Hemorroide, Etgart Keret

Jack Montgomery
Jack Montgomery

Esta es la historia de un hombre que sufrió de una almorrana. No de hemorroides, sino de una sola y triste almorrana. La almorrana empezó siendo pequeña y molesta, enseguida se hizo mediana e irritante, y a los dos meses ya era grande y dolorosa. El hombre siguió viviendo su vida con normalidad: trabajaba todos los días hasta bien tarde, se divertía los fines de semana y, cuando se le terciaba, echaba una canita al aire. Pero la almorrana esa, que tenía colgando de la vena, le recordaba en todas las reuniones largas o cuando estaba estreñido que la vida es un jodido sufrimiento, que la vida es bien molesta y puñetera. Y así, antes de tomar cualquier decisión importante, el hombre escuchaba a su almorrana lo mismo que hay otros que escuchan su conciencia. Y la almorrana, como almorrana que era, le daba unos consejos para el culo. Le aconsejaba despedir a este o al otro, no ceder, enfadarse y quejarse. Y la verdad es que funcionaba, porque el hombre cada día cosechaba más y más éxitos. Las ganancias de la empresa que presidía no hacían más que aumentar, y con ellas la almorrana. Hasta que llegado un momento la almorrana ya era más grande que el hombre. Aunque ni siquiera entonces dejó de crecer. Finalmente, la tal almorrana acabó por encabezar el directorio de la empresa. Y a veces, cuando la almorrana se sentaba en la butaca de la sala de reuniones, el hombre que tenía debajo le molestaba un poco.

Esta es la historia de una almorrana que sufrió de un hombre. La almorrana siguió viviendo su vida con normalidad: trabajaba todos los días hasta bien tarde, se divertía los fines de semana y, cuando se le terciaba, echaba una canita al aire. Pero el hombre que tenía colgando de la vena le recordaba en todas la reuniones largas o cuando estaba estreñida que la vida es amar, que la vida es dolor, que la vida es un jodido sufrimiento, pero que también se puede ir a mejor. Y la almorrana escuchaba al hombre lo mismo que las personas, muchas veces, escuchan los retortijones del vientre cuando este exige alimento, sin demasiadas ganas pero con resignación. Y gracias a ese hombre la almorrana se esforzó por creer que podía perdonar, y lo intentó. Por mantener su honor y el de los demás. Y si alguna vez todavía maldecía, ponía cuidado en no mentarle la madre a nadie. De manera que gracias a aquel pequeño y molesto hombre que tenía en el trasero, la almorrana se convirtió en una almorrana querida por todos: por las almorranas, las personas y, por supuesto, por los accionistas de su compañía, desperdigados por todos los rincones del mundo.

 

El secreto del amor, Abraham B. Yehoshúa

erosEl amor- dice el periodista citando a Platón- es una señal de nuestra finitud y de la posibilidad de superarla. La pasión humana es como una escala con varios peldaños y va desde lo más concreto a lo más abstracto, de lo material a lo espiritual. Entender el mundo así es el mejor premio para el amante sensato, que consigue amar sin depender del objeto amado, ya que sabe que lo que le atrae de él, se halla en esencia también en otros cuerpos, trasciende lo corporal y accede a la belleza del alma…

– El alma- repite el cónsul, que obviamente está pensando en el alma impetuosa de su mujer.

-Ése es el secreto del amor. No hay fórmulas. Cada uno debe encontrarlo por sí mismo. Y por eso- prosigue el periodista mientras el blindado avanza muy despacio para no salirse de la estrecha y sinuosa carretera- Eros no es un dios ni un ser humano, es un demonio: un tipo cruel, sucio, pobre, sin casa, que vaga descalzo por las calles. Sin embargo, posee el poder de vincular lo divino con lo humano, lo eterno con lo pasajero…

 

El sol y la luna, Talmud

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De la mente de Dios, la palabra de la creación salió: “Dos grandes luminarias brillarán en el cielo y, reinas de la tierra, gobernarán al tiempo fugitivo”.

Dijo y fue. Así como el que sale de la cámara nupcial, como el héroe que se adelanta triunfante por el camino, surgió el sol, luz primera. Su manto era un esplendor divino; en torno a la cabeza llevaba una guirnalda de múltiples colores.

La tierra se llenó de alegría; suaves perfumes brotaron de los campos, y las flores se abrieron más hermosas.

La segunda luz, la luna, se estremeció de envidia, porque la luz hermana la igualaba en esplendor. “¿Para qué dos reinas sobre un mismo trono?”. “¿Y por qué nací yo después de mi compañera?”.

Y de repente, con el interno temblor se apagó su luz, que huyó volando por los campos del cielo, convertida en sartas de estrellas.

Blanca como un cadáver estaba la luna, llena de vergüenza frente a las peregrinas celestes, y rogaba lastimera: “Piedad de mí, Señor de los señores, piedad”.

Y un ángel del Señor se apareció a la avergonzada luna, diciendo: “¿Por qué envidiaste el resplandor del sol? ¡Infeliz! ¡Nunca podrás ya a lucir como él; y siempre que la tierra pase por delante de ti, quedarás como ahora: toda o en parte oscurecida! Sin embargo, ¡oh, desdichada!, no te lamentes más: Dios piadoso ha perdonado tu error y lo ha vuelto en bien. ‘Ve — me dijo — y di a la arrepentida: también ella será reina de su luz: y las lágrimas de su arrepentimiento serán bálsamo para el cansado y para los deslumbrados por la fuerza solar serán alivio’”.

Consolada quedó la luna siguiendo el silencioso camino que ahora recorre: reino de la noche y de las estrellas, lamenta el antiguo error, y va al encuentro de los miserables para consolarlos.

Gotas contra la soledad, Etgar Keret

(1)Mi novia dice que alguien en Estados Unidos ha inventado una pastilla que hace que no te sientas solo. Lo oyó ayer, en la cápsula informativa Sesenta segundos

de la emisora del ejército, y ya le está enviando una carta urgente a su hermana para que le compre un cargamento y se lo mande por correo. En Sesenta segundos dijeron que en la Costa Este la venden en todos los comercios y que en Nueva York ya ha causado furor. Viene en dos presentaciones: en gotas o en aerosol. Mi novia lo ha pedido en gotas, porque puede que no se quiera sentir sola, pero lo que no quiere es dañar la capa de ozono.

Las gotas te las echas en el oído y al cabo de veinte minutos dejas de sentirte solo. Actúan químicamente sobre no sé qué zona del cerebro, habían explicado por la radio, pero mi novia no lo había entendido bien. Porque no es que sea precisamente Madame Curie, mi novia, y yo hasta diría que es un poco boba. Se pasa el día sentada pensando en que le voy a ser infiel, que la voy a dejar y cosas así. Pero yo la quiero, la quiero con locura. Cuando vuelve de la oficina de correos me dice que ahora ya puede dejar de vivir conmigo. Porque las gotas, tarán-tarán, van a llegar pronto y ya no le va a dar miedo estar sola.

– ¿Dejarme? – le digo -. ¿Por unas gotas? ¿Cómo es posible?

Pero si la quiero, la amo con locura.

– Vete, si quieres – le digo -, pero quiero que sepas que ni esas asquerosas gotas para los oídos ni ningunas otras te van a querer como yo te he querido.

Lo que sí es verdad es que las gotas de los oídos no le van a ser infieles. Eso es lo que ella dice, después, se va. Como si yo sí le fuera a ser infiel.

Ahora ha alquilado una buhardilla en Florentín y todos los días espera al cartero. Yo, por mi parte, no tengo ninguna relación con el correo, no me emociona, y es que no tengo amigos en el extranjero que me manden cosas. Si los tuviera, hace ya tiempo que habría ido a visitarlos. Habría salido a tomar unas copas con ellos y les habría contado mis penas. Los abrazaría mucho y no me avergonzaría de llorar delante de ellos y todas esas cosas. Podríamos estar juntos años, pasarnos así la vida entera. De la manera más natural, como siempre se ha hecho, muchísimo mejor que con unas gotas.

Baladas del desierto, Nathán Yonathán

desierto-1Si lo que amas es un ramo de flores dolorido,
me iré al desierto y aprenderé a sufrir.
Si lo que amas son los versos escritos en la piedra,
construiré mi casa entre peñascos
y en sus ariscas cumbres aprenderé a escribir.
Solamente entonces, cuando la oscuridad
nos cubra con su arena, y el amoroso libro
de las crónicas en lo oscuro nos esconda,
acaso sepas decirme esas otras palabras
que están más allá del dolor y de la dicha.
Parece que este hombre –dirás solamente
entonces- me dio todo su amor.

De todo corazón, Amos Oz

1El día de Shavuot, tío Zémaj vino a visitarnos desde Tel Aviv y me trajo de regalo una bicicleta. De hecho, mi cumpleaños cae entre esas dos festividades, Pésaj y Shavuot. Pero a ojos de tío Zémaj todas las fiestas más o menos son iguales, con excepción de la Fiesta del Arbol, que él trata con respeto excepcional. “Durante Januká”, solía decir, “a los hijos de Israel se nos enseña a odiar a los malignos griegos. En Purim son los persas; en Pésaj odiamos a Egipto; en Lag Baomer, a Roma. El 1 de mayo nos manifestamos contra Inglaterra; el 9 de Av, contra Babilonia y Roma; el 20 de Tamuz murieron Herzl y Bialik, mientras que el 11 de Adar hemos de recordar para siempre lo que los árabes les hicieron a Trumpedor y a sus compañeros en Tel Jai. La Fiesta del Arbol es la única en que no nos hemos peleado con nadie, la única que no trae consigo duelos que recordar. Pero casi siempre llueve: adrede, por supuesto”.

Mi tío Zémaj, tal como me habían explicado, era el hijo mayor del primer matrimonio de mi abuela Emilia, que después se casó con mi abuelo Isidoro. A veces, cuando se quedaba con nosotros, tío Zémaj me sacaba de la cama a las cinco de la madrugada y me incitaba con susurros a entrar a nuestras anchas en la cocina para hacernos una tortilla de dos huevos. Traía entonces una mirada jovial, maliciosa incluso, y se comportaba como si él y yo fuéramos miembros de alguna banda peligrosa, sólo temporalmente metidos al ocasional pasatiempo de hacernos unas tortillas. Pero mi familia en general tenía una opinión muy distinta del tío Zémaj. Por ejemplo:

 “Ya era un pequeño estraperlista cuando tenía catorce años, en Varsovia, en el distrito Nalevki, y aquí lo tienes, de estraperlista en la calle Bugrashov, en Tel Aviv”.

O bien: “No ha cambiado ni un ápice. Ni siquiera el sol se molesta en broncearle. Es como es, y no hay nada que hacer”.

Pero esta última observación me resultaba estúpida y desconsiderada, e injusta también. Mi tío Zémaj no se ponía nunca moreno simplemente porque no podía, y a eso no había vuelta que darle. Si le hubieran nombrado socorrista en la playa, lo único que habrían conseguido es que se quemara en vez de ponerse moreno; habría enrojecido y empezaría a pelarse. Así es como era: un hombre todavía joven, no muy alto, y tan delgado y tan pálido que parecía hecho de papel. Tenía el pelo también blanquecino y los ojos rojos como los de un conejo.

Y, en cualquier caso, ¿qué significa estraperlista? No tenía ni la menor idea. Pero por mi cuenta lo traduje más o menos como sigue:

Que ya cuando vivía en Varsovia, tío Zémaj solía llevar una camisa y pantalones caqui, que le llegaban hasta las rodillas, y que se dormía en un santiamén con la radio puesta. Y es que no había cambiado: perseveraba en sus extraños hábitos, llevaba camisa y pantalón caqui hasta las rodillas, y se dormía con la radio puesta. Incluso aquí, en Palestina, en la calle Bugrashov, en Tel Aviv. Bien, pensé, así es: ¿y qué importa? ¿Hay algo malo en ello? Y, de todas formas, tío Zémaj vivía en la calle Grusenberg, no en la calle Bugrashov. Y a veces rompía a cantar con un vozarrón, con mugidos y rebuznos, hasta terminar por quebrársele:

Show me the way to go home…

A lo cual los demás murmuraban al unísono, muy preocupados y en yiddish, de tal manera que no podía entenderlos, pero siempre con la palabra meshuggener de por medio, y yo sabía que quería decir “loco”. Pero aunque dijeran eso de tío Zémaj, a mí se me antojaba más bien —cuando rompía a cantar esta canción, u otras— no un loco, sino sencillamente un hombre triste.

Y a veces tampoco estaba triste, en absoluto: más bien al contrario, estaba jubiloso y divertido. Por ejemplo, se sentaba con mis padres y con mi tía Edna, la solterona, en nuestro balcón, a la hora del crepúsculo, y hablaba de asuntos que bajo ningún concepto debieran tratarse delante de los niños. Gangas y chollos, timos y estafas, lirot y acciones de bolsa, escándalos y adulterios en los círculos bohemios. A veces, hasta que entre todos lo acallaban de malas maneras, decía palabrotas y burradas de toda clase. “Cállate, bocón”, le decían. “¿Estás chiflado o qué? El chico está oyéndolo todo, y ya no es precisamente un niño de teta.”

Y los regalos que me traía. Siempre se las arreglaba para traerme los regalos más sorprendentes, e inverosímiles incluso. Una vez me trajo un álbum de sellos chino que, al abrirlo, emitía un gorjeo. Otra vez, un juego como el Monopolio, sólo que en turco. Otra, una pistola que disparaba un chorro de agua a la cara del enemigo. Y otra vez me trajo un pequeño acuario con una pareja de peces que nadaban en círculos, sólo que al final resultaron no ser una pareja sino, sin lugar a dudas, machos los dos. Otra vez me trajo una ballesta. (“¿Estás loco, Zémaj? El chico va a sacarle el ojo a alguien con semejante barbaridad, válgame el cielo.”) Y un fin de semana de invierno me dio un billete de banco nazi; ningún chico de la vecindad tenía nada parecido. (“Esta vez, Zémaj, sí que te has pasado.”) Y en la noche de Séder me regaló una jaula con seis ratones blancos. (“¿Y qué más vas a traerle al chico? ¿Serpientes? ¿Escarabajos? ¿O cucarachas tal vez?”).

En esta ocasión, tío Zémaj señaló la fiesta de Shavuot viniendo desde la estación del autobús de Egged, por la carretera de Yafo, hasta el jardín de casa, en una bicicleta Raleigh de segunda mano; no le faltaba un solo accesorio: tenía timbre, un faro, una parrilla y también un reflector en la rueda de atrás; sólo le faltaba la barra que une el sillín con el manillar. Pero al contemplarla otra vez, desbordado de alegría, pasé por alto la gravedad de la falta.

Realmente —dijo madre—, esto es excesivo, Zémaj. El chico sólo tiene once años. ¿Qué te propones regalarle por su Bar Mitzvá?

Un camello— respondió tío Zémaj al punto, y con tal aire de indiferencia que debía de haberse preparado la respuesta durante todo el viaje.

¿Serviría de algo —dijo padre— que reparases al menos una sola vez en los efectos qué todo esto tiene en su educación? En serio, Zémaj, ¿a qué conduce todo esto?

No esperé a que tío Zémaj contestara. Ni me importaba tampoco lo más mínimo a dónde condujeran las cosas. Loco de orgullo y de alegría galopé en mi bicicleta hacia mi escondrijo, tras de la casa. Y allí, en donde nadie podía verme, besé el manillar, y luego me besé el dorso de las manos una y otra vez, y en un susurro tan alto que parecía un grito, salmodié: “Bendito sea Dios Todopoderoso, bendito sea Dios Todopoderoso, BENDITO SEA DIOS TODOPODEROSO”. Y después, en un profundo, salvaje bramido que salió de las honduras de mi ser: “HIMALAYA”.

Dicho esto, apoyé la bicicleta contra un árbol e hice una cabriola saltando por el aire. Sólo en ese preciso momento, cuando me hube calmado un poco, percibí la presencia de mi padre. Estaba en una ventana, sobre mi cabeza, y me miró en silencio hasta que hube terminado. Entonces me dijo:

De acuerdo. Así sea. Todo lo que te pido es un pequeño acuerdo. Montarás tu nueva bicicleta, como mucho, hora y media cada día. Nada más. Conducirás siempre por tu derecha, tanto si hay tráfico como si no. Y nunca irás más allá de los límites marcados por las siguientes calles: Malaquías, Sofonías, Zacarías, Abdías y Amós. No entrarás nunca en la calle Gueulá, pues está siempre que rebosa de tráfico, con las idas y venidas de los ingleses de los barracones Scheneller; tanto si están embriagados como si son enemigos de Israel, o ambas cosas, eso es lo de menos. Y en todos los cruces usa un poco tu inteligencia, por favor.

Sobre las alas de las águilas —dijo tío Zémaj.

Y mi madre añadió:

-Sí, pero con cuidado.

Yo dije:

De acuerdo, hasta luego —pero cuando ya me había alejado de ellos me volví para decirles—: No se preocupen —y salí pedaleando a la calle.

Cómo se me quedaron mirando entonces los chicos de la vecindad: los compañeros de clase, los grandulones y los pequeños como yo. También yo los miraba, pero de reojo, de manera que no se dieran cuenta, y vi en ellos envidia, la burla y la malicia. Pero… ¿a mí qué? Muy despacio, con toda intención, pasé por delante de ellos, no sobre la bicicleta, sino empujándola con una mano, justo delante de sus narices, con una expresión pensativa, presumida incluso, como si preguntara:

 “Pero, ¿qué les pasa? No es más que una bici Raleigh. Desde luego, por mí, pueden hacer lo que se les dé su real gana. Pueden ponerse a aplaudir ahora mismo, eso es cosa suya. No tiene nada que ver conmigo”.

Eli Weingarten, quién iba a ser si no, no pudo estarse callado un momento más. Abrió la boca y dijo muy fríamente, como un científico que de repente identificase algún extraño lagarto recién descubierto en medio del campo:

Miren esto. Han ido a comprarle a Sumji una bicicleta de chica, sin barra.

A lo mejor a la próxima le compran un vestido de fiesta —dijo BarKojba Sujovolsky. Ni siquiera se molestó en mirarme, ni dejó de echar al aire una vez y otra, con destreza, dos monedas de plata al mismo tiempo.

Una cinta rosa para el pelo le quedaría muy bien a Sumji —esta vez era la voz de Tarzán Bamberger.

Y él y Esti pueden hacer buenas migas —BarKojba otra vez.

Sólo que Esti ya lleva sujetador, y a Sumji aún no le hace falta —Eli Weingarten, el muy canalla.

Ya basta. Ya basta, decidí. Ha sido más que suficiente. Ya estuvo bien.

No empecé a insultarles ni les amenacé con partirles la cabeza. En cambio, les hice el mismo gesto grosero con el pulgar de la mano izquierda que hacía tío Zémaj cada vez que el nombre del ministro británico de Asuntos Exteriores, Bevin, era pronunciado en su presencia; a continuación, les di la espalda y me marché en mi bicicleta por la calle Sofonías.

Que dijeran lo que quisiesen.

Que se partieran en un millón de pedazos.

A mí, ¿qué me importaba?

Por principio, nunca soy yo quien empieza una pelea con muchachos más débiles que yo. Y, a la vez, ¿qué tenía que ver Esti en toda esta historia? ¿Qué les hizo pensar en Esti? Daba igual. Era todavía de día. Iba a salir en mi bicicleta rumbo a lejanos lugares, hacia el sur, por la carretera de Katamon y Talpiot, y más lejos aún, pasando por Belén, el Hebrón y Beersheva, hasta los desiertos del Neguev y el Sinaí, en dirección al centro de Africa, para combatir allí solo contra un puñado de salvajes sedientos de sangre.

Pero apenas había alcanzado el final de la calle Sofonías cuando empecé a preguntarme: “¿Por qué me odian tanto esos pedazos de cabrones?”. Y de pronto supe en lo más hondo de mi corazón que era tan culpa mía como suya. Me sentí aliviado por un momento. Después de todo, la capacidad de ser misericorde hasta con el peor de los enemigos es el sello distintivo de un alma noble y generosa. No habría fuerza en el mundo capaz de acobardar a semejante hombre; ningún obstáculo le impediría viajar a los más lejanos confines, a las tierras desconocidas. Iría a consultar con Aldo, nada más que un minuto, antes de proseguir mi viaje rumbo a Africa.

En un lejano lugar en otro tiempo, Amos Oz

9. Gravediggers 1923 by El Lissitzky 1890-1941El Lissitzky

Llevan toda la noche saliendo vapores venenosos del pantano verde. Un olor dulzón a putrefacción se propaga entre nuestras cabañas. Las herramientas de hierro se oxidan aquí en una noche, las tapias se desintegran por el musgo, los líquenes se comen los muros, la paja y el forraje están tan oscuros por la humedad como después de un incendio, los mosquitos bullen por todas partes, nuestras habitaciones están llenas de insectos voladores y reptantes. Hasta el propio polvo burbujea. La carcoma, la polilla y los pulgones roen los muebles, las vallas de madera y hasta las tejas podridas.

Nuestros hijos pasan todo el verano sufriendo de úlceras, eccema y gangrena. Los ancianos mueren por atrofia de las vías respiratorias. También los vivos desprenden hedor a cadáver. Aquí son muchos los que tienen deficiencias, los que han desarrollado bocio, los retrasados mentales, los tullidos, los deformes, los babosos, porque todos procrean con todos: el hermano con la hermana. El hijo con la madre. Los padres con las hijas. Yo, que fui enviado aquí hace veinte o veinticinco años por la oficina para el desarrollo de las regiones atrasadas, aún continúo saliendo cada día, al caer la tarde, a rociar las aguas estancadas con desinfectantes y a repartir a los recelosos habitantes quinina, ácido carbólico, sulfato en polvo, pomadas para la piel y antiparásitos; aún resisto mientras llega por fin un sustituto, quizás un hombre más joven que yo y con un carácter más fuerte que el mío, que ocupe mi lugar.
Y mientras tanto soy el farmacéutico, el maestro, el notario, el árbitro, el enfermero, el archivero, el cabildero, el pacificador. Todavía se quitan sus raídos sombreros ante mí, se los llevan al pecho, hacen una reverencia y me tratan de usted. Todavía se humillan ante mí con sonrisas burlonas, sin dientes. Pero yo me esfuerzo aún más por adularles a ellos, por hacer la vista gorda, por acostumbrarme a sus supersticiones, por hacer caso omiso de las risitas insolentes, por soportar el olor de sus cuerpos y el aliento de sus bocas, por contener los saqueos que se van extendiendo por todo el pueblo. Doy gracias porque apenas me queda ningún poder. Mi autoridad se va perdiendo. Solo me quedan restos ajados de influencia que ejerzo con artimañas, con lisonjas, con obligadas mentiras, con veladas advertencias y con pequeños sobornos. No me queda más remedio que resistir algo más, un poco más, hasta que llegue mi sustituto.
Entonces me iré de aquí para siempre, o al contrario, cogeré una cabaña vacía, llevaré allí a alguna joven y lozana campesina y me instalaré.
Antes de llegar yo aquí, hace un cuarto de siglo o más, el gobernador provincial, rodeado de un gran séquito, vino una vez de visita, permaneció una hora o dos, ordenó desviar de inmediato el cauce del río para acabar con el pernicioso pantano. Con el gobernador llegaron oficiales, secretarios, topógrafos, hombres de religión, un jurista, un cantante, un historiador oficial, un humanista o dos, un astrólogo y agentes de dieciséis servicios secretos. El gobernador dictó sus órdenes: Excavar. Desviar. Drenar. Limpiar. Desinfectar. Verter. Remover. Modernizar. Y abrir aquí un nuevo capítulo. No ha pasado nada desde entonces.
Hay quien dice que allí, al otro lado del río, al otro lado de los bosques y de las montañas, han cambiado varias veces de gobernador, el primero fue depuesto, el segundo derrotado, el tercero tuvo un tropiezo, el cuarto fue asesinado, el quinto arrestado, el sexto cambió de chaqueta, el séptimo huyó o se durmió en los laureles. Aquí todo sigue igual que siempre: los ancianos y los niños continúan muriendo y los jóvenes envejecen prematuramente. Según mis minuciosos cálculos, la población está disminuyendo. Atendiendo al gráfico que hice y colgué sobre mi cama, a mediados de siglo no quedará aquí ni un alma. Excepto los insectos y los bichos.
Es cierto que nacen muchos niños, pero la mayoría mueren siendo aún lactantes y ya casi no dan pena. Los chicos huyen hacia el norte. Las jóvenes cultivan remolachas y patatas en el espeso barrizal, se quedan embarazadas a los doce años y a los veinte se marchitan ante mis ojos. Ocurre que las pasiones se desbordan de pronto e inundan todo el pueblo en noches de frenesí a la luz de hogueras de madera húmeda. Todos se descontrolan, ancianos y niños, chicas y tullidos, hombres y bestias. No puedo informar con más detalle, porque en noches así me encierro en mi cabaña, que también es la farmacia, bajo las persianas de madera que se caen a trozos, echo el cerrojo de la puerta y pongo un arma cargada debajo de la almohada por si se les ocurre hacer algo.
Pero no hay noches así con frecuencia. Al día siguiente se levantan al mediodía, aturdidos, legañosos, y vuelven a entregarse sumisamente desde el amanecer hasta que cae la noche a sus terrenos cenagosos. Los días son abrasadores.
Pulgas insolentes, grandes como monedas, se lanzan sobre nosotros y, mientras pican, producen una especie de trino repulsivo y taladrador. Parece que el trabajo en los campos es extenuante. Las remolachas y las patatas son arrancadas de la masa de lodo en su mayoría podridas, y pese a todo aquí se las comen crudas o cocidas en una especie de guiso putrefacto y apestoso. Los dos hijos del enterrador huyeron hacia las colinas y allí se unieron a una banda de forajidos. Sus esposas se fueron a vivir con sus hijos a la cabaña del hermano pequeño: aún no era más que un niño, todavía no había cumplido los catorce.
Por su parte, el enterrador, un hombre taciturno, jorobado y corpulento, decidió no pasarlo por alto ni guardar silencio. Pero pasaron semanas y meses en completo silencio, y también pasaron los años. El enterrador se levantó un día y se fue a vivir también a la cabaña de su hijo pequeño, y allí nacieron más y más niños, nadie sabía cuál de ellos era vástago de los hermanos huidos, que a veces pasaban una hora o dos por el pueblo de noche, cuál era descendiente del hermano niño, cuál del enterrador y cuál de su anciano padre.
Sea como fuere, casi todos esos niños murieron apenas unas semanas después de nacer. Otros hombres entraban y salían de allí, por las noches, así como algunas chicas creciditas, con pocas luces, que buscaban un techo o un hombre, un refugio, un hijo o un plato de comida. El gobernador actual no ha respondido a los tres informes urgentes, cada uno más alarmante que el anterior, que le fueron enviados en breves espacios de tiempo para advertir del deterioro moral y requerir su intervención inmediata. Yo soy el agraviado autor que envió esos informes.
Los años pasan en silencio. El sustituto no llega. El puesto del policía lo ha ocupado su cuñado, mientras que, por los rumores que corren, el policía destituido se ha unido a los forajidos de las colinas. Yo sigo en mi puesto de guardia pero cada vez estoy más cansado. Ya no se dirigen a mí de usted ni se molestan en quitarse ante mí sus andrajosos gorros.
Los desinfectantes se han acabado. Las mujeres, sin darme nada a cambio, me van quitando de las manos lo poco que queda en la farmacia. Efectivamente siento un progresivo debilitamiento de la mente y de las pasiones. Ya no encuentro suficiente luz en mi interior. La “caña pensante” [referencia a la frase de Pascal: “El hombre es una caña pensante”] se va vaciando de pensamientos. A lo mejor solo son mis ojos, que se están oscureciendo tanto que hasta la luz del mediodía les parece turbia, y la fila de mujeres que esperan en la puerta de la farmacia se me dibuja como una hilera de sacos repletos.
A la imagen de sus dientes podridos y a su fétido aliento casi he llegado a acostumbrarme con el paso del tiempo. Así proseguiré sigilosamente de la mañana a la noche, de día en día, de invierno a verano. Las picaduras de los insectos hace tiempo que he dejado de sentirlas. Tengo un sueño profundo y tranquilo. Me salen hongos en el colchón y flores de humedad en todos los muros. Alguna que otra campesina se apiada de mí de vez en cuando y me da una especie de líquido viscoso hecho al parecer con piel de patata. Todos mis libros están podridos por el moho. Las tapas se caen a pedazos. No me queda nada y ya no sé cómo distinguir un día de otro, la primavera del otoño o un año de otro año. Algunas veces me parece oír por las noches el lejano gemido de un instrumento de viento primitivo que no sé qué es, ni quién lo toca por la noche ni si lo tocan en el bosque, entre las colinas o dentro de mi cabeza, debajo de mi pelo cada vez más ceniciento y débil. Así iré dando la espalda a todo lo que me rodea y también a mí mismo.
Excepto a un acontecimiento del que he sido testigo esta mañana y del que debo informar por escrito, sin dar ninguna opinión al respecto: Esta mañana despuntó el sol y convirtió los vapores del pantano en una especie de lluvia espesa, viscosa. Una lluvia caliente de verano con un olor como el del sudor de un viejo sin asear. Los aldeanos comenzaron a salir de sus cabañas y se dispusieron a bajar a los patatales. Y de repente, en la cima de la colina oriental surgió entre nosotros y el sol un hombre extraño, un hombre sano y bello, que comenzó a saludar con los brazos, a trazar todo tipo de círculos y contorsiones en el aire húmedo, a doblarse o a postrarse, a dar brincos en el sitio sin decir ni una palabra. Quién será, se preguntaron los hombres unos a otros, qué estará buscando aquí. No es de aquí, ni del otro pueblo, ni tampoco de las colinas, se dijeron los ancianos. A lo mejor procede de la nube. Y las mujeres dijeron: hay que tener cuidado con él, hay que pillarlo con las manos en la masa, hay que matarlo. Aún estaban consultándose y discutiendo cuando el aire amarillento se llenó de sonidos de diversos tipos, pájaros chillando, perros, charlas, mugidos, reproches, zumbido de insectos del tamaño de una copa de licor. También las ranas del pantano se recuperaron y empezaron a croar, y las gallinas no se quedaron atrás, y sonaron arreos, toses, quejidos y maldiciones. Sonidos de diversos tipos. Ese hombre, dijo el hijo pequeño del enterrador, y de pronto recapacitó y guardó silencio. Ese hombre, dijo el tabernero, intenta seducir a las jóvenes. Mientras que las jóvenes gritaron, mirad, está desnudo, mirad qué tamaño, mirad, está bailando, quiere volar, mirad cuántas alas, mirad, es blanco hasta los huesos.
El viejo enterrador dijo: A qué viene tanto hablar. El sol ya ha salido del todo, el hombre blanco que estaba o que creíamos que estaba ahí se nos ha esfumado por detrás del pantano, hablar no servirá de nada, ha comenzado otro día muy caluroso y hay que ir al trabajo. Quien pueda trabajar, que trabaje, que sufra y calle. Y quien no pueda más, por favor, que se muera. Se acabó.

Perfección original, Idries Shah

Cosy Dominicus


Era amarillo, rollizo y blando, su superficie quebrada, sus movimientos desgarbados, lleno de inseguridad, codicia y hambre.

Su principal deseo era lograr un estado en el cual no querría nada, ni necesitaría hacer movimiento alguno, presentaría al mundo una cara rara, suave, uniforme y delicadamente satisfecha.

No se dio cuenta de que era un pollito que quería ser un huevo.

Donde florece el amor, Amos Oz

Y en donde por fin se revelan los secretos que han permanecido ocultos hasta este día, entre ellos el amor y otros sentimientos.

En la calle Zacarías, cerca de nosotros, vivía una niña llamada Esti. Por la mañana, sentado en la mesa de la cocina mientras desayunaba una rebanada de pan, susurraba para mis adentros: “Esti”.

A lo cual solía responder mi padre: “Anda, come y calla”.

Asimismo, de noche, decían de mí: “Este chiquillo está chiflado; ya ha vuelto a encerrarse en el cuarto de baño a jugar con el agua”.

Sólo que yo no estaba jugando con el agua, sino que, sencillamente, llenaba el lavabo y trazaba con el dedo su nombre sobre las ondas de la superficie. Algunas veces soñaba que Esti me señalaba por la calle y gritaba: “¡Al ladrón, al ladrón!”.

Y yo me asustaba y echaba a correr, y ella me perseguía, todos me perseguían: BarKojba Sujovolsky y Goel Germansky y Aldo y Eli Weingarten, todos; la persecución se desarrollaba a través de solares vacíos y escombreras y patios traseros, por encima de verjas y de montones de chatarra oxidada, entre ruinas, por senderos, hasta que mis perseguidores empezaban a cansarse y poco a poco se quedaban rezagados, y al final sólo Esti y yo corríamos uno junto al otro, a punto de alcanzar los dos juntos algún lugar remoto, un alpendre quizá, o un lavadero, o el oscuro hueco de la escalera de una casa desconocida, y en ese punto el sueño se volvía a la vez dulce y terrible: me despertaba sobresaltado y lloraba, poco menos que de vergüenza. Escribí dos poemas de amor en el cuaderno negro que después perdiera en la arboleda de Tel Arza. Seguramente es mejor que lo perdiera. Pero, ¿qué sabía Esti?

Esti no sabía nada. O bien sabía algo y quería saber más. Por ejemplo, una vez levanté la mano en clase de geografía y dije con autoridad:

El lago Jula es conocido también con el nombre de lago Sumji.

La clase entera, acto seguido, se echó a reír a mandíbula batiente y sin poder parar. Lo que dije era verdad. De hecho, era la verdad exacta; está en la enciclopedia. A pesar de lo cual, el profesor, el señor Shitrit, quedó un momento confuso y me pidió de mala manéra, muy malhumorado:

Sea usted tan amable de aducir los datos en que se basa su conclusión.

Pero la clase, ingobernable, gritaba a pleno pulmón:

Si., Sumji, demuéstralo, Sumji.

Mientras, el señor Shitrit se hinchó igual que un sapo, se puso colorado y bramó, como siempre:

¡Cállense todos! ¡Cállense! ¡No quiero oír ni el vuelo de una mosca!

Cinco minutos después, la clase se había calmado. Pero hasta el final del octavo curso me siguieron llamando Sumji. No tengo mayores motivos para contar todo esto. Sencillamente, quiero subrayar un detalle muy significativo, una nota que me envió Esti al final de aquella clase, que decía:

“Estás como una cabra. ¿Por qué siempre tienes que decir cosas que sólo te traen problemas? ¡Para de una vez!”

Tras esto, había doblado una de las esquinas de abajo, y había escrito con letra muy pequeña: “Pero no importa. E.”

Así pues, ¿qué sabía Esti?

Esti no sabía nada o, tal vez, algo sabía y quería saber más. Lo que es a mí, bajo ningún concepto me habría dado por esconder una carta de amor en su mochila, tal como hizo Eli Weingarten en la de Nurit, ni enviarle un mensaje a través de Raanana, el celestino de la clase, como hizo Tarzán Bamberger, también con Nurit. Muy al contrario, lo que yo hacía era esto: a la primera de cambio le jalaba las coletas o, en cuanto podía, le pegaba su bonito suéter blanco a la silla con un chicle.

¿Que por qué lo hacía? Pues porque sí. ¿Por qué no habría de hacerlo? Para enseñarle, para que se enterase. Y a punto estuve de retorcerle a la espalda sus delgados brazos, casi con toda la fuerza que pude, hasta que empezó a insultarme y arañarme, pues nunca aceptó rendirse. Eso es lo que le solía hacer. Y cosas peores. Fui yo quien le puso el mote de Clementine (por la canción que cantaban los soldados ingleses de los barracones Schneller, que en aquellos días estaban por todo Jerusalén: “Oh my darling, oh my darling, oh my darling Clementine!”). Las chicas de nuestra clase, por sorprendente que pueda parecer, no se lo tomaron a mal, y durante Januká, seis meses después, cuando todo había acabado, seguían llamando Tina a Esti. Tina, por Clementina (de Clementine, claro).

¿Y Esti? Tenía una sola palabra para mí, y me la echaba en cara en cuanto me veía, sin darme siquiera tiempo de empezar a molestar: “Piojo”, o bien: “Apestas”.

Una o dos veces, en el recreo, estuve a punto de hacerla llorar. Por eso tuve que aguantar el castigo que me impuso Jemdá, nuestra maestra, y lo aguanté como un hombre, con los labios bien apretados y sin quejarme.

Y de esta manera floreció el amor, sin acontecimientos notorios, hasta el día que siguió a la fiesta de Shavuot. Esti lloró por mi culpa en el recreo y yo por la suya en la noche.

Gulliver en islandés, Etgar Keret


El día que llegué me entró un miedo. El reloj todavía no marcaba las cuatro de la tarde, pero el sol se había puesto hacía rato. Aquí encienden las luces de la calle a las dos, dos y media, y en el lapso breve en que por fin brilla el sol, los colores son pálidos como en una foto vieja.
Hace cinco meses que viajo solo con una mochila sobre la espalda, viendo nevadas, fiordos y hielo. Aquí el mundo está pintado por completo de blanco, y por la noche de negro. A veces me veo forzado a recordarme a mí mismo que esto es solamente un paseo. “Mira”, me digo, “¡un lemming!”, y me obligo a sacar la cámara fotográfica. Pero ¿cuántas fotos se pueden tomar? En el corazón me siento un exiliado.
Soplo aire caliente del hueco de mi boca sobre mis guantes gruesos, un vapor que aparentemente aleja el frío. Pero el frío que se fuga se mantiene en el aire, y en el instante mismo en que se diluye el vapor, está de regreso. Este frío no es como el frío de mi país. Es un frío que está más allá de toda temperatura. Un frío astuto que se filtra a través de todas las capas y te congela por dentro.
Sigo caminando por la calle. A la izquierda, una pequeña librería tiene encendidas sus luces. Hace medio año que no leo un libro. Entro, es agradable y hace calor allí. “Disculpe”, pregunto, “¿tiene libros en inglés?” El vendedor sacude la cabeza y continúa hojeando su periódico de horribles letras. No me apresuro a salir. Ando entre los estantes. Observo las cubiertas de los libros. Huelo el olor fresco del papel. Hay una monja parada junto a uno de los estantes. Por atrás, por un instante, ella parece “la muerte” de la película de Bergman. Pero me armo de valor, me acerco a un estante próximo, y a hurtadillas la miro. Tiene un rostro delgado y bello. Muy bello. Conozco el libro que sostiene en la mano. Lo reconozco por los dibujos de la portada. Ella lo regresa a su lugar y se dirige a otro estante. Me apresuro a sacar el libro. Todavía está tibio. Es Gulliver, Gulliver en islandés, pero de todas maneras Gulliver. La cubierta se parece a la de la edición en hebreo. Lo teníamos en casa. Me parece que alguien se lo regaló a mi hermano. Le pago al vendedor en la caja, que insiste en envolvérmelo para regalo. Pega sobre el papel floreado una cinta rosa que ensortija con una de las hojas de las tijeras. De hecho, ¿por qué no?, es un regalo para mí mismo.
Al salir de la tienda me apresuro a romper la envoltura, dejo la mochila y la apoyo contra un farol, luego me siento sobre la banqueta cubierta de nieve y comienzo a leer. Conozco de sobra el libro, y si me he olvidado de algo, los dibujos se apresuran a recordármelo. El libro es el mismo libro y las palabras son las mismas palabras. Aun si soy yo quien las inventa. Y Gulliver en islandés es todavía Gulliver, un libro que me gusta mucho. De tanta emoción comienzo a sudar, es la primera vez que sudo desde que llegué. Me deshago del pesado abrigo y de los guantes húmedos que me dificultan cambiar de página. Los primeros dos libros son extraordinarios, y también del tercero disfruto mucho. Pero no hay duda, su último viaje es el más impresionante de todos. Siempre anhelé ser como uno de esos nobles Houyhnhnms. No pude parar de llorar cuando Gulliver se ve forzado a abandonarlos y retornar con los hombres. Al terminar el libro, noto que el faro de la calle está apagado. A la luz de un coche que pasa, veo a mi lado una figura de negro. Las luces se congelan, pero el frío dejó de molestarme hace tiempo. La figura se vuelve hacia mí. Es él, imposible confundirse con esa guadaña, ese esqueleto. Por atrás, por un instante, él parece realmente una monja.

Cuentos jasídicos con una guía para su interpretación, Woody Allen

xUn hombre viajó a Chelm en busca de la ayuda del Rabino Ben Kaddish, santo entre los santos rabinos del siglo xix y acaso el más cargante de la época medieval.
— Rabí — preguntó el hombre —, ¿dónde puedo hallar la paz?
El sabio lo miró atentamente y respondió:
— ¡Ea, mira detrás de ti!
El hombre se volvió y el rabí Ben Kaddish lo golpeó en la nuca con una palmatoria. En seguida, conteniendo apenas la risa y acomodándose el solideo, le dijo:
— ¿Cómo ves? ¿Te hace falta más paz?

En este cuento se hace una pregunta sin sentido. No sólo la pregunta es insensata, sino también el hombre que viaja hasta Chelm para formularla. Y no es que Chelm le quedara tan lejos, para empezar, sino ¿por qué no se quedó donde estaba? ¿Por qué importuna al rabí Ben Kaddish? ¿Acaso el rabí no tiene ya suficientes preocupaciones? La verdad es que al rabí lo vuelven loco los jugadores y que la señora Hecht lo ha enredado en un juicio de paternidad. El meollo de esta historia es que el hombre no tiene nada mejor que hacer que andar de un lado a otro colmando la paciencia de la gente. A ello se debe que el rabí lo golpee en la cabeza, lo que, según la Torá, es una de las formas más sutiles de demostrar interés. En una versión similar del cuento, el rabí, en un rapto de inspiración, se abalanza sobre el hombre y, mediante un punzón, le graba al hombre en la nariz la historia de Ruth.

Del rabí Raditz de Polonia, chaparrito y de barba muy larga, se dice que inspiró muchos pogromos con su sentido del humor. En cierta ocasión, uno de sus discípulos le preguntó:
— Rabí, ¿quién fue más grato a Dios, Moisés o Abraham?
— Abraham —respondió el rabí.
— Pero Moisés condujo al pueblo de Israel hasta la Tierra Prometida — replicó el discípulo.
— Muy bien, entonces lo fue Moisés — replicó el maestro.
—Ya caigo, rabí. Fue una pregunta tonta.
— No sólo eso, sino que tú eres tonto, tu esposa es horrible y, si no dejas de pisarme el pie, voy a excomulgarte.

Aquí se le pide al rabí que haga un juicio de valor entre Moisés y Abraham. Ello no es nada sencillo, sobre todo para el hombre que no ha leído la Biblia y se la ha pasado simulando. ¿Además qué se entiende por “mejor”, término irremediablemente relativo? Lo que es mejor para el rabí no lo será necesariamente para su discípulo. Por ejemplo, al rabí le gusta dormir echado sobre el estómago. Al discípulo también le gusta dormir sobre el estómago del rabí. El problema es evidente. Habría que señalar también que pisarle el pie a un rabino (como lo hace el discípulo en este cuento), según la Torá, es un pecado comparable al de atesorar pan sin levadura con un propósito distinto al de comerlo.

Un hombre que no podía casar a su hija visitó al rabí Shimmel de Cracovia.
— Mi corazón se agobia — le dijo al reverendo — porque Dios me ha dado una hija fea.
— ¿Qué tan fea? — preguntó el vidente.
— Puesta en una bandeja junto a un arenque, no se notaría la diferencia.
El vidente de Cracovia pensó durante un rato largo y al final preguntó:
— ¿Qué tipo de arenque?
El hombre, sorprendido por el interrogatorio, pensó lo más rápido que pudo y respondió:
— Eh… ¡Bismarck!
— Cuánto lo siento — concluyó el rabí —. Si fuera fresco, ella habría tenido mejores oportunidades.

He aquí un cuento que ilustra la tragedia de cualidades transitorias como la belleza. ¿De veras la muchacha tiene aspecto de arenque? ¿Y por qué no? ¿Han visto ustedes a esas criaturas que andan ahora por ahí, sobre todo en los lugares más frecuentados? Y aun cuando fuera tan fea, ¿no son acaso bellas todas las criaturas a los ojos de Dios? Puede ser, pero si una muchacha se ve mejor en su casa, metida dentro de una botella de vinagre, que, digamos, en un vestido de noche, su problema es grave. Curiosamente, de la propia mujer del rabí Shimmel se llegó a decir que parecía calamar, pero sólo del rostro, y que ello se compensaba con creces debido a lo seco de su tos, lo que francamente no acabo de entender.

El rabí Zwi Chaim Yisroel, ortodoxo versado en la Torá, que llevó el gimoteo a la altura de un arte jamás antes escuchado en Occidente, fue unánimemente considerado como el hombre más sabio del Renacimiento por sus correligionarios, quienes llegaron a totalizar la dieciseisava parte del uno por ciento de la población. Cierta vez, cuando iba de camino a la sinagoga a celebrar la fiesta sagrada de los judíos en que se conmemora cuando Dios revocó todas sus promesas, una mujer lo detuvo y le hizo la siguiente pregunta:
— Rabí, ¿por qué no se nos permite comer cerdo?
— ¿No se nos permite? — preguntó a su vez incrédulo el rabino —. ¡Vaya, vaya!

Éste es uno de los pocos relatos de toda la literatura jasídica que trata de la ley mosaica. El rabí sabe que no debe comer cerdo; pero no le preocupa, pues le gusta el cerdo. No sólo le gusta el cerdo; le encanta hacer rodar huevos de Pascua. En resumen, no se preocupa demasiado por la ortodoxia tradicional y le parece que el pacto con Abraham es poco más que “música de fondo”. Aún no está claro por qué el cerdo fue proscrito por la ley judía, y algunos especialistas consideran que la Torá tan sólo recomienda que se evite comer cerdo en determinados restaurantes.

El rabí Baumel, sabio de Vitebsk, decidió ayunar en protesta de la injusta ley que prohibía a los judíos rusos usar mocasines fuera del gueto. Durante dieciséis semanas, este santo yació sobre un camastro viendo al techo y negándose a tomar alimento alguno. Sus discípulos temían por su vida y un buen día una mujer llegó junto a su lecho e, inclinándose hacia el sabio, le preguntó:
— Rabí, ¿de qué color tenía el pelo Esther?
El reverendo se volvió débilmente para ver el rostro de la mujer.
— ¡Hay que ver lo que ésta viene a preguntarme! — dijo. — ¡Con el dolor de cabeza que tengo después de dieciséis semanas sin probar bocado!
Al ver esto, los discípulos del rabí acompañaron personalmente a la mujer hasta la sukkah, donde comió opíparamente del cuerno de la abundancia hasta que le trajeron la cuenta.

Es éste un tratamiento sutil del problema del orgullo y la vanidad y parece enseñar que el ayuno es un grave error. Sobre todo si se trata de un estómago vacío. El hombre no trae consigo su propia infelicidad y en realidad el sufrimiento es voluntad de Dios, si bien no alcanzo a comprender por qué a Él eso lo divierte tanto. Ciertas tribus ortodoxas creen que el sufrimiento es la única vía a la redención, y los expertos han escrito de un culto llamado de los esenios, quienes deliberadamente andaban de un lado a otro golpeándose contra las paredes. Dios, según los últimos libros de Moisés, es benevolente, aunque sigue habiendo muchos asuntos en los que prefiere no meterse.

El rabí Yekel de Zans, quien tuvo el vocabulario más selecto del mundo hasta que un gentil le robó su ruidosa ropa interior, soñó tres noches seguidas que si tan sólo tuviera la oportunidad de ir a Vorki encontraría un gran tesoro. Luego de despedirse de su esposa y de sus hijos, emprendió el viaje con la promesa de volver dentro de diez días. Dos años después lo encontraron en los Urales, sentimentalmente ligado con un panda. Presa del frío y el hambre, el reverendo fue devuelto a su hogar, donde lo reanimaron con sopa caliente y flanken. Después de eso ya le dieron algo de comer. En la sobremesa contó la historia siguiente: a los tres días de haber salido de Zans lo asaltaron los nómadas. Al enterarse de que era judío, lo forzaron a entregarles todos sus sacos deportivos y a ponerse los calzones de ellos. Por si esto no fuera oprobio bastante, le vertieron crema agria en los oídos y luego se los taponaron con cera. Por último, el rabí pudo escapar y trató de llegar a la población más cercana pero, como le daba vergüenza preguntar el rumbo, acabó de nuevo en los Urales.
Después de contar su historia, el rabí se levantó y se fue a dormir a su alcoba, y he aquí que bajo la almohada estaba el tesoro que buscaba desde el principio. En éxtasis, se prosternó y dio gracias al Creador. Tres días después, vagaba nuevamente por los Urales, esta vez en un traje de conejo.

La pequeña obra maestra que acabamos de leer ilustra como ninguna otra lo absurdo del misticismo. El rabí sueña tres noches seguidas. Restando los cinco libros de Moisés a los diez mandamientos, quedan cinco. Menos los hermanos Jacob y Esaú, quedan tres… Razonamientos de este tipo llevaron al rabí Yitzhok Ben Levi, el gran místico judío, a pegarle al doble en el hipódromo 52 días seguidos y aun así terminar viviendo de la asistencia pública.

El Golem: ¿necio o inteligente?, Moshe Idel

1. El Golem estúpido

En las tradiciones judías que tratan el tema del antropoide artificial, existen dos líneas principales de interpretación sobre esta criatura. Una considera que se trata de un ser subhumano, tonto y no inteligente; la otra supone que el antropoide artificial puede ser más sagaz que sus creadores.

Comencemos por la primera interpretación. En ésta, los eruditos consideran que la creación del Golem representa una porfía a lo divino y que, básicamente, se trata de un cometido peligroso, sospechoso e inferior. Este punto de vista repercutió en forma decisiva en un célebre poema de Borges, El Golem:x

El rabí lo miraba con ternura

y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)

pude engendrar este penoso hijo

y la inacción dejé, que es la cordura?

En la hora de angustia y de luz vaga,

en su Golem los ojos detenía.

¿Quién nos dirá las cosas que sentía

Dios, al mirar a su rabino en Praga?

El hombre y el creador del Golem se presentan como parte de una perspectiva de la religión que podría definirse, en forma simplista, como la que se ocupa de lo que sale mal. El modelo paradigmático que está en las alturas es el ente único y más importante, mientras que lo demás, los seres que están abajo, son sombras, precarias emulaciones del ser supremo y sus acciones. El Dios de Borges está decepcionado de su criatura, el legendario Maharal, a la vez que el rabino está desilusionado de la suya, el Golem: una serie de desengaños. Ambos creadores tienen la impresión de haber abandonado la actividad más sublime, la sabiduría, por una forma inferior de actividad, la creación en el ámbito de lo concreto.

Cierta tristeza permea el tono del poema de Borges, que refleja una perspectiva platónica del arte visto como traición de un paradigma supremo. La meditación y la sabiduría se presentan como opciones más sublimes que la acción.

2. El Golem inteligente

Con todo, según algunos autores judíos —cuya teoría no ha recibido la debida atención—, la sabiduría y la perfección espiritual son lo que permite la creación de un Golem perfecto. De esta manera, por ejemplo, nos informa un antiguo e influyente texto medieval:

A través del Sefer Yetzirah Dios creó Su mundo… y cuando nació Abraham… [éste] se puso a meditar solo sobre aquél, pero no pudo entender nada sino hasta que una voz celestial le dijo: “¿Estás tratando de equipararte a mí? Yo soy uno y he creado el Sefer Yetzirah y lo he estudiado; pero tú por ti mismo [solo] no lo puedes entender. Por lo tanto, consigue un compañero y mediten juntos, y lo entenderán.” De ahí, Abraham fue con su maestro, Shem, hijo de Noé, y durante tres días lo consultaron hasta saber cómo crear un mundo. Y hasta la fecha, nadie puede entenderlo por sí solo, [se necesitan] dos sabios, y aun así lo entienden sólo a los tres días, a partir de lo cual pueden hacer lo que desee su corazón. Rava también quería entender solo el libro… Vamos a reunirnos, entonces, para estudiar el Sefer Yetzirah… También Ben Sira quería entenderlo solo. Y una voz le dijo: “Dos son mejor que uno” [Eclesiastés 4:9]. Fue con Jeremías y lo estudiaron durante tres años y se sumieron en su contemplación y se creó un hombre. Y en la frente llevaba escrito YHWH “Elohim” Emmet [Jeremías 10:10.].Y en la mano tenía un cuchillo y estaba borrando la [letra] “A[leph] de” Emmet. Jeremías le dijo: “¿Por qué lo hiciste?” Y respondió: “Les contaré una parábola: Había un hombre que era un creador y un sabio. Al verlo las personas lo hicieron rey. Más adelante, llegaron otras personas y aprendieron esa profesión: ellos [la gente] abandonaron al primer hombre y se dirigieron al último. Es el caso del Sagrado, Bendito sea, que consultó el Sefer Yetzirah y creó el mundo, y todas las criaturas lo hicieron rey. Cuando llegues y hagas lo que Él ha hecho ¿qué va a pasar al final? Van a abandonarlo, al que te creó, y [en cambio] se volverán hacia ti.” Entonces le preguntaron: “¿Qué hacer?” Él les dijo: “Retroceder. Y [entonces] ese hombre se convirtió en polvo y cenizas.

Este enfoque no sólo es el comentario más largo sobre el Golem, sino, como se dijo antes, uno de los que tienen más influencia y cuya huella se percibe en una variedad de textos del siglo XIII sobre el Golem. Se trata de la primera leyenda medieval que describe la creación de un antropoide artificial. Efectivamente, según este texto, se trató de la apoteosis del Sefer Yetzirah, ya que este libro se concibió para estar al servicio de la actividad creadora tanto de Dios como del hombre, y no sólo para describir esas actividades a posteriori. Concebir un libro primordial compartido por Dios y el hombre reduce al mínimo el posible conflicto entre la absoluta omnipotencia divina y el intento humano de imitarla.

El hombre creado artificialmente se presenta en este texto bajo una luz más bien única hasta esa fecha: el hombre habla y es inteligente. De hecho, el antropoide le enseña a Ben Sira y a Jeremías el posible significado de su obra, y cómo deshacerla. En consecuencia, a diferencia de otros relatos en los que el antropoide no habla, aquí no sólo tiene la palabra sino que es inteligente, inclusive capaz de instruir a dos sabios reconocidos. El Golem les enseña que su obra, merced a su perfección, es propensa a crear confusión entre la masa, y que su producto perfecto se convierte mucho más en un problema para ellos que en una conquista: podrían adorarlos a ellos en vez de a su Creador. Sin embargo, el texto deja claro que los maestros mismos no pensaban de ningún modo en equipararse a Dios. No obstante su intención, pueden ser la causa del surgimiento de un culto falso. De esta manera, el problema estriba básicamente, no en una competencia intencional con la creatividad divina, sino con la posible malinterpretación del vulgo. El fenómeno, mágico por sí mismo, es religiosamente peligroso no por su esencia, sino sólo en su manifestación pública.

Para entender esta interpretación de la creatividad es decisivo considerar este libro paradigmático, o plan del mundo y el hombre, a la manera de la perspectiva midrásica [hermenéutica] de que Dios creó el mundo en contemplación de la Torá. También en este caso Dios y los maestros judíos consultaron un texto, como hacen los arquitectos para materializar sus planes. Por este motivo la parábola de los creadores va tan a propósito del Golem. Los creadores asimilaron la capacidad de crear que proporciona el Sefer Yetzirah, cuyo estudio resulta automáticamente creativo y genera diversos seres.

Por otra parte, esta midrash o interpretación tardía le impone una teoría rabínica al Sefer Yetzirah: Abraham por sí solo no habría podido entender el Sefer Yetzirah, tanto menos utilizarlo con fines prácticos. Se afirma que fue a estudiar con su maestro, lo mismo que Ben Sira, que estudia con su padre Jeremías. De modo que no se trata simplemente de estudiar con otra persona, sino de acudir en realidad a un superior: un maestro o un padre, y formar parte así de determinada línea de autoridad. Lo logrado por Dios como creador único no lo puede repetir una persona sola, aunque dos sí pueden hacerlo.

El primer encomio del estudio, atribuido a Dios, procede de una tradición judía que alentó la lectura del libro, mientras que el segundo supuestamente tiene su origen en una tradición árabe que se encuentra en uno de los tratados más famosos de magia del siglo IX, en árabe, de Ibn Wahshiyyah, Agricultura nabatea, conservado en una traducción hebrea del siglo XIII realizada a partir de un texto del siglo IX:

Shem Tov Ibn Falaquera escribió que había encontrado, en el “Tratado sobre agricultura”, que en una época muy antigua uno de los magos creó un hombre; mencionaba en su libro cómo lo había creado y qué hizo para que su obra fuera completa. Pero reconoció que el hombre que había creado no era de la especie humana y no podía hablar ni pensar. Sin embargo, sus miembros salieron perfectos de forma. [El mago] se asombró [de que el hombre que había hecho] no pudiera hablar ni pensar y de que no se alimentara, y [sin embargo] sobreviviera un año. Dijeron que el rey le impidió [al mago] hacer [otro] hombre o animal, para no corromper la fe de las masas… También mencionó que el hombre que había hecho podía abrir y cerrar los ojos… También está escrito ahí que existe una montaña en China en la que se genera la forma de un hombre con todos sus miembros, y que la gente de esos países toman el polvo de esa montaña y lo remojan en un lugar escondido hasta que se humedece bien, [para que] de ahí se genere la forma de un hombre vivo, capaz de moverse. Con todo, posteriormente sobrevive sólo un día o menos.

En el siglo X, Ibn Wahshiyyah hizo una traducción al árabe de un tratado de magia supuestamente mucho más antiguo, tal vez escrito en griego, y este libro estuvo al alcance por lo menos de dos fuentes judías en la Edad Media. Sus semejanzas demuestran que hay buen motivo para pensar que por lo menos algunas de las características de las diversas fórmulas para crear el Golem son anteriores a la presentación de los autores judíos europeos del Medievo, y permite hacer una descripción mucho más compleja de la historia de las ideas sobre el Golem. Lo que hay que recalcar es que la voz divina recomienda estudiar el libro, proceso creativo y no peligroso, siempre que lo hagan juntos dos eruditos. Un cabalista del siglo XIV, R. Isaac de Acre, que cree en la posibilidad de crear un hombre perfecto, elaboró esta perspectiva. Este autor no menciona el peligro teológico que procede de la tradición árabe. Ambas versiones reflejan dos énfasis distintos en las diversas tradiciones del Golem: la platónica, que problematiza la acción, y la rabínica, que es una perspectiva más positiva de la misma.

Las respuestas, por Martin Buber

 

Ahmad Masood

Rabí Emelej dijo una vez:

__ Estoy seguro que en la otra vida me mandarán al paraíso. Cuando el supremo tribunal me pregunte: ¿Has estudiado la Ley como es debido?, contestaré: No. Después me preguntarán: ¿Has orado a Dios como es debido?, y responderé lo mismo: No. Me preguntarán, entonces, por tercera vez: ¿Has hecho el bien como es debido?, y daré, igualmente, una respuesta negativa. El fallo será: Dices la verdad. Por tu amor a la verdad tienes derecho al paraíso.