Sor Juana Inés de la Cruz, Marra PL. Lanot

Te fascinó aprender muchas cosas,

tú, la niña de México,

en los años mil quinientos

cuando la educación para las mujeres

significaba cocinar, cocer y lavar ropa

y, encima, ser silenciosa.

Te encantó saber todo

del cielo y de la tierra

más que escuchar las promesas

y las palabras dulces de los hombres.

Te interesó ser prisionera del convento

para leer en la biblioteca

y buscar respuestas a mil cuestiones,

más que bailar o cantar

en la corte del rey

donde fuiste una bella flor,

tú, criolla de parientes desconocidos,

fuiste una gema nativa, rara y pura.

Nadie te conoció

fuera de tus amigos y Dios,

nadie te perdonó

fuera de tus amigos y Dios,

y cuando los oficiales de la iglesia

te forzaron a elegir entre

continuar como una monja

y continuar escribiendo literatura,

estabas luchando la batalla de los sexos

y estabas luchando contra los poderes religiosos,

y elegiste, con mucho dolor,

la soledad de tu fe.

Y así sin escribir una palabra más

serviste a los pobres y a Dios

hasta moriste en los brazos de los enfermos,

pero nunca murió tu poesía,

no, nunca han olvidado

a la poeta del siglo.