Llueve, Joyce Mansour

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Llueve en la concha azul de la ciudad

Llueve y la mar se lamenta

Los muertos lloran sin cesar sin razón sin pañuelo

Se perfilan los árboles contra el cielo viajero

exhibiendo sus tiesos miembros a los ángeles a los pájaros

Porque llueve y el viento se ha callado

Las gotas locas emplumadas de grasa

cazan gatos por las calles

Y el olor pringoso de tu nombre se expande

por el nacimiento de las aceras

Llueve amor mío sobre el pasto abatido

en donde nuestros cuerpos extendidos han germinado alegremente

todo el verano

Llueve oh madre mía y ni siquiera tú puedes nada

porque el invierno camina solitario sobre la extensión de las playas

Y Dios ha olvidado cerrar la canilla

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Una celebración, Iman Mersal

Afghan GirlEl hilo de la historia cayó al piso, así que me agaché para buscarlo. Era una de esas festividades patrióticas, y lo único que alcanzaba a ver eran zapatos importados y botas militares.

Una vez, sentada en el tren, una afgana quien nunca había estado en Afganistán, me dijo: «La victoria es posible». ¿Es eso una profecía? Le quise preguntar, pero mi persa se limitaba a lo que aprendí en los textos de la escuela, y ella me miró, mientras la escuchaba, como si estuviese buscando en un armario cuyo dueño fue consumido en un incendio.

Supongamos que el pueblo llega en masa a la plaza. Supongamos que el pueblo no es una palabra obscena y que comprendemos el significado de la expresión la masa. Entonces díganme ¿cómo han aparecido todos esos perros de la policía acá? ¿quién los cubrió con las coloreadas máscaras del partido? Y más importante aun, ¿dónde está el hilo que separa las banderas de los paños menores, los himnos de los anatemas, a Dios de sus criaturas – aquellas que pagan impuestos para deambular por la tierra?

Celebración. Como si nunca hubiese pronunciado esa palabra. Como si saliese de un diccionario griego en el que los espartanos victoriosos retornan a sus hogares con sangre persa aún fresca en sus lanzas y sus escudos.

Puede que no haya existido ese tren, ni la profecía, ni la afgana sentada a mi lado por dos horas. En ocasiones, para matar el tiempo, Dios permite que nuestra memoria se descarrile. Lo que puedo decir desde acá abajo, entre los zapatos y las botas militares, es que nunca sabré con certeza quién triunfó sobre quién.

 

La leyenda de Isis y Osiris, M. A. Murray

 

oEn el principio maldijo Ra a Nut, y su maldición fue que no le nacería ningún hijo ningún día del año. Y Nut acudió llorando a Thot, que la amaba; Thot, el dos veces grande, dios de la magia, a quien los griegos llaman Hermes Trimegisto. Pese a que la maldición del gran Dios Ra, una vez pronunciada, nunca puede retirarse, Thot abrió con su sabiduría una vía de escape. Se fue al dios-Luna, cuyo brillo era casi igual que el del mismo Sol, y lo retó a una partida de dados. Las apuestas fueron muy grandes por ambas partes, pero quien más se apostaba era la Luna, pues se apostó su propia luz. Jugaron una partida tras otra, y la suerte siempre estaba con Thot, hasta que la Luna ya no pudo seguir jugando. Entonces Thot, el dos veces grande, recogió la luz que había ganado, y con su fuerza y su poder le estuvo dando forma durante cinco días enteros. Y esos cinco días los puso Thot entre el final del año viejo y el comienzo del año nuevo, y los mantuvo distintos del uno y del otro; y de esos cinco días nacieron cinco hijos de Nut; Osiris, el primer día, Horus el segundo, Set el tercero, Isis el cuarto y Neftis el quinto. Con eso, la maldición de Ra se cumplía y quedaba sin efecto al mismo tiempo, pues los días en que nacieron los hijos de Nut no pertenecían a ningún año.
Cuando nació Osiris, se vieron y oyeron en todo el mundo milagros y maravillas, prodigios y signos, pues una luz gritó por toda la tierra: “El Señor de todo sale a la luz”. Y una mujer que sacaba agua del santuario del templo se llenó de inspiración divina y salió corriendo, gritando: “Ha nacido el rey Osiris”.
Egipto era entonces un país bárbaro en el que los hombres luchaban entre sí y comían carne humana; nada sabían de los dioses, no conocían leyes y eran salvajes. Pero Osiris se convirtió en rey de Egipto y enseñó a su pueblo a labrar la tierra y plantar el trigo y la vid, y les enseñó el honor que se debe a los dioses, e hizo leyes, y abolió sus costumbres bárbaras y salvajes. Allí a donde iba, el pueblo se inclinaba a sus pies, pues amaban el suelo mismo que él pisaba; y cualquier cosa que él mandase, ellos la hacían. Así gobernó Osiris a los egipcios hasta que, al son de la música, estandartes al viento, salió de Egipto para poner todas las naciones bajo su misericordioso dominio.
Pero Set odiaba a su hermano Osiris, y reunió en torno a él a setenta y dos conspiradores, y con ellos estaba Aso, reina de Etiopía. Y tramaron que, cuando regresase Osiris, lo matarían y pondrían a Set en el trono; pero ocultaron sus planes y con rostros sonrientes salieron a recibir a Osiris cuando éste regresó triunfalmente a Egipto.
Ellos se encontraron en secreto una y otra vez, y también secretamente prepararon un cofre de costosa madera pintada y decorada con ricos dibujos y colores resplandecientes, formas entrelazadas y abundancia de diestra artesanía, de modo que todo aquel que lo veía anhelaba poseerlo. Set, aquel maligno, había medido en secreto el cuerpo de Osiris, y el cofre estaba hecho para que se correspondiese con el cuerpo del Rey, pues eso era parte del plan.
Cuando estuvo todo preparado, Set invitó a su hermano y a los setenta y dos conspiradores a un banquete en su gran salón de banquetes. Cuando hubo terminado el banquete, entonaron el canto de Maneros, como era costumbre, y acudían los esclavos llevándoles copas de vino y poniendo guirnaldas de flores en el cuello de los invitados, y les perfumaban hasta que el salón se llenó de dulces olores. Y mientras sus corazones se sentían felices, entraron unos esclavos con el cofre, y todos los invitados gritaron de admiración al ver su belleza.
Se levantó entonces Set y dijo: “Aquel que se eche en este cofre y sea de su medida, a ese se lo daré”. Sus palabras eran dulces como la miel, pero en su corazón había la amargura del mal.
Uno tras otro, los conspiradores se fueron echando en el cofre con bromas y risas, pues para uno era demasiado largo, para otro demasiado corto, y para otro demasiado ancho, y para otro demasiado estrecho. Llegó entonces el turno a Osiris, y sin sospechar nada, se acostó en el cofre. De inmediato los conspiradores tomaron la tapa y la cerraron ruidosamente.  Unos la clavaron firmemente, mientras que otros pusieron plomo fundido por todas las rendijas para que no pudiese respirar y seguir viviendo. Así murió el gran Osiris, aquel que es llamado Unnefer, el Triunfante, y con su muerte entró en la Duat y se convirtió en el Rey de los Muertos y el Gobernante de los que están al Oeste.
Los conspiradores levantaron el cofre, aunque ahora era un ataúd, y lo llevaron a la orilla del río. Lo lanzaron adentro del agua, y Hapy, el dios del Nilo, lo tomó y lo llevó en su corriente hasta el mar; las Grandes Aguas verdes lo recibieron y las olas lo transportaron a Biblos y lo alzaron sobre un tamarisco que crecía en la orilla. Y entonces el árbol echó grandes ramas, echó hojas y flores para hacer un lugar adecuado de reposo para el dios, y la fama de la belleza de aquel árbol se difundió por todo el país.
En Biblos reinaban el rey Malkander y si esposa la reina Athenais. Acudieron a la orilla para ver el árbol, pues no podía verse nada salvo las hojas y flores que ocultaban el ataúd a todas las miradas. Entonces el Rey Malkander dio órdenes y el árbol fue cortado y llevado al palacio real para allí hacer con él un pilar, pues era digno de usarse en la casa de un rey. Todos los hombres se admiraban de su belleza, aunque nadie sabía que contenía el cuerpo de un dios.
Ahora bien, Isis temía enormemente a Set. No la engañaban sus palabras pretendidamente sinceras, y sabía de su enemistad con Osiris, pero el gran Rey no creía en la maldad de su hermano. Cuando el alma de Osiris salió de su cuerpo, enseguida Isis fue consciente de que había muerto, pese a que nadie se lo dijo. Tomó a su hijito, a quien los hombres llaman Harpócrates, o Niño Horus, y huyó con él a las marismas del Delta, y lo ocultó en la ciudad de Pe. Antigua y gris era aquella ciudad de Pe, y se alzaba en una isla; allí moraba la diosa Uaset, a la que los hombres también llaman Buto y Latona, pues es adorada por muchos nombres. Uaset tomó al niño y le dio refugio, e Isis, con su divino poder, soltó la isla de sus amarraderos y quedó flotando en la superficie de las Grandes Aguas Verdes, de modo que nadie podía decir dónde encontrarla. Porque temía el poder de Set y temía que fuese a destruir al niño como había destruido al padre.
Así como las almas de los hombres no pueden descansar hasta que se llevan a cabo los ritos funerarios y se ofrecen los sacrificios funerarios, así viajó ella, sola y solitaria, buscando el cuerpo de su esposo, y enterrarlo se convirtió para ella en lo más importante.
A mucha gente encontró, tanto hombres como mujeres, pero ninguno había visto el cofre, y en eso su poder no era de ninguna utilidad. Se le ocurrió entonces preguntar a los niños, y ellos enseguida le hablaron de un ataúd pintado flotando en el Nilo. Y todavía hoy tienen los niños poder profético y pueden manifestar la voluntad de los dioses y las cosas que van a venir.
Así, preguntando siempre a los niños, llegó Isis a Biblos. Se sentó junto a
las Grandes Aguas verdes, y acudieron las doncellas de la Reina Athenais a bañarse y jugar en las olas. Entonces Isis les habló y les trenzó el pelo y les ajustó las joyas; el aliento de la diosa era más dulce que los olores de la Tierra de Punt, y perfumaba el aire y las joyas de las doncellas. Cuando regresaron a palacio, la reina Athenais les preguntó dónde habían obtenido aquel perfume, y ellas respondieron: “Había una mujer extraña y triste, sentada a la orilla del mar cuando hemos ido a bañarnos, y nos ha trenzado el pelo, y ajustado las joyas, y de ella viene el perfume, pero no sabemos cómo”. La Reina Athenais fue a la orilla a ver a la extraña mujer y conversar con ella, y estuvieron conversando como conversan las madres, pues cada una tenía un hijo pequeño; el hijo de Isis estaba muy lejos, y el hijo de Athenais estaba mortalmente enfermo.
Se alzó entonces Isis, poderosa en la magia, la curadora eficiente, y dijo: “¡Tráeme a tu hijo!” juntas fueron la diosa y la reina a palacio, y tomó Isis al pequeño Diktys en sus brazos y dijo: “Puedo ponerlo fuerte y bien, pero lo haré a mi modo y nadie debe interferir”.
Cada día la reina Athenais se admiraba al ver a su hijo. De un bebé de lloro quejumbroso se convirtió en un niño fuerte y saludable, pero Isis no dijo una sola palabra y nadie sabía lo que hacía. Athenais preguntó a las doncellas, y ellas respondieron: “No sabemos lo que hace, pero lo que sabemos es que no le da de comer, y por la noche atranca las puertas del salón del pilar, y hace un fuego muy grande con troncos, y cuando escuchamos, no podemos oír nada excepto el cantar de una golondrina”.
Athenais se llenó de curiosidad y se escondió por la noche en el gran Salón, y vio que Isis atrancaba las puertas y hacía un fuego muy grande hasta que salían llamas altas y abrasadoras. Entonces, sentándose frente al fuego, hizo un espacio entre los troncos ardientes, un espacio de brillo rojo y carmesí, y en ese espacio acostó al niño y, adoptando la forma de una golondrina, empezó a dar vueltas al pilar, gimiendo y lamentándose, y su lamento era como el cantar de una golondrina. La Reina Athenais chilló y arrancó al niño de las llamas y se fue corriendo. Pero ante ella encontró a Isis, la diosa, enorme y terrible.
“¡Madre insensata!! –dijo Isis– ¿Porqué has cogido al niño? Tan sólo unos pocos días más y todo lo que es mortal en él se hubiera consumido, y hubiera sido como los Dioses, inmortal y eternamente joven”.
Un gran temor reverencial embargó a la Reina, pues se dio cuenta de que estba mirando a una de los dioses. Del modo más humilde, ella y el rey Malkander rogaron a la diosa que aceptase un presente. Ante ella expusieron todas las riquezas de Biblos, mas para ella eran como nada.
“Dadme –dijo– lo que este pilar contiene y estaré satisfecha”. Enseguida hicieron venir trabajadores, y ellos tumbaron el pilar y lo abrieron a lo largo y sacaron el ataúd. Y tomó Isis especias dulces y flores aromáticas; las desparramó por el pilar, y luego lo envolvió en lino fino y se lo dio al rey y la reina. Y todos los habitantes de Biblos lo veneran hasta hoy, pues antaño había contenido el cuerpo de un dios.
Pero Isis puso el ataúd en una embarcación y navegando se alejó de Biblos, y cuando las olas del río Fedro, azotadas por el viento, amenazaron con arrastrar el ataúd fuera de la embarcación, secó ella el agua con sus conjuros mágicos. Entonces, en un lugar solitario, abrió el ataúd, y mirando el rostro del difunto dios, gimió y se lamentó.
Dicen algunos que cuando Isis se fue de Biblos, se llevó con ella a Diktys, y que el pequeño cayó de la barca y se ahogó. Otros dicen que el sonido de los lamentos de Isis era tan terrible en su dolor que al niño se le partió el corazón y murió. Pero yo pienso que se quedó en Biblos; y puesto que había estado en brazos de la Madre Divina y había pasado por el fuego purificador, creció hasta ser un gran y noble rey que gobernó a su pueblo sabiamente.
Ocultó entonces Isis el ataúd y partió rumbo a Pe, que estaba en la isla flotante y donde su hijito Harpócrates se encontraba a salvo al cuidado de Uaset, la diosa de la Tierra del Norte. Y cuando se hubo ido, llegó Set a cazar jabalíes con los perros. Cazaba a la luz de la luna, pues le gustaba la noche, cuando todas las malignas cosas rojas están por todas partes; y el aire se llenó de gritos de los cazadores incitando a los perros, y de ladridos de los perros que corrían tras su presa. Y cuando pasaba Set corriendo, vio el cofre pintado, con los colores brillando y reluciendo al claro de luna.
Al verlo, el odio y la ira se cernieron sobre él como una nube roja, y se puso furioso como una pantera del Sur. Arrastró el ataúd fuera del lugar donde estaba escondido y lo forzó para abrirlo; tomó el cuerpo y lo despedazó en catorce trozos, y con su poderosa y divina fuerza desperdigó los pedazos por toda la tierra de Egipto. Y se echó a reír y dijo: “No es posible destruir el cuerpo de un dios, pero yo he hecho lo imposible, he destruido a Osiris”. Y su risa resonaba por todo el mundo, y los que la oían huían temblando.
Cuando regresó Isis, no encontró más que el cofre roto, y comprendió que aquello lo había hecho Set. Ahora tenía que empezar de nuevo toda su búsqueda. Tomó una barquita hecha de haces de juncos de papiro y navegó por entre las marismas para buscar los pedazos del cuerpo de Osiris, y todos los pájaros y animales terrestres iban con ella para ayudarla; y todavía hoy los cocodrilos no tocarán una barca de juncos de papiro, porque piensan que es la fatigada diosa que todavía continúa su búsqueda.
Enemigo poderoso y astuto era el suyo, y sólo con sabiduría podía ser derrotado; por eso, dondequiera que encontrase un fragmento del divino cuerpo, construía un hermoso santuario y celebraba los ritos funerarios como si hubiese sido enterrado allí. Pero en realidad llevaba consigo los fragmentos; y cuando, tras deambular mucho tiempo, los hubo encontrado todos, con el poder de su magia los unió en un solo cuerpo. Porque cuando el Niño Horus haya crecido hasta hacerse hombre, él luchará contra Set y vengará a su padre, y después que él haya obtenido su victoria, Osiris vivirá de nuevo.
Pero hasta que llegue ese día, Osiris vive en la Duat, donde gobierna a los muertos sabia y noblemente como gobernó a los vivos en la tierra. Porque aunque Horus combate con Set y es furioso el fragor de las batallas, todavía no ha alcanzado la victoria decisiva, y Osiris aún no ha regresado a la tierra”.