La guerra, ZAKARIA MOHAMMED

Goat 1982 by Malcolm Morley born 1931Malcolm Morley

Secuestre al cabrito
cuando su mamá no esté mirando

Lléveselo,
después séllele la ubre

Deje que el crío bale
hasta que las rocas lo puedan escuchar

Deje que el crío bale
hasta que Dios escuche

Deje que la leche engorde
las hienas y los lobos

Para que la guerra se inflame
entre la boca y la ubre

entre el hijo y su madre
entre Dios y el creyente

El derecho del retorno, David Grossman.

Ombla 1931-2 by Julian Trevelyan 1910-1988
Julian Trevelyan

Hace algunos años, en un campo de refugiados palestinos llamado Dehaisha, conocí a un niño de cinco años. Le pregunté si había nacido en el campo. Me dijo que sí, y enseguida añadió: “Pero yo soy de Zakira”. Me quedé sorprendido: Zakira era una aldea conquistada por Israel en la guerra de 1948 y ya no existe. “Yo soy de allí”, insistió el niño, y detalló: “Allí teníamos una casa muy grande, era un palacio, y teníamos muchos naranjos que nos daban unas naranjas así de grandes…”. Le pregunté si había estado allí y me dijo que no, pero añadió que, si Dios quiere, pronto regresará allí. Me fui con él hasta el colegio. Era un edificio deprimente, asfixiante y oscuro. No había colgado ningún cuadro, pues era tanta la humedad que no se podía clavar un clavo. Le pregunté a una profesora, una chica joven y de lengua afilada, si se iría del campo para vivir en un lugar mejor si se lo ofrecieran. “Sólo si es a mi patria”, me contestó. “Aunque me ofrecieran un palacio en otro lugar, no iría”. Le pregunté si no soñaba a veces con vivir en un lugar mejor y ella se rió: “¿Que si sueño? Yo debo reparar el sufrimiento de mis padres”. Entonces le pregunté: “¿Es que por lo que sufrieron tus padres no vas a intentar lograr siquiera un poco de felicidad?”. Y ella sentenció: “No quiero y tampoco puedo. Yo regresaré a mi tierra y no será a través de un tratado de paz. Lo que se arrebató por la fuerza se recuperará por la fuerza”. En cada una de las barracas del campo vi colgada en la puerta una llave gruesa y pesada: la llave de la casa de la que los expulsaron. Una casa que casi seguro ya ni existe. De las viejas maletas asomaban unos papeles amarillentos: los papeles de venta de sus tierras y de sus casas. Por un momento me parecía que allí el sueño era más fuerte que la realidad en la que viven y, tal vez, precisamente por la miseria de su vida el sueño se haya hecho tan poderoso y palpable.