Béla Kádár

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Béla Kádár fue un pintor húngaro nacido en 1877, influenciado por “Der Blaue Reiter”, el Cubismo, Futurismo, Neo-Primitivismo, Constructivismo y la pintura metafísica. Creó poderosas imágenes basadas en la cultura y leyendas húngaras. Trabajó con una amplia variedad de técnicas: óleo, acuarela, tinta, témpera y técnicas mixtas

Una mujer, Péter Esterházy

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Jef Aerosol

Hay una mujer. Me odia. Rompe conmigo una y otra vez. Me manda a paseo. Me tira a la basura, como si fuera un limón exprimido. De una manera inteligente, lógica e irrefutable me explica por qué tenemos que dejarlo. Por qué se ha acabado ya. Estamos siempre ocupados, ella y yo, así que estos diálogos, estos actos normalmente se desarrollan en la cama. Por decirlo así, yo me dejo convencer por sus argumentos. Yo, por mi parte, no veo nada terrible en el hecho de que nuestros cuerpos no se encandilen, porque aun a desgana se engastan piezas bonitas. A mí, me gusta incluso estar simplemente acostado a su lado, dejando reposar mi mano en su regazo. Ella no se refiere a eso, se refiere a todo en general, mientras que yo siempre hablo de los detalles, y los detalles, por su naturaleza, siempre están bien, de una forma fragmentada, pero no en su totalidad. «Hemos estado lamentables», así suele empezar. A lo que yo le levanto un poco los muslos. Que por otra parte son largos. «Ha sido tan bonito durante tantos años», me dice. Yo no digo nada, simplemente la vuelvo hacia mí, vuelvo sus pechos hacia mí. «No estaría mal dejar a un lado todos esos pensamientos oscuros sobre la plenitud, y ocuparnos tan sólo de la carne, de los huesos, de los tendones.» Que ella no está hablando de eso, sino de algo inevitable; de que todo parezca absurdo, peor que aburrido, peor que cotidiano, o sea, peor que un cliché.

«¡No me siento realizada en la cama!»

A lo que la quito de encima de mí, con sus pechos y con todo, dejo mis órganos al descubierto, entre ellos mi cola: «¡Aquí estoy!, ¡hola!». No dice nada. «Si me abandonas, te mataré», le digo, y aprieto su cabeza contra la almohada. «Esa frase está muy bien, suele funcionar —dice gimiendo—, pero de una manera absurda, aunque me fueras a matar, sería sólo como si lo imaginaras». «A lo mejor te vas a enfadar con lo que te voy a decir: perdóname», le respondo. «No hay por qué», me dice.

El séptimo hombre, Attila József

Claire Martin
Claire Martin

Si a este mundo te lanzas

mejor que nazcas siete veces.

La primera en una casa en llamas,

otra en una helada inundación,

otra en un manicomio desquiciado,

otra en un campo de trigo maduro,

otra en un claustro vacío,

y otra en un chiquero entre puercos.

Seis bebés berreantes no bastan:

tú mismo debes ser el séptimo.

Cuando debas luchar por sobrevivir

deja que tu enemigo vea siete.

Uno que no trabaja en domingo,

otro que comienza su labor en lunes,

otro que enseña sin que le paguen,

otro que aprendió a nadar ahogándose,

otro que es semilla del bosque

y otro por antepasados salvajes protegidos.

Pero todas sus tretas no bastan:

Tú mismo debes ser el séptimo.

Si quieres encontrar mujer

deja que siete hombres la busquen.

Uno que dé su corazón por las palabras,

otro que se ocupe de sí mismo,

otro que diga ser soñador,

otro que pueda sentarla bajo la falda,

otro que sepa de chasquidos y señuelos,

otro que se enreda en su chalina,

deja que la rodeen como moscas.

Tú mismo debes ser el séptimo.

Si escribes y te alcanza para hacerlo

deja que siete hombres escriban tu poema.

Uno que levanta pueblos de mármol,

otro nacido en un sueño,

otro que traza el cielo y lo conoce,

otro a quien las palabras llaman por su nombre.

otro que perfeccionó su alma,

otro que disecciona ratas vivas.

Dos son valientes, cuatro son sabios.

Tú mismo debes ser el séptimo.

Y si todo ocurre según lo escrito

morirás por siete hombres.

Uno al que mecen y amamantan,

otro prendido a pechos jóvenes y firmes,

otro que arroja platos vacíos,

otro que ayuda a los pobres a vencer,

otro que trabaja hasta quebrarse,

otro embelesado por la luna.

El mundo será tu lápida:

tú mismo debes ser el séptimo.

Hogar, Itsvan Örkény

Christian KettigerLa niña tenía cuatro años, de manera que con seguridad sus recuerdos eran confusos. Su madre, para hacerla consciente del inminente cambio, la llevó hasta la cerca de alambre de púas y, de lejos, le mostró el tren.

– ¿No te alegras? Ese tren nos llevará a casa.

– Y entonces, ¿qué va a pasar?

– Entonces estaremos en nuestro hogar.

– ¿Qué es un hogar? –preguntó la niña.

– Donde vivíamos antes.

– Y allí ¿qué hay?

– ¿Te acuerdas todavía de tu osito? Quizás también estén allí tus muñecas.

– Mamá -preguntó la niña-, ¿en casa también hay guardias?

– No, allí no hay.

– Entonces -preguntó la niña-, de allí ¿podremos escapar?

Pienso, Agota Kristof

m,Ahora me quedan pocas esperanzas. Antes buscaba, me desplazaba constantemente. Esperaba algo. ¿Qué? No tenía la menor idea. Pero pensaba que la vida no podía ser sino lo que era, es decir, nada. La vida debía de ser algo y yo esperaba que ese algo llegara, lo buscaba.

Ahora pienso que no hay nada que esperar, por eso permanezco en mi cuarto, sentado en una silla, sin hacer nada.

Pienso que allá afuera hay una vida; pero, en esa vida, no pasa nada. Nada que tenga que ver conmigo.

Para los demás, quizá pase algo, es posible, pero eso ya no me interesa.

Yo estoy aquí, sentado en una silla, en mi casa. Sueño un poco, no del todo. ¿Con qué podría soñar? Estoy aquí sentado, eso es todo. No puedo decir que esté bien, no es por mi bienestar que sigo aquí, al contrario.

Pienso que no saco nada bueno permaneciendo aquí, sentado, y que más temprano que tarde deberé levantarme forzosamente.

Experimento un vago malestar quedándome aquí sentado, sin hacer nada durante horas y horas, o acaso durante días enteros, no sé. Pero no encuentro ningún motivo para levantarme a hacer cualquier cosa. En modo alguno veo qué es lo que podría hacer.

Por supuesto, podría poner un poco de orden en lo que me rodea, limpiar un poco la casa, eso sí. Todo está bastante sucio, descuidado.

Al menos debería levantarme para abrir la ventana, todo huele a humo, a podrido, a cerrado.

Eso no me molesta. O me molesta un poco, pero no lo suficiente para que me levante. Estoy acostumbrado a esos olores, no los huelo, sólo que si, por casualidad, alguien entrase…

Pero «alguien» no existe.

Nadie entra.

Con tal de hacer cualquier cosa, me pongo a leer el periódico que está sobre la mesa desde hace algún tiempo, desde que lo compré. Desde luego que no me tomo el trabajo de coger el periódico. Lo dejo ahí, sobre la mesa, lo leo de lejos, pero nada entra en mi cabeza. Y dejo de hacer esfuerzos.

De todas maneras, yo sé que en la otra página del periódico hay un hombre joven, no demasiado joven, exactamente como yo, que lee el mismo periódico en una bañera circular empotrada, mirando los anuncios, las cotizaciones de la Bolsa, de lo más sosegado, con un whisky de buena marca al alcance de la mano, en el borde de la bañera. Tiene buena pinta, fino, inteligente, como si estuviera al corriente de todo.

Pensando en esa imagen, me veo obligado a levantarme y voy a vomitar en mi lavabo no empotrado, estúpidamente enganchado en la pared de la cocina. Y todo lo que sale de mí atasca este maldito lavabo.

Me quedo boquiabierto ante toda esa inmundicia cuyo volumen me parece el doble de lo que yo había podido comer en las últimas veinticuatro horas. Contemplando esa cosa innoble, soy presa de una nueva náusea y salgo precipitadamente de la cocina.

Me voy a la calle para olvidar, me paseo como todo el mundo pero no hay nada en las calles, sólo gente, tiendas, es todo.

A causa de mi lavabo atascado, no tengo ganas de volver a casa, tampoco tengo ganas de caminar, entonces me detengo en la acera, volviéndole la espalda a una gran tienda, miro a la gente que entra y sale, y pienso que los que salen deberían quedarse en el interior; y los que entran, deberían quedarse afuera; eso ahorraría no pocas fatigas y movimientos.

Ese sería un buen consejo que darles, pero no me escucharían. Por tanto, no digo nada, no me muevo, aquí no tengo frío, en la entrada, aprovecho la calefacción que se escapa de la tienda por las puertas constantemente abiertas, y me siento casi tan bien como hace un rato, sentado en mi cuarto.

 

 

Historia de palabra, Ferenc Szónyi

First-Ever-Portrait-Of-The-Lord-Jesus-Christ-1Lo apedrearon lo cortaron en pedazos lo mataron a palos lo

despeñaron en el río en el pantano en el mar lo ahogaron

lo crucificaron lo dieron en pasto a las fieras lo flecharon

lo hirvieron en aceite le cortaron las venas lo

emparedaron lo tiraron al pozo lo desollaron lo envenenaron

lo apuñalearon lo estrangularon lo quemaron en la hoguera lo

amarraron a la cola de un caballo lo descuartizaron lo

despeñaron lo apalearon no lo amaron lo empalaron lo

decapitaron lo ahorcaron lo degollaron lo

fusilaron lo tiraron por la ventana lo enterraron vivo

ametralladores lo acribillaron lo bombardearon lo gasificaron

lo sentaron en la silla

eléctrica lo empujaron ante el tren lo lincharon lo pasaron a

cuchillo lo extinguieron

El Verbo,

que en el principio era

horrorizado busca

un inocente sustantivo

 

Todavía era de noche, Sándor Márai

1 (25)Todavía era de noche… Era el momento exacto en que la noche se separa del día, el mundo inferior del mundo superior. Quizás haya otras cosas que también se separan en esos momentos. Se trata de ese último segundo en que todavía están unidos lo bajo con lo alto, la luz y las tinieblas, tanto en lo humano como en lo universal, cuando los dormidos despiertan de sus pesadillas, cuando los enfermos suspiran de alivio, porque sienten que ha acabado el infierno de la noche y que desde ese mismo momento sus sufrimientos serán más ordenados, más comprensibles, es el instante en que la regularidad y transparencia del día revelan y separan lo que en la oscuridad de la noche era sólo un deseo fervoroso, un anhelo secreto, una pasión enfermiza y espantosa. A los cazadores y a los animales salvajes les gusta ese instante. Ya no es de noche, pero tampoco es de día. Los olores del bosque son intensos y salvajes en esos momentos, como si todos los seres vivos empezaran a despertar a la vez en el dormitorio del mundo, como si todos exhalaran sus secretos y sus maldades: las plantas, los animales y también los seres humanos. Se levanta un viento suave, como cuando alguien despierta, aspira y suspira al acordarse del mundo en que ha nacido. El follaje húmedo, los helechos, los musgosos fragmentos de corteza desprendidos de los árboles, el sendero del bosque cubierto de piñas descompuestas, hojarascas y agujas que forman un tapiz blando, resbaladizo y uniforme, lleno de gotas de rocío, desprenden un olor a tierra tan embriagador como el perfume de la pasión que desprende el sudor de los enamorados. Es un instante misterioso: los antiguos paganos lo celebraban en medio de los bosques, con devoción, con los brazos alzados, con el rostro vuelto hacia Oriente, en una espera mágica, la misma que renace una y otra vez en el corazón de los humanos, atados a la materia, que anhelan el momento de la llegada de la luz, o sea, de la razón y del conocimiento. Los animales salvajes se acercan a la fuente para beber. La noche no ha terminado todavía, en el bosque siguen ocurriendo cosas, la fase vigilante de la caza que ocupa las noches de los animales salvajes no ha acabado aún: el gato montés sigue al acecho, el oso devora el último bocado de su presa, el ciervo en celo se acuerda de los momentos de pasión en la noche de luna, se detiene en medio del prado, donde se batió por amor, levanta con orgullo la testa pegajosa y herida, y mira a su alrededor, con sus ojos rojos, excitados, serios y tristes, como quien se acuerda para siempre de una pasión. La noche todavía está viva en medio del bosque, la noche con todo lo que esta palabra esconde: la presa, el amor, el ir y venir, la conciencia de la alegría gratuita de vivir y de la lucha por la vida. Es el momento en que ocurren cosas no solamente en las profundidades del bosque, sino también en el fondo oscuro de los corazones humanos. Porque los corazones humanos también tienen sus noches, colmadas de una pasión tan salvaje como la pasión de la conquista y de caza que anida en el corazón del ciervo o del lobo. El sueño, el deseo, la vanidad, la egolatría, la ira del macho sediento de placer, la envidia, la venganza, todas las pasiones anidan en la noche del alma humana, siempre al acecho, como el zorro, el buitre o el chacal en la noche de los desiertos de Oriente. También existen instantes en que no es de noche ni de día en los corazones humanos, instantes en que los animales salvajes salen de su escondite, de las madrigueras del alma, y en que tiembla en nuestro corazón y se transforma en movimiento de nuestra mano una pasión que hemos tratado en vano de domesticar durante años, durante muchísimos años

Todo ha sido en vano: hemos negado, sin la menor esperanza, el sentido de esta pasión, incluso a nosotros mismos, pero el contenido real de la pasión era más fuerte que nuestros propósitos, y la pasión no se ha disipado, sino que ha cristalizado. En el fondo de cada relación humana existe una materia palpable, y esa realidad no cambia, por muchos argumentos o astucias que se utilicen.

Los viajeros del barco, Agota Kristof

1 (26)Me parece que el cielo se prepara para la lluvia. Quizá ya llovió mientras lloraba.

Es probable. Por encima de las palmas de mis manos, el aire ha tomado un color definitivo y, en comparación con las nubes negras, el azul es transparente.

El sol todavía está ahí, de través, a punto de ponerse. Las lámparas han hundido sus raíces al borde del camino.

En la noche desequilibrada, un pájaro herido emprende su vuelo oblicuo pero, desesperado, vuelve a caer a mis pies.

«Yo fui grande y fuerte —dice—. La muchedumbre tenía miedo de mi sombra que caía sobre ella cuando anochecía. Yo también tenía miedo cuando caían las bombas. Echaba a volar muy lejos y, una vez pasado el peligro, regresaba para flotar lentamente sobre los cadáveres.

»Yo amaba la muerte. Amaba jugar con la muerte. Encaramado en la cumbre de la lóbrega montaña, cerraba mis alas y, como una piedra, me dejaba caer.»Pero nunca llegaba al final.

»Todavía tenía miedo. Sólo amaba la muerte ajena.»No aprendí a amar mi propia muerte sino más tarde, mucho más tarde».

Cojo al pájaro entre mis brazos, lo acaricio. Sus alas libres están rotas.

«Ninguno de los amigos humillados volverá —dice él—. Vete a la ciudad. Allí todavía hay luz. Una luz que hará palidecer tu rostro, una luz que se parece a la muerte. Vete allá, adonde la gente es feliz porque no conoce el amor. Tan satisfechos están que ya no se necesitan entre sí, ni tampoco a Dios. Por la noche, cierran sus puertas con siete llaves y esperan pacientemente a que pase la vida».

Sí, lo sé —le digo al pájaro herido— Hace muchos años yo me perdí en una ciudad donde no conocía a nadie. Poco importa dónde estaba. Hubiera podido ser libre y feliz, porque entonces no amaba a nadie.

»Me detuve a orillas de un lago negro. Una sombra pasaba, me miraba fijamente. ¿Acaso no era más que un poema que yo repetía sin cesar, o se trataba de una música? Ya no lo sé, en vano trato de acordarme. Estaba asustado. Huí corriendo.

»Yo tenía un amigo. Hace siete años se suicidó. No puedo olvidar el calor de los últimos días del verano, ni las lágrimas sin esperanza de los bosques bajo la lluvia.

Pero yo —dice el pájaro herido—, yo conozco unos campos maravillosos. Si pudieras llegar hasta ellos, ignorarías tu corazón. Allá no hay flores, las hierbas ondean en el aire como oriflamas, esos campos afortunados son ilimitados. Sólo tendrás que decir: me gustaría descansar, tierra de paz.

Sí, lo sé. Pero una sombra pasará. Un cuadro, un poema, un aire.

Entonces, vete a la montaña —dice el pájaro— y déjame morir. No puedo soportar tu tristeza. Tristeza de los gestos, de los saltos de agua color ceniza, tristeza del alba transcurriendo a lo largo de los campos cenagosos».

Los músicos se reunieron en la montaña. El director de orquesta replegó contra sí las alas negras y los otros empezaron a tocar.

Su barco navegaba sobre las olas de la música, las cuerdas flotaban en el viento.

Los dedos ganchudos del más grande se clavaron en la madera. Los otros cuatro se quitaron la ropa, sus costillas se estiraban, sus rodillas se doblaban, sobre sus arterias danzaban unas arañas negras.

En el valle aún resonaba el sol, unas simples casas grises pastaban en el prado cuando el músico más fuerte, que se paseaba soñador por los trigales, se hincó de rodillas en la colina. Y cantaba en el fondo del barco aquel que fue el más feliz de todos.

Los demás no vieron las muletas del sol impotente. Un cuadro se pobló con los colores del cielo. En los ojos chispearon las estrellas venideras.

Entonces los hombres del barco cogieron a sus muertos, y llevándolos a cuestas miraron por última vez a tierra.

Galería

La Ley de los Espacios en Blanco, Giorgio Pressburger

1Yuri Bonder

Una mañana de invierno, el doctor Fleischmann se dio cuenta de que ya no recordaba el nombre de su mejor amigo. Estaba solo en casa. La gobernanta acudía los días hábiles. Su vieja amiga, Lea, estaba confinada en la cama por una fuerte hemicrania. Durante la noche el médico había soñado con un terremoto y luego con el encuentro con un extraño enemigo de cabellos relucientes de brillantina, que todos llamaban el Espíritu del Tiempo. Por la mañana se despertó y recordó a su amigo, maestro de ajedrez y locutor de televisión. Nunca había anotado su número telefónico en la agenda forrada en piel, ni lo había memorizado con el pequeño ordenador que le regalara un primo residente en Connecticut. Telefoneaba a su amigo todos los días. Le parecía superfluo registrar en el papel o en los circuitos electrónicos una serie de números que su memoria recordaba con tanta frecuencia. Pero en noviembre su amigo había salido de vacaciones durante cuatro semanas, y en ese tiempo su número se había borrado de la memoria del lector Fleischmann. Quiso buscarlo en el listín telefónico, pero ¿con qué nombre buscar? Durante diez minutos, ni el nombre ni el apellido de Isaac Rosenwasser volvieron a la mente del médico. “Bueno, se ve que aún estoy durmiendo”, se dijo a él mismo esa mañana. Se pellizcó el brazo. “También esto podría ser sólo un sueño -volvió a decir en voz alta-. Soñar que uno se pellizca, qué estupidez”, pensó.

Fleischmann creía en el orden y en la solemne sentenciosidad de los propios pensamientos. Lograba decir máximas áureas respecto de cualquier cosa, y sus pacientes le consideraban un verdadero maestro de la vida además de un gran médico.

Su ordenador personal tenía anotados los datos de cada visita, la anamnesis de cada paciente. Su vida afectiva permanecía al margen de esta tentativa de ordenamiento perfecto del mundo: madre, hijos, mujeres, amigos, no correspondían a ningún cuadro visible en la pantalla de su ordenador.

“¿Cómo se llama? -insistía aquella fría mañana-. Lo tengo en la punta de la lengua y no logro recordar su nombre. Crecimos juntos:¡Qué vergüenza!”

Muy pronto su indignación se transformó en miedo, primero tímido, luego cada vez más violento. “¿Y si fuese el comienzo de una enfermedad?” Descartó esa idea. “Por un trivial fallo de la memoria no hay que pensar en seguida lo peor. No se ha producido la sinapsis de dos neuronas. Una molécula de fósforo o de potasio no ha sido arrastrada a la otra orilla entre dos células de la corteza cerebral.”

Se levantó de la cama. Realizó algunos ejercicios de gimnasia. Tenía cincuenta y cinco años, y estaba en toda su plenitud. Esquiando dejaba atrás a muchos jóvenes. En el Octavo Distrito tenía más de una amante entre las señoras más jóvenes y procaces, y también entre las muchachas.

Telefoneó a una de ellas, y durante su encuentro de la tarde en un pisito de la calle del Árbol de Acacia encontró la manera de olvidar el desagradable caso de amnesia.

Pero cinco días después el doctor Fleischmann se sorprendió pensando larga e inútilmente en la palabra “inyección”: no fue capaz de recordar su sonido. Se quedó delante del paciente. El significado de esa palabra giraba en las circunvoluciones de su cerebro, pero su sonido seguía ausente, perdido en la nada. Después de veinte larguísimos segundos, el médico acabó por reencontrarla en la memoria de su oído. Recetó al enfermo inyecciones de vitamina B12, que debía administrarse a diario durante una semana. “Estoy muy cansado -dijo Fleischmann en voz alta, apenas el paciente cerró la puerta detrás de él-; también yo tengo que hacer una cura de neurotróficos. Además debo reordenar mi vida. Tengo demasiadas ataduras, debo simplificarlo todo.” Esta vez, la idea de que se tratase de una temida enfermedad orgánica ni le rozó. Estaba seguro de él y de la máquina de su cuerpo, de cuyo perfecto funcionamiento daban testimonio cada día sus prestaciones deportivas y amorosas.

No tardó en recobrar la tranquilidad y, mediante un ejercicio un poco infantil pero habitual en él, repitió cien veces la palabra “inyección” mientras escrutaba en todos sus pensamientos las asociaciones mentales que pasaban por su cabeza. Y así, durante un instante, en su mente se presentó la idea de la muerte, del más allá y del más acá. En ese instante se sintió moribundo. “Se trata con seguridad de un deterioro irreversible de las células de mi cerebro”, pensó a propósito de su inesperada amnesia, que jamás había conocido hasta esos días. Empezó a sudar y tuvo una sensación de vacío concretamente en el abdomen. El lápiz, pues, había sido apuntado hacia su nombre que muy pronto sería borrado de la lista de los vivos, y él se encontraría en la mesa de mármol de una sala de disección, con los miembros rígidos. Y después la disolución, las aguas putrefactas, la tierra. ¿Eso era todo? ¿Eso era la vida?

Anotó mecánicamente una cita con un laboratorio para el día siguiente, y a las siete de la mañana fue a hacerse un análisis de sangre y de orina. Muy pronto sabría si la máquina estaba condenada de veras a terminar entre la chatarra. “No es una sentencia lo que espero. Cuando fui arrojado entre los vivos, ya se había emanado la sentencia. No importa si un día ya no puedo decir la palabra “yo”, porque el yo no existirá o ya no será capaz de hablar. Eso no me importa”, pensó al salir del laboratorio. Fue directamente a visitar a los pacientes que le esperaban. Durante esas visitas comprobó con triunfal amargura y sentido del ridículo que los nombres desaparecidos durante segundos y horas de su vocabulario se iban multiplicando. Ya no se trataba de palabras de sonido complicado, como plantígrado o clepsidra, sino que términos como dentífrico o arena empezaron a obstaculizar durante un instante el pensamiento que recorría el laberinto de las células cerebrales. “Peor estoy y peor me siento -pensó Fleischmann-; pasará, me acostumbraré.”

Fue a casa de su mujer, y habló largamente con ella de cosas sin importancia, cotidianas. Sólo ahora le parecía estar vivo, cuando su existencia había estado en peligro. Su vida anterior siempre le había parecido un mero recuerdo, nunca un presente; un estado larvario en el que se veía con la forma de un ser ciego, carente de inteligencia y de conciencia. Ahora, en cambio, advertía en ese ser tanta prontitud y tanta agudeza, que estaba asombrado. También su estupor le parecía un movimiento del alma que nunca había sentido antes. Así pasaron dos días. Al tercero fue a buscar los resultados de los análisis. Éstos mostraron una alteración notable del cuadro hematológico. Tres o cuatro valores estaban muy por encima de los límites normales, y sin una intervención exterior pronto llevarían al doctor Fleischmann a lo que sus colegas llamaban el Evento. “¿Ya has tenido un Evento? -le preguntó Flebus, en efecto, cuando le llevó los resultados de los análisis-. ¿Balbuceas alguna vez? ¿Te trabas al hablar? ¿No te acuden las palabras a la lengua? Fleischmann negó. Fue a su casa, se encerró en el estudio y lloró. Por la noche, en su círculo familiar de otra época, con los codos apoyados en el mantel fresco, miró largamente a su hijo, a su madre, a su mujer, que habían seguido viviendo juntos cuando él se hubo ido.

“¿Tiene sentido todo esto?” Se dio cuenta con terror de que lo que más le interesaba -el amor, el afecto, la responsabilidad por la vida de los suyos- lo estaba abandonando, dejándole en un burlón coloquio con todo lo que no era él: el mundo.

-Estás pálido, papá -observó su hijo Benjamín-, tienes demasiados pacientes. Si recetases un purgante menos gozarías más de la vida…

Fleischmann volcó el plato de sopa sobre la mesa y salió. Vio la mirada asustada, de perseguidos, de su hijo y de su mujer.

La noche en la calle del Teatro Popular era fresca y estaba llena de sonidos. Los borrachos subían a cuatro patas de las tabernas. Fleischmann no sabía cómo huir de la persecución que él mismo se infligía. Trataba de darse ánimo: “¿Quién ha dicho que ciertas suposiciones de la ciencia son verdaderas? Nuestro cerebro es inmenso: está formado por dos hemisferios, dos planetas, dos universos. Siento que me ayudará. No ha llegado mi hora”.

Se inscribió en un curso de memorización y lectura veloz que se realizaba en la calle José II, en un oscuro piso de dos habitaciones. La primera vez que subió las escaleras ennegrecidas de ese edificio de cinco plantas encontró a algunos jóvenes de barba larga y a algunos meticulosos empleados decididos a hacer carrera, todos vestidos más o menos de la misma manera, con ropa barata y tosca. En el piso, cuyo pavimento de madera tenía los listones flojos y gastados, una veintena de sillas y una mesa estaban destinadas a dar la impresión de que allí se seguía un método serio y tradicional. Era una de las primeras iniciativas privadas permitidas por el Estado. “¡El Estado que permite el uso de la memoria! Está bien. El Estado es sólo memoria. Está destinado a destruirse, como todas las memorias”, pensó.

Después de algunas semanas de iniciado el curso, observó una notable mejoría en su propia capacidad para recordar nombres, rostros, lugares conocidos recientemente (las cosas remotas se habían conservado intactas en su memoria y en su olvido). La atmósfera de iniciados que reinaba entre los participantes en el curso le daba la impresión de formar parte de una secta cuya misión fuese continuar la vida en la tierra después de la catástrofe.

Las lecturas veloces, transversales, a saltos, las técnicas basadas en la acción común de los sentidos y en la hipnosis, representaban para Fleischmann el viático para los siguientes años de vida, para vivirlos sin el escándalo de la decadencia física. Las tres semanas del curso fueron las últimas soportables en la existencia del ilustre médico.

Al término de ese período recibió un diploma, y el profesor -un rubito de aspecto insignificante que había aprendido en Gran Bretaña el arte de la memoria- le elogió de manera especial. Nunca había encontrado a un alumno tan diligente y, al mismo tiempo, dotado de tanta inteligencia.

Fleischmann reanudó su trabajo con mucho optimismo. Recorría las callejuelas del Octavo Distrito, subía a los pisos oscuros donde visitaba a viejos enfermos del corazón y a mujeres de noventa años solas, resignadas. Tenía la convicción de poder darles algo importante: algunos minutos de vida.

Un día, al volver de sus visitas, oyó sonar el teléfono desde el hueco de la escalera. Subió corriendo el último tramo. Por lo general no se apresuraba tanto: más bien detestaba el teléfono, a través del cual podían alcanzarle los casos más imprevistos de la vida y de la muerte, justamente a él, en cualquier momento. No había pensado en eso al elegir la carrera de médico. Cuando abrió la puerta encontró a la gobernanta -ochenta años, flaca y sorda- con el auricular tendido hacia él y con lágrimas en los ojos.

-Venga, doctor -susurró la viejecita-; es para usted.

Y así fue como Abraham Fleischmann se enteró de la muerte de su hermano. Médico como él, profesor de Anatomía Comparada, cirujano de fama internacional, el hermano siempre había estado un poco delicado de salud. Pero murió de improviso. “Un ictus, mi infarto…”, murmuró Fleischmann para sí, con objetividad científica. Un instante después estalló en llanto, en un ulular doloroso que hizo huir a la vieja sirvienta. El médico salió de su casa y se puso a correr, tragando sus propias lágrimas y gimiendo en voz alta a lo largo de toda la calle Kun. No pocos paseantes se volvían a mirarle, sin preguntar nada. De adulto, Abraham Fleischmann había querido y admirado a ese hermano. En cambio, de pequeños, su melancolía y su propensión contemplativa le irritaban. Todavía no estaba en condiciones de comprender qué gentileza y profundidad de sentimientos se escondían en su aparente abulia. Ahora yacía allí, envuelto en una sábana, según la costumbre de los hospitales, como una especie de momia. Hacía media hora que estaba muerto, y bajo los pliegues de la tela se adivinaban los rasgos de su cara, la protuberancia de la nariz, el dibujo de la boca. Como a muchos mortales, también al médico Fleischmann, aunque habituado a asistir a agonías y muertes, esa visión le hizo subir un grito a los labios:

-¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? -masculló sollozando el médico con el rostro bañado en lágrimas.

Para sí mismo acusaba oscuramente al hermano por no haber sido previsor, por haber consentido la muerte, por haberla deseado. Al mismo tiempo, sabía que en pocos días se rendiría a la superior sabiduría y dulzura del hermano difunto, cuya voluntad de morir -de otra manera, ¿por qué iba a enfermar siendo tan joven y reputado?- era otra expresión de esa sabiduría.

Seguir vivo le parecía ahora una insensatez sin igual, y la existencia toda, un horrendo y sucio matadero y nada más.

Aún no sabía que al cabo de pocos días ese acontecimiento iba a cambiar su sentido del mundo. Ese proceso tuvo un comienzo súbito apenas vio a su cuñada acurrucada en el vano de una ventana del corredor en el hospital. Por ella supo que su hermano había estado largo tiempo enfermo, durante varios años, y que sólo por consideración hacia su madre -también ella afectada por diferentes achaques debidos a la edad- no había confesado a nadie, y mucho menos a él, la gravedad de su afección. El día antes de morir, reunió todas sus fuerzas y telefoneó a su madre, y cuando ella le preguntó cómo se encontraba, sin vacilar y con voz firme le contestó: “Bien, bien”. Luego, sin pestañear, se despidió de ella y le dijo que debía salir para un largo viaje, pero que transcurridos unos meses estaría de regreso. Su voz delató cierta conmiseración hacia sí mismo. Cuando colgó el aparato miró largamente hacia delante antes de susurrar:

-Dentro de cinco, seis meses, cuando se haya habituado a mi ausencia, decidle la verdad. Cuidad de ella.

Al oír ese relato, el doctor Fleischmann tuvo la sensación de vivir un día de fiesta excepcionalmente solemne, radiante. Luego, llegó el momento de la prueba.

Su cuñada le rogó que fuera a su casa, y le dio instrucciones para encontrar, guardado en un armario, el traje con el que debían amortajar el cadáver. Le pidió que lo llevara al hospital.

-¿Recuerdas todavía la plegaria por los muertos? -le preguntó con voz ahogada, después de un momento de silencio-. Deberías decirla tú. Si no la recuerdas apréndela esta noche. Tendrá una veintena de líneas. Debes hacerlo por él. Estoy segura de que lograrás aprenderla.

El doctor Fleischmann salió del hospital muy agitado. Pensó que ahora la suene de su hermano dependía sólo de él, de su capacidad o no de aprender la plegaria de los muertos. “¡Justamente ahora que mi memoria falla!” Rio con desesperación. “¡Valiente estupidez! ¡Él ya no está, y eso es todo!” Fue a casa del hermano, tomó el traje y volvió al hospital. Luego se dirigió a casa de su mujer y de su madre, pero no dijo nada: se tomaba tiempo, según el deseo del difunto. Volvió a su casa y ordenó a la gobernanta que buscara su viejo libro de rezos con tapas de marfil y lleno de garabatos en la primera página: la fecha de la muerte de parientes y antepasados. Aquella noche no cenó. Se sentó en su estudio polvoriento y oscuro y colocó delante de él, sobre el escritorio, el libro de rezos.

¿Cuánto tiempo hacía que no tenía en sus manos ese libro? ¿Treinta, cuarenta años? ¿Por qué debía fingir que practicaba ciertos rituales que para él habían sido siempre incomprensibles, pueriles? Vida y muerte -se dio cuenta el médico- tenían tan poco sentido para él como esos rezos. Entonces, ¿qué tiene sentido?, se preguntó. La insensatez de todo, la incomprensibilidad de todo le asaltaron como un estado febril. Sintió las orejas enrojecidas. Una especie de excitación erótica se estaba apoderando de él. “No, no me haré preguntas. Siento que, en la incertidumbre, debo hacer este pequeño esfuerzo, debo aprender de memoria estas palabras sin significado para mí, estos sonidos. Es el último regalo que puedo hacer a mi hermano o a mi cuñada… ¡Siempre fui tan avaro con ellos…!” Abrió el libro.

Al principio, aquellas letras cuadradas se le antojaron desconocidas por completo. Todo el sistema de representación de los sonidos le pareció estúpidamente complicado, arbitrario. “Empezar por dudar del alfabeto no me parece el mejor camino para hacer lo que he decidido hacer: Es un invento antiguo, lo sé, pero por ahora no hay otra cosa mejor.”

Con la ayuda de una transcripción en caracteres latinos, Fleischmann descifró las palabras de la plegaria. Pero en seguida decidió fijar en su memoria aquel texto de antiguas letras cuadradas. En cuanto al significado de las palabras, siguió resultándole desconocido. “No es nada -pensó-: hasta mi padre, que tan velozmente sabía leer las plegarias, no conocía el significado de cada una de las palabras pronunciadas. Haré como si estudiara una partitura musical.” El médico volvió a pensar en la innegable inmovilidad del cuerpo de su hermano, nunca tan existente como en aquella muda afirmación de sí mismo. Y pensó que el significado estaba allí, que era la evidencia de sí mismo de un cuerpo, de un acontecimiento (la muerte). El resto, las palabras, los sonidos son, para aludir a los significados más simples, complicaciones inútiles pero necesarias. Empezó, pues, a repetir las palabras, los sonidos inútiles y necesarios, primero en voz baja, en breves secuencias, y luego, a medida que su seguridad crecía, alargaba las secuencias a siete, ocho palabras, en lugar de las tres iniciales.

A la una de la madrugada ya había repetido unas cien veces toda la plegaria y, sin embargo, sólo recordaba de memoria la primera frase. Por más que se esforzase, ni con las antiguas letras cuadradas, ni con las latinas lo que seguía se presentaba a su visión interior, ni los sonidos repercutían en sus oídos. Fleischmann sabía qué difícil era recordar los sonidos durante más de algunos segundos. De su padre, por ejemplo, muerto hacía ocho años, ya no recordaba la voz. Se había convertido para él en un puro concepto, “voz baja, fuerte”, pero ya no era una realidad. Y así sucedería también con su hermano. Aun escuchando sus voces grabadas ya no serían reconocibles para él. No, no debía suceder ese horror. Fleischmann sintió que, siguiendo su oscura sensación, debía ser él quien determinara el destino de su hermano, aun como se encontraba, despojado de las facultades que sostienen la mente.

Empezó a repetir otra vez las palabras. Pero sonó el teléfono. La cuñada le pidió que hiciera preparar algo de comer para ella. Estaba cansadísima. Había velado a su marido hasta esa hora. Ahora la había reemplazado su hermana. No había que dejarle solo, pobrecillo. Ella necesitaba tomar un baño y comer un bocado. Llegaría en veinte minutos. “Veinte minutos…, veinte minutos…”, repitió él. Tal vez si lo hubiera dejado solo en las horas restantes de la noche hubiera logrado aprender la oración, pero así… Por otra parte, ¿cómo negarle a la cuñada la ayuda que pedía?

-Ven, ven -contestó, y fue a despertar a la gobernanta.

Luego, en vez de ayudarla a preparar algo caliente, se encerró en el estudio y trató de comprobar si esa interrupción le servía para limpiar su memoria y hacer lugar en ella para las palabras de una lengua desconocida. Intentó una autohipnosis veloz. Estaba demasiado agitado como para poder utilizarla como medio para recordar. Transcribió entonces todo el texto de la plegaria en la memoria de su ordenador. “Tal vez mañana, haciéndolo pasar una y otra vez por la pantalla luminosa delante de mis ojos, lo aprenderé. Me levantaré a las cinco. No, a las cuatro y media.”

La cuñada lloró largamente, inclinada sobre el plato. En vez de comer, llenó la sopa con las secreciones salinas de sus propias glándulas. Después de haberse encerrado en el cuarto de baño, el doctor Fleischmann oyó largamente sus gritos. Parecía que hablara con alguien aullando, maldiciendo, pero con palabras pueriles, balbuceadas en una especie de lenguaje secreto de colegiales. Quedó aterrado.

En otra época, siendo niño, también él estaba acostumbrado a dialogar, antes de dormirse, con una entidad a la que sólo le hablaba en versos rimados y a la que cada noche rogaba que le hiciera morir junto con los otros miembros de la familia, todos en el mismo momento, de manera que ninguno sintiese dolor por la muerte del otro. ¿Cuánto tiempo hacía que había interrumpido esos diálogos? ¿Era bueno o malo que se hubiesen interrumpido?

-¡Nos llevan a todos al matadero! -exclamó de golpe y se encerró en su estudio.

Pasó varias horas delante de su ordenador. Hasta el alba se sintió el zumbido del monitor encendido, acompañado por un murmullo quedo. Luego, con la claridad, llegó el silencio. A las siete de la mañana la gobernanta le vio salir del estudio.

-La aprendí -dijo el médico.

Despertó con un beso en la frente a su cuñada, acurrucada en un diván, la acompañó a su casa para que se cambiara de ropa, y juntos fueron en taxi al viejo cementerio de la calle Kozma.

El hermano estaba lavado, vestido, y yacía en la Casa de la Purificación, en un ataúd muy sencillo. Su rostro cerúleo resplandecía. Los fragmentos de terracota colocados sobre los ojos y los labios hacían pensar a Fleischmann en un recién nacido. Goldstein, el purificador de cadáveres, susurró en el frío de la sala:

-Lo hemos preparado entre cuatro. Somos cuatro. Cuatro, ¿comprende?

Con estas palabras pretendía una propina adecuada, y para hacer bien patente su honradez sacó del bolsillo un reloj de pulsera.

-Tome. Y este era su anillo.

Ese ceremonial tan práctico apartó a Fleischmann de la espasmódica repetición de la plegaria por los muertos. Dio dinero a Goldstein, tomó los objetos arrebatados a la tierra y se los entregó a la cuñada. Abrió y cerró el abrigo y se frotó las manos heladas. El purificador le rogó que saliera… “He comprado la tumba para los dos. Adiós”, murmuró Fleischmann para sus adentros, sabiendo que repetía palabras ya oídas.

Después de los discursos, los llantos, las breves y sonoras plegarias, se encaminaron hacia la tumba.

Desembolsando una suma importante, Fleischmann había logrado una sepultura cerca de la entrada, fuera del área más antigua y descuidada.

Se había reunido una pequeña multitud, unas doscientas personas. Apoyaron el ataúd en dos varas de madera por encima de la fosa. El corazón del doctor Fleischmann latía fuerte. A él le correspondía decir la plegaria por los muertos. Alguien le apretó levemente el brazo. Sintió una gran opresión en el pecho, en la garganta. Se dio fuerzas y pronunció en voz alta, casi gritándola, la parte inicial de la plegaria. Había vencido. Las palabras salieron claras, seguras de su boca, aunque sin significado para él: puro sonido. Pero él, Abraham Fleischmann, debía afirmar el sentido del mundo, de la vida, más allá de toda duda y amargura. Debía hacerlo por su hermano.

Abrió la boca para gritar, más fuerte aún que antes, la segunda frase de la plegaria por los muertos. Pero se dio cuenta con horror de que ya no recordaba los sonidos. También las letras se habían borrado de su memoria. Se quedó allí, con la boca abierta de par en par. Todos, alrededor, estaban callados. Todos le miraban. Y Fleischmann estaba seguro de que hasta su hermano le miraba desde el ataúd. Pero la segunda frase no le salía. Sólo recordaba una palabra con todas las vocales dentro, y el sonido misterioso de esa única palabra ululaba en su cerebro. Alguien comprendió su turbación y dijo en su lugar la segunda frase: “Y ahora, la tercera -pensó-. Sí, hay una palabra que me recuerda un perro, una palabra de ataque. ¿Qué querrá decir? ¿Qué significado tendrá esa palabra? Debo hacerme traducir la plegaria. Tal vez entonces la recordaría. Pero no, no importa el significado. Es tan impreciso, inaprehensible… Importa la forma. Y ya no la recuerdo… Los sonidos… Alguien, mientras tanto, volvió a decir con una cantilena anónima la continuación de la plegaria, velozmente, sin piedad. Fleischmann hubiera querido aferrarse a esta o aquella palabra que sentía aflorar de las ondas amenazadoras que emanaban de los pulmones del que recitaba y que llegaban hasta él imparables. Imprevistamente se hizo silencio. ” ¿Era tan breve la plegaria? ¡Y no había logrado aprenderla!”, pensó. Le pusieron una pala en la mano. Debía echar la primera palada. Se inclinó, recogió un poco de tierra con la pala y la arrojó encima del ataúd, que mientras tanto había sido bajado al fondo de la fosa. Sintió un ruido sordo. Era el sonido de la única buena acción que logró hacer por su hermano: cubrirlo con la tierra. Mientras la multitud se dispersaba y muchos le rodeaban (también su mujer e hijo, avisados por alguien por suerte sin que la madre se enterara), mientras sentía que le estrechaban la mano y le besaban la mejilla, el doctor Fleischmann seguía tratando de evocar las palabras reencontradas y de nuevo perdidas.

Volvió a su trabajo sin respetar los días de luto. ¿Para qué servía ese ritual? El tenía que pensar en sus pacientes, en sus enfermos, tratar de ayudar a los vivos, ya que no había logrado ayudar a los muertos.

Sin embargo, cada mañana, después de afeitarse, pasaba un cuarto de hora repitiendo la plegaria. Ponía en acción todas las técnicas aprendidas durante los cursos de las semanas precedentes. Recurría a todas las astucias de su mente, de sus capacidades psíquicas. Imaginó paisajes idílicos, respiró rítmicamente, repitió algunas palabras necesarias para disminuir la vigilancia de lo que se llama conciencia. Cuando le faltaba una palabra, miraba el libro. Por la noche, antes de acostarse, encendía el monitor, introducía la interfaz, accionaba el pequeño ordenador y repasaba otras dos veces el acto de fe, la súplica por los muertos. Después de dos semanas se puso a prueba. Hasta la mitad de la plegaria todo anduvo bien, pero la segunda parte la recordaba mal. Faltaban palabras importantísimas por su sonido, por lo imponente de su grafía, y el significado permanecía ignorado. El doctor Fleischmann empleaba diez minutos para decir la plegaria que podía pronunciarse en cuarenta segundos. Por tanto, su preocupación no había terminado. “No me rendiré -pensó Fleischmann-, no me rendiré tan fácilmente a la enfermedad y a la degradación.” Estaba convencido de que con un notable esfuerzo de voluntad y con una demostración de confianza en sus propias capacidades, estaría en condiciones de derrotar ese mal cuyo síntoma era la ausencia de memoria de las experiencias recientes. No servían métodos, hipnosis, ordenadores; servía la perentoria afirmación de la verdad del propio ser: “¡Estoy aquí, existo!”.

Volvió a pensar en su hermano, en su inmovilidad y silencio en aquella cama de hospital y en tantos enfermos a los que había cuidado sin éxito. “Ellos están muertos. Por tanto estuvieron vivos. La muerte es la mayor prueba de la existencia. Adelante. No hay que rendirse.” Una de aquellas noches tuvo un bellísimo sueño. Él era un rey, estaba en una sala dorada, sonaban las campanas. Debía ceñir una espada y anunciar al pueblo el nacimiento del heredero. Se despertó con esa solemnidad en las arterias, en el corazón. Fue al hospital y empezó a trabajar con entusiasmo. Le parecía que los enfermos estaban curándose: la esperanza no resultaba inútil para ninguno de ellos. Empezó a repetirse la plegaria de los muertos, pero se trababa siempre en el mismo punto, después del cual ya no recordaba la continuación. Y, sin embargo, tenía la sensación de hacer progresos. Una noche se fue a la cama exhausto, después de un largo recorrido de visitas. Se durmió y en seguida soñó. En cierto sentido era la continuación del sueño de varios días antes, ya que en el aire había una solemnidad de gran fiesta. Con un aspecto florido, elegante, un poco envarado, como siempre había sido, el hermano entró en un hermoso cuarto y se detuvo delante de él. Estaba increíblemente alegre y benévolo, extendió la mano hacia él, luego se la colocó sobre los hombros y empezó a recitar, palabra por palabra, la plegaria de los muertos. Sonreía mientras pronunciaba esas sílabas sin significado. Pero ahora el médico pareció aprehender, imprevistamente, su sentido. No había necesidad de traducir esas palabras, esos sonidos en esta o aquella lengua; tenían un sentido por ellos mismos, aunque era un sentido inexplicable, irrepetible. Fleischmann empezó a besar las manos del hermano y éste continuó con serena lentitud su salmodia. Y entonces otra cosa se aclaró: todos los significados infantiles que el doctor le había atribuido -siguiendo la semejanza de esos sonidos con los de palabras conocidas- estaban allí para devolver alegría a su mente, y convivían con el significado verdadero, solemne. De esa danza de sílabas y sonidos surgían a veces palabras obscenas, pero también éstas eran gozosas, en absoluto ofensivas.

Cuando el hermano hubo pronunciado la última palabra de la plegaria de los muertos, el doctor Fleischmann se dijo, en el sueño: “Finalmente la he aprendido entera. Porque soy yo el que en mi sueño recitó la plegaria. Mi hermano es una imagen de mi cerebro. Por tanto, no estoy enfermo. Las peores condenas de la ciencia, las de las sustancias químicas, las grasas que paralizan y obturan nuestros vasos sanguíneos, todavía no cuentan. El hombre está más allá de la memoria, más allá de la lengua y de los significados”. Ya estaba a medias despierto cuando terminó de decir estas frases.

Abrió los ojos y vio la luz gris del amanecer. Su feliz sensación se desvaneció en un instante. “Tal vez ha sido de verdad mi hermano el que dijo de principio a fin la plegaria. Tal vez ha venido a verme de veras, quién sabe desde dónde y cómo.” Se conmovió, se puso a llorar. “¡No he sido capaz de hacer una buena acción por mi hermano que estaba muerto, pero él, aun muerto, la ha hecho por mí! No estamos solos en la tierra, no estarnos solos. Infinitos seres nos aman, como supo amar mi hermano, y actúan por nuestro amor dentro de nosotros. Nunca hubiera pensado que fuese así.” Y a su vez pensó en su hermano con ese tardío amor que puede convertirse en el tormento de toda una vida.

Sonó el teléfono y llamaron al médico para que ayudara a una pobre vieja de setenta y cinco años que había sufrido un infarto. Se vistió de prisa, y a la gobernanta sólo le dijo:

-No morirá. Estoy seguro.

Salió. Hizo corriendo el camino desde la calle Karfenstein a la calle Danko. En medio de la ansiedad de la carrera intentó repetir con seguridad la plegaria de los muertos. No recordaba ni una sílaba. Se detuvo. Tenía ganas de golpearse la cabeza contra la pared. “Pero no. No debo rendirme. Mi hermano volverá a ayudarme. Me ayudará cada vez que lo necesite.”

Cuando llegó a la casa, la señora Wolf había muerto pocos minutos antes. El médico se quedó mirando el cadáver, del mismo modo que, a lo largo de su dilatada vida profesional, había contemplado tantos y tantos difuntos.

-Sus últimas palabras han sido de agradecimiento para usted, doctor -dijo un pariente.

“Este cadáver ha manifestado agradecimiento hacia mí”, pensó Fleischmann. Lo miró largamente, y luego salió de la casa sin firmar el certificado de defunción.

Después de las de la plegaria, salieron poco a poco de su vocabulario otras palabras. Desaparecieron rostros, formas a su vista, melodías a su oído. La memoria, hacia el final, le abandonó casi del todo. ¡Cuando le ingresaron en el hospital de San Juan ni recordaba haber tenido un hermano! Dijo a Isaac Rosenwasser, que junto con una enfermera le ayudó a subir a la ambulancia:

-Todo está escrito en los espacios en blanco entre una letra y otra. El resto no cuenta. Entre sus apuntes, observaciones científicas, cuadernos de un diario, en el revés de una hoja, de instrucciones para el uso de su ordenador estaba la siguiente anotación: “Cuanto más fuerte es tu grito, con más facilidad él te escucha”.

Historia de palabra, Ferenc Szónyi


Matthaus Merian

Lo apedrearon lo cortaron en pedazos lo mataron a palos lo
despeñaron en el río en el pantano en el mar lo ahogaron
lo crucificaron lo dieron en pasto a las fieras lo flecharon
lo hirvieron en aceite le cortaron las venas lo
emparedaron lo tiraron al pozo lo desollaron lo envenenaron
lo apuñalearon lo estrangularon lo quemaron en la hoguera lo
amarraron a la cola de un caballo lo descuartizaron lo
despeñaron lo apalearon no lo amaron lo empalaron lo
decapitaron lo ahorcaron lo degollaron lo
fusilaron lo tiraron por la ventana lo enterraron vivo
ametralladores lo acribillaron lo bombardearon lo gasificaron
lo sentaron en la silla
eléctrica lo empujaron ante el tren lo lincharon lo pasaron a
cuchillo lo extinguieron

El Verbo,
que en el principio era
horrorizado busca
un inocente sustantivo

Seres extraterrestres

Michael Bothager

En nuestra propia galaxia tenemos más de cien mil millones de estrellas. Muchas de ellas tendrán por fuerza planetas y algunos de éstos estarán habitados. Y más allá de nuestra galaxia hay miles de millones de otras galaxias. No somos, ciertamente los únicos seres vivientes. Sería muy extraño creer que lo somos. Dudo también que seamos los únicos seres inteligentes. Pero si el universo es de veras tan viejo como se ha dicho —casi diez mil millones de años— y la vida humana abarca sólo el último millón o medio millón de años, ha de haber otros que llegaron antes; me gustaría saber dónde están todos esos otros.

 Edward Teller

El verdugo, Arthur Koestler

George Grosz

Cuenta la historia que había una vez un verdugo llamado Wang Lun, que vivía en el reino del segundo emperador de la dinastía Ming. Era famoso por su habilidad y rapidez al decapitar a sus víctimas, pero toda su vida había tenido una secreta aspiración jamás realizada todavía: cortar tan rápidamente el cuello de una persona que la cabeza quedara sobre el cuello, posada sobre él. Practicó y practicó y finalmente, en su año sesenta y seis, realizó su ambición.

Era un atareado día de ejecuciones y él despachaba cada hombre con graciosa velocidad; las cabezas rodaban en el polvo. Llegó el duodécimo hombre, empezó a subir el patíbulo y Wang Lun, con un golpe de su espada, lo decapitó con tal celeridad que la víctima continuó subiendo. Cuando llegó arriba, se dirigió airadamente al verdugo:

Por qué prolongas mi agonía? -le preguntó-. ¡Habías sido tan misericordiosamente rápido con los otros!

Fue el gran momento de Wang Lun; había coronado el trabajo de toda su vida. En su rostro apareció una serena sonrisa; se volvió hacia su víctima y le dijo:

-Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor.

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