Feuille d’álbum, Katherine Mansfield

Pablo Picasso

En realidad era una persona imposible. Y, además, demasiado tímido. Sin nada que decir sobre sí mismo. Y tan pesado. Una vez que iba al estudio de uno, perdía idea de a qué hora debía irse y permanecía allí, sentado, hasta que uno estaba a punto de gritar, ardiendo en deseos de arrojarle algo sobre la cabeza, cuando, por fin, se disponía a largarse. Y lo extraño era que, a primera vista parecía más interesante. Todo el mundo concordaba en esto. Supongamos que uno entra al café una tarde y que se encuentra, sentado en un rincón con un vaso de café enfrente, a un muchacho delgado y moreno, con una camiseta azul y un saco de franela gris abrochado sobre la camiseta. Y que, en cierto modo, esa misma camiseta azul y las mangas demasiado cortas del saco le dan aspecto de un joven que se propone navegar por esos mares de Dios. Que ya lo ha decidido y que se levantará de un momento a otro llevando, en la punta de un palo, amarrado un pañuelo con su pijama y el retrato de su madre; y que se echa a caminar hacia la noche y desaparece… Que cae en el borde del muelle cuando se encamina al barco… Tiene pelo negro, corto, ojos grises de largas pestañas, mejillas blancas y una boca apretada, como si estuviera decidido a no llorar… ¿Alguien podría resistírsele? ¡Oh, el corazón se encoge al verle! Y por si no fuera bastante, aumentemos a lo anterior su manera de ruborizarse… Cada vez que el mesero se le acerca, él se pone como tomate… Quizá salió apenas de la cárcel y el mesero lo sabe…

—¿Quién es? ¿Sabes quién es?

—Sí. Se llama Ian French. Es pintor. Muy inteligente, según dicen. Una mujer empezó a prodigarle cuidados maternales. Le preguntó si extrañaba su hogar, si tenía bastantes sábanas para su cama, cuánta leche tomaba al día. Pero, al querer dirigirse a su estudio y revisarle los calcetines, tocó y tocó a la puerta intentando oír una respiración dentro. Nadie abrió… ¡Era un tipo imposible!

Otra decidió que Ian necesitaba enamorarse. Lo atrajo a su círculo, se inclinaba sobre él para que aspirara el delicioso perfume de su cabellera, lo llamaba niño, lo tomaba del brazo, le explicaba cuán maravilloso sería si se decidiera, y una tarde fue a su estudio y tocó y tocó… Nada. ¡Imposible!

“Lo que le hace falta a este pobre muchacho es divertirse”, dijo una tercera. Y frecuentaron los cafés, los cabarets los bailes, los lugares donde uno bebe algo que sabe a jugo de chabacano en lata, pero que cuesta veintisiete chelines la botella y que se denomina champaña; y a otros sitios, demasiado espléndidos para ser descritos, en los que uno se sienta en la oscuridad más espantosa, y donde siempre han matado a un sujeto la noche antes. Pero él estuvo imperturbable. Sólo una vez se emborrachó mucho, y sin mostrarse animado, quedó quieto, como si fuera de piedra, con dos manchas en las mejillas, una imagen de lo que tocaba la orquesta, “La muñeca rota”. Sí, querida, sí. Y cuando ella lo llevó a su estudio, él, que se había repuesto lo suficiente, le dijo “buenas noches” en la calle, abajo, como si hubieran venido de la iglesia… ¡Imposible!

Después de numerosos intentos —puesto que el bondadoso espíritu de las mujeres muere difícilmente—, lo dejaron por la paz. Claro que continuaba siendo encantador, y siguieron invitándolo, y hablándole en el café, sólo eso. Si uno es artista no tiene tiempo para la gente que no corresponde, 1isto. ¿No es verdad?

Por añadidura me parece que en él había algo sospechoso. ¿No crees? Al parecer, el asunto no era tan inocente. ¿Para qué estar en París si vivimos como una margarita campestre? No, no es que sospeche, pero…

Vivía en lo alto de un edificio tristón que miraba al río. Uno de esos edificios soñadores en las noches de lluvia y las noches de luna, si están cerrados los postigos y el portón y hay un cartel que dice: “Pequeño departamento se renta inmediatamente” que se ve con una melancolía indescriptible. Uno de esos edificios que huelen tan poco románticamente durante todo el año, donde la portera vive en una jaula de cristal en la planta baja, envuelta en un manto asqueroso, meneando cosas en un sartén y echándole mendrugos a un perro gordo que descansa sobre un cojín bordado de abalorios… Colgado en lo alto, el estudio tenía una vista maravillosa. Dos grandes ventanas daban al río; podían verse los barcos y las balsas subiendo y bajando, y la franja de una isla cubierta de árboles como un redondo ramillete. La ventana lateral daba a otra casa, más miserable y pequeña, y abajo había un mercado de flores… Desde arriba se miraban las anchas sombrillas, con chorreras de brillantes flores asomando, chocitas cubiertas con toldos rayados donde se venden plantas en caja y brotes de palmera en macetas de barro. Entre las flores, las viejas se escurrían de un lado a otro igual que cangrejos. Realmente, él no necesitaba salir. Aunque se hubiera sentado ante su ventana, y se quedara hasta que le creciera una barba canosa, siempre habría tenido modelos que dibujar.

¡Qué sorprendidas se habrían sentido aquellas tiernas mujeres de haber forzado la entrada! Porque mantenía su estudio tan limpio como un jade y en perfecto orden. Todo estaba arreglado para constituir una composición, una pequeña “naturaleza muerta”: las cazuelas con sus tapas, colgadas tras la estufa de gas, el cazo de cobre, el jarro de la leche y la tetera en el estante; sobre la mesa, los libros y la lámpara con la pantalla de papel rizado. Un tapiz indio, con una franja de leopardos rojos, cubría la cama durante el día. Y en la pared, junto a la cama, al nivel de los ojos, cuando se estaba tendido en ella, tenía un letrerito impreso que decía:

LEVÁNTATE INMEDIATAMENTE

Cada día se parecía al otro: cuando la luz era buena, él se esclavizaba en su trabajo, luego cocinaba sus alimentos y lavaba los platos. Y por las tardes se iba al café, o se quedaba en casa, leyendo o haciendo las más complicadas listas de gastos, encabezadas con un “Qué podré hacer con esto” y terminadas con un “Juro no exceder esta suma el próximo mes. Firmado Ian French”.

En ello no había nada criticable. Pero aquellas mujeres tiernas que veían tan lejos tenían razón. Esto no era todo.

Una tarde estaba sentado frente a la ventana de la esquina, comiéndose unas ciruelas pasas y tirando los huesos sobre las sombrillas del mercado desierto. Había llovido —la primera lluvia primaveral del año— y había un brillante titilar de gotas sobre las cosas, y el aire olía a tierra mojada y a botones floridos. Muchas voces sonaban lánguidamente y él contento andaba en el viento húmedo, y la gente que había cerrado sus ventanas volvía a abrirlas, de par en par. Los árboles estaban espolvoreados con verdores frescos. “¿Qué clase de árboles eran?”, pensó. Y entonces llegó el farolero. Se detuvo un momento ante la mísera casa de enfrente y, de pronto, como si respondieran a su mirada, se abrieron las hojas de un balcón y se asomó una joven que llevaba una maceta de narcisos. Era una extraña muchacha morena, con delantal negro y pañuelo rosa en la cabeza. Las mangas arremangadas casi hasta los hombros y sus delicados brazos relucían contra el paño oscuro.

“Sí, hace bastante buen tiempo ahora. Le hará bien a las flores”, dijo, poniendo la maceta en el balcón y volviendo hacia alguien que había en la pieza. Al regresar, se llevó manos al pañuelo y se arregló algunos mechoncitos de cabellera. Miró hacia el mercado desierto y, arriba, al cielo; pero donde él estaba debía haber un boquete en el aire; la muchacha no vio la casa de enfrente y se fue del balcón.

El corazón de Ian saltó fuera de la ventana de su estudio cayó al balcón de enfrente y se enterró en la maceta de narcisos, entre los capullos a medio abrir y los verdes tallos… Aquel cuarto con el balcón era la salita, y el de al lado, la cocina. Se oía el entrechocar de los trastes cuando ella los lavaba, después de comer; luego se asomaba, colgaba un paño del barandal y lo apuntaba con unas pinzas dejándolo secar. Nunca cantaba, ni se desataba el cabello, ni alzaba los brazos a la luna, como es de esperar que hagan las muchachas jóvenes. Y siempre llevaba el mismo delantal negro y el pañuelo rosa en la cabeza… ¿Con quién vivía? Nadie más se dejaba ver a través de aquellas dos ventanas, sin embargo ella siempre hablaba con alguien dentro del cuarto. Su madre —según decidió él— era inválida. Se pasaba el tiempo cosiendo, el padre había muerto… Había sido periodista…, muy pálido, con largos bigotes y un negro fleco cayéndole sobre la frente.

Trabajaban todo el día, sacaban lo justo para sobrevivir y no salían jamás ni tenían amigos. Ahora él estaba escribiendo una serie nueva de decisiones. “No acercarse a la ventana lateral antes de cierta hora. Firmado Ian French.” “No pensar en ella hasta que termine lo que debo pintar en el día. Firmado Ian French”.

Era muy sencillo. Ella era la única persona a quien realmente quería conocer, porque ella era —según él decidió— la única otra persona viviente de su misma edad. No soportaba a las mujeres llenas de dengues y artimañas, y no le interesaban las mayores… Ella contaba su misma edad; ella era…, bueno, como él exactamente. Sentado en su estudio, cansado, con un brazo en el respaldo de su butaca, mirando fijamente a la ventana y sintiéndose junto a ella que tenía carácter violento; a veces peleaban de manera terrible. Golpeaba el pie contra el suelo y retorcía con sus manos el delantal… furiosa. Reía raras veces. Sólo cuando le contó la historia de un gatito absurdo que tuvo por un tiempo, y que rugía al comer pretendiendo ser un león. Cosas como ésta la hacían reír… Pero por regla general se sentaban cerca, muy tranquilos; él, tal como ahora estaba sentado, y ella, con sus manos en el regazo y los pies cruzados; y hablaban quedo, o permanecían silenciosos, cansados por las tareas cotidianas. Por supuesto que ella nunca le preguntaba nada sobre sus cuadros, y por supuesto que él hacía los más maravillosos dibujos de ella, que los detestaba, porque siempre la pintaba tan delgada y tan morena… Sin embargo, ¿cómo se las arreglaría para conocerla? Esta distancia podía prolongarse años.

Entonces descubrió que, una vez a la semana, en la tarde, ella iba de compras. Dos jueves seguidos, apareció en la ventana con una capita anticuada y con una canasta al brazo. Desde donde él estaba sentado, no lograba ver la puerta de la casa de enfrente, pero al próximo jueves se puso la gorra y corrió escaleras abajo. Una preciosa luz rosada ennoblecía las cosas. Vio esa luz irisando las aguas del río, y la gente que caminaba hacia él tenía caras rosadas y manos rosadas.

Se apoyó en la pared de su casa, esperándola, y no se le ocurría nada que decirle. “Ahí viene”, le avisó una voz en su cabeza. Ella caminaba muy aprisa, con pasos cortos y ágiles; en una mano llevaba la canasta y con la otra mantenía cerrada la capa. ¿Qué haría él? Únicamente podía seguirla… Primero ella fue a la tienda y allí permaneció mucho rato, y a la carnicería donde tuvo que esperar su turno. Luego se quedó una eternidad en la lencería, buscando algo, y después fue a la frutería y pagó un limón. Mientras la miraba, él se convencía más que nunca de que necesitaba conocerla inmediatamente. Su compostura, su seriedad y su soledad, su modo de andar, como si tuviera prisa por apartarse de aquel mundo de gente madura, todo le parecía tan natural y tan inevitable…

“Sí, siempre es así —pensó, satisfecho—. Nosotros no tenemos nada en común con esa gente.”

Pero ella regresaba a su casa y estaba más lejos que nunca. De pronto se volvió, entró en la lechería, y él la vio por la vidriera comprando un huevo. Lo escogió con tanto cuidado… un huevo de matiz pardo, de preciosa forma, el mismo que él hubiera seleccionado. Y cuando ella salió de la lechería, él entró. Al cabo de un momento, estaba fuera otra vez tras sus pasos, más allá de su casa, por el mercado de flores, entre las grandes sombrillas, pisando los pétalos caídos y las huellas redondas donde habían estado las macetas.

Atravesó tras ella la puerta de su casa, la siguió por las escaleras cuidando de pisar al mismo tiempo, para que no lo sintiera. Por fin ella se detuvo en el rellano y sacó una llave de su bolsa. Y cuando la metía en la cerradura, él corrió y se le plantó delante.
Y más acalorado que de costumbre, pero mirándola seriamente, le dijo, casi enfadado:

—Perdón, señorita, ha dejado usted caer esto.

Y le entregó un huevo.