones, tan suaves como el océano en calma cuando recibe y somete a su propia tranquilidad las olas levantadas por algún huracán lejano unos días antes, uno veía los primeros indicios de que se acercaban unos extraños a lo lejos, como cuando se divisa una vela en el mar, por el blanco del toldo de la carreta que vadeaba entre la espesa vegetación y quedaba oculta por ella, o, cuando estaba más cerca, por las orejas del tiro de caballos que asomaban, sobre los lirios o sobre la hierba crecida.

Exuberante aquella naturaleza, pero, para su habitante, dejar atrás un amigo en el último rincón del mundo no solo era perderlo de vista, sino como privarlo de existencia.

Aunque no era posible que todos los compañeros marinos de John Marr hubieran fallecido, cuando pensaba en ellos eran como los fantasmas de los muertos. A medida que aquella sensación le fue abocando más y más a meditaciones retrospectivas, aquellos fantasmas, junto con los de su mujer y su hijo, se convirtieron en sus compañeros espirituales, perdieron parte de su inicial imprecisión, fueron adoptando un sombrío parecido con una vida silenciosa y se fueron iluminando con esa aureola que circunda cualquier afecto del pasado cuando se une a lo que anhela intensamente un corazón imaginativo.

Tengo un sueño, Martin Luther King, Jr.

brand_bio_bio_martin-luther-king-jr-mini-biography_0_172243_sf_hd_768x432-16x9Diez décadas atrás, un gran norteamericano, sobre cuya simbólica sombra estamos parados, firmó la Proclamación de Emancipación. Este decreto trascendental llegó como una gran luz de esperanza para guiar a millones de esclavos negros que habían sido marcados por las llamas de una injusticia decadente. Llegó como un alegre amanecer que puso fin a una larga noche de cautiverio.

Pero cien años más tarde, debemos enfrentar la trágica realidad de que el Negro aún no es libre. Cien años después el Negro todavía se encuentra tristemente impedido por los grilletes de la segregación y las cadenas de la discriminación. Cien años más tarde, el Negro habita una solitaria isla de pobreza en medio de un vasto océano de prosperidad material. Cien años más tarde, el Negro aún languidece en las esquinas de la sociedad norteamericana y se halla a sí mismo como un exiliado en su propia tierra. De manera que hemos venido hoy a poner en evidencia una condición consternante.

En cierto modo, hemos venido a nuestra ciudad capital a cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república redactaron las magníficas palabras de la constitución, la Declaración de Independencia, estaban firmando una nota de pago de la cual cada norteamericano resultaría heredero. Esta nota era la promesa de que a todo hombre se le garantizaría los inalienables derechos de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Hoy es evidente que Norteamérica no ha cumplido con esta nota de pago en lo que concierne a sus ciudadanos de color. En vez de honrar este sagrado compromiso , Norteamérica le ha dado al Negro un cheque falso que ha sido devuelto con la anotación “cheque sin fondos” . Pero nos negamos a creer que el banco de la justicia esté en bancarrota . Nos negamos a creer que haya fondos insuficientes en las grandes bóvedas de oportunidades de esta nación .

De manera que hemos venido a cobrar el cheque…. un cheque con el que demandamos la riqueza de libertad y la seguridad de justicia . También hemos venido a este santo lugar a hacerle recordar a Norteamérica la feroz urgencia del ahora . No es este un momento para involucrarse en el lujo de serenarse o tomar el tranquilizante del gradualismo . Es ahora el momento de elevarse desde el valle oscuro y desolado de la segregación, hacia la vereda del sol de la justicia racial . Es este el tiempo de abrirle las puertas de la oportunidad a todos los hijos de Dios . Es este el momento de sacar a nuestra nación de las arenas movedizas de la injusticia racial hacia la sólida roca de la hermandad .

Sería fatal para la nación pasar por alto la urgencia del momento y subestimar la determinación del Negro . Este sofocante verano de legítimo descontento del Negro no pasará hasta que aparezca un vigorizante otoño de libertad e igualdad . Mil novecientos sesenta y tres no es un final sino un comienzo . Aquellos que esperaban que el Negro necesitara desahogarse y estuviera ahora contento tendrán un duro despertar si la Nación vuelve a las andadas como siempre . No habrá descanso ni tranquilidad en Norteamérica hasta que al Negro se le garanticen sus derechos de ciudadanía . Los remolinos de revueltas seguirán sacudiendo las bases de nuestra Nación hasta que surja un brillante día de justicia.

Pero hay algo que debo decirle a mi gente que se encuentra en el cálido umbral que lleva al palacio de justicia . En el proceso de ganar nuestro propio lugar no debemos ser culpables de actos ilícitos . No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio .

Debemos siempre conducir nuestra lucha en un alto plano de dignidad y disciplina . No debemos dejar que nuestra creativa protesta degenere en violencia física . Una y otra vez debemos elevarnos hacia majestuosas alturas hasta alcanzar fuerza física y fuerza espiritual . La maravillosa nueva militancia en que se ha sumido la comunidad Negra no nos debe llevar a desconfiar de todas las personas blancas , puesto que muchos de nuestros hermanos blancos, como lo ha puestos en evidencia su presencia hoy aquí, han llegado a darse cuenta que su destino está ligado a nuestro destino y su libertad está inextricablemente enlazada con nuestra libertad . No podemos caminar solos .

Y a medida que caminamos, debemos hacer la promesa de marchar adelante . No podemos volver atrás . Hay quienes están preguntando a los devotos de los derechos civiles “¿Cuándo estarán satisfechos?” . Nunca podemos estar satisfechos en tanto y en cuanto nuestros cuerpos, cargados con la fatiga del viaje, no puedan recibir albergue en los moteles de las carreteras y los hoteles de las ciudades . No podemos estar satisfechos en tanto la movilidad básica del Negro consista en desplazarse de un ghetto más pequeño a uno más grande . Nunca podremos estar satisfechos mientras un Negro en Mississippi no pueda votar y un Negro en New York crea que no tiene nada por que votar . No, no, no estamos satisfechos, y no estaremos satisfechos hasta que la justicia descienda como las aguas y la rectitud como un torrente poderoso.

Tengo presente que han venido hoy aquí a fuerza de penas y tribulaciones . Algunos de ustedes acaban de salir de estrechas celdas . Algunos de ustedes provienen de áreas en donde la búsqueda de la libertad los ha dejado abatidos a causa de las tormentas de la persecución y tambaleantes debido a los vientos de la brutalidad policíaca .

Ustedes han sido los veteranos del sufrimiento creativo . Sigan trabajando con fe en que el sufrimiento inmerecido es redentor .

Vuelvan a Mississippi, vuelvan a Alabama, vuelvan a Georgia, vuelvan a Louisiana , vuelvan a las villas y a los ghettos de nuestras ciudades del Norte, sabiendo que de alguna manera esta situación puede ser y será cambiada . No nos revolquemos en el valle de la desesperación .

Hoy les digo, mis amigos, que a pesar de las dificultades y frustraciones del momento, todavía tengo un sueño . Es un sueño profundamente enraizado en el sueño norteamericano .

Tengo el sueño de que algún día esta Nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo : “sostenemos que estas verdades valen por sí mismas : que todos los hombres son creados iguales”.

Tengo el sueño de que un día en las rojas colinas de Georgia los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos serán capaces de sentarse juntos a la mesa de la hermandad .

Tengo el sueño de que un día hasta el estado de Mississippi , un estado desértico, sofocado por el calor de la injusticia y la opresión, será transformado en un oasis de libertad y justicia .

Tengo el sueño de que mis cuatro hijos vivirán algún día en una nación en donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el ánimo de su temperamento .

Tengo un sueño hoy .

Tengo el sueño de que un día el estado de Alabama, en donde los labios de su gobernador se empalagan actualmente con las palabras interposición e invalidación, será transformado en una situación en donde pequeños niños negros y niñas negras serán capaces de derse la mano con donde pequeños niños blancos y niñas blancas y caminar juntos como hermanos y hermanas .

Tengo un sueño hoy .

Tengo el sueño de que cada valle será elevado, cada colina y montaña será rebajada, los lugares irregulares serán alisados y los lugares torcidos serán enderezados nuevamente, y la gloria del Señor será revelada y todo el género humano lo verá junto .

Esta es nuestra esperanza . Esta es la fe con la que regreso al sur . Con esta fe seremos capaces de tallar la montaña de desesperación en una piedra de esperanza . Con esta fe seremos capaces de transformar los disonantes desacuerdos de nuestra Nación en una bella sinfonía de hermandad . Con esta fe podremos trabajar juntos, orar juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, ponernos juntos de pie por nuestra libertad, sabiendo que un día seremos libres .

Este será el día en que todos los hijos de Dios serán capaces de cantar con un nuevo significado : “Mi país, es tuyo, dulce tierra de libertad, sobre ti yo canto. Tierra en donde murieron mis padres, tierra del orgullo de los peregrinos, desde cada ladera dejemos repicar las campanas de la libertad“.

Y si Norteamérica esta destinada a ser una gran Nación esto debe hacerse realidad . Entonces dejemos a la libertad rodar desde las prodigiosas cimas de New Hampshire . Dejemos a la libertad rodar desde las poderosas montañas de New York . ¡Dejemos a la libertad rodar desde las crecientes Alleghneies de Pennsylvania!

¡Dejemos a la libertad rodar desde las nevadas Rocallosas de Colorado!

¡Dejemos a la libertad rodar desde los curvilíneos picos de California!

Pero no sólo eso; ¡dejemos a la libertad rodar desde las Stone Mountain de Georgia!

¡Dejemos a la libertad rodar desde la Lookout Mountain de Tennessee!

¡Dejemos a la libertad rodar desde cada colina y cada loma de Mississippi. Desde cada ladera, dejemos rodar a la libertad .

Cuando dejemos rodar a la libertad , cuando la dejemos rodar desde cada poblado y cada caserío, desde cada estado y cada ciudad, seremos capaces de llegar más rápido al día en que todos los hijos de Dios, hombres blancos y negros, judíos y gentiles, protestantes y católicos, seremos capaces de unir nuestras manos y cantar como en el viejo negro espiritual : “¡Libres al fin! , ¡libres al fin! Gracias a Dios Todopoderoso, ¡somos libres al fin!”.

Caperucita Roja políticamente correcta, James Finn Garner

brooke-shadenÉrase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representa un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.

Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana. De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.

Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es -respondió.

No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques. Respondió Caperucita:

Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial (en tu caso propia y globalmente válida) que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.

Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro. A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho. Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:

Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.

Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.

¡Oh! -repuso Caperucita. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo.

Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!

Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.

Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes! (relativamente hablando, claro está, y, a su modo, indudablemente atractiva).

Y… ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes!

Respondió el lobo:

Soy feliz de ser quien soy y lo que soy…Y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla. Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal. Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnicos en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente…

¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió Caperucita. El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.

¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! -prosiguió Caperucita. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre. Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.