La lluvia vino del mar, Ana Catalina Burbano

Matt WalkerLo primero que aprendí fue a ver el mar, el cielo y el mar. La casa de mis padres estaba al pie de un faro, de cara al horizonte.

Marinera triste, subía con las olas hasta las nubes y volvía envuelta en aguaceros apocalípticos. Dios no existe, el universo es un lugar sin límites. Sentado en su perezosa de lona roja, mi padre sorbía café y leía los diarios. Mientras la luz del faro se perdía entre buques lejanos, a Baudelaire y el Che podía tocárselos. Aprendí a caminar sobre la arena y mi primer juguete fue la espuma que el mar dejaba en la puerta de mi casa. Ahora sé que esas cosas marcaron mi vida, crecí con los pies en la tierra y la cabeza en el mar. Mis pies se hunden bajo la arena caliente y húmeda y cada paso que doy exige un verdadero esfuerzo. Desde atrás de una roca sale un hombre, me persigue con una cosa negra en la mano. Mientras corre, se la pone sobre los ojos como una máscara. Es el fotógrafo contratado por mis padres.

Los rayos del sol pintan rojos, azules y dorados sobre la espuma del mar, y yo corro para alcanzarla antes que el viento. Pero no lleno con ella mis bolsillos, tampoco la guardo en el borde de mi vestido, como hago con las caracolas marinas. Solo trato de sostenerla entre mis manos. Y cuando al fin creo que lo he logrado, se escapa ante mis ojos, se hace una con el viento. Hago lo mismo una y otra vez. Hago lo mismo uno y otro día. Creo que todavía hago lo mismo. Si ahora cierro los ojos, solo veré a una niña que persigue incansablemente la fugacidad de un instante.

Como a doscientos metros de la casa había unos muros que la marea cubría al atardecer y por cuyos bordes me gustaba andar descalza. Mis manos, mis cabellos, toda yo, adquirían un sabor mariscoso y salado. La superficie de los muros estaba hecha de roca, sobre ella crecía el musgo y unos bichitos se abrían y cerraban bajo mis plantas. Mientras voy despacito por el borde del muro, sumida en las profundidades de mi salada y mariscosa felicidad, oigo a mi madre llamando desde lejos.

Un día desperté en otra casa. El cielo y el mar habían desaparecido. En su lugar estaba la ventana de la casa del frente, un hueco oscuro abierto al vacío que yo observaba todos los días, pues era lo único que alcanzaba a ver. Acostumbrada a las tempestades marinas, la tarde en que descubrí unas rayitas dibujándose en la oscuridad de la ventana, me quedé ahí para siempre. Esperaba que la lluvia creciera y me llevara de vuelta. Después, fue el olor a tierra mojada el signo irremediable de esos días de espera. Unos minutos antes de que empezara, ya sabía que iba a llover. El agua comenzaba a caer y yo estiraba los brazos tratando de alcanzarla. Luego pasaba las manos por mi rostro, entonces un calor húmedo salía de mi cuerpo y yo sentía que tenía toda la lluvia por dentro.

Abdón Ubidia, relojes

relojCuando aparecieron los primeros relojes digitales me apresuré a comprar uno en la tienda de Hans Maurer. Apenas fue mío comprendí el verdadero alcance de mi decisión. No me asombraba la ausencia de ruedecillas dentadas, resortes, áncoras y clavijas. No me asombraba el fluir de la corriente por el laberinto de circuitos integrados y cristales de cuarzo. Tampoco la pérdida del tic tac, que durante tantos siglos fuera la verdadera música del tiempo.

Me asombraba la diminuta pantalla que había venido a sustituir a la esfera de manecillas.

Al enjuto, enigmático reticente Maurer, le explico bien: la esfera marcada nos recuerda una concepción del mundo protectora y de algún modo feliz: el tiempo da vueltas. Cada culminación es un nuevo comienzo. No hay ruptura entre las partidas y los arribos. El pasado y el presente y aún el futuro se muestran ante nuestros ojos en una continuidad circular. Las agujas abandonan con pasos de hormiga aquello que ya no es y siguen en pos de aquello que indefectiblemente será. Uno puede ver su camino. Señalar su retorno. Y al verlas uno puede decirse que los días se repetirán siempre con sus mañanas y sus noches. Que los ciclos existen. Que nos repetiremos también en nuestro hijos como nuestros padres en nosotros. Que perduraremos.

De pronto la maldita pantalla digital viene a cambiar todo esto. Los números aparecen y señalan un presente puntual. Cada instante es distinto del que le precede. Los números emergen o se hunden en una nada sin rastros. Allí no existen decursos sino reemplazos. El tiempo asoma abierto. Ha perdido su rumbo circular y carece de límites. Es apenas un presente instantáneo. El futuro es un desierto blanco y helado. El pasado se esfuma. Es un abismo también blanco que se abre y desmorona detrás de nuestros talones con cada paso que damos. Yo no sé si otros verán lo que yo veo ahí: una soledad infinita. El abandono. La total desprotección. Estos relojes han venido a enseñarnos nuestra orfandad. La gran mesa redonda que juntaba tantas cosas no existe más.

Hans Maurer, sonríe. Pero yo insisto:

Es posible que cada edad invente los instrumentos con los que se mide a sí misma. Es posible que cada era escoja sus propios modos de entenderse, según sea su propia conveniencia. La forma circular de engranajes, esferas y movimientos de los relojes mecánicos (con sus ejes obligados), no sería entonces casual ni el fruto de una necesidad puramente física. Sería, pues, aparte de lo ya dicho, la realización de una búsqueda la de un centro ordenador, la de un sentido central que lo organice todo. Temo, entonces, y no me avergüenza confesarlo, que los relojes digitales, aparte del tiempo, estén midiendo además otro continente que no alcanzo a comprender bien. Tal vez el de un gran desierto blanco, vacío, sin centro, y sin sentido.

De tarde en tarde (a pesar de nuestra mutua repulsión) me llego a la tienda de Maurer. Examino cada modelo que él me muestra. Tengo la esperanza, cada vez más vaga, de encontrar algo cualitativamente distinto que pueda reemplazar al reloj digital que él me vendió.

En este ir y venir de su tienda, hace poco Maurer me jugó una mala pasada: me ofreció el único reloj que yo no quería poseer. Algún demonio macabro lo había inventado hacía muy poco. Estaba equipado con sensores que detectaban los signos vitales de su dueño. Por eso tenía (sí) manecillas. Pero estas giraban en dirección contraria a la usual. Giraban al revés. Y su marcha se aceleraba conforme se aproximaba la muerte del usuario.

La sonrisa de Maurer se abrió como un hueco negro en su cara blancuzca cuando me lo ofreció.

Sabía que entre el horror que palpitaba, silencioso, en mi reloj de pulsera y aquel otro, burdamente físico, que exhibía en su mano extendida, yo no podía escoger.

Un hombre muerto a puntapiés, Pablo Palacio

foto12¿”Cómo echar al canasto los
palpitantes acontecimientos callejeros?”
“Esclarecer la verdad es acción moralizadora.”
EL COMERCIO de Quito

 

“Anoche, a las doce y media próximamente, el Celador de Policía No.451, que hacía el servicio de esa zona, encontró, entre las calles Escobedo y García, a un individuo de apellido Ramírez casi en completo estado de postración. El desgraciado sangraba abundantemente por la nariz, e interrogado que fue por el señor Celador dijo haber sido víctima de una agresión de parte de unos individuos a quienes no conocía, sólo por haberles pedido un cigarrillo. El Celador invitó al agredido a que le acompañara a la Comisaría de turno con el objeto de que prestara las declaraciones necesarias para el esclarecimiento del hecho, a lo que Ramírez se negó rotundamente. Entonces, el primero, en cumplimiento de su deber, solicitó ayuda de uno de los chaufferes de la estación mas cercana de autos y condujo al herido a la Policía, donde, a pesar de las atenciones del médico, doctor Ciro Benavides, falleció después de pocas horas.

“Esta mañana, el señor Comisario de la 6a. ha practicado las diligencias convenientes; pero no ha logrado descubrirse nada acerca de los asesinos ni de la procedencia de Ramírez. Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.

“Procuraremos tener a nuestros lectores al corriente de cuanto se sepa a propósito de este misterioso hecho.” No decía más la crónica roja del Diario de la Tarde.

Yo no sé en qué estado de ánimo me encontraba entonces. Lo cierto es que reí a satisfacción. ¡Un hombre muerto a puntapiés! Era lo más gracioso, lo más hilarante de cuanto para mí podía suceder. Esperé hasta el otro día en que hojeé anhelosamente el Diario, pero acerca de mi hombre no había una línea. Al siguiente tampoco. Creo que después de diez días nadie se acordaba de lo ocurrido entre Escobedo y García.

Pero a mí llegó a obsesionarme. Me perseguía por todas partes la frase hilarante: ¡Un hombre muerto a puntapiés! Y todas las letras danzaban ante mis ojos tan alegremente que resolví al fin reconstruir la escena callejera o penetrar, por lo menos, en el misterio de por qué se mataba a un ciudadano de manera tan ridícula.

Caramba, yo hubiera querido hacer un estudio experimental; pero he visto en los libros que tales estudios tratan sólo de investigar el cómo de las cosas; y entre mi primera idea, que era ésta, de reconstrucción, y la que averigua las razones que movieron a unos individuos a atacar a otro a puntapiés, más original y beneficiosa para la especie humana me pareció la segunda. Bueno, el por qué de las cosas dicen que es algo incumbente a la filosofía, y en verdad nunca supe que de filosófico iban a tener mis investigaciones, además de que todo lo que lleva humos de aquella palabra me anonada. Con todo, entre miedoso y desalentado, encendí mi pipa. -Esto es esencial, muy esencial.

La primera cuestión que surge ante los que se enlodan en estos trabajitos es la del método. Esto lo saben al dedillo los estudiantes de la Universidad, los de los Normales, los de los Colegios y en general todos los que van para personas de provecho. Hay dos métodos: la deducción y la inducción (véase Aristóteles y Bacon).

El primero, la deducción me pareció que no me interesaría. Me han dicho que la deducción es un modo de investigar que parte de lo más conocido a lo menos conocido. Buen método: lo confieso. Pero yo sabía muy poco del asunto y había que pasar la hoja.
La inducción es algo maravilloso. Parte de lo menos conocido a lo más conocido… ¿Cómo es? No lo recuerdo bien… En fin, ¿quién es el que sabe de estas cosas?) Si he dicho bien, este es el método por excelencia. Cuando se sabe poco, hay que inducir. Induzca, joven.
Ya resuelto, encendida la pipa y con la formidable arma de la inducción en la mano, me quedé irresoluto, sin saber qué hacer.
-Bueno, y ¿cómo aplico este método maravilloso? -me pregunté.
¡Lo que tiene no haber estudiado a fondo la lógica! Me iba a quedar ignorante en el famoso asunto de las calles Escobedo y García sólo por la maldita ociosidad de los primeros años.
Desalentado, tomé el Diario de la Tarde, de fecha 13 de enero -no había apartado nunca de mi mesa el aciago Diario- y dando vigorosos chupetones a mi encendida y bien culotada pipa, volví a leer la crónica roja arriba copiada. Hube de fruncir el ceño como todo hombre de estudio -¡una honda línea en el entrecejo es señal inequívoca de atención!
Leyendo, leyendo, hubo un momento en que me quedé casi deslumbrado.
Especialmente el penúltimo párrafo, aquello de “Esta mañana, el señor Comisario de la 6a….” fue lo que más me maravilló. La frase última hizo brillar mis ojos: “Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.” Y yo, por una fuerza secreta de intuición, que Ud. no puede comprender, leí así: ERA VICIOSO, con letras prodigiosamente grandes.
Creo que fue una revelación de Astartea. El único punto que me importó desde entonces fue comprobar qué clase de vicio tenía el difunto Ramírez. Intuitivamente había descubierto que era… No, no lo digo para no enemistar su memoria con las señoras…

Y lo que sabía intuitivamente era preciso lo verificara con razonamientos, y si era posible, con pruebas.

Para esto, me dirigí donde el señor Comisario de la 6a. quien podía darme los datos reveladores. La autoridad policial no había logrado aclarar nada. Casi no acierta a comprender lo que yo quería. Después de largas explicaciones me dijo, rascándose la frente:

-¡Ah!, sí… El asunto ese de un tal Ramírez… Mire que ya nos habíamos desalentado… ¡Estaba tan oscura la cosa! Pero, tome asiento; por qué no se sienta señor… Como Ud. tal vez sepa ya, lo trajeron a eso de la una y después de unas dos horas falleció… el pobre. Se le hizo tomar dos fotografías, por un caso… algún deudo… ¿Es Ud. pariente del señor Ramírez? Le doy el pésame… mi más sincero…
-No, señor -dije yo indignado-, ni siquiera le he conocido. Soy un hombre que se interesa por la justicia y nada más…
Y me sonreí por lo bajo. ¡Qué frase tan intencionada! ¿Ah? “Soy un hombre que se interesa por la justicia.” ¡Cómo se atormentaría el señor Comisario! Para no cohibirle más, apresuréme:
-Ha dicho usted que tenía dos fotografías. Si pudiera verlas…
El digno funcionario tiró de un cajón de su escritorio y revolvió algunos papeles. Luego abrió otro y revolvió otros papeles. En un tercero, ya muy acalorado, encontró al fin.
Y se portó muy culto:
-Usted se interesa por el asunto. Llévelas no más caballero… Eso sí, con cargo de devolución -me dijo, moviendo de arriba a abajo la cabeza al pronunciar las últimas palabras y enseñándome gozosamente sus dientes amarillos.
Agradecí infinitamente, guardándome las fotografías.
-Y dígame usted, señor Comisario, ¿no podría recordar alguna seña particular del difunto, algún dato que pudiera revelar algo?
-Una seña particular… un dato… No, no. Pues, era un hombre completamente vulgar. Así más o menos de mi estatura -el Comisario era un poco alto-; grueso y de carnes flojas. Pero una seña particular… no… al menos que yo recuerde…

Como el señor Comisario no sabía decirme más, salí, agradeciéndole de nuevo.

Me dirigí presuroso a mi casa; me encerré en el estudio; encendí mi pipa y saqué las fotografías, que con aquel dato del periódico eran preciosos documentos.

Estaba seguro de no poder conseguir otros y mi resolución fue trabajar con lo que la fortuna había puesto a mi alcance.
Lo primero es estudiar al hombre, me dije. Y puse manos a la obra. Miré y remiré las fotografías, una por una, haciendo de ellas un estudio completo. Las acercaba a mis ojos; las separaba, alargando la mano; procuraba descubrir sus misterios.
Hasta que al fin, tanto tenerlas ante mí, llegué a aprenderme de memoria el más escondido rasgo.
Esa protuberancia fuera de la frente; esa larga y extraña nariz ¡que se parece tanto a un tapón de cristal que cubre la poma de agua de mi fonda!, esos bigotes largos y caídos; esa barbilla en punta; ese cabello lacio y alborotado.
Cogí un papel, trace las líneas que componen la cara del difunto Ramírez. Luego, cuando el dibujo estuvo concluido, noté que faltaba algo; que lo que tenía ante mis ojos no era él; que se me había ido un detalle complementario e indispensable… ¡Ya! Tomé de nuevo la pluma y completé el busto, un magnífico busto que de ser de yeso figuraría sin desentono en alguna Academia. Busto cuyo pecho tiene algo de mujer.
Después… después me ensañé contra él. ¡Le puse una aureola! Aureola que se pega al cráneo con un clavito, así como en las iglesias se las pegan a las efigies de los santos.
¡Magnífica figura hacía el difunto Ramírez!
Mas, ¿a qué viene esto? Yo trataba… trataba de saber por qué lo mataron; sí, por qué lo mataron… Entonces confeccioné las siguientes lógicas conclusiones:
El difunto Ramírez se llamaba Octavio Ramírez (un individuo con la nariz del difunto no puede llamarse de otra manera);
Octavio Ramírez tenía cuarenta y dos años;
Octavio Ramírez andaba escaso de dinero;

Octavio Ramírez iba mal vestido; y, por último, nuestro difunto era extranjero.

Con estos preciosos datos, quedaba reconstruida totalmente su personalidad.

Sólo faltaba, pues, aquello del motivo que para mí iba teniendo cada vez más caracteres de evidencia. La intuición me lo revelaba todo. Lo único que tenia que hacer era, por un puntillo de honradez, descartar todas las demás posibilidades. Lo primero, lo declarado por él, la cuestión del cigarrillo, no se debía siquiera meditar. Es absolutamente absurdo que se victime de manera tan infame a un individuo por una futileza tal. Había mentido, había disfrazado la verdad; más aún, asesinado la verdad, y lo había dicho porque lo otro no quería, no podía decirlo.

¿Estaría beodo el difunto Ramírez? No, esto no puede ser, porque lo habrían advertido enseguida en la Policía y el dato del periódico habría sido terminante, como para no tener dudas, o, si no constó por descuido del repórter, el señor Comisario me lo habría revelado, sin vacilación alguna.
¿Qué otro vicio podía tener el infeliz victimado? Porque de ser vicioso, lo fue; esto nadie podrá negármelo. Lo prueba su empecinamiento en no querer declarar las razones de la agresión. Cualquier otra causal podía ser expuesta sin sonrojo. Por ejemplo, ¿qué de vergonzoso tendrían estas confesiones:
“Un individuo engañó a mi hija; lo encontré esta noche en la calle; me cegué de ira; le traté de canalla, me le lancé al cuello, y él, ayudado por sus amigos, me ha puesto en este estado” o
“Mi mujer me traicionó con un hombre a quien traté de matar; pero él, más fuerte que yo, la emprendió a furiosos puntapiés contra mí” o
“Tuve unos líos con una comadre y su marido, por vengarse, me atacó cobardemente con sus amigos”?
Si algo de esto hubiera dicho a nadie extrañaría el suceso.
También era muy fácil declarar:
“Tuvimos una reyerta.”
Pero estoy perdiendo el tiempo, que estas hipótesis las tengo por insostenibles: en los dos primeros casos, hubieran dicho algo ya los deudos del desgraciado; en el tercero su confesión habría sido inevitable, porque aquello resultaba demasiado honroso; en el cuarto, también lo habríamos sabido ya, pues animado por la venganza habría delatado hasta los nombres de los agresores.
Nada, que a lo que a mí se me había metido por la honda línea del entrecejo era lo evidente. Ya no caben más razonamientos. En consecuencia, reuniendo todas las conclusiones hechas, he reconstruido, en resumen, la aventura trágica ocurrida entre Escobedo y García, en estos términos:
Octavio Ramírez, un individuo de nacionalidad desconocida, de cuarenta y dos años de edad y apariencia mediocre, habitaba en un modesto hotel de arrabal hasta el día 12 de enero de este año.
Parece que el tal Ramírez vivía de sus rentas, muy escasas por cierto, no permitiéndose gastos excesivos, ni aun extraordinarios, especialmente con mujeres. Había tenido desde pequeño una desviación de sus instintos, que lo depravaron en lo sucesivo, hasta que, por un impulso fatal, hubo de terminar con el trágico fin que lamentamos.

Para mayor claridad se hace constar que este individuo había llegado sólo unos días antes a la ciudad teatro del suceso.

La noche del 12 de enero, mientras comía en una oscura fonducha, sintió una ya conocida desazón que fue molestándole más y más. A las ocho, cuando salía, le agitaban todos los tormentos del deseo. En una ciudad extraña para él, la dificultad de satisfacerlo, por el desconocimiento que de ella tenía, le azuzaba poderosamente. Anduvo casi desesperado, durante dos horas, por las calles céntricas, fijando anhelosamente sus ojos brillantes sobre las espaldas de los hombres que encontraba; los seguía de cerca, procurando aprovechar cualquiera oportunidad, aunque receloso de sufrir un desaire.

Hacia las once sintió una inmensa tortura. Le temblaba el cuerpo y sentía en los ojos un vacío doloroso.

Considerando inútil el trotar por las calles concurridas, se desvió lentamente hacia los arrabales, siempre regresando a ver a los transeúntes, saludando con voz temblorosa, deteniéndose a trechos sin saber qué hacer, como los mendigos.

Al llegar a la calle Escobedo ya no podía más. Le daban deseos de arrojarse sobre el primer hombre que pasara. Lloriquear, quejarse lastimeramente, hablarle de sus torturas…

Oyó, a lo lejos, pasos acompasados; el corazón le palpitó con violencia; arrimóse al muro de una casa y esperó. A los pocos instantes el recio cuerpo de un obrero llenaba casi la acera. Ramírez se había puesto pálido; con todo, cuando aquel estuvo cerca, extendió el brazo y le tocó el codo. El obrero se regresó bruscamente y lo miró. Ramírez intentó una sonrisa melosa, de proxeneta hambrienta abandonada en el arroyo. El otro soltó una carcajada y una palabra sucia; después siguió andando lentamente, haciendo sonar fuerte sobre las piedras los tacos anchos de sus zapatos. Después de una media hora apareció otro hombre. El desgraciado, todo tembloroso, se atrevió a dirigirle una galantería que contestó el transeúnte con un vigoroso empellón. Ramírez tuvo miedo y se alejó rápidamente.
Entonces, después de andar dos cuadras, se encontró en la calle García. Desfalleciente, con la boca seca, miró a uno y otro lado. A poca distancia y con paso apresurado iba un muchacho de catorce años. Lo siguió.
-¡Pst! ¡Pst! El muchacho se detuvo.
-Hola rico… ¿Qué haces por aquí a estas horas?
-Me voy a mi casa… ¿Qué quiere?
-Nada, nada… Pero no te vayas tan pronto, hermoso…
Y lo cogió del brazo.
El muchacho hizo un esfuerzo para separarse.
-¡Déjeme! Ya le digo que me voy a mi casa.
Y quiso correr. Pero Ramírez dio un salto y lo abrazó. Entonces el galopín, asustado, llamó gritando:
-¡Papá! ¡Papá!
Casi en el mismo instante, y a pocos metros de distancia, se abrió bruscamente una claridad sobre la calle. Apareció un hombre de alta estatura. Era el obrero que había pasado antes por Escobedo.
Al ver a Ramírez se arrojó sobre él. Nuestro pobre hombre se quedó mirándolo, con ojos tan grandes y fijos como platos, tembloroso y mudo.
-¿Que quiere usted, so sucio?

Y le asestó un furioso puntapié en el estómago. Octavio Ramírez se desplomó, con un largo hipo doloroso.

Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en tierra a aquel pícaro, consideró que era muy poco castigo un puntapié, y le propinó dos más, espléndidos y maravillosos en el género, sobre la larga nariz que le provocaba como una salchicha.

¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés!

Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra otra nariz!

Así:
¡Chaj!
con un gran espacio sabroso.
¡Chaj!

La caza, Fernando Cazón Vera

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Hermosa, el cazador te sigue,
te persigue, te acecha;
huele tus pasos,
otea el tiempo que lo acosa,
mide perfectamente tus distancias,
rastrea tus olvidos,
calcula, con aproximación que es casi exacta,
la altura de tu cuello,
el simultáneo peso de tus senos,
el ángulo que forman tus piernas cuando amas,
el vértice del pubis,
el secretro orden de tus huesos;
después lanza la piedra sin esconder la mano,
dispara bala o flecha,
roca o fuego,
confundiendo a lo lejos la sombra del venado
o las alas del ave que fuga del señuelo;
así, de esta manera,
el cazador puede quedar cazado
o, final y obviamente,
caer atrapado en su tramposa trampa;
hermosa, yo me rindo, me entrego, me retiro
ante tu imposible carnada
en vez de hacer ridículas maniobras en el aire.

EL INEXISTENTE, Fernando Cazón Vera

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Тихомиров Николай

El que no tiene un nombre que ponerse,
un hueso que roer.
El que anda
prestando sed para tomar sus aguas,
pidiendo un ojo en que llorar su llanto,
mendigando su pan con otras hambres.
El que no tiene desnudez. Y en cambio
tiene un lunes después del otro lunes.
El que se fue para volver. Y ha vuelto
con una lluvia menos.
El difunto
al que velaron sin ningún cadáver.

Todos amamos a Freud, Juan Pablo Castro

 

Te das cuenta que la gente siempre habla de sexo. A mí no me interesa. Fíjate ahora mismo. Pon en el canal 59. La chica tiene las piernas arqueadas hacia adelante como si estuviese dispuesta a que llegue la acción. Ni la malla de aeróbicos, ni la camisetita con la flor abierta, ni los zapatos blancos de trekking, la salvan de parecer dispuesta a todo. Detrás de ella se puede ver parte de un campo de golf. Y eso ¿para qué? Acaso no está claro que se insinúa ante la audiencia. Me imagino a los camarógrafos en el set, sudando y dispuestos a que por efecto de una falla en la transmisión dejen de salir al aire. Entonces todos saltarían sobre ella. Ahora cambia al 60. ¿Ves a esas tres señoras aparentemente decentes, que hablan de los problemas de pareja? Pon atención en los labios gruesos y pintados de rojo, ¿no te parece una reproducción de otras partes igual de carnosas? Y las faldas que cubren casi hasta sus tobillos. ¿Debajo qué hay? Sus pieles rozando en cada leve movimiento con otras dispuestas en su imaginación. Míralas como abren las bocas, como degluten el aire, con qué amplitud sus labios figuran hoyos virginales. Sí, ya mi di cuenta, en el 60 ese hombre vestido de blanco, con cara de simpático, parece un tipo bonachón, ya lo creo que sí, con el cuchillo bien apretado en su mano derecha, rebanando cada pedazo de zanahoria, ¿qué pasaje secreto de su pasado se puede percibir en la caricia? Cambia de canal. Ya llegaste al 61, ¿te has fijado en la hipocresía del deporte? Una vez una amiga me dijo que todo ese aparente desgarramiento, ese correr frenético de minutos que pueden ser horas, solamente para que al momento del festejo todos se abracen, se suban unos sobre otros, se acaricien las nalgas, o sea, un pretexto convencional para poder hacer uso de sus deseos más escondidos. ¿Tú qué crees? ¿Te parece cierto? ¿Por qué dudas? Es más que obvio. Ahora me levanto un momento. Me duelen las rodillas. Voy a la cocina. Abro la refrigeradora. Tomo el helado de chocolate y una cucharita. Me siento otra vez. Siento el frío dulce que arremete contra mis dientes. Un ligero temblor me recorre el cuerpo. Me da escalofríos. Pongo en el 62. ¿Sigues ahí? ¿Ya viste cómo esos perros se abalanzan contra la comida prefabricada que su amo ha puesto sobre sus platos rojos? ¿Ves sus ojos abiertos y la saliva que cae encima de los granos caquis? ¿Y la niña que entre las piernas de su padre contempla a sus mascotas? ¿Te imaginas este recuerdo la primera vez que sienta una lengua extraña succionando su candor? ¿Te ruborizas? No creo. Seguramente mientras miras el mismo comercial tus dedos han seguido el camino tantas veces recorrido. ¿Cierto? No te apenes que yo soy igual a ti. Igual a la vecina que hace un rato dejó caer una toalla sin querer sobre mi balcón. Al hombre que recoge el periódico doblado, cilíndrico, y que ahora golpea suavemente sobre sus piernas, como si sacudiese su monstruito después de liberarlo de sus pesares. Yo soy igual a ti. Igual a los niños que juegan al doctor, a la comidita, a las cogidas. A las señoras que agarran con fuerza el tubo en el bus. A los hombres que lavan sus carros con la manguera larga y extendida sobre el capote. A las mujeres que aplastan el jabón que luego recorrerá con soltura los senderos apretados de su intimidad. Es por limpieza, se dirán a sí mismas. Yo soy igual a ti. Igual a los ejecutivos que de tanto en tanto se meten la punta del esfero en la boca, o la antena del celular, so pretexto del nerviosismo, de la ansiedad que luego botarán agarrados debajo de las pesas. Soy igual a los bebés que aprietan la teta de la mamá, atezados de hambre, inocentes por ahora, instruyéndose para lides posteriores. Al hombre que toma el saxofón con mano firme, como si se aprestase a estirar su piel hasta el segundo en que sus ojos se pongan blancos. No te apenes. Pon ahora en el 63. ¿Ves que ese hombre de terno, con los bigotes blancos, con la mirada fija en la cámara, se pasa la lengua por los labios, cada vez que empieza a leer una noticia? Te imaginas, como yo, estoy segura, que en las mañanas, antes de despertar a los niños para la escuela, se encuentra con el pasado, apretando esos mismos deseos en otra parte que no es su cama. ¿Y qué me dices de los policías con sus toletes, sus pistolas, sus pitos? ¿De las vendedoras de guineos, de maduros, de maqueños? ¿Y de los profesores extendiendo el borrador apretado con delicada lujuria por la superficie lisa de la pizarra? ¿Y de los vendedores de zapatos para mujeres que deslizan sus dedos por las puntas afiladas o por los tacos chatos? ¿Y de las señoritas que apresuran una respuesta medio disimulada cuando el cliente le dice calcule usted qué talla de bóxer necesito? ¿Y de los meseros que cada vez que destapan una cerveza dejan caer sin ruborizarse la espuma blanquecina por los bordes de la botella húmeda? ¿Qué me dices del amigo tuyo al que le encanta inflar los globos en las fiestas? ¿Te has dado cuenta como sopla y sopla, como festeja el cambio de un cuerpo fofo a otro ampliado y delicado a la vez? Y qué de tu tía, la que vende perfumes, añorando todo el día oler ese amusgado aroma que el que no es tu tío le riega en su orquídea. Ahora pasa al 63. No hay mejor ejemplo. Te has puesto a mirar con cuidado esos pantalones ceñidos, coloridos, trabajados con la delicadeza del orfebre. Has puesto tus ojos en los bultos que se acomodan en las ingles. ¿Y qué me dices de esas zapatillitas con las que saltan sobre la arena, como si de bailarinas se tratasen? ¿Y del sudor que cae por sus frentes? ¿Y de la sangre que se acumula en su chalequillo? ¿No te has puesto a desear que esa sangre te cubra por un segundo, que tu sudor se mezcle con el aroma del miedo, de la muerte? Seguro que sí. Yo soy como tú. Soy como las manos del masajista que afloja los músculos antes de lanzarse al ruedo. Como la corbata que cae mansa sobre el vientre. Como los nudillos rígidos que se cosen al sol. Como el peso del cuerpo cansado que se monta sobre los hombros para salir por la puerta grande. ¿Y qué me dices de ese pedazo de carne roja y todavía caliente que cae sobre el aceite de oliva, que se fríe lentamente, dejando escapar todo el jugo, que ahora pasa a tu plato, que se abre con el cuchillo, que se ensarta en tu tenedor, que entra en tu boca, que acepta tus dientes afilados, el goce de tu lengua, de tu saliva, que corre por tu cuerpo, que te da vida, sabiendo que viene de la muerte? ¿Te das cuenta cómo todos hablan de sexo? Menos yo, que sigo mirando la televisión, que no quiero saber nada de Freud, y que prefiero seguir con el helado de chocolate y los comerciales de viajes en jumbos jets.

Prohibido para mayores, Roque Dalton

Egon Schiele

Vulvitas

falitos

salivitas

deditos

culitos

lengüitas

olorcitos

ruiditos

suspiritos

mamacita

papacito

Y las muñecas se quedan para siempre solas

y las pistolas del Llanero Solitario se pudren

Hasta que se da cuenta una mamá

Conciencia breve, Ivan Iguez

andy-julia

Andy Julia

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Esta mañana Claudia y yo salimos, como siempre, rumbo a nuestros empleos en el cochecito que mis padres nos regalaron hace diez años por nuestra boda. A poco sentí un cuerpo extraño junto a los pedales. ¿Una cartera? ¿Un …? De golpe recordé que anoche fui a dejar a María a casa y el besito candoroso de siempre en las mejillas se nos corrió, sin pensarlo, a la comisura de los labios, al cuello, a los hombros, a la palanca de cambios, al corset, al asiento reclinable, en fin. Estás distraído, me dijo Claudia cuando casi me paso el semáforo. Después siguió mascullando algo pero yo ya no la atendía. Me sudaban las manos y sentí que el pie, desesperadamente, quería transmitir el don del tacto a la suela de mi zapato para saber exactamente qué era aquello, para aprehenderlo sin que ella notara nada. Finalmente logré pasar el objeto desde el lado del acelerador hasta el lado del embrague. Lo empujé hacia la puerta con el ánimo de abrirla en forma sincronizada para botar eso a la calle. Pese a las maromas que hice, me fue imposible. Decidí entonces distraer a Claudia y tomar aquello con la mano para lanzarlo por la ventana. Pero Claudia estaba arrimada a su puerta, prácticamente virada hacia mí. Comencé a desesperar. Aumenté la velocidad y a poco vi por el retrovisor un carro de la policía. Creí conveniente acelerar para separarme de la patrulla policial pues si veían que eso salía por la ventanilla podían imaginarse cualquier cosa. -¿Por qué corres? Me inquirió Claudia, al tiempo que se acomodaba de frente como quien empieza a presentir un choque. Vi que la policía quedaba atrás por lo menos con una cuadra. Entonces aprovechando que entrábamos al redondel le dije a Claudia saca la mano que voy a virar a la derecha. Mientras lo hizo, tomé el cuerpo entraño: era un zapato leve, de tirillas azules y alto cambrión. Sin pensar dos veces lo tiré por la ventanilla. Bordeé ufano el redondel, sentí ganas de gritar, de bajarme para aplaudirme, para festejar mi hazana, pero me quedé helado viendo en el retrovisor nuevamente a la policía. Me pareció que se detenían, que recogían el zapato, que me hacían señas. -¿Qué te pasa? me preguntó Claudia con su voz ingenua. -No sé, le dije, esos chapas son capaces de todo. Pero el patrullero curvó y yo seguí recto hacia el estacionamiento de la empresa donde trabaja Claudia. Atrás de nosotros frenó un taxi haciendo chirriar los neumáticos. Era otra atrasada, una de esas que se terminan de maquillar en el taxi. -Chao amor, me dijo Claudia, mientras con su piecito juguetón buscaba inútilmente su zapato de tirillas azules.

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