El lobo, Bárbara Korun

Tyr_and_Fenrir-John_BauerY me es ajeno, ajeno, éste que es un lobo y carcome mi cuerpo desde abajo, mete su morro en todos los agujeros y lame, es extraño, tan extraño, me escondo, me contraigo en mi cuerpo, me escapo a mi cabeza, a otro lugar, fuera, temo sentir eso, temo sentir mi cuerpo, temo sentir su cuerpo, y él me carcome aún más, su morro es un hocico, tiene dientes afilados y me devora, me devora como una comida suave y jugosa, arranca, se mete entre mis piernas, con la lengua, la nariz, la barbilla, las zarpas, el pelo, con el mazo, cuando logra desprenderse del dulce manjar, y lo clava hasta la raíz, y más y más y otra vez, en este cuerpo que ya no es mío, pura violencia que permito, no me defiendo, pero tampoco me dejo arrastrar, estoy floja, me mueve como a un títere, y pienso, así son estas cosas, él es hombre y yo soy mujer, está bien, así se hacen estas cosas, él me hace más y sutil, sólo una fina membrana, una fina pielcita me separa de, y entonces se abre el paraíso en mi cabeza, el paraíso en mi cuerpo, el paraíso, no, no aquel del cuerpo; sigue hundiéndose en mí, me empuja, me desgarra, se mete, busca, busca, pero yo me siento llena, completa, clara y tranquila, tan llena de un líquido puro que me da lo mismo qué pasa conmigo, me daría lo mismo si corriera sangre, no siento ni dolor ni placer, pero a la vez sé que todo va a estar bien, no confío en el lobo, pero todo va a estar bien, esta fuerza que hay en mí es más fuerte que él, lo transforma, lo cicatriza, me cicatriza, cicatriza la herida.

Verdugos, Evald Flisar


Felipe Dana

A la mañana siguiente nos fuimos en bicicleta a Pathan, en mejores tiempos conocida como Lalitpur, “la ciudad de la belleza”. Después de seis meses de viaje, nuestra esperanza de encontrar un lugar que fuese “mágico”, “impoluto” y “diferente” estaba más clara que nunca. Pero mientras maniobrábamos nuestro camino a través de callejones llenos de basura, tratando de eludir pollos, perros y montones de excremento, nos empezamos a dar cuenta de que nuestras expectativas, una vez más, chocaban con la realidad. Pathan era un pueblo grande de provincia con las cloacas abiertas y fachadas que se desmoronaban: su antigua belleza estaba enterrada bajo la acerba capa de escualidez de los Himalaya.

Nos desmontamos cerca de un grupo de puestos de comida en una placita. Miramos a nuestro alrededor para ver adónde podríamos dejar nuestras bicicletas prestadas para poder ir a caminar. Su dueño en Katmandú nos había advertido que no olvidáramos que a los nepaleses “para nada les gusta caminar”. Mientras estábamos ahí parados dudando sobre qué hacer, un chiquillo descalzo se separó de un grupo de niños allí cerca. Titubeante caminó hacia nosotros. Su nariz mocosa necesitaba urgentemente un pañuelo. Traía una gorra redonda y descolorida de lado, lo que lo hacía parecer un poco un bribonzuelo. Al acercarse nos saludó con una sonrisa animosa.

—Grrr, grrr —dijo, y enseguida añadió—: ga, ga, grrr, brrr, ek, ek, brrr.

Al ver nuestras caras desconcertadas, dio otro paso hacia nosotros y repitió:

—¡Grrr, brrr, ek, bbbhhhrrrggrrr!

Independientemente del idioma que fuera —y sonaba como una mezcla de media docena— el niño evidentemente trataba de decirnos algo. Tomó el manubrio y empezó a jalar mi bicicleta. Corrió hacia la pared del edificio cercano y lo golpeó repetidamente con los dedos.

—Grrr, brrr, ek, grrr —insistió.

¡Claro! El niño había entendido nuestro problema y se acercó para aconsejarnos. Sugería que apoyáramos nuestras bicicletas contra la pared donde, según la expresión de su cara, estarían perfectamente seguras. A falta de otra opción, hicimos lo que nos aconsejaba. Esto le dio ánimos para ofrecer más ayuda. Cuando me agaché para asegurar la bicicleta con una cadena anticuada, su cara de pronto se asomó entre mis piernas.

—Grrr, grrr —susurró entre dientes y empezó a jalarme los pantalones. Me arrebató la llave de la mano y empezó una breve lucha con el candado oxidado. Una vez terminado el trabajo, asaltó el candado de la bicicleta de mi esposa. Eso tardó un poco más, pero estaba decidido a acabar lo que había empezado.

—Grrr, brrr —proclamó, resplandeciente de orgullo.

Cuando puse la mano para que me diera las llaves, el niño negó con la cabeza y las escondió detrás de su espalda. Luego corrió hacia mí y hábilmente las echó en el bolsillo de mi pantalón. Finalmente, dio un paso atrás y, mirando a uno y al otro, esperó una señal de aprobación.

Sonreí y le hice cosquillas bajo el mentón. Primero hubo un suspiro de alivio, luego un gorgoteo de risa alegre, y después media docena de saltos al aire.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté cuando se tranquilizó.

No contestó; estaba ocupado presumiéndonos ante sus amigos que se habían acercado para ver qué pasaba. Repetí la pregunta, pero otra vez no contestó.

Mi esposa fue la que se dio cuenta de que el niño era sordomudo.

Moviendo los labios muy lentamente, repetí:

—¿Cómo te llamas?

Sus ojos se nublaron. Si no podía entenderme, no podría complacerme.

Parecía aterrado ante ese prospecto. Volteó hacia sus amigos, pero ellos estaban tan perdidos como él.

Una niñita lista de pronto entendió:

—Uki —gritó, señalando a nuestro amiguito mocoso—, ¡Uki!

El niño, con gran alivio, gorjeó de risa y añadió:

—¡Grrr, grrr, ek, ek!

Tomándome de la mano, empezó a jalarme por la plaza. Había decidido enseñarnos los lugares de interés de la ciudad. Entusiasmado, dibujaba en el aire pagodas, relieves, estatuas, o por lo menos eso parecía. Saltando frente a nosotros como un conejo, nos llevó por un callejón y dio vuelta en la esquina para llegar a la plaza principal. La plaza estaba rodeada por templos exquisitos, más finos y más trabajados que cualquier otro que hubiéramos visto en Nepal. El panorama nos dejó sin aliento. La “ciudad de la belleza” había cobrado vida.

—Grrr, grrr, brrr, ek —explicó el niño, de pronto serio y sintiéndose importante.

Esta era su ciudad, esos eran sus templos, era el dueño de toda esa belleza.

Y nos lo estaba regalando todo.

Lo seguimos alrededor de la plaza, de edificio a edificio, haciendo pausas para que él nos señalara los pilares y los chapiteles, y llamara nuestra atención a relieves particularmente interesantes.

—Grrr, grrr, brrr, ek, ek, brrr —gorjeó alegremente, complacido con su papel.

Con miedo de que nos aburriéramos, cada tanto echaba una mirada a nuestras expresiones. Cada vez que notaba la menor señal de un principio de desinterés, se daba una palmada en la frente como si hubiera recordado que justo a la vuelta de la esquina había otra maravilla arquitectónica. Para alegrarlo, expresábamos gran apreciación por cualquier cosa que nos señalara, aunque sólo fuera una pared desmoronada.

Pronto fue evidente que el entusiasmo de Uki no era del todo desinteresado.

Esperaba que al final de la visita guiada ganaría una o dos rupias. Vestido como estaba, con una delgada camisa de manga corta y un par de viejos pantalones raídos, podría ganarse la compasión hasta del extranjero más tacaño.

Entramos al patio de los baños reales, custodiado por un soldado solitario. Él y Uki evidentemente eran amigos.

—Grrr, brrr —dijo el niño cuando entramos.

Se detuvo frente al soldado, se cuadró y saludó. El soldado, apenas mayor que el niño, le sonrió amigablemente y le devolvió el saludo. Después de un breve recorrido por los baños decidimos descansar. Nos sentamos en una viga expuesta cerca de la entrada. Poco antes, mi esposa había comprado unos plátanos, y en ese momento le ofreció uno a Uki.

Uki no estaba muy seguro de qué hacer. Se rió, se puso serio, se volvió a reír.

—Grrr, brrr, brrr —explicó por fin y metió el plátano en el cordón que le detenía los pantalones. Con una sonrisa de disculpa, indicó que había decidido guardarlo para más tarde. Mi esposa de inmediato le dio otro. Esto lo confundió. Al principio trató de meter el segundo también en el cordón, pero luego cambió de idea. O eso pareció, porque al siguiente instante otra vez no se decidía qué hacer con él.

Mi esposa le quitó el plátano de las manos, lo peló, lo rompió en dos y le puso las dos mitades otra vez en las manos. Ahora no tenía opción. Con una mitad en cada mano, se puso a comer con un gusto sin disimulo, turnando los bocados de cada mitad. Cuando acabó, se pasó otro minuto gozoso chupándose los dedos. Luego sacó el primer plátano del cordón y lo contempló con una sonrisa arrobada. Por fin, guardándolo de nuevo, anunció:

—Grrr, grrr, ek, ek, brrr —lo que probablemente significaba que uno también debe pensar en el futuro.

Cuando nos levantamos para irnos, el plátano se cayó por dentro de sus pantalones, se deslizó por una pierna y acabó en sus pies. Mi esposa y yo no pudimos contener la risa. Después de una breve duda, el niño se unió y se rió con total abandono, agradecido por la oportunidad de participar en una situación gozosa.

Recogió el plátano y volteó hacia el soldado.

—¿Grrr, brrr, ek, ek? —preguntó, señalando al otro lado del patio.

Apenas el soldado asintió con la cabeza, Uki corrió a la contraesquina y escondió el plátano tras un pedazo de madera. Luego corrió de regreso, nos tomó de las manos y empezó a jalarnos hacia la salida.

De pronto habló el soldado:

—No tiene padres —dijo—. La casa se incendió. Murieron. Junto con el hermano de Uki. Y las dos hermanitas.

—¿Adónde vive? —preguntó mi esposa.

—En todas partes —contestó el soldado—. A veces, cuando no hace demasiado frío, pasa la noche aquí. Duerme en los templos o bajo los puestos en el mercado.

Nos fuimos para continuar con la visita. Pero pronto nos quedó claro que habíamos visto casi todo lo que había que ver. El entusiasmo del niño también se estaba evaporando. Se veía cansado y aburrido. Estaba esperando su recompensa para poder volver con sus amigos. Como no encontramos monedas, le dimos un billete de diez rupias. Se puso pálido, todo su cuerpo se sacudió. Alzó el billete hasta nuestros ojos y preguntó ansioso:

—¿Grrr, brrr, ek?

Sí, asentimos, el billete era para él. Pero no lograba creerlo. Sí, insistimos el dinero era suyo, para que lo guardara. Y para convencerlo de que era cierto, le dimos otro billete de diez rupias.

—¿Grrr, brrr, grrr? —repitió, ahora completamente desconcertado.

Sí, dijimos, los dos eran para él. Su rostro estalló en una mezcla de alegría y gratitud. Alzó un billete en cada mano y se alejó bailando por la plaza. Le mostró los trofeos a sus amigos asombrados. Revoloteando a su alrededor, lo siguieron por la calle, gritando y riendo, explicando con orgullo a todos los que quisieran escucharlos cuánto dinero había ganado Uki. La gente sonreía y le daba palmaditas en la cabeza al niño afortunado. Se reacomodaba la gorra una y otra vez para que no se le cayera.

En silencio nos subimos en las bicicletas y nos fuimos. Alrededor de una milla fuera de la ciudad, a medio camino de una cuesta empinada, nos quedamos sin aliento y nos desmontamos. Diez minutos después, en la cima de la colina, volteamos para dar una mirada de despedida a Pathan.

Parado en medio del camino a unos cuantos metros atrás de nosotros, agotado, con la cara sonrojada por la culpa y el desafío, estaba el niño sordomudo. Nos miraba a uno y otro, esperando a ver si nuestra incredulidad se convertiría en alegría o enojo. Emitió un gorgoteo de risa insegura.

—Grrr, grrr, ga, ga, ek, brrr —trató de explicar.

Su mirada implorante poco a poco dio lugar a la tristeza. Estaba agotado, los rizos que se le asomaban de la gorra estaban empapados en sudor. Usando todos los gestos que se nos ocurrieron, tratamos de convencerlo que regresara a Pathan. Katmandú era demasiado grande, dijimos, podría perderse. Nos íbamos a la India, y no podríamos cuidarlo.

Lo único que él entendía es que lo mandábamos de regreso, lo rechazábamos.

De pronto se le iluminó la cara. Corrió hacia mí, se quitó la gorra y, usándola como plumero, empezó a limpiarme los zapatos. Luego, acuclillándose frente a mi mujer, se puso a limpiarle las sandalias. Por último, volteando la gorra al revés, empezó a pulir las partes cromadas de nuestras bicicletas.

—Perdón —le dijimos—. Debes regresar.

Nos subimos de un salto a las bicicletas y nos fuimos. El incesante golpeteo de sus piececitos atrás de nosotros acabó por ablandarnos el corazón. El niño de seguro sabía que esto iba a suceder. Esperamos a que nos alcanzara.

Cuando lo hizo se le doblaron las piernas y se derrumbó en el polvo. Ya no le quedaban fuerzas salvo para gorgotear con alegría:

—Grrr, brrr, ek.

Lo levanté y lo senté en el cuadro de la bicicleta y emprendimos el camino a Katmandú. Volteó la cabeza y me miró. Sus ojos estaban llenos de alivio y gratitud, pero también de algo que me sorprendió: algo cercano al amor total. Una vez más emitió un gorjeo de risa alegre.

Teníamos la intención de llevarlo a Katmandú, visitar con él los lugares de interés, invitarlo a comer y luego, por la tarde, llevarlo de regreso a Pathan.

Pero su alegría de estar en una ciudad grande era tal que decidimos dejarlo pasar la noche. Nos lo llevamos al hotel. Llenamos la tina, le quitamos la ropa y lo metimos a bañar. Al principio se asustó e intentó salirse frenéticamente, pero luego poco a poco se fue tranquilizando y empezó a disfrutar la nueva experiencia. Poco después estaba gritando de alegría y salpicando agua por todo el cuarto de baño.

Lo llevamos al mercado más cercano y le compramos una camisa nueva, un par de pantalones y sandalias de cuero suave. Su cara asumió una expresión de dignidad solemne, su postura se volvió rígida y poco natural. Se sentía como un extraño ante sí mismo con esta nueva ropa. Cuando el dueño de la tienda lanzó su ropa vieja a una pila de basura en el rincón, Uki se opuso con un vehemente “Grrr, brrr, ek, ek”.

Enrolló su camisa y pantalones viejos en un bulto y los apretó con fuerza contra el pecho.

—Ga, ga, brrr, grrr —refunfuñó.

El mundo milagroso en que se encontraba empezaba a asustarlo. Su ropa vieja era el único vínculo con su pasado, el único recordatorio del mundo conocido que había dejado atrás.

Al atardecer lo llevamos a un restaurante chino. Al principio no podía creer que las fuentes humeantes que ponían frente a nosotros fuesen reales; con cuidado hurgó cada una con los dedos. Cuando mi esposa y yo empezamos a comer, quedó convencido de que las fuentes estaban allí sólo para nosotros.

Sólo cuando mi mujer le sirvió comida en su plato encontró suficiente valor para usar su cuchara.

Sin embargo, una vez que empezó a comer, no había cómo pararlo.

Sosteniendo torpemente la indócil cuchara como normalmente uno sostiene un cuchillo, llevaba la comida del plato hasta la boca en una línea de zig–zag, siendo su boca un blanco esquivo al que fallaba con mucha frecuencia. Al poco rato tenía tallarines y salsa por toda la cara, la camisa nueva y los pantalones. A medio camino de su tercer plato de pronto le dio sueño. La cabeza se apoyó en la mesa. Sin soltar la cuchara se quedó dormido.

Lo llevamos cargado hasta el hotel, le quitamos la ropa, le lavamos la cara y las manos y lo acostamos en la cama. Durmió como un tronco. A la mitad de la noche despertó.

—Ga, ga, grrr, grrr, ek —dijo, muy alarmado.

No tenía idea de dónde estaba. Sus deditos empezaron a explorar los alrededores. Cuando se encontraron con mi brazo, hicieron una pausa, y después continuaron. Encontraron mi muñeca, mi dedo índice, mi pulgar.

Después de titubear un poco, envolvieron con firmeza mi pulgar. Acercó la cara, podía sentir su aliento cálido que todavía olía a la cena china.

—Ek, ek, grrr, grrr —me susurró al oído, aliviado.

Por la mañana lo llevamos a visitar los lugares más interesantes. Le mostramos el palacio real. Tres elefantes decorados con colores llamativos salieron contoneándose por el portón y fueron guiados por la calle principal.

Uki gritó de gusto. Tuvimos que seguir a los elefantes durante diez minutos.

Cuando paseábamos por el centro de Katmandú, corría como poseído, saltaba una y otra vez con los brazos levantados señalando una cosa y otra, riendo, explicando, maravillándose. De un momento al otro era él quien nos estaba señalando los sitios de interés en Katmandú.

Alquilamos un ricksha. Mientras el conductor maniobraba audazmente su vehículo colorido a través de la multitud, Uki gritaba y lo animaba; saltaba y se sacudía como si tuviera convulsiones, era difícil tratar de evitar que se cayera.

Gorgoteaba, resollaba y reía: el mundo, el mundo maravilloso giraba a su alrededor como un carrusel mágico. Era el niño más feliz que existía.

Se quedó otra noche.

A la mañana siguiente salimos de la ciudad en bicicleta para visitar el Templo de los Monos. La cúpula dorada impresionó tanto a Uki que permaneció en silencio, observándola durante casi diez minutos. Consideró divertidos a los monos, pero apenas uno se apartó del grupo y se escabulló hacia él, gritó y corrió a mis brazos. Se alegró cuando llegamos a las bicicletas que habíamos dejado al pie de la colina.

—Grrr, brrr, ek —dijo mientras lo subía al cuadro de la bici.

Rodeando Katmandú, llegamos a un camino polvoso que llevaba al sur. Uki no parecía reconocerlo, ni darse cuenta de que lo llevaríamos de regreso a Pathan. Sólo cuando llegamos a los estrechos callejones empezó a reconocer algunos lugares. Parecía sorprendido, y encantado, porque el viejo mundo aún estaba allí, sin cambios. Cuando llegamos a la plaza del mercado vio a un grupo de sus amigos.

—¡Grrr, brrr, ek! —estalló, agitando frenéticamente los brazos.

Los niños lo reconocieron y corrieron hacia nosotros, gritando una alegre bienvenida. Los niños querían tocar la nueva camisa y los nuevos pantalones de Uki, acariciar sus sandalias. Me recordó el comportamiento de Uki en el restaurante chino; él también había tenido que tocar las fuentes para ver si eran verdaderas. Estaba contento con la admiración de sus amigos. En toda la cara se le veía el orgullo, el sentido de satisfacción. Pero no había ni una sombra de vanidad en sus modos, seguía amistoso y cariñoso.

Luego, con un sentido de urgencia, se embarcó en una larga explicación.

—Grrr, brrr, ek, ek, brrr —borboteaba en un río interminable.

Agitaba los brazos como tratando de dibujar en el aire todas las maravillas que había visto, elefantes, monos, palacios, todo, todo…

Discretamente nos montamos en las bicicletas y atravesamos la plaza. Nos detuvo un grito que nos rompió el corazón. Un instante después Uki estaba a mi lado, jalándome los pantalones, tratando de hacerme bajar de la bicicleta.

Me miraba con total incredulidad. Corrió hacia mi esposa y trató de jalarla para bajarla de la bici. Regresó hacia mí, agarró el manubrio y hábilmente se montó en el cuadro. Quería quedarse con nosotros, ir con nosotros otra vez a Katmandú o a cualquier parte.

—Ek, brrr, grrr, grrr —rogaba.

Traté de bajarlo, pero él no se soltaba. Toda su fuerza se había concentrado en sus deditos. Finalmente logré zafar una de sus manos del manubrio, pero apenas empecé con la otra, la primera estaba otra vez ahí, tomando el manubrio con más fuerza.

Luego, inesperadamente, cedió, como una dura pelota de futbol que de pronto se pone blanda. Se calló y sus manos se desprendieron del manubrio. No se opuso cuando lo bajé al suelo. Durante un rato se quedó allí, rodeado por sus amigos desconcertados, y sólo se miraba los pies. Luego, lentamente, alzó la cabeza y me miró a los ojos.

¿Era este el final?

Apenas se dio cuenta de que sí era, bajó otra vez la cabeza, se volvió y caminó a través de la plaza hacia la pared del edificio más cercano. Cuando llegó, se sentó junto a ella, apoyó la cabeza y miró para otro lado. Allí permaneció, inmóvil.

Mi esposa caminó al puesto más cercano y compró una penca de plátanos. Se los llevó a Uki y los puso en sus piernas. Él abrió los ojos y pronunció cansado y sin ganas un “Grrr, brrr, ga ga, ek”. Luego volvió a cerrar los ojos.

Me agaché y le puse un billete de cien rupias en la mano. Lo miró sin mayor interés. Su mano permaneció inerte y el billete cayó al suelo.

Le hice cosquillas bajo el mentón. Quería animarlo, verlo sonreír. Se negó a mirarme. Justo antes de salir de la plaza volteé a verlo.

Apoyado contra la pared, parecía un rehén ejecutado por un pelotón de fusilamiento.