LA Sirena, cuento andaluz

Eran unos padres que tenían un hijo y el padre era pescador y todos los días iba a pescar. Un día vio que la red pesaba muchísimo y que apenas podía sacarla; cuando lo consiguió, vio en ella un pescado muy grande que le dijo:

Yo te voy a comer si no me ofreces traerme al primero que encuentres.

El pescador pensó que sería como siempre la perrilla la que se adelantaba a recibirle y ésa le llevaría. Así que el pez se sumergió, se marchó hacia su casa; mas esta vez, en lugar de la perrilla quien salió fue su hijo.

El padre preguntó que por qué se había apresurado a salir a su encuentro, y el hijo le dijo que como tardaba estaba con cuidado. El padre le contó lo que había pasado; que había sacado una Sirena en la red y que le había exigida le llevase al primero que en su casa saliese a recibirlo.

El hijo conoció que su padre tenía que cumplir su palabra; pero, antes de ir, quería marchar a un pueblecito inmediato para despedirse de unos amigos que él tenía; yendo por el camino, se encontró una hormiga, un lobo y un águila; todos tres estaban comiéndose un burro muerto; pero cada uno quería llevarse la mejor parte y no lograban partirlo. Cuando lo vieron pasar lo llamaron y le dijeron les hiciera las particiones del burro. Él lo repartió dándole la carne al águila, los huesos al lobo y la piel a la hormiga; cuando ya se marchaba, volvieron a llamarlo y él temió si querían comérselo también; pero se acercó y le dijeron que querían darles las gracias y su recuerdo por su buena obra. El lobo le dio un pedacito de oreja que tenía la virtud, que en sacándola y diciendo: —¡Ay de mí! ¡el lobo!—, se convertía en lobo. El águila le dio una pluma para que dijese: —¡Ay de mí! ¡el águila!— y se convirtiese en águila; y la hormiga, una patita para que dijera: —¡Ay de mí! ¡Hormiga!—, y se volviese hormiga.

Ya con estos regalos, se volvió a su casa y le dijo al padre que podía entregarlo a la Sirena. Aquél lo llevó y al entregárselo tocó la pluma y después de decir las palabras —¡Ay de mí! ¡Águila!—, se volvió águila y se marchó del primer vuelo al palacio, y la princesa, al ver aquel pájaro tan bonito lo hizo coger y lo colocó atado a los pies de la cama. Por la noche se volvió hombre; la princesa se asustó; pero él la tranquilizó y le contó su historia. El rey quiso se quedase en palacio y todos lo querían mucho; todas las tardes salía en coche con el rey y la princesa, y otras veces a dar paseos en lancha por el mar.

Un día la Sirena lo vio y le echó mano y se lo tragó a vista del rey y la princesa- El rey dijo que aún encontraba medio de sacarlo de la Sirena. Como a las sirenas les gustar mucho el oro y la plata, mandó hacer un remo de plata, y un día salieron en busca de la Sirena, y le dijeron que si les enseñaba el joven aunque no fuese más que medio cuerpo, le regalarían el remo de plata. La Sirena les enseñó la cabeza solamente así que él nada pudo hacer todavía: mas la princesa le dijo que si se lo enseñaba de medio cuerpo, le regalaría un remo de oro. La Sirena dijo que sí y al otro día se lo llevaron y la Sirena sacó el medio cuerpo del joven que, hallándose en esta libertad, pudo tomar la forma del águila y se echó a volar. La Sirena dijo: —¡Ah, pícaros, que me han engañado! Pero yo me vengaré. Y, al irse a volver a palacio la princesa, se abrió la tierra y se la tragó. El águila, que vio lo que pasaba, dijo: —Pues yo habré de sacarla. Y, hecho hombre de nuevo, le dijo a unos albañiles le hicieran un agujero pequeño en aquel sitio. Entonces sacó la patita de la hormiga y dijo: —Vuélvome hormiga, y se entró dentro de un castillo y quiso volverse águila: la reina lo conoció enseguida y cuando salió el gigante que la guardaba, el joven se convirtió en hombre y le dijo a la princesa que se volviese ella también hormiga para salir juntos. Así lo hicieron y llegaron a palacio donde el padre se puso tan contento y permitió al libertador de su hija que se casara con ella. Vivieron muy felices; pero siempre cuidando de no pasear nunca por el mar para no encontrarse con la Sirena.

 

 

 

Odiseo y las sirenas, Bertolt Brecht

8.4.2011: red figured stamnos or jar showing Odysseus / Ulysses and the sirens. Made in Athens, 480-470 BC. British Museum, London.

Como es sabido, cuando el astuto Odiseo avistó la isla de las sirenas, aquellas cantantes devoradoras de hombres, se hizo atar al mástil de su navío y a sus remeros les tapó los oídos con cera a fin de que, gracias a esta cera y a las cuerdas que lo ataban, su goce artístico quedara sin consecuencias nefastas. Mientras remaban bordeando la isla al alcance del oído, los sordos esclavos pudieron ver a nuestro héroe retorciéndose en el mástil como si anhelara liberarse, y a las seductoras mujeres hinchando sus temibles gargantas. Todo transcurrió, pues, aparentemente según lo previsto y acordado. La Antigüedad entera creyó en el éxito de la artimaña del astuto héroe. ¿Seré yo el primero en tener ciertos reparos? Pues lo cierto es que me digo: sí, todo perfecto; pero ¿quién puede decir, aparte de Odiseo, que las sirenas cantaron realmente al ver a ese hombre atado al mástil? ¿Querrían aquellas poderosas y hábiles mujeres prodigar su arte con gente que no tenía ninguna libertad de movimiento? ¿Será esto la esencia del arte? Antes me inclinaría a pensar que las gargantas hinchadas vistas por los remeros se debían a los insultos que, con todas sus fuerzas, lanzaban ellas contra aquel cauto y condenado provinciano, y que nuestro héroe se retorcía en el mástil (cosa de la que también existen testimonios) porque, en definitiva, se sentía avergonzado.

Sirenas, Lactancio Plácido

Las sirenas eran hijas de la musa Melpómene y del río Aqueloo. Cuando Proserpina fue raptada por Plutón, se lanzaron en su búsqueda, pero no lograron encontrarla, por eso, al final, rogaron a los dioses que las transformaran en aves, para poder proseguir buscándola no solo por tierra, sino también por el mar. Los dioses se lo concedieron, y la búsqueda duró largo tiempo; finalmente llegaron a un acantilado sobre el mar, y allí se quedaron. Les fue permitido vivir mientras su voz fuera escuchada. Su aspecto era mitad aves, mitad doncellas, con patas de gallina. Componían su melodía las tres juntas, una con la voz, otra con la flauta y la tercera con la lira. Los marineros que se acercaban a la roca sobre la cual cantaban, atraídos por sus sones, naufragaban- sus barcos se destrozaban en los escollos- y las sirenas los devoraban. Sólo Ulises, desafiándolas, las llevó a la muerte. Mientras pasaba por delante de su morada, tapó los oídos de sus compañeros con cera para que no las oyeran y se hizo atar al mástil de su nave. De tal modo logró escuchar la dulzura de su canto y evitar el peligro. Pero el dolor de la derrota fue para ellas tan grande que se arrojaron al mar y así encontraron la muerte.

En realidad se trataban de prostitutas; puesto que reducían a la pobreza a sus navegantes, se imaginó que provocaban sus naufragios. En griego se llaman seirenes, en latín trahitoriae, las atrapadoras. De tres maneras se puede atrapar o seducir: con el canto, con el aspecto y con el trato frecuente. Se dicen que eran volátiles porque los ánimos de los amantes cambian velozmente. Por eso se las imagina con patas de gallina, porque todo lo que se obtiene bajo el impulso del placer se esparce. En cuanto a Ulises, cuyo nombre significa “extraño a todo”, se cuenta que fue él quien las empujó a la muerte, porque la sabiduría es extraña a todas las mentiras del mundo

Odiseo y las sirenas, Bertolt Brecht

Waterhouse, John William; A Mermaid; Royal Academy of Arts; http://www.artuk.org/artworks/a-mermaid-149322

Como es sabido, cuando el astuto Odiseo avistó la isla de las sirenas, aquellas cantantes devoradoras de hombres, se hizo atar al mástil de su navío y a sus remeros les tapó los oídos con cera a fin de que, gracias a esta cera y a las cuerdas que lo ataban, su goce artístico quedara sin consecuencias nefastas. Mientras remaban bordeando la isla al alcance del oído, los sordos esclavos pudieron ver a nuestro héroe retorciéndose en el mástil como si anhelara liberarse, y a las seductoras mujeres hinchando sus temibles gargantas. Todo transcurrió, pues, aparentemente según lo previsto y acordado. La Antigüedad entera creyó en el éxito de la artimaña del astuto héroe. ¿Seré yo el primero en tener ciertos reparos? Pues lo cierto es que me digo: sí, todo perfecto; pero ¿quién puede decir, aparte de Odiseo, que las sirenas cantaron realmente al ver a ese hombre atado al mástil? ¿Querrían aquellas poderosas y hábiles mujeres prodigar su arte con gente que no tenía ninguna libertad de movimiento? ¿Será esto la esencia del arte? Antes me inclinaría a pensar que las gargantas hinchadas vistas por los remeros se debían a los insultos que, con todas sus fuerzas, lanzaban ellas contra aquel cauto y condenado provinciano, y que nuestro héroe se retorcía en el mástil (cosa de la que también existen testimonios) porque, en definitiva, se sentía avergonzado.

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El contenido del canto, Isar Hasim Otazo

mermaid1Las sirenas estaban rodeadas de una pila de huesos humanos putrefactos, cubiertos de piel seca. Ese dato, sin verificar, dio lugar a la leyenda de que su pérfido canto perdía a los hombres. Pero, en realidad, las sirenas sólo dicen la verdad. Por eso, casi todos se tapan los oídos ante ellas, no vaya a ser que la verdad les haga daño; hay otros, muchos menos, que se atreven a oír la verdad, pero aferrados al mástil de sus certezas, de las que piden no ser arrancados, no importa lo que supliquen durante la experiencia; y, finalmente, hay otros, demasiado escasos, que corren el riesgo de ir hacia las sirenas y escuchar la verdad, a sabiendas de que la partida tiene consecuencias incalculables

Butes, Pascal Quignard

EL NADADOR DE PAESTUM peq

Reman. Reman. Surcan la mar. La vela está firmemente tensada por las drizas de la verga. Un viento rápido les ayuda y empuja el navío. El barco se aproxima a la isla de los pájaros con cabeza de mujer que en griego se llaman Sirenas. De pronto se eleva una voz femenina y maravillosa. La voz avanza sobre la mar hacia los remeros. Proviene de la isla. De inmediato quieren detenerse; quierewn escuchar ese canto, dejan los remos, se levantan de su banco, destensan la vela, van a buscar las piedras ancla, se preparan para lazar las amarras: quieren alcanzar la orilla de la isla.

Es entonces cuando Orfeo sube al puente del navío y allí se sienta. Coloca su caparazón de tortuga sobre sus muslos. Tensa con fuerza las cuerdas de cítara que fabricó en su casa, en Tracia. Ha añadido dos cuerdas a las siete cuerdas de la lira. Con la ayuda del plectro, tañe un contra-canto extremadamente rápido con el fin de rechazar la llamada de las Sirenas. Apolonio escribe que este fragmento de Orfeo es tan ruidoso que los oídos resuenan sólo con el ruido delo plectro.

Ahora la intensidad y la belleza de la melodía de los pájaros parecen retroceder sobre la mar. Ahora los cincuenta héroes ya no escuchan con nitidez ese canto anonadador; apartan su mirada de estos tres pájaros realmente turbadores que ofrecían sus senos, que elevaban tan alto su canto, que giraban hacia ellos un rostro que podría llamarse humano.

Ocupan de nuevo su fila. Toman otra vez su remo. Están golpeando ya la mar del mismo modo en que Orfeo golpea su cítara para darle un mismo ritmo a los movimientos de sus manos; ya se hincha la vela, ya aporta de nuevo su concurso a la fuerza de sus brazos; el navío Argos se aleja ya de la isla cuando, de repente, Butes abandona su remo.

Deja su banco. Sube al puente, salta a la mar.

Nada a través de las olas que hierven.

Su cabeza se aleja, surca el agua, sube, baja en las olas negruzcas que se agitan en las cercanías de las primeras rocas de la isla.

Butes nada con fuerza, hasta tal punto su corazón arde por escuchar, escribe Apolonio, las voces agudas de los pájaros con cabezas y senos de mujer que atraen su cuerpo tenso y húmedo. Se aproxima nadando a la peligrosa roca que domina la orilla; ya alcanza a ver, detrás de ella, la pradera, ya está a punto de abordar la isla que canta; palabra por palabra, la en-cante, la tierra encantadora; está a punto de abordar la hierba y el instante de morir. Apolonio escribe: los pájaros iban ya a arrebatarle el retorno cuando Cipris lo arrancó de las olas.

Butes vuela en los brazos de Cipris. Está pegado a ella. La penetra. Cuando Cipris con Butes en sus brazos llega a la altura de la isla de Sicilia, lo arroja al mar. Lo instaura como el que se zambulle en el cabo Lilibeo. Butes es el Saltador. Hay que imaginar a Butes como ese saltador que puede verse en el dorso de un sarcófago en el sótano del pequeño museo de Paesturn frente a la isla de Capri. Uno se queda estupefacto en el rincón de la cueva, detrás de la escalera, en la sombra y el frescor, ante la determinación que aparenta ese pequeño cuerpo desnudo, limpio, sexuado, sombrío, cuando se lanza al mar Tirreno y a la muerte.

De agua no tan dulce, Marina Colasanti

Rebecca YanovskayaCriaba una sirena en la bañera. Trabajo, no daba ninguno, sólo la adquisición de peces con los que ali­mentarla. Mansa desde pequeña, cuando fue atrapada en una red de gambas, ya estaba entrenada para la vida cotidiana entre azulejos.

Cantaba. Melopeas, al principio, que al poco tiempo, por influencia de la radio que oía en la sala, fue cam­biando por las canciones de Roberto Carlos. Bajito, eso sí, para no molestar a los vecinos.

Así se entretenía. Trenzaba y destrenzaba sin fin sus cabellos, ahora de oro pálido. “Siempre creí que las si­renas eran rubias”, dijo él un día trayendo tinte y agua oxigenada. Y ella, sin siquiera despedirse de los negros mechones en el reflejo del agua de la bañera, comenzó sumisa a pasarse el pincel.

Sólo una vez, en todos los años que vivieron juntos, él la llevó hasta la playa. En coche, las escamas de la cola escondidas debajo de una manta, al cuello la correa que había comprado para prevenir un despertar del instinto. Bajó un poco el cristal, para que entrase el aire marino. Pero no intentó huir. Encendió la radio y se quedó mi­rando las olas, mientras copos de espuma caían de sus ojos.

 

Un reloj con números romanos, Mario Benedetti

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No se culpe a nadie de mi vida.- Julio Cortázar

¿Te llama la atención mi reloj? A mí siempre me gustaron los relojes con números romanos. ¿Crees que está atrasado porque marca las once y cuarto? No, no está atrasado. Simplemente, hace diez años que está detenido en esa hora. ¿Por qué? No es tan simple de contar. Nunca hablo de eso, nada más que por miedo a que no me crean. ¿Serías capaz de creerme? Entonces te lo cuento. Más que un recuerdo, es un homenaje. Diez años. Recuerdo la fecha, porque todo ocurrió al día siguiente de mi cumpleaños. Tenía quince y estaba bastante orgulloso de mi nueva edad. Pasaba ese verano en casa de mis tíos, en un pueblecito mallorquín, en medio de un increíble paisaje montañoso. Después de las muchedumbres y el tránsito enloquecido de Barcelona, aquello era un paraíso. Por las mañanas me gustaba ir a la cala que quedaba allá abajo; en hora tan temprana estaba siempre desierta. En esa época nadaba muy mal, así que nunca me alejaba mucho de la orilla porque en ciertos momentos del día las olas, altísimas y todopoderosas eran siempre un peligro. Me bañaba desnudo y eso constituía todo un disfrute en aquel agosto particularmente caluroso. Esa mañana descendí casi corriendo por el sendero irregular y pedregoso que llevaba a la cala, y una vez allí, sin mirar siquiera a mi alrededor, me quité el short. Iba a meterme en el agua, cuando sentí que alguien me gritaba, algo como buenos días. Miré entonces y vi a una mujer joven, morena, hermosa. Llevaba una mínima tanga, pero su busto estaba al descubierto. Sentí un poco de vergüenza y me tapé con las manos, pero ella empezó a caminar y enseguida estuvo junto a mí. No tengas vergüenza, dijo (en un correcto español pero con acento extranjero, como si fuese inglesa o alemana). Mira, yo también me quito esta menudencia, agregó, y así estamos iguales. Preguntó cómo me llamaba y le dije que Tomás. Tom, repitió ella. Eres lindo, Tom. Creo que me puse rojo. Ven, dijo, y tendió su mano hacia mí. Yo le di la mía. Ven, repitió y me miró calmosamente. Sonreía, pero era una sonrisa triste. ¿Nunca has estado con una mujer? Dije que no, pero sólo con la cabeza. ¿Y qué edad tienes? Ayer cumplí quince, contesté con mi orgullo algo recuperado. Entonces empezó a acariciarme, primero los hombros, luego el pecho (yo reí porque me hizo cosquillas), la cintura, siempre sonriendo con infinita tristeza. Cuando llegó a mi sexo, éste ya la estaba esperando. Entonces sonrió más francamente y con un poco menos de tristeza, pero no se detuvo allí, continuó acariciándome y así llegó a mis tobillos y a mis pies llenos de arena. En ese momento comprendí que me estaba enseñando algo y resolví ser un buen alumno. También yo empecé a acariciarla, pero en sentido inverso, de abajo hacia arriba, pero cuando llegué a aquellos pechos tan celestiales, me sentí desfallecer. De amor, de angustia, de esperanza, de nueva vida, de qué sé yo. Nunca más he sentido una sensación así. Entonces, sin decirnos nada, nos tendimos un poco más allá, donde el agua apenas lamía la arena, y ella prosiguió minuciosamente su clase de anatomía. La verdad es que a esa altura yo ya no precisaba más lecciones y la cubrí sin ninguna timidez, casi te diría que con descaro. Y mientras disfrutaba como un loco, recuerdo que pensaba, o más bien deliraba: esta mujer es mía, esta mujer es mía. Cuando todo acabó, continuó besándome durante un rato. Luego se quitó el reloj (precisamente este reloj) de su muñeca y me lo dio. Mira, se ha detenido, eso quiere decir algo, guárdalo contigo. Y yo, que siempre había querido tener un reloj con números romanos, lo puse en mi muñeca, a ella le dije gracias y la besé otra vez. Entonces dijo: Eres lo mejor que me podía haber pasado, justamente hoy. Ahora me voy contenta, porque nos descubrimos y fue algo maravilloso, ¿no te parece? Sí, maravilloso, pero a dónde vas. Al mar, Tom, me voy al mar. Tú te quedas aquí, con el reloj que se ha detenido, y no digas nada a nadie. A nadie. Me besó por última vez y su lengua estaba salada, como si fuera un anticipo del mar que la esperaba. Empezó a caminar lentamente, se metió en el agua y de inmediato fue rodeada por el coro de las olas, que cada vez se fueron encrespando más. Ella siguió avanzando, sin nadar, dejándose llevar, empujar, acosar violentamente por aquel mar que (lo pensé entonces) era un viejo celoso, desbordante de ira y de lujuria. Un viejo que no la iba a perdonar y a mí me salpicaba como escupiéndome. Y así hasta que la perdí de vista, porque las olas, una vez que golpeaban en las rocas, regresaban con ímpetu y la llevaban cada vez más lejos, más lejos, hasta que por fin tomé conciencia de mi abandono y empecé a llorar, no como un muchacho de quince años sino como un niño de catorce, sobre los despojos de mi brevísima, casi instantánea felicidad. Jamás apareció su cuerpo en las costas de Mallorca, nunca supe quién era. Durante unos meses quise convencerme de que tal vez fuese una sirena, pero luego descartaba esa posibilidad, ya que las sirenas no usan relojes con números romanos. Bueno, creo que no usan relojes en general. Aun hoy, cuando voy de vacaciones a Mallorca, bajo siempre hasta la cala y me quedo allí, desnudo y a la espera, dispuesto a darle cuerda nuevamente al reloj no bien ella surja desde el mar, huyéndole a las olas iracundas de aquel viejo rijoso. Pero ya ves, en mi reloj de números romanos las agujas siguen marcando las once y cuarto, igual que hace diez años.

El hombre pez, Eduardo Rico Sánchez

ImageProxy.mvcNadie lo comprende. Nadie entiende qué ocurrió aquella tarde. Él llevaba un pantalón vaquero, chubasquero rojo y zapatillas blancas. Fue como por arte de magia: desapareció en el agua. Echó a caminar hacia la orilla, dicen algunos que a mirarse en el borde, como el que espera con impaciencia la venida de la muerte en esa costura de espuma que el mar forma con la playa. No es de extrañar que eso sucediera, pero él sabía que los vencejos no dominan la gramática y que el largo cuello de los cisnes nada tiene que ver con la Vía Láctea. No ignoraba que los vendavales de querubes estuvieran compinchados para formar galernas infernales, que las atarazanas de Jasón no se hallaran atestadas de argonautas o que las tubas y cornamusas entonaran salmos para la discordia en las alcobas celestiales. Es verdad, todo eso ya lo tenía en la cabeza mientras dejaba su indeleble rastro en las miradas de la gente. Todo lo tenía aprendido y, tras encontrar moribundo en un charco de lágrimas el último pez azul que su alma imaginaba, echó a nadar hacia la dársena que llaman de los hombres dormidos, se ungió de escamas y, al marcharse, llamaba a gritos a las sirenas por sus nombres y a los abismos sumergidos, con escurridizas burbujas de plata.

Avistamiento en Teutoland, Werner Wunderlich

06-Mirage Cartography CD cover, oil on board

Cuando el almirante Cristóbal Colón navegaba por el apacible mar surcando la ruta de las especies, uno de sus barbados marineros entrevió en el horizonte salino un ejemplar de sirena, la especie acuática que luego sería confundida en las crónicas del conquistador con el manatí, extravagante mamífero acuático, endémico de los trópicos. Como ambos no eran tan “hermosos como los pintan”, por su “forma de hombre en la cara”, dejó anotado el Almirante en su diario de navegaciones, prosiguió en su carabela surfeando la cresta de las olas hasta arribar a unas costas ignotas, hasta a unas tierras sin nombre. El Descubridor dejó en su bitácora noticia buena de la sirena en la literatura de no ficción, para usar un término ultramoderno.

Un ciudadano de a pie, mientras miraba el por aquí de los anaqueles y el por allá de los pasillos de una librería berlinesa, o en la tienda de un museo, ya no me acuerdo, encontró un ejemplar de Mythos sirenen. Texte von Homer bis Dieter Wellershoff, cuyo pescador, Werner Wunderlich, rastrea y documenta la presencia de ese animal endémico de la literatura en los acervos literarios europeos, de Homero a Dieter Wellershoff, como reza el subtítulo, aunque no presumo de conocimientos del alemán, sino de las facilidades que otorgan las transparencias de los cognados. El hallazgo me inyectó de adrenalina, la suficiente como para volver a transitar por las aguadas y frías calles de Berlín, harto contento por la adquisición libresca, que luego sería presumida y aireada frente a los ojos del colega Lauro Zavala, compinche en las andanzas teutonas.

El índice señala la presencia de la sirena en las literaturas grecorromana, española, inglesa e italiana, acaso sabida para el interesado, pero la que me importa destacar aquí es su honrosa silueta en el ámbito germánico, tal vez menos conocida para el iniciado. Y menos aun para la sirenología, fina antología que servirá de documentación base para posteriores escolios, elaboración de hipótesis y fundamento de los necesarios prolegómenos de la sirenología, ese nuevo saber literario.

Entre otros autores y sus obras, los hermanos Grimm aparecen en primer término con “Sirene”, luego el mismísimo Goethe, de cuyo Faust se desprende “Der Tragödie Zweiter Teil”, y sin continuidad cronológica, pero sí temática, sobreviene Richard Wagner, por su Tannhäuser und der Sängerkrieg auf Wartburg. De igual modo se incluye a Heinrich von Kleist con la ficción breve Wassermänner und Sirenen. Y la presencia que me pareció más sorprendente y admirable, es la de Bertolt Brecht, pues aparte de compurgar dramas sociales y admirables lieder, escribió la narración corta Odysseus und die Sirenen, datado en 1933. Asimismo participan de este banquete, Max Horkheimer & Theodor W. Adorno con sus reflexiones sobre Odysseus oder Mythos und Aufklärung. Y para los walserianos, el especialista en medievalismos y germanística incluye de Robert Walser el sirenenleid, Sirene, un poema de 1930, no sé si escrito previamente a su enclaustramiento, pues la fiebre walseriana aún no se me contagia, a pesar de que ya tengo reservada su lectura en mi mesa por sendos microgramas.

Finalmente apunto que el epílogo, “Die Metamorphosen der Sirenen”, establece las mutaciones de este animal prodigioso en la imaginación literaria europea. La bibliografía recopila información en alemán, mayoritariamente, y francés sobre este cuerpo de agua presente en los albores de la escritura y la invención humana contemporánea.

Hasta aquí la noticia bibliográfica disfrazada de reseña más por falta de cognados que por ganas de lectura y capacidad de entendedera. Una glosa conclusiva nada más: La sirena es una invención endémica del arte literario

Mar y Tierra, Laura Elisa Vizcaíno Mosqueda

poseidonCuando la sirena cumplió quince años se escapó de su casa. Precisamente esa noche había una fiesta en la playa; sus ojos se llenaron de luces por lo que discretamente y, como Poseidón le dio a entender, se acercó a unas sillas junto a la pista de baile, dispuesta a observar lo que nunca antes había visto en su vida.

Disculpa, ¿quieres bailar?

Pero no traigo zapatos, ¿le importa? —Respondió apenada la sirena.

El caballero cambió su sonrisa por una cara de asco y se marchó. La preciosa sirena bajó del asiento y con el coraje que genera una ofensa regresó a su espacio marino, rompió el agua, se hundió en lo profundo, regresó a la superficie, saltó sobre ella, navegó sobre sus cabellos y siguió ejecutando los movimientos más armónicos y fuertes, imposibles de realizar sobre la tierra, hasta que nunca más paró de bailar.

Sirenas, Luis Bernardo Pérez

08-Lia Melia-Siren Song webComo es bien sabido, hay en todos los puertos del mundo por lo menos una taberna donde, a cambio de un vaso de vino o de algunas monedas, algún viejo marinero relata a los viajeros sus largas travesías y sus amores breves e intensos con las sirenas. ¿Habrá bajo el mar lugares donde las sirenas viejas narren sus antiguos amores con los marineros?

Mentiras blancas, Patricia Nasello

(8) Feroz y galante, a cada embestida, el mar deposita a mis pies rocas que extrae de sus abismos. Con esas rocas construyo mi casa y, a pesar de los tiburones que la circundan, me siento a gusto en ella. Durante el día se mantiene fresca, con perfume a nácar. Por las noches mis sábanas oscuras se iluminan de perlas, a veces son tantas que creo dormir sobre un cielo estrellado —entonces ocurre el prodigio: la suspensión de esa ausencia que aún no comprendo si a vos o a mí corresponde—. Las sirenas me arrullan, anuncian el fin de esta era de sal.

 

Huéspedes cotidianos, Isabel Martínez Barquero

g (3)Mi madre tiene un modo muy particular de referirse a los asuntos engorrosos, sobre todo a los ocasionados por mi padre. Su tendencia al histrionismo es bien conocida por toda la familia, así que esta mañana me enteré de ciertos devaneos de mi progenitor cuando ella me espetó en voz muy alta, para que él le oyera:

-Hijo, recuérdale a papá que cierre todos los sumideros del baño mientras voy a por los dos kilos diarios de pescado fresco. La última vez que se los dejó abiertos tras afeitarse fue cuando llegó la intrusa, y ya ves cómo estamos… Con una sirena, basta en este piso.

 

Cuando la luna baja hasta tus manos, Silvia Tomasa Rivera

fai2Cuando la luna baja hasta tus manos
hay una sirena mordiéndote el espíritu.
Una sirena venida de los mares del norte,
quizás en este instante se debata en la espuma.

Te envía viejos mensajes carcomidos y tú le crees,
desde un punto del sueño crees que existe,
esa botella verde que ahora tienes
guarda las uvas que te envió, saboréalas,
no vendrán seguido, una ola de sal las intimida.

No llegarán, te lo digo como a mi hermano.
Esto es cosa seria, un secreto de olvido
una herida que la espuma no alivia
aunque te metas mar adentro con la marea alta.

Vas a confundirte, son muchas las sirenas
que envían cartas,
nunca una sola llega hasta la orilla,
el mundo marino las chupa, les llena los senos
de escamas.

Nunca ames a mujer venida del mar porque te deja
un sabor a sal en la garganta.
Mejor toma tus uvas solitario. No eres lobo marino.

El mar sólo existe en tu memoria, voltea
hacia todas partes.
¿Hay mar aquí?

¿Carne o pescado?, Laura Elisa Vizcaíno Mosqueda

A sea nymph  *oil on canvas  *114 x 195.5cm  *signed b.r.: Falero / 1892

A una edad avanzada, el buen hombre descubrió que nunca había escogido lo correcto en el tránsito de su vida. Con la cabeza agachada y una maleta pequeña partió hacia la playa. El calor y demás olores salados le hicieron levantar un poco el rostro; apenas sintió algo de apetito, se acercó a un restaurante. “¿Carne o pescado?”, le dijo el mesero. Pregunta simple y cotidiana, pero una decisión más al fin y al cabo (el matrimonio, las aventuras, su música abandonada, el empleo perdido, sus ganas de vivir y las ganas de morirse). Sin dar respuesta, abandonó el lugar y solemnemente se acercó a las olas. Se sumergió en el agua dispuesto a olvidarse. Y en sus suicidios andaba cuando una hermosa sirena le abrió los ojos, lo abrazó con su carne y lo impregnó de pescado.

Sueño marino, Sam Shepard

(3)La cama era para él un océano, incluso cuando estaba despierto. Las mantas se ondulaban como las olas. Las sábanas espumeaban como las rompientes. Las gaviotas caían en picado y pescaban a lo largo de su espalda. Hacía bastantes días que no se levantaba y todo el mundo estaba preocupado. No quería hablar ni comer. Sólo dormir y despertarse y volver a dormirse. Cuando fue a verlo el médico, se le meó encima. Cuando fue a verlo el psiquiatra, le lanzó un escupitajo. Cuando fue a verlo un cura, le vomitó. Finalmente lo dejaron en paz y se limitaron a pasarle zanahorias y lechuga por debajo de la puerta. Era lo único que quería comer. Los demás habitantes de la casa bromeaban diciendo que tenían un conejito, y él les oyó. Cada vez se le aguzaba más el oído. De modo que dejó de comer. Empujó la cama hasta ponerla contra la puerta, para que nadie pudiera entrar, y luego se durmió. Por la noche los demás habitantes de la casa oían el silbido de los huracanes al otro lado de la puerta. Y truenos y relámpagos y sirenas de barcos en una noche de niebla. Aporrearon la puerta. Intentaron derribarla, sin conseguirlo. Aplicaron la oreja a la puerta y oyeron gorgoteos subacuáticos. En la cara exterior de las paredes de esa habitación empezaron a crecer algas y percebes. Comenzaron a asustarse. Decidieron encerrarlo en un manicomio. Pero cuando salieron por el coche descubrieron que toda la casa estaba rodeada por un océano que se extendía hasta donde alcanzaba su vista. Océano y nada más que océano. La casa se balanceaba y cabeceaba toda la noche. Ellos se quedaron apretujados en el sótano. Desde la habitación cerrada les llegó un prolongado gemido y la casa entera se sumergió en el mar.

Amor oceánico, Esteban Dublin

BB9El Océano Atlántico se había enamorado. Cada atardecer esperaba ansioso a que una jovencita con la que se había obsesionado sacara su cámara y empezara a tomarle fotografías. El Atlántico posaba para ella bajando el oleaje y enfrentando la brisa con ahínco. Con timidez llegaba a la orilla donde ella se sentaba y se sentía vivo cuando tocaba sus pies descalzos. Un día, sin embargo, su musa apareció con un atractivo cartagenero a sus orillas y, muerto de celos, arreció contra ambos hasta arrastrarlos mar adentro. Nadie volvió a ver al joven, pero algunos aseguran que, al atardecer, muy cerca de la playa, suele aparecer una hermosa sirena.

 

Los pescadores de sirenas, Rubén Darío

(3)Péscame una, ¡oh, egipán pescador! que tenga en sus escamas radiantes la irisada riqueza metálica que decora los admirables arenques. Péscame una cuya cola bifurcada pueda hacer soñar en el pavo real marino, y cuyos costados finos y relucientes tengan aletas semejantes a orientales abanicos de pedrería. Péscame una que tenga verdes los cabellos, como debe tenerlos Lorelay, y cuyos ojos tengan fosforescencias raras y mágicas chispas; cuya boca salada bese y muerda cuando no cante las canciones que pudieran triunfar de la astucia de Ulises; cuyos senos marmóreos culminen florecidos de rosa, y cuyos brazos, como dos albos y divinos pitones, me aten para llevarme a un abismo de ardientes placeres, en el país recóndito en donde los palacios son hechos de perlas, de coral y de concha de nácar. Mas esos dos sátiros que se divierten en la costa de alguna ignorada Lesbos, Tempe o Amatunte, son, ciertamente, malos pescadores. El uno, viejo y fornido, se apoya en un grueso palo nudoso, y mira con cómica extrañeza la sirena asustada y poco apetecible que su compañero ha pescado. Éste saca la red, y no parece satisfecho de su pesca. De los cabellos de la sirena chorrea el agua, formando en el mar círculos concéntricos. Sobre las testas bicornes y peludas se extiende, al beso del día, un fresco follaje, mientras reina en su fiesta de oro, sobre nubes, tierra y olas, la antorcha del sol.

 

El diluvio, Enrique Anderson Imbert

(9)

Zeus, para mejorar la raza humana, ordenó a Eolo y Posidón que anegaran la tierra.

Diluvió. Mares y ríos se juntaron. Inmensas ciudades inmersas.

Los hombres se defendieron construyendo balsas y embarcaciones. Vislumbraban, en el fondo del agua, el techo de sus casas y confiaban en que alguna vez podrían retornar. Entre tanto, remaban sobre sus huertos y se zambullían para coger manzanas; pescaban peces que andaban como pájaros por entre las ramas más altas de los nogales.

Entonces, antes de que Zeus volviera a poner las cosas como estaban, las sirenas acudieron presurosas de todas partes y aprovecharon esa ocasión única para recorrer, con ojos asombrados, las calles sumergidas por donde habían caminado los fabulosos hombres.