Odilon Redon

LEF218180 Ecstasy, c.1885 (charcoal on buff paper) by Redon, Odilon (1840-1916)
charcoal on buff paper
49.5×37.5
Private Collection
© Lefevre Fine Art Ltd., London
French, out of copyright

Odilon Redon fue un pintor simbolista, nacido en Burdeos, Aquitania, Francia. Es considerado un pintor postimpresionista, dentro de la corriente del simbolismo, aunque también se le considera como uno de los precursores del surrealismo.

Guerra, Voltaire

Un genealogista prueba que un príncipe desciende en línea directa de un conde cuyos padres habían hecho un pacto de familia, hace 300 ó 400 años, con una casa cuyo recuerdo ni tan siquiera subsiste. Esta casa tenía vagas pretensiones sobre una provincia, cuyo último poseedor murió de apoplejía. El príncipe y su consejo concluyen que esta provincia le pertenece por derecho divino. Esta provincia, a varios cientos de lenguas, protesta que le desconoce, que no tiene ninguna gana de ser gobernada por él; que para dictar leyes a unas gentes hay que tener, al menos, su consentimiento. Estos discursos ni tan siquiera son oídos por el príncipe, cuyo derecho es irrefutable. Encuentra, al punto, un gran número de hombres que no tienen nada que hacer ni que perder. Les viste con un grueso paño azul, pone un ribete a sus sombreros con un grueso hilo blanco, les hace girar a derecha e izquierda, y marcha hacia la gloria.

Los demás príncipes, cuando oyen hablar de esos hombres en armas, toman parte en la empresa, cada uno según su poder.

Pueblos lejanos oyen decir que va a haber lucha, y que se ganan cinco a seis monedas por día si se toma parte en ella. Y van a vender sus servicios a quien quiera comprarlos.

Esas multitudes se encarnizan una contra otra, no solo sin tener ningún interés en el proceso, sino, incluso sin saber de lo que se trata.

Se encuentran a la vez cinco o seis potencias beligerantes: tan pronto tres contra tres, como dos contra cuatro o una contra cinco, detestándose por igual unas y otras, matándose y atacándose una y otra vez, de acuerdo todas en un solo punto: hacer el mayor mal posible. Cada jefe de asesinos hace que se bendigan sus banderas e invoca a Dios solemnemente antes de ir a exterminar a su prójimo.

Cuando ha habido un exterminio de cerca de diez mil, a hierro y fuego, y ha sido destruida una ciudad cualquiera desde sus cimientos, entonces se entona un cántico bastante largo, dividido en cuatro partes, compuesto en una lengua desconocida para todos los que han combatido y, además, llena de barbarismos. El mismo cántico sirve para casamientos, nacimientos y homicidios.

Las ventanas, Charles Baudelaire

259px-Lilith_(John_Collier_painting)Quien mira desde afuera a través de una ventana abierta nunca ve tantas cosas como el que mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fértil, más tenebroso, más deslumbrante que una ventana iluminada por una vela. Lo que se puede ver al sol es siempre menos interesante que lo que ocurre detrás de un vidrio. En ese agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, sufre la vida.

Más allá de las olas de los techos, descubro una mujer madura, arrugada ya, pobre, siempre inclinada sobre algo, y que no sale nunca. Con su rostro, con su ropa, con sus gestos, con casi nada, reconstruí la historia de esta mujer, o más bien su leyenda, y a veces me la cuento a mí mismo llorando.

Si hubiera sido un pobre viejo, hubiese reconstruido la suya con la misma facilidad.

Y me acuesto, orgulloso de haber vivido y sufrido en otros que no son yo.

Quizá me digan ustedes: “¿Estás seguro de que esa leyenda es la verdadera?” ¿Qué importa lo que pueda ser la realidad situada fuera de mí, si me ayudó a vivir, a sentir que soy y lo que soy?

La muerte del Delfín, Alphonse Daudet

El pequeño Delfín está enfermo, el pequeño Delfín va a morir…

En todas las iglesias del reino el Santo Sacramento permanece expuesto día y noche, y grandes cirios arden permanentemente en pos de la curación del Real Infante.

Las calles de la vieja Residencia están tristes y silenciosas; las campanas ya no suenan, los carruajes van al paso…

En los accesos al palacio los burgueses observan, curiosos a través de las verjas, a los Guardas Suizos de doradas panzas conversando, en los patios, con gesto solemne.

Todo el Palacio está consternado…

Chambelanes y Mayordomos suben y bajan corriendo las escaleras de mármol…

Las galerías están repletas de Pajes y Cortesanos, vestidos de seda, que van de un grupo a otro buscando noticias, en voz baja…

Sobre las anchas escalinatas las afligidas Damas de Honor se hacen elaboradas reverencias, mientras secan sus ojos con hermosos pañuelos bordados.

En el Invernadero se han dado cita, en asamblea, multitud de médicos con largas togas.

Los vemos, a través de los cristales, agitar sus anchas y negras mangas e inclinar doctoralmente sus pelucas de rulos…

El Gobernador y el Mozo de Cuadras del pequeño Delfín se pasean delante de la puerta, esperando las decisiones de la Facultad.

Algunos Pinches de Cocina pasan junto a ellos sin saludarles.

El Mozo de Cuadras jura como un pagano, el Gobernador recita versos de Horacio…

Y mientras tanto, de allá, del lado de las cuadras, puede oírse un prolongado y lastimero relincho.

Es el alazán del pequeño Delfín del que parecen haberse olvidado y quien se agita tristemente ante su comedero vacío.

¿Y el Rey? ¿Adónde está Su Majestad el Rey?…

El Rey se encerró en una habitación, a solas, al otro lado del edificio…

A las Majestades no les gusta que les vean llorar…

Para la reina, es otra cosa…

Sentada junto a la cabecera del pequeño Delfín, con su bello rostro bañado en lágrimas, solloza muy alto y en presencia de todos, tal y como haría una verdulera.

En su litera de encajes, el pequeño Delfín, más blanco que los cojines que le dan reposo, mantiene los ojos cerrados.

Creemos que duerme; pero no.

El pequeño Delfín no duerme…

Se vuelve hacia su madre, y al ver que ésta llora, le dice:

– ¿Señora Reina, por qué lloráis? ¿Acaso consideráis seriamente que me voy a morir? La reina quiere responder.

Los sollozos le impiden hablar…

– ¡Ea pues! No lloréis, Señora Reina; olvidáis que soy el Delfín, y que los Delfines no pueden morir así…

La Reina solloza todavía más alto, y el pequeño Delfín comienza a asustarse.

– ¡Venga pues!, dice, no quiero que la muerte venga a cogerme, y sabré impedirle que llegue hasta aquí…

¡Que se haga venir sin demora a cuarenta lanceros muy fuertes, y que monten guardia alrededor de nuestra cama!…

¡Que cien gruesos cañones velen noche y día, mecha encendida, bajo nuestras ventanas! Y…

¡Ay de la muerte, si osa acercársenos!…

Para complacerlo, la reina hace un signo.

Enseguida, podemos oír los gruesos cañones rodando en el patio; y cuarenta grandes lanceros, arma en mano, vienen a situarse alrededor de la cámara.

Son veteranos soldadotes, de largos mostachos grises.

El pequeño Delfín aplaude viéndolos.

Reconoce a uno de ellos y le llama: -¡Lorrain!, ¡Lorrain! El soldado da un paso hacia la cama.

– Te quiero mucho, mi viejo Lorrain, déjame ver un poco tu gran sable…

Si la muerte quisiera llevarme, habríamos de matarla ¿no?.

Lorrain responde:

– Sí, mi Señor…

Mientras dos gruesas lágrimas fluyen por sus curtidas mejillas.

En ese momento, el capellán se acerca al pequeño Delfín y le habla mucho tiempo en voz baja, mostrándole un crucifijo.

El pequeño Delfín le escucha un tanto asombrado.

De pronto le interrumpe y dice:

– Comprendo bien lo que usted me cuenta, señor Abad: pero ¿no podría mi amigo Beppo morir en mi lugar, dándole mucho dinero?…

El capellán continúa hablándole en voz baja, el aspecto del pequeño Delfín luce cada vez más contrariado…

Cuando el capellán pareció haber terminado, el pequeño Delfín respondió con un largo suspiro: – Todo lo que usted me dice ahora es muy triste, señor Abad; pero una cosa me consuela, y es que allá arriba, en el paraíso de las estrellas, seré todavía el Delfín…

Sé que el buen Dios es mi primo y que sabrá tratarme como corresponde a la altura de mi rango.

Luego añade, volviéndose hacia su madre: – ¡Que me traigan mis más bellos vestidos, mi jubón de armiño blanco y mis escarpines de terciopelo! Quiero hacerme fuerte ante los ángeles y entrar en el paraíso vestido de Delfín.

Por tercera vez, el capellán se inclina hacia el pequeño Delfín y le habla nuevamente en voz baja…

En medio de su discurso, el niño le interrumpe con cólera:

– ¿¡Pero entonces, grita, esto de ser Delfín, no sirve absolutamente para nada!? …

Y, sin querer atender a nada más, el pequeño Delfín se vuelve hacia la pared, y llora amargamente.

Ausencias, Paul Éluard

I

El simple placer y el pobre misterio

De no ser visto.

Os conozco, colores de árboles y de ciudades,

entre nosotros hay la transparencia de siempre

entre las miradas brillantes.

Ella se desliza sobre las piedras

como se desliza el agua.

En un lado de mi corazón se oscurecen vírgenes,

en el otro la dulce mano se posa en las laderas de las colinas.

La curva de una poca agua provoca esta caída,

esta combinación de espejos.

Luces de precisión, no guiño los ojos,

no me muevo,

hablo,

y cuando duermo

mi garganta es una ola con bandera de tul.

II

Salgo del brazo de las sombras,

estoy bajo las sombras,

solo.

La piedad es más noble y puede muy bien seguir siéndolo,

la virtud se hace la limosna de sus senos

y la gracia se coge a sus párpados.

Ella es más bella que las figuras de los anaqueles,

ella es más dura,

ella está abajo, con las piedras y con las sombras.

Yo la he alcanzado.

Aquí es donde la claridad libra su última batalla.

Si me duermo, es para no soñar más.

¿Cuáles serán entonces las armas de mi triunfo?

En mis grandes ojos abiertos se une el sol,

¡Oh jardín de mis ojos!

Todos los frutos están aquí simulando ser flores,

flores en la noche.

Una ventana de verdor

Se abre de repente en su cara.

¿Dónde pondré mis labios, naturaleza sin orillas?

Una mujer es más hermosa que el mundo en que vivo,

Y cierro los ojos.

Salgo del brazo de sombras,

Estoy bajo sombras

Y sombras me esperan.

Cinegética del omnibus, Alfred Jarry

De las diversas especies de fieras y paquidermos aún no extinguidos dentro del territorio parisiense, ninguna, sin duda, reserva más emociones y sorpresas al cazador que el ómnibus.

Algunas compañías se han reservado el monopolio de su caza. A primera vista, uno no se explica su prosperidad: la piel del ómnibus, en efecto, no tiene ningún valor y su carne no es comestible.

Existe gran cantidad de variedades de ómnibus, si se los distingue por el color; pero esas sólo son diferencias accidentales, debidas al habitat y a la influencia del medio. Si el pelaje del “Batignoles-Clichy-Orden”, por ejemplo, tiene un matiz que recuerda el del enorme rinoceronte blanco sudafricano, no habrá que buscar otra causa de ello que las migraciones periódicas del animal. Ese fenómeno de mimetismo no es más anormal que el que se manifiesta entre los cudrúpedos de las regiones polares.

Propondremos una clasificación más científica, en dos variedades cuya permanencia está bien reconocida: 1º) la que disimula sus rastros; 2º) la que deja una pista aparente. Las huellas de esta última se hallan extraordinariamente apretadas, como si hubieran sido producidas por una reptación, y son tan semejantes a la traza dejada por el paso de una rueda que pueden ser tomadas como tales. Los naturalistas discuten aún sobre si la primera variedad es la más antigua o si es que sólo ha retornado a una existencia más salvaje. Sea como sea, es indiscutible que la segunda variedad es la más estúpida, ya que ignora el arte de disimular sus rastros; pero -y esto explicaría que aún no se haya extinguido totalmente- es, según todas las apariencias, la más feroz, a juzgar por sus gritos, que hacen huir a los hombres ante su paso, presas de tumultuoso pánico, y que sólo es comparable al del pato o del ornitorrinco.

Dada la gran facilidad con que es posible descubrir la pista del animal, facilidad decuplicada por su curiosa costumbre de volver a pasar siempre por el mísmo camino en sus migraciones periódicas, la especie humana se ha ingeniado en atraparlo en trampas dispuestas en el recorrido. Con un sorprendente instinto, al llegar la pesada mole a un punto peligroso, da media vuelta y rehace su camino en sentido inverso, teniendo cuidado, esta vez, de confundir sus rastros haciéndolos coincidir con las precedentes trazas.

Se han ensayado otros sistemas de trampas, especies de chozas dispuestas, a intervalos regulares, a lo largo de la ruta y bastante semejantes a las que sirven para la caza en los pantanos. Un grupo de intrépidos se oculta allí y acecha al animal. Las más de las veces éste lo espanta y se aleja, no sin expresar su furor por medio de un fruncimiento de su piel posterior, azul como la de ciertos monos y fosforescente por la noche; esa rnueca imita muy bien, en arrugas blancas, el grafisrno de la palabra “completo”.

Sin embargo, algunos especímenes de la especie se han dejado domesticar: obedecen con suficiente docilidad a su domador, que los hace adelantarse o retroceder tirándoles de la cola. Este apéndice difiere un poco del de los elefantes. La Sociedad Protectora de Animales ha obtenido -de la misma manera que en el Tibet se deposita la adiposa cola de ciertos carneros sobre un carrito- que la del ómníbus sea protegida por una empuñadura de madera.

Esta medida compasiva es bastante desconsiderada, pues los individuos salvajes devoran a los hombres atrayéndolos con una fascinación semejante a la de la serpiente.

Como consecuencia de una complicada adaptación de su aparato digestivo excretan a sus víctimas todavía vivas, después de haber asimilado las partículas de cobre que hubieran podido extraerles. Una prueba de su buena digestión es que la absorción en la superficie –la epidermis dorsal- es exactamente la mitad de la absorción en el interior.

Conviene quizás relacionar con este fenómeno la especie de alegre pedorrea que precede invariablemente a sus comidas.

Algunos viven en una extraña simbiosis con el caballo, que parece ser para ellos un peligroso parásito: su presencia está caracterizada, en efecto, por una rápida disminución de las fuerzas motrices, que son por el contrario muy notables en los individuos sanos.

Nada se sabe de sus amores ni de la manera de reproducirse.

La ley francesa parece considerar a esas grandes fieras como nocivas, pues no veda su caza en ningún período del año.

El esposo complaciente, Marques de Sade

Toda Francia se enteró de que el príncipe de Bauffremont tenía, poco más o menos, los mismos gustos que el cardenal del que acabamos de hablar. Le habían dado en matrimonio a una damisela totalmente inexperta a la que, siguiendo la costumbre, habían instruido tan sólo la víspera.

-Sin mayores explicaciones -le dice su madre- como la decencia me impide entrar en ciertos detalles, sólo tengo una cosa que recomendaros, hija mía: desconfiar de las primeras proposiciones que os haga vuestro marido y contestadle con firmeza: «No, señor, no es por ahí por donde se toma a una mujer decente; por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna manera….»Se acuestan y por un prurito de pudor y de honestidad que no se hubiera sospechado ni por asomo, el príncipe, queriendo hacer las cosas como Dios manda al menos por una vez no propone a su mujer más que los castos placeres del himeneo; pero la joven, bien educada, se acuerda de la lección:

-¿Por quién me tomáis, señor? -le dice-. ¿Os habéis creído que yo iba a consentir algo semejante? Por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna manera.

-Pero, señora…

-No, señor, por más que insistáis nunca accederé a eso. Bien, señora, habrá que complaceros -contesta el príncipe apoderándose de su altar predilecto-. Mucho me molestaría que dijeran que quise disgustaros alguna vez.

Y que vengan a decirnos ahora a nosotros que no merece la pena enseñar a las hijas lo que un día tendrán que hacer con sus maridos.

El Castillo del diablo, Gerárd de Nerval

Ludlow Castle – Rising of the Water-Nymphs, engraved by E. Goodall published 1835 Joseph Mallord William Turner 1775-1851 Transferred from the British Museum 1988 http://www.tate.org.uk/art/work/T06289

Voy a hablarles de uno de los más viejos habitantes de París: se llamó en otro tiempo el diablo Vauvert.

De ahí surgió el proverbio: “¡Eso es en lo del diablo Vauvert! ¡Váyase al demonio Vauvert!” Es decir: Váyase… a pasear por los Champú-Elysées”.

Los porteros dicen generalmente: “Está por lo del diablo verde”, para expresar un lugar muy lejano. Esto significa que es necesario pagar muy cara la comisión que se les encarga. Pero es por otro lado, una frase viciosa y corrompida, como tantas otras familiares al pueblo parisino.

El diablo Vauvert es esencialmente un habitante de París que perdura desde hace siglos, si uno cree en los historiadores. Sauval, Félibien, Sainte-Froix y Dulaure han contado largamente sus escapadas.

Parece que en un principio habitó en el castillo de Vauvert que estaba situado en el lugar ocupado actualmente por el alegre baile de la cartuja, en el extremo del Luxembourg y frente a l´Observatoire, en la rue de l´Enfer.

Este castillo, de triste renombre, fue demolido en parte y las ruinas se convirtieron en una dependencia del convento de los cartujos en la que murió en 1414 Jean de la Lune sobrino del antipapa Benedicto XIII. Jean de la Lunes fue sospechoso de haber tenido relaciones con cierto diablo, que podría haber sido el espíritu familiar del viejo castillo de Vauvert, ya que, como se sabe, cada uno de esos edificios feudales tenía su diablo.

Los historiadores no nos han dejado nada preciso sobre esta fase interesante.

El diablo Vauvert da que hablara nuevamente en la época de Luis XIII.

Durante mucho tiempo se había oído, todas las noches, un gran ruido en una casa hecha con los restos del antiguo convento, cuyos propietarios estaban ausentes desde hacía años, cosa que asustaba mucho a los vecinos.

Avisaron al lugarteniente de policía, que envió varios guardias.

¡Cuál no sería la sorpresa de estos militares al escuchar el tintineo de los vasos mezclados a risas estridentes!

Al principio se creyó que se trataba de monederos falsos entregados a una orgía, y calculando su número por la intensidad del ruido, decidieron buscar refuerzos.

Pero juzgaron, aun entonces, que el escuadrón no era suficiente: ningún sargento se animó a llevar sus hombres a esa morada, donde parecía que había el bochinche de todo un ejército.

Un cuerpo de tropas suficientes llegó finalmente a la mañana: penetraron en la casa. No encontraron nada.

El sol disipó las sombras.

Durante todo el día se hicieron búsquedas, pues se pensó que el ruido provenía de las catacumbas, situadas, como se sabe, bajo ese barrio. Se preparaban para entrar en ellas, pero, mientras la policía tomaba sus disposiciones, la noche volvió nuevamente y el ruido recomenzó más fuerte que nunca.

Esta vez nadie se atrevió a bajar, porque era evidente que en la bodega no había más que botellas y que por lo tanto, era el diablo quién las hacía bailar.

Se contentaron con ocupar los accesos de la calle y pedir al clero que obrase.

El clero hizo una cantidad de oraciones, e incluso se echó agua recién bendecida, por medio de una jeringa, sobre la banderola de la bodega.

El ruido persistió siempre

Guerra, Voltaire

Un genealogista prueba que un Príncipe desciende en línea directa de un Conde cuyos padres habían hecho un pacto de familia, hace 300 o 400 años, con una casa cuyo recuerdo ni tan siquiera subsiste. Esta casa tenía vagas pretensiones sobre una provincia, cuyo último poseedor murió de apoplejía. El Príncipe y su consejo concluyen que esta provincia le pertenece por derecho divino. Esta provincia, a varios cientos de lenguas, protesta que le desconoce, que no tiene ninguna gana de ser gobernada por él; que para dictar leyes a unas gentes hay que tener, al menos, su consentimiento. Estos discursos ni tan siquiera son oídos por el Príncipe, cuyo derecho es irrefutable. Encuentra, al punto, un gran número de hombres que no tienen nada que hacer ni que perder. Les viste con un grueso paño azul, pone un ribete a sus sombreros con un grueso hilo blanco, les hace girar a derecha e izquierda, y marcha hacia la gloria.

Los demás Príncipes, cuando oyen hablar de esos hombres en armas, toman parte en la empresa, cada uno según su poder.

Pueblos lejanos oyen decir que va a haber lucha, y que se ganan cinco a seis monedas por día si se toma parte en ella. Y van a vender sus servicios a quien quiera comprarlos.

Esas multitudes se encarnizan una contra otra, no sólo sin tener ningún interés en el proceso, sino, incluso sin saber de lo que se trata.

Se encuentran a la vez cinco o seis potencias beligerantes: tan pronto tres contra tres, como dos contra cuatro o una contra cinco, detestándose por igual unas y otras, matándose y atacándose una y otra vez, de acuerdo todas en un sólo punto: hacer el mayor mal posible. Cada jefe de asesinos hace que se bendigan sus banderas e invoca a Dios solemnemente antes de ir a exterminar a su prójimo. Cuando ha habido un exterminio de cerca de diez mil, a hierro y fuego, y ha sido destruida una ciudad cualquiera desde sus cimientos, entonces se entona un cántico bastante largo, dividido en cuatro partes, compuesto en una lengua desconocida para todos los que han combatido y, además, llena de barbarismos. El mismo cántico sirve para casamientos, nacimientos y homicidios.

Amistad, Simone Weil

Existe un amor puro, personal y humano, que contiene un presentimiento y un reflejo del amor divino. Es la amistad, pero a condición de emplear esa palabra en un sentido riguroso.

Sentir una preferencia por un ser humano en particular es, necesariamente, algo distinto a la caridad. La caridad es indiscriminada. Si sólo se encuentra en un lugar determinado es debido al azar de la desdicha, que suscita un intercambio entre la compasión y la gratitud. Está disponible por igual para todos los seres humanos, puesto que la desdicha puede proponer a todos ese intercambio.

La preferencia personal por un ser humano en particular puede tener dos naturalezas. O buscamos en el otro un bien, o buscamos al otro porque lo necesitamos. De forma general, todo tipo de apego posible se reparte entre esas dos especies. Nos acercamos a algo porque buscamos ahí un bien, o porque no podemos vivir sin ello. A veces, ambos móviles coinciden. Pero casi nunca ocurre eso. Son distintos en sí mismos, y completamente independientes. Nos alimentamos de comida repugnante porque no nos queda más remedio, o tan sólo porque no tenemos de otra. Un hombre moderadamente goloso busca los buenos alimentos, pero fácilmente puede vivir sin ellos. Si nos falta el aire, nos ahogamos; luchamos hasta encontrarlo, no porque esperemos un bien, sino porque lo necesitamos. Respiramos el viento del mar sin ser empujados por ninguna necesidad, lo hacemos sólo porque nos gusta. Muchas veces el curso del tiempo hace que el segundo móvil se imponga sobre el primero. Ese es uno de los grandes dolores humanos. Un hombre fuma opio para tener acceso a un estado especial que cree superior; después, en muchas ocasiones, el opio lo lleva a un estado lamentable y degradante; pero ya no puede vivir sin él. Arnolphe compró a Agnès a su madre adoptiva porque le pareció que sería un bien tener en casa a una niña de la que haría, poco a poco, una buena esposa. Más tarde, ella sólo le causaría un dolor atroz y humillante. Pero con el tiempo su apego a ella se convirtió en un vínculo vital que lo llevó a pronunciar el terrible verso: «Sin embargo, siento que debo morir allí dentro…».

Harpagon consideró el oro como un bien. Tiempo después, ya no era sólo el objeto de una obsesión recurrente, sino un objeto cuya privación le provocaría la muerte. Como dice Platón, existe una gran diferencia entre la esencia de lo necesario y la esencia del bien.

No existe ninguna contradicción entre buscar un bien en una persona, y desear el bien a esa persona. Por esta misma razón, cuando el móvil que nos empuja hacia un ser humano es únicamente la búsqueda del bien para uno mismo, no existen las condiciones para que se realice la amistad. La amistad es una armonía sobrenatural, la unión de los contrarios.

Cuando un ser humano nos es necesario en cierto grado, no podemos querer su bien, a menos que dejemos de querer el nuestro propio. Donde existe la necesidad, existe la coacción y la dominación. Nos regimos bajo la voluntad de aquello que necesitamos, excepto si nosotros somos los propietarios. El bien más importante para todo ser humano es la libre disposición de uno mismo. O renunciamos a esa libertad —pero eso es un crimen de idolatría, pues sólo podemos renunciar a ella en favor de Dios—, o deseamos que el ser cuya presencia necesitamos sea privado de su propia libertad.

Hay toda suerte de mecanismos que pueden crear vínculos de afección que tienen la dureza del hierro de la necesidad. El amor maternal tiene, casi siempre, esa naturaleza; a veces el amor paternal, como en El padre Goriot de Balzac; el amor carnal en su forma más intensa, como en La escuela de las mujeres y en Fedra; el amor conyugal, de forma muy frecuente, sobre todo a causa de la costumbre; de forma mucho más rara, el amor filial o fraternal.

Existen diferentes grados de necesidad. Es necesario en cierto grado todo aquello cuya pérdida causa realmente una disminución de la energía vital, en el sentido más preciso, más riguroso que esa palabra puede tener si el estudio de los fenómenos vitales estuviese tan avanzado como el estudio de la gravedad. En el grado más extremo de la necesidad, la privación conlleva la muerte. Eso ocurre cuando toda la energía vital de un ser está ligada a otro a través de un apego. En niveles menores, la privación conlleva una disminución más o menos considerable. Es así como la privación total de alimento implica la muerte, pero la privación parcial sólo implica un debilitamiento. Sin embargo, consideramos necesaria toda comida, sea cual sea la cantidad, pues sin ella el ser humano se debilita.

La causa más frecuente de la necesidad en los vínculos de afección es una cierta combinación de simpatía y de costumbre. Como en la avaricia o en la intoxicación, lo que fue búsqueda de un bien se convierte en necesidad, debido al simple curso del tiempo. Pero la diferencia con la avaricia, la intoxicación y todos sus vicios, es que los dos móviles, en los vínculos de afección, es decir, la búsqueda de un bien y la necesidad, pueden perfectamente coexistir. También pueden estar separados. Cuando el apego a otro ser humano sólo se debe a la necesidad, es algo atroz. Pocas cosas en el mundo pueden alcanzar ese nivel de fealdad y de horror. Siempre, en todas las circunstancias en las que un ser humano busca el bien y encuentra sólo la necesidad, encontramos algo horrible. Los cuentos en los que un ser amado aparece de pronto con una cabeza de muerto son la mejor imagen. El alma humana posee, es verdad, todo un arsenal de mentiras para protegerse contra esa fealdad, y fabricarse así, en la imaginación, falsos bienes donde sólo hay necesidad. Por eso, la fealdad es un mal, porque nos obliga a mentir.

Siempre hay desdicha cuando la necesidad, bajo cualquiera de sus formas, se hace sentir tan fuerte que su dureza sobrepasa la capacidad de mentir de quien recibe el golpe. Por eso, los seres más puros son los más expuestos a la desdicha. Para quien es capaz de impedir la reacción automática de protección que tiende a aumentar en el alma la capacidad de mentir, la desdicha no es un mal, aunque siempre sea una herida y, de cierta forma, una degradación.

Cuando el apego por otro ser humano implica un vínculo de afección en el que existe cierto grado de necesidad, desear que el otro y uno mismo conserven cierto grado de autonomía es imposible. Imposible en virtud del mecanismo mismo de la naturaleza. Pero posible gracias a la intervención milagrosa de lo sobrenatural. Ese milagro es la amistad.

«La amistad es una igualdad hecha de armonía», decían los pitagóricos. Existe la armonía porque existe la unidad sobrenatural entre dos opuestos, la necesidad y la libertad, esos dos contrarios que Dios creó al combinar el mundo y los seres humanos. Existe la igualdad porque se desea la conservación de la libertad en uno mismo y en el otro. Cuando alguien desea subordinar a un ser humano o acepta subordinarse a él, no hay rastro de amistad. El Pílades de Racine no es amigo de Orestes. No existe amistad en la desigualdad.

Es esencial que exista cierta reciprocidad en la amistad. Si en uno de los dos está ausente toda benevolencia, el otro debe suprimir en sí toda afección, por respeto a la libertad del otro, que no debe desear modificar. Si en uno de los dos no existe respeto por la autonomía del otro, éste debe cortar todo vínculo por respeto a su propia libertad. Asimismo, quien acepta ser servil, no puede obtener ningún tipo de amistad. Si la necesidad, oculta en el vínculo de afección, existe sólo en una de las partes, entonces la amistad existe sólo para uno de ellos, si tomamos la palabra en su sentido más preciso y riguroso.

La amistad se ve mancillada en el momento en que la necesidad se impone, aunque sea por un instante, sobre el deseo de conservar la libertad. En todas las cuestiones humanas la necesidad es el principio de la impureza. Toda amistad es impura si en ella existe, aunque sólo sea como un residuo, el deseo de gustar, o el deseo inverso. En una amistad perfecta ninguno de esos dos deseos existe. Los dos amigos aceptan completamente ser dos seres, y no uno, y respetan la distancia que existe entre ellos por el sólo hecho de ser dos criaturas distintas. El ser humano únicamente tiene el derecho de desear ser uno sólo con Dios.

La amistad es el milagro a través del cual un ser humano acepta observar de lejos, y sin acercarse, al otro ser cuya existencia le es tan necesaria como un alimento. Es la fuerza en el alma que Eva no tuvo; y, sin embargo, ella no tenía necesidad del fruto. Si hubiera tenido hambre al momento de mirar el fruto y, si a pesar de ello, se hubiera quedado observándolo, infinitamente, sin acercarse a él, habría acometido un milagro análogo al de la amistad perfecta.

Gracias a la virtud sobrenatural del respeto por la autonomía humana, la amistad es muy semejante a las formas puras de la compasión y de la gratitud suscitadas por la desdicha. En ambos casos, los contrarios, que conducen a la armonía, son la necesidad y la libertad o, aun, la subordinación y la igualdad. Ambas parejas de contrarios son equivalentes.

Debido a que el deseo de gustar y el deseo de disgustar están ausentes en la amistad pura, hay en ella, al mismo tiempo que afección, algo semejante a una completa indiferencia. Aunque sea un vínculo entre dos personas, en ella hay algo impersonal. No impide la imparcialidad. No impide, de ninguna forma, imitar la perfección del Padre celeste que distribuye, por doquier, la luz del sol y la lluvia. Por el contrario, la amistad y la imitación del Padre, son la condición mutua para que una y otra se cumplan, casi siempre. Dado que todo ser humano —o casi todo— está ligado a otros seres a través de vínculos de afección que implican cierto grado de necesidad, entonces sólo puede acercarse a la perfección si transforma esa afección en amistad.

La amistad tiene algo de universal. Consiste en amar a un ser humano de la misma forma en que quisiéramos amar a cada uno de los seres que componen la especie humana. Como un geómetra que observa una figura particular para deducir las propiedades universales del triángulo, aquel que sabe amar entrega a un ser humano en particular un amor universal. Consentir que el otro y uno mismo conserven la autonomía es, por esencia, algo universal. Cuando se desea esa autonomía en más de un ser, entonces se desea en todos los seres; eso ocurre porque dejamos de colocar el orden del mundo alrededor de un centro que está aquí, abajo. Y llevamos ese centro por encima de los cielos.

La amistad no tiene esta virtud si los dos seres que se aman, debido a un uso ilegítimo de la afección, creen ser sólo uno. No existe amistad en el sentido más estricto de la palabra. Es sólo, por así decirlo, una unión adúltera, aun si se produce entre esposos. Sólo existe la amistad ahí donde la distancia se conserva y se respeta.

El simple hecho de sentir placer al pensar de la misma forma que el ser amado, o desear tal concordancia de opiniones, es una forma de herir la pureza de la amistad y la probidad intelectual. Eso es muy frecuente. Es muy rara la amistad pura.

Cuando los vínculos de afección y de necesidad entre seres humanos no se transforman de forma sobrenatural en amistad, no solamente la afección es impura y baja, sino que también se mezcla con odio y repulsión. Eso se ve muy en La escuela de las mujeres y en Fedra. El mecanismo es el mismo en todas las afecciones, aun en aquellas que no implican el amor carnal. Es fácil de comprender. Odiamos aquello de lo que dependemos. Nos disgusta todo aquello que depende de nosotros. A veces la afección no simplemente se debilita, sino que se transforma por completo en odio y en asco. A veces la transformación es casi inmediata, de manera que casi ninguna afección tiene el tiempo de aparecer; es lo que ocurre cuando la necesidad es inmediatamente visible. Cuando la necesidad que vincula a los seres humanos no tiene por origen la afección, cuando ocurre sólo debido a las circunstancias, la hostilidad surge casi siempre desde el inicio.

Cuando el Cristo dijo a sus discípulos: «Amaos los unos a los otros», no les prescribía el apego. Puesto que entre ellos ya existían vínculos debido a sus ideas comunes, a la vida en comunidad, a la costumbre, les pedía transformar esos vínculos en amistad, para así impedir que se transformaran en apegos impuros o en odio.

Porque el Cristo agregó poco antes de su muerte este nuevo mandamiento a los mandamientos del amor al prójimo y del amor a Dios, podemos pensar que la amistad pura, así como la caridad al prójimo, llevan en sí algo como un sacramento. Quizá fue eso lo que el Cristo quiso indicar con respecto a la amistad cristiana cuando dijo: «Cuando dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy en medio de ellos». La amistad pura es la imagen de la amistad original y perfecta, es decir, la Trinidad, que es la esencia misma de Dios. Es imposible que dos seres humanos sean uno, y respeten escrupulosamente la distancia que los separa, si Dios no está presente en cada uno de ellos. El punto de encuentro de las líneas paralelas está en el infinito.

El Cristo del océano, Anatole France

cristoredentordelabismoAquel año, muchos de los habitantes de Saint-Valery que habían salido a pescar, murieron ahogados en el mar. Se hallaron sus cuerpos arrojados por las olas a la playa junto a los despojos de sus barcas y, durante nueve días, por la ruta empinada que conduce a la iglesia, se vieron pasar los ataúdes transportados por los suyos y seguidos por las viudas llorosas, cubiertas con manto negro, como las mujeres de la Biblia. El patrón Jean Lenoël y su hijo Désiré fueron así colocados en la nave central, bajo la bóveda en la que ellos mismos habían colgado tiempo atrás, como ofrenda a Nuestra Señora, un barco con todos sus aparejos. Eran hombres justos y que temían a Dios. Y el señor Guillaume Truphème, párroco de Saint-Valery, después de haberles dado la absolución, dijo con una voz regada por las lágrimas:

-Jamás fueron sepultados en tierra sagrada, para esperar ahí el juicio de Dios, personas más honestas y mejores cristianos que Jean Lenoël y su hijo Désiré.

Y mientras las barcas con sus patrones perecían cerca de la costa, los grandes navíos naufragaban en alta mar, y no había día que el océano no devolviera algún despojo. Y sucedió que una mañana, unos chicos que trasladaban una barca vieron una figura flotando sobre el mar. Era la de Jesucristo, a tamaño natural, esculpida en madera resistente y si barnizar, que parecía una obra antigua. El buen Dios flotaba sobre el agua con los brazos extendidos. Los chicos lo sacaron a la orilla y lo llevaron a Saint-Valery. Tenía la frente ceñida por una corona de espinas; sus pies y sus manos estaban taladrados. Pero faltaban los clavos lo mismo que la cruz. Con los brazos aún abiertos para ofrecerse y bendecir, aparecía tal como lo habían visto José de Aritmatea y las santas mujeres en el momento de darle sepultura. Los chicos se lo entregaron al párroco Truphème que les dijo:

-Esta imagen del Salvador es una escultura antigua y el que la hizo debe estar muerto desde hace mucho tiempo. Aunque los vendedores de Amiens y de París venden en la actualidad por cien francos e incluso más, estatuas admirables, hay que reconocer que los artistas de antaño tenían también su mérito. Pero a mí me alegra sobre todo la idea de que si Jesucristo ha venido así, con los brazos abiertos a Saint-Valery, es para bendecir su parroquia tan cruelmente golpeada y para anunciar que Él tiene piedad de las pobres personas que van a la pesca poniendo en peligro sus vidas. Es el Dios que caminaba sobre los aguas y bendecía las redes de Cefas.

Y, tras haber hecho que colocaran al Cristo en la iglesia, sobre el mantel del altar mayor, el párroco Truphème se marchó para encargarle al carpintero Lemerre una bella cruz en madera de roble. Cuando estuvo hecha, clavaron en ella al buen Dios con clavos nuevos y la irguieron en la nave, por encima del poyo de mampostería. Fue entonces cuando vieron que sus ojos estaban llenos de misericordia y como húmedos de una piedad celestial. Uno de los mayordomos de la parroquia, que asistía a la colocación del crucifijo, creyó ver que las lágrimas corrían por el divino rostro. A la mañana siguiente, cuando el señor párroco entró en la iglesia con el monaguillo para celebrar misa, se sorprendió mucho al ver la cruz vacía encima del poyo y el Cristo tendido sobre el altar. Tan pronto como terminó la celebración del santo sacrificio, mandó llamar al carpintero y le preguntó por qué había desclavado el Cristo de su cruz. Pero el carpintero respondió que él no lo había tocado en absoluto; y, después de haber interrogado al pertiguero y a los fabriqueros, el párroco Truphème se aseguró de que nadie había entrado en la iglesia desde el momento en el que el buen Dios había sido colocado por encima del poyo.

Tuvo entonces la sensación de que aquellas cosas eran milagrosas y las meditó prudentemente. El domingo siguiente, habló de ello a los fieles de la parroquia y les invitó a contribuir con sus donaciones para erigir una nueva cruz más bella que la primera y más digna de llevar a Aquel que redimió al mundo. Los humildes pescadores de Saint-Valery dieron tanto dinero como pudieron, y las viudas ofrecieron sus alianzas. Por lo que el párroco pudo ir de inmediato a Abbeville para encargar una cruz de madera negra, muy brillante, coronada por un letrero con la inscripción «I.N.R.I» en letras doradas. Dos meses más tarde, la colocaron en el lugar de la primera y clavaron en ella el Cristo entre la lanza y la esponja. Pero Jesús la abandonó como a la otra, y durante la noche fue a tenderse sobre el altar.

Cuando, a la mañana siguiente, el señor párroco la encontró allí, cayó de rodillas y oró durante mucho rato. El rumor de aquel milagro se difundió por todos los alrededores, y las señoras de Amiens hicieron colectas para el Cristo de Saint-Valery. Y el padre Truphème recibió de París dinero y joyas, y la esposa del ministro de Marina, la señora Hyde de Neuville, le envió un corazón de diamantes. Disponiendo de todas aquellas riquezas, un orfebre de la calle Saint-Sulpice hizo, en dos años, una cruz de oro y pedrerías que fue inaugurada con gran solemnidad en la iglesia de Saint-Valery, el segundo domingo después de Pascua del año 18… Pero Aquel que no había rechazado la cruz dolorosa, se escapó de esta cruz tan rica y fue a tenderse de nuevo sobre el lino blanco del altar. Por temor a ofenderlo, esta vez lo dejaron allí, y allí descansaba desde hacía más de dos años, cuando Pierre, el hijo de Pierre Caillou, fue a decirle al párroco Truphème que había encontrado en la playa la auténtica cruz de Nuestro Señor.

Pierre era un chico retrasado, y como no tenía suficiente inteligencia para ganarse la vida, le daban pan por caridad; era apreciado por todos porque no hacía daño a nadie. Pero tenía una conversación sin mucha lógica, que nadie escuchaba. Sin embargo, el padre Truphème, que no dejaba de meditar en el misterio del Cristo del océano, se impresionó por lo que el pobre insensato acababa de decir. Fue con el pertiguero y dos fabriqueros al lugar en el que el chico decía haber visto una cruz y encontró dos planchas con clavos, que el mar había golpeado de acá para allá mucho tiempo y que verdaderamente, formaban una cruz.

Eran restos de un antiguo naufragio. Se veían aún sobre una de aquellas planchas dos letras pintadas en negro, una J y una L, y nadie podía dudar de que no fuera un trozo de la barca de Jean Lenoël, que cinco años antes había perecido en el mar, junto a su hijo Désiré. Al ver las planchas el pertiguero y los fabriqueros comenzaron a reírse del inocente que tomaba los tablones rotos de un barco por la cruz de Jesucristo. Pero el párroco interrumpió sus burlas. Había meditado mucho, había orado mucho desde que el Cristo del océano había llegado junto a los pescadores, y empezaba a comprender el misterio de la caridad infinita. Se arrodilló sobre la arena de la playa, recitó la oración por los fieles difuntos, y luego ordenó al pertiguero y a los fabriqueros que llevaran sobre sus hombros aquel despojo y lo depositaran en la iglesia. Cuando estuvo hecho, levantó el Cristo de encima del altar, lo colocó sobre los tablones de la barca e incluso él mismo lo clavó en ellos, con los clavos que el mar había corroído.

Por orden suya, aquella cruz ocupó a partir del día siguiente el lugar que ocupaba la cruz de oro y pedrerías, por encima del poyo. El Cristo del océano no se desclavó nunca más. Quiso permanecer sobre aquella madera en la que unos hombres habían muerto invocando su nombre y el de su Madre. Y allí, entreabriendo su boca augusta y dolorosa, parece decir: «Mi cruz está hecha de todos los sufrimientos de los hombres, pues yo soy realmente el Dios de los pobres y de los desdichados».

El barco a vapor, Jules Renard

turner-tormenta-barco-de-vapor-en-el-muelle-pintores-y-pinturas-juan-carlos-boveriRetirados al pueblo, los Bornet son vecinos de los Navot y entre las dos parejas existe muy buena relación. Les gusta por igual la tranquilidad, el aire puro, la sombra y el agua. Simpatizan tanto que se imitan.

Por la mañana las señoras van juntas al mercado.

-Me dan ganas de preparar un pato, -dice la señora Navot.

-¡Ah! A mí también, -dice la señora Bornet.

Los señores se consultan cuando proyectan embellecer uno su jardín ventajosamente orientado, y el otro su casa situada sobre una loma y nunca húmeda. Se llevan bien. Mejor es así. ¡Con tal de que dure!

Pero es al atardecer, cuando se pasean por el Marne, cuando los Navot y los Bornet desean estar siempre de acuerdo. Los dos barcos, de la misma forma y de color verde, se deslizan uno al lado del otro. El señor Navot y el señor Bornet reman acariciando el agua como si lo hicieran con sus manos prolongadas. A veces se excitan hasta que aparece una primera gota de sudor, pero sin envidia, tan fraternales que no pueden vencerse uno al otro y reman al unísono.

Una de las señoras sorbe discretamente y dice:

-¡Qué delicia!

-Sí,-responde la otra- es delicioso.

Pero, una tarde, cuando los Bornet van a reunirse con los Navot para su habitual paseo, la señora Bornet mira un punto determinado del Marne y dice:

-¡Caray!

El señor Bornet, que está cerrando la puerta con llave, se da la vuelta:

-¿Qué ocurre?

-¡Caramba! -prosigue la señora Bornet- nuestros amigos no se privan de nada. Tienen un barco a vapor.

-¡Demonios! -dice el señor Bornet.

Es cierto. En la orilla, en el estrecho espacio reservado a los Navot, se divisa un pequeño barco a vapor, con su tubo negro que brilla al sol, y las nubes de humo que de él escapan. Ya instalados, el señor y la señora Navot esperan y agitan un pañuelo.

-¡Muy gracioso! -dice el señor Bornet molesto.

-Quieren deslumbrarnos, -dice la señora Bornet con despecho.

-No sabía que actuaran con tantos tapujos-dice el señor Bornet-. Por lo que a mí respecta, yo no habría comprado jamás un barco a vapor sin que ellos lo supieran. ¡Fíese usted de los amigos! ¡En fin! Yo había observado estos últimos tiempos que estaban algo raros. ¡Caramba, era esto!

-¿Y si no fuéramos?

-Sería excesivo. Pero dado que ellos carecen de delicadeza, no le demos el gusto de sorprendernos. Permanezcamos indiferentes.

-Es muy pequeño su barco a vapor -dice la señora Bornet-. Es apenas un poco más grande que el otro. ¿Qué te parece?

-¡Oh! de lejos un barco a vapor causa más impresión. Además, ahora hacen verdaderas joyas.

Mientras tanto los Navot continúan haciendo gestos. Sin duda gritan:

-¡Dense prisa!

Los Bornet descienden hacia el Marne y se guardan mucho de apresurarse.

-Está bien, vamos allá, -dice el señor Bornet-. ¡Qué desagradable, Dios mío!

-Nosotros también podríamos tener un barco a vapor si nos apretáramos un poco -dice la señora Bornet.

Avanzan a pasos lentos, hacen como que bajan la cabeza, que la giran o que observan el cielo. Es verdad, su intención no es enemistarse con los Navot. Incluso están decididos a admirar adecuadamente, según es costumbre en sociedad, pero acaban de oír romperse, con un ruido seco, el primero de los finos hilos que unen los corazones, y la señora Bornet concluye:

-Sólo soy una mujer, pero no soy mujer para nada: no olvidaré en mi vida lo que han hecho. ¿Y tú?

Sin responder, el señor Bornet la toma de la mano.

-¡Alto ahí, amiga mía! ¡estamos locos!

La señora Bornet obedece, lo mira, mira hacia los Navot y dice:

-Mi pobre amigo, ¡qué espejismo!

Se frotan los ojos, apartan las hilachas de bruma y se creen cegados. Luego se echan a reír, silenciosamente, como dos indios, hombro con hombro, buenos de nuevo, satisfechos, felices de vivir en este mundo en el que todo tiene una explicación.

Sentado entre el señor y la señora Navot, en su barco habitual, un extraño fuma, tal vez algún amigo de París, que, grave bajo su chistera negra que brilla al sol, expulsa naturalmente el humo por la boca

¿Nausea o acaso es la muerte que llega?, Henri Michaux

AUCKLAND, NEW ZEALAND - MAY 04:  A lady practices yoga on the summit of Mt Eden as the sun struggles to shine through a blanket of fog over Auckland City on May 4, 2016 in Auckland, New Zealand. The morning fog disrupted flights and ferry services in the city.  (Photo by Phil Walter/Getty Images)

Ríndete, corazón mío.

Hemos luchado bastante,

Que mi vida se detenga,

No hemos sido cobardes,

Hicimos lo que pudimos.

¡Oh, alma mía!

Te vas o te quedas,

Tienes que decidirte,

No palpes así mis órganos,

A veces con atención, otras con extravío,

Te vas o te quedas, Tienes que decidirte.

Yo ya no puedo más.

Señores de la Muerte

No los maldije ni los aplaudí.

Tengan piedad de mí, viajero de tantos viajes sin maleta,

Sin dueño tampoco, sin riqueza, y la gloria que se fue a otra parte.

Ustedes son ciertamente poderosos y divertidos por encima de todo

Tengan piedad de este hombre enloquecido que antes de

cruzar la barrera ya les grita su nombre, Atrápenlo al vuelo,

Y después que se amolde a sus temperamentos y costumbres,

si es posible,

Y si les place ayudarlo, ayúdenlo, se los ruego.

Ensueño de año nuevo, Colette

(8)Las tres volvemos a casa empolvadas, yo, la pequeña doga y la perra de pastor flamenca. Ha nevado en los pliegues de nuestras ropas. Yo llevo charreteras blancas; en la cara chata de Poucette se funde un azúcar impalpable, y la perra de pastor centellea toda, desde su puntiagudo hocico a su cola semejante a una cachiporra.

Salimos para contemplar la nieve, la verdadera nieve y el verdadero frío, rarezas parisienses, ocasiones, casi imposibles de encontrar, de final de año. En mi barrio desierto, corrimos como tres locas, y las fortificaciones hospitalarias, las calumniadas «fortis» presenciaron, desde la avenida de Ternes al bulevar Malesherbes, nuestra jadeante alegría de perros en libertad. Nos inclinamos, de lo alto del talud, sobre el foso que colmaba un crepúsculo violáceo agitado por torbellinos blancos; contemplamos Levallois negro salpicado de luces rosadas, detrás de un velo tejido con miles y miles de moscas blancas, vivas, frías como flores deshojadas, que se derruían en los labios, en los ojos, suspendidas por un momento las pestañas, del vello de las mejillas. Arañamos con nuestras diez patas una nieve intacta, fiable, que huía bajo nuestros pies con un acariciador crujir de tafetán. Lejos de todos los ojos, galopamos, ladramos, comimos la nieve al vuelo, saboreamos su dulzura de sorbete avainillado y polvoriento.

Sentadas ahora frente a la ardiente rejilla las tres callamos. El recuerdo de la noche, de la nieve, del viento desencadenado detrás de la puerta, se funde lentamente en nuestras venas y vamos a deslizarnos en ese sueño repentino, recompensa de las largas caminatas.

La perra de pastor, que humea como un baño de pies, ha recobrado su dignidad de loba amaestrada, su seriedad falsa y cortés. Escucha, con una oreja, el susurro de la nieve a lo largo de las persianas cerradas, con la otra acecha el tintineo de las cucharas de la antecocina. Su nariz afilada palpita, y sus ojos color cobre, abiertos, fijos en el fuego, se mueven incesantemente, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, como si estuviera leyendo. Yo estudio, un poquito recelosa, a esa recién llegada, esa perra femenina y complicada que guarda bien, ríe raramente, se conduce como persona sensata, con una impenetrable mirada. Sabe mentir, robar; pero grita, sorprendida, como una jovencita asustada, y casi enferma de emoción. ¿Dónde adquirió, esa lobita de bajas caderas, esta hija de las tierras valonas, su odio hacia la gente mal vestida y su reserva aristocrática? Le ofrezco un puesto en mi hogar y en mi vida, y quizás, ella que ya sabe defenderme, me amará.

Mi pequeña doga de corazón infantil duerme, reventada de sueño, con fiebre en el hocico y las patas. La gata gris no ignora que nieva, y desde la hora del almuerzo no he vuelto a verle la punta de la nariz, hundida en el pelo de su vientre. Heme aquí una vez más, como al principio del otro año, sentada frente a mi hogar, a mi soledad, frente a mí misma.

Un año más… ¿Para qué contarlos? Este primero de año parisiense no me recuerda nada de los días de Año Nuevo de mi juventud. ¿Quién podría devolverme la pueril solemnidad de los días de Año Nuevo de antaño? Mientras yo cambiaba, cambió para mí la forma de los años. El año ya no es ese sendero serpenteante, esa cinta desenrollada que de enero ascendía a la primavera, subía, subía al verano para florecer en llanura serena, en prado ardiente recortado de sombras azules, salpicado de deslumbrantes geranios, luego descendía a un otoño oloroso, brumoso, que exhala aroma a marjal, o fruta madura y caza, luego se internaba en un invierno seco, sonoro, espejeante de lagunas heladas, de nieve rosada bajo el sol… Después la cinta ondulada se precipitaba, vertiginosa, hasta romperse en seco, frente a una fecha maravillosa, aislada, suspendida entre los dos años como flor de escarcha: el día de Año Nuevo.

Una niña muy amada, entre unos padres que no eran ricos, y que vivía en el campo entre árboles y libros y que no conoció ni deseó costosos juguetes; he aquí lo que veo al inclinarme esta noche sobre mi pasado. Una niña supersticiosamente encariñada con las fiestas de las estaciones, con las fechas señaladas por un regalo, una flor, un pastel tradicional. Una niña que por instinto ennoblecía paganamente las fiestas cristianas, enamorada solamente del ramo de boj, del huevo rojo de Pascua, de las rosas deshojadas de Corpus y de los altares -siringas, acónitos, manzanillas-, del vástago de avellano coronado por una crucecita, bendecido en la misa de la Ascensión y plantado en los linderos del campo, al que protege del granizo. Una niñita prendada del pastel de cinco cuernos, cocido y comido el día de Ramos; de la «crepé» en Carnaval; del asfixiante olor de la iglesia, durante el mes de María.

Anciano sacerdote sin malicia que me distes la comunión, ¿pensabas que esa niña silenciosa, fijos los ojos en el altar, esperaba el milagro, el inaprensible movimiento del chal azul que ceñía a la Virgen? ¿Verdad? ¡Yo me comportaba de forma tan juiciosa! Es cierto que pensaba en milagros, pero… no los mismos que tú. Adormilada por el incienso de las cálidas flores, hechizada por el perfume mortuorio, la podredumbre almizclada de las rosas, yo vivía, bondadoso hombre, sin malicia, en un paraíso que no podías imaginar, poblado de mis dioses, de mis animales habladores, de mis ninfas y de mis sátiros. Y yo te escuchaba hablar de tu infierno, pensando en el orgullo del hombre que, por sus crímenes de un instante, inventó el eterno gehena. ¡Ah, cuánto tiempo hace!

Mi soledad, esta nieve de diciembre, este umbral de otro año, no me devolverán el escalofrío de antaño, cuando acechaba, durante la larga noche, el lejano estremecimiento, entreverado con los latidos de mi corazón, del tambor municipal, despertando con el día nuevo a la aldea dormida. Temía, llamaba, desde la profundidad de mi lecho de niña, a ese tambor en la noche helada, a eso de las seis, con una angustia nerviosa próxima al llanto, apretadas las mandíbulas, el vientre contraído. Sólo este tambor, y no las doce campanadas de la medianoche, daba para mí la brillante apertura del nuevo año, el advenimiento misterioso tras el cual el mundo entero jadeaba, suspendido al primer rran del viejo parche de mi aldea.

Pasaba, invisible en la oscura mañana, lanzando a las paredes su viva y fúnebre alboradilla, y detrás de él se reanudaba una vida, nueva y saltando hacia doce meses nuevos. Liberada, yo saltaba de mi cama con la vela, corría a las felicitaciones, los besos, los bombones, los libros con cantos dorados. Abría la puerta a los panaderos portadores de las cien libras de pan y hasta mediodía, grave, penetrada de una importancia comercial, daba a todos los pobres, los verdaderos y los falsos, el cantero de pan y la moneda que recibían sin humildad y sin gratitud.

Mañanas de invierno, lámpara roja en la oscuridad, aire inmóvil y áspero de antes de nacer el día, jardín adivinado en la oscura alba, disminuido, cubierto de nieve, abetos abrumados que dejabais resbalar, de hora en hora, el fardo de tus brazos negros, abanicazos de los pajarillos asustados, y sus juegos inquietos en medio de un polvo de cristal, más tenue, más lleno de lentejuelas que la irisada bruma de un surtidor. ¡Oh, inviernos todos de mi infancia, un día de invierno acaba de devolveros a mi recuerdo! Es mi rostro de antaño el que busco en este espejo ovalado, cogido con mano distraída, y no mi rostro de mujer, de mujer joven a la que pronto abandonará su juventud.

Hechizada aún por mi sueño, me sorprendo de haber cambiado, de haber envejecido, mientras soñaba. Con trémulo pincel, podría pintar, encima de este rostro, el de una lozana niña enmorenecida por el sol, sonrosada por el frío, unas mejillas elásticas que acababan en una esbelta barbilla, unas cejas móviles prestas a fruncirse, una boca cuyas astutas comisuras desmentía el breve labio ingenuo. ¡Ay, sólo es un instante! El adorable terciopelo del pastel resucitado se deshace y echa a volar. El agua oscura del espejito sólo retiene mi imagen que es igual, completamente igual a mí, señalada de ligeros arañazos, finalmente grabada en los párpados, en las comisuras de los labios, entre las obstinadas cejas. Una imagen que ni sonríe ni se entristece, y que murmura para sí solita:

«Hay que envejecer. No llores, no juntes unos dedos suplicantes, no te rebeles: hay que envejecer. Repítete estas palabras, no como grito de desesperación, sino como recordatorio de una partida necesaria. Mírame, mira tus parpados, tus labios, levanta los rizos de tus cabellos sobre las sienes: ya empiezas a alejarte de tu vida; no lo olvides: ¡hay que envejecer!

»Aléjate lentamente, lentamente, sin lágrimas, no olvides nada. Llévate tu salud, tu alegría, tu atildamiento, el poco de bondad y justicia que te hizo la vida menos amarga; ¡no olvides! Vete engalanada, vete dulce, y no te detengas a lo largo del irresistible camino; en vano lo intentarías. ¡Hay que envejecer! Sigue el camino, tiéndete sólo para morir. Y cuando te tiendas a través de la vertiginosa cinta ondulada, si detrás de ti no dejaste, uno a uno, tus rizados cabellos ni tus dientes uno a uno, ni tus miembros usados uno a uno, si el eterno polvo no sació tus ojos de la luz maravillosa antes de tu última hora, si hasta el final has conservado en tu mano la mano amiga que te guía, tiéndete sonriendo, duerme dichosa, duerme privilegiada…

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Querido Sartre, Françoise Sagan

sartre_22Querido señor:

Y le llamo «querido señor» pensando en la interpretación infantil que de esta palabra hace el diccionario: «un hombre cualquiera». No voy a llamarle «querido Jean-Paul Sartre» porque resulta demasiado periodístico, ni «querido maestro» porque sé que es algo que usted detesta, ni «querido colega» porque resulta demasiado abrumador. Hace años que deseaba escribirle esta carta, de hecho, casi treinta años ya, desde que empecé a leerle, y especialmente diez o doce años, desde que la admiración, a fuerza de tanto ridiculizarla, se ha convertido en algo tan infrecuente como para que casi nos felicitemos por el ridículo. Quizá haya envejecido o rejuvenecido lo suficiente como para que en este momento no me importe nada ese ridículo al que usted, soberbiamente, jamás ha prestado la menor atención.

Tenía especial interés en hacerle llegar esta carta el 21 de junio, un día afortunado para esta Francia que vio nacer, con varios lustros de intervalo, a usted, a mí y, más recientemente, a Platini, tres personas excelentes que han sido llevadas a hombros o pisoteadas salvajemente -gracias a Dios, en su caso y en el mío, solamente en sentido figurado- por excesos de honor o inexplicables indignidades. Pero los veranos son cortos y agitados y se marchitan. He terminado por renunciar a esta oda de aniversario, y sin embargo sentía la necesidad de decirle lo que voy a decirle y que justifica este título sentimental.

Pues bien, en 1950 empecé a leer de todo, y Dios o la literatura saben a cuántos escritores he admirado y cuántos me han gustado desde entonces, sobre todo escritores vivos, de Francia y de otros países. Después he conocido a algunos, también he seguido la carrera de otros, y si bien todavía quedan muchos a los que admiro, usted es sin duda el único al que sigo admirando como hombre. Todo lo que me prometió a mis quince años, una edad a la vez severa e inteligente, una edad sin ambiciones precisas y por tanto sin concesiones, todas esas promesas las ha cumplido usted. Ha escrito los libros más inteligentes y honrados de su generación, ha escrito incluso el libro más rebosante de talento de la literatura francesa: Las palabras. Al mismo tiempo, siempre ha acudido humildemente al socorro de los débiles y de los humillados, ha creído en la gente, en las causas, en las generalidades, en ocasiones equivocándose como todo el mundo, aunque (y en esto, contrariamente al resto del mundo) habiéndolo reconocido en todo momento. Se ha negado obstinadamente a aceptar los laureles morales y todas las gratificaciones materiales de su gloria, ha rechazado el supuestamente honorable Nobel cuando nada tenía, tres veces fue objeto de atentados con explosivos durante la guerra de Argelia, se vio en la calle sin pestañear, ha impuesto a los directores de teatro las mujeres que le gustaban para papeles que no eran exactamente los que más se adecuaban a ellas, dando así fe con todo fasto de que, para usted, el amor podía ser, al contrario, «el duelo clamoroso de la gloria». En resumen, ha amado, escrito, compartido y entregado todo lo que podía dar y que era en realidad lo importante, al tiempo que rechazaba todo lo que se le ofrecía en nombre de la importancia. Ha sido usted hombre tanto como escritor, jamás ha pretendido que el talento del segundo justificara las debilidades del primero ni que la felicidad de crear autorizara de por sí a despreciar ni descuidar a sus allegados ni a los demás, a todos los demás. Tampoco ha afirmado nunca que equivocarse con talento y de buena fe legitime el error. De hecho, no ha buscado usted refugio tras la famosa fragilidad del escritor, esa arma de doble filo que es su talento, evitando con ello caer en el común de los narcisos, que no es sino uno de los tres roles reservados a los escritores de nuestra época, junto con los de pequeño señor y gran lacayo. Al contrario, lejos de blandir, como tantos otros, entre delicias y clamores, esa supuesta arma de doble filo, ha pretendido que fuera eficaz, ágil y ligera en su mano y se ha servido bien de ella, la ha puesto a disposición de las víctimas, de las auténticas víctimas, de las que no saben escribir, ni explicarse, ni pelear, ni siquiera a veces quejarse.

Al no pedir a gritos justicia porque no era su deseo juzgar, al no hablar del honor porque no deseaba ser objeto de honra, al no evocar siquiera la generosidad porque ignoraba que era usted la generosidad misma, ha sido el único hombre de justicia, de honor y de generosidad de nuestra época, trabajando sin cesar, dándolo todo por los demás, viviendo sin lujos y sin austeridad, sin tabúes y sin celebración alguna, salvo, claro está, el triunfal júbilo de la escritura, haciendo el amor y dándolo después, seduciendo aunque siempre presto a dejarse seducir, desbordando a sus amigos con sus opiniones en todos los frentes, consumiéndoles con su velocidad, su brillo y su inteligencia, aunque volviendo siempre a ellos para ocultárselo. A menudo ha preferido ser utilizado, manejado, a ser indiferente, y también a menudo ha preferido verse decepcionado a negarse a una expectativa. ¡Qué vida tan ejemplar para un hombre que nunca ha deseado ser ejemplo de nada!

Y aquí le tenemos, privado de la vista, según dicen incapaz de escribir, y a buen seguro sintiéndose tan desgraciado como cabe imaginar. Quizá le guste saber que en los últimos veinte años, allí donde he estado -en Japón, en Norteamérica, en Noruega, en provincias y en París- he visto como hombres y mujeres de todas las edades hablaban de usted con la misma admiración, confianza y gratitud que le expreso aquí.

Este siglo ha revelado ser loco, inhumano y podrido. Usted ha demostrado ser un hombre inteligente, tierno e incorruptible. Y sigue siéndolo. No sabe cuánto se lo agradecemos

Boca, Georges Bataille

Giuliano Bekor - Fotógrafo EstadoudinenseLa boca es el comienzo o, si se quiere, la proa de los ani­males: en los casos más característicos es la parte más vivaz, es decir, la más aterradora para los animales vecinos. Pero el hom­bre no tiene una arquitectura tan sencilla como los animales, y ni siquiera es posible decir dónde comienza. En rigor co­mienza por la parte superior del cráneo, pero lo alto del crá­neo es una parte insignificante, incapaz de atraer la atención y son los ojos o la frente los que desempeñan el papel significa­tivo de la mandíbula de los animales.

Entre los hombres civilizados la boca incluso ha perdido el aspecto relativamente prominente que todavía tiene entre los salvajes. No obstante, la significación violenta de la boca se ha conservado en estado latente: se recupera de pronto con una expresión literalmente caníbal como bocas de fuego, apli­cada a los cañones por medio de los cuales los hombres se matan entre sí. Y en las grandes ocasiones la vida humana todavía se concentra bestialmente en la boca, la ira que hace apretar los dientes, el terror y el sufrimiento atroz que hacen de la boca el órgano de unos gritos desgarradores. Resulta fácil observar al respecto que el individuo trastornado levanta la ca­beza estirando el cuello frenéticamente, de modo que su boca llegue a ubicarse, tanto como sea posible, en continuidad con la columna vertebral, es decir, en la posición que normalmente ocupa en la constitución animal. Como si unos impulsos ex­plosivos debieran surgir directamente del cuerpo a través de la boca en forma de vociferaciones. Este hecho pone de relieve a la vez la importancia de la boca en la fisiología o incluso en la psicología animal y la importancia general de la extremidad superior o anterior del cuerpo, orificio de los impulsos físicos profundos: vemos al mismo tiempo que un hombre puede liberar esos impulsos al menos de dos maneras diferentes, con el cerebro o con la boca, pero apenas se tornan violentos se ve obligado a recurrir a la forma bestial de liberarlos. De allí el carácter de constipación estrecha de una actitud estrictamente humana, el aspecto magistral de la cara con la boca cerrada, hermosa como una caja fuerte.

 

 

El ruiseñor, María de Francia

marie-de-franceUna aventura os voy a contar de la que los bretones hicieron un lai. Se llama El ruiseñor, según me parece, y así le llaman en su tierra; es decir russignol en francés y nihtegale en correcto inglés.

En la región de Saint-Malo había una famosa ciudad. Vivían allí dos caballeros que tenían sendas casas fortifica­das. Por la bondad de los dos nobles era famosa la ciudad. Uno se había casado con una mujer discreta, cortés y agradable; se portaba muy bien según las costumbres y el uso. El otro era un joven muy conocido entre sus iguales, por su valentía y por su gran valor, y con gusto llevaba a cabo acciones dignas de honra: participaba frecuentemente en torneos y era generoso y liberal con lo que tenía. Amaba a la mujer de su vecino; tanto la requirió, tanto le suplicó y ésta vio en él tanta virtud, que acabó amándolo sobre todas las cosas, por el bien que oía de él y porque estaba siempre cerca de ella. Se amaron con discreción y se ocultaron y escondieron para no ser descubiertos, sorprendidos o vistos; lo podían hacer sin dificultad, pues sus casas estaban cerca: muy cerca estaban sus casas, sus torres y sus salas; no había entre ellas barrera ni cerca, más que un alto muro de piedra gris. Desde las habitaciones en las que dormía la dama, cuando se ponía a la ventana, podía hablar a su amigo que estaba a la otra parte, y él a ella, y cambiar regalos y echarse prendas y lanzárselas. No había nada que les desagradara, estaban los dos muy a gusto, aunque no podían estar juntos a su placer, pues la dama era estrechamente custodiada cuando aquél estaba en la región. Pero tenían al menos eso para ellos, fuera de noche o fuera de día: que podían estar hablando juntos. Nadie podía impedir que fueran a la ventana y se vieran desde allí.

Mucho tiempo se han amado de esta forma, hasta que llegó la primavera, cuando los matorrales y los prados ya reverdecen, y los jardines están en flor, cuando los pájaros con gran dulzura muestran su alegría sobre las flores, cuando quienes tienen amor a su gusto no extraña que se entiendan.

Os diré la verdad sobre el caballero: se entregó con todas sus fuerzas y también la dama por su parte, tanto hablando como mirándose. Por la noche, cuando la luna lucía y su señor estaba acostado, se levantaba frecuentemente de su lado y se ponía el manto; venía a estar a la ventana, por su amigo, pues sabía que haría lo mismo, y la mayor parte de la noche velaba. Tenían deleite al verse, pues no podían tener más. Tantas veces estuvo allí, tantas se levantó, que su señor se enfadó y muchas veces le preguntó por qué se levantaba y adónde iba.

-Señor -le responde la dama-, no tiene en este mundo alegría quien no oye cantar al ruiseñor. Por eso voy a estar ahí; por la noche lo oigo con tanta dulzura que resulta muy agradable, tanto me deleito con él y tanto lo quiero que no puedo dormir con los ojos.

Cuando el señor oye lo que dice, de rabia y de desprecio se ríe. Pensó una cosa: hará que el ruiseñor caiga en una trampa. No hubo criado en su casa que no preparara trampas, redes y lazos, y luego los colocaron todos en el jardín. No hubo avellano ni castaño en el que no pusieran lazo o liga, hasta que lo cogen y lo atrapan. Cuando tuvieron al ruiseñor, se lo entregaron vivo al señor; éste se puso muy contento al tenerlo. Va a las habitaciones de la dama:

-Señora -pregunta-, ¿dónde estáis? Venid a hablar con nos. He atrapado al ruiseñor por el que tanto habíais velado. A partir de ahora podéis dormir en paz: no os volverá a despertar nunca.

Cuando la dama lo oye, se pone triste y afligida. Se lo pide a su señor, que lo ha matado por maldad: le ha roto el cuello con las dos manos.

Obró muy mal. Le arroja el cuerpo a la dama de tal forma que le mancha de sangre la camisa, un poco por encima del pecho. Luego, sale de la habitación.

La dama toma el pequeño cuerpo y llora amargamente, maldiciendo a quienes traicionaron al ruiseñor, a los que hicieron trampas y lazos, pues le han quitado una gran alegría.

-¡Ay, desdichada -dice-, en mala hora! Ya no podré levantarme más por la noche ni ir a estar a la ventana en la que veía a mi amigo. Una cosa sé en verdad: él pensará que lo abandono; tengo que tomar una decisión. Le haré llegar el ruiseñor, le contaré lo ocurrido.

En un trozo de jamete bordado de oro y escrito por entero, envuelve al pajarillo; llama a un criado suyo y le entrega el mensaje, enviándolo a su amigo. El criado ha llegado ante el caballero; lo saluda de parte de su dama y le cuenta todo el mensaje, presentándole el ruiseñor. Cuando le hubo contado y dicho todo, que el caballero ha escuchado bien, éste se entristece mucho por lo ocurrido; pero no fue villano ni lento. Mandó hacer un cofrecillo, en el que no había ni hierro ni acero, sino oro puro con buenas piedras, muy preciosas y muy caras; colocó una tapa bien sujeta. Metió al ruiseñor dentro y después hizo sellar la caja. Siempre hace que la lleven con él.

Este suceso fue contado, no pudo permanecer oculto mucho tiempo. Los bretones hicieron un lai: El ruiseñor se llama.

El libro para envejecer, Yves Bonnefoy

Avadhut HembadeEstrellas trashumantes; y el pastor que se inclina

Sobre la dicha de la tierra; y tanta paz

Como ese grito irregular de insecto

Que un dios pobre modela. De tu libro

Subió el silencio hasta tu corazón.

Corre un viento sin ruido en los ruidos del mundo.

Lejos sonríe el tiempo, por dejar de existir.

Sencillos en el huerto son los frutos maduros.

Envejecerás

Y, al perder tu color en los árboles,

Al formar una sombra más lenta sobre el muro,

Al ser amenazada la tierra, al fin, de alma,

Retomarás el libro donde lo abandonaste,

Y dirás: Eran ésas las últimas palabras oscuras.