El punto de apoyo, Kjell Askildse

Ho Fan , en el escenario de la vidaHace unos meses vino a verme mi casero. Llamó tres veces a la puerta antes de que me diera tiempo a abrir, y eso que fui lo más rápidamente que pude. No podía saber que era él. Por aquí viene muy poca gente, casi todos miembros de sectas religiosas que me preguntan si estoy en paz con Dios. Me produce cierto placer, pero nunca les dejo pasar de la puerta, pues la gente que cree en la vida eterna no es racional, no se sabe lo que puede llegar a hacer. Pero esta vez era, como ya he dicho, el casero. Le había escrito hacía casi un año para informarle de que la barandilla de la escalera estaba rota, y pensé que venía por eso, así que le dejé entrar. Miró a su alrededor. “Vive usted bien aquí”, dijo. Era una afirmación bastante tendenciosa, que me hizo ponerme a la defensiva. “La barandilla de la escalera está rota”, dije. “Sí, ya lo he visto. ¿La rompió usted?”. “No, ¿porqué yo?”. “Supongo que es el único que la usa, porque, aparte de usted, sólo vive gente joven en este portal, y no creo que se haya roto sola, ¿no?”. Era obviamente una persona intratable y no quise entrar en ninguna discusión con él sobre cómo y por qué se estropean las cosas, de modo que dije escuetamente: “Como usted diga, pero yo necesito esa barandilla, estoy en mi derecho”. No contestó nada a eso, a cambio, dijo que subiría el alquiler un veinte por ciento a partir del mes siguiente. “¿Otra vez? –dije-, y un veinte por ciento nada menos”. “Debería ser más –contestó-, esta finca no produce más que pérdidas, pierdo dinero con ella”. Hace mucho que dejé de discutir de economía con personas que dicen perder dinero con algo de lo que podrían haberse desprendido hace treinta años, de modo que no dije nada. Pero no le hizo falta argumento alguno para seguir con el tema, es de ese tipo de personas que funcionan solas. Se puso a disertar sobre todas las demás fincas que también daban pérdidas, resultaba lamentable escucharle, debía de ser un capitalista muy pobre. Pero no dije nada, y por fin cesaron las lamentaciones, ya iba siendo hora. En cambio me preguntó, sin ninguna razón aparente, si creía en Dios. Estuve a punto de preguntarle a qué dios se refería, pero me limité a negarlo con la cabeza. “Pues tiene que hacerlo”, dijo, así que después de todo había dejado colarse a uno de ellos en mi casa. En realidad no me sorprendió, pues es bastante corriente que la gente con muchas propiedades crea en Dios. Ahora bien, no quise darle pie para que pasara a otro tema, pues había tomado la firme determinación de no dejar pasar a los evangelistas de la puerta, de modo que no le dejé seguir. “Así que sube el alquiler un veinte por ciento –dije-, presumo que ese es el motivo de su visita”. Al parecer, mi respuesta le pilló de sorpresa, pues abrió y cerró la boca un par de veces sin que saliera de ella sonido alguno, algo, me imagino, poco corriente en él. “Y espero que se ocupe de arreglar la barandilla”, proseguí. Se puso rojo. “La barandilla, la barandilla –dijo impaciente-, vaya lata que está dando con la barandilla”. Me pareció muy mal que dijera eso y me irrité. “Pero ¿no entiende usted –dije-, que en algunas ocasiones esa barandilla es mi punto de apoyo en la vida?”. Me arrepentí nada más haberlo dicho, pues las formulaciones precisas deben reservarse para personas reflexivas, si no, pueden surgir complicaciones. No tengo fuerzas para repetir lo que me dijo, pero en su mayor parte trataba del más allá. Al final añadió algo sobre estar con un pie en la tumba, se estaba refiriendo a mí, y entonces me enfadé. “Deje ya de molestarme con su economía”, le dije, porque en realidad era de lo que se trataba. Como no se disponía a marcharse, me permití dar un golpe en el suelo con el bastón. Entonces se marchó. Fue un alivio, me sentí contento y libre durante unos cuantos minutos, y recuerdo que me dije a mí mismo, para mis adentros claro: “No te rindas, Thomas, no te rindas”.

En la peluquería, Kjell Askildsen

Metin Demiralay.

Hace muchos años que dejé de ir al peluquero; el más cercano se encuentra a cinco manzanas de aquí, lo que me resultaba bastante lejos incluso antes de romperse la barandilla de la escalera. El poco pelo que me crece puedo cortármelo yo mismo, y eso hago, quiero poder mirarme en el espejo sin deprimirme demasiado, también me corto siempre los pelos largos de la nariz.
Pero en una ocasión, hace menos de un año, y por razones en las que no quiero entrar aquí, me sentía aún más solo que de costumbre, y se me ocurrió la idea de ir a cortarme el pelo, aunque no lo tenía nada largo. La verdad es que intenté convencerme de no ir, está demasiado lejos, me dije, tus piernas ya no valen para eso, te va a costar al menos tres cuartos de hora ir, y otro tanto volver. Pero de nada sirvió. ¿Y qué?, me contesté, tengo tiempo de sobra, es lo único que me sobra.
De modo que me vestí y salí a la calle. No había exagerado, tardé mucho; jamás he oído hablar de nadie que ande tan despacio como yo, es una lata, habría preferido ser sordomudo. Porque ¿qué hay que merezca ser escuchado?, y ¿por qué hablar?, ¿quién escucha? y ¿hay algo más que decir? Sí, hay más que decir, pero ¿quién escucha?
Por fin llegué. Abrí la puerta y entré. Ay, el mundo cambia. En la peluquería todo está cambiado. Sólo el peluquero era el mismo. Lo saludé, pero no me reconoció. Me llevé una decepción, aunque, por supuesto, hice como si nada. No había ningún sitio libre. A tres personas las estaban afeitando o cortando el pelo, otras cuatro esperaban, y no quedaba ningún asiento libre. Estaba muy cansado, pero nadie se levantó, los que estaban esperando eran demasiado jóvenes, no sabían lo que es la vejez. De manera que me volví hacia la ventana y me puse a mirar la calle, haciendo como si fuera eso lo que quería, porque nadie debía sentir lástima por mí. Acepto la cortesía, pero la compasión pueden guardársela para los animales. A menudo, demasiado a menudo, bien es verdad que ya hace tiempo, aunque el mundo no se ha vuelto más humano, ¿no?, solía fijarme en que algunos jóvenes pasaban indiferentes por encima de personas desplomadas en la acera, mientras que cuando veían a un gato o un perro herido, sus corazones desbordaban compasión. “Pobre perrito”, decían o “Gatito, pobrecito, ¿está herido?” ¡Ay, sí, hay muchos amantes de los animales!
Por suerte, no tuve que estar de pie más de cinco minutos, y fue un alivio poder sentarme. Pero nadie hablaba. Antes, en otros tiempos, el mundo, tanto el lejano como el cercano, se llevaba hasta el interior de la peluquería. Ahora reinaba el silencio, me había dado el paseo en vano, no había ya ningún mundo del que se deseara hablar. Así que al cabo de un rato me levanté y me marché. No tenía ningún sentido seguir allí. Mi pelo estaba lo suficientemente corto. Y así me ahorré unas coronas, seguro que me habría costado bastante. Y eché a andar los muchos miles de pasitos hasta casa. Ay, el mundo cambia, pensé. Y se extiende el silencio. Es hora ya de morirse.

Ajedrez, Kjell Askildsen


(9)

El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por que vivir tampoco tiene nada por que morir. Tal vez sea ese el motivo.

Un día hace mucho, antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo donde fui a visitarlo la última vez. “Sigues vivo”, dijo, aunque él era mayor que yo. Me había llevado un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua. “La vida es dura –dijo–, no hay quien la aguante”. Yo estaba comiendo y no contesté. No había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo y me bebí el agua. Mi hermano miraba fijamente hacia algún punto situado por encima de mi cabeza. Si me hubiera levantado y él no hubiese desviado la mirada antes, se habría quedado mirándome directamente, pero sin duda la habría desviado. Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo. O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al menos, no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas, y yo solo unas cuentas, y además breves. Está considerado como un escritor bastante bueno, aunque un poco guarro. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico, no pregunto dónde lo habrá aprendido.

Mi hermano seguía con la mirada clavada en algún punto situado por encima de mi cabeza, supongo que se sentía en su derecho por las veinte novelas que tenía en el fofo trasero. Me estaban entrando ganas de largarme sin decirle el motivo de mi visita, pero pensé que después de la caminata que me había dado sería de tontos, así que le pregunté si le apetecía jugar una partida de ajedrez. “Eso lleva mucho tiempo –dijo–, y yo ya no tengo mucho tiempo que perder. Podrías haber venido antes”. Debí levantarme y largarme en ese momento, se lo habría merecido, pero soy demasiado cortés y considerado, esa es mi gran debilidad, o una de ellas. “No lleva más de una hora”, dije. “La partida sí –contestó–, pero a eso habría que añadir la excitación posterior o el cabreo si la perdiera. Mi corazón, sabes, ya no es lo que era. Y el tuyo tampoco, supongo”. No contesté, no tenía ganas de discutir con él sobre mi corazón, así que dije: “de modo que tienes miedo a morir. Vaya, vaya”. “Tonterías. Lo que pasa es que mi obra aún no está concluida”. Así de pretencioso estuvo, me entraron ganas de vomitar. Yo había dejado el bastón en el suelo, y me agaché a recogerlo, quería que dejara de presumir. “Cuando morimos, al menos dejamos de contradecirnos”, dije, aunque no esperaba que entendiera el sentido de mis palabras. Pero él era demasiado soberbio para preguntar. “No ha sido mi intención herirte”, dijo. “¿Herirme?”, contesté levantando la voz. Era razonable que me irritara. “Me importa un bledo lo poco que he escrito y lo poco que no he escrito”. Me puse de pie y le solté un discurso: “Cada hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de estupidez almacenada que desaparece en el transcurso de un día? Imagínate todos los cerebros que dejan de funcionar, pues es ahí donde se almacena la estupidez. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez, porque algunos la han perpetuado en libros, y así se mantiene viva. Mientras la gente siga leyendo novelas, ciertas novelas de las que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo. Y añadí, un poco vagamente, lo confieso: “Por eso he venido a jugar una partida de ajedrez”. Permaneció callado un buen rato, hasta que hice ademán de marcharme, entonces dijo: “Demasiadas palabras para tan poca cosa. Pero les sacaré partido, las pondré en boca de algún ignorante”.

Exactamente así era mi hermano. Por cierto, murió ese mismo día, y no es improbable que me llevara sus últimas palabras, pues me marché sin contestarle, y eso no debió de gustarle nada. Quería tener la última palabra y la tuvo, aunque supongo que habría querido decir algo más. Cuando recuerdo lo que se irritó, me viene a la memoria que los chinos tienen un símbolo en su grafía que representa la muerte por agotamiento en el acto sexual.

Al fin y al cabo éramos hermanos.

La dama del Tívoli, Knut Hamsun

1

Fue en Kristiania, durante el concierto estival que el coro parisino ofreció en el Tivoli. Salí a dar una vuelta y ascendí la colina del Palacio; al llegar a la cima, de inmediato comencé a descender en dirección al parque de atracciones. Una gran muchedumbre se había reunido allí dispuesta a escuchar los cantos. Me confundí en el gentío y tropecé con un amigo con el que sostuve una conversación a media voz que pronto acompañó las voces del coro, que llegaban hasta nosotros en olas amortiguadas por el viento. De pronto sentí un malestar, un nerviosismo inquietante se apoderó de mí y respondí al revés las palabras de mi amigo. Maquinalmente di un paso al costado y reencontré la calma. No obstante, al cabo de algunos minutos volvió a hacerse presente el mismo e inexplicable malestar. Fue entonces cuando mi acompañante me dijo:
—¿Has notado a esa mujer que te observa?
Me volví con energía. Detrás de mí, una dama me miraba sin parpadear desde unos ojos azules de la más extraña especie.
—No la conozco —respondí volviendo a mi posición. Me sentía en un estado de exasperación absoluto. Aquellos ojos inmóviles me quemaban la nuca con un fuego continuo, a la vez que latían en mi cabeza como dos hierros helados. Estaba mucho más nervioso porque había tenido que soportar esa mirada. Giré nuevamente para asegurarme de que no conocía a esa mujer. Luego decidí abandonar mi lugar y me fui.
Transcurrieron algunos días. Acompañado por un amigo, un joven teniente, me senté en el banco que daba al reloj de la universidad a mirar a la gente que deambulaba a la hora del paseo. De pronto, entre la muchedumbre, divisé dos ojos, dos ojos fríos y velados. Reconocí de inmediato a la joven del Tivoli. Como al pasar frente a nosotros ella continuó mirándonos, el teniente me preguntó con viva curiosidad si sabía quién era.
—No tengo idea —le respondí.
—Resulta obvio que a uno de nosotros conoce —me dijo él levantándose—. Tal vez sea yo.
En tanto, la dama había tomado asiento en el banco siguiente. Tiré del capote del teniente para que él tomara el comando de la operación y dimos algunos pasos en su dirección.
—¡Sería estúpido quedarnos con la duda! —me dijo—. Vamos a presentarnos.
—Está bien —le contesté, siempre detrás de él.
La saludó, le dio su nombre y le preguntó si no resultaba inoportuno sentarse a su lado, cosa que hizo sin mayor ceremonia. Como ella respondió de inmediato en forma amable aunque algo distraída, él tomó su sombrilla y comenzó a toquetearla maquinalmente. Yo seguía allí, de pie, un poco extraviado y sin saber qué postura adoptar. Un muchachito pasó frente a nosotros con un canasto lleno de flores. Experto en galanterías, el teniente compró algunas rosas, giró hacia la dama, tomó una y le solicitó el favor de clavarla en su pecho. Luego de una negativa a medias, ella acabó por consentirlo. El teniente era un hombre apuesto y, en consecuencia, no me sorprendió que ella aceptara sus avances.
Sin embargo, ni bien ejecutó su pedido se arrancó la rosa del ojal y la observó con temor, al tiempo que exclamó: “¡Está arruinada!”. La arrojó de inmediato a la calle agregando en voz baja: “Me recuerda el cadáver de un niño”. No le concedí mayor importancia a estas últimas palabras, tal vez por que no había notado la emoción con la cual fueron pronunciadas.
El teniente propuso subir hasta el parque del Palacio. Mientras caminábamos, la dama comenzó a hablarnos sin motivo de un niño que ella había conocido, pero que ahora estaba enterrado. Como nosotros guardábamos silencio, poco después ella dirigió la conversación sobre el asilo de Gaustad, subrayando lo penoso que resulta estar internado “cuando no se está loco”.
—Es cierto —dijo el teniente—, pero ese tipo de cosas no suceden en nuestros días.
—¡Oh, sí! Es lo que le ocurrió precisamente a la madre de ese niño —respondió ella.
—¡Diablos! —dijo el teniente riendo.
La dama hablaba con una voz agradable y, aparentemente, bien centrada. Y si la juzgué ligeramente exaltada, incluso un poco histérica —lo que confirmaba el resplandor morboso de su mirada—, no creí por eso que estuviera enferma. No obstante, pronto me rendí a la fatigosa gimnasia del espíritu que me imponían sus constantes despropósitos, de modo que me detuve y me despedí. Cuando me iba, los vi proseguir su ruta por el parque, aunque no sabría decir adonde se dirigieron dado que ya no me volví.
Pasó una semana. Una tarde, bajando por la avenida Karl Johan, volví a encontrar a la dama del Tivoli. Fuimos aminorando involuntariamente nuestra marcha en el momento de cruzarnos hasta que, sin pensarlo, me encontré caminando a su lado. Avanzábamos con lentitud por la vereda, hablando de esto y aquello. Ella me dijo su nombre —pertenecía a una familia muy conocida— y me preguntó el mío. Luego, sin darme tiempo a responder, colocó su mano sobre mi brazo diciendo:
—No importa, puede ahorrárselo… Lo conozco.
—Por supuesto. Mi amigo, el teniente, es muy servicial. ¿Y con qué nombre me ha gratificado? —le pregunté.
Pero sus pensamientos estaban ya en otra parte. Señaló el Tivoli con el dedo y me dijo: “Mire”.
Un hombre montado sobre un velocípedo se elevaba y descendía en el aire en medio de un océano de antorchas encendidas. Era el hombre tirabuzón.
—¿Y si vamos a verlo más cerca? —interrogué.
—Vamos a instalarnos en un banco —respondió la dama.
Con ella a la cabeza, atravesamos la avenida Drammen y penetramos en el parque. Había elegido el sitio más sombrío para sentarse.
Intenté retomar la conversación, pero fue en vano. Me interrumpió con un pequeño gesto de súplica y me preguntó si no quería guardar el más absoluto silencio por un instante. Con gusto, pensé, tras lo cual, cediendo a su pedido, permanecí media hora sin pronunciar palabra. La dama se mantuvo inmóvil. En la oscuridad, pude distinguir el blanco de sus ojos y me di cuenta de que ella no cesaba de mirarme a hurtadillas. Al fin, en parte asustado por esa mirada demente, estuve a punto de levantarme. No obstante, algo me retuvo, de modo que me contenté con estirar el brazo para echarle un vistazo al reloj.
—Son las diez —dije.
No hubo respuesta. Ella no apartaba sus ojos de mí. Luego, sin hacer el menor gesto, me dijo:
—¿Tendría el coraje de ayudarme a desenterrar el cadáver de un niño?
Esta vez sentí una profunda angustia. Cada momento me resultaba más y más claro que estaba tratando con una loca; por otra parte, como había excitado mi curiosidad, no deseaba de ningún modo abandonarla. De modo que, observándola, le dije:
—¿El cadáver de un niño? Por qué no. No deseo otra cosa que ayudarla.
—Usted debe entender… Ha sido enterrado vivo, necesito volver a verlo.
—Claro, por supuesto. Debemos desenterrar a su niño.
La miré fijamente esperando su reacción, la cual no se hizo esperar.
—¿Por qué dice que es mi niño? —inquirió ella—. Nunca afirmé algo semejante; sólo he dicho que conozco a la madre. Ahora voy a contarle todo.
Y esta mujer, hasta ese momento incapaz de mantener una conversación razonable y ordenada, me contó una larga historia sobre este niño, una historia extraña que me causó la más viva impresión. Hablaba con fluidez y credibilidad, impregnada de emoción, lo cual hacía de su relato uno de los más plausibles. No noté lagunas ni rupturas en el tono. En todo caso, no pude imaginar ni por un instante que su alma pudiese estar perturbada.
Una joven dama —en ningún momento precisó que fuese ella— conoció un tiempo atrás a un caballero de quien se había enamorado y con el que finalmente acabó por comprometerse. Abiertamente o a escondidas, en plena calle o en oscuros rincones, nunca dejaban pasar una oportunidad para verse. Se encontraban a una hora convenida en la habitación de uno u otro, a menos que hubiesen elegido darse cita al caer la noche en este mismo banco en el que ahora estamos sentados. De este modo, sucedió lo que debía suceder: un hermoso día, en su hogar descubrieron en qué estado se encontraba la muchacha. Se mandó a buscar al médico de la familia —la dama menciona su nombre, uno de los practicantes más conocidos—, quien recomendó enviarla a una ciudad de provincia. Una vez allí, recibió albergue en casa de la comadrona.
Pasó el tiempo y nació el niño. Extrañamente, el médico familiar se desplazó desde Kristiania para la ocasión, y la joven madre, que yacía enferma, no había abandonado su lecho aún cuando se le anunció la muerte de su pequeño. ¿Había nacido muerto? No, vivió algunos días. Pero la cuestión es que el pequeño no estaba muerto. La madre nunca pudo llegar a ver a su hijo. Sólo el día del entierro le fue permitido verlo: en su ataúd. “Le aseguro que en ese momento no estaba muerto, vivía”, dijo la dama del Tivoli. “La sangre le coloreaba las mejillas y movió dos o tres veces los dedos de la mano izquierda”. La madre comenzó a lamentarse, hasta que le arrebataron el niño para enterrarlo. El médico y la matrona se ocuparon de todo.
Al cabo de un tiempo, la madre pudo levantarse y, todavía enferma, viajó a la capital. Allí, les confesó a algunas amistades los motivos que la obligaron a permanecer en provincia y, preocupada por su hijo como estaba, no disimuló su temor porque hubiese sido enterrado vivo. Afligida, triste como la muerte, sufrió el oprobio familiar y perdió a su novio, quien desapareció de improviso sin dejar rastro.
Un día, un coche se detuvo ante la casa de sus padres para llevarla a dar un paseo. Ella se instaló en el interior y el cochero la condujo hasta el asilo de Gaustad. Una vez más, el médico familiar se hizo presente.
¿Por qué razón la recluyeron en el asilo? ¿Había enloquecido realmente o temían que no guardase la debida discreción respecto a la suerte de su hijo?
El tiempo transcurría en Gaustad. Se le permitió tocar el piano para los internos. En caso contrario, durante su examen, se revelaría una nueva anomalía que la haría especialmente vulnerable: la falta de voluntad. Se le pidió manifestar su voluntad, endurecerse. Sin duda, debía endurecerse para poder revelar el crimen cometido contra su hijo. ¡Era cómico! De cualquier modo, un bello día la liberaron. Ahora ella está triste y sufre. Nadie ha querido ayudarla en este asunto. “A menos que usted consienta en hacerlo”, me dijo la dama.
Su relato me pareció demasiado novelesco pero, no obstante, advertí que ella creía firmemente en él. Era tan fuerte su poder de convicción, su vehemencia, que excluía cualquier forma de engaño, de modo que pensé que quizás en toda esta historia había un trasfondo de verdad. De modo que se podía razonablemente pensar que ella bien pudo haber tenido en realidad ese niño y que, durante su enfermedad, estando demasiado débil para aceptar su muerte, imaginó en un momento febril que había sido asesinado. Entonces le dije:
—¿El niño está enterrado aquí?
—No, en el sitio donde he sido atendida —respondió.
—¿Entonces es su hijo? —repliqué con rapidez.
Dejó mi pregunta sin respuesta, y me lanzó una feroz y suspicaz mirada de soslayo.
—No me iré sin antes decir que haré todo lo posible por ayudarla —afirmé divertido—. ¿Cuándo comenzamos?
—Mañana —respondió con vivacidad—. Mañana, querido amigo.
—Bien —dije.
Acordamos entonces encontramos al día siguiente a las siete de la tarde, un momento antes de que partiera el tren. Decidido a sostener mi promesa, me encontré en la estación a la hora prevista. Sin embargo, ella no se hizo presente a las siete y el tren partió. Esperé hasta las ocho, y ya estaba a punto de volver a mi hogar cuando la distinguí casi corriendo en mi dirección. Sin preocuparse de los transeúntes, me dijo en voz alta y clara:
—Debió haberse dado cuenta de que ayer por la tarde le mentí. Obviamente, se trataba de una broma.
—Por supuesto —respondí un poco molesto por el exceso verbal de la dama—. Debí haberlo comprendido todo de inmediato.
—Lo sabía. Pero, si por casualidad me hubiese tomado en serio, le habría encomendado mi alma a Dios.
—¿Su alma a Dios? ¿Por qué?
—Venga, venga ya —me dijo tironeándome del brazo—. Y por favor, no hablemos más de esto —agregó.
—Como usted quiera. Yo lo consiento todo —dije.
Remontamos la calle Rosenkrantz en dirección al Tivoli. Atravesamos la avenida Drammen y luego giramos nuevamente para ingresar al parque; ella era quien siempre dirigía nuestros pasos. Tomamos asiento en nuestro viejo banco y comenzamos a hablar sobre distintas cosas. Ella seguía saltando alegremente de un tema a otro, pero sus palabras no estaban exentas de interés. Dos o tres veces llegó a reír, e incluso en una ocasión tarareó una canción. A las diez, se levantó y me pidió que la acompañase. Un poco en broma, le ofrecí mi brazo. Me miró.
—No me atrevo —me dijo con gravedad.
Atentos a los ruidos que nos llegaban, nos dirigimos hacia el Tivoli. En ese momento, el hombre tirabuzón se elevaba nuevamente en el aire. En principio inquieta por él, mi dama se aferró a mi brazo como si fuese ella quien corría el riesgo de caer. Luego, optó por un aire divertido al imaginar que el infeliz caballero perdía el equilibrio y caía de rodillas sobre una de las jarras de cerveza dispersas sobre las mesas. Esta idea la hizo reír hasta las lágrimas.
En el camino de regreso, su humor fue el mejor. Ella se limitó a canturrear una canción. Pero, cuando avanzábamos por una calle a oscuras, se detuvo bruscamente ante una pequeña escalera negra de metal que conducía a una casa y le dirigió una mirada de terror. Sorprendido, me quedé inmóvil, mientras ella señalaba el primer escalón diciendo con voz ronca:
—El pequeño ataúd fue tallado precisamente allí.
Me sentía irritado. Alzando los hombros, le dije:
—Bueno… ¿Empezamos de nuevo?
Ella me miró. Y lenta, muy lentamente, sus ojos se llenaron de lágrimas. Bajo la luz de las ventanas de la planta baja, vi que sus labios temblaban. La dama se retorcía las manos con desesperación. Dio un paso adelante y me dijo:
—Amigo mío, mi querido amigo, perdóneme.
—Naturalmente —respondí una vez más. Volvimos a ponernos en marcha. Bajo su puerta, en el momento de desearme las buenas noches, me apretó con fuerza la mano.
Transcurrieron varias semanas en las que no volví a saber de la extraña dama. Irritado por mi propia candidez, cada vez estaba más y más convencido de que ella se había burlado de mí. “¡Bueno!”, pensé, “sea como fuere, siempre es algo menos de qué preocuparse”.
Una noche asistí al teatro a ver una obra de Ibsen, La unión de los jóvenes. En el curso del segundo acto, sentí de pronto cierta turbación, algo exterior que afectaba mis nervios, ese mismo malestar que había experimentado durante el concierto del Tivoli. Me volví de inmediato y encontré a la dama, su mirada febril fija en mí.
Retorné a mi posición, me atornillé a la silla e intenté concentrar toda mi atención en Daniel Heire, el protagonista de la pieza. No obstante, durante el resto de la noche me acompañó la desagradable sensación de tener la nuca horadada por aquellos ojos metálicos que nunca pestañeaban. Me levanté y abandoné el teatro sin esperar el final.
Estuve un par de meses ausente de la ciudad. A mi regreso, ya había olvidado a la dama del Tivoli. No había pensado en ella ni una sola vez. Desapareció de mi conciencia tan abruptamente como había llegado.
Una de las últimas noches de niebla, me encontré observando cómo la gente se chocaba entre sí por la calle Torv, entre la sopa popular y la farmacia del Elefante. Después de haber dedicado un buen cuarto de hora a este vagabundeo, decidí llegar por última vez a la farmacia antes de retornar a casa. Ya eran las once de la noche cuando comencé a aproximarme al local. La luz del farol más cercano me permitió percibir que alguien avanzaba hacia mí. Me hice un poco a un lado. La persona siguió el mismo movimiento. Corrí hacia el lado contrario, el izquierdo, para evitar una colisión. En ese momento, pude distinguir entre la niebla dos ojos que me atravesaron.
“La dama del Tivoli”, pensé petrificado.
La mirada fija, las facciones extrañamente crispadas, una mano en su manguito, ella se dirigió sin rodeos hasta mí y sostuvo mi mirada un instante.
“Sí, era mi hijo”, dijo con fuerza. Dio media vuelta y desapareció en la niebla.