Perro callejero, Amrita Pritam

Esto sucedió realmente en el pasado—
cuando tú y yo nos separamos
sin ningún remordimiento—
tan sólo hay algo que no llego a comprender. . .

Cuando nos estábamos despidiendo
y nuestra casa se puso en venta
en el patio las ollas y cacharros tirados por doquier
quizás miraban fijamente en el interior de nuestros ojos
y otros que estaban boca abajo
tal vez escondían sus caras de nosotros.

Sobre la puerta la enredadera descolorida
a lo mejor quería confiarnos algo
— refunfuñando al grifo.

Cosas como estas
nunca las pienso
pero aparecen en mi mente una y otra vez:
cómo un perro callejero
siguiendo un olor
llegó a este cuarto vacío
cerrándose la puerta tras él.

Tres días después
cuando la casa cambió de propietario
intercambiamos las llaves por dinero
entregamos los candados al nuevo dueño
le mostramos todas y cada una de las habitaciones—
en el centro del cuarto encontramos el cadáver del perro. . .

No lo oí ladrar ni una vez
—únicamente olí la pestilencia
y aún ahora, de repente, percibo ese olor;
llega a mí desde tantas cosas …

Tejal Patni

Style: “70’s look”

Style: “70’s look”

En mi fotografía intento combinar las influencias de mis películas favoritas el trabajo de los grandes directores de cine. Lo siento siempre presente en mi trabajo. He combinado influencias de películas, del trabajo de Tim Burton y Federico Fellini y los espectáculos de Broadway. No me gusta fotografiar aquello que se me muestra. Lo utilizo solo como una guía de trabajo.

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Creación, Brihad Āraniaka Upanishád

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En el principio, este universo no era sino el Yo en la forma de un hombre. Miró a su alrededor y no vio nada excepto a sí mismo. Por tanto, su primer grito fue «Soy Yo», y así surgió el concepto Yo. Esta es la razón por la que, incluso hoy, cuando nos llaman, primero contestamos: «Soy yo» y después damos el otro nombre que tenemos…

Tuvo miedo. Por eso la gente no se siente feliz cuando está sola. Pensó: No hay nada aquí excepto yo mismo, ¿de qué tengo miedo? Y el miedo desapareció. Pues ¿de qué podría tener miedo? El miedo solo se refiere a un segundo.

Se sintió infeliz. Por eso no sentimos placer cuando estamos solos. Quiso un compañero. Se agrandó hasta ser del tamaño de un hombre y una mujer abrazados. Este Yo se dividió a sí mismo en dos partes y así fueron un hombre y una mujer. Por tanto, como afirma el sabio Yajnavalkya, este cuerpo, por él mismo, es como la mitad de un guisante partido. Esa es la razón por la que, en verdad, este espacio lo llena una mujer.

El hombre abrazó a la mujer y así surgió la humanidad.

Ella reflexionó: « ¿Cómo puede él unirse conmigo, que he surgido de él? ¡Me ocultaré! » Ella se convirtió en vaca, él en toro y se unió con ella, y así surgió el ganado. Ella se convirtió en yegua, él en semental; ella en burra, él en burro y se unió con ella, y así surgieron los animales de pezuña dura. Ella se convirtió en cabra, él en un macho cabrío; ella en oveja, él en carnero y se unió con ella, y así nacieron las cabras y las ovejas. Y así crearon todo lo que existe en parejas hasta las hormigas.

Entonces él supo: «Yo soy la creación, porque he generado el mundo entero » Por lo tanto fue llamado Creación.

El que comprende esto se convierte, él mismo, en creador en esta creación.

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Mountain of India, Raimon Arola y Lluïsa Vert.

Top-12-Mountain-Peaks-of-India¡Quién me mandaría a mí venir a la India!”, se preguntaba el hombre de la camisa verde mientras trataba de abrirse paso en medio de una marea de cuerpos pequeños, sudorosos y oscuros que le zarandeaban impidiéndole dirigirse a su hotel, un oasis de tranquilidad occidental entre aquella explosión de exotismo que le aturdía.

Cuando empezó a viajar por las webs de ofertas vacacionales, le daba igual llenar su maleta de trajes de baño y prendas veraniegas que de jerséis, gabardinas y polares. Pero entonces se cruzó un viaje a la India barato y ésta fue la razón de que ahora estuviera sudando por el calor agobiante de una ciudad desordenada y viejísima llamada Kashi, la ciudad de la luz, “un nombre irónico para un lugar tan gastado y sin ningún aliciente”, pensó el hombre de la camisa verde, a quien incluso la vida misma había dejado de parecerle interesante.

Aquella tarde libre, la última de su estancia en Kashi, o Benarés como la llaman los occidentales, pensó en pasear un rato y quizá aprovechar para comprar un recuerdo. “Una de esas baratijas que cuando estás en casa no sabes donde colocarla”, se dijo bajito, mientras una sonrisa triste pugnaba por escapársele. Su caminar en aquel laberinto caótico, hecho de edificios antiguos y plazoletas sin árboles, le llevó al lado del río, a una calle infame, atestada de unas gentes que se dirigían, imparables, hacia un destino para ellos muy claro.

Cansado de oponerse a la inercia de la multitud que se movía en sentido contrario, el hombre de la camisa verde desistió de su idea, se dio media vuelta y se dejó llevar entre los murmullos de los rezos, que, piadosamente, entonaban quienes le acompañaban. Al poco rato alcanzó a ver que la calle acababa en una explanada abierta hacia el Ganges donde se encontraba uno de los antiguos crematorios de la ciudad santa. Al acercarse, le envolvió un humo acre que surgía de las múltiples piras funerarias que día y noche consumían los cadáveres.

Una visión extraña para quien, como él, nunca había reflexionado sobre la muerte. El hombre de la camisa verde se detuvo sorprendido y, durante unos instantes, se quedó parado sin atreverse a avanzar. Pero un suave codazo, un empujón muy leve, le sacaron de su ensimismamiento. Miró y se dio cuenta de que el empujón provenía de un grupo de peregrinos que le rodeaban y que transportaban el cuerpo de un difunto al lugar donde se transformaría en ceniza. Iban rezando unas salmodias, que a él le parecieron canciones, entonadas a media voz.

Aquel canto monocorde, repetido una y otra vez, le inquietó y un cosquilleo desagradable se apoderó de su espalda. Quiso irse de aquel lugar, volver sobre sus pasos, pero le fue imposible oponerse al ritmo de la multitud de modo que, al poco tiempo, se halló junto a la pira donde fue depositado el cadáver.

Unas telas muy finas y blancas, como si fueran vendas, cubrían el cuerpo del muerto, y eso, unido a su postura, con las manos sobre el pecho, hizo que al hombre de la camisa verde le pareciera estar viendo una antigua momia egipcia. La conciencia de la eternidad de la muerte le trastornó y le transportó fuera del tiempo. Se olvidó de que quería irse, del hotel y de su miedo, y se quedó, inmóvil, con los ojos fijos y abiertos, contemplando la ceremonia de la cremación, mientras en sus oídos resonaban los rezos tradicionales que, desde la antigüedad, se han venido repitiendo a los muertos.

Alguien, un hombre joven, siguiendo las instrucciones de un “dom”, la casta de intocables que desde el alba de los tiempos ha venido siendo la encargada de las cremaciones, dio una vuelta a la pira al revés de las agujas del reloj y encendió la leña que prendió rápidamente. Entonces, los rezos de los parientes reunidos en el “ghât” de Manikarnika, elevaron su tono como si quisieran acompañar con su aliento y sus voces al espíritu del muerto en su salida del cuerpo.

Hacia Dios”, pensó el hombre de la camisa verde, y ese pensamiento le turbó. Él no creía en dioses. “El ambiente me habrá sugestionado”, se dijo para tranquilizarse. Y, como cuando uno se despierta de un sueño, el hombre de la camisa verde inició un ligero estiramiento y se dispuso a alejarse de aquel lugar sagrado donde el pendiente de Shiva se había desprendido de la oreja del dios, como se desprenden las almas de los cuerpos cuando sobreviene la muerte. Pero, le fue imposible moverse y, sorprendentemente, también las personas que le rodeaban le parecieron inertes.

De pronto, unas tinieblas opacas vencieron a la luz del día y el hombre de la camisa verde vio como una luna redonda y brillante emergía de la oscuridad del río y, al igual que una plegaria, se elevaba por el horizonte, arrastrando con ella multitud de gotas de agua del Ganges que, convertidas en vapores, subían presurosas para reunirse con sus hermanas del cielo.

La mirada del hombre de la camisa verde se dirigió de nuevo hacia la pira, las llamas casi la habían consumido y vio como un humo blanco y húmedo surgía del cuerpo. Un humo, el espíritu del muerto, que siguiendo un orden ancestral iba a reunirse con la luna, con los vapores del río y con los cánticos de la gente, para acabar formando una espiral cada vez más densa que, al igual que una gran serpiente, se retorcía ascendiendo al tiempo que arrastraba con ella a sus pequeñas presas, los espíritus de las gentes que se hallaban alrededor de la pira, para que le acompañaran en su viaje.

Toda la creación dirigiéndose hacia su fuente”, pensó el hombre de la camisa verde. Fue entonces cuando, sin él quererlo, su propio espíritu se vio arrastrado por el fluido de la vida que se elevaba en busca de su origen. Atrapado en una montaña etérea que, gracias al furor poderoso de la muerte, se levantaba más y más alta en una especie de isla perdida en medio de un mar inmenso hasta unir la tierra con el cielo.

Cerró los ojos asustado y a través de lo negro más negro pudo ver en aquella escalera extraña, que surgía de los huesos del muerto, a alguien que se parecía a su padre y a otros rostros conocidos. Visiones de formas y colores que le traían sabores antiguos. Inscripciones familiares aparecían en cualquier momento, aquí o allá unos nombres, unas palabras concretas. Recuerdos vagos de escenas que ya había olvidado y que ahora se le aparecían preñadas de sentidos nuevos.

Estupefacto por lo que contemplaba, tardó en comprender, pero entonces el temor estremeció su cuerpo. La gran montaña húmeda, hecha de agua y de fuego, reflejaba, como si fuera un espejo, los lugares más recónditos de su espíritu. Sus ilusiones perdidas, sus bajezas, sus arreglos con el mundo y sus miedos. Momentos de su propia vida y de la de los demás, tan semejantes entre sí que no podía discernir cuáles le pertenecían y cuales no, aparecían sin cesar sobre aquella superficie azogada. Incluso sus pensamientos acabaron tomando forma y, al igual que unas bestias feroces, se abalanzaron hacia él desde el cristal, llenándole de terror. Mientras, una fuerza irresistible le atraía hacia el interior del espejo.

En pleno ataque de pánico se dio cuenta de que se había quedado sólo. Algo que los demás tenían y que a él le faltaba, quizá unas alas invisibles hechas de creencias antiguas, le impedía seguir subiendo. Los otros espíritus, el del muerto y los de los parientes que le acompañaban, desaparecieron, disueltos en una armonía de flores blancas, hecha de salmodias y rezos, cada vez más distante y tenue. Pero él se quedó parado, enfrentado a su reflejo, luchando contra la fuerza atractiva de aquel caos sin nombre en que se había convertido el espejo y contra la oscuridad terrible que se adivinaba dentro.

Quizá fuera que el hombre de la camisa verde, incapaz de continuar mirando en aquel espejo oscuro, quiso ser él mismo el muerto, pero lo que sucedió más tarde nadie lo sabe de cierto. ¿Por qué se lanzó a la pira? ¿Quién lo sacó de ella? Son cosas que se han perdido en el fondo de su recuerdo.

Sólo pervive un instante grabado en la memoria del hombre, el de una voz que le susurró al oído, cuando le salvaron del fuego: “Te has mirado en el espejo y no has soportado el secreto”. Después, se disolvieron las palabras y todo se volvió negro.

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Leyenda, Suniti Namjoshi

Frans de GeetereHabía una vez un monstruo hembra. Vivía en el fondo del mar, a seis mil metros de profundidad, y fue solo una leyenda hasta que un día los científicos se reunieron para pescarla. La arrastraron hasta la costa, la cargaron en un camión y finalmente la colocaron en un vasto anfiteatro donde se aprestaron a efectuar su disección. Pronto se vio que estaba embarazada. Alertaron a las fuerzas de seguridad y precintaron todas las puertas, porque eran hombres responsables y no querían correr riesgos con los cachorros del monstruo, pues quién sabe el daño que habrían podido causar si se los hubiera dejado sueltos por el mundo. Pero el monstruo hembra murió con su camada de monstruos enterrada en su seno. Abrieron las puertas. La carne del monstruo empezaba a despedir mal olor. Varios científicos sucumbieron a los gases. No se rindieron. Trabajaban en turnos y con mascarillas. Al final, rascaron los huesos de la criatura hasta que quedaron bien limpios y contemplaron su brillante esqueleto. El esqueleto puede verse en el Museo Nacional. Debajo se puede leer: «El temido monstruo hembra. Los gases de esta criatura son nocivos para los hombres». Y a continuación figuran los nombres de los científicos que dieron su vida para descubrirlo.

Indra y Ahalya

4x5 originalEl amor no sólo ata a los mortales. Todas las criaturas del universo pueden sentir sus efectos. Grandes hazañas y grandes pecados se han cometido por su causa. Lo cierto es que esta pasión no conoce leyes y, cuando surge, nada respeta. Ejemplo de ello es la siguiente historia.

En el país de Magadh vivía el rey Indradyumna, cuya esposa era tan bella como la luna. Su nombre era Ahalya.

Los cónyuges fueron felices en su unión hasta que la reina concibió un insensato amor por Indra.

Indra era el más poderoso de los dioses, el rey de los cielos. Tenía fama de valiente y justiciero y todas las criaturas le reverenciaban. Pero su condición divina no le impidió verse apresado por un amor considerado deshonesto.

Ahalya había escuchado alabanzas del dios en boca de muchos mortales, y, llena de curiosidad, quiso conocerle. Mediante la intervención de una de sus criadas de confianza, la reina consiguió burlar la vigilancia de su marido y conducir a Indra hasta sus aposentos, donde ambos reconocieron su mutuo amor y cayeron uno en brazos del otro.

Desde aquel día su amor se fortaleció y, de esta manera, Indra y Ahalya continuaron viéndose en secreto y disfrutando de una relación intensa y apasionada.

Pero no habría de pasar mucho tiempo sin que Indradyumna supiera la afrenta de la que estaba siendo objeto. Ahalya estaba tan enamorada del dios que sólo pensaba en él y creía verle por todas partes. De esa manera sucedió que el nombre de Indra llegaba con gran facilidad a su labios, delatando así su amor en varias ocasiones.

Cuando Indradyumna se percató de lo que sucedía, quiso castigar a los amantes de manera ejemplar. Hizo apostar a su guardia cerca de las habitaciones de la reina y advirtió a los soldados lo que estaba sucediendo y cuál era su cometido.

Aquella, noche, mientras Indra penetraba por el balcón para encontrarse con Ahalya, fue apresado por los soldados del rey. Avergonzado por su conducta, el dios no quiso emplear sus poderes divinos y permitió que se le condujera ante la presencia del monarca.

¡Has ofendido a mi honor! —le dijo éste, cuando le tuvo ante él—. Eso es algo indigno de un hombre virtuoso y mucho más de un dios, que ha de servir de ejemplo para sus devotos.

Estoy de acuerdo contigo —concedió el dios—. Tu ira está plenamente justificada y sería inútil querer contradecirte. En mi defensa sólo puedo decir que, aun siendo el rey de los dioses, el amor ha sido más fuerte que mi voluntad. Por él he perdido fuerza y dignidad, hasta el punto de verme ahora en tu presencia como un mísero delincuente.

¿Aceptarás, pues, tu castigo? —inquirió el soberano— ¿O te valdrás de tus poderes divinos para evitarlo?

No sería justo hacerlo —respondió Indra—. Aceptaré el castigo que quieras imponerme y lo sufriré por la eternidad o hasta que tú desees, pues no pienso renunciar a mi amor—. Y añadió—: No podría hacerlo, aunque quisiera.

Indradyumna mandó a los soldados que infligieran a la pareja adúltera los más duros castigos y los tormentos más atroces. Dijo a Ahalya que la perdonaría si re¬nunciaba a su amor por Indra, pero ella se negó en redondo.

Ambos fueron entonces arrojados al agua helada; se les sumergió en aceite hirviendo; un elefante les aplastó bajo sus patas. Pero su amor era tan fuerte que la muer¬te no les alcanzaba.

Pese a sufrir estas y otras torturas durante largo tiempo, el amor de ambos les seguía manteniendo unidos.

No te esfuerces, rey Indradyumna —le aconsejó el dios—. El universo entero no es nada comparado con mi amada y todos tus tormentos no harán menguar mi amor por ella. Puedes hacer sufrir a mi cuerpo, pero mi verdadero yo reside en mi mente y ella está totalmente dedicada a Ahalya y a mi amor. Nada podrás contra ella.

El monarca reconoció en aquel momento la inutilidad de sus esfuerzos y recurrió al sabio Bharat, un asceta que había acumulado muchos poderes tras años de austeridades y penitencias. Le suplicó que lanzase sobre los adúlteros una terrible maldición que les avergonzara y acabara con su pasión.

Bharat accedió y, como símbolo del deseo que sentía Indra por Ahalya, hizo que aparecieran en el cuerpo de éste mil heridas, que semejaban en un principio las partes íntimas de la mujer.

Pero inmediatamente, aquellas heridas cambiaron de forma y se convirtieron en mil ojos, que dieron a su poseedor perspicacia y sabiduría.

Has malgastado tu poder, ¡oh, poderoso Bharat! —le increpó Indra—. Has llevado a cabo innumerables penitencias durante largos años para conseguir una fuerza que ahora malgastas intentando en vano separarme de mi amada.

Entonces, Bharat empleó los restos de su fuerza y fulminó a Indra y a Ahalya, destruyendo por completo sus cuerpos.

Pero los dos amantes renacieron como una pareja de ciervos, llevando una apacible vida en común.

Cuando los ciervos murieron de vejez, reencarnaron en forma de pájaros. A la muerte de los pájaros, vinieron al mundo como humanos, se encontraron y contrajeron matrimonio.

Y, desde ese día, debido a la intensidad del amor que sentían el uno por el otro, siguen renaciendo juntos y sus vidas estarán unidas por toda la eternidad.

El hombre múltiple, Cuento Indio

Annie Leibovitz

Había un hombre que tras treinta años de práctica había adquirido el poder de multiplicarse a sí mismo en cuarenta formas distintas. Iba de un lado a otro, ejercitando su acto y todos le decían: es un milagro. Su ego era feliz.

Por sus prácticas supo que la hora de su muerte se acercaba, así que se preparó. Al escuchar las campanas del mensajero de la muerte, se multiplicó en cuarenta formas distintas.

El mensajero quedó aturdido. Debía llevarse a un hombre pero había cuarenta que parecían iguales. El Dios de la muerte, que todo lo sabe, mandó otro mensajero con una consigna precisa: elógialo hasta morir.

Cuando vio al hombre múltiple el mensajero empezó a alabarlo:
– Eres un gran mensajero, invencible, maravilloso. Y el hombre múltiple se hinchaba en sus cuarenta formas, – pero tienes un pequeño defecto.

El verdadero individuo saltó gritando: ¿Cuál es?

El mensajero pudo así llevárselo a rastras.

Conocerse a uno mismo, anónimo hindú

Eranga Jayawardena

Un niño de la India fue enviado a estudiar a un colegio de otro país.

Pasaron algunas semanas, y un día el jovencito se enteró de que en el colegio había otro niño indio y se sintió feliz. Indagó sobre ese niño y supo que el niño era del mismo pueblo que él y experimentó un gran contento.

Más adelante le llegaron noticias de que el niño tenía su misma edad y tuvo una enorme satisfacción. Pasaron unas semanas más y comprobó finalmente que el niño era como él y tenía su mismo nombre. Entonces, a decir verdad, su felicidad fue inconmensurable

La historia de las arenas, Osho

Peter Merts
Peters Merts


Un arroyo, desde su nacimiento en las lejanas montañas, después de atravesar todo tipo de paisajes, alcanzó por fin las arenas del desierto. Igual que había cruzado todas las demás barreras, el arroyo trató también de cruzar esta, pero se encontró que en cuanto se adentraba en la arena, sus aguas desaparecían.

Sin embargo, estaba convencido de que su destino era cruzar ese desierto, y de que a la vez no había manera de cruzarlo.

Entonces una voz oculta, que salía del mismo desierto, le susurró: “El viento cruza el desierto, e igualmente puede hacerlo el arroyo”.

El arroyo objetó que estaba arremetiendo contra la arena, pero que sólo estaba siendo absorbido; que el viento podía volar y de que gracias a esto podía atravesar el desierto.

“Arremetiendo de tu manera habitual no podrás atravesarlo. Desaparecerás o te convertirás en una marisma. Debes dejar que el viento te lleve a tu destino.”

“¿Pero cómo puede esto suceder?”.

“Dejando que el viento te absorba”.

Esta idea no era aceptable para el arroyo. Después de todo, nunca antes había sido absorbido. No quería perder su individualidad, y una vez que la hubiese perdido, ¿cómo iba a saber que podría volver a recuperarla?

“El viento”, dijo la arena, “cumple esa función. Evapora el agua, la transporta a través del desierto, y después la vuelve a dejar caer. Al caer en forma de lluvia, el agua se vuelve a convertir en un río”.

“¿Cómo puedo saber que esto es verdad?”

“Así es, y si no me crees, no podrás convertirte más que en un cenagal, e incluso eso te costará muchos, muchos años; e indudablemente no es lo mismo que un arroyo”.

“¿Pero, no puedo seguir siendo el mismo arroyo que soy hoy?”

“No puedes seguir así en ningún de los casos”, dijo el susurro. “Tu parte esencial es transportada y vuelve a formar un arroyo. Tú recibes el nombre que tienes, incluso hoy, porque no sabes que parte de ti es la esencial.”

Cuando el arroyo escuchó esto, comenzó a resonar un cierto eco en sus pensamientos. Débilmente, recordó un estado en el cual él -¿o era una parte de él?- había sido sostenido en los brazos del viento. También recordó -¿lo recordó?- que esto era lo que realmente había que hacer, aunque no necesariamente lo más obvio. Y el arroyo hizo ascender su vapor hacia los acogedores brazos del viento, que suavemente y con facilidad le llevaron hacia arriba y a lo lejos, dejándole caer suavemente en cuanto alcanzó la cima de la montaña, muchos, muchos kilómetros más allá.

Y como había abrigado sus dudas, el arroyo fue capaz de recordar y grabar con más fuerza en su mente los detalles de la experiencia.

Él reflexionó. “Sí, ahora he conocido mi verdadera identidad”.

El arroyo estaba aprendiendo. Pero las arenas susurraron: “Nosotras lo sabemos, porque lo vemos suceder un día tras otro y porque nosotras, las arenas, nos extendemos desde la orilla del río por todo el camino hasta la montaña”.

Y por eso se dice que el camino por el que el arroyo de la vida tiene que continuar su viaje, está escrito en las arenas.

JANE A TARZÁN, Sujata Bhatt

Pam Wood

¿Por qué dije que tenía que partir?

Por qué me voy
si sé
que cuando recibas esta carta
habré regresado.

Has cambiado ya
mi lenguaje, mi sueño

Al principio
pensé que te enseñaría
inglés,  te devolvería
lo que has perdido.

Pero has cambiado los sonidos
que escucho,
los sonidos que quiero conservar
junto a mí.

Has cambiado ya
mi dormir.

Has cambiado la oscuridad
en el interior de mis sueños.

Has cambiado ya mis párpados,
mis oídos, la nuca de mi cuello
mi modo de levantar la cabeza para escuchar.

Cazador, seductor, más que eso
eres, con tu rudo hablar
me has sometido.

Con tu rudo hablar has modificado
mi modo de mirar los árboles
de coger una piedra
los frutos que como.

El sol es tan blanco al mediodía
blanco como las cicatrices que cruzan tus brazos.

Sé como esperar
la oscuridad en el interior
del bostezo del tigre.

La tierra natal esta siempre verde.

La tierra natal son hermosas palabras
para ejercitar tu bostezo.

Has cambiado ya
la piel sobre mis muslos,
mis caderas,  los huesos de debajo
de mi cara. Has cambiado ya
mi sueño, mi lenguaje, mi boca,
mi modo de devolverte el beso.

Has cambiado mi hambre, par
la has hecho a la tuya.
todavía nos acechamos el uno al otro
recelosos de nuestras necesidades,  recelosos
de nuestros significados
las palabras que conozco
no me sirven.

Todas mis células se abrieron volando
con tu amor. Me dolían las piernas
casi entumecidas
pero en latido de tanto movimiento.

Plumas, piel, garras,
de esto carecemos.

Astas, pezuñas
piel que ha sido lamida
lamida hasta quedar limpia

Pero tú puedes improvisar

Tú con tu rudo discurso

Cazador
has cambiado mi olor
y mi sudor y sí,
mi piel que duerme en el lenguaje.

Todas mis células se abrieron volando
con tu amor. Arde
y hiede tan bien
estoy desmayada,  es este
dolor sin fin que ansío, su
sujetante rizo
las imposibles posturas
a las que me empujas.

Cheeta, león, mono, serpiente

¿Quién sois? ¿Qué sabéis?

¿Cómo pudisteis, cómo pudisteis
cambiar mi lenguaje, mi sueño?

¿Cómo pudisteis hacerme desear
cambiarme a mí misma de tal modo?

Cheeta, león, mono, serpiente
os conozco.

Sois míos.

Estáis entre mis pies,
entre mis manos. Habéis palpado
mi cráneo
me habéis tomado
toda.

Y el músculo que quiero
es vuestro corazón

El secreto del Mago Merlín, Deepak Chopra

Sir Edward Burne-Jones

El más puro de los caballeros que sirvió a Arturo fue Galahad, a pesar de tener en común con el rey el hecho de haber sido concebido fuera del matrimonio
Aunque el hecho de que Galahad fuese hijo natural de Lancelot no conllevaba estigma alguno, cuando llego el día en que debía convertirse en paladín de una dama de la corte, el rey Arturo se opuso y manifestó su descontento.
No permitiré que seas el paladín de ninguna dama noble, declaró Arturo.
Galahad se ruborizó y tartamudeó:
Pero mi señor, todo caballero debe servir a una dama para demostrarle la pureza de su amor.
¿Qué sabes tu del amor?, preguntó Arturo de una manera tan incisiva que Galahad se ruborizó todavía más intensamente. Si estás tan ansioso de luchar por una dama, te presentaré a tres para que escojas.
El rey mandó llamar inmediatamente a Margaret, una vieja lavandera de cabello cano y con verrugas en la nariz.
¿ Le servirás a ella por amor, gentil caballero?, le preguntó Arturo.
La confusión de Galahad fue enorme.
No comprendo mi señor, murmuró.
Arturo lo miró fijamente e hizo salir a la mujer.
Traigan a otra, ordenó. Esta vez trajeron a una niña recién nacida. Si Margaret te pareció demasiado vieja y fea, entonces ¿qué piensas de esta dama? Es de noble cuna y no puedes negar su hermosura. Aunque no había duda de que la niña era muy hermosa, la confusión de Galahad, iba en aumento. Sacudió la cabeza.
Este amor del que hablas es un amor difícil de complacer, dijo Arturo. Mandó llamar a una tercera dama, y esta vez entró Arabela, una preciosa niña de doce años. Galahad la miró y trato de reprimir la ira.
Mi señor, es apenas una jovencita y mi media hermana, dijo.
Pediste una dama a la cual servir dijo Arturo, y he sido lo bastante generoso como para presentarte a tres. Ahora debes decidir.
Galahad, estaba aturdido. ¿Por qué te burlas de mí, de ese modo?, preguntó.
Arturo hizo un gesto con la mano, y en pocos minutos, salió todo el mundo del gran salón y ellos dos quedaron solos. No me burlo de ti, le dijo, trato de mostrarte algo que aprendí de mi maestro Merlín.
Galahad alzó los ojos y vio que el ceño de Arturo se había suavizado. Mis caballeros dicen servir a sus damas por amor, prosiguió el rey, y a pesar de sus votos de amar castamente, la mayoría de las veces sienten pasión por aquellas a quienes sirven, ¿no es verdad?. Galahad asintió. Y cuanto más grande es su pasión por las damas, mayor es su celo de servirles, ¿verdad?, preguntó Arturo. El joven caballero asintió de nuevo. Merlín me enseñó otra forma de amar, dijo Arturo. Piensa en la anciana, en la niña recién nacida y en la jovencita que es tu hermana. Todas ellas son manifestaciones de lo femenino, y en la medida en que esas formas cambian, lo que llamas amor cambia con ellas. Cuando dices que estás enamorado, lo que realmente estás diciendo es que has satisfecho una imagen que llevas dentro.
Así es como comienza el apego, con la inclinación por una imagen. Podrías afirmar que amas a una mujer, pero si ella llegara a traicionarte con otro hombre, tu amor se trocaría en odio. ¿Por qué? Porque tu imagen interior ha sido mancillada y, puesto que ésa era la imagen que amabas, el hecho de que haya sido traicionada te provoca ira.
¿Qué puedo hacer al respecto?, preguntó Galahad. Mira más allá de tus emociones, las cuales cambiarán constantemente y pregúntate que hay detrás de la imagen. Las imágenes son fantasías que existen para protegernos de algo que no deseamos enfrentar. En este caso se trata del vacío. A falta de amor por ti mismo, creas una imagen para tapar el vacío. De allí, el intenso dolor que causa un rechazo o una traición en el amor, porque deja expuesta la herida abierta de tu propia necesidad.
El amor, es considerado como algo muy hermoso y elevado, se lamentó Galahad, no obstante, tú lo haces sonar como algo horrible.
Arturo sonrió. Lo que suele considerarse amor, puede tener consecuencias terribles, pero ese no es el final de la historia. El amor tiene un secreto. Merlín me lo contó hace muchos años, como yo te lo confío ahora: Cuando puedas amar a una anciana, a una niña y a una jovencita de la misma manera, serás libre para amar más allá de la forma. Entonces se desatará dentro de ti la esencia del amor, que es una fuerza universal. Y dejarás de sentir apego -el llamado silencioso, al cual obedece el amor.

Creación, Brihadaranyaka Upanishad

Shiva Nataraja

En el principio, este universo no era sino el Yo en la forma de un hombre. Miró a su alrededor y no vio nada excepto a sí mismo. Por tanto, su primer grito fue «Soy Yo», y así surgió el concepto Yo. Esta es la razón por la que, incluso hoy, cuando nos llaman, primero contestamos: «Soy yo» y después damos el otro nombre que tenemos…

Tuvo miedo. Por eso la gente no se siente feliz cuando está sola. Pensó: No hay nada aquí excepto yo mismo, ¿de qué tengo miedo? Y el miedo desapareció. Pues ¿de qué podría tener miedo? El miedo solo se refiere a un segundo.

Se sintió infeliz. Por eso no sentimos placer cuando estamos solos. Quiso un compañero. Se agrandó hasta ser del tamaño de un hombre y una mujer abrazados. Este Yo se dividió a sí mismo en dos partes y así fueron un hombre y una mujer. Por tanto, como afirma el sabio Yajnavalkya, este cuerpo, por él mismo, es como la mitad de un guisante partido. Esa es la razón por la que, en verdad, este espacio lo llena una mujer.

El hombre abrazó a la mujer y así surgió la humanidad.

Ella reflexionó: « ¿Cómo puede él unirse conmigo, que he surgido de él? ¡Me ocultaré! » Ella se convirtió en vaca, él en toro y se unió con ella, y así surgió el ganado. Ella se convirtió en yegua, él en semental; ella en burra, él en burro y se unió con ella, y así surgieron los animales de pezuña dura. Ella se convirtió en cabra, él en un macho cabrío; ella en oveja, él en carnero y se unió con ella, y así nacieron las cabras y las ovejas. Y así crearon todo lo que existe en parejas hasta las hormigas.

Entonces él supo: «Yo soy la creación, porque he generado el mundo entero » Por lo tanto fue llamado Creación.

El que comprende esto se convierte, él mismo, en creador en esta creación.


El hombre que se disfrazó de bailarina, Anónimo hindú

Yasuo Kuniyoshi

Una fastuosa fiesta se celebraba en la corte real. El monarca esperaba con ansiedad el momento de la danza, pues era muy amante de la misma.

Quedaban unos minutos para que tuviera lugar la representación, cuando la bailarina enfermó de gravedad. No se podía desairar al rey, así que se buscó afanosamente otra bailarina para sustituir a la enferma, pero sucedió que no pudo ser hallada ninguna. El carácter del rey era terrible cuando se enfadaba. ¿Qué se podía hacer?

Uno de los ministros resolvió elegir a uno de los sirvientes y se le ordenó que se disfrazara de bailarina y bailase ante el rey. El sirviente se disfrazó de bailarina, se maquilló minuciosamente y danzó con entusiasmo ante el monarca. El rey, satisfecho, dijo:

-Aunque en algunas actitudes es un poco varonil, se trata de una gran bailarina. Me siento complacido.

La pregunta es: Mientras el sirviente interpretaba a la bailarina, ¿dejó de saber que era un hombre?

Nadie podría contestar, excepto él.


Los brahamanes y el león, Panchatantra

   Abdul Kadir Audah

 En cierto pueblo había cuatro brahmanes que eran amigos. Tres habían alcanzado el confín de cuanto los hombres pueden saber, pero les faltaba cordura. El otro desdeñaba el saber; sólo tenía cordura. Un día se reunieron. ¿De qué sirven las prendas, dijeron, si no viajamos, si no logramos el favor de los reyes, si no ganamos dinero? Ante todo, viajemos.

 Pero cuando habían recorrido un trecho, dijo el mayor:

 —Uno de nosotros, el cuarto, es un simple, que no tiene más que cordura. Sin el saber, con mera cordura, nadie obtiene el favor de los reyes. Por consiguiente, no compartiremos con él nuestras ganancias. Que se vuelva a su casa.

 El segundo dijo:

 —Mi inteligente amigo, careces de sabiduría. Vuelve a tu casa.

 El tercero dijo:

 —Ésta no es manera de proceder. Desde chicos hemos jugado juntos. Ven, mi noble amigo. Tú tendrás tu parte en nuestras ganancias.

 Siguieron su camino y en un bosque hallaron los huesos de un león.

 Uno de ellos dijo:

 —Buena ocasión para ejercitar nuestros conocimientos. Aquí hay un animal muerto; resucitémoslo.

 El primero dijo:

 —Sé componer el esqueleto.

 El segundo dijo:

 —Puedo suministrar la piel, la carne y la sangre.

 El tercero dijo:

 —Sé darle vida.

 El primero compuso el esqueleto, el segundo suministró la piel, la carne y la sangre. El tercero se disponía a infundir la vida, cuando el hombre cuerdo observó:

 —Es un león. Si lo resucitan, nos va a matar a todos.

 —Eres muy simple -dijo el otro-. No seré yo el que frustre la labor de la sabiduría.

 —En tal caso —respondió el hombre cuerdo—, aguarda que me suba a este árbol.

 Cuando lo hubo hecho, resucitaron al león; éste se levantó y mató a los tres. El hombre cuerdo esperó que se alejara el león, para bajar del árbol y volver a su casa.


La advertencia, Cuento hindú

 

El gurú y el discípulo estaban departiendo sobre cuestiones místicas. El maestro concluyó con la entrevista diciéndole:

-Todo lo que existe es Dios.

El discípulo no entendió la verdadera naturaleza de las palabras de su mentor. Salió de la casa y comenzó a caminar por una callejuela. De súbito, vio frente a él un elefante que venía en dirección contraria, ocupando toda la calle. El jovencito que conducía al animal gritó avisando:

-¡Eh, oiga, apártese, déjenos pasar!

Pero el discípulo, inmutable, se dijo: “Yo soy Dios y el elefante es Dios, así que ¿cómo puede tener miedo Dios de sí mismo?”

Razonando de este modo evitó apartarse. El elefante llegó hasta él, lo agarró con la trompa y lo lanzó al tejado de una casa, rompiéndole varios huesos.

Semanas después, repuesto de sus heridas, el discípulo acudió al mentor y se lamentó de lo sucedido. El gurú replicó:

-De acuerdo, tú eres Dios y el elefante es Dios. Pero Dios, en la forma del muchacho que conducía el elefante, te avisó para que dejaras el paso libre. ¿Por qué no hiciste caso de la advertencia de Dios?