El diluvio de Deucalión, Robert Graves

1-prometeo1En una ocasión, paseando por la Tierra disfrazado de viajero pobre, Zeus descubrió que el pueblo de Arcadia se estaba portando tan mal y con tanta crueldad, que decidió destruir a todos los mortales con un enorme diluvio. En aquellos momentos, Deucalión, rey de Ftía, estaba en el Cáucaso, tratando de ahuyentar el águila que le roía el hígado a su padre, Prometeo, pero el animal siempre volvía. Prometeo, que podía predecir el futuro, advirtió a su hijo del diluvio, así que Deucalión construyó un arca, la llenó con sus rebaños y demás posesiones, y se subió a bordo. Su esposa, Pirra, también se embarcó. Luego, el viento del sur comenzó a soplar; la lluvia cayó a cántaros; y los ríos se desbordaron, arrasando ciudades y templos, hasta ahogar casi todas las criaturas vivientes. Cuando el arca ya flotaba por encima de los árboles, el agua aún seguía creciendo. Al cabo de un tiempo, la lluvia cesó y el arca, después de balancearse durante nueve días, se posó en la cima del monte Otris, en Tesalia, cerca de Ftía. Deucalión y Pirra desembarcaron, sacrificaron un carnero a Zeus y, cuando el nivel del agua descendió un poco, encontraron un templo cubierto de algas y desperdicios, en el que oraron tristemente para que la humanidad fuese perdonada. Zeus escuchó sus plegarias y envió a Hermes para decirles:

Todo irá bien. Cubríos la cabeza y lanzad los huesos de vuestra madre hacia atrás. Dado que Deucalión y Pirra tenían madres distintas, ambas enterradas en cementerios sumergidos a gran profundidad, decidieron que vuestra madre significaba la madre Tierra y, cubriéndose las cabezas, lanzaron piedras a sus espaldas. Aquellas piedras, al tocar el suelo, se convirtieron en hombres y mujeres.

Otros mortales también pudieron salvarse del diluvio. Parnaso, hijo del dios Poseidón, se despertó a causa de unos aullidos de terror procedentes de unos lobos y siguió a estos animales hasta la cumbre del monte que ahora lleva su nombre. Por su parte, Meagro, hijo de Zeus, se despertó con los gritos de unas grullas y lo que hizo fue seguir a estas aves hasta la cumbre del monte Gerania. Ambos supervivientes también salvaron a sus familias.

El Puente de Arta, Canción tradicional griega

(3)Cuarenta y cinco maestros y sesenta aprendices

ponían los cimientos de un puente en el río de Arta.

Todo el día lo levantaban, por la noche se venía abajo.

Se lamentan los maestros, lloran los aprendices.

-¡Qué dolor de nuestros esfuerzos, qué pena de nuestro trabajo!

¡Todo el día levantándolo, para que por la noche se venga abajo!

Pasó por allí un pajarillo y se sentó frente al río.

No cantó como pájaro, ni como golondrina tampoco,

que cantó con voz humana, y de esta manera decía:

-Sin el alma de una persona dentro, el puente no se asienta.

Y no la de un huérfano, ni de un extranjero, ni un caminante,

sino la de la bella esposa del maestro de obras,

que trae la comida al alba y bien entrada la noche.

Lo oyó el maestro de obras y se sintió morir.

Manda recado a la juncal muchacha con el ruiseñor:

Que se vista y se cambie con lentitud, con lentitud traiga la comida,

con lentitud vaya a cruzar el puente de Arta”.

Pero mal entendió el pájaro, y de otro modo le dijo:

Vístete deprisa, deprisa cámbiate, deprisa lleva la comida,

deprisa ve a cruzar el puente de Arta”.

Allá que aparece por el camino blanco.

Al verla el maestro de obras, se le parte el corazón.

Desde lejos los saluda, de cerca les dice:

-Hola, saludos, maestros, y a vosotros, aprendices.

¿Qué tiene el maestro de obras, que está tan afligido?

-Se le ha caído el anillo en el primer arco,

y ¿quién entrará y saldrá para encontrar el anillo?

-Maestro, no te disgustes, que yo iré a traerlo,

yo entraré y saldré para encontrar el anillo.

Ni bajó del todo ni llegó a la mitad.

-Súbeme con la cadena, mi bien, súbeme con la cadenita,

que he revuelto cielo y tierra y no he hallado nada.

Uno enfosca con la paleta, otro con la cal,

va el maestro de obras y arroja una gran piedra.

-¡Ay de nuestra estrella, pena de nuestro destino!

Tres hermanas somos, las tres malhadadas.

Una construyó el Danubio, otra el Eúfrates,

y yo, la más pequeña, el puente de Arta.

Igual que tiembla la hoja del nogal, tiemble el puente,

igual que caen las hojas de los árboles, caigan los caminantes.

-Muchacha, cambia tus palabras y echa otra maldición,

que tienes un único hermano, no vaya a ser que pase.

Y ella cambió sus palabras y echa otra maldición.

-Si tiemblan los fieros montes, que tiemble el puente,

y si caen las aves silvestres, que caigan los caminantes.

Que tengo un hermano emigrante, no vaya a ser que pase.

Pigmalion, Ovidio

Jean-Léon_Gérôme,_Pygmalion_and_Galatea,_ca._1890Pigmalión vivía solo y sin esposa, y llevaba ya mucho tiempo desprovisto de consorte. Por entonces esculpió con admirable arte una estatua de níveo marfil, y le dio una belleza como ninguna mujer real puede tener, y se enamoró de su obra. El rostro es el de una joven auténtica, de quien se hubiera creído que vivía y que deseaba moverse, si no se lo estorbara su recato: hasta tal punto el arte está escondido por obra del propio arte. La admira Pigmalión y apura en su corazón el fuego por aquel cuerpo ficticio. Muchas veces aproxima a la obra sus manos, que la palpan para comprobar si aquello es un cuerpo o es marfil, y aún no se resuelve a admitir que sea marfil. Le da besos y cree que ella se los devuelve y le habla y la coge, y le parece que sus dedos oprimen los miembros que tocan, y teme que se amoraten las carnes que él aprieta, y ya le dirige palabras acariciantes, ya le lleva, regalos gratos a las jovenes, conchas y torneadas piedrecitas y pajaritos y flores de mil tonos y lirios y pelotas de colores y lágrimas caídas del árbol de las Helíades; le adorna también con ropas los miembros, le pone piedras preciosas en los dedos, le pone un largo collar en el cuello; de las orejas le cuelga ingrávidas perlas, del pecho cadenillas. Todo le sienta bien; pero tampoco desnuda resulta menos hermosa. La tiende en un lecho de ropas teñidas por la concha de Sidón (de púrpura), y la llama compañera de su tálamo, y reclinándole el cuello lo hace reposar en medio de blandas plumas, como si ella lo fuera a notar.

Había llegado el día de la fiesta de Venus, el más celebrado en toda Chipre, y habían caído, golpeadas en la nívea cerviz, vacas con amables cuernos recubiertos de oro, y humeaba el incienso, cuando Pigmalión, después de realizar su ofrenda, se colocó junto al altar, y empezando timidamente: “si los dioses podéis darlo todo, yo anhelo que mi esposa sea…” y no atreviéndose a decir “la joven de marfil”, dijo “semejante a la joven de marfil”. La áurea Venus, que asistía en persona a sus fiestas, comprendió lo que significaba aquella súplica, y, como augurio de su favorable voluntad, por tres veces se encendió la llama y levantó por el aire la punta. Cuando volvió Pigmalión, va en busca de la imagen de su amada, e inclinándose sobre el lecho le dió besos: le pareció que estaba tibia; le acercó de nuevo los labios, y también con las manos le palpó los pechos: el marfil, al ser palpado, se ablanda, y despojándose de su rigidez cede a la presión de los dedos y se deja oprimir, como la cera del Himeto se reblandece al sol, y moldeada por el pulgar se altera adquiriendo múltiples conformaciones, y es el propio uso el que la hace útil. Él se queda atónito y vacila en regocijarse y teme ser víctima de una ilusión, y entre tanto, inflamado de amor, vuelve una y otra vez a tocar con las manos el objeto de sus ansias. ¡Era un cuerpo! Laten las venas palpadas por los dedos. Entonces es cuando el de Pafos (ciudad de Chipre) pronuncia palabras elocuentes con las que quiere dar gracias a Venus, y oprime con sus labios labios al fin verdaderos, y la joven sintió que se le estaba besando y se ruborizó, y levantando tímidamente los ojos y dirigiéndolos a los de él, vio, a la vez que el cielo, a su amante. A la boda que era su obra asiste la diosa, y cuando ya por nueve veces se habían juntado los cuernos de la luna formando el disco completo, dio ella nacimiento a Pafos, de la cual ha tomado la isla este nombre.

Esperando a los bárbaros, Constantino Cavafis

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¿Qué esperamos, congregados en el foro?

A los bárbaros, que hoy llegan.

¿Por qué esta inacción en el Senado?

¿Por qué están ahí sentados los Senadores sin legislar?

Porque hoy llegarán los bárbaros.

¿Qué legislarán los Senadores?

Ya legislarán, cuando lleguen los bárbaros.

¿Por qué nuestro Emperador madrugó

y en su trono, a la puerta mayor de la ciudad,

está sentado, solemne y ciñendo corona?

Porque hoy llegarán los bárbaros.

Y el Emperador espera para dar

a su jefe la acogida. Incluso preparó,

para entregárselo, un pergamino

con muchos títulos y dignidades

¿Por qué nuestros cónsules y pretores

exhiben hoy rojas togas bordadas;

por qué llevan brazaletes con tantas amatistas

y anillos engastados y esmeraldas rutilantes;

por qué empuñan hoy preciosos báculos

en plata y oro magníficamente cincelados?

Porque hoy llegarán los bárbaros;

y espectáculos así los deslumbran.

¿Por qué no acuden, como siempre, los ilustres oradores

a decir sus discursos y sus cosas?

Porque hoy llegarán los bárbaros

y les fastidian la elocuencia y los discursos.

¿Por qué empieza de pronto este desconcierto

y confusión? (¡qué graves se han vuelto los rostros!).

¿Por qué calles y plazas a prisa se vacían

y todos vuelven a casa compungidos?

Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.

Algunos han venido de las fronteras

y cuentan que los bárbaros no existen.

¿Y qué será de nosotros, ahora sin los bárbaros?

Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

Si yo saliera a pasear con mis amigas muertas, Rita Bumi Papá

(3)Si saliera a pasear con mis amigas muertas
la ciudad seguramente se inundaría de muchachas mudas
el aire olería a muerte
las murallas exhibirían banderas blancas al vuelo
se detendría el tráfico,
si saliera a pasear con mis amigas muertas.

Si saliera a pasear con mis amigas muertas,
se vería a la multitud de jóvenes,
con los pechos desnudos y atravesados,
preguntarles a ustedes
¿ por qué ordenaron que debíamos dormir
antes de la hora señalada,
por qué nos tuvimos que acostar si había frío
y estábamos llorando,
además, no tuvimos tiempo
de acomodarnos los cabellos?,
si saliera a pasear con mis amigas muertas.

Si saliera a pasear con mis amigas muertas
una muchedumbre se detendría a mirar con estupor
a la más grácil falange que antes horadó la tierra
a la más sagrada de las procesiones que desfilaron por estas calles
a la más gloriosa y ensangrentada de las resurrecciones,
si saliera a pasear con mis amigas muertas.

Si saliera a pasear con mis amigas muertas,
la luna llena treparía alto como un ramillete de azahares
para coronar sus frentes,
dentro de las cuencas vacías de sus ojos
las orquestas, tocando himnos funerarios,
harían danzar sus rizos, sus vendas manchadas.
¡Oh, cuántos de ustedes
morirían de remordimiento!
sólo
si yo saliera a pasear con mis amigas muertas.

Himno a Pan, Homero

1 (6)Háblame, Musa, del hijo amado de Hermes, caprípedo, bicorne, amante del bullicio, que frecuenta los valles poblados de árboles con las ninfas acostumbradas a las danzas; las cuales pisan las cumbres de escarpadas rocas invocando a Pan, dios de los pastores, de espléndida cabellera, escuálido, a quien se le adjudicaron las colinas nevadas, las cumbres de los montes y los senderos pedregosos. Aquél anda acá y acullá, y unas veces atraviesa espesos matorrales, atraído por las mansas corrientes, y otras pasa por entre escarpadas rocas y sube a la más alta cumbre para contemplar sus ovejas. A menudo corre por las altas blanquecinas montañas; a menudo sigue las laderas y mata fieras que distingue su penetrante vista; en ocasiones, por la tarde y al volver de la caza, grita y modula con sus cañas agradable canto: no le superaría en el cantar el ave que, lamentándose entre las hojas de la florida primavera, emite suavísimo canto. Entonces las melodiosas ninfas montaraces, acompañándole con pie ligero a la fuente de aguas profundas, cantan y el eco resuena en torno de la cumbre del monte; y el dios ora se dirige con pie ligero acá y acullá de los coros, ora penetra en medio de ellos, llevando una rojiza piel de lince sobre la espalda y alegrando su corazón con melodiosas canciones en la blanda pradera donde el azafrán y el jacinto, floridos y olorosos, se mezclan confusamente con la hierba.

*

Las ninfas celebran a los dioses bienaventurados y al vasto Olimpo: y así cantan también a Hermes, que sobresale entre los demás; dicen que es el veloz nuncio de todos los dioses, y cuentan cómo se fue a la Arcadia, rica en manantiales y madre de ovejas, donde está el bosque sagrado del cilenio. Allí, a pesar de ser dios, apacentaba ovejas de polvorienta lana en casa de un hombre mortal, porque ya echaba flor el tierno deseo que le había venido de unirse amorosamente con una ninfa de hermosas trenzas, hija de Dríope; y consumó al fin las floridas nupcias; y ella le dio a Hermes, en su casa, un hijo amado que desde luego se presentó monstruoso a su vista: caprípedo, bicorne, bullicioso, de dulce sonrisa; y la ninfa se levantó y echó a correr —abandonando al niño la que debía amamantarlo—, pues le entró miedo al ver aquella faz desagradable y barbuda. Enseguida el benéfico Hermes lo recibió y tomó en sus brazos, y el dios se alegró extraordinariamente en su corazón. Y envolviendo al niño en las tupidas pieles de una liebre montés, encaminóse rápidamente a la mansión de los inmortales, sentóse junto a Zeus y los demás inmortales y les presentó su hijo: todos los inmortales se regocijaron en su corazón y más que nadie Dióniso Baquio, y le llamaron Pan porque a todos les había regocijado el alma.

*

Y así, salve, oh rey, a quien imploro por medio de este canto; y yo me acordaré de ti y de otro canto

Luto por la muerte, Yustos Glykós

brian-borrello

Nuestros ojos no ven, nuestros oídos no oyen,
nuestros labios no saben qué decir,
nuestros rostros se vuelven verdes y negros,
y nuestros engañosos cuerpos son como sombras hinchadas.
Toda la carne se cae, los huesos se debilitan,
y todo ello es terrible y temible para quien lo ve.
Todos nos volvemos negros y llenos de telas de araña,
cambiados, irreconocibles y lamidos por gusanos.
No nos queda en absoluto conocimiento de hombre alguno.
¿Qué corazón y qué alma podrían verlo y aguantarlo?
¿Quién no lloraría de todo corazón y suspiraría profundamente
al decir entre lágrimas nuestros tristes nombres?
¿Dónde estáis, dulces hijos nuestros, amados padres,
hermanos queridos? ¿Dónde estáis ocultos bajo tierra?
¿Qué se hizo de vuestra belleza? ¿A dónde fue vuestra hermosura?
¿Dónde se perdió vuestro gran conocimiento y vuestra sabiduría?
Ojos dulces, nariz agraciada,
hermosos pechos, espalda de mármol,
mejillas de rosas rojas y cristal, pequeños labios
carmesíes, encantadores, y nuestra lengua pura,
¿por qué no respondéis? ¿Por qué no contestáis?
¿Por qué nos enviáis al Hades y os quedáis durmiendo?
¿Por qué soportáis, deplorables, desnudos y sin lecho,
la frialdad, la tierra y la suciedad de la tumba?
¿Dónde está el agua de rosas? ¿Dónde están vuestros perfumes?
¿Dónde está vuestro excelente almizcle? ¿Dónde los aromas?
¿Dónde están vuestros adornos? ¿Dónde vuestros vestidos?
¿Dónde están vuestros lechos? ¿Dónde vuestro boato?
¿Dónde están vuestras innumerables sirvientas? ¿Dónde las esclavas
que os seguían, os cogían y os ayudaban a no resbalar?
Y, ahora, ¿por qué os quedáis en una terrible soledad,
dentro de la fosa, con la cabeza y los huesos deshechos?
¿Quién se inclinaría a verlos sin asustarse?
¿Quién, golpeando su cuerpo, no gritaría a la muerte:
Oh muerte, por qué lo hiciste, Caronte, por qué lo hiciste,
por qué no nos dejaste a quienes eran nuestro consuelo?
Sabed que nosotros, por ellos, no podemos
ver el sol sin gemidos ni lágrimas.
¿Qué mal te hicieron, Caronte, para que te los llevaras
y dejases huérfanos a los niños y encinta a las viudas?
¿Por qué te llevaste a muchachos y muchachas célibes?
¿Qué beneficio obtuviste? ¿Qué alegría te complace?
¿Por qué a los niños pequeños los separaste,
desgraciado, de sus madres y las privaste de ellos?
Llévate a los ancianos y deja a los otros,
no te lleves, así, a los pequeños y a los mayores.
Niños, jóvenes y viejos, solteras, casadas,
¿no son de todos ellos las cabezas deshechas que contemplamos?

 

El canto de la perla, Hechos de Tomás

Cuando era niño vivía en mi reino, en la casa de mi Padre, y en la opulencia y abundancia de mis educadores encontraba placer. Y entonces sucedió que mis padres me equiparon y enviaron fuera de mi patria, en Oriente.

De las riquezas de nuestro tesoro me prepararon un hatillo pequeño, pero valioso y liviano para que yo mismo lo transportara. Oro de la casa de los dioses, plata de los grandes tesoros, rubíes de la India, ágatas del reino de Kushán. Me ciñeron un diamante que podía tallar el hierro, me quitaron el vestido brillante que ellos amorosamente habían hecho para mí y la toga purpúrea que había sido confeccionada para mi talla.

Hicieron un pacto conmigo y escribieron en mi corazón, para que no lo olvidara, esto: “Si desciendes a Egipto y te apoderas de la Perla única que se encuentra en el fondo del mar en la morada de la serpiente que hace espuma [entonces] vestirás de nuevo el vestido resplandeciente y la toga que descansa sobre él y serás heredero de nuestro reino con tu hermano, el más próximo a nuestro rango”.

Abandoné Oriente y descendí acompañado de dos guías pues el camino era peligroso y difícil y era muy joven para viajar. Atravesé la región de Mesena, el lugar de cita de los mercaderes de Oriente, y alcancé la tierra de Babel y penetré el recinto de Sarbuj.

Llegué a Egipto y mis compañeros me abandonaron. Me dirigí directamente a la serpiente y moré cerca de su albergue esperando que la tomara el sueño y durmiera y así poder conseguir la perla.

Y cuando estaba absolutamente solo, extranjero en aquel país extraño, vi a uno de mi raza, un hombre libre, un oriental, joven, hermoso y favorecido, un hijo de nobles, y llegó y se relacionó conmigo y lo hice mi amigo íntimo, un compañero a quien confiar mi secreto. Le advertí contra los egipcios y contra la sociedad de los impuros y me vestí con sus atuendos para que no sospecharan que había venido de lejos para quitarles la perla e impedir que excitaran a la serpiente contra mí.

Pero de alguna manera se dieron cuenta de que yo no era un compatriota; me tendieron una trampa y me hicieron comer de sus alimentos. Olvidé que era hijo de reyes y serví a su rey; olvidé la perla por la que mis padres me habían enviado y, a causa de la pesadez de sus alimentos, caí en un sueño profundo. Pero esto que me acaecía fue sabido por mis padres y se apenaron por mí y salió un decreto de nuestro reino ordenando que todos se presentaran ante nuestro trono, a los reyes y príncipes de Partia y a todos los nobles del Oriente.

Y determinaron sobre mí que no debía permanecer en Egipto, y me escribieron una carta que cada noble firmó con su nombre: “De tu Padre, el Rey de los reyes, y de tu Madre, la soberana de Oriente, y de tu Hermano, nuestro más cercano en rango, para ti, hijo nuestro, que estás en Egipto, ¡Salud!”. “Despierta y levántate de tu sueño, y oye las palabras de nuestra carta.” “¡Recuerda que eres hijo de reyes! ¡Mira la esclavitud en la que has caído!”. “¡Recuerda la perla por la que has sido enviado a Egipto!” “Piensa en tu vestido resplandeciente y recuerda tu toga gloriosa que vestirás y te adornará cuando tu nombre sea leído en los libros de los valientes y que con tu Hermano, nuestro sucesor, serás heredero de nuestro reino.”

Y mi carta fue una carta que el Rey selló con su mano derecha para preservarla de los males, de los hijos de Babel y de los demonios salvajes de Sarbuj. Voló como un águila (la carta), la reina de las aves; voló y descendió sobre mí y se convirtió enteramente en Palabra.

A su voz y alboroto me desperté y salí de mi sueño. La tomé, la besé, quité su sello y la leí; y las palabras escritas en la carta concordaban con lo escrito en mi corazón. Recordé que era hijo de reyes, y libre por propia naturaleza. Recordé la perla, por la que había sido enviado a Egipto, y comencé a encantar a la terrible serpiente que produce espuma. Comencé a encantarla y la dormí después de pronunciar sobre ella el nombre de mi Padre, y el nombre de mi Hermano y el de mi Madre, la reina de Oriente.

Y capturé la perla y volví hacia la casa de mis padres. Me quité el vestido manchado e impuro y lo abandoné sobre la arena del país, y tomé el camino derecho hacia la luz de nuestro país, Oriente. Y mi carta, la que me despertó, la tuve ante mí durante el camino, y lo mismo que me había despertado con su voz, me guiaba con su luz. Pues la (carta) real brillaba ante mí con su forma y con su voz y su dirección me animaba y atraía amorosamente. Continué mi camino, atravesé Sarbuj, dejé Babel a mi izquierda; y alcancé la gran Mesena, el puerto de los mercaderes que está en la orilla del mar.

Y mi vestido de luz que había abandonado, y la toga junto a él, de las alturas de Hyrcania mis padres me los enviaban por medio de sus tesoreros, a cuya fidelidad se los habían confiado

Y, puesto que yo no recordaba su dignidad, ya que en mi infancia había abandonado la casa de mi Padre, de improviso, estando frente a ellos, el vestido me pareció como un espejo de mí mismo, lo vi todo entero en mí mismo, y a mí mismo entero en él. Nosotros éramos dos diferentes y, no obstante, nuevamente uno en una sola forma. Y a los tesoreros, quienes me lo traían, los vi igualmente en semejante manera, ya que ellos eran dos, aunque como uno, puesto que sobre ellos estaba grabado un único sello del Rey quien me restituía mi tesoro y mi riqueza por medio de ellos. Mi luminoso vestido bordado, que estaba ornado con gloriosos colores, con oro y con berilos, con rubíes y ágatas y sardónices de variados colores, también había sido confeccionado en la mansión de lo alto; y con diamantes, habían sido festoneadas sus costuras. Y la imagen del Rey de los reyes estaba pintada en él y, como zafiros. rutilaban sus colores. Y nuevamente vi que todo él se agitaba por el movimiento de mi conocimiento, y como si se preparase a hablar lo vi.

Oí el sonido del canto que musitaba al descender, diciendo: “Soy el más dedicado de los servidores que se han puesto al servicio del Padre.” Y también percibí en mí que mi estatura crecía conforme a sus trabajos. Y en sus movimientos reales se extendió hasta mí, y de las manos de sus portadores me incitó a tomarlo. Y también mi amor me urgía para que corriera a su encuentro y lo tomara; y así lo recibí y con la belleza de sus colores me adorné. Y mi toga de colores brillantes me envolvió todo entero, y me vestí y ascendí hacia la puerta del saludo y del homenaje.

Incliné la cabeza y rendí homenaje a la majestad de mi Padre que lo había enviado hacia mí, porque había cumplido sus mandamientos y él también había cumplido su promesa.

Y en la puerta de sus príncipes me mezclé con sus nobles; pues se regocijó por mí y me recibió, y fui con él a su reino. Y con la voz de la oración todos sus siervos le glorifican. Y me prometió que también hacia la puerta del Rey de los reyes iría con él; y llevando mi obsequio y mi perla aparecí con él, ante nuestro Rey.

Fin del Himno que cantó el apóstol Judas Dídimo Tomás en la prisión.

Celeste o Naxa, Dimitri Calokiris

1Sólo antes de los veinte y después de los sesenta se ama de verdad. O sea, cuando se agotan los argumentos, se recurre al amor.

No sé cómo huele el cielo, si es que huele, pero a ella el cuello le olía así exactamente, es decir, celestial. Y, claro, la llamaban Celeste, aunque en el norte la llamaban, cariñosamente, Naxa. Al soltarse el pelo, se soltaba también ella el mito. Al recogérselo, envejecía una media de tres años. A causa de cierta sensibilidad de naturaleza alérgica, cuando se quedaba quieta se le dibujaban números esparcidos en la piel. Muchos son los que consumieron años sumando y dividiendo por si conseguían refutar su mito o, al menos, llegar a alguna conclusión, pero en vano. Su suma, decían, está relacionada con las erupciones de los volcanes en Java. El producto, con el cultivo de los cereales. Cómo ocurría todo esto, no estoy en condiciones de explicarlo.

Cuenta Suetonio (Cal., 20) que el emperador Calígula, cuyo nombre procede de caliga, calzado de los soldados romanos, ofreció en Lugdunum un concurso de elocuencia griega y latina. Los vencidos se vieron obligados a componer las alabanzas de los vencedores, mientras que a aquellos que habían gustado menos se les ordenó borrar sus escritos con la lengua, a menos que prefirieran ser arrojados al río. ¡Ay de los vencidos!

Esta misma táctica aplicaron los admiradores de Naxa a lo largo del tiempo, insistiendo en los intentos de borrar números con la lengua, extraer raíces cuadradas, bombear logaritmos, palpar cifras decimales hasta que estallara cómo una bengala la deseada conclusión, pero, ¡Ay! Calcularan con el lápiz o con los dedos, prevalecían los números imaginarios, y cebaban así semejante cuestión lingüística. Entre los interesados destacaban cirujanos, lingüistas, milenaristas escultores, por supuesto, subcomesaurios o pasajeros ocasionales. O tal vez, todos los que se agolpaban en la nebulosa salita de su vida no fueran más que una única persona- ¿Quién? Esquivemos por el momento esa pregunta.

En su habitación cultivaba una fresa en una maceta de barro y en el cuello llevaba colgada con piel una diminuta estrella de marfil, para conjurar la vellosidad. Y, como los romanos, a la desolación que dejaba tras de sí la llamaban serenidad. Como el eco, su destino era no ser nunca la primera en hablar, y no poder callar cuando hablaban los demás.

Se llegó a afirmar que se pintaba, se llegó a afirmar que se pintaba ella misma los dichosos números con caramelo o chocolate, eligiendo una parte decimal inversamente proporcional al placer deseado.

Dadas sus ganas de aprender, y su mente, llamémosla abierta, podría perfectamente haberse convertido en vicaria episcopal o en coronel de artillería, de permitírsele a las damas hacer carrera en tan populares oficios. Pero nunca amó, porque cuando se peinaba alteraba su calendario biológico y su edad, que se mantenía siempre por debajo del límite, no se podía nunca determinar con exactitud. Y cada vez que se miraba al espejo, para arreglarse el maquillaje o pintarse los labios, se decía a sí misma con el sobrecogimiento del creador: “¡Dios mío!”.

Nunca existió, pero intentaba existir ansiosamente. ¿Y es que acaso toda esa gente que existe es mejor?

El primer beso, Stratón de Sardis

1

Al anochecer, a la hora en que nos damos las buenas noches, Moeris me besó. Ignoro si de verdad o en sueños, pues con gran claridad recuerdo ahora el resto, todo lo que me dijo y todo lo que preguntó. Si también me besó lo dudo y conjeturo al respecto. Si es verdad, después de haber sido transportado al paraíso, ¿cómo es que ahora me muevo sobre la tierra?

Las huellas, Aftonio

1Cierto león, que se había vuelto anciano y débil, aseguraba estar muy enfermo, lo que en verdad era un ardid para que los demás animales fueran a verlo y él pudiese devorarlos, unos tras otros, sin moverse.

El zorro, que también había ido a visitar al león, se negó a entrar en su cueva. El león quiso saber por qué no entraba. “Porque veo todas las huellas de quienes han entrado – le explicó el zorro-, pero no las de quienes tendrían que haber salido”.

El avaro y el oro, Esopo

1

Un avaro vendió todo lo que tenía de más y compró una pieza de oro que enterró al pie de un viejo muro. Todos los días iba a mirar el sitio.

Uno de sus vecinos observó sus frecuentes visitas y decidió averiguar qué pasaba. Pronto descubrió lo del tesoro escondido; cavó y le robó la pieza de oro.

En su visita siguiente, el avaro encontró el hoyo vacío y se puso a lamentar con amargura, mientras se arrancaba los cabellos.

Otro vecino, al enterarse del motivo de su queja, lo consoló diciéndole:
-Basta de lamentaciones. Consigue una piedra cualquiera y colócala en el hueco. Imagínate entonces que el oro sigue allí. Para tí no hay diferencia que sea piedra o que sea oro, ya que de todas maneras nunca le darás ningún uso.

Los Versos áureos, Pitágoras

Honra ante todo a los dioses inmortales según establece la ley. Respeta la palabra dada. Honra luego a los héroes glorificados, y consagra por fin a los genios terrestres, rindiéndoles también debido culto.

Honra a tu padre, a tu madre y a tus próximos parientes. Escoge por amigo al más destacado en virtud, atiende sus dulces advertencias, y aprende de sus ejemplos. Discúlpale sus faltas mientras puedas, evitando todo juicio severo; ya que lo posible se halla cerca de lo necesario.

Sé razonable. Acepta las cosas como son. Acostúmbrate a vencerte. Sé sobrio en el comer, activo y casto.

Nunca cometas actos deshonestos de los que puedas luego avergonzarte, ni en privado ni en público. Ante todo, respétate a ti mismo.

Observa la justicia en acciones y palabras. Nunca te comportes sin regla ni razón. Piensa que el Hado ordena a todo morir, y que los fáciles honores y bienes de fortuna son inciertos; que las pruebas de la vida vienen por voluntad divina.

Sea adversa o favorable, alégrate siempre de tu suerte, mas trata con noble tesón de mejorarla. Piensa que el destino es más benévolo para los buenos que comprenden y a sus designios se ajustan.

Mucho se habla y mucho se enjuicia sobre diversos temas, no los acojas con admiración ni tampoco los rechaces, más si advirtieres que el error triunfa, ármate de paciencia y de dulzura. Observa estas razones en toda circunstancia: Que nadie te induzca con palabras o actos a decir o a hacer lo que no te corresponda. De insensatos es hablar y obrar sin premeditación.

Consulta, delibera, y elige la más noble conducta. Trata de edificar sobre el presente lo que ha de ser realidad futura. No alardees de lo que no entiendas, pero aprende siempre y en toda circunstancia, y la satisfacción será su resultado.

Jamás descuides la salud del cuerpo. Dale con mesura comida, bebida, ejercicio y descanso, ya que armonía es todo aquello que no perjudica. Habitúate a vivir sencilla y pulcramente. Evita siempre provocar la envidia. No realices dispendios excesivos como aquellos que ignoran la medida de lo bello. No seas avaro ni mezquino, y elige en todo un justo medio razonable. No te empeñes en hacer lo que pueda perjudicarte.

Reflexiona bien antes de obrar. No permitas que cierre el dulce sueño tus párpados sin analizar las acciones del día. ¿Qué hice? ¿En qué falté? ¿Qué dejé de hacer que debiera haber hecho? Y si en el examen hallas falta, trata de enmendarte; mas si has obrado bien, regocíjate de ello. Trata de practicar estos preceptos. Medítalos y ámalos, que ellos te conducirán por la senda de la virtud divina.

Lo juro por Aquel que ha transmitido a nuestra alma la Tetrada Sagrada, inmenso y puro símbolo, fuente de la naturaleza, de curso eterno. No inicies obra alguna sin antes rogar a los dioses que en ella colaboren. Y cuando te hayas familiarizado con estas costumbres, sondearás la esencia de hombres y dioses y conocerás, de todo, el principio y el fin. Sabrás también oportunamente la unidad de la naturaleza en todas sus formas. Nunca entonces esperarás lo inesperable, y nada te será ocultado. Sabrás también que los males que aquejan a los hombres han sido por ellos mismos generados.

En su pequeñez, no saben ver ni entienden que tienen muy cerca los mayores bienes. Pocos conocen el secreto de la felicidad, y ruedan como objetos de acá para allá, abrumados de múltiples pesares. La aflictiva discordia innata en ellos limita su existencia sin que se den cuenta. No conviene provocarla, sino vencerla, a menudo, cediendo. O Zeus inmenso, padre de los hombres!

Tú puedes liberar a todos de los males que les agobian si les muestras el genio que les sirve. Mas ten valor, que la raza humana es divina. La sagrada naturaleza te irá revelando a su hora, sus más ocultos misterios. Si te hace partícipe de ellos, facilmente lograrás la perfección. Y sanada tu alma, te verás libre de todos los males. Ahora abstente de carnes, que hemos prohibido en las purificaciones. Libera poco a poco tu alma, discierne lo justo, y aprende el significado de las cosas. Deja que te conduzca siempre la inteligencia soberana, y cuando emancipado de la materia seas recibido en el éter puro y libre, vencerás como un dios a la muerte con la inmortalidad.

El viajero de las ondas, Antonio Polo

Paulo Pampolín

El hombre al que todos llamaban Ícaro supo que ningún mortal había contemplado el mundo desde tan alto: como los dioses que imponen su dominio desde el Olimpo. Durante su viaje apartó las Águilas del cielo y vio el mar que entonces era distinto y le dio un nombre; luego deshizo una nube y corrigió los mapas de la Biblioteca de Alejandría. Más tarde acompañó a la aurora boreal durante una dinastía de noches lánguidas; después no supo cómo acabó enamorándose de los incendios del África, y por fin prometió guardar el secreto a los amantes. Pero ahora, camino hacia las estrellas, se desprenderá de la cera de sus alas y vagará entre órbitas secas y deshabitadas hasta las fraguas de Titán donde se forjan las espadas que impiden a Saturno devorar de nuevo a sus hijos

Tanto Como Puedas, Constantino Cavafis

Sam Kaplan

Y si no puedes hacer tu vida como quieres,
al menos intenta esto
tanto como puedas: no la envilezcas
en demasiados contactos con la gente,
en demasiados trajines y conversaciones.

No la envilezcas llevándola
y trayéndola a menudo por todas partes y exponiéndola
a la diaria locura
de las compañías y las relaciones
hasta que se vuelva fastidiosa como una extraña.

Fantasmas, Luciano de Samosata

Adel M. Bujbara

En este caso –me dijo-, si alguna vez vas a Corinto, pregunta por la casa de Eubátides, y cuando te la señalen junto al Craneo allégate a ella y di al portero Tibio que quieres ver dónde Arignoto el pitagórico, excavando, logró expulsar al espíritu e hizo que en lo sucesivo pudiera habitarse la casa (…).

Era inhabitable –contó- desde hacía mucho tiempo a causa de unas apariciones espantosas, y cada vez que alguien se instalaba en ella, al poco huía aterrorizado, perseguido por un espectro terrible y turbulento. La casa estaba en ruinas, el tejado se derrumbaba, y nadie se atrevía a entrar en ella. Cuando oí esto, cogí mis libros (tengo muchos tratados egipcios sobre el particular) y me dirigí a la casa a la hora del primer sueño, aunque mi anfitrión trató de disuadirme y sólo le faltó agarrarme cuando supo a dónde iba, a la perdición segura, según él. Con una antorcha entré solo y tras dejar la luz en la sala principal, me puse a leer tranquilamente en el suelo. En esto se me aparece el fantasma creyendo que se las veía con uno cualquiera y esperando atemorizarme como a los demás, sucio, con greñas, y más negro que la oscuridad. Se colocó a mi lado y me tanteaba atacándome por todas partes por si podía vencerme de algún modo, convirtiéndose en perro, en toro o en león. Entonces hice uso del más terrible conjuro y, hechizándolo con palabras egipcias, logré arrinconarlo en una esquina de la oscura habitación. Cuando al fin vi dónde se había metido, me eché a dormir el resto de la noche. Por la mañana, cuando todos habían perdido toda esperanza y creían que me iban a encontrar muerto como a los demás, salí inesperadamente para todos y me acerqué  a Eubátides para comunicarle que a partir de ahora ya iba a poder habitar su casa, limpia y libre de seres terroríficos. Acompañado por él y por otros muchos que me seguían por lo extraño del suceso, fuimos al lugar donde había visto meterse al espectro y les ordené cavar con azadas y picos. Al hacerlo encontraron, a eso de una braza, un cadáver ya viejo, formada su figura sólo por sus huesos. Lo sacamos y le dimos sepultura, y desde entonces la casa dejó de ser molestada por los fantasmas.


Diógenes y la muerte

John William Waterhouse

Un día le preguntaron a Diógenes dónde quería que lo enterraran al morir.
– Quiero que me dejen tirado en el campo – respondió.
-¡Cómo! – intervino alguien presente -. ¿Quieres que te devoren los pájaros y los animales salvajes?
– Que me dejen con mi bastón, así podré ahuyentarlos.
-¡Ahuyentarlos! – exclamó otra persona-. Si estás muerto, no sentirás nada.
– Entonces – dijo Diógenes – qué importa que los pájaros me devoren.

Heinrich von Kleist

Justicia divina, Babrias

Oliver Rath

Zeus le ordenó a Hermes que escribiera en una tira de papel los pecados y las acciones malvadas de los hombres, y que apilara estas tiras en una caja especial de modo que él, Zeus, pudiera examinarlas concienzudamente y fijar el castigo apropiado para cada caso. Dado que los papeles se apilan sin cesar y pasa un tiempo hasta que Zeus logra examinarlos, algunos de ellos se leen de inmediato y otros, en cambio, sólo al cabo de algun tiempo. No debe sorprendernos, por lo tanto, que ciertas personas que cometen crímenes graves reciban su castigo con bastante demora