Cómo escribo, Italo Calvino

 

Escribo a mano y hago muchas, muchas correcciones. Diría que tacho más de lo que escribo. Tengo que buscar cada palabra cuando hablo, y experimento la misma dificultad cuando escribo. Después hago una cantidad de adiciones, interpolaciones, con una caligrafía diminuta.

Me gustaría trabajar todos los días. Pero a la mañana invento todo tipo de excusas para no trabajar: tengo que salir, hacer alguna compra, comprar los periódicos. Por lo general, me las arreglo para desperdiciar la mañana, así que termino escribiendo de tarde. Soy un escritor diurno, pero como desperdicio la mañana, me he convertido en un escritor vespertino. Podría escribir de noche, pero cuando lo hago no duermo. Así que trato de evitarlo.

Siempre tengo una cantidad de proyectos. Tengo una lista de alrededor de veinte libros que me gustaría escribir, pero después llega el momento de decidir que voy a escribir ese libro.

Cuando escribo un libro que es pura invención, siento un anhelo de escribir de un modo que trate directamente la vida cotidiana, mis actividades e ideas. En ese momento, el libro que me gustaría escribir no es el que estoy escribiendo. Por otra parte, cuando estoy escribiendo algo muy autobiográfico, ligado a las particularidades de la vida cotidiana, mi deseo va en dirección opuesta. El libro se convierte en uno de invención, sin relación aparente conmigo mismo y, tal vez por esa misma razón, más sincero.

Sé que la gente se acostumbra. Pero no debería, Marina Colasanti

Lewis Hine

Sé que la gente se acostumbra. Pero no debería.

La gente se acostumbra a vivir en un apartamento interior y a no tener otra vista que no sea las ventanas de alrededor. Y como no tiene vistas, luego se acostumbra a no mirar hacia afuera. Y como no mira hacia afuera luego se acostumbra a no abrir de todo las cortinas. Y como no abre las cortinas luego se acostumbra a encender más pronto la luz. Y a medida que se acostumbra, olvida el sol, olvida el aire, olvida la amplitud.

La gente se acostumbra a levantarse por la mañana sobresaltado porque es la hora. A tomar el café corriendo porque va atrasado.

A leer la prensa en el autobús porque no puede perder el tiempo del viaje. A comer un sandwich porque no hay tiempo para almorzar.

A salir del trabajo porque ya es de noche. A dormitar en el autobús porque está cansado. A acostarse temprano y dormir profundo sin haber disfrutado el día.

La gente se acostumbra a abrir el periódico y a leer sobre la guerra.

Y aceptando la guerra, acepta los muertos y que haya una cifra de muertos. Y aceptando la cifra acepta no creer en las negociaciones de paz, acepta leer todo el día sobre guerra, sobre cifras, sobre su larga duración.

La gente se acostumbra a esperar el día entero y escuchar al teléfono: hoy no puedo ir. A sonreír a la gente sin recibir una sonrisa de vuelta. A ser ignorado cuando necesitaba tanto ser visto.

La gente se acostumbra a pagar por todo lo que desea y necesita.

A luchar para ganar el dinero con qué pagar. Y a ganar menos de lo que necesita. Y a hacer colas para pagar. Y a pagar más de lo que las cosas valen. Y a saber que cada vez pagará más. Y a buscar más trabajo, para ganar más dinero, para tener con qué pagar en las colas en las que se cobra.

La gente se acostumbra a andar por la calle y ver carteles.

A abrir las revistas y ver anuncios. A encender al televisión y ver publicidad. A ir al cine y engullir anuncios. A ser instigado, conducido, desnortado, lanzado a la infinita catarata de productos.

La gente se acostumbra a la polución. A las salas cerradas con aire acondicionado y olor a cigarro. A la luz artificial con su ligero temblor. Al choque de los ojos con la luz natural. A las bacterias del agua potable. A la contaminación del agua del mar. A la lenta muerte de los ríos.

Se acostumbra a no oír los pájaros, ni el gallo de madrugada, a temer la hidrofobia de los perros, a no coger la fruta a pie del árbol, a no tener ni siquiera una planta.

La gente se acostumbra a demasiadas cosas para no sufrir.

En dosis pequeñas, intentando no percibir, se va apartando un dolor de aquí, un resentimiento de allí, una revuelta allá.

Si el cine está lleno la gente se sienta en primera fila y tuerce un poco el cuello. Si la playa está contaminada la gente solo moja los pies y suda en el resto del cuerpo. Si el trabajo es duro la gente se consuela pensando en el fin de semana. Y si el fin de semana no hay mucho que hacer la gente se acuesta temprano y aún queda satisfecho porque siempre tiene sueño atrasado.

La gente se acostumbra para no rallarse en la aspereza, para preservar la piel.

Se acostumbra para evitar heridas, sangrados, para esquivarse de la faca, de la bayoneta, para proteger el pecho.

La gente se acostumbra para proteger la vida que poco a poco se gasta y, que de tanto acostumbrarse, se pierde de sí misma

 

El país sin punta, Gianni Rodari

Juanito Pierdedía era un gran viajero. Viaja que te viaja, llegó una vez a un pueblo en que las esquinas de las casas eran redondas y los techos no terminaban en punta, sino en una suave curva. A lo largo de la calle corría un seto de rosas, y a Juanito se le ocurrió ponerse una en el ojal. Mientras cortaba la rosa estaba muy atento para no pincharse con las espinas, pero en seguida se dio cuenta de que las espinas no pinchaban; no tenían punta y parecían de goma, y hacían cosquillas en la mano.

Vaya, vaya —dijo Juanito en voz alta.

De detrás del seto apareció sonriente un guardia municipal.

¿No sabe que está prohibido cortar rosas?

Lo siento, no había pensado en ello.

Entonces pagará sólo media multa — dijo el guardia, que con aquella sonrisa bien habría podido ser el hombrecillo de mantequilla que condujo a Pinocho al País de los Tontos.

Juanito observó que el guardia escribía la multa con un lápiz sin punta, y le dijo sin querer:

Disculpe, ¿me deja ver su espada?

¡Cómo no! —dijo el guardia.

Y, naturalmente, tampoco la espada tenía punta.

¿Pero qué clase de país es éste? — preguntó Juanito.

Es el País sin punta — respondió el guardia, con tanta amabilidad que sus palabras deberían escribirse todas en letra mayúscula.

¿Y cómo hacen los clavos?

Los suprimimos hace tiempo; sólo utilizamos goma de pegar. Y ahora, por favor, déme dos bofetadas. Juanito abrió la boca asombrado, como si hubiera tenido que tragarse un pastel entero.

Por favor, no quiero terminar en la cárcel por ultraje a la autoridad. Si acaso, las dos bofetadas tendría que recibirlas yo, no darlas.

Pero aquí se hace de esta manera — le explicó amablemente el guardia—. Por una multa entera, cuatro bofetadas, por media multa, sólo dos.

¿Al guardia?

Al guardia. — Pero esto no es justo; es terrible.

Claro que no es justo, claro que es terrible — dijo el guardia —. Es algo tan odioso que la gente, para no verse obligada a abofetear a unos pobrecillos inocentes, se mira muy mucho antes de hacer algo contra la ley. Vamos, déme las dos bofetadas, y otra vez vaya con más cuidado.

Pero yo no le quiero dar ni siquiera un soplido en la mejilla; en lugar de las bofetadas le haré una caricia.

Siendo así — concluyó el guardia—, tendré que acompañarle hasta la frontera.

Y Juanito, humilladísimo fue obligado a abandonar el País sin punta. Pero todavía hoy sueña con poder regresar allí algún día, para vivir del modo más cortés, en una bonita casa con un techo sin punta.

Arte, Italo Svevo

Nació un artista y miró en derredor en busca de ideas, pero, además de éstas, tuvo en seguida —cosa curiosa— experiencia y concluyó: «Primero debo tener el dinero suficiente y después vendrá el arte». Siguió mirando el mundo, pero, en lugar de obtener de él imágenes y colores, estudió, con ojos de zorro, su propio interés. Después, cuando tuvo el dinero, pensó que había llegado el momento de dejar actuar al alma de artista que, como sabía, abrigaba dentro de sí y esperó las imágenes, los colores y las ideas, pero nada se le ocurrió y permaneció solo y desconsolado con su dinero, mientras el deseo de la única vida animada, la del pensamiento, ya no le permitía disfrutarlo, y entonces pensó: «Tal vez este pesado dinero me tenga acogotado, sometido como una cadena». Se apresuró a desprenderse de él y volvió a esperar que su destino se vivificara, pero ni siquiera entonces obtuvo satisfacción, porque su pensamiento seguía colmado con el recuerdo del dinero que había logrado y de aquel del que se había desprendido. Cuando murió, preguntó, afligido, a su Creador: «¿Por qué me hiciste creer que me habías concedido un alma de artista?»

Y el Creador le respondió: «El alma que ahora vuelve hasta mí es la de un artista, pero olvidaste traer contigo tu organismo para que yo viera por qué tu alma resultó sofocada por él».

«Apestaba tanto», dijo el artista, «que no podía traerlo conmigo».

«Yo creo que ya antes apestaba», dijo el Creador.

El diablo que iba a misa

Yo sé la historia de un diablo que iba a misa.

Una vez, un diablo que iba a misa se encontró por el camino un haba, la cogió y se fue a la primera casa que se encontró.

Buena mujer —le dijo—, ¿puedes guardarme esta haba una hora que yo tengo que ir a misa?

Nunca se había visto un diablo que fuera a misa, así que la mujer en seguida le dijo que sí.

El diablo dejó el haba en el alféizar de la ventana y se fue a la iglesia. Una hora más tarde volvió y pidió que le devolvieran el haba. Pero la mujer le respondió apenada:

No puedo devolverte el haba, porque una gallina se subió al alféizar de la ventana y se la comió.

O me das el haba o me das la gallina —exclamó el diablo con mirada torva. Y la mujer tuvo que darle la gallina.

El diablo cogió la gallina y se fue a la casa de otra vecina.

Buena mujer, ¿me puedes guardar esta gallina un rato que yo tengo que ir a misa?

Nunca se había visto un diablo que fuera a dos misas seguidas, así que la segunda mujer le dijo que sí.

Déjala en el huerto —le respondió.

El diablo dejó a la gallina en el huerto y se fue a misa. Cuando volvió, la gallina ya no estaba.

Se la ha comido el cerdo —le dijo la mujer apenada.

O me das la gallina o me das el cerdo —exclamó el diablo, decidido. Y la mujer tuvo que darle el cerdo.

El diablo ató al cerdo y se fue a otra casa.

Buena mujer, ¿me puedes guardar un rato este cerdo, que tengo que ir a misa.

Pues claro, buen diablo, mételo en la cuadra.

Y el diablo metió el cerdo en la cuadra y se fue a escuchar su tercera misa. Cuando volvió, la mujer le dijo apenada:

No puedo devolverte el cerdo porque el caballo le ha dado una coz y lo ha matado.

O me das el cerdo o me das el caballo replicó el diablo con los ojos de fuego.

Y la mujer tuvo que darle el caballo.

El diablo se fue a otra casa.

Buena mujer, ¿me puedes guardar un rato este caballo, que yo tengo que ir a misa?

Y el diablo se fue otra vez a misa, pero cuando volvió el caballo había desaparecido.

¡Qué desgracia! —le dijo la mujer—. Mi hija se ha llevado tu caballo a pastar, pero un moscón no le dejaba en paz y el caballo se ha escapado.

O me das el caballo o me das a tu hija —rugió el diablo con los ojos llameantes.

Y la pobre mujer tuvo que darle a su hija. El diablo la metió dentro de un saco, se lo echó a la espalda y se fue otra vez a la iglesia. Cuando llegó, apoyó el saco en la pila de agua bendita y se puso a escuchar devotatamente la misa.

Pero un diablo que va tantas veces a misa siempre despierta sospechas. Su comportamiento llamó la atención de una mujer que vivía cerca de la iglesia. La mujer, curiosa, se acercó en silencio al saco y miró dentro a través de un agujero.

Pero bueno —murmuró sorprendida cuando vio el contenido del saco—. Esta es mi ahijada.

Entonces, sin decir una palabra, llevó el saco fuera de la iglesia, lo abrió y dejó salir a su ahijada.

Madrina, qué miedo, el diablo quería llevarme.

Calla, que esto lo arreglo yo —respondió la madrina. Y dicho y hecho, volvió a su casa, desató dos perros muy feroces que tenía y los metió dentro del saco. Luego lo dejó apoyado en la pila del agua bendita.

Cuando terminó la misa, el diablo devoto se echó el saco a la espalda y salió de la iglesia.

Pues sí que pesas —se quejó el diablo, mientras se disponía a irse del pueblo.

Guau, guau— ladraron los dos perros, agitándose dentro del saco. El diablo, extrañado de la respuesta, abrió el saco y se encontró con dos perros rabiosos que salieron como dos furias desbocadas. Al pobre diablo no le quedó otra que escapar a toda prisa para huir de los mordiscos feroces de aquellas bestias. Y hay quien dice que todavía sigue corriendo.

El trust de los fantasmas, Giovanni Papini

Hay médiums prodigiosos que consiguen emitir porciones de materia viviente llamada ectoplasma. En el estado de trance crean junto a sí miembros humanos y, a veces, criaturas enteras, de una materia casi fluida, pero observable, que los ignorantes llaman “espectros”. Durante muchos años he estudiado el problema de la conservación de los espectros y lo he conseguido finalmente. Hasta ahora estos fantasmas reales se disolvían al final de la sesión, con grave daño de la ciencia y también de la comodidad humana. Yo he conseguido hacerlos estables, duraderos y prácticamente inmortales. Semejantes criaturas casi irreales, y, sin embargo, vivas e inteligentes, serían buscadísimas en todas partes de la tierra. Tener a su servicio un espectro de materia sutilísima, que puede penetrar donde nos está vedado, que puede ver y oír lo que para nosotros es oscuro y mudo, que puede aterrorizar a nuestros enemigos y ser la compañía de nuestras noches —intermediario anfibio entre este mundo y el otro, entre la vida y la muerte, entre el ser y el no ser—, disponer de un ser no engendrado como todos los demás, un seudoantropo servicial, al cual es permitido lo que a los otros está negado, sería un lujo inaudito, una fortuna indecible y milagrosa. Una sociedad anónima para la fabricación y conservación de los espectros proporcionaría fabulosos beneficios. La industria tiene ahora el dominio y el monopolio de todas las fuerzas de la naturaleza, a excepción de la más admirable de todas: el espíritu. Estas apariciones indecisas y efímeras, que hasta ahora han servido únicamente para satisfacer la curiosidad y la vanidad de los psicólogos y el hambre de misterio y de emoción de los ocultistas, pueden convertirse, con ventaja para todos, en instrumentos de progreso y de bienestar. El pueblo de los fantasmas, hasta ahora refractario, puede entrar a formar parte de la economía mundial. También el alma, para el hombre moderno, es exportable y comerciable.

De moscas y avispas, Niccoló Ammaniti

syrphidae-moscas-que-imitan-a-abejas-y-avispas-10Una mañana me quedé en casa fingiendo dolor de cabeza y vi por la tele un documental sobre insectos imitadores.

En no sé qué parte de los trópicos vive una mosca que imita a las avispas. Tiene cuatro alas, como todas las de su especie, pero las superpone de manera que parecen dos. Tiene el abdomen de rayas amarillas y negras, antenas, los ojos saltones y un aguijón de mentira. No hace nada, es buena. Pero, vestida como una avispa, infunde miedo a aves, lagartos y hasta a seres humanos. Entra tranquilamente en los avisperos, uno de los lugares más peligrosos y vigilados del mundo, y nadie la reconoce.

Me había equivocado en todo.

Ya sabía lo que tenía que hacer.

Imitar a los más peligrosos.

Empecé a vestir como vestían los otros, con zapatillas de deporte Adidas, vaqueros con rotos, sudadera negra con capucha. Me peinaba sin raya y me dejé el pelo largo. Quise también ponerme un pendiente, pero mi madre no lo permitió. En cambio, por Navidad me regalaron una moto, la más común.

Caminaba como ellos, abriendo las piernas. Arrojaba la mochila al suelo, le daba patadas.

Los imitaba, pero con discreción. De la imitación a la caricatura hay un paso.

En clase fingía prestar atención, pero en realidad pensaba en mis cosas, me inventaba historias de ciencia ficción. Iba incluso a gimnasia, les reía las gracias a los otros, gastaba bromas tontas a las chicas. Un par de veces les contesté a los profesores de mala manera. Y entregué un control en blanco.

La mosca se integró perfectamente en la sociedad de las avispas y logró engañar a todos. Creían que era uno de ellos. Que era como hay que ser.

A mis padres les contaba que en la escuela todos decían que era simpático e inventaba historias entretenidas que me habían ocurrido.

Pero cuanto más representaba la farsa, más diferente me sentía. El abismo que me separaba de los otros se ahondaba más y más. Cuando estaba solo era feliz, con los otros debía actuar.

Esto, a veces, me horrorizaba. ¿Tendría que imitarlos toda la vida?

Era como si, en mi fuero interno, la mosca me dijera la verdad. Que los amigos enseguida nos olvidan, que las chicas son malas y se ríen de nosotros, que el mundo de fuera no es más que lucha y violencia.

Una noche tuve una pesadilla de la que desperté gritando. Soñé que la camiseta y los vaqueros eran mi piel y las Adidas mis pies. Y que debajo de la chaqueta, que era dura como un exoesqueleto, se agitaban cien patitas de insecto.

Todo fue más o menos bien hasta una mañana en que, por un instante, deseé no ser una mosca disfrazada de avispa, sino una avispa de verdad.

 

Guardar

¿Quien eres? Giovanni Papini

c4lppxbwqaafy7zEl asunto empezó de un modo muy sencillo. Una mañana no recibí ni siquiera una carta. Hacía muchísimos años que no me ocurría eso y quedé sorprendido y amoscado. Me importaba enormemente la correspondencia, ya que es una de las pocas posibilidades de lo imprevisto que permanecen en nuestra existencia, y todos los días la esperaba con una ansiedad que se volvía casi febril cuando esperaba alguna respuesta importante. Ya fuesen cartas de mujeres lejanas que solicitan un amor inútil, o de desconocidos entusiastas que intentan hacernos penetrar en sus vidas, o de amigos olvidados que de improviso surgen del pasado y nos exponen los deseos y los arrepentimientos de las últimas etapas de la vida, o de descubridores y profetas provincianos que nos quieren imponer sus tonterías o bien esperan que las refutemos, o incluso de insignificantes hombres de negocios o de parientes de tercer grado, yo las leía todas con una enorme avidez. El examen de mi correspondencia diaria, que en aquel tiempo era bastante voluminosa, se había convertido en uno de mis grandes placeres. ¡Y aquella mañana no recibí una sola carta, un solo diario! La impresión fue penosa pero breve. Supuse que se trataba de una casualidad y que al día siguiente recibiría muchas más cartas que de ordinario.

Para distraerme, salí de casa. La ciudad era perfectamente igual a la del día anterior. Las calles estaban flanqueadas por las mismas casas y en los comercios habituales los mismos empleados vendían idénticos objetos a indefinidos compradores. Los carteles que veía comúnmente no registraban cambio alguno. Los carros que rodaban sobre el empedrado no diferían en nada de los que siempre había contemplado. Los hombres que se apresuraban aquí y allá estaban vestidos como de costumbre. Por primera vez experimenté cierta impresión de encarcelamiento frente a esta continuidad de cosas iguales. Pero pensé, en seguida, que mi impresión era estúpida y no supe hallar ninguna razón que justificara el hecho de encontrarme fuera de casa a esa hora. Decidí regresar y, cuando hube atravesado la plaza para dirigirme a la calle en que vivo, di con un viejo profesor que había conocido de niño y que a menudo se detenía a conversar conmigo acerca de sus teorías sobre la multiplicación artificial de las diferencias. Lo saludé quitándome el sombrero y llamándolo por su nombre, pero el viejo continuó su camino sin siquiera percatarse. Eché la culpa a su miopía y pensé, por otra parte, que estaba distraído y no le gustaría que lo abordara. Por eso no intenté seguirlo y volví a casa algo irritado por esta ocasión perdida de hallar distracción.

La jornada había comenzado mal y decidí no salir ya de casa. Me consolé saboreando con el pensamiento el placer de las innumerables cartas que me llegarían la mañana siguiente. Pasé la noche algo menos tranquilo que lo habitual pero por fin llegó la mañana. Esperé la hora del correo con ridícula impaciencia. Pasé cerca de media hora junto a la ventana para ver llegar al cartero. Por fin lo vi acercarse a mi casa pero tampoco esa mañana había cartas para mí. Este repetido silencio de mis corresponsales me turbó muchísimo. Pasé todo el día dedicado a inventar pretextos, excusas, hipótesis para disminuir y explicar este hecho para mí gravísimo. Esperé una vez más el día siguiente. ¡Y llegó la nueva mañana y por tercera vez no había ninguna carta para mí! Entonces no me pude contener. Bajé a la calle; llamé al cartero -que fingió no reconocerme- y le hice revolver la cartera hasta el fondo para cerciorarme de que no había nada para mí. Se me ocurrió entonces un extraño pensamiento: que hubiese una especie de conspiración en mi contra para separarme de mis amigos y que algún empleado postal fuera uno de los cómplices. Carecía en absoluto de indicio alguno acerca de los motivos de esta conspiración pero lo que me ocurría era tan extraño que, por fuerza, debía recurrir a suposiciones todavía más extrañas. Por ello me dirigí al edificio central del correo, hablé con el director, hice realizar averiguaciones y no se halló nada anormal. Ninguno aparentaba conocerme y todos se sorprendieron mucho de mis sospechas.

Salí de allí deprimido y casi humillado y comencé a caminar al azar por la ciudad, atormentándome vanamente para comprender las razones del singular e imprevisto silencio que se había hecho a mi alrededor. Mientras paseaba encontré a un amigo del café con el cual bromeaba de buena gana en ciertas veladas invernales, cuando la niebla es tan densa que hasta el rostro de un imbécil nos reconforta. Me detuve ante él sonriendo pero él se apartó rápidamente y, luego de haberme arrojado una mirada de sorpresa, se alejó apurando el paso.

-¿Te has vuelto loco?-le grité furiosamente-. ¿Por qué no quieres hablarme? No obtuve ninguna respuesta y él ni se volvió siquiera. Era famoso como uno de esos idiotas alegres que se creen divertidos y algunas de sus chanzas eran célebres. Supuse, pues, que quería reírse de mí fingiendo no reconocerme y continué caminando sin ocuparme más de él. Pero, al proseguir reflexionando sobre las causas del silencio universal que me rodeaba, no pude menos que pensar en las personas que no habían querido reconocerme. Sospeché que podía haber una relación entre los dos hechos, pero vi que de ese modo la cuestión se volvía más oscura y preferí creer que se trataba de una serie de casos independientes. Volví a casa y escribí varias cartas solicitando cosas diversas con tal de obtener una respuesta, o bien preguntando por los motivos de su silencio a los que hubieran debido escribirme en esos días. Cuando las hube despachado, me quedé más tranquilo y me pareció entonces imposible que las cartas no continuaran llegando. Pero era necesario esperar por lo menos dos días y pensé ocuparlos íntegramente -para escapar de esa idea fija- en ciertas investigaciones históricas que debía realizar desde hacía mucho tiempo sobre la imprevista desaparición de la famosa ciudad de Semifonte. Pasaron también, mejor que los anteriores, estos dos días, pero el tercero tampoco recibí nada, y preso de una tristeza profunda pensé en pedir consejo a uno de mis más queridos amigos, un estudiante de física que tocaba maravillosamente el violín. Fui inmediatamente a buscarlo. Me dijeron que estaba en casa y me hicieron pasar al estudio. Entró pocos momentos más tarde. Sin embargo, en lugar de estrecharme la mano, de sonreír y de preguntarme cómo me hallaba, se detuvo ante mí preguntándome:

-¿Con quién tengo el honor de hablar?

La impresión que me causaron estas sencillas palabras fue terrible. En un segundo todos los hechos precedentes volvieron a mi memoria y una sospecha espantosa atravesó mi mente. Pero fui lo suficientemente fuerte como para resistir todavía. Quise creer una vez más en una broma y dije, intentando sonreír.

-¿Estás enloquecido esta mañana? ¿Por qué finges no conocerme? No te hagas el tonto y convídame en seguida con un cigarrillo.

Mis palabras tuvieron un efecto opuesto al que yo esperaba. El rostro de mi amigo se volvió todavía más serio y vi que instintivamente ponía la mano en el bolsillo donde tenía habitualmente el revólver.

-Le digo -exclamó con voz enérgica- que no lo conozco y no comprendo sus palabras. Hágame el favor de decirme quién es usted o váyase.

Ante tanta tranquilidad me puse como loco. Comencé a rogarle, a repetirle cien veces mi nombre, a recordarle mil cosas que vimos juntos, a pedirle que me explicara qué lo había hecho, por qué motivo deseaba aparentar que no me conocía y terminé por injuriarlo atrozmente ante la persistencia de sus negativas. Pero él se cansó pronto de la escena.

-Usted debe estar borracho o loco -me dijo duramente-. No llamaré a la policía para no tener trastornos pero mientras tanto usted se irá inmediatamente.

Me empujó fuera de la habitación, aferrándome fuertemente un brazo, y cerró la puerta dejándome fuera. Yo era más débil que él y, por otra parte, estaba confuso, abatido, entontecido y no supe siquiera resistirme. Me arrastré dolorosamente a casa. Apenas llegué a mi cuarto corrí ante el espejo para ver si mi cara había cambiado, si mi aspecto se había modificado de improviso. Me miré largamente pero no logré descubrir la más mínima variación. Me extendí sobre un diván con el único deseo de dormir y de sentirme aniquilado. Pero no llegué siquiera a cerrar los ojos.

Una idea fija se había apoderado íntegramente de mí: Yo debía haber cometido sin darme cuenta algún repugnante delito y nadie quería ya tener trato conmigo. Pero por más que pensaba no podía imaginarme cuál era ese delito. En ese entonces yo llevaba una vida perfectamente virtuosa. No jugaba, no tenía casi relaciones con mujeres, no pedía dinero a nadie. Mis únicos vicios eran el amor desmedido al café y a la filosofía india. Por lo que sabía, no había asesinado a nadie ni desvalijado ninguna casa.Sin embargo, algo debía haber ocurrido para que todos me huyeran, fingieran no conocerme o ni siquiera se atrevieran a escribirme. Esta sensación de un círculo de soledad que querían crear a mi alrededor me hizo estremecer. Estaba a punto de ser expulsado de la sociedad de los vivos. Querían abolirme con el silencio; hacer de mí, socialmente, un ser inexistente, un muerto.

Pero yo quería ardientemente salir de esta incertidumbre dolorosa; quería conocer la causa por la que todos deseaban suprimirme de sus vidas.

Al anochecer, algo reanimado por algunas gotas de coñac, me dirigí al gran café donde muchos amigos míos se encontraban para discutir las habituales tonterías del día. Me encaminé derecho a la mesa ocupada ya por algunos de ellos. Todos me miraron un poco desconcertados y no me respondieron. Pero ahora yo me encontraba ya habituado a esa comedia y por lo tanto no me turbé demasiado.

-Veo -les dije con voz calma y uniforme- que también ustedes actúan como los otros y aparentan no conocerme. Justamente, he venido a verlos para que me digan la razón de esta extrañísima conducta. Debo haber cometido algo muy grave ya que hasta mis más viejos amigos me echan de su casa, pero les declaro sinceramente que no conozco absolutamente las acusaciones que me hacen. Díganme ustedes qué es lo que hice. Es la última prueba de amistad que les pido. Sea lo que fuere, no vendré a importunarlos más con mi presencia ni con mi conversación.

Antes de que hubiese terminado de hablar me di cuenta de que la sorpresa de mis amigos había aumentado extraordinariamente. Uno de ellos comenzó a reír sin miramientos; otro -el más prudente- se levantó y se sentó a otra mesa. Yo esperaba la respuesta con tanta ansiedad que mi respiración se había vuelto agitada. Uno de ellos, finalmente, me dijo a quemarropa:

-Disculpe, pero ¿quién es usted?

-No prosigan, se lo ruego -añadí con voz temblorosa- dejen de fingir por un momento. Díganme, en nombre del Señor, qué les hice, por qué motivo me tratan así. Díganme…

Pero no pude continuar. Todos estallaron en una sonora carcajada. No bien se calmaron, llamaron al camarero y se levantaron. Uno solo de ellos, un buen muchacho que tenía mucha simpatía por mí, se acercó y me dijo en voz baja:

-¿Quiere que lo acompañe a su casa?

Acepté el ofrecimiento y salí con él. Creí que por lo menos lo habría convencido para que me explicara algo, pero todo fue inútil. Me hablaba con mucha condescendencia, pero hasta el último momento no quiso confesarme que me conocía.

-Tenga la seguridad -me repetía- que usted no ha cometido nada o por lo menos ninguno de nosotros sabe nada. Es una idea que se le ha metido en la cabeza pero le pasará. Le aseguro que ni yo ni los demás lo conocemos y que no simulamos al preguntarle quién es usted. Trate de calmarse y si verdaderamente desea ser amigo mío vendré a verlo cuando quiera.

Al llegar a casa me expresó sus buenos deseos y me aconsejó que durmiera. Subí a mi pequeño cuarto y me desvestí sin darme cuenta. No logré, naturalmente, dormir. Mi situación era tan horrible que aún no podía acostumbrarme a considerarla real. Sentirse completamente solo en el mundo, abandonado de pronto por todos, bajo el peso de una vergüenza desconocida o de una condena silenciosa es algo más pavoroso y misterioso que la muerte. Yo no existía más para los hombres. Estaba solo y maldito. Yo era el mismo, pero todos los demás habían cambiado respecto a mí. Estaba solo, pero no sobre una isla o una balsa, como un Robinson o un náufrago, con la esperanza de la salvación o la visión del regreso, sino solo en medio de una gran ciudad, solo en medio de una multitud, solo en el centro de hombres que me rechazaban, me negaban, me expulsaban de sus vidas. Al llegar la mañana comencé a dormir, pero comencé a soñar de tal manera que me desperté casi inmediatamente gritando y llorando horrorizado. No sé cómo tuve fuerzas para salir una vez más de casa.

La ciudad era siempre la misma, todo estaba como antes. Los hombres y las mujeres iban y venían, y cada tanto, como para contrariarme, pasaban junto a mí personas que yo conocía y ninguna de ellas me miraba, ninguna me sonreía, ninguna me saludaba. Yo era como un extranjero o llegado al azar ese día. Todo lo que a mí se refería había desaparecido de las mentes. Yo no existía más en los otros, sino sólo en mí mismo. Me parecía que mi misma alma había sido amputada y que me restaba sólo un pedacito, un pequeño centro al cual podía dar todavía el nombre Yo. Me parecía que todos los que pasaban me pedían razón de mi existencia. Me parecía que de todas partes surgían voces urgentes y sorprendidas que preguntaban: “¿Quién es? ¿Quién es usted?”

Y la única variante residía en el pronombre -en el usted o en el él-, pero todos los que pasaban me arrojaban a la cara la cruel pregunta. Entonces todas estas preguntas se fundieron como un coro, se volvieron una sola y enorme pregunta que yo mismo me hacía a mí mismo: ¿Quién eres? ¿Cuándo había tratado de responder a esta pregunta? ¿Cuándo se me había ocurrido confesarme a mí mismo quién era yo? Sabía mi nombre, mi edad, mi patria, mi estatura; conocía algo mi rostro pero menos todavía mi alma. Del futuro, nada sabía; del pasado, no me quedaban más que pálidos bloques de recuerdos yuxtapuestos. Nunca había intentado descubrirme, conocer mi secreto, aseverar cuál era mi verdadero nombre, el nombre de mi raza y no el ficticio y ridículo que me impuso mi padre en la fuente bautismal.

¿Quién eres?, me pregunté finalmente, y apenas sentí la gravedad y la grandeza de esta pregunta el resto desapareció. No recordé ni los insultos ni las carcajadas ni el abandono de los otros. Separado de ellos, me enfrenté conmigo mismo y quise olvidar todo lo que la costumbre y la opinión ajena habían hecho de mi alma. Había vivido hasta entonces de una cierta manera porque los otros me habían guiado o aconsejado, porque se habían formado ciertas ideas sobre mí que me desagradaba desmentir, porque me había encontrado en medio de hombres de quienes, sin darme cuenta, había imitado sus gustos y adoptado sus valores. Ahora ellos renegaban de mí y afirmaban no conocerme, mientras yo renegaba de lo que había en mí de ellos y no quería reconocer como mío lo que ellos me habían impuesto. Y sin miedo, me preguntaba a mí mismo: ¿Quién eres?

Todas las otras voces se habían callado. Solamente mi pregunta me llenaba el alma. Y durante muchos días viví como en un sueño buscando fatigosamente el hallazgo de una respuesta segura.

Una noche, mientras soñaba con una multitud de ciegos que caminaban por un prado cubierto de espesas hierbas, insensiblemente, la respuesta surgió de improviso.

Yo soy alguien para quien los otros no existen. Esta ceguera, esta amnesia de los hombres hacia mí había sido un examen que de ninguna otra manera hubiera podido aprobar. Los hombres no me conocían más pero yo no había sido suprimido. Había vuelto a encontrarme a mí mismo y ahora podía recomenzar mi vida y conocer otros hombres, ya sin temores.

Por la mañana, al despertarme, me sentía feliz como un niño convaleciente. Una curiosa sorpresa me esperaba. El cartero me entregó un gran envío de correspondencia, en la que hallé lo que esperaba desde la primera mañana de silencio. Al anochecer, en el café, mis amigos me acogieron como de costumbre y no hicieron la más pequeña alusión al encuentro de pocas noches antes. Entre ellos estaba el estudiante de física que me había echado de su casa, quien estuvo más expansivo conmigo que de costumbre. Pronto me cansé de su compañía y los abandoné. Afuera encontré otra gente que me saludaba como antes y me hablaba con su habitual cordialidad. Había reingresado en el mundo. Los hombres me aceptaban una vez más y sin embargo yo sentía una curiosa fatiga de su compañía, tenía como la sensación de haber regresado de algún país lejano y de haber perdido el gusto de todo lo que veía. Jamás, después de esa época, he podido explicarme la razón de aquella pausa de mi vida, en la cual aparecí ante los demás como un mentecato forastero. Alguna vez pienso que en el tiempo debe haber desgarrones y que solamente yo he vivido en esos días, como en un intervalo, sin que los otros lo advirtieran. ¿Pero por qué parecían vivir como viven siempre y como viven todavía hoy? Esa zona de misterio, esa interrupción negra que hay en mi vida tan común me ha perturbado siempre y me perturba todavía más escribiendo este relato. Incluso en este momento, media hora después de la medianoche, mientras escribo en mi cuarto en un silencio lleno de hálitos y de latidos levísimos me parece estar solo, irremediablemente solo entre los hombres, en medio del mundo: un alma única en el centro del universo. En efecto…

La pesadilla de Aristóteles, Carlo Frabetti

aristotle_altemps_inv8575En cierta ocasión, le preguntaron a Aristóteles: “Si pudieras pedir un deseo en beneficio de la humanidad, ¿qué les pedirías a los dioses?”, y él contestó que les pediría que unificaran el significado de las palabras, de forma que todos las entendiéramos exactamente de la misma manera. Y se podría decir que los dioses complacieron parcialmente a Aristóteles, pues con las matemáticas disponemos de un lenguaje exento de ambigüedades e interpretaciones subjetivas. Y esta precisión, esta unificación de significados, se ha ido haciendo cada vez más extensiva (sobre todo a partir de Newton, nuestro invitado de la columna anterior) al discurso científico en general.

Pero Aristóteles se refería al lenguaje común, y soñaba con eliminar los continuos malentendidos a los que su uso da lugar, la paradójica incomunicación verbal (precariamente suplida por la comunicación no verbal) que condena a los seres humanos a una juanramoniana “soledad sonora”. Y, por suerte, los dioses no escucharon la petición del filósofo. Porque para que dos hablantes se entendieran a la perfección, es decir, para que entendieran todas las palabras –con todos sus matices y connotaciones– de idéntica manera, tendrían que ser prácticamente la misma persona. En el plano denotativo del lenguaje podemos lograr niveles de acuerdo relativamente satisfactorios; de lo contrario, hablar no serviría de nada y las sociedades humanas no existirían como tales. Pero el plano connotativo es, en gran medida, un universo personal e intransferible (o de muy difícil transferencia: por eso existe la literatura, y muy especialmente la poesía). Eso nos causa numerosos problemas, así como una irreductible sensación de alteridad (que Kafka expresó magistralmente: “A mí me conozco, en los demás creo; esta contradicción me separa de todo”). Puede que sea muy alto, pero ese es el precio de la individualidad.

El pensamiento es fundamentalmente (aunque no exclusivamente) lingüístico. Somos lenguaje, incluso cuando callamos. Continuamente nos recorre un río de palabras, y somos los ecos innumerables que esas palabras multiplican en el irrepetible laberinto de nuestra mente. Por eso el sueño de Aristóteles, como tantos otros sueños filantrópicos, se resuelve en pesadilla. Si las palabras significaran exactamente lo mismo para todos, solo habría un individuo repetido millones de veces, y entonces sí que su soledad, atrapada en un laberinto de espejos, sería terrible: tan absoluta y vertiginosa como la soledad de Dios.

Análisis Tardío, Pier Paolo Pasolini

lv_19710917_lv_fotos_d_54262737892-992x558lavanguardia-webSé bien, sé bien que estoy en el fondo de la fosa;

que todo aquello que toco ya lo he tocado;

que soy prisionero de un interés indecente;

que cada convalecencia es una recaída;

que las aguas están estancadas y todo tiene sabor a viejo;

que también el humorismo forma parte del bloque inamovible;

que no hago otra cosa que reducir lo nuevo a lo antiguo;

que no intento todavía reconocer quién soy;

que he perdido hasta la antigua paciencia del orfebre;

que la vejez hace resaltar por impaciencia sólo las miserias;

que no saldré nunca de aquí aunque sonría;

que doy vueltas de un lado a otro por la tierra como una bestia enjaulada;

que de tantas cuerdas que tengo he terminado por tirar de una sola;

que me gusta embarrarme porque el barro es materia pobre y por lo tanto pura;

que adoro la luz sólo si no me ofrece esperanza.

Muerte accidental de un anarquista, Dario Fo

1476344584_090651_1476347429_album_normal¿Y quién defiende lo contrario? Lo admito, nuestra sociedad se divide en clases, incluso en lo tocante a testigos: los hay de primera, segunda y tercera categoría. No tiene que ver con la edad… puedes ser más viejo que Matusalén, y estar completamente gagá, pero si vienes de la sauna, ducha caliente y fría, masaje, rayos UVA, camisa de seda, Mercedes con chófer… a ver qué juez no te considera fiable. Incluso te besa la mano, “¡Super fiable extra!” Por ejemplo, en el famoso proceso por la rotura del embalse del Vaiont, los ingenieros acusados -los pocos que se dejaron pillar, porque los demás se esfumaron… a saber quién les pondría sobre aviso…-, esos cinco o seis, que para embolsarse unos cuantos millones, ahogaron a unas dos mil personas en una sola noche, esos, aún siendo más viejos que nuestros jubilados, no fueron considerados poco de fiar, sino todo lo contrario, ¡máxima fiabilidad! Porque, vamos, ¿para qué estudia uno una carrera? ¿Para qué se hace accionista mayoritario, para que le traten igual que a un jubilado muerto de hambre? Dicen que antes de su declaración, a esos accionistas no se les exigió que pronunciaran la fórmula clásica de “Juro decir la verdad, toda la verdad”. Parece ser que el secretario dijo: “Tomen asiento señor ingeniero jefe, director de las construcciones hidráulicas X, y usted también, señor ingeniero y asesor ministerial, ambos accionistas con capital de 160 millones, siéntense, les escuchamos y les creemos”. Después, con gran solemnidad, los jueces se pusieron en pie, y todos a coro, la mano en la Biblia, declamaron: “Juramos que dirán la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. ¡Lo juramos!”

 

Guardar

Lo sé, pero no debería, Marina Colasanti

another_shower_by_himmapaan-d417envSé que la gente se acostumbra. Pero no debería.

La gente se acostumbra a vivir en un apartamento interior

y a no tener otra vista que no sea las ventanas de alrededor.

Y como no tiene vistas, luego se acostumbra a no mirar hacia afuera.

Y como no mira hacia afuera luego se acostumbra a no abrir de todo las cortinas.

Y como no abre las cortinas luego se acostumbra a encender más pronto la luz.

Y a medida que se acostumbra, olvida el sol, olvida el aire, olvida la amplitud.

La gente se acostumbra a levantarse por la mañana sobresaltado porque es la hora.

A tomar el café corriendo porque va atrasado.

A leer la prensa en el autobús porque no puede perder el tiempo del viaje.

A comer un sandwich porque no hay tiempo para almorzar.

A salir del trabajo porque ya es de noche.

A dormitar en el autobús porque está cansado.

A acostarse temprano y dormir profundo sin haber disfrutado el día.

La gente se acostumbra a abrir el periódico y a leer sobre la guerra.

Y aceptando la guerra, acepta los muertos y que haya una cifra de muertos.

Y aceptando la cifra acepta no creer en las negociaciones de paz,

acepta leer todo el día sobre guerra, sobre cifras, sobre su larga duración.

La gente se acostumbra a esperar el día entero y escuchar al teléfono: hoy no puedo ir.

A sonreír a la gente sin recibir una sonrisa de vuelta.

A ser ignorado cuando necesitaba tanto ser visto.

La gente se acostumbra a pagar por todo lo que desea y necesita.

A luchar para ganar el dinero con qué pagar.

Y a ganar menos de lo que necesita.

Y a hacer colas para pagar.

Y a pagar más de lo que las cosas valen.

Y a saber que cada vez pagará más.

Y a buscar más trabajo, para ganar más dinero, para tener con qué pagar en las colas en las que se cobra.

La gente se acostumbra a andar por la calle y ver carteles.

A abrir las revistas y ver anuncios.

A encender al televisión y ver publicidad.

A ir al cine y engullir anuncios.

A ser instigado, conducido, desnortado, lanzado a la infinita catarata de productos.

La gente se acostumbra a la polución.

A las salas cerradas con aire acondicionado y olor a cigarro.

A la luz artificial con su ligero temblor.

Al choque de los ojos con la luz natural.

A las bacterias del agua potable.

A la contaminación del agua del mar.

A la lenta muerte de los ríos.

Se acostumbra a no oír los pájaros, ni el gallo de madrugada, a temer la hidrofobia de los perros,

a no coger la fruta a pie del árbol, a no tener ni siquiera una planta.

La gente se acostumbra a demasiadas cosas para no sufrir.

En dosis pequeñas, intentando no percibir, se va apartando un dolor de aquí,

un resentimiento de allí, una revuelta allá.

Si el cine está lleno la gente se sienta en primera fila y tuerce un poco el cuello.

Si la playa está contaminada la gente solo moja los pies y suda en el resto del cuerpo.

Si el trabajo es duro la gente se consuela pensando en el fin de semana.

Y si el fin de semana no hay mucho que hacer la gente se acuesta temprano

y aún queda satisfecho porque siempre tiene sueño atrasado.

La gente se acostumbra para no rallarse en la aspereza, para preservar la piel.

Se acostumbra para evitar heridas, sangrados, para esquivarse

de la faca, de la bayoneta, para proteger el pecho.

La gente se acostumbra para proteger la vida que poco a poco se gasta y, que

de tanto acostumbrarse, se pierde de sí misma

Tengo flores y de noche invito a los álamos, Salvatore Quasimodo

Jaume BarbaMi sombra está sobre otro muro

de hospital. Tengo flores y de noche

invito a los álamos y a los plátanos del parque,

árboles de hojas caídas, no amarillas,

casi blancas. Las monjas irlandesas

no hablan nunca de muerte, parecen

movidas por el viento, no se maravillan

de ser jóvenes y gentiles: un voto

que se libera en las ásperas plegarias.

Me parece que soy un emigrante

que vela encerrado en sus cobijas,

tranquilo, por tierra. Tal vez muero siempre.

Pero escucho gustosamente las palabras de la vida

que jamás he entendido, me detengo

en largas hipótesis. Ciertamente no la podré eludir;

seré fiel a la vida y a la muerte

en cuerpo y espíritu

en cada dirección prevista, visible.

A intervalos algo me supera,

ligero, un tiempo paciente,

la absurda diferencia que corre

entre la muerte y la quimera

del latir del corazón

 

 

Yo, Galileo, hijo de Vicenzo Gal

galileo-e1435358932718Yo, Galileo, hijo de Vicenzo Galileo de Florencia, a la edad de 70 años, interrogado personalmente en juicio y postrado ante vosotros, Eminentísimos y Reverendísimos Cardenales, en toda la República Cristiana contra la herética perversidad inquisidores generales; teniendo ante mi vista los sacrosantos Evangelios, que toco con mi mano, juro que siempre he creído, creo aún y, con la ayuda de Dios seguiré creyendo todo lo que mantiene, predica y enseña la Santa, Católica y Apostólica Iglesia. Pero como, después de haber sido jurídicamente intimado para que abandonase la falsa opinión de que el Sol es el centro del mundo y que no se mueve y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve, y que no podía mantener, defender o enseñar de ninguna forma, ni de viva voz ni por escrito, la mencionada falsa doctrina (…) Quiero levantar de la mente de las Eminencias y de todos los fieles Cristianos esta vehemente sospecha, que justamente se ha concebido de mí, con el corazón sincero y fe no fingida, abjuro, maldigo y detesto los mencionados errores y herejías y, en general, de todos y cada uno de los otros errores, herejías y sectas contrarias a la Santa Iglesia. Y juro que en el futuro nunca diré ni afirmaré, de viva voz o por escrito, cosas tales que por ellas se pueda sospechar de mí; y que si conozco a algún hereje o sospechoso, de herejía lo denunciaré a este Santo Oficio o al Inquisidor u Ordinario del lugar en el que me encuentre. Juro y prometo cumplir y observar totalmente las penitencias que me han sido o me serán, por este Santo Oficio, impuestas; y si incumplo alguna de mis promesas y juramentos, que Dios no lo quiera, me someto a todas las penas y castigos que imponen y promulgan los sacros cánones y otras constituciones contra tales delincuentes. Así, que Dios me ayude y sus santos Evangelios que toco con mis propias manos. Yo, Galileo Galilei he abjurado, jurado y prometido y me he obligado; y certifico que es verdad que, con mi propia mano he escrito la presente cédula de mi abjuración y la he recitado palabra por palabra, en Roma, en el convento de Minerva, este día 22 de junio de 1633

La soledad de los números primos, Paolo Giordano

P1000698Los números primos sólo son exactamente divisibles por 1 y por sí mismos. Ocupan su sitio en la infinita serie de los números naturales y están, como todos los demás, emparedados entre otros dos números, aunque ellos más separados entre sí. Son números solitarios, sospechosos, y por eso encantaban a Mattia, que unas veces pensaba que en esa serie figuraban por error, como perlas ensartadas en un collar, y otras veces que también ellos querrían ser como los demás, números normales y corrientes, y que por alguna razón no podían. Esto último lo pensaba sobre todo por la noche, en ese estado previo al sueño en que la mente produce mil imágenes caóticas y es demasiado débil para engañarse a sí misma.

En primer curso de la universidad había estudiado ciertos números primos más especiales que el resto, y a los que los matemáticos llaman primos gemelos: son parejas de primos sucesivos, o mejor, casi sucesivos, ya que entre ellos siempre hay un número par que les impide ir realmente unidos, como el 11 y el 13, el 17 y el 19, el 41 y el 43. Si se tiene paciencia y se sigue contando, se descubre que dichas parejas aparecen cada vez con menos frecuencia. Lo que encontramos son números primos aislados, como perdidos en ese espacio silencioso y rítmico hecho de cifras, y uno tiene la angustiosa sensación de que las parejas halladas anteriormente no son sino hechos fortuitos, y que el verdadero destino de los números primos es quedarse solos. Pero cuando, ya cansados de contar, nos disponemos a dejarlo, topamos de pronto con otros dos gemelos estrechamente unidos. Es convencimiento general entre los matemáticos que, por muy atrás que quede la última pareja, siempre acabará apareciendo otra, aunque hasta ese momento nadie pueda predecir dónde.

Mattia pensaba que él y Alice eran eso, dos primos gemelos solos y perdidos, próximos pero nunca juntos.

 

Así que Usted comprenderá, Claudio Magris

Nelson Romero 1Me imaginaba sus quejas, un hombre acabado, un poeta al que le han robado el tema; habría pensado que esa conjura cósmica era toda una maniobra contra él, para hacerle morder el polvo, para condenarlo al silencio. Si les hubiera dicho a los demás que aquí dentro es como allí fuera le habrían puesto de vuelta y media, en especial sus ansiosas admiradoras que lo veneran como a un guía espiritual, y si se hubiera callado se habría sentido un cobarde. Pero sobre todo vaya papelón que hubiese hecho, venir hasta aquí adentro, hasta aquí abajo, para descubrir que no valía la pena, que detrás de la puerta no hay nada nuevo.

Ya me lo veía venir, atormentado extraviado aterrorizado enfurecido mosqueado enfadadísimo conmigo porque le había echado todo a perder -y luego los días y las noches juntos, yo a su lado y él que me mira de refilón, la aguafiestas que ha mandado todo a hacer gárgaras, atemorizado de que lo largara por ahí, cohibido ante la idea de que lo vieran por la calle conmigo, a él, que salió como un héroe hacia lo desconocido y ha vuelto con el rabo entre las piernas. Y cuando hubiera llegado, para él o para mí, la hora de volver de nuevo, y definitivamente, a la Casa, qué desastre la repetición de los adioses, reducidos nada más que a formalidades. De pronto me sentí cansada, agotada; volver a empezar, cocinar, lavar, hacer el amor, ir al teatro, invitar a alguien a cenar, dar las gracias por las flores, hablar, equivocarse y malinterpretarse, como siempre, dormir levantarse volverse a vestir…

No, imposible, no hubiese podido, no podía. Me sentía de golpe tan cansada. Pero tal vez habría apretado los dientes y me hubiera tragado mi cansancio y hubiese tirado para adelante. Las mujeres saben hacerlo, lo hacen casi siempre, hasta cuando no saben ya por qué o por quién.

Su libro ha sido… Umberto Eco

b9ba824954b38d399166bfd3e6f66983Qué habría ocurrido con si hubieran tenido que vérselas con la maquinaria editorial moderna.

La Biblia, Anónimo

Debo decir que cuando comencé a leer el manuscrito, y durante las primeras cien páginas, me sentí entusiasmado. Es pura acción y tiene todo lo que el lector de hoy exige de un libro de evasión: sexo (muchísimo), con adulterios, sodomía, homicidios, incestos, guerras, desastres, etcétera.

El episodio de Sodoma y Gomorra, con los travestis que pretenden violar a los dos ángeles, es rabelesiano; las historias de Noé son el más puro Salgari; la fuga a Egipto es una historia que tarde o temprano acabará por ser llevada al cine… En suma, la verdadera novela-río, bien construida, que no ahorra efectos, plena de imaginación, con esa dosis de mesianismo que agrada, sin llegar a lo trágico.

Después, más adelante, advertí que se trata, en cambio, de una antología de varios autores, con muchos, demasiados, trozos de poesía, algunos francamente lamentables y aburridos, verdaderas jeremiadas sin pies ni cabeza.

Resulta así un engendro monstruoso que corre el riesgo de no gustar a nadie porque tiene de todo. Además, será un fastidio establecer los derechos de los distintos autores, a menos que el representante de todos ellos se encargue de eso. Pero el nombre de tal representante no lo encuentro ni siquiera en el índice, como si hubiera cierta reserva en nombrarlo.

Yo diría que hay que tratar de ver si se pueden publicar separadamente los primeros cinco libros. En tal caso marcharíamos sobre seguro. Con un título como “Los desesperados del Mar Rojo”.

El proceso, Franz Kafka

No está mal el librito, es policial, con momentos al estilo de Hitchcock: por ejemplo, el homicidio final, que tendrá su público.

Sin embargo, parecería que el autor lo escribió bajo censura. ¿Qué significan esas alusiones imprecisas, esa falta de nombres de personas y de lugares? ¿Y por qué el protagonista está bajo proceso? Aclarando más tales puntos, ambientando en forma más concreta, dando hechos, hechos, hechos, la acción resultaría más límpida y más seguro el suspenso. Estos escritores jóvenes creen hacer “poesía” porque dicen “un hombre” en vez de decir “el señor Tal a tal hora en tal sitio”. En síntesis: si se le puede meter mano bien; de lo contrario, devolver.

En busca del tiempo perdido, Marcel Proust

Es, sin más ni más, una obra comprometida, quizá demasiado larga: pero puede venderse haciendo una serie de pocket. Tal como está, no anda. Hace falta un vigoroso trabajo de editing. Por ejemplo, hay que revisar toda la puntuación. Los periodos son harto fatigantes, hay algunos que ocupan toda una página. Con un buen trabajo de redacción que los reduzca a dos o tres líneas cada uno, con una más frecuente utilización del punto y aparte, el trabajo seguramente mejoraría. Si el autor no estuviera de acuerdo, mejor será no editarlo. Tal como está, el libro resulta… ¿cómo diré?: bastante asmático.

Crítica de la razón práctica, Emanuel Kant

Di a leer este libro a Vittorio Saltini, quien me informó que el tal Kant no vale gran cosa. De todos modos, yo también le eché un vistazo: un texto no muy voluminoso sobre moral podría andar en nuestra coleccioncita de filosofía, pues no es improbable que lo adopte alguna universidad. Pero sucede que el editor alemán nos ha comunicado que debemos comprometernos a publicar no solo la obra precedente, algo extensa (dos tomos por lo menos), sino también lo que Kant está preparando, no sé si sobre el arte o el juicio. Las tres llevan títulos muy parecidos: o se las vende en un estuchecito (a un precio inaccesible para el lector) o en las librerías las confundirán unas con otras y la gente dirá “Esto ya lo leí”. Sucede como con la Summa de cierto dominico, que comenzamos a traducirla y después tuvimos que ceder los derechos porque costaba demasiado.

Y todavía hay más. El agente literario alemán me ha dicho que habría que comprometerse a publicar también las obras menores de Kant, que son unas cuantas y entre las cuales hasta hay algo de astronomía. Anteayer traté de comunicarme telefónicamente con Konisberg, para ver si se podría llegar a un acuerdo sobre un solo libro y la empleada por horas me respondió que el señor no estaba y que no telefoneara nunca entre las cinco y las seis porque a esa hora el señor salía a dar su paseíto y tampoco entre las tres y las cuatro, porque a esa hora el señor hacía la siesta, y así por el estilo. Yo no cerraría trato alguno con gente de esa calaña: las pilas de libros se nos van a dormir en el depósito.

La odisea, Homero

Personalmente, el libro me gusta. La historia es bella, apasionante, llena de aventuras. Tiene la dosis suficiente de amor, de fidelidad y de escapadas adulterinas (muy buena la figura de Calipso, una verdadera devoradora de hombres); tiene, incluso, un momento “lolítico”, con una chiquilla llamada Nausica: a lo largo del episodio, el autor se permite más de una osadía, pero en ningún momento incurre en excesos. El todo resulta excitante. Hay efectos, gigantes de un solo ojo, caníbales y hasta un poco de droga (lo suficiente para no transgredir los límites fijados por la ley: según entiendo, el loto no está prohibido por el Narcotics Bureau). Las escenas finales se inscriben en la mejor tradición western: la pelea es recia, la escena del arco se mantiene magistralmente en la cuerda floja del suspenso.

¿Qué decir?: se lee de un soplo, mejor que el primer libro del mismo autor, harto estático con su insistencia en la unidad de lugar, aburrido por la superabundancia de acontecimientos (a la tercera batalla y al décimo duelo, el lector ya ha comprendido el mecanismo). En este segundo libro, todo marcha que es una maravilla; hasta el tono es más sereno: pensado, ya que no reflexivo. Y, además, ¡el montaje, el juego de flash-backs, las historias ensambladas!… En suma: alta escuela. Realmente, este Homero tiene talento.

Demasiado talento, diría yo… Me pregunto si será todo harina de su cosecha. Ya sé, ya sé: escribe que te escribe, uno mejora (¡Y quién sabe si el tercer libro no resulta lisa y llanamente un cañonazo!). Pero lo que me hace dudar (y, en todo caso, me lleva a opinar negativamente) es el batifondo que puede armarse en lo tocante a derechos. Hablé del asunto con Eric Linder y creo que no saldríamos bien parados del asunto.

Antes que nada, es imposible localizar al autor. Quienes lo han conocido dicen que, de cualquier manera, resultaría fastidioso discutir con él las pequeñas modificaciones a introducir en el texto, pues es ciego como un topo, no sigue el texto y en más de una oportunidad ha dado impresión de no conocerlo bien. Dice, también, que citaba de memoria, que no estaba seguro de lo que había escrito y que alegaba que el copista había introducido interpolaciones. ¿Lo habrá escrito él o es tan sólo un testaferro?

Justine, Marqués de Sade

El manuscrito estaba en medio de un montón de cosas que yo debía ver esta semana y, para ser sincero, no lo leí todo. Lo abrí tres veces al azar, en tres partes distintas, y ustedes saben que, para un ojo de buen cubero, eso basta.

Bien: la primera vez encontré una avalancha de páginas de filosofía de la naturaleza con disquisiciones sobre la crueldad de la lucha por la vida, la reproducción de las plantas y la evolución de las especies animales. La segunda vez, por lo menos quince páginas sobre el concepto del placer, sobre los sentidos y la imaginación y cosas por el estilo. La tercera vez, otras veinte páginas sobre las relaciones de sumisión entre el hombre y la mujer en los distintos países del mundo… Me parece suficiente. No estamos buscando una obra de filosofía; el público, hoy, quiere sexo, sexo y más sexo. Y probablemente con cualquier salsa. La línea a seguir es la iniciada con Los amores del caballero de Faublas. Los libros de filosofía dejémoselos, ¡por favor!, a Laterza.

Don Quijote, Miguel de Cervantes

El libro, no siempre inteligible, es la historia de un gentilhombre español y su criado, que van por el mundo persiguiendo ensoñaciones caballerescas. El tal Don Quijote es un poco loco (su figura está magníficamente concebida; en verdad, Cervantes sabe narrar), en tanto que su criado es un simple (dotado de cierto y tosco buen sentido) con quien el lector no tarda en identificarse y que procura desmitificar las fantásticas creencias de su amo. Hasta aquí el argumento, que se desenlaza con algunos buenos efectos y con no pocos divertidos y jugosos episodios. Pero la observación que deseo formular trasciende el juicio personal sobre la obra.

En nuestra afortunada colección económica “Los hechos de la vida”, hemos publicado con notable éxito Amadis de Gaula, La leyenda del Graal, El romance de Tristán, Las trovas del pajarillo, etcétera. En estos momentos tenemos opción para editar Reyes de Francia, del jovencito di Barberino, libro que a mi juicio será el éxito del año. Ahora bien: si nos decidimos por Cervantes ponemos en circulación un libro que, no obstante ser muy hermoso, mandará al traste lo publicado hasta ahora y hará pasar a todas esas otras novelas por tonterías de manicomio. Comprendo la libertad de expresión, el clima de rebeldía y demás cosas por el estilo, pero no podemos coartárnoslos nosotros mismos. Tanto más que este libro me parece la típica obra única: el autor acaba de salir de galeras, tiene la salud maltrecha, no sé bien si le han cortado un brazo o una pierna y no da impresión de estar dispuesto a escribir otro. Yo no querría que, por buscar novedades a cualquier precio, comprometiéramos una línea editorial que hasta ahora ha sido popular, moral (digámoslo también) y rediticia. Rechazar.

Bendito sea el año, Francesco Petrarca

cancionero-petrarcaBendito sea el año, el punto, el día,

la estación, el lugar, el mes, la hora

y el país, en el cual su encantadora

mirada encadenóse al alma mía.

Bendita la dulcísima porfía

de entregarme a ese amor que en mi alma mora,

y el arco y las saetas, de que ahora

las llagas siento abiertas todavía.

Benditas las palabras con que canto

el nombre de mi amada; y mi tormento,

mis ansias, mis suspiros, y mi llanto.

Y benditos mis versos y mi arte

pues la ensalzan, y, en fin, mi pensamiento,

puesto que ella tan solo lo comparte.