Cóctel en la despedida del siglo, Abdulrazaq Al-Rubayi

1Saville, Jenny

Somos innecesarios
igual que los ladridos del barco en un océano ancho.

Somos innecesarios
igual que el esqueleto de un tren que
ha envejecido debajo de las ruedas
del óxido del olvido.
Y los eructos de los animales perdidos.

Somos innecesarios
igual que el polvo de las tizas al final de
la clase.

Somos innecesarios
igual que los poetas en el siglo veintiuno.

Balada del algoritmo

Milenios antes de Cristo Irak se llamaba Sumeria, y el poderoso Gilgamesh envejecía en su palacio de Uruk. Mordido por la angustia de saberse provisorio, este rey acosó a los dioses del cielo y del infierno reclamando la inmortalidad. Los primeros escribas acuñaron su demanda, pero la arcilla oficial desdibuja el peso de Al-Khowarizmi (Aljuarismi según la fonética), un huésped de ‘La casa de la sabiduría’ de Bagdad que se enfrentó al rey.
Mientras Gilgamesh imaginaba cómo ganarse la vida eterna, Aljuarismi razonaba un procedimiento matemático que le permitiese solucionar cualquier problema. Los cronistas babilonios callan que el rey de los sueños y el amo de los cálculos llegaron a ser prácticamente un solo hombre, fundidos por el amor, y que al romperse el vínculo Gilgamesh condenó a Aljuarismi al destierro. La única prueba de esto quedó en una tablilla robada de la biblioteca de Asurbanipal: allí el sabio habría vaticinado la destrucción de Sumeria.
En el penúltimo escalón de este encono Gilgamesh averigua el secreto de la vida eterna, y Aljuarismi descubre lo que la posteridad llamará un algoritmo: el origen de la informática. Los dos hombres intuyen que el primero en hacer funcionar su hallazgo empujará al otro a la perdición.
Pasaron cuarenta siglos desde aquel divorcio: apenas una ráfaga de tiempo atravesando la puerta siempre mal cerrada de la historia. Ahora las crónicas las dibuja Occidente, y bombarderos de las naciones más civilizadas sobrevuelan las bibliotecas de Bagdad, donde empezó la memoria del mundo.
Algún soldado escucha la Biblia en MP3: “El Día del Señor llegará como un ladrón en las sombras, los cielos temblarán con estruendo, se encenderá la noche y todas las obras de los antiguos hombres arderán”.
Un rumor de algoritmos estremece las tumbas de la vieja Sumeria cuando se dispara el primer misil inteligente. Todo el mundo corre a sus ordenadores para no perderse la lluvia de fuego.
Una sombra cansada flota en el palacio de Uruk.

Edgardo Ariel Epherra